El búho insomne

Suma aere tua. Putas y clientes. (Una polifonía)  

   

Hetairas y poetas somos hermanos.  

Manuel Machado  

   

Las prostitutas forman el único proletariado   

cuya condición conmueve mucho a la burguesía.  

Virginie Despentes.  

   

La Prostitución es un Arte,  un Humanismo   

y una Ciencia, siempre y cuando se la practique  

voluntariamente y en buenas condiciones.  

Grisélidis Réal  

   

Por José Rosas Ribeyro  

   

1. Putas de película y de literatura  

“Vendo placer a los hombres que vienen del mar, si se marchan al amanecer para qué yo he de amar…” canta con voz lánguida y sensual Andrea Palma en La mujer del puerto, filme que realizó Arcady Boytler en México, en 1933, influido por la estética del expresionismo alemán y, creo yo, más específicamente, por El ángel azul que Josef Von Sternberg había realizado tres años antes con Marlene Dietrich. Desde hace días, sabiendo que iba a escribir sobre putas y clientes, esta canción me da vueltas en la cabeza, y su melodía se me mezcla con imágenes de Rosario esperando a sus posibles clientes en un brumoso Veracruz portuario y de Lola Lola, quien en el cabaret El ángel azul enciende la llama de la pasión erótica en un severo profesor de literatura. Debo decir que estas dos películas me fascinan.  

  

  

Tanto Rosario como Lola Lola son putas, dos de las tantísimas prostitutas inolvidables que nos ha entregado el cine. Recordemos a Giulietta Masina en Las noches de Cabiria, de Federico Fellini; a Annie Girardot encarnando a Nadia en Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti; a Brooke Shields como Violet en Pretty Baby de Louis Malle; a Catherine Deneuve, en la piel de Séverine, una señora burguesa que se prostituye ocasionalmente en Belle de jour, de Luis Buñuel; a Shirley Mac Laine, la inolvidable Irma la Dulce del filme de Billy Wilder; a Jane Fonda, quien interpretó su mejor papel en el cine encarnando a Bree Daniels, una call-girl, en Klute, de Alan Pakula; a Verónica Forqué, la encantadora vecina puta de Qué he hecho yo para merecer esto, de Pedro Almodóvar. Éstas son solo unas cuantas, ya que el cine -todo el cine y en particular el mexicano-, está plagado de putas. Y no solo el cine, también la literatura. Se nos viene de inmediato a la memoria la que quizás sea la más célebre puta de todas las que hay en la literatura francesa: Nana, protagonista de la novela del mismo nombre de Emile Zola. Pero no solo ella, también Coralie, la puta con buen corazón de Las ilusiones perdidas y Paquita Valdés, la prostituta de lujo de La muchacha de los ojos de oro, ambas novelas de Honoré de Balzac. Sí, la literatura francesa está llena de putas, de Baudelaire a Houellebecq pasando por Maupassant y su célebre Bola de sebo. Y en la narrativa latinoamericana, por dar solo dos ejemplos entre cientos posibles, las putas son personajes esenciales de La casa verde y Pantaleón y las visitadoras, dos buenas novelas en la irregular creación del peruano Mario Vargas Llosa, como lo es también en El lugar sin límites, la excelente novela del chileno José Donoso que fue llevada al cine con mucho talento por el mexicano Arturo Ripstein.  

En todas partes del mundo, y tanto en el cine como en la literatura y las bellas artes, las putas son a menudo personajes totalmente inventados, pero en ciertos casos son recreaciones artísticas que se basan en prostitutas que existieron, como Carolina Otero, apodada “La Bella Otero”, quien fuera amante del poeta D’Annunzio, o la japonesa Sada Abe, cuya historia le sirvió a Nagisa Oshima para realizar El imperio de los sentidos, según yo la mejor película del gran cineasta japonés, un filme que también me fascina y que he visto cinco veces. Ahora bien, si nos vamos hacia tiempos antiguos, podemos recordar a Friné, bella hetaira griega que fue musa del escultor Praxíteles, quien la utilizó de modelo para realizar varias de sus Afroditas. Y yo, particularmente, no puedo dejar de recordar la impresión que, al visitar Pompeya, esa joya detenida en el tiempo del rico pasado romano, me produjo la integración de los lupanares en la vida de la ciudad, con sus magníficos frescos eróticos que hacen referencia a los servicios sexuales que se ofrecían en ellos. Suma aere tua.     

Fresco en un lupanar de Pompeya

 

Volviendo a nuestra época y a la canción, y dejando de lado los cientos de ellas que en el Perú, en España y en todas partes del mundo, evocan a prostitutas, quiero hacer referencia a “Me llaman calle”, un tema muy sencillo y actual en el que Manu Chao les rinde un homenaje cargado de sensibilidad, respeto y simpatía: “Me llaman calle, pisando baldosa la revoltosa y tan perdida. Me llaman calle, calle de noche, calle de día. Me llaman calle, hoy tan cansada, hoy tan vacía como maquinita por la gran ciudad. Me llaman calle, me subo a tu coche, me llaman calle de malegría, calle dolida, calle cansada de tanto amar. Voy calle abajo, voy calle arriba, no me rebajo ni por la vida. Me llaman calle y ése es mi orgullo…” 

    

2. Con o sin leyes, siempre habrá clientes.  

Pese a que las prostitutas son personajes de primer orden en obras de las diferentes disciplinas artísticas, en la vida real son consideradas siempre lo peor de lo peor. Son personas malditas, cuyo oficio es el único que sirve de insulto en expresiones como “hijo de puta”, “puta tu madre” y otras por el estilo. Pero no sólo se les castiga con el oprobio y la estigmatización sino que incluso se aprueban leyes para restringir su actividad o, simplemente, criminalizarla. En Francia, donde en principio prostituirse no es un delito, el gobierno reaccionario y antipopular de Nicolas Sarkozy viene legislando contra los trabadores del sexo con el objetivo de ganar votos de los ultraconservadores católicos y de la extrema derecha, ya que le queda un año de gobierno antes de las elecciones presidenciales y sus índices de popularidad están por los suelos. En verdad, siempre mirando hacia los extremistas del Frente Nacional de la familia Le Pen, esta política empezó incluso antes, en marzo de 2003, con la llamada “ley de seguridad interior”, en la que se estipula que quienes se prostituyen en la calle pueden ser condenados a dos meses de cárcel y una multa de 2750 euros. Como si esto fuera poco, tras recibir una propuesta de una misión parlamentaria presidida por la diputada socialista Danièle Bousquet, la ministra de las Solidaridades (¡quién lo creyera!) Roselyne Bachelot ha anunciado que próximamente presentará un proyecto de ley para penalizar a los clientes de las prostitutas con seis meses de cárcel y una multa de 3000 euros. El modelo en que se basa esta propuesta legislativa es el de Suecia, donde se viene aplicando una ley similar desde 1999. Detrás de todo esto, además de los grupos religiosos más retrógrados y la derecha extrema, se encuentran las autodenominadas “feministas” de Les chiennes de garde (Las perras guardianas) y Ni putes ni soumises  (Ni putas ni sumisas), asociaciones que dirigen mujeres plenamente integradas en el sistema, en la sociedad jerárquica dominante, y que asumen posiciones abolicionistas frente a la prostitución. Y lo es así a tal punto que, Fadela Amara, la fundadora de la segunda de estas asociaciones, ha sido ministra de Sarkozy entre 2007 y 2010, y fiel defensora de una política destinada a favorecer los intereses de los más ricos, lo cual ha acarreado desempleo, pérdida de derechos sociales y constantes ataques contra las libertades de los ciudadanos.  

