Segregación N°1

UGC Les Halles

 

Por Francisco Izquierdo-Quea

 

 

El tipo comenzó su charla hablando de jazz, París, el cine, y luego pasó a los Beatles y Lennon. Su mirada no se detiene: va por la ventana lateral del bar, la barra, su copa, el paquete de cigarrillos, sobre mí. Cuenta que estuvo en la Fuerza Aérea de Luisiana junto a Lee Harvey Oswald. Se llama Richard. Es alto y gordo, de aspecto cremoso, y de unos sesenta años. Dice que nunca se casó, que vive en París desde el 93 y que antes permaneció unos años en Montpellier y Marsella.

Pregunta: «¿Le gusta Lennon?». Respondo: «A todo el mundo le gusta, ¿no?». El tipo sonríe. Lleva el abrigo abierto, su copa está sobre la barra, las manos le cuelgan a los lados. Dice que es un ex agente. Dice: «Le voy a contar algo, soy un ex agente». El movimiento de sus labios es apenas perceptible. Afirmo con la cabeza y bebo un par de sorbos del vaso. No me da tiempo para más. «Le voy a contar algo, yo tuve la orden de seguir a Lennon apenas se instaló en Nueva York, en el 71. ¿Tiene idea de lo que pasó en esos años? Lennon era un pacifista que criticaba la intervención en Vietnam. Luego esas críticas se convirtieron en burlas hacia el gobierno de Nixon y sus fracasos frente al Vietcong. ¿Sabe de eso o no sabe de eso?» 

 

***

 

      ––¿De qué color son mis ojos?

      ––En el día, azules. En la noche, verdes.

      ––¿Cuáles son mis películas favoritas?

      ––Bailando en la oscuridad, Underground y Persépolis.

      ––¿Y mi color preferido?

      ––El blanco.

      ––¿Cuál es mi canción favorita?

      ––«Baby one more time».

      ––¿En qué luz me veo mejor?

      ––Entre focos de luz rosa suave de 20 watts y en el atardecer de París de mediados de verano.

      ––¿Cómo fue que te enamoraste de mí?

      ––No lo sé.

      ––¡Cómo que no lo sabes! Horacio, por favor. ¡Esto es importante!

      ––Francamente no recuerdo cómo sucedió. Un día desperté y mi vida había terminado. Siguiente pregunta.

      ––A veces tu maldad puede llegar a límites insospechables, Horacio. Eres malo. ¡Realmente malo!

      ––¿Por qué dices que soy malo?

      ––Porque eres pobre y porque todos los pobres son malos. Es una ley universal, Horacio.

      ––¿Quién dice eso? ¿El Frente Nacional?

      ––¡Imbécil!

Piera cogió sus cosas y salió de la habitación dando un portazo. El eco del golpe permaneció en el ambiente durante algunos segundos. Suspiré, convencido de que ahora, para arreglar todo, tendría que ir tres días seguidos a su casa a decirle que era hermosa y que nunca la cambiaría por alguien más joven. Es difícil hacer eso con una mujer que usa crema fría y pantuflas de conejos. «En fin», me dije, y continué sobre el sofá meditando el asunto un poco más. Al rato me incorporé, encendí un cigarrillo y me puse a hojear algunas revistas que tenía a un lado del escritorio. Me quedé con una del Frente Nacional que había encontrado en el metro. Leí el artículo: «¿Por qué la Francia de hoy necesita un rey?», que estaba enlazado con una entrevista a Henri d’Orléans. Luego me topé con muchas páginas que defendían la colonización, y otras que decían que la matanza hecha por Anders Behring Breivik en Noruega no era un acto de la derecha. Dejé eso a un lado, tomé el último número de Gatitos en moto (edición dedicada a Pynchon, Irving, Vargas Llosa, Belli, Moro y Arguedas) y me puse a leer una reseña escrita por Mesías Evangelista.

 

***

 

Desperté cuando las luces comenzaron a encenderse y la gente ya estaba de pie. Tenía los ojos aún nublados, así que no pude distinguir mucho más que figuras inciertas en la sala y las letras de los créditos en el ecran. De un impulso me acomodé en el respaldar del asiento. Traté entonces de recordar lo que había soñado.

No lo conseguí.

