El búho insomne

Jorge Semprún: la escritura, la vida,

la memoria, las luces y las sombras

 

 

“No hay memoria veraz sin una

estructuración artística del recordar”

 

 

Por José Rosas Ribeyro

 

1. Carne quemada         

Murió Jorge Semprún, un martes de primavera, 7 de junio, en París, su ciudad de adopción, a los 87 años. Murió en 2011 quien fuera actor y testigo de los avatares del siglo XX, el preso n° 44904 del campo de concentración de Buchenwald, el autor de uno de los más importantes ciclos autobiográficos de la literatura contemporánea. Murió quien, a través de la escritura, supo, como pocos, transformar la memoria de su vida en una serie de excelentes obras literarias. De ellas destacaré en este momento las tres que encontré en mi desordenada biblioteca cuando me propuse dedicar estas líneas a Semprún. Tres obras maestras, dos de ellas escritas en castellano, Autobiografía de Federico Sánchez y Federico Sánchez se despide de ustedes (algo excepcional pues la mayor parte de sus libros los redactó en francés), y L’écriture ou la vie (La escritura o la vida), en donde evoca magistralmente su deportación en Alemania, entre los 20 y 22 años, como consecuencia de su participación en la resistencia en Francia contra el nazismo. En las páginas iniciales de este libro fundamental Semprún evoca el silencio abrumador que reinaba en el bosque de los alrededores de Buchenwald. “Ya no hay pájaros. Los espantó el humo del crematorio. Ya no quedan pájaros en este bosque, los espantó el olor a carne quemada.” Y con ese olor clavado en la memoria, como una pesadilla recurrente, murió Jorge Semprún, diecisiete años después de que dejara de existir Federico Sánchez, es decir, alguien que había sido él mismo y también otro.

 

 

2. Federico Sánchez

Jorge Semprún durante los años de la dictadura franquista fue uno de los más jóvenes dirigentes del Partido Comunista de España. Militante clandestino, volvió en varias ocasiones al país en que había nacido en 1923 utilizando personalidades, nombres y pasaportes diversos (Rafael, Agustín Larrea, Jacques Grador), sin embargo, en las cúspides del poder partidario se le conocía como Federico Sánchez. En 1939, cuando tenía dieciséis años y vivía en Holanda, ya que su padre era encarado de negocios de la República en La Haya, el triunfo del franquismo en la guerra civil lo había condenado al exilio en Francia. En París estudió en un liceo prestigioso y después los primeros semestres de la carrera de filosofía en La Sorbona, aprendió a hablar francés sin acento hispánico y a admirar a una pléyade de autores galos; aprendió también a leer a los filósofos alemanes en versión original y a desenvolverse bien oralmente en la lengua de Marx, es decir, reunió en su ser políglota su vocación y su convicción europea. Semprún nunca quiso, sin embargo, ser solo un intelectual y menos aún un acomodado intelectual comprometido, por lo cual su participación activa en la Resistencia antinazi lo llevó al campo de concentración y a la confrontación cotidiana con la muerte en serie, con la muerte industrial. De ambas experiencias se nutrió Jorge Semprún para transformarse durante veinte años en Federico Sánchez y ser un comunista no de salón, sino un comunista que asume tanto la práctica de la militancia en la clandestinidad, arriesgando en ello su vida, como la teoría en que se sustenta dicha práctica política. Esas experiencias desempeñaron también un papel importante en el desarrollo de sus posiciones críticas al interior del partido del que, desde 1953, era miembro del comité central y desde 1956 miembro del muy restringido buró político. Las posiciones democráticas que defendió entonces chocaron de lleno con la dirección comunista estalinista de Dolores Ibáburri “La Pasionaria” y Santiago Carrillo, la cual decidió expulsarlo en 1964. Semprún evoca este instante y diversos momentos de su vida partidaria a lo largo de Autobiografía de Federico Sánchez, obra construida siguiendo los saltos temporales de la memoria. Me dejo llevar por la tentación de dejarle la palabra a Jorge Semprún en un fragmento de este libro en el que se dirige a su otro yo, Federico Sánchez: “Si estuvieras en una novela, si fueras un personaje novelesco, seguro que ahora te acordarías, mirando a Dolores Ibáburri, de otros encuentros con ella. En las novelas hábilmente construidas, las iluminaciones de la memoria quedan muy bien, resultan muy vistosas. Además, permiten dar al relato una densidad que no se consigue con un desarrollo narrativo meramente lineal. Si estuvieras en una novela, en lugar de estar en una reunión del Comité Ejecutivo del partido comunista, ahora mismo te acordarías de tu primer encuentro con Pasionaria. Es lógico: en los momentos decisivos, la memoria siempre se remonta a los orígenes, incluso remotos, de la vivencia en que uno se encuentra sumergido. Así ocurre, al menos en las novelas astutamente construidas, las de buena carpintería. // Te acordarías de tu primer encuentro con Pasionaria. // Fue en París, en 1947. // ¿En primavera? Tal vez, no es imposible. Crees recordar que fue uno de esos días de París, con aguacero, de que hablara César Vallejo. En todo caso, fue en el local de que disponía la dirección del partido en la avenida Kleber.”  Y yo me digo, al leer esto, ¡vaya coincidencia! En el mismo fragmento en que Semprún recuerda a Vallejo y “me moriré en París con aguacero” menciona también a la avenida Kleber donde se encuentra ahora la embajada del Perú y donde, en aquel entonces, había un local de los comunistas españoles en Francia.

 

 

3. Un largo viaje: del comunismo a la socialdemocracia

Un año antes de su expulsión del partido comunista de España, Jorge Semprún había nacido para la literatura con Le grand voyage (El largo viaje), libro que escribió en francés estando en España. A esta obra le siguieron, en 1967, L’Evanouisement (El desvanecimiento)  y, en 1969, La deuxième mort de Ramón Mercader (La segunda muerte de Ramón Mercader). En total Jorge Semprún escribió poco más de veinte obras, entre textos autobiográficos (dos de ellos en castellano: Autobiografía de Federico Sánchez y Federico Sánchez se despide de ustedes), novelas (una de ellas en castellano: Veinte años y un día) y ensayos en los que el tema recurrente es Europa. Con Autobiografía de Federico Sánchez ganó el premio Planeta de novela en 1977, aunque el libro no es ni pretende ser una novela, y el galardón lo llevó a ser el libro más vendido del autor. En ese “intento de reflexión autobiográfica”, -son palabras de Semprún-, éste escribe dirigiéndose a su otro yo: “Siempre te han aburrido los tópicos triunfalistas y nostálgicos del exilio; el runruneo beatífico de las reuniones desfasadas de toda realidad social; el manejo de un lenguaje formalmente marxista, como si se tratara tan sólo de agitar un molino de rezos. En el fondo, siempre te ha aburrido la política en su aspecto cotidiano, sólo te ha interesado como riesgo y como empresa total. O sea, entérate ya de una puñetera vez: nunca has sido un militante como Dios manda.”

 Su feroz crítica al  partido comunista y al estalinismo en general, la vuelca Semprún contra sí mismo y, a diferencia de un Neruda o un Alberti, que nunca pusieron en cuestión sus odas a Stalin o sus coplas a La Pasionaria, desmenuza su propia poesía juvenil, nunca publicada en libro pero sí en periódicos y revistas culturales del partido. “Me ha entrado como una risa agónica -escribe Semprún- al volver a leer esa poesía rezumante de sinceridad lírico-estaliniana y de religiosidad alienada.”  En verdad, esa poesía juvenil y militante del autor de La escritura o la vida no se diferencia mucho de los engendros socialrrealistas que parieron algunos poetas latinoamericanos que, como Semprún, fueron “intelectuales estalinizados”. No resisto, una vez más, a la tentación de citar en extenso un fragmento, trágicamente risible, del poema Pasionaria:

 

A ti, Dolores, ahora quiero hablarte,

con mi voz más profunda y entrañable.

