Segregación N° 1

 

Profesor particular en Ventanilla

 

 

 

Por Francisco Izquierdo-Quea

 

Pitágoras dice que las matemáticas son la última verdad y que solo hay un Dios.

Encontré esa frase en una hoja de block de la época en que fui profesor particular en Ventanilla, cuando los hechos finales marcaron pautas y puntos de quiebre para algo más. Por ejemplo, para volver a comenzar.

La historia es breve y empezó una tarde en San Marcos donde me encontré con la señora Poroto en el pasadizo del Repertorio. La señora Poroto es una mujer que lleva décadas a cargo del área administrativa de literatura. Tomó el puesto en los tiempos de Antonio Cornejo Polar, y en su primer día de trabajo ordenó todos los papeles y documentos, fumó su primer cigarrillo y nunca más volvió a salir de esa oficina.

Se trata una mujer irascible, de mediana estatura y cabello de color incierto, que fuma cigarrillo tras cigarrillo y con la cual todos los estudiantes de literatura de San Marcos tienen que lidiar al momento de gestionar algún trámite. Tiene una oficina grande y bonita donde se ubica con comodidad, rodeada de sus ayudantes (dos o tres monos con peluca que están sentados frente a una computadora y que sueñan con ser como ella), quienes la acompañan en su labor.

La señora Poroto aparece de la nada en el pasadizo del Repertorio y se queda a un lado de los paneles, andando en círculos y vaivenes. Está solo a unos metros y toda la escena transcurre en cámara lenta. La observo por un rato, entre el suelo y las paredes, mientras echa chispas por los ojos y habla sola. Hasta que me ve.

     ––Oiga. Sí, usted, el joven de patillas, acérquese.

     ––Dígame, señora Poroto.

     ––Oiga, acaba de llamar un vocal de la Corte Suprema a la escuela. El señor necesita un profesor de literatura para su hijo. Justo salía a buscar a alguien y mire: lo he encontrado a usted.

     ––O sea que así por así, señora Poroto, como quien sale a comprar zapatos.

     ––¿Cómo?

     ––Nada, señora Poroto.

     ––Bueno, ¿le interesa o no?

Llamé al vocal dos días después y le dije quién era. Me saludó con solemnidad, me preguntó lo que hacía y luego pasó a contarme algunas cosas. Me dijo que tenía un solo hijo, un niño de doce años que estaba en primero de secundaria, un niño inteligente en plena etapa de madurez y al que habría que instruir en el arte de la literatura.

     ––Usted sabe, profesor: Borges, Vargas Llosa, Tolstoi, Dostoievski, Vallejo, El Quijote.

     ––Sí, ya veo.

Acordamos que las clases durarían dos horas, que serían todos los sábados y que la primera se impartiría el sábado siguiente. Cuando le pregunté su dirección me dijo que él vivía en un lado y su hijo en otro.

     ––¿Entonces a cuál casa iré? ¿A la suya o a la de su hijo?

     ––A la de mi hijo, profesor.

     ––Bien, entonces deme los datos.

     ––Pues, mire, profesor, qué le parece si mejor nos encontrarnos el sábado a las nueve en el Hotel Bolívar. Ya de ahí vamos juntos.

El vocal de la Corte Suprema era un sujeto alto, rechoncho, con anteojos plateados y de aire amable y simpático. Me saludó con la misma solemnidad que usó la vez que hablamos por teléfono y me pidió que antes de continuar lo acompañe a comprar algo.

Caminamos por el Jirón de la Unión. La mayoría de tiendas y comercios estaban aún cerrados. Hablamos del clima y de la ciudad. Al llegar a Cusco entramos a Metro, donde el hombre compró carne, pollo, fideos y esas cosas. Cuando salimos detuvo un taxi y le pidió al chofer que nos lleve a la Plaza 2 de Mayo. Al llegar, caminamos hasta la estación de combis que partían a Ventanilla y subimos a una.

El viaje duró media hora. En el transcurso el vocal me contó de su trabajo y de su trayectoria como abogado. Me habló de la revisión de todos los videos de Montesinos y la mafia y que, por cómo se presentaban las cosas, el Perú estaba más o menos jodido.

Bajamos en uno de esos paraderos zonales que suelen haber en Ventanilla, caminamos un par de calles y al llegar a una esquina el tipo se detuvo, sacó unas llaves y abrió una puerta de rejas.

La casa era grande, de un solo piso y lo bastante ventilada como para sentirse bien. Cuando entramos el vocal de la Corte Suprema llamó a su mujer y al niño. Dijo algo así como Mary, Raulito, acaba de llegar el profesor, ¿ya están listos?

