El búho insomne

DE VUELTA AL BARRIO

(CON FALSO DIARIO Y DIARIO VERDADERO)

 

Por José Rosas Ribeyro

 

1. Entrada

Cuando estuve en Lima en enero de este año ya sabía que volvería al finalizar el 2011. Lo supe desde que firmé contrato con Mesa Redonda para la publicación de mi novela País sin nombre y se decidió entonces que mi libro saliera a la venta durante la Feria Ricardo Palma de Miraflores. Cabe precisar que en todos los años que he pasado fuera del Perú -y ya son más de tres décadas- he vuelto poco. La primera vez fue tras seis años de ausencia, y a ese regreso me refiero en los fragmentos de mi diario, Los días ordinarios, que se publicaron recientemente en la revista Limagris. Luego mis retornos han tenido, sin proponérmelo así, un ritmo de cada cuatro años. Eso se debe a que el mundo es ancho y ajeno y que algo de ese mundo he querido conocer sin poseer el don de la omnisciencia ni cuantiosa fortuna personal. La ausencia física, sin embargo, no ha significado para mí pérdida de interés por lo que ocurre en el Perú, pero sí, en cambio, poder sacar la cabeza del fango de lo cotidiano y sus bajezas, y tratar de mirar las cosas desde cierta distancia, relativizándolas y poniéndolas en relación con lo que pasa en el resto del mundo y, sobre todo, con los países a que, por una razón u otra, me siento ligado, como son Argentina, Chile, México y Cuba, en Latinoamérica, y Francia -donde vivo-, España, Portugal, Bélgica, Alemania, Reino Unido, Italia, Rusia y sus antiguos satélites, y, además, Marruecos, Israel y Palestina.

He vuelto, pues, de nuevo este año a un país que, sin ser yo nada patriota ni nacionalista, llevo en la sangre y en las entrañas; un país que me duele siempre como una herida abierta; un país al que me siento unido por relaciones de amor/odio. El Perú es el país de mi infancia: una infancia no muy feliz; es el país de mi adolescencia y juventud: una adolescencia marcada por Tanatos y una juventud salvada por Eros de la seducción insidiosa de la Calaca. Para este retorno, que significaba, además, dar la cara por un libro de más de 500 páginas -que a algunos de seguro gustará y que muchos es probable que detesten-, me preparé psicológicamente tratando de reemplazar mi frágil piel de hombre sensible por la piel endurecida  y áspera de los elefantes o los cocodrilos. Y aquí estoy, en Lima, desde el 20 de octubre, reuniéndome con gente, volviendo a ver a amigos, trajinando solo por las calles, visitando librerías y exposiciones, comiendo platos peruanos, tratando de inyectarme un poco de droga cinematográfica de calidad -tarea difícil aquí-, viendo teatro, leyendo… Y sobre eso que hago acá ahora y lo que hice justo antes de dejar París por tres meses, quiero hablar en esta columna que, por primera vez, el búho insomne, que soy yo, escribe desde Lima o, más precisamente, en esa parte de Lima que se llama Miraflores y, más precisamente aún, ahí donde la avenida Larco se encuentra con la calle San Martín.

  

2. Antes del viaje a Lima

Antes de volar hacia Lima viajé en el interior de Francia. A finales de septiembre / comienzos de octubre fui al Festival de Biarritz de cine y cultura de América Latina y, una vez más, constaté la total ausencia del Perú. Nada en las secciones competitivas y panorámicas de cine de ficción, ni en los largometrajes ni  en los cortos. Los filmes en concurso no merecían todos estar ahí, pero sí los tres premiados: Las acacias, opera prima del argentino Pablo Giorgelli; Porfirio, inquietante película del colombiano Alejandro Landeo, y El premio, película mexicana de la argentina Paula Marcovitch, que fue distinguida por el Sindicato de la Crítica Francesa. Por el contrario, no recibió ningún premio -y me parece muy injusto- la intensa adaptación de Madame Bovary realizada por el talentoso cineasta mexicano Arturo Ripstein: Las razones del corazón, un filme con una excelente puesta en escena, la brillante actuación protagónica de Aracelia Ramírez y una bella y eficaz fotografía en blanco y negro. Nada del Perú tampoco en la rica sección en concurso de documentales, la cual mostró obras de nuevos cineastas latinoamericanos y, entre ellos, muchas mujeres, como las dos que fueron distinguidas: la ecuatoriana Carla Valencia Dávila por Abuelos, gran premio Abrazo, y la mexicana Tatiana Huerzo por El lugar más pequeño, film que aborda con belleza y sensibilidad el problema del retorno al hogar en El Salvador de después de los acuerdos de paz. Nada del Perú en Biarritz y yo que no podía dejar de preguntarme: ¿y qué pasa con el cine peruano?, ¿no será que de tanto pensar en comida y creerse los reyes de la gastronomía universal, otros aspectos han quedado adormecidos? Y me prometí entonces que, ya en Lima, haría lo posible para ver lo máximo de lo que se ha producido recientemente.

