Segregación N° 1

 

Los mellizos se quedaron en silencio

 

 

 

Por Francisco Izquierdo Quea

 

 

     –¿Y si me vuelvo loco cuando llegue a viejo?

Eso fue lo que le preguntó Franklin a Carlos Bonito en uno de sus almuerzos previos al ataque, escribe Oliver Campuzano.

     –No vas a llegar a viejo. Y si llegas a viejo vas a tener la plata suficiente como para curarte de cualquier huevada.

Todos los martes, Carlos Bonito se ausentaba de las clases de Historia Económica y se paraba frente a la universidad a conversar con la escultura de Montaigne. Se quedaba horas junto a ella bebiendo cafés y fumando cigarrillos. Cuando la polaca y la rusa salían y lo veían en plena conversación decían no hay hombre más perfecto que Carlos Bonito, y luego se acercaban a hablarle y Carlos Bonito las miraba y sonreía y las escuchaba también y luego les decía ustedes son idénticas, pueden pasar como gemelas, y la polaca y la rusa se ponían coloradísimas y andaban entre risitas, y luego vamos al cine, Carlos Bonito, ¿qué tomas, Carlos Bonito?, invítanos tabaco, Carlos Bonito.

     –¿Qué estás leyendo? ¿Asociación de Estudiantes Católicos de Assas? ¿Qué es eso?

     –Un grupo de mi universidad. Acabo de inscribirme.

     –¿No que eras ateo?

     –Sí, pero hay unas flaquitas buenotas ahí.

     –…

     –Oe, ¿cómo crees que nos vaya en Ámsterdam?

     –De putamadre, obvio.

     –He averiguado bien la cuestión y aparte de la legalidad de la marihuana y los hongos está permitido tirar en la vía pública, específicamente en los parques.

     –¿En serio?

     –Sí. Esa ley ha sido aprobada la semana pasada.

“El amor en los tiempos de Ámsterdam”, ese es el título de la historia inenarrable de Carlos Bonito y Franklin, sigue escribiendo Campuzano. Se iniciaba cuando ambos recorrieron la ciudad besando chicas en los bares, sex shops y museos, fumando, comiendo hongos y durmiendo en la calle.

Meses atrás, continúa Campuzano, al otro extremo de la ciudad, en Boulogne, Franklin asistió a su primera reunión de la Asociación de Estudiantes Católicos de Assas, una facción del Frente Nacional. Conoció ahí a un chileno hijo de una familia fundadora de la Unión Demócrata. Tenía veinticinco años y llevaba poco tiempo en París, era flaco, con cara de mandar y mirada seria, y se hacía llamar Bando Militar 1973. La reunión tuvo como finalidad dar a conocer a los asistentes los propósitos de instaurar una monarquía en Francia en donde el Papa Benedicto XVI sea el único gobernante. Mientras todos escuchaban y tomaban nota, Bando Militar 1973 y Franklin intercambiaron opiniones sobre sus estudios de Derecho Civil. Luego salieron rumbo al bar de la autopista del Pont de Saint-Cloud.

Portman se quedó mirando todo a su alrededor mientras Campuzano tecleaba frente a la pantalla. ¿Qué escribes?, dijo ella. Campuzano se detuvo, encendió un cigarrillo y giró la silla hasta quedar frente a Portman, que permanecía sentada sobre la cama.

     –Mi novela ––respondió él.

Portman había despertado hacía uno o dos minutos y lo primero que percibió fue el aire cargado del humo. Luego abrió bien los ojos y vio a Campuzano frente al ordenador. Se habían visto muchas veces pero no hablaron hasta la tarde en que Oliver Campuzano dejó su asiento del parque de Tolbiac y caminó hacia ella. Si Portman aceptó ir al bar con él no fue porque quiso sino porque la propuesta y el aire decidido de Campuzano le cerraron alguna otra opción. Segundos antes, Portman salía del colegio y no se sorprendió en volver a ver al tipo que desde hacía dos semanas permanecía sentado en la misma banca y con el mismo abrigo.