Modesto es el lugar del militante

que en las filas de tu partido tengo;

no es ejemplar tampoco mi trabajo.

Te lo digo sincera y llanamente:

no soy un bolchevique, intento serlo.

Y es que no soy, Dolores, de raigambre

obrera; no es en mí la conciencia de clase

brújula de palabras y de acciones.

(…)

Te lo digo, Dolores, lo proclamo,

para ahuyentar la sombra del hombre viejo

en mí, para erguirme a la altura del tiempo

victorioso.

                  Maravillosa altura de este siglo

en que todas las rutas llevan al comunismo…

 

Desde 1964 para adelante, Jorge Semprún emprendió un largo viaje que lo llevó de su tardía ruptura con el comunismo hacia la socialdemocracia representada, en Francia, por el Partido Socialista y, en España, por el PSOE. Un viaje que lo llevó también de la literatura al cine. 

 

4. El cine: la gloria y el olvido

En 1966 Jorge Semprún incursiona en el mundo del cine como guionista. Lo extraño es que lo hace con dos obras que se sitúan en polos opuestos del arte cinematográfico. Por un lado, escribe Objetivo 500 millones, película absolutamente olvidada de un cineasta menor llamado Pierre Schoendoerffer, y, por otro, es autor del guión de La guerra ha terminado, uno de los filmes más importantes de Alain Resnais. Luego, en 1969 y 1970, colabora con el realizador greco francés Costa-Gavras para Z y La confesión, dos obras de cine político de calidad que alcanzarán mucho éxito de público en Europa. La primera película aborda el carácter criminal de la dictadura griega y la segunda, basada en las memorias de Artur London, quien fuera alto dignatario del gobierno de Checoslovaquia, denuncia la acción del estalinismo. El resto de la carrera de Jorge Semprún como guionista cinematográfico pasará, creo, sin pena ni gloria. Trabajó con Joseph Losey, nada menos, para Las rutas del sur, pero este filme no es una de las mejores obras del realizador británico, y también con el argentino Hugo Santiago para Las veredas de Saturno. Del resto, una decena más de películas, cabe destacar la única que realizó el propio Semprún: Las dos memorias. Este excelente documental, probablemente el más honesto e inteligente de los que se han realizado sobre la guerra civil y sus consecuencias, confronta a personajes de los bandos enfrentados, tanto republicanos como franquistas, tanto comunistas como anarquistas, tanto escritores y políticos como historiadores, tanto el comunista Santiago Carrillo como la anarquista Federica Montseny, además de testimonios de personalidades como María Casares, André Malraux, Juan Goytisolo y muchas más. 

 

5. La despedida de Federico Sánchez

Cuando se le preguntaba a Jorge Semprún si era francés, ya que la lengua francesa es la que más utilizaba en su literatura, o si era español, ya que nació en Madrid, fue militante del Partido Comunista de España y escribió tres libros en castellano, él solía responder que era 100% francés y 99% español. La verdad es que nunca tuvo oficialmente la nacionalidad francesa y antes de fallecer pidió que lo enterraran envuelto en la bandera de la República Española. Su nacionalidad literaria era la de aquella lengua, el francés, en la que escribió la mayoría de sus libros, ya que para un escritor su única patria es el idioma en que escribe. Su nacionalidad política era, en cambio, española y, sobre todo, europea en el más amplio sentido de la palabra.

Pero incluso eso que digo porque lo creo para Semprún, hijo de la guerra y del exilio, era demasiado sencillo. Una anécdota lo demuestra. Corrían los primeros días del mes de julio de 1988 cuando Semprún oyó sonar el teléfono de su departamento parisino. Descolgó y una voz española, que no le era desconocida, le preguntó a bocajarro “¿cuál es tu nacionalidad?”. El autor de La escritura o la vida, sin tomar muy en serio la inesperada pregunta, contestó: “Soy bastante apátrida. Bilingüe, por consiguiente esquizofrénico, por consiguiente sin raíces. De hecho, mi patria no es ni siquiera la lengua, como para la mayor parte de los escritores, sino el lenguaje”. A lo cual la voz replicó inmediatamente con otra pregunta: “¿tienes  pasaporte español o francés?”. Y Semprún, finalmente, respondió diciendo que tenía pasaporte español. Dos o tres días más tarde era nombrado Ministro de Cultura de un remodelado gabinete presidido por el socialista Felipe González. Fruto de esta otra experiencia de vida política activa que duró un poco menos de tres años, esta vez desde el poder y aliado a los socialdemócratas españoles, es Federico Sánchez se despide de ustedes, libro de memorias del que escribió dos versiones diferentes, una en francés y otra en castellano, editada ésta última por Tusquets en diciembre de 1993. En este libro, que es excelente desde el punto de vista literario, y muy polémico en lo que a posiciones políticas se refiere, Jorge Semprún huye siempre de lo puramente pintoresco y anecdótico. Y no sin humor desmenuza la agitada vida política hispana y los avatares ligados al papel que le tocó desempeñar al aceptar la propuesta de Felipe González. ¿Por qué lo hizo? Semprún dice que no fue “por afán de honores y de notoriedad” ya que “este aspecto del poder nunca me ha apasionado. Los tapices, el prestigio, los protocolos, no tienen ningún interés.” ¿Por qué entonces? “Porque la realidad del poder me interesaba (…), el poder entendido como posibilidad de intervenir en el curso de las cosas, de modificar (…) la realidad opaca, complicada, a veces asfixiante del curso natural de la historia.”

 

Uno a uno Jorge Semprún va acercándose a los personajes que encuentra durante su aventura ministerial. Con algunos tiene relaciones amistosas y les manifiesta simpatía, pero con otros, como el dirigente socialista Alfonso Guerra, aplica sin piedad su machete crítico. Se dan, sin embargo, casos más ambiguos, como el de Manuel Vázquez Montalbán, quien fuera como él miembro del Partido Comunista y amigo suyo. Con mucho humor, Semprún comenta “las notitas políticas que Montalbán deposita como cagaditas matutinas en diversos periódicos españoles”: “Si me llamaba Federico Sánchez sabía que la miel de la amistad varonil, el respeto amistoso, la complicidad de excombatientes iba a ser la tónica dominante. Si me llamaba sencillamente por el nombre que figura en el registro civil: Jorge Semprún, sabía por adelantado que se esforzaría por parecer objetivo, sopesando los pros y los contras, guardando a la vez las distancias y la proximidad conmigo. Pero si añadía mi segundo apellido, Maura, a su manera de nombrarme, sabía que iba a ser agresivo, injusto, odioso incluso, que iba a alejarse glacialmente de mí.”

 

6. Vallejo en La escritura o la vida

Hace un momento destacaba yo una frase de Semprún en Autobiografía de Federico Sánchez en la que evoca a Vallejo a través de unos versos sobre París y el aguacero. Vuelvo ahora al tema Vallejo porque el poeta de Trilce aparece también en La escritura o la vida, como si hubiera sido una figura tutelar a lo largo de la vida del escritor español. Tengo a la mano la primera edición, en francés, del libro antes mencionado (L’écriture ou la vie, Gallimard, 1994). Voy a la página 177 y allí Semprún nos informa que descubrió la poesía del peruano universal en 1942. Ese fue para él, nos dice, un año difícil, desagradable. Tuvo que abandonar los estudios por falta de dinero y ponerse a trabajar dando cursos de castellano y de latín a “odiosos y desaprovechados” chicos de buena familia. Sólo comía bien un día sí y otro no y, a menudo, su único alimento era pan con soledad. Sin embargo, insiste Semprún, “había descubierto la poesía de César Vallejo”. Y enseguida cita estos versos: “Me gusta la vida enormemente/ pero, desde luego,/ con mi muerte querida y mi café/ y viendo los castaños frondosos de París…”. Como para que entendamos mejor su entusiasmo por el descubrimiento de Vallejo, quien durante un tiempo fue Federico Sánchez precisa (y yo traduzco del francés): “Siempre he tenido suerte con los poetas. Quiero decir que mis encuentros con sus obras siempre han sido oportunos. Siempre me di, en el momento oportuno, con la obra poética que podía ayudarme a vivir, a avanzar en la agudeza de mi conciencia del mundo. Así fue con César Vallejo. Y así fue, después, con René Char y Paul Celan.”