De Biarritz regresé a París para asistir a algunas de las puestas en escena latinoamericanas y españolas incluidas en la  programación del prestigioso Festival de Otoño. Este año han sido diez, lo que de por sí habla de la relevancia que el teatro en lengua hispánica viene adquiriendo en Francia. De ellas ya había visto tres: El desarrollo de la civilización venidera, del argentino Daniel Veronese, excelente reescritura de Casa de muñecas de Ibsen, Tercer cuerpo del también argentino y muy talentoso Claudio Tolcachir y su compañía Timbre Cuatro, y Asalto al agua transparente, pieza de “teatro documental” sobre el problema del agua en la antigua capital azteca creada por el grupo mexicano Lagartijas tiradas al sol. En el Festival de Otoño vi entonces Los niños se han dormido, recreación por Veronese de La gaviota de Chéjov; La terquedad, del argentino Rafael Spregelburd, puesta en escena en francés, catalán y castellano por Marcial di Fonzo Bo y Elise Vigier, y El rumor del silencio de las ya mencionadas lagartijas mexicanas tiradas al sol. Quiero detenerme un rato en esta obra porque algo tiene que ver con mi viaje al Perú.

 

  

El rumor del silencio es teatro que busca la recuperación de la memoria colectiva. La creación de Gabino Rodríguez y Luisa Pardo indaga sobre los diferentes movimientos insurreccionales reprimidos en México durante las décadas en que el país fue gobernado por el PRI. Son movimientos de los que se ha sabido poco, porque de ellos al interior del país casi no se hablaba en la prensa y menos aún en los medios audiovisuales, y porque no contaban con el apoyo logístico y propagandístico de la Cuba castrista, la cual, por cierto, se mostró siempre aliada del régimen priísta. Los Lagartijas tiradas al sol abordan el tema en base a dos ejes que se van entrelazando a lo largo de la obra: por un lado, un recuento de los movimientos armados y lo que fue de ellos y, por otro, la historia específica de una persona, una intelectual, implicada en uno de estos grupos insurreccionales. Resulta que esa persona es la historiadora Margarita Urías, quien estuvo casada con mi amigo del alma, mi verdadero hermano, el antropólogo peruano Augusto Urteaga. A Margarita la conocí en Lima, cuando vino con Augusto y el hijo de ambos llamado Emiliano. Y la frecuenté luego, ya en México, cuando mi expulsión del Perú me llevó a dicho país. En el momento de conocerla, Margarita ya había pasado varios años en la prisión de Lecumberri y desde la rejas de la cárcel había visto a los estudiantes movilizados por las libertades democráticas en 1968. Allí mismo debe de haberse enterado con amargura y desesperación de la masacre de Tlatelolco. Yo quise mucho a Augusto, a quien conocía desde los años de la secundaria. Había frecuentado con él, además de aulas, cantinas y restaurantes, habíamos viajado juntos por la sierra central del Perú, habíamos intercambiado poemas y lecturas literarias, habíamos fumado mariguana, inhalado cocaína, tragado peyote, habíamos discutido de política y habíamos compartido dolores y desilusiones. Algo de ese amor -mi amor- lo volqué hacia Margarita, una mujer sonriente, inteligente, apasionada y siempre cálida, acogedora. Y más tarde, como todo parece tener un final en la vida, acompañé a Augusto en el dolor de la separación y nos emborrachamos juntos cantando a voz en cuello tristes canciones rancheras de José Alfredo Jiménez. Resulta que esa historia, que forma parte de mi pasado en Lima y en México, irrumpió de repente en mi existencia a pocos días de mi viaje al Perú.

 

 

En El rumor del incendio se incluyen imágenes en video editadas por la cineasta Yulene Olaizola (a quien encontré en Toulouse y cuya entrevista apareció en esta columna) y entre esas imágenes estaban por cierto las de Margarita Urías y Augusto Urteaga. La emoción que me causó la irrupción en la Maison des Arts de Créteil, en los alrededores de París, de los cuerpos proyectados en una pantalla de personas queridas y ya fallecidas, fue muy grande. Las lágrimas ya me chorreaban por la cara, pero aún no había llegado al clímax porque mi sorpresa sería todavía mayor cuando la actriz de la pieza, Luisa Pardo, dijo en un momento dado que el último hijo que tuvo su madre -ya no con mi amigo Augusto sino con otra pareja sentimental- fue una mujercita, y que esa mujercita, ya adulta, es ella, Luisa Pardo, la actriz que en la pieza se mete en la piel de Margarita y le vuelve a dar vida. Casi me  muero entonces de emoción, pero sobreviví. Y al final de la obra esperé que saliera de los camerinos para conversar con ella sobre su madre, Augusto y Emiliano. Esas intensas emociones se han venido conmigo en este viaje a Lima, y con ellas vuelvo a vivir los días de furor y locura de nuestras frenéticas adolescencia y juventud limeñas. 

Tres días antes de tomar el avión que en trece horas de vuelo directo me trasladaría de París a Lima el 20 de octubre, fui a Bayona, ciudad del suroeste de Francia, para asistir a dos espectáculos del magnífico festival Les Translatines. Uno de ellos, proveniente de Chile y dirigido por Cristián Plana, fue Comida alemana, uno de los “dramúsculos” (o “micropiezas”)  de Thomas Bernhard, autor que ocupa un lugar inmenso en mi panteón personal de adoraciones. En una pequeña habitación seis jóvenes cantan lieders de Franz Schubert y después toman sopa. Cuando hablan lo hacen en alemán, aunque los actores tanto como el director escénico y el montaje son chilenos, y la ambientación sugiere que lo que vemos ocurriría en un enclave nazi en Chile, tal vez la célebre colonia Dignidad. Había que osar montar la pieza totalmente en alemán y Cristián Plana, como los verdaderos artistas, ha osado. Me pregunto: ¿alguien se arriesgaría en el Perú a hacer algo similar? Sinceramente, creo que no.

