“Voces para Lilith” en la FIL

Fecha: sábado 30 de julio, de 4 a 6 pm.
Lugar: Feria Internacional del Libro (Parque de Los Próceres – Jesús María)
Presentado por Claudia Salazar.
El recital estará a cargo de Rosario Aquim, Marianela Cabrera, María Luisa del Río, Aleyda Quevedo, Eleonora Requena, Gabriela Robledo, Jennifer Thorndike, Ely Zamora, Melissa Ghezzi.
Voces para Lilith es un encuentro con la poesía y la narrativa lésbica sudamericana contemporánea. Cuarenta y ocho voces invitadas que han asumido el desafío propuesto para su creación, voces que recrean un deseo en particular: el deseo lesbiano. En sus textos inéditos las autoras convocadas reinventan simbólicamente las diferentes representaciones de las identidades lésbicas, con variados estilos y calidad literaria.
Al ser la primera antología literaria sudamericana en su género, Voces para Lilith es una intervención valiosa en los imaginarios socio-discursivos, así como un aporte importante para la visibilidad lésbica. Abre el camino para nuevos desarrollos y aproximaciones críticas en el proceso –aún incipiente– de escribir la historia y teoría de las culturas lésbicas en América Latina.
Presentación de “La vida doble” de Arturo Fontaine en la FIL

Fecha: miércoles 27 de julio a las 7 pm.
Lugar: Feria Internacional del Libro (Parque de Los Próceres – Jesús María)
Presentan: Iván Thays y Guillermo Niño de Guzmán
Sinopsis de la novela:
«Irene» o «Lorena», nunca sabremos su verdadero nombre, es una combatiente de Hacha Roja, organización revolucionaria armada que –como otras en la América Latina de ayer y de hoy– se inspira en la épica del Che Guevara. Estamos en los tiempos más duros de la dictadura de Pinochet. Irene participa en el asalto de una casa de cambio, pero la policía secreta desbarata la operación e Irene cae prisionera. Durante veintinueve días es interrogada y torturada con crueldad y método en las mazmorras de la central de Inteligencia, pero ella se comporta como se espera de una mujer adiestrada para la lucha clandestina: soporta sin comprometer ni a la organización ni a sus compañeros. Finalmente, es dejada en (supuesta) «libertad provisional». Pero Irene guarda más de un secreto: es una mujer que se enamoró y amó y tuvo una hija, Anita, que ahora tiene cinco años, información que no debería caer en manos de la policía. Cuando poco después Irene vuelve a ser detenida, su vida dará un inesperado vuelco, y el sentido de palabras como verdad y mentira, amor y rencor, lealtad y traición, empezarán a confundirse peligrosamente.
Vagamente muchos peruanos
Monday July 25th 2011, 9:03 am
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Columnas
De los muchos peruanos (en Milán)
Por Alejandro Neyra*
Los peruanos de Stendhal y Proust que menciona Loayza en su brillante ensayo están en Francia –o, mejor dicho, aparecen allí– gracias al aura de exotismo que siempre puede acompañar nuestra nacionalidad. Pero son dos hombres que se mueven en las clases altas, un general y un esnob, aparentemente ni tan desintegrados ni extraños a los usos de la sociedad parisina.
Luego de haber encontrado diversas novelas provenientes de distintas tradiciones, en las que aparecen peruanos, desde hace algún tiempo buscaba sin éxito una novela o texto italiano en el que aparezca un compatriota. Gracias a unos amigos conocí a un ilustre italiano quien me señaló la existencia de una novela de aventuras nada menos que de Emilio Salgari: Jose il peruviano.

Este 2011, además, se celebra -si cabe realmente la expresión para un suicidio– el centenario de la desaparición del creador de Sandokan. Emocionado por la noticia, y con la suerte de haber hecho una pasada por tierras mediterráneas, pensé en encontrar el dichoso libro peruviano dentro de sus obras completas. Sin embargo, Jose il peruviano no figura en ellas. Intrigado por el hecho y luego de una pequeña investigación descubrí el porqué. Numerosas obras atribuidas a Salgari no gozan de su paternidad y este peruano –sin duda falso e imaginarísimo, más cuando sabemos que en todo caso igual ni Salgari ni sus epígonos viajaron más allá de la península itálica– es justamente uno de esos “falsos” atribuidos al maestro de la aventura.
Hace algún tiempo que ya había dejado el asunto y sin embargo es aquí que aparece otra cara amiga italiana que lee un texto de esos que entregan por un euro extra con el diario Corriere della Sera y que combina cuentos o historias breves de consagrados con inéditos de autores que recién comienzan. Este libro es É proibito amare. El autor: Mario Desiati (joven escritor). ¡Y aparecen peruanos!