Felizmente en Francia, como en cualquier lugar, todo el mundo no piensa de la misma manera y quienes disienten no siempre se quedan callados. Es el caso de la filósofa Elisabeth Badinter, autora entre otros libros de Fausse route (Editions Odile Jacob, 2003), en el que se enfrentó ya con el “nuevo feminismo moral” y defendió los derechos de las prostitutas. “Este proyecto de ley va en el sentido de una regresión increíble, ya que implica volver a la llamada ‘policía de las buenas costumbres’ del siglo XIX, a un puritanismo que yo creía ya superado”, declaró Badinter al ser entrevistada por la radio France Culture. “Este proyecto de ley me parece malo, me parece un desastre, un recorte de las libertades individuales. ¿Por qué el Estado tiene que meter su nariz en lo que hacemos con nuestro cuerpo? Yo pensaba que desde mediados del siglo XX había quedado establecido que existía una libertad sexual total entre los adultos consintientes. Entre las prostitutas no sólo hay mujeres desdichadas que se encuentran atrapadas en redes de esclavitud, sino también mujeres que se prostituyen sin que nadie las haya forzado a hacerlo. Es absolutamente su derecho tener relaciones sexuales pagadas”.   

   

El pretexto de las leyes contra la prostitución promulgadas por el gobierno de Sarkozy es combatir el proxenetismo y luchar contra las redes mafiosas que comercian con mujeres y las obligan a prostituirse. El problema es real, nadie lo niega, pero como encararlo eficazmente significa medios económicos y esfuerzo suplementarios, se prefiere atacar a los más débiles que no tienen nada que ver con ese asunto. Dice Badinter: “Si el objetivo que se quiere alcanzar es desmantelar las redes de prostitución de jóvenes que son verdaderas esclavas, hay que hacerlo con la policía de manera muy firme. Pero eso cuesta dinero, ya que se necesitarían muchos más policías para poder atacar eficazmente a esas redes. Con esta ley, si se aprueba, se llegará a la paradoja de que las escort girls y las mujeres que trabajan protegidas en los institutos de masajes podrán proseguir tranquilamente su trabajo y, por supuesto, quienes se beneficiarán con eso serán los hombres con mayores posibilidades económicas. En cambio, las prostitutas más pobres, las que trabajan en la calle, van a ser cada vez más fragilizadas y condenadas aún más a la precariedad. Lo que se quiere hacer va contra ellas, porque la idea de que si ya no hay demanda ya no habrá oferta es una utopía increíble. La idea de que se puede poner fin al deseo sexual, a las pulsiones sexuales, es una idea de otra época, es completamente descabellada.”  

En cuanto a la eficacia del modelo abolicionista sueco, que es el argumento principal de las “feministas” defensoras de un nuevo orden moral y sexual, precisa la autora de Fausse route: “Contesto el balance que nos ofrecen los suecos en este momento. Efectivamente, la prostitución ha desaparecido en gran parte de las calles, pero se ha implantado en la periferia de las ciudades, se efectúa por Internet, en bares y en centros de masajes. Lo que deberíamos hacer es todo lo contrario de lo que han hecho los suecos, o sea, imitar más bien el ejemplo de los holandeses, los alemanes y los españoles, quienes han elegido reconocer oficialmente la prostitución y acordar derechos sociales a las prostitutas. No creo, por supuesto, que eso ponga punto final a las redes de esclavitud que existen verdaderamente con mujeres que vienen de los países de Europa del Este y de África, pero, en todo caso, las mujeres que escogen prostituirse gozan de algunos derechos.”  Detrás de Sarkozy y su ministra de Solidaridades -ya lo decíamos antes- se encuentran las “feministas” morales, no por nada la propia Roselyne Bachelot ha suscrito el manifiesto de Les chiennes de garde. “Las abolicionistas de tipo sueco son los peores críticos de las prostitutas y consideran la prostitución como el oficio femenino más indigno que existe y estigmatizan a estas mujeres como nadie había estigmatizado nunca antes a las mujeres”, concluye Elisabeth Badinter.  

Cuando yo llegué a Francia, a fines de los años setenta, el feminismo era aún liberador. En 1975, con un gobierno de derecha, se había legalizado el aborto a través de una ley que completaba otra de 1967, en vigencia desde 1972, que había liberalizado el recurso a los anticonceptivos. Los grupos religiosos y ultraconservadores, sin embargo, seguían oponiéndose a la legislación que había conquistado con sus combates el movimiento feminista y la movilización en las calles proseguía intensamente. Recuerdo haber participado en múltiples manifestaciones feministas en las que mujeres de toda condición y oficio (estudiantes, amas de casa, profesionales, prostitutas, inmigrantes) coreaban eslóganes como estos: “un hijo cuando quiera, si lo quiero, con quien quiera” y “aborto libre y gratuito, incluso para las menores y las inmigrantes”. Qué diferencia, me digo ahora, entre estas feministas que llevaban a la práctica la liberalización de la sexualidad conseguida por los movimientos juveniles de 1968 y defendían solidariamente los derechos de todas las mujeres y estas “feministas” que, hoy en día, aliadas con lo más oscurantista de las tres religiones monoteístas, le hacen la guerra al sexo, estigmatizan a otras mujeres y frente a la prostitución asumen posiciones de moral puritana y abolicionistas. Estas “feministas”, plenamente integradas en la sociedad jerárquica dominante, son tan reaccionarias y oscurantistas, que hasta François Bayrou, diputado centrista y católico practicante, las sobrepasa por la izquierda sin mayor esfuerzo. “No creo en un mundo puro ni en una sociedad de santos. La ley no debe confundirse con la moral. Y la prohibición, en todos los campos, no tiene ninguna posibilidad de funcionar”, declaró el líder del Modem y ex candidato a la presidencia al conocer las intenciones de la ministra Bachelot. “Estamos metidos en un baño de obsesión sexual permanente y, en paralelo, virtuosamente, hay quienes se escudan en la moral para castigar y mostrar como objeto de escándalo a los clientes de la prostitución. Por un lado, se invierten miles de millones para alimentar las pulsiones sexuales  y satisfacer las necesidades que éstas generan, haciendo que el sexo sea un mercado en sí y una ventaja para el mercado en general, y, por otro lado, la virtud ultrajada se ofusca y quiere perseguir a las víctimas de sus propias estrategias.”   