 

 

En la gran sala del Teatro de Bayona vi después Te haré invencible con mi derrota, bello título del espectáculo quitasueño de la española Angélica Liddell, revelación del Festival de Aviñón en 2010. Se trata en esta performance de meterse en la piel de Jacqueline Du Pré, grandísima violonchelista que murió a los 42 años víctima de una enfermedad genética y tras terribles sufrimientos. Liddell no le teme a la violencia, no la detienen en su creación consideraciones comerciales ni de ningún otro tipo que la alejen de sus necesidades de expresión, pone su cuerpo en juego en cada una de sus creaciones, y de esa manera le procura una fuerza desgarradora a su trabajo artístico. Ojalá que algún día pueda verse en el Perú el trabajo de una de las más importantes renovadoras del teatro del siglo XXI. Al día siguiente, muy temprano, herido aún en mis emociones por el trabajo de Liddell tomé el tren a París. Solo me quedaba tiempo para hacer mis maletas, dormir unas pocas horas y partir al amanecer hacia el aeropuerto Charles de Gaulle.

  

3. Diario verdadero / una página

          20 de octubre, jueves: Hace horas que volamos sobre el Atlántico (en la pantalla se ve un avioncito en medio de una gran superficie azul). Hemos recorrido ya 4733 kilómetros y faltan aún 5550 para llegar al destino: Lima. Viajo rodeado de chipriotas griegos, treinta y tantos, que van a hacer un tour por el Perú. A mi lado vienen dos de ellos: un gigante y su mujer. El gigante tiende a ocupar todo el lugar y a apachurrarme. Solo se ha levantado una vez para ir al baño pero en su sitio no para de moverse y al hacerlo me apachurra más aún. Al otro lado del corredor hay un peruano que se ha tomado dos botellines de vino tinto y tres de cognac durante y después del almuerzo  y ahora duerme profundamente pese al parloteo de las dos chipriotas que tiene al lado. Yo traigo conmigo un cansancio enorme. Hace cuatro noches que no duermo bien y me levanto muy temprano de la cama. Miento: he pasado tres noches desagradables al no dormir bien y una diferente: la del 17, en Bayona, ya que si esa vez no dormí fue porque estuve en la cama en compañía de la señorita Marx (no Jenny sino A). Con tanto cansancio, agitación y ahora agobio estoy como vacío. Mi cuerpo solo se dedica a resistir. Y no termino de imaginarme cómo será esta larga estancia en Lima.

  

4. Falso diario / hechos verdaderos  

          Volando a Lima:

          En los asientos de adelante está sentada una pareja de peruanos: él al lado de la ventanilla, ella al lado del corredor. Él, un hombre de más de setenta años, creo, es de tipo europeo, de piel blanca, calvo. Ella, más o menos de la misma edad que su marido pero con menos arrugas, lleva en el rostro y en la piel marcas claras del mestizaje étnico. Como ninguno de los dos quiere ocupar el asiento del medio se sienta en él un peruano de tipo andino. Conforme pasan las horas, la señora tiene necesidad de hablar y conversa, pues, con su vecino. Ya volamos sobre el Perú cuando, aprovechando que el del medio se ha levantado para ir al baño, el hombre le dice a su mujer: “¿cómo puedes estar hablado con ese indio asqueroso?” No oigo lo que la mujer le responde pero sí que el marido cierra la discusión diciendo:”¿acaso no te das cuenta?” No puedo creer lo que oyen mis oídos. En muchos peruanos sigue vivo el racismo heredado de la Colonia.

           Presentación de País sin nombre:  

           Presentación en el auditorio de la Feria Ricardo Palma de mi novela País sin nombre. Debo transmitir un agradecimiento profundo a Enrique Sánchez Hernani, Violeta Barrientos y Lenin Pantoja, los presentadores. El primero hizo un acercamiento, que podríamos llamar periodístico, tanto a mí como a mi libro. Y en un momento dijo: “La manera como José se ha aproximado a esa realidad (la de los años 70) es con un sarcasmo feroz, con una autocrítica visceral y con un desencanto que perturba. La trama si bien tiene un protagonista -un poeta y periodista deportado por una dictadura militar, que quizá se parece un poco a su autor, pero que yo creo es solo la representación de muchos personajes juntos-, en verdad sigue en tono de farsa dramática los sucesos que le ocurren a este grupo de jóvenes que tienen una idea un poco atrabiliaria y estrambótica de lo que es la revolución.” Violeta Barrientos, poeta, abogada, defensora de los derechos de las minorías sexuales, estudiosa de la literatura y, para mí, sobre todo, amiga querida, abordó con mucha sensibilidad aspectos de nuestra amistad, me declaró su “hermano mayor”, lo cual casi me arranca lágrimas de los ojos, e hizo una relación muy sutil y emotiva entre lo que ella sabe de mí y lo que de mí ha encontrado en la novela. Finalmente, Lenin Pantoja, a quien recién he conocido a través de El Hablador, realizó un análisis estrictamente literario de País sin nombre y me hizo descubrir en mi novela aspectos que yo no había percibido. (Algo de ello aparece en “Historias desconocidas y lugares innombrables“, texto crítico que acaba de ser colgado en La Bitácora de El Hablador). Para ser un martes a las seis de la tarde, había gente en el auditorio. Del público surgieron algunas preguntas y después firmé algunos libros que se habían vendido.