No es una gran novela, ni en sentido de volumen ni en sentido estético. Son apenas 100 páginas en las que el eje es una historia de amor “prohibida” entre un adolescente y su profesora, quien termina en galera por abuso, perversión y por simplemente haber iniciado a este chico –y a un par de sus compañeros– en el arte de amar. La novela busca ser romántica y desgarradora y lo logra por instantes, aunque abusa del ideal romántico y de las figuras de Sócrates y Diotima, forzados símbolos del amor entre la treintañera y el quinceañero.
Hacia el final, cuando el muchacho ha dejado la escuela y comienza la universidad, agobiado por no poder estar junto a su profesora amada, viviendo en un edificio decadente en Milán, es que aparecen los peruanos, inmersos en ese mundo de pobreza material y espiritual del pobre estudiante de Letras y Filosofía:
“La sera mangio un trancio di pizza, poi corro nella mia stanzetta in una casa di studenti e lavoratori che odora di umido, all’ultimo piano d’un palazzo brulicante di famiglie peruviane; una volta li mi addormento vestito con un libro paerto sulla faccia”.
El pobre chico que come pizza, ocupa una pequeña habitación en un departamento de obreros y estudiantes que está en el último piso de un edificio enjambrado de familias peruanas. Es Milán. Es la decadencia total. Un mundo en el que un joven italiano baja cual Dante a su infierno personal desprovisto de amor y de medios. El infierno está lleno de miseria y de familias peruanas.
Milán ciertamente tiene una de las colonias de migrantes peruanos más extendida del mundo. Más de 80 mil que quizás sean ya 100 mil habitan esa ciudad italiana, centro industrial en el que quizás hoy sea más difícil sobrevivir dignamente que en el propio Perú. No son ya peruanos identificables y exóticos, ni habitan los más altos estratos de la sociedad. No son siquiera individuos. Son familias, son legión. La masa.
¿Es esa la imagen de los peruanos en Europa hoy? Quizás tendríamos que haber pedido a Desiati que describa un poco sus costumbres, sus vestidos, su gusto por la comida peruana, que a veces se mezcla seguramente con la pizza y con la pasta, además del vino y la birra. Quizás podríamos exigir un poco más de precisión. Pero al mismo tiempo quizás no sea necesario. Desiati tampoco es Proust ni Stendhal.
Sin embargo, se nota que de todos modos los peruanos han pasado a ser algo diferente en Milán y, seguramente, en Italia y en toda Europa. No creo que hayamos perdido exotismo, nuestra aparición es aun remota, pero no somos ya vagamente dos como en Loayza sino certeramente muchos –muchos- peruanos.
*Alejandro Neyra participó como columnista en la bitácora de El hablador durante la gestión pasada. Ahora recibimos una colaboración que, esperamos, no sea la última.
16 FIL – Lima 2011

El miércoles 20 se inició una nueva edición de la Feria Internacional del Libro – Lima 2011. Ya podemos conocer las novedades que nos trae este evento. Por ahora adjuntamos el link de la página oficial donde podemos encontrar, entre otras cosas, el reglamento de participación, el plano del evento, el directorio de expositores y la programación cultural.
Cuerpo, infinita violencia
Wednesday July 13th 2011, 1:05 am
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Reseñas
Por Lisandro Gómez
Siempre digno de elogio y de admiración, la versatilidad y el dominio en el manejo de registros diversos es una rara excepción en nuestra tradición poética. No siempre es feliz el tránsito entre géneros distintos; la “enemistad” implícita entre ellos empobrece muchas veces dicha transformación. Cecilia Podestá ha incursionado en diferentes géneros —la barrera de la norma literaria no ha sido un problema para ella—. Podestá nos ha obsequiado, hace aproximadamente un mes y medio, su nueva incursión dentro de un género vedado para la mayoría de poetas: la narrativa. En una edición modesta y pulcra, De cabeza sobre el pasto amarillo es una colección de cuatro relatos donde, si bien no predomina una unidad de composición en la obra, el lenguaje y los ejes temáticos cohesionan un todo narrativo. Los cuatro relatos de este conjunto no son la muestra del ejercicio impecable y sesudo de un narrador experimentado, son, por el contrario, una exploración, una búsqueda, una reconciliación con el deseo vía la palabra. Por medio de una constante recurrencia a imágenes de tipo corporal y escatológico; de una incesante concatenación de acciones narrativas; de un lenguaje permeable y fresco, afecto a la coprolalia y a la lisura, Podestá construye una narrativa ágil, audaz y, en sus mejores momentos, perturbadora.