 

Ahora retrocedo, voy a la página 174, donde en verdad empieza la referencia de Semprún a Vallejo, pensando sin duda en la negra experiencia de Buchenwald. Traduzco yo mismo y cito: “Miro el cielo azul sobre la tumba de César Vallejo, en el cementerio de Montparnasse. Tenía razón, Vallejo. No poseo nada más que mi muerte, mi experiencia de la muerte, para decir mi vida, expresarla, hacerla avanzar. Tengo que fabricar vida con toda esa muerte. Y la mejor manera para llegar a ello es la escritura. Sin embargo, ésta me lleva a la muerte, me encierra en ella y me asfixia. He aquí el dilema: para vivir necesito asumir esta muerte a través de la escritura, pero literalmente la escritura me impide vivir.”

Y ahora doy un salto hacia adelante en L’écriture ou la vie y llego a la página 201. Semprún recuerda a Diego Morales, un español, compañero de cautiverio en Alemania, que a los diecinueve años se integró en el ejército republicano y combatió con las armas en la mano. Y que luego, tras la derrota, formó parte de las guerrillas antifranquistas. En el campo de concentración a Morales lo ataca una disentería fulminante, justo cuando los aliados han llegado para liberarlo. “Morirse así, de cagalera, no hay derecho…, murmura él a mi oído” -escribe Semprún-, y recuerda que de rodillas a su lado, desarmado ante la estupidez de la muerte y, más aún, ante la estupidez de una muerte así para quien ha sido un combatiente armado, se pregunta: ¿qué decir que pudiera servirle de consuelo? Y precisa luego: “Encontré un solo texto que podía recitarle. Un poema de César Vallejo. Uno de los más bellos de la lengua castellana. Uno de los poemas de su libro sobre la guerra civil, España, aparta de mí este cáliz. Al fin de la batalla,/ y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre/ y le dijo: ‘No mueras, te amo tanto!’/ Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo…” Diego Morales, como el combatiente del poema vallejiano, muere al lado de Semprún, quien les cierra los ojos. “No mueras, te amo tanto, tengo ganas de gritar, como en el poema de Vallejo, pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo”, escribe el autor de La escritura o la vida.

Página 206, vuelve Vallejo. Jorge Semprún recuerda una conversación con Claude-Edmonde Magny, una vieja amiga. “¿Qué poetas hemos leído juntos?”, pregunta ella, pensando probablemente en Keats, Coleridge y Rilke. “César Vallejo, le respondo. Yo le traduje a usted algunos poemas…” “-¡Vallejo, pues sí!, dice ella con voz ensordecida. Mientras usted estuvo ausente fui regularmente a ponerle flores a su tumba.”

 

7. Una familia numerosa. Carlos, el hermano odiado.

En Autobiografía de Federico Sánchez, corrigiendo un informe de la Dirección General de Seguridad de España, Jorge Semprún escribe: “…no tengo dos sino cuatro hermanos. Y dos hermanas, si se quieren las cuentas claras. Somos siete de familia: en algo tiene que notarse mi ascendencia católica tradicional.” Sí, pues, aunque el padre, José María Semprún, fue fiel a la República española, no por eso era un hombre de ideas avanzadas en cuanto a la moral, la familia, los hijos. A su mujer, Susana Maura, la hizo parir siete veces, casi sin descanso entre 1920, cuando nació el primer hijo, una mujer, que llevará el mismo nombre de pila que la madre, hasta 1927, cuando nace Francisco, el último vástago del matrimonio Semprún-Maura. Tan frenética actividad paridora debe ser en parte responsable de la muerte a los 38 años de doña Susana, acaecida en 1932, cuando su hijo Jorge tenía nueve años y el mayor de los varones, Gonzalo, sólo diez. 

Poco es lo que se sabe de la vida de los hermanos, y solo hay alguna referencia a ellos en ciertos libros de Jorge Semprún, por ejemplo cuando en L’écriture ou la vie recuerda que Maribel, la segunda hermana, nacida en 1921, alquiló una casa en el valle de Maggia, cerca de Locarno, en Suiza, para que él pudiera descansar y escribir tranquilamente tras haber salido del infierno de Buchenwald. “A veces venía de visita otro de los hermanos, Gonzalo, que vivía en Ginebra. Era algo apacible, lleno de risas, de historias, de recuerdos: una alegría cargada de complicidades.” Sin embargo, aunque Semprún es un escritor de la memoria, y su obra es un impresionante ciclo autobiográfico, lo íntimo, lo familiar, lo sentimental, está muy poco presente en sus libros. En una entrevista con Juan Cruz (El País, 19/12/2010), precisamente, lo comenta: “Si te fijas, mis memorias son poco vitorianas. No hay nada íntimo, prácticamente. Son tan poco íntimas que no hablo jamás de Colette, por ejemplo, y he pasado 55 años con ella de compañerismo y matrimonio. La mayor parte de mi vida. Y jamás he dicho nada de ella.” Y menos ha dicho aún sobre su primera mujer, Loleh Bellon, actriz y dramaturga, con quien tuvo un hijo llamado Jaime.

De Jaime Semprún nos ocuparemos dentro de un momento, porque ahora vamos a acercarnos al hermano Carlos, nacido en Madrid en 1926 y fallecido en París en 2009, con quien Jorge Semprún tuvo relaciones tormentosas. En Autobiografía de Federico Sánchez (Planeta, 1977), este hermano aparece una primera vez en la página 36: “…ya hablaré de los compañeros de aquella época: Carlos Semprún: mi hermano: clandestino: funcionario del partido: ahora se firma Semprún Maura con perfecto derecho pero sin duda para que no se nos confunda: como si fuese posible…” Cuando este libro gana el premio Planeta y se hace de él una primera edición de 110 mil ejemplares, los hermanos Jorge y Carlos Semprún hace tiempo que no se dirigen la palabra y, es más, se odian públicamente a través de sus escritos.

 

Antes de ver las acusaciones de Carlos Semprún Maura a su hermano Jorge, las cuales aparecen en los libros El exilio fue un fiesta (1999) y, sobre todo, en A orillas del Sena, un español (2006), quiero volver a las correcciones que Jorge Semprún hace al informe policíaco español sobre su persona que citaba anteriormente. Vuelvo, pues, a Autobiografía de Federico Sánchez, página 74, pocas líneas antes de una diatriba contra Althusser, en la que el filósofo francés es tratado de “pobre” y “desgraciado”. Calificar meramente a Carlos -escribe Jorge Semprún- “de ‘distribuidor de literatura comunista’ es casi ofensivo para su activismo protagonizante, que le llevó, después de que abandonara el PCE en 1957, a militar en el FLP y luego, al correr de los años, en todas las escisiones, a cada cual más pura, más químicamente leninista, del FLP y de los sucesivos aluviones grupusculares de ésta, todos ellos comparables por el ahínco con el que se autoproclamaban únicas vanguardias auténticas de la lucha de clases en España, para terminar -después de un giro ideológico de 180 grados que le hizo ¡al fin! olvidar su fetichismo leninista de la organización- en el papel de bucólico profeta arcádico y arcaico de un acratismo de salón y de despotrique, que oculta, sin duda, una muy real y profunda, y tal vez hasta insoportable, desesperación ante el fracaso histórico de la revolución.” Lo que no sabía aún Jorge Semprún en 1976, mientras escribía dicho libro, es que su hermano Carlos proseguiría su vertiginosa transformación política hasta convertirse en un conservador liberal, defensor del sistema capitalista.