 

           

           

          La prensa sin cultura:

          Aunque critico todo el tiempo al periodismo que se hace hoy en día en los países que frecuento, no puedo dejar de leer periódicos, aunque ahora me informe también por Internet. Durante estos días en Lima he leído sobre todo dos diarios, El Comercio y La República pero me he acercado también a otros: Perú 21, Expreso, Ojo. Uno de los aspectos que más me chocan en la prensa peruana es la ausencia casi total -e incluso absolutamente total- de secciones culturales. Pero lo peor es que, cuando existen, a menudo se limitan a reproducir información de agencias sobre hechos culturales del extranjero. Muy poco espacio es consagrado a la creación viva del Perú en literatura, artes plásticas, teatro, etc. De vez en cuando algo se publica sobre un aspecto del patrimonio y casi siempre vinculando esto con sus posibilidades de explotación turística. Ya no hay crítica literaria en los diarios, las reseñas de libros son minúsculas, las entrevistas se dedican más a figuras de la farándula o de la televisión que a escritores y artistas. Tampoco hay mucha información internacional, en verdad casi nada. Las páginas de los diarios están repletas de casos de corrupción, accidentes y crímenes, mucha publicidad y un exagerado tratamiento de temas frívolos, intrascendentes, que venden. En esa prensa me meto todos los días porque no hay otra y de esa prensa rescato que, por lo menos en La República sigue existiendo una página cultural (una sola), una agenda mínima, y que hay algo de cultura también en el suplemento de los domingos. Eso explica mi gran sorpresa del 6 de noviembre cuando el Dominical de El Comercio dedicó 6 de sus 16 páginas a Raquel Jodorowsky, la poeta chilena fallecida en Lima días antes. No puedo dejar de comparar la triste realidad de la prensa peruana con la de otros países, incluso latinoamericanos, en los que las páginas culturales son varias y existen suplementos dedicados al arte y la literatura. No hay que ir lejos: es así en Argentina, Colombia, México, por solo citar tres países de nuestro continente y nuestro idioma. Y lo es también en España, donde para mí el suplemento Babelia del diario El País de los sábados es alimento semanal necesario, como lo son también los suplementos dedicados a los libros por los diarios franceses Le Monde y Libération los días jueves y el de este último diario consagrado todos los miércoles al cine. Hay que decir las cosas claramente y sin temerle a las palabras: en el Perú hemos caído bien bajo. ¿Podrá recuperarse? Lo dudo, ya que la única vara con la que se está midiendo todo aquí es el dinero, la rentabilidad, la plata que se gana.

           Ciro y Rosario: un caso / un asco:

           No puedo hablar de la prensa peruana sin mencionar el caso que, durante meses, ha ocupado en ella más páginas, ha dado lugar a más fotos y ha generado más basura escrita. El caso Ciro y Rosario o como un banal pero trágico accidente de un estudiante aficionado a la mariguana se convierte en un delirante despliegue mediático nauseabundo, una muestra de lo peor que hierve en el fondo de los peruanos. Ciro y su enamorada Rosario caminan por las montañas del Colca, de repente desaparecen sin que se sepa de ellos por un tiempo, hasta que, varios días después, encuentran a la chica perdida, sedienta, en muy malas condiciones físicas y anímicas. El muchacho, en cambio, sigue con paradero desconocido. Pasan días, semanas, meses y de Ciro no se sabe nada aunque su padre haya puesto en movimiento todo lo posible para encontrarlo. Este señor, un respetable médico aprista, quiere creer, empero, que lo ocurrido a su hijo no se trata de un accidente sino de un asesinato y con esta idea en la cabeza comienza a lanzar  ataques contra Rosario, llegando a acusarla en la prensa de responsable directa de la desaparición de su hijo. Aunque estas acusaciones las hace sin ninguna prueba, sin nada que las corrobore o, por lo menos, las justifique, la prensa se hace eco de ellas y, sin la más mínima ética, convierten a Rosario en falsa culpable. A la chica le llueven insultos por la prensa, la televisión y las redes sociales. Insultos del padre, insultos de todo el mundo. Algunos piden a gritos incluso que se la condene a muerte, sin tomar en cuenta siquiera que la pena capital ya no existe en el Perú salvo en casos de traición a la patria. Pero, en verdad, ¿qué se le reprocha a Rosario? ¿Qué hay detrás de tanto odio? Primero: que sea ella, la mujer, la representante del supuesto “sexo débil”, quien haya sobrevivido y no el joven machito aventurero. Segundo: que no se haya prestado al juego mediático de presentarse como la mujer afligida, bañada en lágrimas mañana, tarde y noche y siempre muda (como la madre de Ciro). Tercero: que haya osado sonreír porque salvó su pellejo y salió viva del percance, lo cual ante la tragedia del enamorado no debería ser motivo de alegría, según las odiosas almas bien pensantes, que no toman en cuenta para nada que se trata de una mujer joven, estudiante, pero que tiene un hijo de quien ocuparse. Cuarto: que Rosario no sea la virgen María sino una mujer con una sexualidad evidente, ya que el hijo, que tuvo a los diecisiete años, no se lo trajo la cigüeña de París sino que es el producto de una relación sexual asumida abiertamente con el compañero sentimental que tuvo antes de Ciro. Quinto: que el comportamiento de la joven estudiante sea el de una mujer que ha roto en parte con los esquemas de conducta dictados por la sociedad patriarcal: Rosario es una mujer bastante libre que mantiene con sus padres una relación que no corresponde con la de la familia tradicional peruana.