Predomina en la escritura de Podestá una serie de imágenes donde el cuerpo es la fuente principal de fabulación y simbolismo —tal como lo hizo en su libro–performance Desaparecida—. Orinar, cagar, eyacular son algunos de los verbos recurrentes en estos cuatro relatos. Una de las virtudes de Podestá como narradora es haber transformado la dinámica de los flujos corporales en imágenes de hondo lirismo, cargadas de poderosas significaciones. No prima la descripción sino la codificación del sentido mediante el cuerpo. En un universo donde el poder ha corroído al hombre degradándolo hasta convertirlo en una piltrafa de carne humana, la libertad y la emancipación adquieren su materialización más concreta en la expulsión de semen u orines: “El corazón palpitaba como si también fuera a morir, o salir por su boca, rozando la ausencia de sus dientes. Su corazón salió tibio y líquido. Orinó parada como los hombres, viendo cómo el líquido caía al centro de sus piernas separadas sobre el pasto, regando hormigas negras” (“La voz de Lidia”, pp. 17-18). El género, en este sentido, aparece representado en el libro como una imposición, una forma represiva del poder; ser “mujer” o ser “hombre” aparecen signados como una construcción falible y mendaz que obvia la búsqueda de la naturaleza real del ser humano. En “La voz de Lidia”, el relato que abre el conjunto, la protagonista, al final, después de haber orinado “parada como los hombres”, logra la asunción consigo misma por medio de la palabra: “En la cuna de Lidia no hay lugar para dos dijo ella sin tomar atención a las primeras palabras que pronunciaba en su vida” (p. 18). El silencio brutal que la había oscurecido durante toda su vida termina con estas palabras que solo tienen un sentido pleno para ella. Más allá de lo que signifiquen, el solo hecho de transfigurar su pensamiento en discurso involucra una transformación real de su lugar en el mundo. La voz de Lidia surge como un acto de liberación, trasgresor y puro, mediante el cual la protagonista puede visualizar un nuevo horizonte de desarrollo, siendo fiel a sí misma y conservando su individualidad.
Estos relatos nos sumergen en un universo donde el deseo y la fantasía trasgreden la norma verosímil impuesta por el realismo urbano. Esta trasgresión ficcional va de la mano, y en paralelo, al cuestionamiento de las formas que ha adquirido el poder en nuestras sociedades. De cabeza sobre el pasto amarillo no es un libro de denuncia, tampoco un documento político, es, por el contrario, la trasgresión hecha escritura creativa: una narrativa donde el deseo se ha convertido en el pilar de todo el mundo representado. Mediante imágenes de gran efecto visual, Podestá consigue vulnerar las estructuras de género. En “Darío del Ollo”, por ejemplo, el protagonista se libera de la represión al perder su masculinidad por una noche. Su miembro viril se transforma en una vagina: “Ebrio, balbuceaba escuchando sus propias palabras entrecortadas […] Antes de que alguna lágrima cayera, abrió el cierre de su pantalón, hizo a un lado la trusa y buscó su miembro. No lo encontró. Se pellizcó las piernas por la desesperación. Asustado, movía las manos con fuerza lastimando sus muñecas con el cierre, pero no lo encontró. Cinco segundos después —iguales a una eternidad— se dio cuenta de que lo que tocaba no solo era la ausencia de su miembro sino un sexo de mujer” (“Darío del Ollo”, pp. 32-33). La amputación de su miembro viril desconcierta al protagonista y lo sumerge en una crisis momentánea de la cual solo podrá salir mediante una reconciliación consigo mismo. Paradójicamente, Darío se reconoce a sí mismo por medio de la imagen perturbadora de su deseo: es fiel a sí mismo al negarse como “varón”.
El relato narra los acontecimientos de aquella noche fabulosa en la que Darío cambió de sexo. El texto no brinda una explicación de tal suceso, se contenta con describir minuciosamente cuáles son los pensamientos, sentimientos, sensaciones y acciones de Darío durante esa noche infinita. Su sexualidad trocada solo lo aturde por un par de minutos. Al poco rato de haberse descubierto poseído por un sexo de mujer, el protagonista hurga e indaga esa nueva corporalidad; no se amilana y descubre con desbordado agrado que el gozo pleno se plasma en cada fibra de su nueva sexualidad: “Darío no solo se tocaba sino que por primera vez obtenía un verdadero goce sexual. Obtenía también la profundidad que había deseado toda su vida. Algunas veces y cuando era niño, soñaba que aquello ocurría, pero era solo un niño confundido. Siendo ya un adulto lo sacrificó por Adelita, así, nunca halló en su sexualidad mayor goce que el de su mujer. Toda su vida acarició la idea, pero no dejaba de ser una fantasía que nunca compartió con nadie. Pero ¿cómo había ocurrido? ¿Importaba? Darío experimentó un orgasmo de mujer” (“Darío del Ollo”, p. 33). El pensamiento se diluye ante la fiebre orgásmica. El tacto de Darío lo recupera, lo trae de vuelta a su humanidad. Solo masturbándose, y por medio de su fantasía, recupera su ímpetu y acomete acciones que durante toda su vida masculina consideró irrealizables. Su emancipación se da únicamente al transformarse y debido a esa transformación. La suplantación del miembro viril por un órgano reproductor femenino sirve de metáfora para desvirtuar los mecanismos del poder y su imposición en la vida cotidiana. Darío había sido vencido al considerar que el espacio para su fantasía era inexistente. Recuperarse es también recuperar las sensaciones de su cuerpo; realizarse, explorar los límites de su deseo. El cuento reelabora los tópicos de la sexualidad y la configuración de género, pero lo hace de manera alegórica y visual, por medio de imágenes de gran poder expresivo.