¿Y qué dice Carlos? Pues Carlos, que es tres años menor que Jorge, dice que admiraba mucho a su hermano mayor cuando éste volvió de Buchenwald, y que lo consideraba un héroe. Es más, dice que se hizo comunista siguiendo las huellas de Jorge y bajo las órdenes del hermano, miembro del Buró Político del PCE, hizo trabajo político clandestino en España. La ruptura entre ambos empezó, sin embargo, en 1956, cuando las tropas soviéticas reprimieron en Hungría la revuelta obrera sin que Jorge Semprún dijera nada. Como tampoco había dicho nada, ese mismo año, en febrero, cuando en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Khrushchev presentó un informe en el que se denunciaban los crímenes de Stalin. En 1957, Carlos Semprún rompió entonces con el partido del que su hermano era dirigente diciendo que éste tenía, además, la intención de expulsarlo. Desde entonces, hasta la muerte de ambos con un año de intervalo, la guerra fratricida continuó.

“Todo lo que ha escrito Jorge sobre los campos es mentira”, afirma categórico Carlos Semprún Maura. Y cuenta que cuando lo vio llegar de Buchenwald le llamó la atención que su hermano estuviera tan bien, que no tuviera marcas físicas del encierro, pero que en ese momento no sacó de ello ninguna conclusión porque estaba obnubilado ante la presencia de alguien a quien consideraba un héroe admirable. Años después, tras la ruptura política y personal, Carlos saca conclusiones terribles sobre Jorge, al que acusa de impostor. “En verdad fue Kapo, lo cual quiere decir ‘camarada-policía’, y estuvo al servicio de los SS.” Y como para darle veracidad histórica a su terrible afirmación recuerda que eran los años del pacto germano-soviético y que, como consecuencia de ello, en los campos de deportación nazis los comunistas se encargaban de la administración. ¿Qué hay de verdad en ello? ¿La tortura por la Gestapo, el olor a carne quemada, los horrores de la prisión son una impostura? Hoy por hoy, yo no tengo respuesta a esa pregunta aunque me cuesta creer que sean ciertas las afirmaciones de Carlos Semprún Maura. No obstante, lo que sí sé es que la obra literaria de Jorge Semprún, se base o no en la realidad de los hechos, alcanza un alto grado de excelencia.

 

8. Jaime Semprún, el hijo olvidado

El hijo de Jorge Semprún, llamado Jaime y nacido en 1947, pasó por la vida como un hombre invisible, casi sin que nadie lo viera o, en todo caso, sin que nadie lo fotografiara hasta su muerte en agosto de 2010. Y por eso de él sólo quedan las pocas imágenes que captó, durante la infancia, su abuela, la fotógrafa Denise Bellon. Jaime Semprún era hijo de la actriz y dramaturga Loleh Bellon, quien estuvo casada durante un corto periodo con el escritor hispano-francés. No sé exactamente qué ocurrió después entre ellos pero las relaciones con el padre biológico como que se cortaron violentamente y para siempre, y quien cumplió el papel de padre de Jaime fue más bien el escritor Claude Roy, segundo marido de su madre.    

Jaime Semprún estuvo vinculado primero con el cine. En 1968 realizó un cortometraje titulado, no por nada, Le meurtre du père (El asesinato del padre) y un largo: La Sainte Famille (La Sagrada Familia). Trabajó luego con el realizador Philippe Garrel y se vinculó con el movimiento situacionista, siendo un seguidor cercano del gran teórico de esa tendencia, Guy Debord, el autor de La sociedad del espectáculo. Opuesto absoluto de su padre, Jaime Semprún formó partes de quienes dijeron rotundamente no. No al comunismo, no a la socialdemocracia. Y plantearon una crítica social radical en términos nuevos, no dogmáticos, y extremadamente libre. Algunos han calificado su posición beligerante como post situacionista.

 

De la crítica de la sociedad del espectáculo, Jaime Semprún derivó hacia la crítica general de la sociedad industrial y en particular del uso de la energía nuclear, la cual emprendió primero a través de la revista L’Encyclopédie des Nuisances (La Enciclopedia de las Molestias) y luego a través de una casa editora que heredó el mismo nombre. Empero, a diferencia de su padre biológico, se negó siempre a participar en programas de radio y de televisión y prácticamente no daba tampoco entrevistas. Sus obras ensayísticas y teóricas, muy numerosas, circulaban en círculos restringidos, entre quienes apreciaban su lucidez ante la catástrofe del mundo, su rebeldía y su insumisión. Algunas de sus obras, que tal vez su padre, horrorizado por su radicalismo, no leyó jamás, son, y traduzco del francés los títulos: La guerra social en Portugal (1975), La nuclearización del mundo (1980), Diálogos sobre la terminación de los tiempos modernos (1993), Acotaciones sobre la agricultura genéticamente modificada y la degradación de las especies (1999), Apología de la insurrección argelina (2001) y Catastrofismo, administración del desastre y sumisión durable (2008). Jaime Semprún fue también traductor y editor, en cuatro volúmenes, de Ensayos, artículos y cartas de George Orwel, un trabajo excepcional, por todos reconocido.  

Para saber más sobre las relaciones de Jorge Semprún con sus hermanos y con su hijo Jaime no nos queda sino buscar la biografía que le ha dedicado la investigadora alemana Franziska Augstein, Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo, que ha publicado Tusquets en castellano. Esperando que ella sí aborde los temas “íntimos” que el escritor nunca quiso tratar. Frente a este libro de 400 páginas, Semprún dijo que lo sentía como algo extraño, ya que se abordan en él cosas que nunca quiso contar o que contó de otra manera. “Aunque todo es verdad, no siempre me identifico” -dijo- “siento que yo lo hubiera contado de otro modo.” 

 

9. La entrevista, Biarritz

En 1992, creo, o, en todo caso, poco antes de que Jorge Semprún terminara de escribir y se editara Federico Sánchez se despide de ustedes, encontré al escritor en el lujoso Hotel du Palais de la ciudad de Biarritz, donde estaba alojado como invitado del Festival de Cine Latinoamericano. En la terraza, teniendo como fondo el agitado océano Atlántico, se acercó a mí con una cordialidad sin afectaciones, no muy sonriente ni extravertido, pero sí dispuesto de buena gana a pasar conmigo una hora y a responder con paciencia y convicción a mis preguntas. En aquel momento, yo conocía de él solo Autobiografía de Federico Sánchez, pues los otros dos libros que he venido citando aquí aún no habían sido publicados. Había visto, en cambio, algunas de las películas de las que fue guionista pero no aún su documental como realizador, Las dos memorias, aunque data de 1974. La vida de Jorge Semprún fue de por sí novelesca y esto se acentuó más debido a la Historia y sus avatares. Y en sus libros aparece siempre, con diversos disfraces, aquel hombre para quien la palabra es discurso crítico. He aquí, pues, los temas que abordé con él y las respuestas que me dio. 

La importancia de la figura paterna 

“Sí, ha habido una especie de condicionamiento, pues es evidente que de no haber sido mi padre lo que era en aquel momento, es decir, algo excepcional: un católico de izquierdas, un burgués profesor de derecho y republicano -algo bastante excepcional en los años treinta en España-, yo no sería lo que soy. De no haber sido eso mi padre, es evidente que por razones familiares y sociales mi vida hubiera sido diferente. En primer lugar, quizá no hubiera conocido el exilio. Y el exilio, después de la derrota republicana en la guerra civil, condicionó muchas otras cosas. O sea que, realmente, aunque no haya habido de mi parte la voluntad objetivamente afirmada de emular o de continuar a mi padre, sí hay un condicionamiento objetivo, familiar y social, que me lleva a una toma de posiciones que tiene su raíz, desde luego, en aquella decisión de mi padre”.

