En la boca del miedo
Friday April 08th 2011, 2:56 am
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Una mujer marcada

 

Por Martín Mauricio

 

Existe un prejuicio muy marcado en buena parte de la cultura cinematográfica sobre los actores o actrices que han desarrollado una carrera en la industria conjuntamente con los avatares de su vida privada. Es decir, el peso de la noticia recae más en los hijos adoptivos que se tiene o las veces que contrajo matrimonio, o, por supuesto, la cantidad de amores perdidos y encontrados y, de vez en cuando,  la película taquillera, o la que surge como candidata a fortalecer toda su galería de premios. Esos actores quedan – en muchos casos injustamente – en el recuerdo de estrellas fugaces y no son del todo analizados en su real performance.

Con todo eso, es extraña la historia de Elizabeth Taylor, tal vez –junto a Kirk Douglas o Ernest Bornigne, en menor medida– la última gran figura del Hollywood clásico, puesto que llegó a abarcar cerca de 4 décadas en la historia del cine a un nivel tanto de estrellato como de farándula. Después de su sorpresiva muerte y revisando su larga y brillante filmografía, nos damos cuenta cómo sobrevivió con dulzura e inteligencia a la niñez dura y pragmática del Hollywood más maquiavélico. Ahí donde las grandes estrellas infantiles de la época como Shirley Temple, Mickey Rooney o Judy Garland,  no lograron pasar la difícil barrera de los child star, Liz Taylor fue el ícono de la Metro Goldwyn Mayer, su precioso rostro era la figura del nuevo sueño americano que se estaba formando después de la guerra. Ahí la vimos al lado de Lassie en Lassie vuelve a Casa o como una juvenil jinete en National Velvet. Su precoz inteligencia supo administrar perfectamente sus tiempos en el cine. A medida que crecían sus papeles, podía sacrificar algunas líneas y era capaz de pasar a ser la figura representativa de la familia americana por un papel secundario a la sombra de June Allyson o Janet Leigh en Mujercitas o con una muy disciplinada actuación al lado de Spencer Tracy en las dos entregas del Padre de la Novia.

El punto de inflexión fue en 1951. Su rostro perfecto, pero todavía con un aire adolescente  adquiría un matiz más sensual y sofisticado en la película que le dio ese carácter dramático que tanto necesitaba. Un lugar en el Sol, -la película de George Stevens que la involucra profesionalmente con uno de los hombres más importantes de su vida: Montgomery Clift – fue el punto de partida de una actriz que llegaba a definir su belleza y talento como objeto de deseo, además de llegar a fortalecer su lado más serio y, por qué no, sufrido.

Efectivamente, su aire de Scarlett O’Hara le valió mucho protagonismo en películas de época como Ivanhoe y Beau Brummell. El technicolor de la Metro le asentaba sus ya famosos ojos violetas, los primeros planos la encontraban frágil y tierna, la cámara comenzaba a quererla y entendía sus caprichos de estrella. Los comienzos de los 50 fueron muy fructíferos en cuanto a cantidad, pero no es hasta mediados de esa década que empieza su ascenso como figura mediática. Después de Gigante, la gran película de George Stevens que la junta a Rock Hudson y James Dean, su nombre aparece al lado de Natalie Wood o Grace Kelly.  Se le toma más en serio como actriz, los directores más importantes la quieren,  los éxitos se multiplican y ya va adquiriendo esa complejidad e intensidad en sus actuaciones que logran dos nominaciones seguidas al Oscar por El Árbol de la Vida y Una Gata sobre el Tejado Caliente

Sobre esta última, Richard Brooks la llamó para realizar la que sería el primer acercamiento a la obra de Tennessee Williams. La teatralidad de su propuesta y la intensidad de los diálogos le permitió enfocarse mejor en saber hablar, en comunicarse con los gestos, con su cuerpo.  A diferencia de otras actrices podía representar cualquier papel, inclusive se atrevía a parecer de más edad y enfrentarse a un poderoso Marlon Brando en esa película de gran potencia visual de John Huston llamada Reflejos en Tus Ojos Dorados. Lamentablemente, y como siempre sucede, su primer gran premio se lo debe a una actuación que no es de las mejores (Una Venus en Visón), pero que ya la confirma como una actriz de exquisita sensualidad.

