El búho insomne

 

EN LIMA, PARÍS  Y AILLEURS

(UBICUO COMO SIEMPRE…)

 

Por José Rosas Ribeyro

 

Empiezo a escribir esto un martes, día nublado y bastante triste. Hace ya más de dos meses que estoy en Lima preguntándome por momentos qué hago acá exactamente, aunque en otros momentos disfruto con plenitud este cambio de paisaje, de olores, de sabores, de noticias, y aprecio la conversación con los amigos y con mi hermana. Debo confesar que en este tiempo transcurrido aquí ha habido veces en que he querido regresarme a París. Ha sido el caso cuando he estado enfermo y el dolor me ha llevado a añorar mi departamento con vista sobre el Sena, en el que vivo hace unos dieciocho años. Como si en París el dolor doliera menos que acá, lo cual no es cierto. Empiezo a escribir esto, además, después de haber sobrevivido una vez más a las llamadas fiestas navideñas. No voy a darle vueltas al asunto: detesto la Navidad y también el año nuevo, y todo ese periodo que comienza alrededor del veintitantos de diciembre y acaba, ¡felizmente!,  el 2 de enero. Creo que detesté siempre este momento final del año, pero antes en silencio, como resignado, mientras que ahora confieso abiertamente mi detestación, aunque algunos me miren por ello como si yo fuera un bicho raro, un monstruo o un desdichado. Voilà. Tenía que decirlo antes de pasar a otras cosas. Y la primera de ellas es un viaje que hice a Caracas.

 

 

 

Caracas o el infierno

De los dos meses en que ando por estas tierras del sur de América, diez días de noviembre los pasé en Caracas. Fui invitado por el festival Documenta para que participara en el jurado del Premio Regional Andino de Cine Documental y aproveché mi estadía allá para recorrer lo más que pude la capital venezolana. Yo soy un peatón inveterado y evito tomar cualquier tipo de transporte si es que puedo llegar a pie al lugar al que me dirijo. Soy, en definitiva, el contrario absoluto del caraqueño, ya que este coge el automóvil para ir a la esquina de su casa a comprar pan. Exagero solo un poco. La ciudad, por cierto, no ha sido erigida para gente como yo: Caracas es una urbe en la que las aceras desaparecen de repente al igual que los peatones y donde reina el coche por encima y por debajo de todo. Los hay por millones, circulan por todas partes movidos por la gasolina más barata del mundo: una botella de agua cuesta más que llenar el tanque del vehículo. Aunque “circular” no sea tal vez el verbo más apropiado para hablar de los autos en Caracas, porque la mayor parte del tiempo están detenidos o avanzan a paso de tortuga pegados unos a otros provocando la infernal imagen de una Metropolis como la imaginada por Lang para el cine, pero en un país subdesarrollado, y acarreando también una contaminación del aire que si no mata masivamente a la población debe de ser, me digo, porque a la ciudad la protege no Dios ni ningún santo sino el mismísimo monte Ávila y su magnífico verdor. Los únicos lugares por los cuales la gente camina protegida de los autos y de las lluvias torrenciales son las galerías comerciales, oscuras, tristes y, por lo general, bastante desagradables. En esta ciudad infernal llamada Caracas, hay pocos cafés y restaurantes y estos, normalmente, son caros, malos y brindan un servicio deplorable. Digo esto, por supuesto, sobre los que están al alcance del común de los mortales porque, por supuesto, hay otros destinados a clientes gastrónomos y pudientes, que son mejores. Debo precisar, sin embargo, que los franceses me alojaron en un hotel de cinco estrellas ubicado en Altamira, un barrio menos inhumano que los del centro, y aún allí el servicio era bastante deplorable. Dos ejemplos: en las suites el acceso a internet era prehistórico y una ducha oscura y estrecha sería aceptable en un hotel de menor categoría pero no en uno que se pretende de súper lujo.

Yo no sé por qué es así, pero Caracas casi no tiene un casco histórico. Como que las autoridades de la ciudad demolieron en algún momento los edificios de origen colonial, obnubilados por la quimera del progreso. Hoy quedan por ahí unas cuantas casas del siglo XIX, dos de ellas ligadas a Bolívar, que se han restaurado o que se está tratando de salvar del derrumbe: estas frágiles construcciones parecen apachurradas por los muy altos y feos edificios que ayer debieron ser el orgullo de una sociedad particularmente arrogante debido a la riqueza petrolera, pero que hoy se encuentran tugurizados. Hay también muy pocas plazas en las cuales se pueda pasear, sentarse a descansar, conversar, fumar un cigarrillo o tomar un helado. En el  centro de Caracas la más importante y no desprovista de gracia es la plaza Bolívar, núcleo popular y chavista (el clientelismo da frutos), sin embargo, estando allí de repente se da uno con la sorpresa de encontrarse en La Habana. Los rostros de Chávez, Fidel Castro, Che Guevara y Bolívar aparecen por todas partes, al lado de tremebundas consignas de otra época como: “¡Patria o Muerte!”, “¡Socialismo o Muerte!”. No lejos de allí y de un local partidario chavista, existen incluso unas tiendas “socialistas” que ha inventado el demagógico presidente venezolano como para que Caracas se parezca más a la capital cubana: en ellas se vende a precio muy barato café o chocolate “socialistas” a quienes estén dispuestos a hacer la cola con la paciencia de un habanero. Cola que, por cierto, invade la calle, una calle que, como la mayoría de las de Caracas, estará invadida a su vez por enormes y pestilentes montañas de basura.