   

3. Clientes, una pieza teatral  

Coincidiendo con la idea de legislar para castigar a quienes recurran a los servicios de las putas, en el teatro Paris-Villette Clotilde Ramondou puso en escena un espectáculo titulado sencillamente Clients (Clientes). La obra se basa en Carnet de bal d’une courtisane (Libreta de baile de una cortesana), una lista de sus 220 clientes clasificados en orden alfabético, que la escritora y prostituta suiza Grisélidis Réal realizó entre 1977 y 1995, para recordar las características sexuales de cada uno y poder ofrecerles un servicio adecuado. Este texto, que nunca tuvo intenciones literarias, fue publicado por primera vez en una revista que si las tenía, Le fou parle (El loco habla),  en diciembre de 1979, con el título de Carnet noir (Libreta negra) y, más tarde, en 2005, ya con el título señalado más arriba,  por Editions Verticales/Le Seuil. De manera sintética y con un lenguaje crudo y directo, Grisélidis Réal escribe, por ejemplo: Francisco: brasileño pequeño y corpulento, un poco calvo. Amable. Le gusta que se la chupe y lo acaricie mucho tiempo, suavemente y con música de fondo. 80 francos. (…) Enrique: hombre de cabello cano, extremadamente distinguido, fino, inteligente, a lo Jean Cocteau. Le gustan los placeres suaves. 100 francos. Posee un gran conocimiento del orgasmo femenino. ¿Médico?… ¿Psiquiatra?… ¿Juez?… Meterle el dedo al culo en algunos casos mientras se la chupo a fondo y le hago hormigas japonesas. (…) Andrés: intelectual revolucionario, encantador e inteligente, de edad madura. Meterle el dedo al culo con tacto y moderación. Chupársela y hacer el amor con ternura. 100 francos (puede dar menos cuando anda mal de dinero). Hombre particularmente simpático.   

   

En el escenario la propia Clotilde Ramondou interpreta el texto en su integridad. La acompaña un coro de doce hombres -¿los clientes?-, entre los cuales el director musical Jean-Christophe Marti, quienes dan voz a tres lieder de Franz Schubert sobre el deseo, la nostalgia, el amor y la noche, basados en poemas de Goethe, Schiller y Krummacher. “La inteligencia, la claridad, las cóleras, el humor y, sobre todo, el conocimiento del otro que tenía Grisélidis, la puta revolucionaria, aparecen en estas sucintas anotaciones”, escribe Ramondou al presentar su espectáculo.   

Grisélidis Réal, autora de El negro es un color, El polvo imaginario, Las esfinges y ¿Estoy viva todavía?, ejerció la prostitución durante unos treinta años en Ginebra, fue una de las animadoras del movimiento reivindicativo de las putas de los años setenta en Lyon y París y cofundadora del Centro Internacional de Documentación sobre la Prostitución y de la Aspasi, una asociación de apoyo y ayuda a las prostitutas en Suiza. Para esta “puta anarco-satírica del barrio de Pâquis”, que recibía a sus clientes con el seudónimo de Solange y falleció en 2005, la prostitución fue -en sus palabras- “un combate en todos los niveles: físico, comercial y político”.  

En “La morale, nouvelle révolution sexuelle” (“La moral, nueva revolución sexua”), un texto corto que publicó en mayo de 1981 en una revista (L’Écho du Macadam), Grisélidis Réal escribe: Algunas almas con pensamientos buenos y muy bien situadas en la escala social nos ofrecen devolvernos nuestra dignidad y un puesto con porvenir entre las criadas y el personal de limpieza, entre las obreras no especializadas y con salario modesto de las fábricas o, para las que tengan más suerte, la promoción suprema de esposa en el hogar: mantenida por un marido que desempeña el papel de cliente único, a quien, después de una dura jornada doméstica cocinando, lavando, limpiando a fondo las cacerolas y ocupándose de los hijos, una vez que se apagan las lámparas y se deja de lado el tejido, habrá que satisfacer las exigencias conyugales sin demasiadas fantasías, ya que una mujer honesta no puede permitírselas sin que la traten de puta.”  

  

Cuatro años más tarde, en “Drogue y prostitution” (De sac & de corde, n°2, 1985), señala que “se necesita mucho coraje y un orgullo muy grande para ser prostituta y seguir siéndolo consciente de su valor humano y de sus derechos, frente al desprecio de la gente, las miradas irónicas, cortantes, enfermas de odio y de incomprensión, de curiosidad y de envidia que nos lanzan como escupitajos. La prostituta es una paria, una mujer negada, maldita. Públicamente no existe.” Y refiriéndose a los clientes, a los que Sarkozy quiere ahora criminalizar como ya lo ha hecho antes con muchas manifestaciones de la protesta social, escribe en su libro más célebre, La passe imaginaire/El polvo imaginario (Verticales-Gallimard, París, 2006/Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2009): “Cada uno de los hombres que viene a verme es único, y yo los quiero cada vez más, incluso si es difícil, insoportable, terrible, ya que ellos vienen a vaciar en mí no sólo su esperma sino también sus furores, sus dolores, la amargura, la dulzura, la desesperanza de los pobres y de los heridos. Yo soy una urna secreta, llena hasta casi estallar, loca y sorda, impotente… y lúcida.”  

El 9 de abril, un sábado, antes de la representación de Clients, tuvo lugar en el teatro Paris-Villette un coloquio dividido en dos partes. En la primera, hablaron sobre Grisélidis Réal y su escritura, Yves Pagès, su editor en Verticales, e Igor Schimek, el hijo mayor de la escritora y prostituta suiza, trabajador social y músico. La segunda parte estuvo dedicada al tema de la prostitución desde diversos aspectos jurídicos y participaron en ella representantes de tres asociaciones que defienden los derechos de los trabajadores del sexo, la prostituta belga Sonia Verstappen -amiga y discípula de Grisélidis Réal-, el documentalista Jean-Michel Carré (autor de Travailleu(r)ses du sexe et fières de l’être, Sexe, Amour et Handicap y  Les Clients des prostituées) y la socióloga Françoise Gil, especialista del tema. El debate lo presentó ella con palabras que denuncian la hipocresía francesa ante el tema de la prostitución: “Más que la prostitución en sí lo que molesta son los actores de ella: las mujeres que asumen una transgresión social mayor al intervenir en el debate público y los hombres que vienen a buscar placer sexual fuera de todo control. En todo caso, es lo que hacen pensar las leyes represivas que atacan a unas y otros. Ante la imposibilidad de abolir el trabajo del sexo, la solución que se les ocurre a esos neófitos del tema que son los legisladores, es meter a todo el mundo en prostíbulos. Tartufo hubiera hecho lo mismo.”  