La narrativa predominante en estos cuatro relatos refiere directamente a las estructuras de poder asimiladas en la vida diaria por los seres humanos. La imagen del padre o de la abuela decrépita que obliga al hijo o a la nieta a realizar actos que lo degradan aparece por lo menos en dos de los cuatro relatos, “La voz de Lidia” y “Darío del Ollo”. El poder aparece representado de forma grotesca. El universo cuentístico de Podestá está poblado por imágenes despiadadas tanto del poder como de la transgresión. El cuerpo y la sexualidad son el eje desde el cual se materializa la búsqueda personal y, también, el sometimiento institucional, vía las convenciones. Asistimos en estos cuatro relatos a la desacralización de la institución familiar, representado como una estrategia coercitiva, que separa al sujeto de su corporalidad y, por ende, lo enajena: “Lidia recordaba la voz de la abuela, ellos la emitían de la misma manera y le decían muchacha estúpida, ¿cuándo vas a aprender a pasar bien la esponja?, ahí, en medio de las piernas, está sucio ahí, debes pasar mejor la esponja, mejor hazlo con las manos, despacio, suave, ah, sí, así, está muy sucio, lávame muchacha, lávame, ah” (“La voz de Lidia”, p. 14). Lidia obligada a masturbar a su abuela silenciosamente sin emitir ningún juicio de valor ni menos aún protestar es la imagen principal, mas no la única, dentro de este universo ficcional de los abusos del poder. Los personajes de este libro afrontan la obscenidad del deseo del otro frontalmente y solo se alcanzan a sí mismos a través de su autodescubrimiento.
Convención y trasgresión se plasman de manera similar. El cuerpo para desobedecer, para fracturar las reglas del poder debe plasmarse en los mismos códigos. La escatología presente en los relatos, así, no es un mero recurso retórico, sino implica una rebelión del cuerpo ante aquello que le da forma y lo deforma. En otras palabras, si el poder adquiere una forma grotesca, la única manera de subvertirlo tiene que recorrer los caminos de lo informe, lo fantástico y lo imposible: “Una vez dentro, despertó al anciano decrépito y malhumorado ¿Qué mierda quieres, inútil, pendejo de mierda? ¡Lárgate, carajo! ¿Por qué no te has muerto con tu hijo? [sic] gritaba el anciano con voz ronca, molesta y un poco de tos. Obtuvo como respuesta que Darío se bajara los pantalones y le mostrara su sexo. Los ojos del anciano se extendieron al igual que su boca, a eso siguieron los dolores de pecho y la mudez que se fue quebrando para alzar sus gritos. Había visto la vellosidad, había imaginado la profundidad, había descubierto la ausencia macabra, había mirado una vagina: ¡el sexo que llevan las mujeres!, ¡en su hijo! Darío fugó hacia su cuarto en el tercer piso como un criminal” (“Darío del Ollo”, p. 37). La fantasía que rige esa noche la vida de Darío responde a la pregunta del poder. La infalibilidad del acontecimiento, la imposibilidad de ser descrito o definido, de encontrar palabras que lo retengan o lo simbolicen, aniquila la imagen del poder: sin el falo ni el padre —signo canónico de las convenciones sociales— la noche se convierte en el espacio y el tiempo de lo prohibido. Darío se desplaza, huye, como un criminal, porque cualquier crítica o desmontaje de las estrategias del poder condena al individuo al rechazo público. La desnudez del poder solo puede revelarse como castigo. En nuestra sociedad, la represión y la imposición constituyen, por más que se maticen, la esencia de la convención social. Esta sigilosa violencia —cuyo testimonio queda marcado en el cuerpo— revela el verdadero rostro, la vida en sociedad y en sus bordes: a los ex convictos “casi no se les para” (“Señor Méndez”, p. 28).
