Segregación N°1

 

Rodrigo Lira era mi héroe, ya no

 

 

 

Por Francisco Izquierdo-Quea

 

 

Los chinos dicen que la vida es circular y que siempre se regresa al principio. 

El domingo de las elecciones desperté cerca al mediodía luego de una pesadilla atroz: soy Phillip Butters y en conferencia de prensa interpelo a todos los editores, poetas, críticos y escritores peruanos a que salgan del closet. Muchos murmullos y flashes a mi alrededor, hasta que aparece Carlos Yushimito disfrazado de JB (o JB disfrazado del Carlos Yushimito) y me dice: No insistas, querido amigo. ¿Qué quieres, que se termine la literatura peruana?

(Lo bueno de los sueños es que uno puede verse a sí mismo y presenciar todo en primera y tercera persona. Lo malo es que cuando el sueño es una pesadilla uno vive la tragedia también en primera y tercera persona)

Me levanté de la cama agitado. Fumé un cigarrillo para recuperarme. Luego preparé café y lo bebí junto a un poco de pan y queso.  

El termómetro marcaba 23 grados. Abrí las ventanas y me apoyé en el marco de una a ver el cielo y los edificios cercanos. Hacía un bonito sol de primavera y el viento corría fresco sobre la ciudad. A mi lado estaba la planta de Piera.

Piera se fue de vacaciones y yo me quedé cuidando la planta que le regalé. La traje a casa y la podé un poco. Piera me dijo que le había dado agua y sol, pero que igual comenzó a marchitarse. Vi algunos botones floreciendo entre las hojas deslucidas. Entonces podé la planta, le di más agua y la puse en una de mis ventanas. De modo que ese día permanecí un rato en eso, parado en la ventana junto a la planta.

Luego llegaron los Testigos de Jehová. Cada vez que los Testigos de Jehová llegan el Niño Tortuga los recibe con un colador en la cabeza. Ya no vivimos en el mismo apartamento pero sí en el mismo piso y edificio. Las cosas acá funcionan así: un apartamento se libera y, algunas veces, el propietario te pide que recomiendes a alguien. Yo recomendé al Niño Tortuga. Dos años después volvimos a ser vecinos.

(Un tiempo vivía en un apartamento con el Niño Tortuga y Matthieu. Eran días extraños, ninguno de los tres tenía trabajo, el verano ya estaba sobre la ciudad, y nosotros pasábamos horas enteras enviando cevés a cientos de sitios. Días en que esperamos y esperamos y el trabajo nunca llegaba pero sí una crisis que dejó a todo el mundo sin plata. Entonces nos quedábamos en el apartamento con algunas cervezas, comiendo helados y viendo el Rolland Garros por televisión. Y estábamos así, imitando a los tenistas, haciendo pequeñas apuestas y riéndonos mucho. Al final de la jornada cada uno iba a su habitación. Yo me la pasaba escuchando canciones de Manganzoides y viendo películas sobre samuráis. Eran días buenos y yo prefería llevarlos de esa manera, agotando el dinero que me quedaba en el banco en lugar de dar conferencias ridículas o escribir sandeces para algún periódico o revista)

De modo que la historia de cada dos domingos por la mañana volvía a repetirse. Los Testigos de Jehová llegaron, el Niño Tortuga los recibió en su puerta y desde mi casa escuché su posición atea contra la posición creyente de los Testigos de Jehová. Sé que pronto vendrán por mí. Enciendo la música. Pongo un disco de Titãs a volumen moderado. Un ruido viene del pasadizo y el debate parece prolongarse un poco más en sus voces.

Los Testigos de Jehová. Dos mujeres y un hombre. Nunca son los mismos pero siempre es igual: vienen dos mujeres y un hombre. Entran al edificio, suben a todos los pisos y tocan todas las puertas. El Niño Tortuga disfruta enfrentando su ateísmo con lo que ellos puedan creer. Luego los larga a gritos. Escucho la voz elevada del Niño Tortuga con su final ya conocido, fuera-mierda-chau, y sé que la siguiente puerta será la mía. Entonces, sí, los Testigos de Jehová llegan a mí.  

     –¿Conoce a Dios?

     –No personalmente, pero creo en Él.

      –¿Ya vio lo que sucedió en Japón? El fin del mundo se acerca, tal como lo dice la Biblia.

     –¿La biblia de ustedes es igual a la de los católicos o está mejor explicada?

     –Hay una sola biblia, señor.  

Hablamos un poco más. Al rato me aburrí y les dije que tenía cosas por hacer. Ellos agradecen mi tiempo. Me dan sus revistas con dibujos de gente abrazada a tigres y leones en medio de arcoíris, jardines y rayos de sol. Las acepto sonriendo. Luego se van a tocar más puertas.