Te he visto desde hace días. Eres profesora de esos niños, ¿verdad?, dijo Campuzano. Era cierto. En los primeros minutos en el bar, Portman se limitó a responder con monosílabos cualquier tipo de pregunta y a escuchar todo lo que a Campuzano se le ocurrió contar.

Un mes. Todos los días Campuzano la esperaba en la banca y ambos caminaban hasta su habitación. Comían galletas, queso, pan y bebían café. Luego se besaban y se quitaban la ropa y se metían a la cama por tres horas hasta quedar dormidos.

Bando Militar 1973 y Franklin ordenaron cerveza. El chileno venía hablando del rol de los nazis sudamericanos en el advenimiento ario. Hemos matado a casi todos los indios y comunistas, pero ahora han aparecido de nuevo, agregó. Si lo que planeamos se cumple, daremos un gran paso. Ya es hora de establecer los parámetros de una Nueva República. Franklin dijo: En mi país, el APRA tiene el poder, es un partido que viene de la burguesía provinciana de Perú y que… Bando Militar 1973 lo interrumpió: Ya sé toda esa mierda, Franklin, y no vamos a permitir más metidas de pata. Hay que liberar a tu país de esos imbéciles y del gordo vendepatria que tienen como presidente. Nos toca hacer algo con ese cabrón.

Entonces supongamos que los mellizos son un par de gordos cheverengues que andan con camisas apretadas y tocándose los testículos. Supongamos que uno de ellos, el malo, es decir Rafa, tiene una novia medio tonta y dientona a la que golpea de vez en cuando y que el mellizo bueno, o sea Paco, también tiene una novia medio tonta a la que no golpea, porque el mellizo bueno es realmente bueno, un tipo que escribe cartas de amor, un poeta, algo que enerva muchas veces al mellizo malo que le dice al mellizo bueno que sea más duro, que se deje de tonterías con las mujeres.

Fue en Ámsterdam, escribe Campuzano, donde Franklin conversó con Carlos Bonito sobre la idea del golpe y su nueva amistad con Bando Militar 1973. En base a sus lecturas de Jodorowsky y la confabulación de los astros, había llegado a la conclusión de que el anticristo estaba en el mundo.

     –El anticristo es Alan y tiene el 666 inscrito en la nalga derecha.

     –Qué.

Franklin planteó distintos esquemas semióticos en torno al significado de la poética perdida de Aristóteles, elementos de teoría medieval cristiana y las confesiones profanas de Lutero. Hay muchos errores en la traducción de la Biblia, tanto del hebreo como del griego, dijo Franklin. Luego enlazó algunas de sus conclusiones con elementos coincidentes de la realidad peruana. Su punto de vista era más que válido: hacer aparecer a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

     –Estamos tú, Bando Militar 1973 y yo. Falta uno. Tenemos que buscarlo en Lima. Debes conocer a alguien.

Carlos Bonito se quedó pensando. Luego mencionó a los mellizos. Franklin replicó: Necesitamos solo a uno. Carlos Bonito dijo: Los mellizos son uno solo. Hacen juntos todo. Piensan lo mismo.

     –Entonces tenemos a un personaje llamado Carlos Bonito que habla con la escultura de Montaigne.

     –Como Pedro Balbuena.

     –¿Quién es Pedro Balbuena?

     –Un tarado que sale en una novela de Bryce.

     –¿Él también habla con la escultura de Montaigne?

     –No, con la de su perro.

     –¿Y todo el asunto policial?

     –Lo policial es uno de los puntos claves de la literatura contemporánea.

     –¿Quién dice eso?

     –Piglia.

     –No sabía que te gustara Piglia.

     –A quien le gusta es a Macaya. ¿Te hablé de Macaya y del viaje que hicimos a Chile?

     –No.