Entonces salió una mujer de unos cuarenta años. Estaba vestida con ropa de casa. Era muy blanca, baja, de ojos minúsculos y de nariz larga. A su lado venía un niño sonriente. Era pequeño, muy pequeño, gordito y con anteojos. Llevaba el cabello corto y peinado de costado, como normalmente los niños gorditos llevan el pelo.

     ––Profesor, tanto gusto ––dijo la señora con timidez.

     ––Encantado ––dije yo.

     ––Profesor, hola, yo soy Raúl.

     ––Hola Raúl.

     ––El profesor es de San Marcos, hijo ––interrumpió el padre––. San Marcos: la universidad de los grandes escritores, poetas, filósofos e historiadores peruanos, ¿verdad, profesor?

     ––Bueno…

     ––Vallejo, Vargas Llosa, Bryce Echenique, Basadre, Riva-Agüero, Porras Barrenechea. ¿Alguna otra luminaria famosa que haya salido de las aulas sanmarquinas, profesor?

     ––César Calvo.

     ––Claro, César Calvo, tremendo poeta, ¿no es cierto, profesor?

     ––Así es.

     ––Caramba.

Luego pasé a un ambiente con una mesa mediana y un par de estantes repletos de discos y adornos. El vocal de la Corte Suprema me dijo está en su casa profesor, acá lo dejo con Raulito. Agradecí, tomé posesión de una silla mientras acomodaba mis cosas sobre la mesa. Luego le pedí a Raulito que se sentara a mi lado y comencé a revisar los papeles de la clase.

El niño me miraba con curiosidad y sonreía. Le hice algunas preguntas. Raulito era el primer puesto de su salón, le gustaban las matemáticas, quería ser ingeniero y de domingo a jueves estudiaba sus lecciones. Los viernes y sábados veía televisión y jugaba Play Station.

     ––¿Usted también juega Play?

     ––Antes jugaba un poco, pero solo el juego de fútbol.

     ––Winning.

     ––Sí, pero hace años que no juego nada.

     ––Winning es el juego que más me gusta. ¿Quiere jugar al final de la clase?

     ––Hoy no creo porque vamos a terminar casi al mediodía y tengo que irme rápido.

Durante cinco o seis sábados, a las nueve de la mañana, me encontraba con el vocal de la Corte Suprema en el Hotel Bolívar. Caminábamos hasta Metro, el vocal compraba cosas para llevar, subíamos a un par de vehículos e íbamos hasta Ventanilla.

Ya he dicho que el vocal era un sujeto jovial; así, durante todos esos viajes que hacíamos desde el Centro de Lima hasta el Callao no paraba de hablar sobre libros, historia, novelas, siendo todas nuestras charlas lo bastante amenas. Pero fue una mañana de esas en donde el vocal me habló de un caso que retuve por mucho tiempo. El del aprista que había agarrado a balazos a uno de los Miró Quesada y a su esposa a la salida del Teatro Colón en 1935, que por ello estuvo preso cincuenta años, que salió libre con la toma del poder del APRA y que por esos días se encontró cara a cara con él, en el Palacio de Justicia. Me dijo, además, que el mismo tipo podría contarme todo, que él podría conseguir su dirección. ¿Quería? Le dije que sí.

Las clases con el niño me sirvieron para revisar textos que había leído hacía mucho y que por entonces los tenía olvidados. Raulito escuchaba siempre en silencio y de rato en rato hacía alguna pregunta sobre tal aspecto de tal cuento o de tal novela. Su madre aparecía cada media hora a ofrecernos galletas y algo de beber.

Un sábado que me encontré con el vocal en el Hotel Bolívar e hicimos la ruta de siempre, el hombre se refirió a su familia. Habló de que la distancia que había entre ellos era solo física. Me dijo que él vivía con sus padres en Pueblo Libre, pues le quedaba más cerca al trabajo, que Raulito y su mamá vivían en Ventanilla porque esa era la casa de ellos, que él seguía amando a su mujer pero que a veces la vida era difícil.

Yo estaba un poco distraído, así que todo lo que dijo lo asentí en silencio. Entonces, cuando el vocal terminó de hablar me entregó un papel.

     ––Está viejo. Debe tener unos noventa años. Ojalá pueda servirle.

Eran los datos del sujeto.

     ––¿Vive solo?

     ––Ese hombre está solo en el mundo.

     ––Entiendo.

     ––¿Conoce la calle? ¿Conoce Barrios Altos?

Miro el papel. Leo la dirección.

     ––Es la que cruza la Plaza Italia. Sí, conozco Barrios Altos.

Ese sábado que llegamos a Ventanilla el sol había aparecido sobre nosotros. El viaje de ese día fue distinto al de los anteriores. Mientras el vocal me contaba los pormenores de su familia yo había comenzado a prestarle mayor atención a lo que veía por la ventana de la combi. Las largas pistas, las refinerías, las casas situadas al borde de las tantísimas pampas del distrito, el sonido del mar a pocos metros. La humedad, el calor de la humedad que se estrellaba sobre todas esas calles copadas de niños jugando, de padres trabajando y de madres haciendo el mercado.

