“Oz” *
Monday October 10th 2011, 8:23 am
Filed under:
Creación
“Ese último nervio tuyo tan fino / que se hace alma”
El otro Asterión, José Watanabe
Para Micaela Chirif
Por Carlos Yushimito
El hombre de hojalata ha hecho crujir sus viejas articulaciones para que yo pueda oírlas. Es un sonido semejante a romper nueces con una tenaza o con dientes igualmente enérgicos. Antes lo hacía con frecuencia: me refiero a que cascaba frutos secos, no sólo nueces, y me daba la mejor parte de la pulpa recién partida para que yo pudiera comerla. Pero llegó un tiempo en que no lo hizo más. Dejó de hacerlo, y yo me resigné a que las nueces y los frutos secos ya no formaran parte de mi dieta. Ahora sólo imita el ruido de aquellos tiempos cada vez que su duro cuerpo de latón es incapaz de exagerar; y a mitad de cualquier noche o día, el crujido de sus coyunturas se le quiebra como una bisagra de cosa vieja y gastada que no termina por cerrarse nunca.
–¿Qué pasa? –le pregunto.
A un lado del comedor lo encuentro atareado, flexionando su brazo de arriba abajo, como si, de un momento a otro, esperara sacar agua de algún pozo invisible. Hace treinta minutos que lo oigo trajinar. Y lo único que ha logrado hasta ahora es que yo abandone, impaciente, la lectura del diario, y que su voz acabe por derramarse como una resonancia hueca que, en otra ocasión, incluso, yo mismo hubiera calificado de triste.
–Me parece que algo anda mal conmigo –dice H.H.
Verlo manipular así su burda osamenta artificial me resulta penoso; pero no se lo digo.
–Es normal que pase –lo tranquilizo–. Tarde o temprano también tenía que sucederte.
–¿Qué cosa, Harumi?
–Envejecer.
El hombre de hojalata mueve la cabeza, negando, enfáticamente.
–Creo que me estoy oxidando.
Y para evidenciar lo dicho, mueve otra vez los pernos de sus antebrazos y los oye rechinar agudamente, una, dos, tres veces, antes de detenerse. Ahora no cabe duda. Hace lo mismo con el resto de su cuerpo, y al rato concluimos que las cosas no parecen lucir mejor que antes.
–¿Será así la muerte?
–No lo sé –le digo.
–¿Cómo que no lo sabes? –dice él, regañándome–. Se supone que todo lo sabes.
Hace mucho que sostuvimos esta conversación; creo recordarla. Pero ahora estoy exhausto y viejo y comprendo que nunca acabará de creer lo que yo le diga, no importa cuántas veces se lo repita. Pronto tampoco lo creeré yo mismo: habré olvidado, acaso, todo lo que le dije alguna vez. Esa es la verdad de esta historia.
–No lo sé –repito, avergonzado, y vuelvo al diario.
–Pues deberías –concluye.
Y, como si no me hubiera oído, sigue haciendo sonar sus viejas vértebras de lata, sólo para hacerme rabiar.
* * *
Continuar leyendo…
* “Oz” es uno de los cuentos incluidos en el último libro de Carlos Yushimito: Lecciones para un niño que llega tarde.
La parodia climática
Tuesday October 04th 2011, 10:11 pm
Filed under:
Reseñas
Por Carlos Zambrano Pérez
Aunque Ian McEwan (Aldershot, 1948) no podría ser catalogado como un escritor contemporáneo, su última novela, Solar, sugiere la disyuntiva de si un autor se inscribe dentro de un grupo a partir de su “generación” o de los libros que escribe; y es que en Solar, McEwan ha logrado configurar un personaje acorde con los conflictos del siglo XXI, un personaje que, desde las primeras páginas, logra sellar un pacto de complicidad con el lector y, a la vez, va condensando en torno de sí una atmósfera en la que no cabe sino sumegirse:
Pertenecía a esa clase de hombres vagamente anodinos, a menudo calvos, bajos, gordos, inteligentes, que inexplicablemente atraían a determinadas mujeres hermosas. O él pensaba que las atraía, y al pensarlo parecía que era así. Y le convenía que algunas mujeres creyeran que era un genio al que había que salvar. Pero el Michael Beard de esta época era un hombre de mentalidad estrecha, anhedónico, monotemático, afligido (p. 13)
La novela narra tres periodos, cada uno correspondiente a un capítulo: “2000”, “2005” y “2009”, en la vida de Michael Beard, físico que hace ya varios años ganó el Premio Nobel y que atraviesa un conflicto matrimonial: Patrice, su quinta esposa -las cuatro anteriores lo han abandonado a tiempo, luego de descubrir las pobres posibilidades que él ofrecía como padre-, lo engaña con el constructor de la casa, Rodney Tarpin (Tarpin, aquel puñado de músculos y cuya lectura más compleja ha sido el último periódico deportivo). Desde un principio, el narrador coloca sus cartas sobre la mesa, nos presenta a su irresistiblemente patético personaje, aquel contraste entre el sujeto realizado en el ámbito público y el sinónimo del fracaso en un plano tan íntimo como el conyugal.