La historia con Richard Burton es más que una novela en su vida, ambos hacen juntos más de 6 películas, sin embargo, la historia de las mismas es muy parecida a lo que le sucedía en la vida real. El ritmo ecléctico en su vida privada se trasladaba al cine y de esa unión tormentosa, y a la vez tan apasionada, surgieron obras maestras como Cleopatra, la gran película de J.L. Mankiewicz, cuyo fracaso comercial la destinó a una injusta calificación que con el tiempo se está revirtiendo. También hay un melodrama más que interesante: Almas en Conflicto, donde ambos se encuentran más mesurados y sólidos en su performance. Todo lo contrario a ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, película histérica como pocas, que más hacían aumentar los chismes de periódicos amarillentos.

Como escribimos en un comienzo, es difícil separar la vida de actriz y la vida de casada de Elizabeth Taylor. Sus innumerables matrimonios, sus apariciones en TV y sus continuos errores en la elección de películas en los 70 y 80 ayudan a ocultar los pergaminos de una actriz sensacional, que lograba ser distante, frágil, huraña, despiadada y neurótica. Para quienes tengan dudas sobre ella solo repasen películas como El Árbol de la Vida, La Gata sobre el Tejado, Un Lugar en el Sol, De repente, el Último Verano, Cleopatra o tantos otros títulos que no hacen más que empezar a volver a extrañarla. 



Vicente Cervera y Diego Otero en Recital de Poesía El Hablador en el Jazz Zone (12 de abril, 7pm.)
Tuesday April 05th 2011, 11:35 pm
Filed under: Hablablog,Homenaje,Presentaciones,Publicaciones

El poeta español Vicente Cervera y el peruano Diego Otero se darán cita el próximo martes 12 de abril en el bar Jazz Zone a las 7pm. en el Recital de Poesía El Hablador.

Docente en la Cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Murcia y autor de varios libros sobre el campo de los estudios literarios (La palabra en el espejo, 1996; La poesía de Jorge Luis Borges: historia de una eternidad, 1992), Vicente Cervera también se ha dedicado a la relaciones entre la literatura y el cine, así como al teatro y la música vocal. Entre sus libros de poesía se encuentran De Aurigas inmortales (1993), La Partitura (2001) y El alma oblicua (2003). Diego Otero, periodista y poeta, ha publicado los libros de poesía Cinema Fulgor (1998), Temporal (2005) y Nocturama (2009), además de La Grabadora. The Sound Of Periferia (2006), un proyecto artístico en formato de libro, en co-autoría con el músico Santiago Pillado-Matheu y el diseñador gráfico Goster.

Algunos poemas de Cervera se pueden leer aquí. Diego Otero ha colaborado en nuestra revista con una traducción del libro Alter Lorca, de Jack Spicer. Aquí también algunos poemas suyos.

Esperamos a nuestros lectores participar con nosotros en el recital. Se ruega puntualidad. 



Los anteojos de azufre
Monday April 04th 2011, 9:39 am
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Nuevas geografías

 

Por Mario Granda

 

Los desastres naturales y los desastres producidos por el hombre tienen estrecha relación con el espectáculo, pues hoy, con tantas cámaras, puede haber un registro cada vez más perfecto de los acontecimientos que sorprenden al mundo de vez en cuando.

No obstante, una cosa es espectáculo y otra cosa una nueva realidad. El reciente accidente de Fukushima ha hecho que recién nos demos cuenta de que la energía nuclear no solo existe en las guerras, el peor de los escenarios atómicos posibles, sino que forma parte de la vida diaria del hombre actual. Es cierto que la llamada “energía limpia” tiene muchos beneficios, pues no agrega ni un átomo contaminante a la atmósfera. Pero de producirse un accidente, las consecuencias de sus desperdicios pueden ser milenarias.

La ciudad abandonada de Pripiat

 

Un ejemplo de ello es la ciudad de Pripiat, que se encuentra dentro de la Zona de Alienación, el área que el gobierno soviético ordenó abandonar después del accidente de Chernobyl en 1986. Las imágenes de esta ciudad son una ventana de lo que podría ser el futuro, si es que ocurren desastres parecidos. De los 43,000 habitantes que había en la fecha, hoy no hay ninguno, si no fuera por los “samosely”, personas que viven ilegalmente en la ciudad pero por voluntad propia. Ellos niegan los efectos que la radiación ha producido en ellos o se resignan a sus consecuencias. Pero no quieren perder el vínculo que tenían con su ciudad, pues creen que no hay otro lugar donde puedan ir. 