 

 

           En el Perú de hoy, un país en el que es imposible pensar en la legalización del aborto, en el que el acceso a los anticonceptivos no es fácil para todas las mujeres, en el que hasta hace poco se esterilizaba arbitrariamente a mujeres pobres, en el que las iglesias intervienen para dictar normas morales obligatorias para todo el mundo y entrometerse en la sexualidad de la gente y en el que la igualdad de derechos de las minorías sexuales no es reconocida, Rosario, la madre soltera que no se arrepiente de nada, no tiene vergüenza de su sexualidad ni se culpabiliza por ella, es, pues, la “culpable” perfecta, la mujer-puta de la telenovela cutre, la mala de la película pésima, la inescrupulosa amante de un muchacho a priori angelical. Y así le llueven a la muchacha los insultos de la peor especie y las acusaciones más abyectas, sin que nadie proteste, o muy pocos, sin que casi nadie se oponga públicamente al linchamiento mediático y con una prensa y una televisión revolcándose felices en medio de su propia mierda. Debo decir sin dar rodeos que ante el caso de Ciro y el linchamiento de Rosario me ha dado vergüenza pertenecer a este pueblo, ser de nacionalidad peruana. Pero después me ha dado alegría y ha curado la herida dolorosa de mi indignación, escuchar que algunas personas (como Fernando Vivas, Nelson Manrique y otros), han roto  con sus voces discrepantes la casi unanimidad de los peruanos en la infamia. En este asco que me ganó me he encontrado hermanado también con César Hildebrandt, quien ha tenido el coraje de oponerse a las mayorías calumniadoras y denunciar en el semanario que dirige lo que se ha hecho con Rosario. Es de no creerlo:”perra de mierda”, “zorra calzón flojo”, “puta cachera madre soltera”,” necesita un pene que la culee contra natura y sin lubricante” y otras más, cientos de frases como éstas, nauseabundas. Felizmente hay personas diferentes, que no integran la jauría de los lobos insultadores. Una de ellas, amiga de Facebook, es María Eugenia Tamayo, quien informa que si en la barra de Google escribimos “Rosario Ponce ninfómana” los ingresos llegan a 4930. La cifra habla por sí sola de la enfermiza sexualidad de mis compatriotas. Tamayo agrega: “se trata de toda una obra maestra del chisme porno, el asesinato simbólico, la cobardía en cargamontón. (…) En este país donde los juicios pueden durar años, el linchamiento de la chusma es de vértigo.” No tengo nada más que añadir sobre este tema.

          Milagros, santos y santitos / Presbítero Maestro:

          En el mismo país en que ocurre lo que indignado comentaba más arriba, la gente se ha puesto a creer más que nunca en milagros, santos y santitos. El pensamiento racional, el conocimiento científico, el juicio crítico, la duda sistemática han dejado su lugar al pensamiento mágico. En lo que concierne a Ciro, ya hay quienes están viendo al joven estudiante fallecido en Colca como un santo que hay que venerar, sacar en procesión, pedirle milagros. Y cómo no va a ser así, me digo yo, si incluso una vieja amiga mía, hija de marxistas, admiradora de figuras revolucionarias, se ha puesto a creer también en curaciones fantásticas, operaciones a distancia, milagros maravillosos que salvan de la muerte así como Jesucristo resucitó a Lázaro. Con Lucila y Edgar, viejos amigos siempre generosos y acogedores, fui a visitar el cementerio Presbítero Maestro. Hace tiempo que tenía ganas de hacerlo. Me sorprendió que siendo un monumento histórico importante el viejo cementerio de Barrios Altos, cuyas tumbas más antiguas datan, por lo que vi, de mediados del siglo XIX, estuviera en tan mal estado, tan sucio, tan descuidado, con tierra seca en lugar de hierba y en condiciones deplorables. A la tumba del Mariscal Castilla le han chorreado cal sobre el mármol y tiene un aspecto lamentable. La de Sánchez Cerro, en cambio, es una de las mejor conservadas, lo cual no me explico pues este dictadorzuelo de pacotilla no dejó, casi y felizmente, herederos políticos. También están en muy buen estado las de los Prado presidentes: la de Mariano Ignacio, quien huyó cobardemente del país en plena Guerra del Pacífico, y la de Manuel, el oligarca que yo en mi niñez vi cruzar Lima en carroza tirada por caballos blancos, vestido con un frac cargado de medallas, la banda presidencial atravesándole la barriga y un sombrero de copa en la cabeza que le daba un aspecto de patético payaso de circo. Sin embargo, lo que mejor se conserva de manera oficial es la llamada “cripta de los héroes”, donde reposan los restos de todos aquellos que ofrendaron sus vidas en batallas perdidas: Grau, Bolognesi, Cáceres, están ahí, rodeados de placas conmemorativas y de tumbas que mencionan nombres de héroes que para mí y la mayoría de la gente no son sino nombres de calles o ni siquiera eso. El panteón se acababa de abrir de nuevo al público ese día y pudimos, pues, visitarlo.