Lo más destacado del coloquio fue, sin embargo, la palabra de Sonia Verstappen, una mujer que reúne inteligencia, cultura, belleza, humor, excelente alocución, franqueza y muchísimo coraje.   

  

   

4. Monólogo de Sonia  

Sonia discute, argumenta y convence, siguiendo los pasos en ello de quien fuera su amiga, Grisélidis Réal. Durante las tres décadas en que ejerció la prostitución en una de las vitrinas del barrio rojo de Bruselas, dedicó su tiempo libre a leer, a estudiar antropología hasta tener un master y también, durante diez años, a psicoanalizarse. Hoy está retirada del oficio más antiguo del mundo pero se sigue reivindicando como puta, una puta que prosigue el combate por los derechos de las prostitutas y que, aparte de eso, se interesa en los problemas específicos de los discapacitados y de las personas de edad avanzada. El monólogo que sigue son fragmentos de algunas de sus intervenciones en los medios.  

            “Creo que una prostituta puede hablar de amor. Primero porque es una mujer que, como todas las otras mujeres, ha estado enamorada en su vida. Yo conozco el amor verdadero, el amor de los clientes, el amor que les falta, el amor que vienen a buscar, el amor por sus mujeres, porque a menudo me hablan de ellas, pero siempre después de haberse corrido. Mi psicoanalista, dice que el amor se compone de tres cosas: ternura, respeto y deseo. Yo creo, honestamente, que aquí hay mucho amor porque la gente que viene me desea, tiene ternura y me respetan.”  (…) “Hay ‘feministas’ -bueno, yo no las considero feministas sino sexistas-, que me dicen: ‘¡cómo puede imaginar que sus clientes la respetan!,’ y yo les respondo: ‘¿y ustedes están seguras de que cuando su marido les hace el amor las respeta?’. Uno no está en la cabeza de los otros, por lo tanto, eso no es posible saberlo. Entonces, lo que yo les pido a los clientes es que me manifiesten claramente su respeto.” (…) “Yo digo que las lágrimas que los hombres no pueden llorar es el esperma que me dejan cuando vienen a verme. Los hombres evacuan aquí todo lo que no pueden evacuar fuera y para eso utilizan su sexo. De los hombres que vienen, un tercio es para tener sexo y nada más, otro tercio es para realizar fantasmas muy particulares que no se atreven a revelar a sus mujeres y los demás lo que buscan más que todo es ternura, llenar su soledad física y psíquica.” (…) “Les cuento una historia: un día una persona toca a mi puerta, la hago entrar y me doy cuenta de que es un joven árabe que está muy nervioso. En ese momento tengo dos posibilidades: o le digo: ‘no, no quiero nada contigo en ese estado’ y rápido lo despido, o considero que lo que tiene es una agresividad no dirigida contra mí sino con todo lo de afuera y lo hago pasar. En este caso concreto, me di cuenta de que ese joven, a pesar de su agresividad, era una buena persona. Entonces le pregunté: ‘¿qué te pasa? ¿por qué estás así?’ Y me respondió: ‘tres mujeres de esta calle me han rechazado porque soy árabe, y también porque soy árabe me ha controlado la policía, estoy harto’. Yo le dije que aquí conmigo, no era sino un hombre como todos. ‘Te acojo, me voy a ocupar de ti’. Pasamos veinte minutos juntos. Se acostó conmigo en la cama, puso su cabeza sobre mi pecho y me succionó los senos como un niño pequeño. No hicimos el amor, pero lo hice sonreír e incluso reír. Al final me dijo: ‘has sido como una mamá para mí’ y se fue con la cara sonriente diciéndome ‘muchas gracias señora’. Pues sí, los hombres son frágiles.” (…) “A las mujeres se les ha dicho que no les debe gustar mucho el sexo porque sino pueden ser consideradas putas y no hay nada peor para una mujer que ser tratada de puta, porque es una categoría de mujeres malditas. Yo no tengo ningún problema con que me digan puta, porque estoy orgullosa de serlo. Es mi identidad, yo seré siempre puta, e incluso ahora en que ya no trabajo como tal sigo siendo puta. Oficialmente, durante años he sido a medio tiempo estriptisera y a medio tiempo sexóloga, pero yo he reivindicado siempre el estatuto de puta.” (…) “Hay prostitutas que tienen un proxeneta pero no son la mayoría, y hay mujeres libres como yo, pero a nosotras se nos trata de impedir que hablemos porque lo que decimos no es comercial. Molesta, por ejemplo, que una prostituta diga que el suyo es un oficio normal, necesario, que hay hombres tan desdichados como perros abandonados, porque la “liberación” de la mujer les ha cortado los testículos. Ellos, de vez en cuando, tienen que probarse que todavía pueden tener erecciones. Y para eso servimos nosotras.”   

   

5. Intermedio poético  

“Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece,
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto y puta la alegría
que el rato puteril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Más llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado,
si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas”.
  

Francisco de Quevedo
(1580-1645)

 

6. La cólera de un cliente sin máscara

Cada vez son más en Europa las prostitutas que aparecen en los medios sin esconder su rostro. Por el contrario, es muy difícil encontrar clientes de putas que testimonien sobre ello sin esconderse en el anonimato. De allí que haya llamado poderosamente la atención en Francia la intervención, en la prensa escrita  y en la televisión, de Philippe Caubère, reaccionando airadamente ante la posibilidad de que el gobierno de Sarkozy legisle para criminalizar a los clientes de las prostitutas después de todo lo hecho ya para dificultarles a éstas el trabajo. Philippe Caubère es un actor famoso. Fue uno de los discípulos predilectos de Ariane Mnouchkine, una de las figuras mayores del teatro contemporáneo y directora del Thèâtre du Soleil. Ella, cuando realizó el filme Molière, en 1978, le encargó el papel protagónico a Caubère, quien con su interpretación dejó un recuerdo inolvidable. Desde sus comienzos, este actor de mucho talento, nacido en Marsella en 1950, cree en la responsabilidad ciudadana del teatro y en la intervención política del artista. Como dramaturgo ha venido escribiendo una serie de piezas que en el escenario son espectáculos unipersonales. Nacido en el seno de una familia de izquierda, Philippe Caubère siempre le ha reprochado a su madre su puritanismo frente al sexo. Y algo de eso aparece como telón de fondo  en “Yo, Philippe Caubère, feminista, casado y cliente de prostitutas” (Libération, 14 de abril 2011), crónica que ha tenido ecos después en diversos medios y, sobre todo, en el programa On n’est pas couché (16 de abril 2011), de la cadena France 2.