Luego oí palabras corridas, rápidas, y risas tenues. Vi que las personas que venían de las primeras filas me observaban con curiosidad. Algo debía tener mi rostro. Quizá la expresión de alguien que se ha pasado durmiendo la película entera y que no tiene idea de dónde está.

Eran las tres de la tarde cuando salí del UGC Les Halles. La ciudad estaba igual que siempre. El cielo encapotado en nubes oscuras, un ambiente plomizo, y una llovizna arrastrada por pequeñas ráfagas de viento. No tenía mucho por hacer, así que abrí el paraguas y me puse a andar. Caminé durante un rato, esquivando a todos los que pasaban junto a mí. Tuve ganas de beber algo. Llegué hasta Odeón y decidí seguir hasta la rue Monsieur le Prince, que es donde hay un bar que me gusta. Cuando entré había pocas personas, algunas parejas y otros tipos de aire común. Tomé un lugar en la barra y pedí una cerveza. Bebí un poco y al instante recibí la llamada de Piera.

Piera llamó para decirme que no intentara buscarla porque se iba por tres días con sus amigos de Mayo del 68 a un país del Este (Bulgaria o Rumania, lo olvidé). El propósito del viaje era el mismo de todas las veces: cumplir una labor social en un mitin o algo por el estilo. Nunca entendí la compatibilidad de los gustos de Piera con su participación en la izquierda y los viajes que hacía con la gente del 68 a ese tipo de países, siempre a mítines o congresos de nombres extraños, del tipo «Por el Derecho de Educación para el Hijo del Obrero», donde eran recibidos entre aplausos, y donde dejaban víveres, ropa, plata, en una muestra de apoyo a las causas del proletariado. Luego de eso, Piera y el resto volvían a París a discutir sobre adónde se irían de vacaciones y a comer queso.

El tema político era corriente en nuestras sobremesas. Piera decía que yo no tenía conciencia social y que debíamos arreglar eso. «Con Andrey viví plenamente en ese ritmo, Horacio. Tienes que cambiar y dejar de leer solo literatura, hay cosas más importantes en el mundo». «La política corrompe a la gente, Piera. Tú si quieres sigue en eso, yo estoy tranquilo así». «Eres un mediocre, Horacio. Eso tenemos que cambiarlo. Yo pensaba que tus deficiencias radicaban en el hecho de que eres extranjero y que no tienes plata, pero ahora me doy cuenta de que es algo casi patológico». «¿De qué estás hablando, Piera?». «Como tú, Andrey también vino de un país pobre, pero él se acopló rápidamente al ritmo de esta ciudad y de Francia. Además hablaba un francés excelente, nada comparado con lo que tú crees que es francés. Y leía mejores libros que tú también. A diferencia de ti, que solo lees escritores norteamericanos y japoneses, Andrey ha leído a escritores de todo el mundo. ¿Tú has leído a alguien de Kenia o de Nueva Zelanda? Dime, Horacio. Responde».

Además de compararme siempre con su anterior relación, con Piera veníamos arrastrando cierto malestar por un altercado de hacía dos semanas. Piera quería cambiar de auto y yo le dije que para qué si el que tenía estaba bien. Ella refutó mis argumentos hablando sobre las virtudes del nuevo Renault nosecuantitos. Entonces le dije: «Un momento, Piera, ¿tienes o no la plata para comprarte ese carro?». Ella dijo: «No, por eso voy a pedir un préstamo en el banco. Pido quince mil euros y termino pagando quince mil cuarenta euros. Una ganga». Dije: «Para qué te vas a endeudar en vano, Piera. Quédate con tu carro tranquila y ahorra para comprarte otra cosa». Ella: «No sé para qué pierdo el tiempo hablando contigo, Horacio, si no tienes la más mínima visión comercial ni de progreso. Andrey tenía una visión más desarrollada que la tuya». Y una vez más comenzó a hablar de Andrey, el ruso que era más inteligente que yo, que leía más que yo, que hablaba francés mejor que yo y todo eso. La escuché volteando de tanto en tanto los ojos. Aproveché una de sus pausas y le dije: «Piera, a Andrey lo devolvieron a su país por vender coca y hash en la Cité Universitaire. ¿Por qué insistes en compararme con él?».