 

 

          Sin embargo, lo que mejor conserva y cuida el pueblo mismo en el Presbítero Maestro, con devoción y cariño, no son las tumbas de los héroes y los antiguos presidentes, tampoco las de escritores como Palma, Chocano, Valdelomar, Eguren, Mariátegui y Alegría, enterrados también allí, sino la tumba y la estatua absolutamente blancas de un niño. Un niño llamado Ricardo Melquíades Espiell Barrionuevo, nacido en Lima en 1886 y fallecido en 1893. Hijo de un abogado y bombero que participó en el combate del Dos de Mayo y en la defensa de Lima durante la Guerra del Pacífico, el pequeño Ricardo no hizo nada en particular en los seis años de su corta vida sino tener la existencia normal de un niño, con juegos, rabietas, sueños, risas y malicias. No hizo nada aparte de ser un niño común y corriente y por eso mismo el pueblo lo ha santificado. Prueba de ello son las abundantes y coloridas flores que adornan la escultura de su tumba, las cartas que le dirigen sus fieles pidiéndole ayuda y los cientos de exvotos que le agradecen por los milagros concedidos. Ricardo Espiell Barrionuevo es hoy Ricardito, el Niño Milagroso, el Santito Cachuelero, al que algunos ven por la tarde pasear por el cementerio. Hoy este santito popular es el patrono informal de floristas, lavadores de autos, panteoneros y de cientos, miles, de personas que cuentan con él para encontrar cachuelos que les permitan sobrevivir. Así estamos: el mismo pueblo que quisiera matar a Rosario Ponce a pedradas cuenta con un niño muerto hace más de un siglo, o con otros personajes similares, para alimentarse cada día y no caer en la desesperación. Y ese mismo pueblo, en los próximos meses y años es probable que le haga altares a Ciro, el santo del Colca, quien no hizo nada más ni nada menos que caerse por un abismo, desnucarse y morir llevando en el bolsillo lo que le quedaba de la mariguana que fumaba con su enamorada antes de hacer el amor rodeado por la belleza extravagante de las alturas andinas. Y ya pronto, estoy seguro, San Ciro hará milagros y será patrono de los caminantes, los estudiantes no muy brillantes, los mariguaneros y los hijos engreídos por sus padres.

          Libros leídos / contra las ilusiones:

          Llegué a Lima leyendo El hombre que amaba a los perros, voluminosa novela del cubano Leonardo Padura en la que cruza la historia real del exilio -que terminará en México- de León Trotsky, el fundador del Ejército Rojo, y la de su asesino, el estalinista catalán a sueldo de la Unión Soviética, Ramón Mercader, quien pasó los últimos años de su vida en la Cuba castrista. Es paradójico, aunque quizás lógico, que quien aborde en castellano dicho tema sea un escritor cubano que, a pesar de todo, sigue viviendo en la isla que fue sovietizada por deseo del Líder Máximo y es hasta hoy uno de los últimos bastiones de esa degeneración de la idea comunista que es el estalinismo. A mí, por lo general, no me gusta ni interesa la novela histórica y, según lo que he leído en una entrevista, a Padura tampoco. Felizmente, porque al comenzar la lectura de la novela me dio la impresión de que me estaba metiendo en uno de esos pesados ladrillos que pretenden recrear la Historia y hacerla más amena y, por lo general, no logran sino hacerla insoportable. Ejemplos de eso hay muchos, demasiados, algunos incluso latinoamericanos. Poco a poco, sin embargo, me fui dando cuenta de que la intención del escritor cubano, creador del desilusionado detective Mario Conde, es otra. En pocas palabras y simplificando al máximo: desentrañar los  mecanismos de la mentira, el terror y el miedo en base a hechos reales transformados en ficción a través de la novela. No es por azar, creo pues, que quien asuma esta tarea lo haga evocando uno de los mayores crímenes del estalinismo -que cometió muchos otros-y  sea un cubano que, por un lado, en la ficción (¿y también en la realidad?) conoció al asesino estalinista en la isla caribeña y conversó largamente con él y, por otro, ha sufrido en carne propia las exigencias “estéticas”, las humillaciones y las censuras que la dictadura autodenominada socialista impuso durante mucho tiempo a los escritores y artistas cubanos.

 

 

          ”Una vez yo fui ciego, y ahora puedo ver”, dice una frase del Evangelio de Juan que Padura cita en exergo al comienzo de la novela, y esa frase me parece que explica bien el camino recorrido por el propio escritor en relación a su propia realidad, porque lo que ahora ve el autor de El hombre que amaba a los perros es horroroso: la transformación de uno de los más bellos y ricos ideales humanos en fríos asesinatos en serie, campos de concentración que son recintos para la muerte lenta y la mentira sistemática y el terror como armas supremas del poder. Ya sobre el caso específico de Cuba, Padura se hace vocero de su generación  -”la generación de los crédulos” la llama él-, “la generación que sufrió y resistió los embates de la intransigencia sexual, religiosa, ideológica, cultural y hasta alcohólica.” Cito para concluir esta evocación de una gran novela de Padura, este fragmento: “…no creo que haya mucha gente que se atreva a negarme que la historia y la vida se ensañaron alevosamente con nosotros, con mi generación, y, sobre todo, con nuestros sueños y voluntades individuales, sometidas por los arreos de las decisiones inapelables. Las promesas que nos habían alimentado en nuestra juventud y nos llenaron de fe, romanticismo participativo y espíritu de sacrificio, se hicieron agua y sal mientras nos asediaban la pobreza, el cansancio, la confusión, las decepciones, los fracasos, las fugas y los desgarramientos. No exagero si digo que hemos atravesado casi todas las etapas posibles de la pobreza. Pero también que hemos asistido a la dispersión de nuestros amigos más decididos o más desesperados, que tomaron la ruta del exilio en busca de un destino personal menos incierto, que no siempre fue tal.”