Philippe Caubère expresa sin hipocresía lo que le atrae en el trato con prostitutas: “Lo que encuentro en mi relación con una prostituta es algo único que no podría encontrar nunca en ninguna otra persona, en ninguna relación de esas que se suelen llamar ‘normales’. Y creo que antes de pensar en castigar a los clientes habría que tratar de comprender porqué tantos hombres van a ver a las putas. No querer oírlos y menos escucharlos y contentarse con recurrir a una ley, al Estado, al legislador, para castigarlos rápida y fuertemente, golpearlos y humillarlos, es un acto de indigencia extrema, de gran pobreza y cobardía. (…) “Lo que he encontrado, y sigo encontrando, desde hace muchos años, con las personas que han elegido alquilar (y de ninguna manera vender) su cuerpo y sus talentos a cambio de dinero, no tiene nada que ver con lo que una relación de las que se llaman ‘normales’ puede ofrecer de felicidad, amor y placer, como también de sufrimiento y desesperanza. El amor, la felicidad y el placer se pagan caros, eso todo el mundo lo sabe, tanto en el corazón como en la vida. De esos sufrimientos están llenos los libros, las películas y las piezas de teatro, que son los únicos laboratorios en los que se describe, se autopsia y hasta se comprende la materia humana, que es muy compleja. Sólo la relación sexual con una persona que recibe dinero a cambio puede pretender ser y afirmarse como realmente gratuita. La suma de dinero que se entrega en un intercambio libre y abierto es además bastante reducida en relación al ‘servicio’ recibido. El sentimiento no queda necesariamente excluido de la transacción pero no es lo esencial en ella, lo cual excluye en gran parte el sufrimiento.”  

Quien fuera Molière en el cine, juzga absolutamente aberrante el discurso abolicionista frente a la prostitución y, sobre todo, que una parte del feminismo lo haga hecho suyo: “Pensar que ese discurso imbécil se ha convertido en el discurso  oficial del ‘feminismo’ de hoy, y que en él se encuentran la izquierda y la derecha (lo cual no es muy frecuente), es algo que me deja estupefacto y consternado, y se me hace insoportable. El objetivo que busca este proyecto de ley no es -como lo pretenden cínicamente quienes lo han iniciado y lo defienden-, proteger a las prostitutas. Para ellos, esas mujeres no existen, ya que las reducen a una especie de raza inferior compuesta sólo de ‘víctimas’ de hombres que, por supuesto, serían sin excepción proxenetas, violadores y clientes, como si todo eso fuera lo mismo.” (…) “Qué fácil y rentable, desde todo punto de vista -electoral, moral y televisivo-, es prohibir una actividad humana necesaria y vital, que es también sagrada, ya que su objetivo es el goce y, por lo tanto -les guste o no a algunos-, la felicidad. Una felicidad simple, corta, efímera como un orgasmo, sí, pero también como ese breve sentimiento de libertad que, en lo que dura un instante, nos emociona y nos anima en medio de ese río de sumisión, esclavitud y servilismo que debemos cruzar cada día y que nos deja cotidianamente medio ahogados.”  

  

Ya para concluir su crónica en Libération, este actor feminista que denuncia el “feminismo” del orden moral y no olvida que hasta el siglo XIX a las actrices se las equiparaba con las putas, rinde un sentido homenaje a aquellas mujeres que lo acogen amablemente como cliente: “No voy a terminar esta crónica sin decirles a las prostitutas cuánto las quiero y las respeto. Son mis hermanas, mis iguales. Yo también soy una puta, en un escenario, el mío, el del teatro. Y yo también trato de brindar  placer, con mi cuerpo, con mi voz, con mis palabras e incluso con mi vida, y por un precio que trato de que sea siempre lo más bajo posible, aunque yo entregue siempre a cambio la mejor prestación de la que soy capaz. En otras palabras, yo trato siempre de ser una buena puta y, si es posible, la mejor del mercado. Tampoco concluiré sin decirles a las putas que esta ley canallesca no me asustará ni me culpabilizará ni me impedirá irlas a ver donde sea que se encuentren, incluso si están escondidas o encerradas, para seguir amándolas y pagar por ello. Hay una película que encarna a Francia en el mundo entero, tanto en su corazón como en su inteligencia. Cuenta una historia de amor -la más bella, la más antigua-, una historia eterna entre un actor y una puta. Protagonizada por Jean-Louis Barrault y Arletty, esa película se titula Les Enfants du paradis.”  

   

7. Testimonio personal  

Me encanta Barcelona, la de ayer y la de hoy, aunque muchos digan que ya no vale la pena y otros, por el contrario, que ahora está mejor que antes. Cada cierto tiempo, durante años, me daba un salto para allá buscando la compañía del mar, la soledad y una fuerza oculta que posee esa ciudad para ponerme en estado de poesía. Huyendo de la monotonía y el agobio de la vida conyugal, huyendo de París y su histérica agitación, llegaba a Barcelona para quedarme cuatro días o una semana y visitar La Central, Documenta, La casa del libro y otras librerías maravillosas en las que la lengua castellana comparte armoniosamente las estanterías con el catalán. Un día de esos andaba yo cansado por la Plaza de Cataluña cuando se me ocurrió entrar a un instituto de masajes. Me recibió una mujer pequeña y muy simpática que me explicó a grandes rasgos los servicios que se ofrecían y las tarifas correspondientes, y me recomendó a una chica que llamó con un nombre que ya no recuerdo. Unos minutos después, me encontré en una pieza con una mujer morena, de unos treinta años, delgada, con pelo rizado y gafas verdes sobre la nariz. Estaba vestida con un batín blanco, como una enfermera. Ya de entrada se mostró dulce y cariñosa, risueña y sensual, y cuando descubrió su cuerpo pude apreciar sus senos puntiagudos y sus nalgas respingadas. Yo desnudo, tumbado sobre una camilla como de hospital, sentí sus manos recorriéndome el cuerpo, del cuello a los talones pasando por las nalgas. Luego, cuando me di vuelta, puse en evidencia mi estado de excitación. Esther me hizo el amor maravillosamente. Me sacó los dolores, las penas, las preocupaciones, el hastío, y me convirtió en un ser extraordinariamente feliz. Sí, se llamaba Esther, ella me lo dijo después, y ése era su verdadero nombre: “No me gustan las mentiras. Soy quien soy y hago lo que quiero, cobro por tener sexo y no tengo vergüenza de nada. ¿Por qué habría de tenerla?”. Volví al día siguiente y el encuentro carnal fue todavía más intenso. Esther conocía todos los secretos de la sensualidad, era una artista del sexo que hacía el amor precisamente con eso: con amor. Desde entonces, cada vez que iba a Barcelona la llamaba. Si estaba alojado cerca de la Plaza de Cataluña, nos encontrábamos en el café Zurich, tomábamos y comíamos algo y de allí íbamos a mi habitación, donde se entregaba totalmente al acto sexual, sin mesuras ni pudores, y gozaba haciéndome gozar. Si estaba yo más bien en un hotel de la Vía Augusta, la esperaba en el cuarto y allí llegaba ella, siempre sensual, sonriente, dulce, cariñosa. Además de hacer el amor, conversábamos. Me contó que era de Canarias, que tenía dos hijos y que soñaba con instalarse en las Alpujarras. A veces, desde París, yo le hablaba por teléfono y planeábamos cuándo nos veríamos. La última vez que le hablé a distancia ya no estaba en Barcelona y me contestó desde esas montañas de Granada con las que había soñado tanto. Esther ocupa un lugar prominente en mi memoria. Es como una santa carnal que venero en el altar secreto de mis deseos satisfechos.   