En otro tiempo había podido mejorar su imagen ante el espejo estirando hacia atrás los hombros, manteniéndose erguido, tensando los abdominales. Ahora la grasa humana recubría sus refuerzos. ¿Cómo era posible que retuviese a una joven tan hermosa como ella (Patrice)? ¿Sinceramente había pensado que la posición social bastaba, que su Premio Nobel la conservaría en su cama? (p. 16).
Los problemas empezarán a raíz de unos emails encontrados por Patrice. Todo parece claro: Beard le ha sido infiel. Su reacción, no obstante, romperá todos los esquemas conocidos por él a partir de sus relaciones anteriores, y, además, agudizará su deseo por esa mujer que, a partir de entonces, le resultará inalcanzable. ¿Por qué, si cuando al descubrir una infidelidad, sus esposas anteriores se enfurecían o montaban dramas, lo sermoneaban acerca de la gravedad de la confianza traicionada, la reacción de Patrice era tan distinta?: “Pero cuando Patrice topó por casualidad con unos emails de Suzanne Reuben, una matemática de la Universidad de Humboldt de Berlín, se puso anormalmente eufórica. Esa misma tarde trasladó su ropa al dormitorio de invitados” (p. 15).
Los conflictos sentimentales de Beard se desarrollarán dentro de una problemática indiscutiblemente actual: las consecuencias del cambio climático y la búsqueda de nuevas formas de energía limpia; y es que Beard, el físico Michael Beard, de ya no poder sentarse a reflexionar una hipótesis mínimamente atractiva a raíz de ese pedestal inamovible de los laureados por el Nobel, de ya solo prestar su nombre a las universidades, brindar su opinión en la concesión de becas y evaluación de proyectos, de volar en asientos de primera clase pagados por otros, pasará, en un giro inesperado en la historia, a tomar parte en un proyecto cuyo fin es trabajar en nuevas formas combustibles a base de energía solar, todo ello para salvar al planeta de ese Apocalipsis que le ha pisado los talones a lo largo de la Historia, ese “muy pronto y muy cerca” constante que ha sugestionado generaciones enteras, pero que esta vez ya no se sustenta como una plaga mística o un castigo divino, sino en una fuerte base científica: la Tierra se está calentado y, de no hacer algo ahora, no habrá marcha atrás.
Es notable, llegado este punto en la trama, el trabajo de documentación llevado por el autor. El narrador se introduce en los pensamientos de su personaje, familiarizándolo con una serie de términos que, si bien parecen inaccesibles para el lector en más de una ocasión, fortalecen el efecto de verosimilitud. Durante sus conferencias, Michael Beard enumera los beneficios de esta nueva forma de energía, afirmando que serán innumerables no sólo en el campo de la preservación ambiental, sino también en el ámbito económico: “O bien frenamos la marcha hasta llegar a la parálisis o afrontamos una catástrofe económica y humana a gran escala durante el tiempo de vida de nuestros nietos” (p.189)
Nuevas formas de energía, infidelidades, el contraste entre el letargo del éxito público y la crisis sentimental -acaso lo único realmente interesante en su vida, piensa Beard en algún momento-. La historia, sin duda, es sencilla; son sin duda el orden, los juegos con el tiempo y la dosificación de la información lo que llama al lector a adentrarse en el juego de McEwan, a trasladarse del último matrimonio de Beard a la relación de sus padres, de los meses con una novia universitaria a una llamada de su pequeña hija, pidiéndole verlo. Un aspecto relevante en este sentido es que el libro no mantenga una continuidad adyacente y acumulativa en los sucesos (personajes que van adhiriéndose a la trama para mantenerse hasta el final); sino que cada capítulo parta de un momento parcialmente independiente de la conclusión del que lo precede. Tenemos así que “2000” el primer capítulo, concluye con una reflexión y un juicio para, al empezar “2005”, trasladarnos de inmediato cinco años después a bordo de un avión y culminar con una tentativa de aborto. “2009” iniciará en un bar rememorando los primeros años de Beard, y con el futuro del proyecto solar en juego. ¿Cómo llegó el personaje aquí? ¿Qué busca? ¿Cómo se solucionó el conflicto anterior? Son preguntas que se hará el lector y que se irán solucionando de forma paulatina.