La narrativa de Podestá no solo explora la trasgresión vía la imposible enunciación del deseo, también hace uso de un humor explícito que a veces linda con lo grosero. Esta elección no es arbitraria, menos aún gratuita, forma parte de una estrategia de remoción de las convenciones y límites literarios. No solo son las imágenes las que laceran la institucionalidad: hay que desnudar la rigidez del lenguaje por medio de la palabra misma: “Con las artes que he aprendido casi casualmente con los ex convictos que me visitaban amablemente podré conseguir un marido que aunque no me mire a la cara disfrute tanto de mi cu… de mis artes… que se quede conmigo por lo menos hasta que le dé cáncer. Es el sueño de las que se casan por interés: el cáncer!” (“Señor Méndez”, p. 25). La risa sarcástica es también un mecanismo de desmontaje que corroe las estructuras sociales represivas. Lo explícito revela el interior putrefacto de la norma social. Al despojarse del eufemismo, la escritura de Podestá aborda de manera brutal la esencia de las relaciones sociales, desfiguradas por el consumismo, el interés económico y la enajenación de los sujetos. La escritura de este libro se ha liberado de la “belleza” y ha intentado sortear los dilemas del estilo. El lenguaje se ha convertido en el espacio de lo real, lo grosero, lo obsceno: una escritura escandalosa que se regodea en la palabra sincera y sucia. Imagen y palabra liquidan los marcos de la convención: el cuerpo y la inmundicia verbal desbordan el texto, dando forma a un ejercicio trasgresor y volátil que seduce al lector y lo induce a la carcajada o al vómito.
El mejor relato del conjunto, “Editora”, es la consumación de esta poética de la trasgresión. En él, los marcos de la ficción y la realidad se subvierten en una praxis donde la metatextualidad brinda el espacio necesario para el juego y la acción narrativa. En este cuento, Podestá sintetiza sus logros como escritora: la versatilidad del estilo, la “sinceridad” del lenguaje, el uso de imágenes de alto lirismo y el juicio profundo sobre los riesgos de la literatura. En mi opinión, es en los diálogos donde Podestá muestra mayor pericia y flexibilidad:
—No quiero que publiques “Darío del Ollo”, no con tu nombre.
—Pero si ya casi está en prensa, tengo fecha de presentación, y los comentarios van a estar a cargo de Ricardo González Vigil y…
—¡No me interesa!
—¿Por qué escribiste mis cuentos? Me has robado.
—¿Por qué me engañaste?
—Estás mezclando las cosas.
—Rodrigo, ese huevón, o tu marido muerto ¿sabe que eres un fraude?
—¡A él le gustó mi cuento!
—¿Y el mío? ¡Responde!
—¡Basta!
—Dilo, le gustó más el mío que el tuyo, ¿no es cierto? […]
—¡No!
En el límite de la autobiografía y la predicción, el juicio crítico y el melodrama, “Editora” culmina la exploración verbal y temática del libro. Da forma definitiva también a una poética del trastocamiento: no queda nada en pie en De cabeza sobre el pasto amarillo. La escritura de este conjunto de relatos vulnera, desnuda, hace trizas, se burla, se orina, defeca sobre todas nuestras convenciones literarias. El lenguaje soslaya la sutileza e invoca lo explícito, la coprolalia y los fluidos. La prédica del libro parece sostenerse en la inmundicia de la realidad: un mundo así no merece otra escritura. La fantasía y el deseo son, lo repito, el pilar de una escritura que reclama lo innombrable como materia prima. Sin embargo, esta poética no siempre consigue los resultados esperados. En su intento de sorprender al lector, a veces, cae en la gratuidad y el efectismo. Por ese motivo consideramos que, si bien con méritos que reconocer, De cabeza sobre el pasto amarillo es todavía el preámbulo a una exploración más profunda y, tal vez, entrañable. Un libro que corrobora el valor de una novel escritora y su búsqueda constante de nuevas formas expresivas. Un libro que marca un derrotero y suscita interés y expectativa sobre el destino literario de Cecilia Podestá.
Cecilia Podestá
De cabeza sobre el pasto amarillo
Lima, Punto de narrativa, 2011.
Segregación N° 1
Monday July 11th 2011, 10:02 am
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Columnas
Profesor particular en Ventanilla
Por Francisco Izquierdo Quea
Pitágoras dice que las matemáticas son la última verdad y que solo hay un Dios.
Encontré esa frase en una hoja de block de la época en que fui profesor particular en Ventanilla, cuando los hechos finales marcaron pautas y puntos de quiebre para algo más. Por ejemplo, para volver a comenzar.
La historia es breve y empezó una tarde en San Marcos donde me encontré con la señora Poroto en el pasadizo del Repertorio. La señora Poroto es una mujer que lleva décadas a cargo del área administrativa de literatura. Tomó el puesto en los tiempos de Antonio Cornejo Polar, y en su primer día de trabajo ordenó todos los papeles y documentos, fumó su primer cigarrillo y nunca más volvió a salir de esa oficina.