Entonces me quedé solo escuchando a Titãs. Puse agua a hervir y preparé un té. Me acomodé sobre la mesa y pasé la tarde escribiendo algo que tenía pendiente: una crónica sobre cómo se vivió el Mundial de Fútbol en París. El fracaso de la selección francesa, algunos uruguayos arrojándose al Sena luego del partido contra Ghana, un grupo de venezolanas o mexicanas (soy daltónico, no sé diferenciar colores y tampoco banderas) celebrando que una compatriota suya haya sido elegida Miss Mundo o Universo.

Diez y cuarenta de la noche. Tocan mi puerta. Abro. El Niño Tortuga y Franklin. Llegan borrachos y con cervezas. Quieren ver el flash electoral en mi casa. Les digo que ya. Comienzan a discutir. Vienen del O’Sullivans. Lo mismo de siempre: el Niño Tortuga bebió tres mojitos, comenzó a gritar que dónde carajo estaba la burguesía, se peleó con los de seguridad, amenazó con quemar el bar, luego lo botaron y a Franklin con él. Ambos me cuentan todo entre risas. Luego discuten de nuevo. Hablan del Congreso, los congresistas y el gobierno. En la computadora pongo la web que transmitirá el flash. Los dejo. Voy por mi toalla. Camino rumbo a la ducha. Escucho a Franklin decir: Los que votan por PPK son puros chibolos torrejas y huevones. Descubro la cortina. Escucho al Niño Tortuga decir: Los tres poderes del Estado son: la clase obrera, los militares y Chollywood. Entro a la ducha. Escucho a Franklin decir: Luciana León está en algo pero es muy frentona y le faltan tetas. Abro la llave del agua.

Al volver, el flash era anunciado en la televisión.

Permanecimos en silencio. Luego caminé hacia la ventana y me quedé junto a la planta de Piera. Lío un cigarrillo, fumo. Los otros dos se quedaron frente a la pantalla viendo a Rosa María Palacios hablando con Jaime de Althaus. Luego empiezan a discutir de nuevo.

     –¿Humala y Keiko? Ya fue. Voy a votar viciado ––dijo Franklin.

     –¿Por qué? ––preguntó el Niño Tortuga.

     –Porque sí. Para tener a salvo mi conciencia. No quiero cargar con el peso de haber votado por cualquiera de esas basuras.

     –Yo le voy a Humala nomás. Si esa china gana va a sacar a todos los paramilitares de la cárcel y encima va a meter a palacio al Opus Dei y el resto de fujimoristas. O sea, nica.

     –Si gana Humala nos jodimos y si gana Keiko también. Liberará a su viejo y seremos gobernados de nuevo por un japonés.

     –No seas huevón pues, Franklin. Fuji es recontra peruano. Acuérdate cuando se formó el chongo en su gobierno: si fuera ponja se hubiese hecho el harakiri, pero como es peruano se hizo el cojudo y se quitó a Japón. 

Miro el reloj. Once y treinta de la noche. Les digo que ya es tarde y que quiero dormir. Protestan, pero solo por decir algo. Nos despedimos. Se van tambaleando por el pasadizo hasta la puerta del Niño Tortuga, seguro a seguir viendo en televisión lo de las elecciones, y también a seguir hablando y bebiendo.

Domingo.

A ese domingo le faltarían horas para que Bayly, Aldo Mariátegui, Chichi Valenzuela y demás instigaran a la gente a votar por un mal menor, tal y como sucedió en 2006 con Alan García. A ese domingo le faltaría muy poco para ver la avalancha de gente criticando la decisión de la mayoría de peruanos, que por qué Humala y Keiko pasaron. A ese domingo le faltaría muy poco para que surjan las teorías sobre la realidad peruana. A ese domingo le faltaría muy poco para que aparecieran los analistas del fenómeno Pedro Pablo Kuczynski y su derrota. Para ver al mismo Kuczynski, ya no como ex candidato a la presidencia sino como lobista, visitando a Humala y Keiko y exigiéndoles delante de la opinión pública que firmen un convenio por la democracia y la economía peruana. Para ver a Kuczynski tirando para el lado de Keiko. Para ver, con esto, que quizá el objetivo de Kuczynski no era ganar la presidencia, sino reducirle el voto del sector centro (derecha/izquierda, qué más da) a Toledo y dejarle el camino libre a Keiko Fujimori, tal como sucedió.