La novela, aunque narrada en tercera persona, logra adentrarse con soltura en los deseos, digresiones y conflictos internos del protagonista. Las reflexiones y retornos a un pasado frente al cual el Nobel ya ha adquirido perspectiva, añadidos a diálogos inteligentes, dinámicos, aportan fluidez y profundidad a la historia. Veamos una conversación de Beard con su sexta pareja, Melissa, al enterarse de que ella está embarazada:
-¿De cuánto estás?
-De siete semanas.
-¿Cuándo lo supiste?
-Anteayer.
-Melissa, dime. ¿Ha sido un accidente?
Ella se le acercó y le apretó la mejilla con la mano. Él sintió de nuevo el radiante calor de su cuerpo. Pensó estúpidamente que Melissa era un horno en el que había un panecillo. Un panecillo de los dos. Ella susurró finalmente:
-No
-¿Dejaste de tomar la píldora?
-Las tres últimas veces que hicimos el amor no tomé la pildora.
-Deberías habérmelo dicho.
-Te habrías opuesto (p.221)
McEwan logra, en tiempos en que la fluidez parece ser sinónimo de superficialidad, engarzar entretenimiento y calidad, brindar una historia bien armada, manteniendo algunos tópicos que parecen ser cada vez más necesarios en el mercado editorial: dosis de humor, conflictos sentimentales y una historia que, aunque por momentos gira en torno a dilemas reflexivos, en ningún momento pierde ritmo e intensidad, y ello es un punto más a su favor. Más aún, retoma tópicos tan trillados como el amor o ese Fin del mundo siempre próximo, matizándolos en pleno siglo XXI desde una perspectiva novedosa: Ciencia, el problema de la capa de ozono y la solución en esa bola de fuego gigante que ha estado siempre ahí, sobre nosotros.
Ian McEwan
Solar
Barcelona, Anagrama, 2011. 353 pp.
LA PALABRA VIAJERA: DIPLOMACIA Y LITERATURA

Dos mesas redondas dedicadas a los vínculos entre la diplomacia y la literatura, vocaciones largamente relacionadas, tendrán lugar en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería (Jr. Ucayali 391, Lima) los días miércoles 5 y 12 de octubre a las 7pm, con la participación de seis reconocidos escritores y diplomáticos peruanos que, en paralelo a sus labores, han dedicado su vida a la literatura. El ingreso es libre.
El miércoles 5 de octubre se presentarán los escritores Harry Belevan, Carlos Herrera y Carlos Amézaga. La mesa estará a cargo del Embajador Javier Pérez de Cuéllar.
La mesa redonda del miércoles 12 de octubre estará integrada por los escritores Alberto Massa, Alejandro Neyra y José Zapata. Esta mesa será presentada por la Embajadora del Reino de Marruecos, Oumama Aouad, quien conoce mucho de la literatura peruana e hispanoamericana.
Queremos recordar a nuestros lectores que Carlos Amézaga y José Zapata han colaborado en nuestra revista y Alejandro Neyra colabora actualmente en el nuestro blog con su columna “Vagamente muchos peruanos”.
El dios Hermes, quien aparece en la imagen, es el dios mensajero del Olimpo, pero también de muchas cosas más: de las fronteras, de los viajeros que las cruzan, de los oradores y el ingenio, de los literatos y de los poetas. Finalmente, también es el mediador por excelencia e inspirador de toda negociación, de todo diálogo y toda diplomacia.
Mayor información en www.ccincagarcilaso.gob.pe
El surreal encanto de las apariencias. “Él” de Luis Buñuel
Sunday October 02nd 2011, 7:44 pm
Filed under:
Cine
Por Jorge Ruesta
En varias encuestas realizadas en los últimos meses, se escogieron las mejores películas latinoamericanas de todos los tiempos, listas donde el director español es mencionado más de una vez. Los olvidados es para muchos de nosotros su mejor película hecha en México; sin embargo, este texto lo dedicaré a Él, esa pequeña joya que también suele ser incluida, y que pese a conocerse menos, es una de sus obras más poderosas y personales.