Se trata una mujer irascible, de mediana estatura y cabello de color incierto, que fuma cigarrillo tras cigarrillo y con la cual todos los estudiantes de literatura de San Marcos tienen que lidiar al momento de gestionar algún trámite. Tiene una oficina grande y bonita donde se ubica con comodidad, rodeada de sus ayudantes (dos o tres monos con peluca que están sentados frente a una computadora y que sueñan con ser como ella), quienes la acompañan en su labor.
La señora Poroto aparece de la nada en el pasadizo del Repertorio y se queda a un lado de los paneles, andando en círculos y vaivenes. Está solo a unos metros y toda la escena transcurre en cámara lenta. La observo por un rato, entre el suelo y las paredes, mientras echa chispas por los ojos y habla sola. Hasta que me ve.
––Oiga. Sí, usted, el joven de patillas, acérquese.
––Dígame, señora Poroto.
––Oiga, acaba de llamar un vocal de la Corte Suprema a la escuela. El señor necesita un profesor de literatura para su hijo. Justo salía a buscar a alguien y mire: lo he encontrado a usted.
––O sea que así por así, señora Poroto, como quien sale a comprar zapatos.
––¿Cómo?
––Nada, señora Poroto.
––Bueno, ¿le interesa o no?
Llamé al vocal dos días después y le dije quién era. Me saludó con solemnidad, me preguntó lo que hacía y luego pasó a contarme algunas cosas. Me dijo que tenía un solo hijo, un niño de doce años que estaba en primero de secundaria, un niño inteligente en plena etapa de madurez y al que habría que instruir en el arte de la literatura.
––Usted sabe, profesor: Borges, Vargas Llosa, Tolstoi, Dostoievski, Vallejo, El Quijote.
––Sí, ya veo.
Acordamos que las clases durarían dos horas, que serían todos los sábados y que la primera se impartiría el sábado siguiente. Cuando le pregunté su dirección me dijo que él vivía en un lado y su hijo en otro.
––¿Entonces a cuál casa iré? ¿A la suya o a la de su hijo?
––A la de mi hijo, profesor.
––Bien, entonces deme los datos.
––Pues, mire, profesor, qué le parece si mejor nos encontrarnos el sábado a las nueve en el Hotel Bolívar. Ya de ahí vamos juntos.
El vocal de la Corte Suprema era un sujeto alto, rechoncho, con anteojos plateados y de aire amable y simpático. Me saludó con la misma solemnidad que usó la vez que hablamos por teléfono y me pidió que antes de continuar lo acompañe a comprar algo.
Caminamos por el Jirón de la Unión. La mayoría de tiendas y comercios estaban aún cerrados. Hablamos del clima y de la ciudad. Al llegar a Cusco entramos a Metro, donde el hombre compró carne, pollo, fideos y esas cosas. Cuando salimos detuvo un taxi y le pidió al chofer que nos lleve a la Plaza 2 de Mayo. Al llegar, caminamos hasta la estación de combis que partían a Ventanilla y subimos a una.
El viaje duró media hora. En el transcurso el vocal me contó de su trabajo y de su trayectoria como abogado. Me habló de la revisión de todos los videos de Montesinos y la mafia y que, por cómo se presentaban las cosas, el Perú estaba más o menos jodido.
Bajamos en uno de esos paraderos zonales que suelen haber en Ventanilla, caminamos un par de calles y al llegar a una esquina el tipo se detuvo, sacó unas llaves y abrió una puerta de rejas.
La casa era grande, de un solo piso y lo bastante ventilada como para sentirse bien. Cuando entramos el vocal de la Corte Suprema llamó a su mujer y al niño. Dijo algo así como Mary, Raulito, acaba de llegar el profesor, ¿ya están listos?
Entonces salió una mujer de unos cuarenta años. Estaba vestida con ropa de casa. Era muy blanca, baja, de ojos minúsculos y de nariz larga. A su lado venía un niño sonriente. Era pequeño, muy pequeño, gordito y con anteojos. Llevaba el cabello corto y peinado de costado, como normalmente los niños gorditos llevan el pelo.
––Profesor, tanto gusto ––dijo la señora con timidez.
––Encantado ––dije yo.
––Profesor, hola, yo soy Raúl.
––Hola Raúl.
––El profesor es de San Marcos, hijo ––interrumpió el padre––. San Marcos: la universidad de los grandes escritores, poetas, filósofos e historiadores peruanos, ¿verdad, profesor?
––Bueno…
––Vallejo, Vargas Llosa, Bryce Echenique, Basadre, Riva-Agüero, Porras Barrenechea. ¿Alguna otra luminaria famosa que haya salido de las aulas sanmarquinas, profesor?
––César Calvo.
––Claro, César Calvo, tremendo poeta, ¿no es cierto, profesor?
––Así es.
––Caramba.