Ese sábado hice mi clase sobre Dostoievski. Hablé de Humillados y ofendidos, El jugador y Los hermanos Karamazov. El niño tomaba leche, sonreía y luego hizo sus preguntas alrededor de los argumentos, los personajes y el escritor.

Cuando terminamos, como siempre, me dijo si quería jugar Play Station con él. Sus padres le dijeron que mejor no, que yo tendría cosas por hacer y etcétera. Yo me lo pensé bien. Siempre le decía que no al niño por X motivos. Pero ese sábado decidí que sí, que jugaríamos un partido. Un solo partido.

Raulito sonrió y me llevó con él.

Mientras acomodaba el disco y prendía el televisor me dijo que uno de los mandos no funcionaba bien, pero que no recordaba cuál era. Yo le dije que eso no importaba, que solo era un partido amistoso.

Entonces Raulito escogió a Brasil y yo, como hacía años atrás, escogí a Italia. Entonces el juego empezó y, tal como lo sospeché, Raulito tenía el control bueno y yo el malo.

En esos primeros minutos Raulito demostró todas sus virtudes, mandándose con tremendos jugadones (huachitas, chalacas, camotitos, sombreros, diagonales) sobre mi área. Eso mientras yo trataba de recordar las funciones de los botones, mientras luchaba contra los ataques frontales de Ronaldo y Romario, mientras forzaba al control a que haga algo bien.

Entonces Brasil metió dos golazos y Raulito andaba en su gloria y con cada gol dejaba el control a un lado y se ponía a bailar La Macarena y esas cosas que siempre bailan los gorditos del tipo de Raulito, o sea los gorditos cheverengues. Entonces antes de que terminara el primer tiempo Roberto Carlos dispara de cuarenta metros y pone el 3 a 0.

El segundo tiempo se inició al instante y Raulito, no me apena decirlo, como que me llegó al pincho. Entonces junto a Del Piero, al Pippo Inzaghi, a Camoranesi y me voy con todo sobre Brasil. Entonces Raulito dejó de vacilarse y se quedó callado. Entonces me acordé de todas las jugadas que había aprendido hacía tanto tiempo y meto uno, dos, tres goles. Entonces llega el cuarto gol en un centro del Pippo y un chalacón del Toro Vieri, y le volteo el partido a Raulito. Entonces el partido acaba y le digo a Raulito, feliz y matándome de la risa, bien jugado, Raulito, mientras Raulito me mira serio y dice algo que hasta ahora no olvido.

     ––Carajo, profesor.

Nunca más supe del vocal de la Corte Suprema ni de su esposa ni del niño.

Pocos meses después tomé un bus y me bajé en la avenida Abancay. Caminé entre el Mercado Central, lo crucé y fui hacia la Plaza Italia.

Iba con una mochila vieja. Una mochila que mi padre me regaló y con la que estudié los cinco años de universidad. En ella tenía lo de siempre: papeles, libretas, cigarros, caramelos de menta, un libro, una bufanda y una chompa.

Caminé con la mochila a mis espaldas. Sin más que eso y el papel con la dirección que me dio el vocal en una de mis manos. 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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12 Responses to Segregación N° 1

  1. Apátrida says:

    Lo que hace el fútbol: matar una vocación literaria.

  2. Cindy says:

    Muy bueno Panchito!!! Pero quiero saber qué pasa con el tío de Barrios Altos

  3. LuchinG says:

    Por un momento pensé que no estabas yendo para ningún lado, pero quedó bacán. Me quedó la duda de si el protagonista se llega a dar cuenta de que fue tan ridículo como la Sra. Poroto y el vocal.

  4. elenita de troya says:

    si si, yo también quiero saber qué pasa en Barrios Altos, espero que haya una segunda parte porque escribes muy lindo, Panchito.

  5. yo says:

    Sinceramente tu humor es aburrido. Una historia mal contada a partir de ese aburrimiento.

  6. base 99 says:

    excelente historia! imagino que la segunda parte es el cuento que aparece en BONITAS PALABRAS

  7. Sharey says:

    Me quedo con la sensación de ya estar familiarizada con la historia… ya la habías publicado? o es que la habíamos conversado?

  8. maribel says:

    m tuviste pegada, se lo lei a Adriano y le gusto pero no entendio algunas cosas.¿y Barrios Altos?

  9. chico del barrio says:

    Espero la segunda parte. me encantó la historia, ese carajo fue genial.

  10. lore says:

    sigue así y triunfarás

  11. mexican girl power says:

    Me encantó! Raulito es entrañable!

    Bien jugado!!

  12. yo says:

    tu relato se pierde en el pseudo humor que manejas.