Dejo ahora Barcelona y vuelvo a París, donde esto escribo. Un día, no hace mucho tiempo, en el medio editorial, conocí a Evelyne, quien trabaja como correctora de estilo. Esta mujer rubia, muy blanca, de ojos grises, de treinta años, es una de las muy pocas personas en Francia a las que el nombre de la calle en que vivo, Agrippa d’Aubigné, no le es desconocido.. Ella sabe quién es ese caballero que hoy en día ya nadie conoce aunque es un escritor importante, nacido en 1552 y fallecido en 1630. Poeta barroco y protestante, escribió sobre todo Les Tragiques, su obra maestra, y eso tampoco lo ignora Evelyne, “call-girl parisina”, según se presenta ella en su blog. Si uno la cruza en la calle, nadie diría que esta mujer vestida de manera estricta, con tailleur de color oscuro, sin maquillaje en el rostro ni nada ostentoso en su aspecto, es una maravillosa puta cuando deja de revisar los textos literarios que le dan a corregir las casas editoras. Una puta con estudios superiores de letras francesas y un arte consumado del amor físico. Algo mágico se produce en ella en cuanto se despoja de su tailleur y expone al cliente su bello cuerpo semidesnudo: su frialdad aparente desaparece y brota de ella una sensualidad increíble. De la misma manera como posee una impecable escritura en francés, posee un refinado conocimiento de las técnicas amatorias. Una hora con ella es una hora de felicidad asegurada.   

   

   

8. King Kong y las putas  

En la literatura de lengua francesa hay varios casos de escritores de uno y otro sexo que, en un momento dado de su vida y por razones diversas, han ejercido la prostitución. Ya mencioné el caso, tan particular, de la suiza Grisélidis Réal, quien después de estudiar en la Academia de Bellas Artes, fuera escritora y pintora y, durante treinta años, prostituta popular y militante de la causa de las putas. Otro muy diferente es el caso de la canadiense quebequesa Nelly Arcan, ya que ella fue más bien call-girl de lujo mientras estudiaba literatura en la Universidad de Quebec en Montreal y preparaba su tesis de maestría titulada Le poids des mots ou La matérialité du langage dans “Les mémoires d’un névropathe” de Daniel Paul Schreber (El peso de las palabras o la materialidad del lenguaje en “Las memorias de un neurópata” de Daniel Paul Schreber). Como narradora se dio a conocer en 2001 con Putain (Puta), dos años más tarde entregó Folle (Loca) y en 2009, póstumamente, se publicó su tercera novela Paradis clef en main (El paraíso listo para usar). Muy distinta también la trayectoria de Catherine Millet, crítica de arte contemporáneo, directora de la prestigiosa revista Art Press, ya que fue a través de su libro La vida sexual de Catherine M, que nos enteramos de que la conocida intelectual parisina se había prostituido en el bois de Boulogne para satisfacer uno de sus múltiples fantasmas sexuales.  También a través de su literatura sabemos de los años prostitutos del grandísimo Jean Genet, vagabundo por diversas ciudades europeas y chapero en una Barcelona que ya no existe, la de Diario del ladrón. Algo tiene en común esta trayectoria con la de Albertine Sarrazin, autora de obras de mucho éxito como L’Astragale, La Cavale y La Traversière, publicadas entre 1965 y 1966 por Jean-Jacques Pauvert. Se dice que Sarrazin es la primera mujer que en Francia declaró abiertamente haberse prostituido. Esto mismo hizo la novelista y cineasta Virginie Despentes en King Kong Théorie (Grasset, 2006), libro-manifiesto que es uno de los referentes esenciales en Francia de un nuevo feminismo, radicalmente opuesto a aquel moralista que actúa imbricado en el sistema. Virginie Despentes (Nancy, 1969) se dio a conocer como novelista en 1993 con Baise-moi (Fóllame), que después ella misma llevaría al cine. Desde entonces, ha publicado, entre otras obras, Jolies choses (Cosas bonitas), Bye Bye Blondie y la excelente Apocalypse bébé (Bebé Apocalipsis), novela con la que se hizo merecedora del premio Renaudot, uno de los más prestigiosos de Francia, y que, una vez más, acaba de convertir en un largometraje. Despentes ha realizado también un documental, titulado Mutantes, en el que aborda las diversas tendencias del nuevo feminismo, prosexo, pornoterrorista, queer, es decir, del feminismo que combate las posturas moralizantes del “feminismo” integrado en los aparatos del poder.  

Precisamente, en oposición total con la victimización constante de las prostitutas y la criminalización de los clientes, Virginie Depentes entrega una visión basada en su propia experiencia de dos años como prostituta: “…los clientes eran bastante amables conmigo, atentos, tiernos. De hecho, mucho más que en la verdadera vida. Lo difícil no era enfrentar su agresividad o su desprecio sino más bien su soledad, su tristeza, su piel blanca y su timidez desdichada. Los clientes estaban cargados de humanidad, de fragilidad, de desamparo. Muchos hombres no son nunca tan amables como cuando están con una puta.” (…) “Las mujeres que hacen ese trabajo son inmediatamente estigmatizadas y pertenecen a una categoría única: víctimas. La primera vez en que entré a trabajar en un instituto de masajes, yo venía de un medio de izquierda en el que siempre había oído decir -y me lo había creído- que las chicas que se prostituyen eran víctimas, inconscientes o manipuladas, pero de todas maneras acorraladas. La realidad en el terreno es muy diferente.”  