Luego pasé a un ambiente con una mesa mediana y un par de estantes repletos de discos y adornos. El vocal de la Corte Suprema me dijo está en su casa profesor, acá lo dejo con Raulito. Agradecí, tomé posesión de una silla mientras acomodaba mis cosas sobre la mesa. Luego le pedí a Raulito que se sentara a mi lado y comencé a revisar los papeles de la clase.
El niño me miraba con curiosidad y sonreía. Le hice algunas preguntas. Raulito era el primer puesto de su salón, le gustaban las matemáticas, quería ser ingeniero y de domingo a jueves estudiaba sus lecciones. Los viernes y sábados veía televisión y jugaba Play Station.
––¿Usted también juega Play?
––Antes jugaba un poco, pero solo el juego de fútbol.
––Winning.
––Sí, pero hace años que no juego nada.
––Winning es el juego que más me gusta. ¿Quiere jugar al final de la clase?
––Hoy no creo porque vamos a terminar casi al mediodía y tengo que irme rápido.
Durante cinco o seis sábados, a las nueve de la mañana, me encontraba con el vocal de la Corte Suprema en el Hotel Bolívar. Caminábamos hasta Metro, el vocal compraba cosas para llevar, subíamos a un par de vehículos e íbamos hasta Ventanilla.
Ya he dicho que el vocal era un sujeto jovial; así, durante todos esos viajes que hacíamos desde el Centro de Lima hasta el Callao no paraba de hablar sobre libros, historia, novelas, siendo todas nuestras charlas lo bastante amenas. Pero fue una mañana de esas en donde el vocal me habló de un caso que retuve por mucho tiempo. El del aprista que había agarrado a balazos a uno de los Miró Quesada y a su esposa a la salida del Teatro Colón en 1935, que por ello estuvo preso cincuenta años, que salió libre con la toma del poder del APRA y que por esos días se encontró cara a cara con él, en el Palacio de Justicia. Me dijo, además, que el mismo tipo podría contarme todo, que él podría conseguir su dirección. ¿Quería? Le dije que sí.
Las clases con el niño me sirvieron para revisar textos que había leído hacía mucho y que por entonces los tenía olvidados. Raulito escuchaba siempre en silencio y de rato en rato hacía alguna pregunta sobre tal aspecto de tal cuento o de tal novela. Su madre aparecía cada media hora a ofrecernos galletas y algo de beber.
Un sábado que me encontré con el vocal en el Hotel Bolívar e hicimos la ruta de siempre, el hombre se refirió a su familia. Habló de que la distancia que había entre ellos era solo física. Me dijo que él vivía con sus padres en Pueblo Libre, pues le quedaba más cerca al trabajo, que Raulito y su mamá vivían en Ventanilla porque esa era la casa de ellos, que él seguía amando a su mujer pero que a veces la vida era difícil.
Yo estaba un poco distraído, así que todo lo que dijo lo asentí en silencio. Entonces, cuando el vocal terminó de hablar me entregó un papel.
––Está viejo. Debe tener unos noventa años. Ojalá pueda servirle.
Eran los datos del sujeto.
––¿Vive solo?
––Ese hombre está solo en el mundo.
––Entiendo.
––¿Conoce la calle? ¿Conoce Barrios Altos?
Miro el papel. Leo la dirección.
––Es la que cruza la Plaza Italia. Sí, conozco Barrios Altos.
Ese sábado que llegamos a Ventanilla el sol había aparecido sobre nosotros. El viaje de ese día fue distinto al de los anteriores. Mientras el vocal me contaba los pormenores de su familia yo había comenzado a prestarle mayor atención a lo que veía por la ventana de la combi. Las largas pistas, las refinerías, las casas situadas al borde de las tantísimas pampas del distrito, el sonido del mar a pocos metros. La humedad, el calor de la humedad que se estrellaba sobre todas esas calles copadas de niños jugando, de padres trabajando y de madres haciendo el mercado.
Ese sábado hice mi clase sobre Dostoievski. Hablé de Humillados y ofendidos, El jugador y Los hermanos Karamazov. El niño tomaba leche, sonreía y luego hizo sus preguntas alrededor de los argumentos, los personajes y el escritor.
Cuando terminamos, como siempre, me dijo si quería jugar Play Station con él. Sus padres le dijeron que mejor no, que yo tendría cosas por hacer y etcétera. Yo me lo pensé bien. Siempre le decía que no al niño por X motivos. Pero ese sábado decidí que sí, que jugaríamos un partido. Un solo partido.
Raulito sonrió y me llevó con él.
Mientras acomodaba el disco y prendía el televisor me dijo que uno de los mandos no funcionaba bien, pero que no recordaba cuál era. Yo le dije que eso no importaba, que solo era un partido amistoso.