     –A Macaya lo conozco de un taller de cuento en San Marcos. Estuvimos en Santiago, Valparaíso y Viña. Un cague de risa el viaje. Las personas lo reconocían en la calle y Macaya saludaba a todos y se tomaba fotos con la gente. Pero en una de esas, caminado por la Plaza de Armas de Santiago, nos encontramos con dos peruanos, ahí, en la calle Catedral, y los peruanos se le achoraron y le pidieron mejores entrevistas y se vinieron con eso de Macaya maricón, desahuévate pues compadre, y le reclamaron programas más punzantes y que se dejara de cojudeces en la tele y luego lo abrazaron.

     –¿Y Macaya qué hiz…?

     –Entonces ya en Valparaíso, un día nos quedamos parados frente al mar, esperando el metro a Viña, y Macaya miró los rieles y dijo: En una de estas huevadas se mató Lucho Hernández, arrollado. Yo me quedé mirando el andén y las distancias de la estación. Fumé, luego dije: ¿Qué crees, Macaya, dolerá morir así? Macaya fumó un poco también y respondió: Los primeros dos o tres segundos debes sentir algo, eso de hecho. Después fuimos a Viña, luego volvimos a Valparaíso y por la noche nos emborrachamos en un lugar llamado El Huevo. Y ahí hay una historia con nuestras versiones y hasta ahora ni Macaya ni yo nos ponemos de acuerdo sobre cuál es la versión verdadera y sobre qué es lo que realmente pasó esa noche. Pero terminamos relativamente bien y llegamos por separado y sanos y salvos a la casa. Nos habíamos alojado en la casa de los padres de la Chinita. Pero la Chinita no estaba sino su hermana menor, Elodie. Entonces los primeros días yo recorrí toda la ciudad con Elodie y nos metimos a los bares y cafés de Valparaíso y le conté todo a Elodie, todo lo que había pasado en esos seis años que llevaba sin verla. Al tercer o cuarto día Macaya llegó a Valparaíso y yo fui con Elodie a recogerlo de la estación y Elodie que es medio arrebatada primero lo miró a la distancia y luego lo odió.

     –¿Por qué?

     –No sé. Supongo que por sus fintas.

     –¿Qué fintas?

     –Esas que hace en la televisión. Macaya las practica siempre frente a un espejo. Una tarde Elodie lo vio dándose besitos y hablando solo, y se vino corriendo a buscarme y me preguntó: ¿Tu amigo está loco? ¿Por qué se mira al espejo y se manda besos? Yo me reí un rato. Luego le dije que no lo tome a mal, que él siempre era así, que tenía que tener cierto control de su imagen por su trabajo, y que ya pues.

Va a ser una novela sobre una especie de golpe de estado, dijo Campuzano, y luego comenzó a narrar de manera pausada y haciendo gestos con las manos el argumento de su libro. Campuzano dijo que era consciente de que a pesar de los esfuerzos de los escritores vigentes la temática requerida por las editoriales y lectores aún se relacionaba con temas canónicos. La cuestión es hacer algo tipo Vargas Llosa, dijo Campuzano. Portman afirmó. Campuzano bebió algo de jugo de naranja. Quiero un poco, dijo Portman. Campuzano trajo un vaso y le sirvió.

Luego dijo que su novela tenía relación con el último best-seller de Vargas Llosa, La fiesta del Chivo, es decir, su historia presentaba a un grupo de personajes que complotan la caída del presidente peruano Alan García. Empero, contrario a lo que sucede en las novelas de dictadura, este grupo de disidentes organizan todo lejos de Perú, siendo París el punto neurálgico de los planes. Asimismo, dicho grupo está convencido de que García es el anticristo, razón por la cual su intención es tomar por asalto el Palacio de Gobierno, reducir al presidente y revisarle entre la nalga derecha la marca del demonio, el 666.