La madre, un personaje poco mencionado 

“Si no suelo mencionar a mi madre es, seguramente, por pudor. Mi madre murió cuando yo era muy niño, cuando yo tenía ocho años. Mi madre tiene, sin embargo, un lugar importante en la primera infancia y luego en el recuerdo. Desempeña además un papel político -si se le puede llamar así- importante, porque mi madre era de la familia Maura, una familia de políticos españoles. Su padre, o sea mi abuelo, fue primer ministro de Alfonso XIII durante varios años, fue un personaje capital de la vida política española de comienzos del siglo XX. Y su hermano, o sea mi tío Miguel Maura, fue uno de los fundadores de la Segunda República del año 1931. Fue el primer ministro del Interior de la República y, claro, también eso es un condicionante de la evolución político-social de mi  familia”.

Francia, la tierra del exilio 

“A los quince años vine a Francia y fui a uno de los mejores liceos de París. Pero fue por casualidad, no elegí ese mejor liceo. Resulta que yo era aficionado a las letras, y en aquel momento la enseñanza secundaria francesa no era como hoy, no estaba tan repleta de alumnos, y no era tan difícil obtener plazas en los buenos liceos. El Henri IV era un célebre liceo especializado en cosas de literatura y humanidades, donde había estudiado gente muy importante de la historia intelectual y política francesa. Y, bueno, allí fui, pero un poco por casualidad, porque los amigos de mi padre -que eran del grupo de quienes hacían Esprit, la revista del movimiento personalista católico- tenían una relación estrecha con ese liceo. Y allí me pusieron”.

Aquellos años, hoy, en la memoria 

“Aquellos fueron años difíciles. Era el final de la guerra civil, y a los pocos meses -como se sabe- comenzó la Segunda Guerra Mundial, y mi familia estaba totalmente desprovista de medios. Comenzó el exilio, y cada uno tenía que desenvolverse como podía, pues mi padre ya no tenía la capacidad material de financiar los estudios de sus hijos. Así, pues, a partir de los dieciséis años yo me gano la vida dando lecciones, haciendo traducciones, y, paralelamente, prosigo mis estudios hasta terminar la secundaria e ingresar luego en la universidad. O sea que, realmente, hay un cambio total en la vida de mi familia y en el entronque con la realidad. La vida comienzo a verla desde otro punto de vista y muy pronto se enlaza con la Resistencia. Es un periodo en que ocurren muchas cosas, desde luego, muy importantes. Así, casi desde la adolescencia, me veo como inmerso en la vida durante la ocupación alemana y en el anti-fascismo”.

¿De la Resistencia al comunismo o del comunismo a la Resistencia?

“Fue una cosa paralela. No creo que se pueda decir con total objetividad que fue lo uno a lo otro o lo otro a lo uno. Yo creo que hubo una evolución intelectual, teórica, hacia el marxismo, que se fue desarrollando como en mucha gente de aquella generación. No olvidemos que estamos en los años cuarenta y que todavía muchas cosas del marxismo no han fracasado intelectualmente ni tampoco prácticamente. O, por lo menos, aún no se sabe a ciencia cierta que hayan fracasado. Ya luego se verá que sí, que ya han fracasado. Pero, en aquel momento, hay primero esa evolución intelectual hacia el marxismo, y, luego, la evolución digamos directa de un español refugiado, hijo de exiliados políticos, que encuentra como muy natural la prolongación de la perdida Guerra de España en la Resistencia antinazi, y que va a la Resistencia, casi diría yo, como una cosa evidente, sin hacer ningún esfuerzo. Y luego, en un momento dado, hacia el año 1942, cuando ya estoy participando de alguna manera en la Resistencia, el marxismo se funde en esa práctica, y eso me lleva a una actividad comunista de muchos años. Hasta 1963, cuando fui expulsado del Partido Comunista de España”.           

La militancia comunista.

“A los veintiocho años ya ocupaba un puesto de dirección en el Partido Comunista. Fue algo muy  rápido. Pero hay que ver por qué circunstancias. En realidad, fue muy rápido sólo a partir de cierto momento, porque durante todo un primer periodo soy un militante de base totalmente anónimo. A partir de 1953-54 mi camino hacia la dirección del partido se hizo muy rápido por una razón muy sencilla: yo tenía un perfil que era el que más convenía para aquel momento: no era conocido por la policía española, era totalmente nuevo, no estaba en los archivos, no tenía antecedentes policíacos, sabía idiomas, y, por consiguiente, podía viajar con pasaportes falsos de diversas nacionalidades. Tenía además vocación política y una formación intelectual, digamos, sólida, para no exagerar. Y ello correspondía con el tipo de cuadros que el Partido Comunista necesitaba en aquel momento, en los años cincuenta, después de diez años de represión franquista. Después de que se habían desmantelado todas las organizaciones clandestinas, era necesario reconstruir el tejido de resistencia, a partir de ideas marxistas y de ideas democráticas, y yo correspondía muy bien con el tipo de militante que se requería. Por eso fue tan rápida mi ascensión a partir de cierto momento, y luego, supongo que también porque lo hice bien en la clandestinidad. Así, pues, mi periodo militante se descompone en dos partes: una de total anonimato, como cualquier militante más, y otra parte a partir del momento en que realizo trabajo clandestino en España y asumo responsabilidades al interior de España, bajo la dictadura. Ahí sí que hay una especie de ascenso rápido en la carrera de político profesional”.

La deportación en Buchenwald  lo lleva a escribir su primer libro. A partir de allí  inicia una literatura de la memoria, una autorreferencial

“Mi primer libro se publicó muy tarde. Yo no publico a la edad en que se suelen publicar los primeros libros, sobre todo cuando se trata de alguien que, como yo, ha querido siempre ser escritor. Yo lo había decidido a los cinco años, a tal punto que mi madre decía siempre “éste es el escritor de los hermanos”. Luego ha habido otros escritores en la familia, porque somos bastante dados a eso de las letras, empezando por mi propio padre. Yo, sin embargo, no pude escribir ese primer libro sino al regreso del campo de Buchenwald. El primer libro que quería escribir tenía que tratar de esa experiencia, me era imposible hablar de otra cosa, no podía imaginarlo. Empero, inventar una novela, así fuera sobre esa realidad, me era imposible. No porque no consiguiera material o intelectualmente escribirla, sino que mantenerme en la memoria de esa experiencia era mantenerme en la memoria de la muerte. Tenía entonces veinte años, necesitaba vivir, quería vivir, y no  replegarme ni dejarme encerrar continuamente en esa memoria de la muerte. Pensé incluso, en un momento dado, que seguir escribiendo me llevaría al suicidio. Realmente, la lógica interna de esa escritura era la muerte, no sólo revivirla, repensarla, sino también cometerla, realizarla, por eso lo dejé. Es un caso excepcional, un caso particular el mío, porque otros, en cambio, como el escritor italiano  Primo Levi -que, para mí, es uno de los grandes escritores de la experiencia de los campos de concentración-, reviven y rehacen su vida a partir de la escritura. Levi reconquista la vida, aunque luego la muerte lo alcanza de nuevo, ya que se suicida muchos años más tarde, en 1987.  Pero, en fin, yo no pude entonces hacerlo y abandoné la escritura. Abandoné ese libro que estaba escribiendo, pero, al abandonarlo, abandoné también toda escritura, pues no podía tampoco escribir sobre otra cosa. Entonces decidí vivir. Vivir con la ilusión del porvenir y hacer política. Porque la política, aunque sea a menudo una ilusión y fracase, se sitúa siempre en el porvenir. Con la buena y la mala política siempre está uno en el porvenir y, por consiguiente, a mí me ayudó a olvidar aquella experiencia de los campos de concentración y a salir del infierno de la memoria. Y luego, diecisiete años más tarde, cuando la memoria ya se había apaciguado, me fue posible escribir en unas poquísimas semanas aquel libro que se llamó finalmente El largo viaje. No era el libro que había querido escribir antes, era otro libro, pero la experiencia que yo quería describir era la misma. Ese libro lo escribí en tres semanas, en Madrid, en un domicilio clandestino, cuando antes lo había intentado durante meses y había luchado por escribirlo, sin lograrlo. Ese es un primer libro de un hombre de cuarenta años, y, desde entonces, en efecto, he escrito libros unos más novelescos que otros, algunos más apartados de mi experiencia personal que otros, pero, hasta ahora, siempre ha pesado bastante en mi escritura literaria esa experiencia de los campos de concentración y esa relación con la realidad de los años de la Resistencia y del comunismo”.