Piera comenzó a gritar, dijo que yo era un analfabeto y un feo. Luego volvió a hablar más sobre Andrey.

Y así pasaba la vida entre nosotros.

Ahora estoy en el bar hablando por teléfono con ella. Piera corta la conversación. Me dice adiós y que vuelve el domingo. «Tenemos que hablar ese mismo día», dice Piera. Respondo que está bien, que hablaremos ese día. Cuando guardo el teléfono y vuelvo para acomodarme en la barra, el tipo aparece a mi lado.  

 

***

 

Bandeja de entrada Yahoo. Correo de Mesías Evangelista.

Qué bueno que te haya gustado la reseña. El libro del pata está en algo, al menos unos tres o cuatro cuentos me parecieron pajas. Lástima que más allá de este y de otro libro que pueda publicar no creo que el bróder llegue a más. Tampoco es que se pueda esperar mucho de los escritores peruanos y menos del mercado editorial peruano. ¿Dónde has visto eso de que si el escritor no paga la editorial no le da sus libros? Por eso estamos jodidos.  

No sé por qué hoy he despertado con esa canción cojuda de Sui Generis, esa de «Y rasguña las piedras». Seguro que la estuve soñando. ¿Recuerdas cuando hace años los Sui Generis cayeron en Lima y un montón de imbéciles fueron a su concierto? Charly García y Nito Mestre, un par de pastrulos cantando pastruladas. Eso es Sui Generis. Los hippies cagaron al mundo con su basura.

Te cuento que vi a tu pata Toño Cabezas. Estuvo en NY hace un par de semanas, seguro debes saberlo. Me cayó bien pero me pareció un poco huevón. Se pasó media hora hablándome de la tesis doctoral que hace en París, que por el momento solo se dedica a investigar y que está más o menos jodido conseguir trabajo allá. Cuando le pregunté que por qué no se iba a Lima a trabajar me dijo que no le hacía falta, que como tenía pasaporte de la UE se podía quedar el tiempo que quisiera en Francia. Insistí con el tema de Lima. «Ahora hay trabajo por allá, compadre, deberías considerarlo». Ahí fue que Cabezas se quedó calladito y me dijo luego que tenía un roche con Nadine Heredia, sí, la esposa del presidente. «Me odia. Hace años la cerré con un proyecto y ahora me detesta». ¿Tú qué crees? Yo me cagué de risa en su cara y el huevón de Cabezas se puso a chupar nomás. Seguro si caemos en Lima, vamos a Palacio de Gobierno y le preguntamos a Nadine por él nos responde: «Ah, sí, Toño Cabezas, un maricón más que vive en París». «Pero él no es maricón, Nadine», le diríamos. Y ella replicaría: «Es maricón, solo que todavía no sabe que es maricón».  

También vi el partido de Perú contra Chile y me llegó al pincho. Una vez más nos cagaron con el árbitro y terminaron robándonos. En fin, ya fue. Solo te puedo decir que a los ecuatorianos les vamos a ganar. No, no solo les vamos a ganar: les vamos a sacar la mierda. Cinco goles les vamos a meter, dos de Paolín y tres de la Foca. Como para que sepan que en el Perú también hay negros.

(Acá el monse de Bryan me dice que como jugamos de visita no la hacemos y que a las justas sacamos un empate. Está hueveras. No tiene fe en el equipo ese imbécil).

Mi vida ha cobrado un vuelco inesperado. Terminé con Christine luego de año y medio de relación. Me siento un poco triste pero ya. Lo importante es que esto me ha llevado a pensar en cuánto tiempo más estaré acá. No es que me muera por volver a Lima, pero hay momentos (como ahora) en que uno está en medio de disyuntivas. Que qué pienso, te preguntarás. Pienso que el problema de todo está en las mujeres y en que no iba a llegar a nada con Christine. También pienso que sí, que tarde o temprano voy a dejar NY y que volveré a Lima a hacer no sé qué chucha y a casarme con una chola. Esa es la realidad, Horacio, y hay que asumirla. Hay que asumir que lo que queremos es a nuestras cholas. Una buena chola que te reciba cuando llegues borracho a la jato, que te quite las tabas, que te sirva tu calderón, que te diga ya, ahora duerme, mañana hablamos, y que no ande jodiendo por cualquier huevada. ¿Entiendes? No quiero una mujer que piense ni que me hable de literatura, porque para eso tengo a mis amigos. Pero tampoco creas que soy un huevón. Sé que a estas alturas del partido es difícil conseguir a alguien así. Esta generación de cholas está cagada. Tienen todo lo que tuvieron nuestras viejas pero no saben cocinar. Por lo tanto, ¿qué vamos a comer? Eso es lo que ha traído la liberación femenina pues. La liberación femenina está en que ahora las mujeres no cocinan. Ah, pero bien que quieren criar a los hijos. Entonces como buscamos que aflojen solo nos queda hacernos los giles, porque ellas qué hacen: se ponen su minifalda, sus tacos y nosotros al palitroque nomás, armamos carpa.