Buñuel solía decir que de olvidar alguna parte de su guión durante el rodaje, o previo a él, colocaba un sueño. Desde que filma El perro andaluz en 1928, junto a su compinche Salvador Dalí, el universo de Buñuel se conforma por una cadena de conceptos ilógicos y represiones extasiadas, fundados en el onirismo, el cual pronto tomó el nombre de corriente surrealista. Es cierto que existieron otros directores e intelectuales involucrados en el proyecto surrealista, incluso el maestro Hitchcock incluyó a Dalí en la dirección de arte en su película Spellbound. Sin embargo, es Buñuel realmente el fundador, máximo representante y el artista por antonomasia del surrealismo en el cine. Su recorrido dejó huella tanto en su natal España como en México y, finalmente, Francia, países en los que destacó tanto su cine como su compromiso con la nación que lo acogió. Es además en México donde realiza dos de las películas más importantes del cine latinoamericano: Los olvidados y Él.
En Él, Francisco Galván es un hombre soltero, de buena posición, admirado y respetado por todos. Es el tipo que se gana la admiración por herencia, casi en forma gratuita, así como la fortuna familiar. En Galván (interpretado por Arturo de Córdova), Buñuel encuentra además un sujeto de estudio y acaso un alter ego ideal. La paranoia detrás de las formas. El hombre a punto de estallar dentro de un mundo que ya lo ha encasillado. Pronto comenzará a revelarse como un hombre impaciente, indolente y machista. Gloria, la prometida de su amigo, termina cayendo a los pies del magnate sin imaginar que la pesadilla de los celos y la psicología de su cónyuge podría llevarla incluso a perder la vida. Francisco se toma en serio su papel de dueño del mundo. Grita, hace pataletas, manipula, desprecia y ataca como un animal que en realidad siente más miedo que sus víctimas; campo fértil para que Buñuel aplique su máxima y convierta todo en una intervención onírica, pero ahora más reposada, sin los aspavientos de sus inicios, dosificándola, pero sin dejar de hacerla presente.

Desde el inicio, esa conocida fascinación por los pies, pies puros, dignos de ser lavados y besados solo por hombres como Francisco, hace su intromisión y nos dice que la obsesión ha sido marcada. Si los pies de los niños merecen los besos de los sacerdotes, los de Gloria solo merecen los suyos. En adelante la historia se mueve como una anécdota más, pero luego una elipsis nos despierta para recordarnos que ésta es una película de Luis Buñuel: Gloria, en un flashback detallado, nos cuenta el proceso de degeneración de Francisco y cómo los celos lo llevan a acusar a su mujer de infiel, a insultar a sus amigos cercanos, a dispararle con balas de salva (una de esas escenas que te dejan frío) y, por último, a confesarle su desprecio por la especie humana en lo alto de un campanario, donde está a punto de lanzarla al vacío (esta escena homenajearía luego Hitchcock en Vertigo, quien se declaraba su gran admirador). A manera de un ciudadano Kane en el DF, Francisco se consume en su propio infierno, dentro de un mundo en el que aparentemente lo tiene todo, está limitado por sus miedos y sus inseguridades. Ese mundo finalmente se limita al espacio marcado por el bastón con el que golpea las escaleras de su enorme mansión, en una gratificante secuencia. La paranoia de Francisco encuentra sus picos más altos cuando concluye que coser la vagina de su esposa es la mejor solución para vigilarla o, por último, cuando escucha las supuestas risas de quienes antes lo respetaban.
Buñuel reescribe la novela de Mercedes Pinto y se compromete con el personaje, lo convierte en él mismo y desmonta el oficio cinematográfico buscando el despertar del espectador, siempre pasivo y cómodo, a quien le puede lanzar huevos desde la pantalla como en Los olvidados o, en el caso de Él, a través del montaje que lanza burlas y mofas, en cortes atrevidos, hacia el personaje de Francisco. Personaje que no puede ser completamente odiado porque después de todo es parte de nosotros como seres humanos, tanto que hasta provoca cierta empatía. Ello lo convierte además en uno de los grandes antihéroes del cine. En este caso, el director español, quien se declaraba tan celoso y arrogante como su Francisco Galván, dejó los sueños de lado para rellenar los vacíos de su obra, y los completó con su propia personalidad, esa que provocaba respeto y aversión a la vez.