Los mellizos son Rafael y Paco y trabajan en una zapatería en Miraflores. En sus tiempos libres los mellizos pasan el rato con sus novias, ven películas coreanas y cine gore y porno, escuchan a Christina Rosenvinge y Queen, y odian a medio mundo. Años atrás, Carlos Bonito vivió con ellos en una casa en Chorrillos. Cuando volvió a Lima, Carlos Bonito se encontró con los mellizos en la misma casa, escribe Campuzano. Los mellizos estaban alrededor de la mesa de la cocina bebiendo cerveza y hablando en susurros, contándose sus secretos. Cuando Carlos Bonito entró, los mellizos se quedaron en silencio.

Entonces a los días Franklin y Bando Militar 1973 arriban a Lima con trajes blancos y sombreros blancos, le dice Campuzano a Portman, vestidos como el panzón que sale en El Padrino 2, ese al que Robert de Niro balea en la puerta de su apartamento. Llegaron al aeropuerto y comenzaron a repartir monedas de dos euros a todo el mundo. Luego tomaron un taxi y se encontraron con Carlos Bonito en un hotel en Conquistad… No, no, eso no fue lo que sucedió. Primero fueron a su hotel en San Isidro a dejar sus cosas y ya luego se encontraron con Carlos Bonito en un café de Begonias y fue ahí donde acordaron los puntos restantes. Luego…

     –La historia parece medio enrevesada ––dijo Portman.

Espera. Se encontraron en el Laritza de las Begonias y pidieron cafés y luego tomaron un taxi hasta la casa de Chorrillos en donde los mellizos tenían una escopeta, una ametralladora calibre treinta, y dos pistolas cuarenta y ocho con tambor de bronce, esas para matar elefantes. Por la noche, dejaron el auto en Desamparados y entraron por la puerta lateral de Palacio disparando a los húsares y…

     –Hay cosas que no entiendo.

     –Mmmm. Sí, la historia es medio complicada. ¿Quieres más jugo?

     –Sí, gracias.

     –…

     –Te conté de mi cita con la astróloga, ¿verdad?

     –Sí, pero yo no creo mucho en eso.

     –Pero esta carta astral es cierta. Me la hice a inicios de este año, nunca me había hecho una. Debo admitir que me comí todo el cuento. Lo creí. Felizmente, todo era bueno. Y la semana pasada me hice una revolución solar. También soy novata en eso.

     –¿Y qué decía?

     –Que soy una virgo ascendente en sagitario y que esa combinación es atípica, divertida e interesante. Sagitario es mi personalidad, es decir independiente, aventurera, fresca, y virgo mi esencia, es decir responsable, laboriosa, detallista, demasiado autoexigente… Entonces ambas luchan entre sí porque, y dependiendo de muchas cosas, una se impone sobre otra, lo que hace que muchas veces yo entre en contradicciones pues se me hace un corto circuito con lo que deseo y debo hacer.

     –Entiendo, eso es la solar, entonces.

     –No, Oliver, es la carta astral, que es una lectura de la tendencia posible a seguir en tu vida. La solar es una recomendación de lo que debes hacer en función de la disposición de los astros durante un ciclo que se inicia cada cumpleaños. Tú apareciste en las dos, pero a mi astróloga solo le pareció relevante esta vez y me pidió tus datos. Luego saliste en el tarot del amor, cuyo número no recuerdo. Allí has estado siempre, solo que antes era algo así como si yo te hubiese medio pintado y ahora estás. ¿Entiendes?

Las ciudades han explotado afuera y nosotros no nos hemos dado cuenta de nada por andar encerrados acá, escribe Campuzano.

Portman es la primera en dormirse, habla entre sueños y le comenta cualquier cosa a Campuzano, quien ríe.

Los ojos de Portman están bañados en aceite. A veces son de un color y otras veces son de otro color y brillan.

About webmaster

La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
This entry was posted in Columnas. Bookmark the permalink.

3 Responses to Segregación N° 1

  1. facebookera says:

    “like, like, like!”

  2. esta vez says:

    no entendí gran cosa…

  3. redactora creativa says:

    Me gusta