Entonces Raulito escogió a Brasil y yo, como hacía años atrás, escogí a Italia. Entonces el juego empezó y, tal como lo sospeché, Raulito tenía el control bueno y yo el malo.
En esos primeros minutos Raulito demostró todas sus virtudes, mandándose con tremendos jugadones (huachitas, chalacas, camotitos, sombreros, diagonales) sobre mi área. Eso mientras yo trataba de recordar las funciones de los botones, mientras luchaba contra los ataques frontales de Ronaldo y Romario, mientras forzaba al control a que haga algo bien.
Entonces Brasil metió dos golazos y Raulito andaba en su gloria y con cada gol dejaba el control a un lado y se ponía a bailar La Macarena y esas cosas que siempre bailan los gorditos del tipo de Raulito, o sea los gorditos cheverengues. Entonces antes de que terminara el primer tiempo Roberto Carlos dispara de cuarenta metros y pone el 3 a 0.
El segundo tiempo se inició al instante y Raulito, no me apena decirlo, como que me llegó al pincho. Entonces junto a Del Piero, al Pippo Inzaghi, a Camoranesi y me voy con todo sobre Brasil. Entonces Raulito dejó de vacilarse y se quedó callado. Entonces me acordé de todas las jugadas que había aprendido hacía tanto tiempo y meto uno, dos, tres goles. Entonces llega el cuarto gol en un centro del Pippo y un chalacón del Toro Vieri, y le volteo el partido a Raulito. Entonces el partido acaba y le digo a Raulito, feliz y matándome de la risa, bien jugado, Raulito, mientras Raulito me mira serio y dice algo que hasta ahora no olvido.
––Carajo, profesor.
Nunca más supe del vocal de la Corte Suprema ni de su esposa ni del niño.
Pocos meses después tomé un bus y me bajé en la avenida Abancay. Caminé entre el Mercado Central, lo crucé y fui hacia la Plaza Italia.
Iba con una mochila vieja. Una mochila que mi padre me regaló y con la que estudié los cinco años de universidad. En ella tenía lo de siempre: papeles, libretas, cigarros, caramelos de menta, un libro, una bufanda y una chompa.
Caminé con la mochila a mis espaldas. Sin más que eso y el papel con la dirección que me dio el vocal en una de mis manos.
Facundo Cabral (1937 – 2011)
Sunday July 10th 2011, 11:06 pm
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Homenaje

El cantautor argentino Facundo Cabral fue asesinado el sábado en Guatemala, donde había ofrecido dos conciertos. El crimen consternó a Álvaro Colom, presidente de uno de los países más violentos del mundo, así como a otros mandatarios presidenciales.
Cabral, de 74 años, se dirigía al amanecer al aeropuerto internacional de la capital para viajar a Nicaragua cuando el vehículo en que viajaba fue emboscado en el Boulevard Liberación por hombres armados con fusiles de asalto, informó la Policía. El artista recibió varios impactos de bala y murió en el lugar. El asesinato fue perpetrado el día en que Argentina conmemora su declaración de Independencia.
“Estábamos yendo al aeropuerto para (viajar a) Nicaragua. No sé nada más y no sé qué ocurrió, pero es de lamentar y es aterrador”, dijo su representante, David Llanos, quien conducía el vehículo y resultó ileso. Cabral ocupaba el asiento al lado del conductor.
Tres días de duelo
Los restos del cantautor argentino podrían ser repatriados en dos o tres días de acuerdo con el cónsul argentino en Guatemala, país que decretó tres días de duelo en honor al artista. Autoridades guatemaltecas señalaron, además, que investigaciones preliminares indican que el ataque sufrido por Cabral iba dirigido, en realidad, contra el empresario nicaragüense Henry Fariñas, quien había contratado al músico para actuar en Nicaragua y que viajaba junto a él en el vehículo atacado.
El cónsul argentino en el país, Enrique Vaca, dijo que los restos del trovador serán llevados a su tierra natal en dos o tres días. ”Creemos que se podría trasladar entre el lunes o martes porque se tiene que preparar el cuerpo y porque el caso está bajo investigación judicial”, precisó.
El reconocimiento
En 1970, Facundo Cabral grabó No soy de aquí, ni soy de allá. Empezó a ser conocido en el mundo, grabó en nueve idiomas con cantantes de la talla de Alberto Cortez, Julio Iglesias, Pedro Vargas o Neil Diamond entre otros.
Influenciado en lo espiritual por Jesús, Gandhi y La Madre Teresa de Calcuta, en literatura por Jorge Luis Borges y Walt Whitman, imprimió a su vida un rumbo espiritual de observación constante a todo lo que le ocurría, no se conformó con lo que veía y su carrera como cantautor tomó el rumbo de la crítica social, sin abandonar su habitual sentido del humor.