          Cuál no sería mi sorpresa al constatar que si bien mi novela “País sin nombre” y la de Padura son completamente diferentes, algo hay en ellas que las vincula. En la mía hay “troscones”, unos seres que algo tienen que ver con los trotskistas del cubano; hay también en la mía “moscas”, unos individuos que trabajan para Moscú a través de partidos comunistas supuestamente nacionales, siguiendo las consignas cambiantes y a menudo dementes del papá Stalin, y en la de Padura estos agentes  del estalinismo están por todas partes y dirigen la mano criminal de Ramón Mercader para que le destroce el cráneo al fundador del Ejército Rojo, y, finalmente, en ambas obras hay una confrontación bastante feroz con una generación que creyó que iba a cambiar el mundo pero no supo o no pudo hacerlo. En pocas palabras: se trata en los dos casos de novelas sobre la desilusión y la pérdida de la fe.

 

 

          El libro que estoy leyendo ahora, aunque es absolutamente diferente a la novela de Padura y a la mía, tiene también aspectos en común con ambas. Se trata de un libro que los comisarios de la izquierda estalinista habían condenado al olvido.  Así como en Francia está prohibido leer Mi lucha de Hitler aunque casi ningún otro libro sufre de censura, en el Perú hay un libro maldito que, por fin, estoy leyendo ahora. Lo conseguí gracias a mi hermana, pues ella conoce a un caballero que por arte de magia transforma un libro en dos, en tres, en cuatro, como se quiera, a pedido. Extraño es también que, justo antes de empezar su lectura, me di con que su nombre y apellido -con una ligera variante ortográfica- figura en una placa conmemorativa que se encuentra en el panteón de los héroes del cementerio Presbítero Maestro. Es un coronel que durante la guerra del Pacífico destacó en la batalla de Miraflores y en los combates de San Pablo. Voy a escribir ahora ese nombre para denominar al autor que estoy leyendo y no al heroico coronel, aunque al hacerlo sé que eso es algo tan grave como mencionar a Lucifer en la casa de Dios. El autor es Eudocio Ravines , el libro: La gran estafa. Yo recuerdo que siendo chico aún vi de lejos a Ravines -un hombre ya mayor- en una tribuna, al lado de Pedro Beltrán, director del diario La Prensa y, creo, de Manuel Prado. En los años sesenta, esos personajes eran heraldos extremadamente negros del anticomunismo más visceral. Más tarde, en la época de la dictadura del general Velasco, Ravines fue una de las dos personas a las que el gobierno militar, amigo de Fidel Castro, despojó de la nacionalidad peruana. Además, lo expulsaron a México (como harían conmigo años más tarde) y, que yo sepa, ya no volvió nunca más al Perú. Lo que no se decía en aquella época es que el furioso anticomunista había sido antes uno de los mandamases de la internacional comunista en Latinoamérica. Una de las primeras personas, además, que rompió públicamente con el estalinismo, pese a los riesgos que eso comportaba en aquella época. Producto de esa ruptura es el libro que estoy leyendo: La gran estafa. Que yo sepa, una vez derribado el muro de Berlín, casi nadie ha tenido la curiosidad de leer y analizar esta obra. Me parece que Magdalena Chocano, con La memoria tránsfuga: meditaciones estéticas y guerra fría en el testimonio de Eudocio Ravines, trabajo publicado -si no me equivoco- en 2004, es la excepción que confirma la regla. Yo, cada vez que venía a Lima, buscaba ese libro en las librerías de viejo y cada vez era como si estuviera mencionando a un ser y una obra inexistentes. Ahora, por fin, lo tengo sobre mi mesa y he empezado a leerlo: estoy en la página 69 y el libro en su edición mexicana de 1952 tiene 480, sin considerar la sección “dramatis personae” del final. En verdad, más que un simple testimonio La gran estafa es un libro de memorias, es literatura del yo, literatura de no ficción. Es algo comparable por la intención y la calidad con el Ulises criollo, del mexicano José Vasconcelos. En las 69 páginas que he leído, Ravines evoca con bella y enérgica pluma, su infancia de niño pobre en Cajamarca, su educación secundaria que lo lleva a perder la fe católica heredada de su madre, sus primeros trabajos para ganarse el pan y ayudar a su familia, su viaje a Lima y su inmediato compromiso con las luchas sociales y obreras, y su encuentro con José Carlos Mariátegui, de quien sería después amigo hasta la prematura muerte de éste. Yo creía hasta hace unos días que la literatura peruana cojeaba al no tener obras memorialísticas de valor, ahora sé que estaba completamente equivocado, porque La gran estafa, de alguna forma, es  para el Perú lo que las Memorias de ultratumba de Chateaubriand son para Francia. Además, Ravines con su libro maldito funda un género y lo hace con buenas dosis de excelencia.