Así son las cosas, Horacio. A las mujeres de ahora no les gusta trabajar a menos que sean gerentas de Samsung o directivas de L’Oréal. Y claro, siempre piensan que los hombres trabajan en algo que adoran, como ser cargadores de cemento (a comienzos de año me quedé sin plata y trabajé en eso por dos meses). Es cierto. Christine es administradora de un restaurante de comida hindú. Todas las noches, cuando llegaba a la casa lo hacía echando chispas por los ojos. Dejaba todo tirado en el living y se ponía a putear sobre temas del restaurante. Yo la escuchaba, le traía un vaso con agua, una manzanilla. Luego le decía ya, Christine, qué pasa. Y ella en ese trabajo no me respetan, Mesías Evangelista. Y yo qué te van a respetar, Christine, si eres rubia y ahí todos son mexicanos y negros, y además, ¿por qué vas con esa falda? Y ella porque tengo que ir elegante, ¡soy la administradora! Y yo ya pues, cálmate, siempre la misma vaina con lo del restaurante, me voy a preparar la cena porque ya es tarde, Christine, espérame acá y toma tu manzanilla, y ella que me seguía a la cocina y continuaba con eso de que su trabajo era una basura, que tenía que encontrarse otro, que su jefe era un huevón, y así, cojudez tras cojudez, y yo pensando bueno, Christine es a quien amo y también lo que necesito: una mujer guapa que se sabe vestir, que tiene clase y que sabe usar pantis y medias con zapatos altos.  

Pero luego las cosas terminaron entre los dos. Y ahora que terminaron tengo el panorama más o menos claro. A la mierda todo. Me voy a Lima y me caso en Lima. ¿Con quién? Todavía no lo sé. Felizmente sé cocinar sino estaría jodido. 

Un abrazo fuerte.

P.D. No solo vamos a ganarles a los ecuatorianos: los vamos a cagar.

 

***

 

Aún no ha oscurecido. Ya no estamos en la barra. Hemos tomado asiento alrededor de una de las mesas. El tipo no parece interesado en cambiar de tema. Vuelve a hablar. Dice: «Le voy a contar algo…», y habla de su vida y de Lennon. No sé por qué me cuenta sobre su vida y de lo que pasó con Lennon. Puedo oír su voz, su respiración. También escucho caer la lluvia sobre la calle.

«Lennon decía que los vietnamitas estaban mejor entrenados y que eran más valientes, que los marines eran unos cobardes y que no tenían nada que hacer en la guerra. Nosotros lo seguíamos. Eran órdenes. Ver qué hacía, con quiénes se reunía. Una cuestión preventiva más que otra cosa. El día que lo mataron llegamos detrás de su auto y nos detuvimos en la esquina, al frente de su edificio. Apenas nos aparcamos, él bajó junto a su mujer de la limosina y el tipo salió de no sé dónde y le disparó» 

 

***

 

      ––Horacio, tengo que decirte que tenías razón. Cuando te comenté que quería comprarme un carro nuevo significaba algo, pero yo creía que no pues algunas veces solo quiero las cosas porque alguien más las tiene. Como una vez de niña, cuando hice que mi papá me comprara un hámster porque mi prima tenía uno, pero la rata era desagradable e hice que mi gato la cazara y se la comiera.

      ––De qué demonios estás hablando, Piera. ¿Quién es la rata? ¿Yo soy la rata?

      ––No entiendes nada, Horacio.  