La ciudad de los altos edificios se encuentra rodeada por villas miseria: por orden del gobierno las casuchas que se elevan hacia la montaña han sido pintadas de llamativos colores, eso le confiere un alegre tipismo que seguro sabrían apreciar los turistas que pasearían por Caracas si es que no fueran inexistentes. Sin embargo, debo decir, en honor a la verdad, que esta ciudad que, por contraste, me produjo la sensación de que Lima era el paraíso, posee bellos museos financiados por el estado, en los cuales se exhiben obras de Picasso, Bacon y otros de los genios del arte contemporáneo, como también una ciudad universitaria que es Patrimonio de la Humanidad debido, por un lado, a su arquitectura y, por otro, a la cantidad de valiosas obras de arte que posee en sus muros, patios y jardines. Mientras yo estuve en Caracas pude ver, además, como se aprovecha la importante red de museos de la ciudad para acoger festivales artísticos diversos. Y pude asistir, por ejemplo, al V Encuentro de Arte Corporal, una manifestación en la que confluyen performances, diseño vestimentario, danza,  pintura sobre la piel, tatuajes y otras manifestaciones artísticas que tienen como materia principal el cuerpo humano. Vale la pena destacar también que en Caracas hay verdaderas casas editoras que publican, a veces con ayuda del estado, libros de muy buena calidad. Los cuales se distribuyen a través de librerías “elitistas”, como la de Los Galpones, que visité en compañía del poeta Octavio Armand,  o de la cadena estatal de librerías populares.

Estas son algunas de las impresiones que capté en mis ratos libres (y tuve muchos) en que recorrí a pie kilómetros de una ciudad hostil a un individuo peatón como yo. Decía antes que mi presencia en Caracas se debió al festival Documenta, ahora, pues, voy a eso.

 

 

Documenta: la recreación del mundo real

Estuve en Caracas representando al festival Documenta de Lyon (Francia) en el evento que lleva el mismo nombre en la capital venezolana. Y como tal participé en el jurado que otorgó el 2° Premio Regional Andino de Cine Documental a algunas de las 28 películas seleccionadas. Con el auspicio de la Embajada de Francia en Venezuela, la Alianza Francesa, el Instituto Francés y otras entidades tanto francesas como venezolanas, el  festival tiene como objetivo difundir el documental de creación, ir formando un público para este tipo de cine y alentar la propia creación en los cinco países incluidos oficialmente en la llamada “área andina”: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Plenamente inscritos en esta idea de que el documental es un género cinematográfico de creación y no un mero reportaje televisivo los miembros del jurado vimos, analizamos, discutimos, juzgamos los filmes presentados a concurso y premiamos a algunos de ellos. El jurado en el que participé yo debió elegir un filme en las secciones cortometraje, largometraje y ópera prima. Otro jurado se encargó de otorgar los premios de la competencia estrictamente venezolana y de la sección de películas con temática indígena.

En honor a la verdad, debo decir para empezar que la competencia de cortometrajes no despertó nuestro entusiasmo y que eso se refleja, por cierto, en la premiación, ya que en definitiva se trató solamente de destacar un filme dentro de un conjunto bastante mediocre. Por decisión mayoritaria del jurado, se premió al venezolano Ricardo Armas Galindo por La familia de María, película realizada en Buenos Aires en el seno de una familia que adoptó a una niña de dos años. El realizador cuenta la historia de dicha adopción de tal manera que aparece como un caso que podríamos calificar de modélico, ejemplar. Debo confesar que ese cine que quiere dar lecciones de vida no es algo que me atraiga y que yo opté por dar mi voto a Ciudad de letras, filme del colombiano Julio Oyaga Martínez que cuenta en versos visuales, a veces desaliñados, la historia de un poeta callejero tentado por la actitud maldita ante la vida y la autodestrucción. En las otras dos secciones de las que se ocupó el jurado en el que participé, destacaron de manera casi unánime dos películas realizadas por mujeres: Retratos de la ausencia, de la colombiana Camila Rodríguez Triana, y Abuelos, de la ecuatoriana Carla Valencia Dávila. La primera presenta con un punto de vista muy personal e imágenes y textos no solo bellos sino muy adecuados, la historia de unos niños que viven alejados de sus padres porque estos han debido emigrar a otras regiones en busca de trabajo. A diferencia de tantas otras producciones que presentarían esta temática con la mirada rápida y superficial del reportaje para la televisión, Retratos de la ausencia aborda esta problemática real en el mundo latinoamericano de hoy con un espíritu de creación y una mirada que por ser personal es artística. El resultado es excelente y el filme se hizo merecedor del gran premio del festival Documenta de Caracas. De similar nivel de excelencia es, sin embargo, Abuelos, filme a través del cual Carla Valencia Dávila va al encuentro de sus dos abuelos: por un lado, Remo, un médico autodidacta, medio curandero, que busca el secreto de la inmortalidad y, por otro, Juan, chileno, militante sindical de izquierda asesinado por la dictadura de Pinochet. Estos abuelos tan distintos uno del otro representan de alguna forma los dos sueños latinoamericanos: el del pensamiento mágico y lo real maravilloso, y el de la transformación política, social y económica. De una manera sensible e intimista, y en dos paisajes que todo opone, Carla Valencia Dávila nos presenta el destino trágico de un continente a través de dos utopías que han terminado en rotundos fracasos. Demás está decir que la única película peruana de la selección (Cerro de Pasco, profunda sepultura, de Álvaro Sarmiento) estaba lejos, muy lejos, de los niveles de calidad de las películas premiadas.