Confiesa que ha sido estalinista

“Yo lo acepto: yo he sido estalinista. Me parece totalmente deshonesto intelectualmente no reconocer ni admitir o explicar algo que es evidente. Si uno ha sido  comunista entre tales y tales años, en mi caso: entre los años cuarenta y cincuenta, otros:  en los años treinta o en los sesenta, ¿cómo se puede negar el haber sido estalinista? No se puede, es imposible haber sido comunista, y, sobre todo, cuadro dirigente o responsable, sin admitir una parte de responsabilidad en el estalinismo. Cuando hablo de corresponsabilidad, naturalmente, algunos me dirán: “pero yo no soy responsable de ningún crimen, de ningún asesinato, de ningún juicio, de ningún proceso de Moscú”. Desde luego que no, y yo tampoco, pero tampoco soy el que se rebeló contra ello, el que dejó el partido porque se enteró, leyendo a Trotsky, que había pasado eso. O sea, que hay que admitir que uno ha sido comunista en la época de Stalin y que, por consiguiente, uno es más o menos corresponsable de una cierta visión del comunismo. Porque si no lo admite uno para sí mismo no tiene ningún derecho de criticar a los demás. Por eso, a veces me río cuando algunos periodistas de izquierda o de derecha -porque hay periodistas malévolos en todas partes- me reprochan algunos de los poemas que escribí en la época de mi vivencia de comunista estalinista. Y yo les digo: “por favor, si los he publicado yo, antes eran inéditos, nadie sabía que los había escrito, eran cosas íntimas, y los he publicado precisamente para darme derecho a mí mismo a criticar a los demás”. Porque criticarme y poner de relieve la torpeza poética y la monstruosidad ideológico-moral de esos poemas, me parece que es una cuestión de honestidad intelectual sin la cual uno no tiene derecho de criticar al estalinismo. Es verdad que estamos hablando de la prehistoria, pues todo eso está tan rebasado por la historia que no parece tener ya mucha importancia. Pero sobre esa prehistoria en que era importante saber a qué atenerse con el comunismo, con el marxismo, estoy harto de ver a gentes que descubrieron que el estalinismo existía el día en que ellos mismos pasaron a ser sus víctimas, pero antes no. O sea que, a partir de los años cincuenta, cuando ellos pasan a ser víctimas, entonces empieza el estalinismo, pero lo que ocurrió antes para ellos es normal. Ese subjetivismo de la apreciación sociológica me parece totalmente irresponsable y hasta repugnante”.

Causas de su ruptura con el comunismo

“Es muy fácil de resumirlas en pocas palabras. Había causas de tres tipos. La primera: mi experiencia de trabajo clandestino en España durante diez años, con cortos periodos de reposo en Francia, me hizo comprender, al cabo de pocos meses -y luego los años fueron reforzándolo-, que la visión que yo tenía de la realidad española y la doctrina del Partido Comunista de España eran, en lo esencial, falsas. No todo era falso, naturalmente, por ejemplo, no discuto en este momento la necesidad que había en aquel entonces de luchar contra el franquismo, y por eso seguí en el partido hasta un momento en que estaba ya intelectualmente alejado de sus ideas y análisis, porque consideraba que era un instrumento de batalla y que esa batalla había que darla. Y, en aquel momento, no encontraba otro instrumento de batalla más eficaz contra el franquismo que el Partido Comunista. Sin embargo, el análisis del partido era falso, la realidad no era ésa, la situación económica no era la que se planteaba, la evolución del capitalismo bajo Franco se producía y se estaba creando un desarrollo económico. El segundo punto era el funcionamiento interno no democrático del partido, es evidente que en aquel momento estamos en pleno periodo de clandestinidad y que en la clandestinidad no sirven las asambleas abiertas, y no sirve, naturalmente, todo lo que puede revelar secretos de organización a una policía atenta a lo que uno está haciendo. Pero, a pesar de todo ello,  es posible una cierta manera de escuchar lo que dicen las bases y de repercutir lo que éstas dicen. Es incluso posible un cierto funcionamiento democrático. Sin embargo, éste no existía. Era un funcionamiento totalmente militarizado, de arriba a abajo, de orden y mando. Y el tercer punto era el análisis de la realidad soviética: a partir de 1956, del XX Congreso del PCUS, del informe de Khrushchev sobre Stalin -por más insuficiente que haya sido ese informe y por lo poco marxista que fuese-, era real, era verídico, y, por consiguiente, había que empezar a reflexionar. Así, un grupo de dirigentes del partido, sobre todo Claudín y yo, empezamos a plantear esas cuestiones y salimos del partido, naturalmente, de mala manera, porque en el partido no se podía discutir. La historia nos dio luego la razón, pero, como siempre ocurre, fue demasiado tarde y sin repercusión alguna para el partido, que terminó hundiéndose en España por no haber sabido -ya en el año 1964- atenerse a la realidad, abrirse a ella y prepararse para una situación democrática  completamente diferente a la que tenía prevista”.          

 

La segunda muerte de Ramón Mercader, premio Fémina en 1969

“En el personaje de Ramón Mercader -que es el seudónimo de un joven ruso- no hay identificación por mi parte. Tiene una experiencia que se parece un poco a la mía, que es un poco la mía, pero realmente no me identifico con él. Es un personaje que me sirve para analizar esa doble vertiente del militante comunista: la vertiente heroica y la vertiente criminal, que, en algunos casos -como en el de Ramón Mercader- coincide en un solo hombre. Mercader es un buen militante, es un heroico militante que, por disciplina, por abnegación y empujado por su fe en la causa que defiende, se convierte en un asesino. En este caso se trata del asesino de Trotsky, un personaje que me fascinaba y que me ha seguido fascinando luego, porque la vida posterior de Ramón Mercader, cuando salió de la cárcel de México y fue a la Unión Soviética, sigue siendo novelesca hasta el final. Es para mí uno de esos personajes emblemáticos que le permiten a uno decir muchas cosas identificándose con algunas de ellas. No es que uno se identifique con ese personaje sino que sirve de modelo intelectual o moral”.  

Un caso particular de bilingüismo literario

“Como le decía hace un momento, mi primer libro fue escrito en Madrid, en la clandestinidad, a comienzos de los años sesenta, sin tener ninguna perspectiva de publicarlo, porque en aquel momento un miembro del Partido Comunista de España no podía publicar y aparecer con su nombre en la televisión para hablar de su libro. Eso era absurdo. Aquel libro había sido escrito porque realmente salió de pronto lo que estaba previsto y deseado desde hace tantos años. Salió, pero no para publicarlo. Y lo escribí en francés a pesar de que lo hice en España y en un momento en que toda mi vida se desarrollaba en español, en Madrid. ¿Por qué en francés? Lo he pensado muchas veces.  Supongo que es porque la experiencia de aquella juventud, de la Resistencia, fue vivida en francés. Era una resistencia francesa y, por lo tanto, el francés era el idioma que correspondía. Bueno, luego he seguido escribiendo novelas en francés por una razón casi técnica, y es que cada vez que yo publicaba una novela la censura franquista la prohibía, y entonces me dije ¡por qué voy estar esperando que la censura apruebe mis libros si yo puedo publicar libremente en Francia si escribo en francés puesto que soy bilingüe!, es entonces una razón técnica. Ahora bien, cuando llegó La Autobiografía de Federico Sánchez -que es un libro en que se relata una experiencia española- yo lo que deseaba era llegar a un público español. Y ese público lo encontré, ya que es el único libro mío que ha tenido ventas extremadamente importantes. Los demás libros han logrado ventas apreciables, pero yo no soy hombre de best-sellers ni mucho menos. La Autobiografía…  sí fue un best-seller, aunque por razones a veces extraliterarias. Yo lo que necesitaba era llegar al público español, un público que leyera en castellano, que supiera algo de esa experiencia, y por eso escribí el libro en español. Ahora estoy escribiendo una novela, una novela-novela, que no tiene nada que ver con mi actividad personal, es una novela relacionada con la experiencia histórica de España, con la guerra civil, etcétera, y la estoy escribiendo en castellano. ¿Por qué? Porque es un poco la materia, el universo moral del libro, lo que impone el idioma en que debo escribirlo. Un libro como La Algarabía -que se llama en francés l’Algarabie, pese a que la palabra no existe en francés- comencé a escribirlo en castellano, luego pasé al francés y después de nuevo en castellano, hasta que,  finalmente, terminé escribiéndolo en francés. Es un libro que juega con los dos idiomas, con los hispanismos y los galicismos, pues yo creo que en este caso acepto la esquizofrenia lingüística y me digo: “algunas veces escribo en francés, otras en español”, y en cada caso, la razón que se impondrá para escoger una u otra lengua será una muy concreta y no algo determinado de antemano por mí. Será algo que surgirá de la realidad”.