El otoño terminó por instalarse el lunes siguiente a la Nuit Blanche. Piera me citó a cenar. Había vuelto con un ánimo más sosegado de su viaje al Este. Al menos eso percibí cuando conversamos por teléfono. Llegué a su casa con un pastel de chocolate. Ella me recibió en pijama y pantuflas y me pidió que la acompañase al living a ver Les Experts. Cuando la serie terminó, apagó el televisor y dijo: «Hablemos». Después de eso vino el entredicho del carro y la rata y yo terminé sin comprender nada.  

Piera levantó la voz, dijo que cómo era posible que yo nunca le prestara atención. Dije que ajá y ella volvió a lo de Andrey: que hablaba francés mejor que yo, inglés mejor que yo, que leía más, que se vestía mejor, que iba a la biblioteca más, que oía mejor música, que veía mejores películas, que cocinaba mejor, que bailaba mejor, que era más gentil, que se moría por ella más que yo, que tenía mejores amigos que yo, que tenía amigas respetables… 

Apagué el cigarrillo sobre el cenicero y encendí otro. En un comienzo había decidido que ella debía de tomarse el tiempo necesario para sus trances. Pero toda esa charlatanería en torno a Andrey y a nosotros terminaba siempre por fatigarme. Me puse de pie, fui a la cocina por una cerveza y ya de vuelta al living me acomodé frente a las pantuflas. 

      ––Bueno, Piera, entonces qué es lo que quieres. 

Ella se volvió contra el respaldar del sofá y comenzó a llorar.

 

***

 

Mark Chapman compró en la mañana un ejemplar nuevo de El guardián entre el centeno, hizo en el libro algunas anotaciones y fue al edificio Dakota a buscar a Lennon. Esperó junto a otros seguidores, hasta que a las cinco de la tarde Lennon y Ono salieron rumbo al Record Plan Studios a hacer una grabación. En ese momento, en medio de un pequeño alboroto, Chapman consiguió estrechar la mano del músico y obtener su firma en la portada del Double Fantasy.

A las diez y veinte de la noche la pareja volvía al Dakota. Chapman continuaba ahí y cuando los vio bajar del auto fue sobre ellos y disparó cinco veces. Lennon cayó, Ono quedó quieta, en shock, mientras Chapman guardó el revólver y se puso a leer pasajes del libro de Salinger en voz alta.

A los veinte minutos, alertados por la llamada de un vecino, llegaron dos patrullas de la policía de Nueva York. Uno de los agentes arrestó sin violencia a Chapman y los otros cargaron a Lennon a unos de los vehículos a fin de conducirlo a un hospital. Al extremo de la calle, Richard Simon y Ernest Hooker, los dos agentes del FBI que seguían a Lennon desde el 71, permanecieron en su auto. Habían visto toda la escena: los disparos, la lectura de Chapman, la crisis de Ono y al músico desangrarse. No se movieron nunca.

 

*** 

 

Una hora después, la lluvia se había detenido.

Ambos salimos juntos del bar. El tipo dice que caminará un poco y pregunta si quiero acompañarlo. Respondo que no, que tengo cosas por hacer. Dice que fue un gusto conversar conmigo y sonríe. Digo que igualmente, que fue interesante saber algo de él. Me sostiene la mirada durante un momento. Dice: «Tú no sabes nada de mí». Le doy la razón, digo que no sé nada de él. Sonríe de nuevo y me tiende la mano. Me despido y camino en dirección al boulevard. 

Doy unos cuantos pasos. Pienso que a pesar del frío el invierno aún no llega a la ciudad. Levanto el cuello del abrigo. Volteo, justo al cruzar la pista, y veo que el tipo se ha quedado inmóvil en la puerta del bar, buscando algo en sus bolsillos. 

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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5 Responses to Segregación N°1

  1. jajajaja says:

    las pantuflas de conejo rocks!!!

  2. chola liberada says:

    una chola que te reciba cuando llegues borracho, te dé de comer y te quite las tabas; ni loca!

  3. el chato lama says:

    grande panchurris!

  4. José says:

    ¡Bacán!

  5. LuchinG says:

    Normalmente me gusta esta sección. Para otra vez, mejor suerte.
    Saludos.

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