Lo que ha pasado en Fukushima nos ha enseñado que el escenario nuclear no solo pertenece a la guerra sino que ya es parte de la vida diaria del siglo XXI. Centrales atómicas se han sembrado en todas partes, y hoy recién parece tomarse cuenta de ello. La parodia de la ciudad atómica de “Los Simpsons” no es tanto una broma: peces de tres ojos pueden comenzar a ser parte de nuestra ecología, mientras los Mr. Burns afirman que estos son solo parte natural de la evolución de la tierra. La cuestión ahora no es cómo evitar la radiación sino cómo convivir con ella, tema que aún no ha entrado en la agenda pública (una aparente o conveniente ignorancia sobre el tema –la “complejidad” de la radiación— acompaña, lamentablemente, la discusión sobre el particular), pero que cambiará, tal vez de modo acelerado, el medio en que vivimos.



Entrevista a Boris Espezúa Salmón
Friday April 01st 2011, 2:58 am
Filed under: Entrevistas

“La apuesta es por una integralidad donde se impongan nuestros amarus identitarios y por aceptarnos como somos”

 

Por Andrea Echeverría

Boris Espezúa Salmón (Puno, 1960) es poeta y docente universitario de Filosofía del Derecho y de Derecho Constitucional de la Universidad Nacional del Altiplano. Ha articulado una poética muy particular que incorpora elementos de la filosofía y la mitología andina. Fue ganador del Premio Copé Internacional 2009, con el libro Gamaliel, o el oráculo del agua, próximo a publicarse. Su obra está compuesta por los poemarios A través del ojo de un hueso (1988), Tránsito de amautas y otros poemas (1990), Alba del pez herido (1998) y Tiempo de cernícalo (2002). Publicó, además, dos libros sobre derecho peruano contemporáneo: Ética de la justicia: Igualdad y no discriminación ante La Ley (2003) y La protección de la dignidad humana (2008). 

¿Qué entiendes por el término lo andino?

Lo andino, como decía el historiador Alberto Flores Galindo, integra lo que son los sustratos ancestrales originarios y lo que vendría a ser la mezcla cultural o el mestizaje racial. En realidad no hay algo andino que sea estrictamente puro. Nosotros somos un proceso de cultura en transformación y en los últimos quinientos años como sociedad nos hemos transformado. Por lo tanto, lo andino sería esa presencia que tenemos del mestizaje en zonas periféricas como las que están en el campo rural o las que están por ejemplo en los sitios como las barriadas en las ciudades donde todos —yo me incluyo— tenemos raíces ancestrales originarias. Entonces, no somos peruanos puramente andinos ni tampoco somos peruanos netamente occidentales. Asimismo, en los últimos años este concepto de lo andino está apostando por defender unas causas originarias. En ese sentido varios poetas de Puno buscamos continuar con la tradición de los que han abierto el camino en Puno, en esta línea del indigenismo, como es el caso de Gamaliel Churata, Alejandro Peralta y Efraín Miranda. De tal modo es que nosotros queremos revelar lo que es el mundo andino  y recrearlo a través de la poesía. Eso implica abordar la filosofía, la religiosidad, el ritualismo, el misticismo y todos los demás componentes que tiene el mundo andino. En este caso, particularmente el mundo aymara. Sin embargo, debo de decir de que yo no apuesto necesariamente por una causa propiamente pura o ancestral, porque creo que eso es retrasarnos, regresar a  una utopía, como decía Mario Vargas Llosa. Creo más bien que la apuesta es por una integralidad donde se impongan nuestros amarus identitarios y por aceptarnos como somos. De esta manera, mi poesía tiene esos componentes de la migración. Porque me parece una completa injusticia que unos cuantos peruanos excluyan a una mayoría porque tenemos raíces andinas. Entonces, mi obra no solo poética, sino también jurídica, es una apuesta por rescatar esos valores y esa toma de conciencia por una igualdad y por una interculturalidad en el caso peruano.

¿Y de qué manera la experiencia de migración ha influenciado tu poesía?

Yo creo que la ha enriquecido, aunque eso depende de quien lo vea. Porque bajo el canon literario que se impone de una poesía de influencia occidental experimental, citadina, lo andino se ve como algo marginal, como algo alternativo. Desde esa mirada del canon me dirían a mí que mi poesía es algo marginal, algo intrascendente; pero felizmente en el Perú existen otras miradas, existe una diversidad muy rica y una tendencia a revalorar desde las provincias estas creaciones o recreaciones que se hacen desde el campo literario sobre lo que nosotros consideramos que es valioso el mundo andino que se vive en las provincias, y que tiene una fuerza para resistir y para no claudicar en apostar por lo genuinamente nuestro.

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