   

     “Todavía no veo ninguna diferencia clara entre la prostitución y el trabajo asalariado legal, entre la prostitución y la seducción femenina, entre el sexo venal y el sexo interesado, entre lo que conocí durante esos años y lo que he visto en los años siguientes” -prosigue Depentes-. “Lo que hacen las mujeres con sus cuerpos cuando alrededor de ellas hay hombres que tienen poder y dinero, me parece finalmente algo muy parecido a la prostitución. No veo mucha diferencia entre la feminidad tal como la venden las revistas y la de la puta.”  (…) “Es difícil no pensar que lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan de la suerte de las putas, es que en el fondo lo que temen es la competencia ‘desleal’ de éstas, ya que es muy adecuada y directa. Si la prostituta ejerce su comercio en condiciones decentes, como una trabajadora de un instituto de belleza o una psiquiatra, si se libera su actividad de todas las presiones legales de las que sufre actualmente, la posición de la mujer casada se vuelve bruscamente menos atractiva. Si el contrato prostitucional se banaliza, el contrato marital se percibe más claramente como lo que es: un mercado en el que la mujer se compromete a realizar cierto número de obligaciones que aseguran el confort del hombre a tarifas que desafían toda competencia. Y, especialmente, las obligaciones sexuales.”   

Como adivinando en 2006 lo que el gobierno de Sarkozy intenta hacer ahora en 2011 para penalizar a los clientes de las prostitutas, Despentes escribe: “La sexualidad masculina quieren criminalizarla, por considerarla peligrosa, asocial y amenazadora. Pero esto no es una verdad en sí sino una construcción cultural. Cuando se impide a las putas trabajar en condiciones decentes, es evidente que se ataca a las mujeres pero igualmente se busca controlar la sexualidad de los hombres. Que no les sea tan fácil ni agradable echarse un polvo, tranquilos y cuando tienen ganas de hacerlo. Que su sexualidad sea siempre un problema. Pero en esto hay también un doble contratiempo: en la ciudad todas las imágenes excitan el deseo, pero la satisfacción de éste debe ser problemática, provocar culpa. La decisión política de hacer víctimas a las prostitutas cumple también este objetivo: ponerle una marca al deseo masculino, confinarlo en su ignominia.” (…) “Cuando se afirma que la prostitución es una ‘violencia contra las mujeres’ quieren hacernos olvidar que la verdadera violencia contra las mujeres es el matrimonio y, de manera general, todas las cosas que las mujeres tienen que soportar en la vida. La sexualidad masculina en ella misma no constituye una violencia contra las mujeres, si éstas son consintientes y se les remunera correctamente. Lo que es violento es el control que se ejerce contra nosotras, esa facultad de decidir en nuestro lugar lo que es digno y lo que no lo es.”  

En fecha muy reciente, abril de 2011, en un número especial del periódico Charlie Hebdo titulado Le feminisme est l’avenir de l’homme (El feminismo es el porvenir del hombre) Virginie Despentes se pronunció radicalmente contra las feministas abolicionistas: “La prohibición de la prostitución me parece realmente una aberración. Es como si una no tuviera derecho a que le paguen por hacer la limpieza en casas, porque utilizamos en ello nuestro cuerpo. Lo que siempre se vende es el cuerpo y en el trabajo a una le pagan por lo general por estar donde fundamentalmente no se quiere estar. En verdad, somos muy pocas las personas que no trabajamos con nuestro cuerpo. Y de todos los trabajos que hay, ¡la prostitución no es el peor!”   

   

9. Canonizar a las putas con poesía   

Cliente de prostitutas era el poeta mexicano Jaime Sabines, nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926 y fallecido en Ciudad de México en 1999. Era un hombre afable que combinó una controvertida carrera política en las filas del PRI, el autoritario partido único, que gobernó el país durante décadas entremezclando dictadura y democracia, con una relación amistosa con los jóvenes poetas contestatarios y antisistema autodenominados infrarrealistas. Lo conocí en México, en una cantina, en una conversa con Mario Santiago, Roberto Bolaño y algunos más de los infras. Y lo volví a ver un año o dos antes de su muerte en París, en un estudio de Radio Francia Internacional en el que una colega mexicana y yo lo entrevistamos. Ya estaba muy enfermo y se desplazaba con dificultad apoyándose en un bastón y contando con la ayuda de uno de sus hijos. Estaba en Francia porque se habían publicado en francés una selección de poemas suyos. En la recopilación seguro que estaba “Los amorosos” pero dudo que se hubiera incluido “Canonicemos a las putas” que, de hecho, debe considerarse que no es uno de sus mejores textos. Sin embargo, aquí sí tiene un bien ganado lugar este homenaje tan agradecido a las mujeres a las que se llama, además de putas y prostitutas, hetairas, rameras, peripatéticas, cortesanas, meretrices, esquineras, guarras, furcias, jineteras, pericas, guarras, pirujas y algunas cosas más.    

  

   

Santoral del sábado: Bety, Lola, Margot, vírgenes perpetuas,   

reconstruidas, mártires provisorias llenas de gracia, manantiales de generosidad.
   

Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas  

 monedas miserables. No exiges ser amada,  atendida, ni imitas a las esposas con los/   

lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la  

reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu   

seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres   

paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.
   

No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas;   

no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color;   

soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los   

enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula/   

de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el   

lecho del que no tiene reposo.
  

Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma.   

Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el   

gemido, dócil a las maneras del amor.
  

Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los   

recuerdos ni a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.  

     

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel   

elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una    

lámpara y un vaso de agua y un pan.
   

Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te   

reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono/   

con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo.  

   

*Foto de escultura en honor de las prostitutas en una calle de Amsterdam por  José Rosas Ribeyro.

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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13 Responses to El búho insomne

  1. parroquiano fiel says:

    simplemente genial

  2. discípulo de Bolaño says:

    bien ahí, maestro rosas, como siempre desafiando a los conservadores

  3. the rock says:

    polémico como siempre

  4. jugador número 12 de alianza says:

    tío me parece que hay dos temas que deberías tocar: 1) la poesía femenina peruana (para dejar las cosas en claro de una vez por todas) 2) la desmitificacion del infrarrealismo

    la bola está en tu cancha

  5. LuchinG says:

    En este artículo sólo veo anécdotas y más anécdotas. Estoy de acuerdo con que lo que cada uno haga con su cuerpo no es asunto del estado, pero de ahí a afirmar que el estado no debe intervenir en cómo se lleva a cabo un servicio comercial, hay una enorme distancia. Decir que el problema de la esclavitud sexual es sólo un pretexto requiere pruebas, mi impresión es que la mayor parte de las personas que ejercen la prostitución preferirían no hacerlo.