A ese domingo le faltó muy poco para que aconteciera todo eso. El nivel de indignación de muchos peruanos y todas sus variantes posibles me hizo recordar al verano de 2003, cuando un gran grupo de estudiantes universitarios de Sociales y Letras se instalaron por muchos días en el Parque Kennedy oponiéndose a Estados Unidos por su invasión a Irak. Llevaban banderolas, trompetas y las manos con pintura blanca. Su protesta contra el imperio se complementaba a la hora del almuerzo, cuando cruzaban la pista, caminaban por la avenida Diagonal, y almorzaban en McDonald’s.

Recordé a Serrano y su escepticismo frente a la política. Recordé también cuando me dijo que comenzó a leer a Lira a partir de un cuento de Bolaño, en donde este afirmaba que Lira era el mejor poeta chileno luego de Lihn, o algo así. La sentencia no me importaba mucho: nunca he tomado muy en serio las reflexiones de Bolaño a partir de que hablara pestes de Piglia y Aira, para que luego, cuando Anagrama publicó a los argentinos, les echara flores y bendiciones.

Entonces recordé eso y encontré un poema que Serrano me pasó hace un tiempo. Un texto de tres páginas firmado como CLAUDIO SERRANO-París-Junio 2010. Lo releí un par de veces y subrayé lo siguiente:

     “Han pasado quince años desde mi último verso / Han pasado treinta años desde / Han pasado cincuenta / cien / mil / soy el arcángel Gabriel / soy Dios / el terrible el poderoso / y aun así no me convenzo / del verbo / cada palabra es inútil / INÚTIIIL / todo lenguaje es fútil / la vida es un lenguaje / y como tal, inútil / la muerte también / el espacio es una lengua / les doy mi palabra / se las regalo / sin embargo / hay algo más inútil / que todo esto: / ver YouTube / Nada es nuevo bajo el sol / por qué no entonces mirar sobre el sol? / O abajo de Baudelaire / en calzoncillos? / Por qué mejor no le clavamos / a nuestro amor platónico / una estaca platónica / en su platónico culo?”

Llamo a Serrano. Le digo que voy a poner una parte de su poema en mi siguiente columna. Me dice que qué. Luego me habla de alemanas. Dice: En Berlín la cosa es distinta. Acá en Friburgo si ves bailar a una alemana te aseguro que nunca más se te vuelve a parar. Digo: Deberías volver a París. Dice: No, acá tengo paz y puedo trabajar tranquilo. Digo: Ya. Luego Serrano me habla de lo que sucedió con las elecciones en Perú. Dice: Tu país se cagó de nuevo. Digo: Eso pasa cada diez años. Luego cambié de tema, Lira apareció en mi mente y le pregunto a Serrano si lo sigue leyendo.

     –He leído mucho y creo que es infinitamente más sabia una postura calma frente a la literatura. Los mejores escritores no eran resentidos. O sea quizá se hacían los resentidos, pero en el fondo eran unos malditos devoradores de libros, insomnes, embrutecidos de tantas palabras.

     –¿Entonces?

     –¿Recuerdas a Brunhild? Bueno, ayer hice un pacto con ella: si llegamos solteros, yo a los 43 y ella a los 37, paf, nos casamos. Así que aseguramiento no me falta, como verás.

     –El hombre casado no es que sea más bueno así por así, Serrano; al final gallo viejo mata con el ala.

     –Estás confundido…

     –…

     –Y creo que tu confusión en este punto es digna de Confucio: es mefistofélica, antropofágica, ingente y maleducada. El hombre casado es, por definición, un inútil barrigudo, amorfo y deformante. Nada es demasiado real para un hombre casado, si Lihn me permite deformar y amorfar sus palabras, como que más sabe el diablo por viejo que por diablo y que la práctica hace al maestro…

     –¿De qué confusión hablas, Serrano?

     –Entonces para reiterarte y deformar tus propias palabruelas, el hombre casado o gallo viejo, mata CON EL OLOR A ALA, pues HUELE como un diablo viejo, y es solo maestro en las cosas prácticas, pues de la metafísica aristotélica y del epicureísmo ya no se acuerda ni en pesadillas.

     –Serrano, ¿puedes responder a mi pregunta?

     –¿Que si sigo leyendo a Lira? Lo dejé. Rodrigo Lira era mi héroe, ya no. 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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6 Responses to Segregación N°1

  1. facebookera says:

    “like”

  2. fan de pancho izquierdo says:

    eres mi ídolo, pancho.

  3. mexican girl power says:

    Lo de los sueños y las pesadillas està genial!!!!

  4. yo et alors??? says:

    me voy a convertir en fan del Niño Tortuga!!!!

  5. con dolor de guata says:

    me he muerto de risa. Enhorabuena.

  6. el pulpo says:

    veo que habeis herido a más de uno con está crónica política… bien hecho!!!