Su trabajo para el cine

“Llegué al cine por casualidad. Alain Resnais leyó mi primer libro, El largo viaje,  en 1963, y en París, al encontrarlo en un teatro, me dijo: “he leído su libro, quisiera que habláramos, me gustaría que trabajara conmigo”. En aquella época Alain Resnais no trabajaba con guionistas profesionales, trabajaba con escritores que nunca habían escrito para el cine. Me pidió entonces que trabajara con él. Estuvimos hablando semanas y semanas de temas diversos hasta llegar al tema que se desarrolla en La guerra ha  terminado, que es mi primera película. Hasta allí, el cine me entusiasmaba como espectador, me interesaba como arte, pero no había pensado nunca ser guionista, hasta esta propuesta de Resnais. A partir de allí he seguido trabajando en el cine”.

Simone Signoret e Yves Montand, dos amigos

“Conocí primero a Simone Signoret y, tiempo después, a Montand. A Montand lo conocí en el momento en que se publicó El largo viaje y es el personaje de mi primera película. En cierto modo es un personaje capital en mi vida, no sólo en la vida profesional sino también en la vida privada. Y no sólo por él sino también por ser quien era y por la amistad que se formó entre nosotros. Fue Simone quien me lo presentó y muy pronto nos hicimos amigos. Encarnó el papel de Diego en La guerra ha terminado y se volvió un poco mi trujimán, mi representante -digámoslo así- en aquella experiencia novelesca. Eso me permitió, en cierto modo, emprender con menos dolor y menos dificultad ese tránsito difícil de la militancia a la sociedad civil, de la clandestinidad a la vida normal. Esa ruptura fue algo muy duro para mí, pese a todo lo que podía tener de ilusoria y de nefasta la utopía comunista. Montand fue, en cierto modo, como el chivo expiatorio, el hombre que, al asumir el papel de Diego en aquella película, cargó sobre sus espaldas una parte de mis problemas y me facilitó el tránsito de Federico Sánchez a Jorge Semprún”.

 

Clandestinidad y fútbol

“Estaba yo una vez en un café de Madrid, que ahora es un banco, -hay muchos bancos ahora en Madrid mientras que los cafés van desapareciendo-. Era un viejo café, en la glorieta San Bernardo, era un lunes por la mañana y yo estaba haciendo tiempo entre una cita clandestina y otra cita clandestina. Tomaba un café en la barra de ese sitio y, al lado mío, empezó una discusión de madrileños típicos sobre la jornada de la víspera de la liga de fútbol. Y alguien, de repente, se volvió hacia mí, que no decía nada, y me preguntó lo que me había parecido tal jugada, o quizá el gol que había marcado Di Stefano. Yo respondí con otra pregunta: ¿Di Stefano quién es? Y se hizo un silencio total en el café, un silencio terrible. Todo el mundo se volvió hacia aquel extraño, aquel marciano que no sabía quién era Di Stefano. Eran los años cincuenta, la época gloriosa de la saeta rubia, Alfredo Di Stefano, un gran jugador, un grandísimo jugador, y, claro, me di cuenta de inmediato que, para seguir viviendo clandestinamente, para no llamar la atención, tenía que interesarme en el fútbol y empezar a leer los periódicos deportivos para saber quiénes eran los jugadores, los grandes nombres, y poder así mantener una conversación en cualquier café sin hacerme sospechoso. Finalmente, el fútbol acabó gustándome y sigue gustándome todavía hasta ahora. No soy un hincha de esos que van a ver los partidos y tienen un club predilecto, no, ni mucho menos, pero me intereso en el fútbol y sea cual fuere el equipo que juega, si lo hace bien, me interesa”.

Los libros de su vida

“Este sería un capítulo larguísimo porque son diversos. En mi adolescencia  contó y pesó mucho la lectura de la novela rusa del siglo XIX, Tolstoy y Dostoievski. Este último es un novelista que leo y releo constantemente. Luego, y también por esa misma época,  descubrí algo que, en apariencia, no tiene nada que ver con esa literatura rusa, y es la literatura francesa del siglo XX. Y ésta es también una de las razones por las cuales escribo en francés. Me gusta escribir en francés por esa precisión del idioma, esa posibilidad de escribir sin retórica, sin cursilería y sin demasiado adorno. Claro, eso tiene también sus desventajas, pues, a veces, es un idioma un poco seco, un poco rígido. Pero, por ejemplo, un libro que me causó una gran impresión a los diecisiete años, una impresión terrible en el buen sentido de la palabra, fue Paludes de André Gide, un pequeño libro, casi olvidado ahora, que para mí es de una extraordinaria modernidad de escritura, de una sorprendente modernidad literaria. Contó también mucho para mí una literatura que descubrí casi por casualidad, gracias a un amigo: la literatura austríaca de los años veinte y treinta, Musil y Broch, principalmente. Eso lo descubrí muy pronto en alemán, pues leo alemán, y, por consiguiente, me es más fácil el acceso a esa literatura. Y luego, la gran literatura estadounidense. También es verdad -y eso es bastante representativo de toda una generación- que los nuevos modos de escritura literaria los adquirimos a través de la literatura estadounidense y no vamos a entrar ahora en consideraciones sobre si esta literatura tiene sus raíces en una literatura realista europea, porque, lo que es evidente para mí es que a través de Caldwell, Dos Pasos, Hemingway, Fitzgerald, descubrí un cierto tipo de relación con la escritura y con los personajes, una cierta “objetividad” del relato,  que es muy interesante para un escritor. Y, bueno, tengo algunos libros fetiches, unos libros clave: Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski Bajo el volcán de Malcolm Lowry  y las obras de Stendhal, son libros que leo y releo constantemente y que son fuente de inspiración”.