  6. J. Rosas Ribeyro says:

    Respuestas:
    A Parroquiano fiel: gracias por tus palabras, pero no es tampoco para tanto.
    A Discípulo de Bolaño: sí, lo que dices es verdad: trato de desafiar a los conservadores y hablar a veces de lo que no se habla, de lo que se oculta.
    A jugador n° 12: yo hablo de lo que me interesa, de lo que me concierne, de cosas sobre las cuales creo tener algo que decir. En la poesía peruana escrita por mujeres, hay muchas cosas interesantes, pero por el momento no tengo nada más que decir sobre eso. Y sobre el infrarrealismo ya he dicho algunas cosas y no veo qué haya que “desmitificar”.
    A LuchinG: gracias por haber leído mi artículo con cierto interés. Sin embargo, creo que hay cosas que no has entendido: 1) nadie dice que el estado no tenga que intervenir, desde ya tendría que hacerlo para liberar la prostitución desde el punto de vista legislativo, 2)nadie dice que el problema de la esclavitud en la prostitución sea solo un pretexto. Por supuesto que es un problema grave y nadie lo niega, pero sucede que no se suele enfrentarlo con los medios necesarios y que es utilizado como pretexto para atacar más bien a la prostitución de mujeres libres, la cual no tiene nada que ver con la esclavitud, y 3) si se interroga a la gente en las más diversas actividades se encontrarán siempre muchísimas a las que les gustaría hacer algo diferente de lo que hacen. Estoy seguro de que la mayoría de las cajeras de supermercado no querrínn serlo, que la mayoría de las empleadas domésticas tampoco querrían serlo, igual quienes trabajan en las obras públicas, en la construcción,en la venta ambulante, en fábricas con cadencias infernales,
    etc. etc. Yo conozco muchas prostitutas muy contentas con lo que hacen.

  7. LuchinG says:

    Gracias por las respuestas. Por supuesto que a casi nadie le gusta su trabajo, pero comparar las prostitutas con las cajeras es pasar por alto enormes diferencias: no sólo la condena social, no sólo que el tejido nervioso involucrado es muchísimo menor; también que dar sexo al paso a cambio de dinero no es algo de lo que pueda uno salir indemne. Mi queja es que veo que se glorifica a la prostituta como personaje romántico como si serlo no implicara una forma grave de enajenación. ¿Acaso en literatura el burócrata es glorificado como personaje romántico? Pero esa es sólo mi opinión, habría que encontrar un estudio serio y mínimamente objetivo para llegar a una conclusión.

  8. J. Rosas Ribeyro says:

    Hay que escuchar la palabra que, por lo general, no se quiere escuchar: la de las mujeres libres que han escogido la prostitución justamente para poder ser libres. En mi artículo (no por nada digo que en título que es una polifonía)hablan sobre todo mujeres así, y es eso lo importante. Y ya que se habla de enajenación: no veo en qué ser prostituta es más enajenante que ser cajera, sirvienta o vendedora ambulante. Una prostituta libre tiene la ventaja, profundammente desalienante, de no tener patrón, de ser autónoma, de construir su vida como le dé la gana. Y es eso lo que no se le perdona, entre otras cosas. No hay nada de romanticismo en ello: sólo hechos concretos, testimonios concretos.

  9. tortuga ecuestre says:

    su análisis es un muy simple señor Rosas. no porque una mujer opte por la vida matrimonial o en pareja o por la soltería, significa que será más o menos libre que aquella mujer que decide ser prostituta. y claro que es romántico pensar que la prostitución, como ni no fuese un problema con serios y graves factores de índole social, es pura cosa de libre albedrío. entre muchas mujeres que tuvieran que optar, dadas una condiciones adversas de tipo encómico, entre limpiar baños o ser prostituas, preferían lo primero, antes que por enajenación, porque también, si seguimos su perpectiva, puede ser cosa de elección no querer ser prostituta (y cada cual tendrá sus motivos, igualmente respetables ¿no?). como ud dice. habrá prostitutas contentas con lo que hacen, de acuerdo, bien por ellas. pero tambén mujeres no-prostitutas y también contentas con otros oficios. y en esto no veo porqué una prostituta “libre”, como de ésas que Ud dice conocer, merezca más loa que la de una sirvienta o una cajera de supermercado, contenta con su trabajo. si se trata, como ud plantea, de libre elección o de puro “gusto”, entonces no habría problema político ni social alguno que discutir con respecto a la prostitución. es más, de ser así, la prostitución no sería siquiera un problema.

  10. J. Rosas Ribeyro says:

    Respuesta a Tortuga ecuestre:
    No veo como puede decir que mi análisis es muy simple cuando mi artículo no es un análisis ni pretende serlo. Es, como se dice en el título, una polifonía sobre putas y clientes; una polifonía en la que mi voz es una más entre varias voces diferentes: una filósofa, una prostituta-escritora, un actor-cliente, una escritora joven que fue prostituta ocasional, una ex prostituta, etc. Nadie dice en el texto tampoco que en la prostitución no se expresan diversos problemas de índole social, se dice lo contrario y hay que leer sin taparse los ojos. Tampoco se dice que todas las prostitutas ejercen guiadas por su libre albedrío, pero sí se exige respeto y consideración para quienes sí lo hacen desde la perspectiva de ser mujeres libres. Usted, que lleva como seudónimo una referencia al gran César Moro, debería darse cuenta de que en el artículo lo que se hace es darle la palabra a quienes no la tienen, a ese proletariado del que extrañamente se quieren ocupar siempre las “buenas conciencias” a las que por lo general les importa un rábano la explotación de las sirvientas, las cajeras de supermercado, las obreras de las fábricas, etc. En un solo aspecto estoy de acuerdo con usted: es igualmente respetable no querer ser puta. En la polifonía nadie dice lo contrario. Lea sin prejuicios, por favor, y con los ojos abiertos.

  11. tortuga ecuestre says:

    Si a ud no le interesa analizar sino solo contar anécdotas, sería también aconsejable que su intento de hacer polifonía no desdeñara los problemas de fondo y, sobre todo, no se limitara a reproducir con otras “voces” lo que es su propia voz: un aplauso ramplón a las putas “libres”. La esencia de la polifonía es poner en tensión y conflicto voces confrontadas, disidentes, y no elegir cómodamente a unas cuantas que digan por mí lo que quiero decir.

  12. J. Rosas Ribeyro says:

    Oiga Tortuga ecuestre: usted no ha leído mi texto porque si lo hubiera hecho no hablaría de “anécdotas”. No hay prácticamente nada anecdótico en él sino puntos de vista de personas que saben de qué están hablando porque lo han vivido o porque han reflexionado sobre ello: una filósofa, un actor-cliente, dos escritoras, dos poetas, y lo principal de todo: la palabra de las prostitutas a las que nadie quiere escuchar. Y parece ser que eso es lo que usted no soporta.

  13. bonita says:

    He sido prostituta durante 5 años, la cosa mas horrible que he vivido, tuve que empezar a drogarme para no vomitar de asco y poder mantener a mis hijos. Si creen que es un trabajo, presetenme a vustas hijas, estoy habriendo un local.