 

 

          Antes de pasar a otra cosa y dar por terminada esta larga crónica de mi vuelta a Lima, quiero destacar otros libros que he leído en estos días. Uno de ellos es de poesía: Berlín, de Victoria Guerrero, que me ha gustado mucho porque es muy bueno. Y el otro es de cuentos: No aceptes caramelos de extraños, de la chilena Andrea Jeftanovic. El osado cuento que abre el libro, “Arbol genealógico”, que aborda el tema tabú del incesto, es una maravilla de literatura perturbadora y quitasueño.

            Una cosa y otra / para terminar:

            En el tiempo que llevo en Lima, unos veinte días cuando esto escribo, he visto tres exposiciones, todas ellas de calidad: Obras recientes, del uruguayo Ignacio Iturria, un gran descubrimiento para mí, una pintura con la que me siento profundamente interpelado; Ergo sum / Entonces existo, de Charo Noriega, excelente pintora peruana formada en parte en Francia, cuyo trabajo expuesto en La Galerí    a muestra una serie de esferas y otras formas atravesadas por grietas blancas, como si hubieran sido rotas y vueltas a armar: el resultado de ello me interpela y, por eso mismo, me gusta. Y, finalmente, Hipertélico urbano, de Hans Stoll, un trabajo sobre la visión fotográfica de la ciudad que me parece interesante pero me deja frío.

 

 

          Y ya para terminar realmente algo sobre cine. Estoy bastante contento porque he visto en salas comerciales dos películas peruanas y de una de ellas no tengo por qué avergonzarme. Las malas intenciones, de Rosario García-Montero, es una buena película, bien concebida, bien actuada, con buena y eficaz fotografía, con una historia original -aunque remite de alguna manera a Cría cuervos, lo mejor de Carlos Saura- y, sobre todo, quizás, para mi gusto, porque aborda el tema de la infancia sin la tontería y la melcocha que suele apoderarse casi de manera obligatoria de quienes lo tratan. Las malas intenciones creo que se inscribe desde ya entre las cinco mejores películas peruanas de estos últimos años, al lado de Días de Santiago, Chicha su madre, Contracorriente y Octubre. La otra película que he visto es un mamarracho titulado El guachimán: algo penoso como lo es una comedia sin pizca de humor, una buena idea de base completamente desperdiciada por la falta de imaginación del realizador y su total pobreza en el manejo del lenguaje fílmico. Ahora creo más que nunca que el mejor revelador del estado real de una cinematografía no se mide por las películas de calidad que aprecian los cinéfilos, sino por el valor de su cine destinado a un público popular. Esta babosada sobre el guachimán revela claramente que el cine peruano actual, a pesar de sus cinco o seis películas destacadas, sigue estando en pañales. Y con esto me despido hasta la próxima  mirada del búho. 

 

About webmaster

La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
This entry was posted in Columnas. Bookmark the permalink.

6 Responses to El búho insomne

  1. calín por siempre says:

    grande, maestro. como siempre, tan visceral

  2. jugador número 12 de alianza says:

    asumare qué tal sabanón, tío
    30 minutos después terminé de leerte, bacán tu post, saludos

  3. Jorge says:

    Señor Rosas, tengo dos preguntas que ojalá pueda responderme.
    1) ¿Es usted liberal?
    2) ¿Cuál es su relación con Carlos Calderón Fajardo?
    Gracias de antemano.

  4. Los Cuatro Fantásticos says:

    De acuerdo con lo que dice sobre Ciro y Rosario, pero hay que acotar que no se puede resumir al muchacho en que era solo un marihuanero, y por el lado de Rosario más que una personalidad contraria a lo que todo el mundo podría esperar la chica ha quedado mal de la cabeza luego de casi morir en el Colca (sus gestos, su mirada ida denotan eso), ojalá se recupere y siga su vida con su hijo. Saludos.

  5. Horazeriano says:

    Maestro de maestros. Nunca me cansaré de leerte.
    Lástima que su libro no llegue a las tierras de Warhol. ¿O si? Avíseme si hay alguna forma de conseguirlo aquí.

  6. José says:

    Respuestas:
    A Carlín:gracias, pero ni tan visceral.
    A Jugador n°12: gracias también.
    A Jorge:1)No soy liberal, soy libertario, que no es lo mismo. La hipótesis comunista sigue estando viva. Lo que ha muerto son los falsos comunismos totalitarios tipo URSS, China, Cuba, Corea del Norte, etc. 2)Con CCF nos conocemos pero no nos frecuentamos. He leído además varios de sus libros.
    A Los Cuatro Fantásticos: Ciro no solo era marihuanero (no tengo nada contra los marihuaneros), era también estudiante de forestales, aficionado a la marcha a pie en las montañas, el enamorado de una chica llamada Rosario y muchas cosas más. Lo que no era es un santo y sigue sin serlo. Rosario no está mal de la cabeza pero es evidente que lo ocurrido en Colca y el linchamiento mediático la ha afectado.
    A Horazeriano: Mi libro “País sin nombre” puede comprarse en cualquier lugar a través del portal “Libros peruanos”. El editor es Mesa Redonda.

Leave a Reply

Your email address will not be published.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>