 

Desde julio de 1988 y durante casi tres años fue Ministro de Cultura de España          

“Yo no sé lo que ha significado para el ministerio y el gobierno de España, no me atrevo a hacer un balance, ya lo harán ellos, aunque podría defender mi acción, pero no es el momento. Para mí, personalmente, ha sido una experiencia muy interesante por lo positivo y por lo negativo. Algo interesantísimo que llegó en un momento, por casualidad, por esas cosas de la vida. Mis amigos dicen que soy un hombre que tiene suerte, eso debe ser verdad pues aquí estoy todavía pese a que las posibilidades de haber desaparecido hace muchos años han sido numerosas. Y precisamente esa suerte hizo que Felipe González me propusiera ese puesto en un momento en que yo andaba deseando algo de ese tipo. En mi vida hay ciclos franceses o parisienses y ciclos españoles. En estos últimos, no es que la patria me tire, porque no tengo una idea muy clara de lo que es la patria y yo ni siquiera digo, como otros escritores, que la patria es la lengua Yo no tengo patria de lengua, tengo lenguaje más que lengua, porque mi patria es igual el francés que el español. No digo, pues, que tira la patria, pero tira algo que es España, quizá los recuerdos de infancia, quizá una cierta relación con la gente, con la sociedad. Algo que es específicamente español tiró de mí en un momento en que acababa de publicar un libro, una novela. Me encontraba en un momento en que deseaba volver de nuevo a España a trabajar y tener más contacto. Había estado varios años yendo a España a menudo, pero casi como turista, sin vivir allí. Y en ese momento vino la propuesta de Felipe González y la acepté no sólo por eso, sino  porque me parecía interesante tener un nuevo contacto con la realidad española y la posibilidad de influir, de hacer algo. Además, estoy de acuerdo con el proyecto político de modernización democrática de España que es el de Felipe González, independientemente de que luego haya podido tener conflictos. Porque es verdad que he tenido conflictos muy duros con algunos de los hombres del PSOE, pero, en fin, con el proyecto estaba de acuerdo y sigo estándolo. Y eso, para mí, fue muy positivo. Lo negativo de esa experiencia es que, primero, no se puede ser escritor y ministro, hay que ser solamente ministro. O sea que lo de escribir se acaba, aunque no se termina la posibilidad de pensar, trabajar, tener borradores, tener ideas, tener cuadernos de notas. Pero la escritura, en el sentido en que te enfrascas y sólo haces eso, desaparece. Y para un escritor estar tres años sin escribir no es siempre fácil, ése es el primer punto negativo. Luego, el segundo punto negativo es que, claro, yo tenía una concepción del ministerio y de lo que había que hacer en ciertos aspectos -no en todos-, que chocaban no con la sociedad española en su conjunto, ni mucho menos -pues creo que lo que yo pensaba que tenía que hacerse desde el Ministerio de Cultura sintonizaba con la mayor parte de la sociedad-, pero chocaban con algunos intereses creados, con algunos grupos de presión, políticos y sociales. Y entonces, a veces, me decía: “¿a ti quién te obliga a abandonar la tranquilidad y la dulzura de la vida parisiense?, eres un escritor que se gana la vida fácilmente, que escribe lo que quiere y vive como quiere, ¿para qué meterte en esas batallas, en tantos insultos de la prensa?, ¿todo eso para qué?, si no quieren tus servicios, pues vete”. Pero no me fui porque quería ser leal a Felipe González en lo que él me había pedido. Sin embargo, cuando él mismo me planteó una serie de razones políticas internas y me pidió que dejara el puesto, me fui encantado”.

El cine español y el francés

Es una farsa decir que el sistema de ayuda al cine español funciona a la francesa. El  francés es un sistema de subvenciones que es posible sobre la base de que existe una industria autónoma del cine, que existe una televisión pública y privada que se interesa por el cine y que cofinancia las producciones cinematográficas francesas. Existe, por consiguiente, un sistema industrial en el cual las ayudas del Estado son un elemento más que culmina, o que está en la raíz, de un proceso. Pero hay un proceso global, mientras que  en España sólo había subvenciones. Yo comencé a transformar eso, pero no pude terminarlo, por consiguiente, ahora la situación del cine español -según lo que veo y por lo que oigo- es más complicada todavía. Claro, cuando se dejan las cosas a medio hacer y los sucesores no continúan por el mismo camino, las cosas se paralizan un poco. Yo pretendí hacer una reforma de las subvenciones para que el cine se convirtiera en una industria, y no hay industria sin riesgo, sin industriales, o sea, sin productores de verdad. Y lo que yo hice reformando el sistema subvencional no era más que un primer paso para algo más general que todavía está por hacer. Pero estaba convencido -y sigo estándolo- de que había que modificar ese sistema absurdo en el cual el único productor de cine en España era el Estado. Eso es algo imposible. Y creo que los productores -que ahora se han agrupado- han terminado por comprenderlo, y ahora ya no piden subvenciones, sino un sistema global, diferente, de protección y ayuda a la industria audiovisual, y con esa propuesta estoy de acuerdo. Más que con la subvención, hay que ayudar al cine español en la distribución y protegerlo contra una competencia desleal del cine norteamericano. Sé que no es fácil luchar contra esa competencia porque el cine norteamericano es bueno, es eficaz, tiene espectadores, y no se puede prohibir a los españoles que vayan a ver películas estadounidenses. Hay que convencerles de que vayan también a ver otras películas y hay que impedir que los grandes circuitos de distribución monopolicen las salas e impidan al cine español ocupar los buenos periodos, las buenas épocas de distribución en cartelera. O sea que todo es un proceso más de legislación global que de subvención puntual, coyuntural, a tal o cual película”.

El derrumbe del comunismo y sus consecuencias

“Yo viví de antemano el derrumbe del comunismo. Sería totalmente presuntuoso decir que sabía más o menos, que había previsto, que éste iba a ocurrir en las fechas en que ocurrió. Yo pensaba que me moriría sin ver ese derrumbe. Cuando hicimos la película La Confesión, Costa-Gavras, Montand y yo pensábamos que nunca veríamos ese filme en Moscú. Sin embargo, sí lo vimos en Moscú. Para mí el comunismo estaba ya derrumbado y el análisis teórico de ese derrumbe se había hecho -lo había hecho yo y muchos otros analistas-, desde hace tiempo. No obstante, ese cadáver, como en una pieza dramática de Ionesco, podía haber seguido viviendo mucho tiempo todavía. Pero resulta que se ha derrumbado y, al derrumbarse, se ha visto que era como esas momias que de repente se sacan a la luz y se derrumban, se hacen polvo. Creo, además, que todavía no hemos analizado a fondo lo que representa ese derrumbe y las consecuencias que tiene no sólo para el mundo del Este y del Centro de Europa, sino también para el mundo de las democracias capitalistas de mercado. Estos nacionalismos que renacen, esta pérdida de interés por la política en grandes sectores de los países democráticos, esa falta de estrategia de unidad que tienen los partidos socialdemócratas en el mundo, todo esto y muchas cosas más dependen directa o indirectamente de ese derrumbe del comunismo”.

La izquierda, hoy

“Ahora estamos en una época diferente, y esta época diferente todavía tiene mucho camino que recorrer para encontrar ideas que movilicen pero que no sean utópicas ni mortíferas. Para mí es indiscutible que siguen habiendo valores de izquierda y que habrá siempre valores de izquierda. Yo sé perfectamente que hay ahora una discusión y se dice que si la izquierda, que si la derecha, y que ahora no es fácil ser de izquierda. Lo que me parece evidente es que han cambiado los emblemas, los prototipos y los tópicos de valores, pero para mí hay valores de justicia, valores de solidaridad, generosidad e igualdad que siguen siendo válidos. Se puede decir incluso que hoy son más válidos que antes porque son más necesarios. Antes había una referencia un poco tópica y errónea, falsa, ideológica, hacia todos los valores calificados de izquierda, y hemos visto que muchos no lo eran.  Ahora, en cambio, tenemos que reconstruir los valores de izquierda fuera de esa ideología y de esos tópicos.”

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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5 Responses to El búho insomne

  1. calle 13 says:

    bien ahí, maestro Rosas, como siempre usted sorprendiendo con trabajos serios

  2. Pato Donald says:

    Semprún fue un grande. Felicidades por la columna, está interesante.

  3. brandon lee por siempre says:

    textazo ah, se lució mi compare josé “señora ley” rosas, a ver cuando se manda con su floro desmitificador del infrarrealismo que ya hace falta, saludos

  4. barth says:

    leí el texto en tres días. y vaya que valió la pena. espero seguir leyendo cosas de esa calidad en esta web.
    saludos.

  5. J. Rosas Ribeyro says:

    Agradezco las palabras generosas de algunos lectores de mi columna que han dejado su comentario en este espacio. Hay que leer a Semprún, un escritor de valía que fue también, durante una parte de su vida, un hombre de acción. Un hombre que supo aplicar su lucidez crítica a su propia persona.