Antes de concluir esta aproximación a lo que vi en Caracas, en el festival Documenta, quiero destacar, como lo hice durante la ceremonia de clausura del evento, la importante y valiosa participación de cineastas mujeres. Líneas arriba mencionaba a dos de ellas premiadas por el jurado en el que participé yo: Camila Rodríguez Triana y Carla Valencia Dávila. Además de ellas, otras fueron destacadas por el otro jurado: Andrea Carolina López López, Rosana Matecki Celis, ambas de Venezuela, y Marta Rodríguez de Silva, gran documentalista colombiana. A ellas quiero añadir aquí los nombres de las otras cineastas seleccionadas en Documenta 2011: Kaori Flores Yonekura, Clarissa Duque, Andrea Rey Sánchez, Elizabeth Pirela, Gabriela Alexandra González y Ana María Salas. Esta última, colombiana residente en París, nos entregó un bello ensayo de diario íntimo en imágenes titulado Frente al espejo, que es una clara muestra de su talento y su espíritu inventivo. 

 

  

 

Ojos que ven

Ya de regreso en Lima proseguí el ejercicio visual iniciado en Caracas. En las tres veces coronada (y destronada) capital del Perú hay siempre cosas que ver, exposiciones temporales de calidad, que son como una revancha ante la pobreza de los museos en todo lo que no es colonial y precolombino. ¡Pensar que mientras en Venezuela se adquirían auténticos Picasso y Bacon para el Museo de Arte Contemporáneo y se le encargaban murales a Leger y móviles gigantescos a Calder para la Universidad Central, en el Perú la Universidad de San Marcos compraba humildes reproducciones de grandes artistas de todos los tiempos para que los estudiantes tuvieran algo con qué cultivar sus ojos!

Empecé, creo, por la exposición de José Tola en la galería de la municipalidad de Miraflores… Aunque no, primero asistí en el Centro Cultural de España a algunas de las Experiencias de la carne del encuentro de performances. De lo poco que, desgraciadamente, pude ver, se me ha quedado grabado en la memoria la imagen de Cecilia Podestá saliendo de un envoltorio plástico, cual crisálida, mientras escuchamos (y cantamos) el himno nacional, y ya ella con el cuerpo liberado orina trágicamente ente los ojos asombrados del público. Por su poesía escrita y sus performances, ambas siempre estremecedoras, creo yo que Cecilia Podestá es una de las más importantes creadoras jóvenes del Perú. Y ahora sí, unas palabras sobre Tola y Ety Fefer y su muestra titulada Guerreros, monstruos y bestias. Recorrer las salas de la exposición tenía algo de aventura extraterrestre, ya que nos dábamos cara a cara con personajes extraños, entre humanos y animales, surgidos de la parte negra de la imaginación y los sueños de ambos creadores. Tola es pesimista ante la especie humana y, sin embargo, sus personajes, tanto los estáticos como los móviles realizados con Fefer -que parece que bailaran-, son todos muy coloridos. En resumen: una experiencia visual fuerte, difícil de olvidar.

Sumamente ambiciosa e interesante la enorme exposición Dibujando la historia moderna de Fernando Bryce tanto en la Fundación Telefónica como en las salas del Mali. A este artista se le ocurrió hace años dejar huella de la historia contemporánea y sus diversos avatares a través de dibujos suyos que son reproducciones en tinta china de documentos, fotos y publicaciones diversas correspondientes a los hechos históricos, personajes y espacios geográficos que trata. Son relecturas artísticas de la gran iconografía del mundo, un trabajo que empezó siendo meramente conceptual y derivó después en obras tangibles, de las cuales se exhiben veintidós series y un total de alrededor de dos mil piezas. Impresionante trabajo híbrido, excesivo, alejado de los géneros tradicionales de la pintura que, por eso mismo, no es comprendido por Fernando de Szyszlo, uno de los patriarcas del arte contemporáneo peruano. Sin mencionar nominalmente a Bryce, Szyszlo viene denigrándolo en los medios en cuanto le dan la palabra. Así, por ejemplo, en el diario La República (9/12/2011) dice: “En materia de la situación del arte actual, sí soy pesimista. Yo creo que estamos en un mal momento. Se han perdido los valores. Porque juntan páginas y páginas de periódicos creen que hacen arte. Puede ser que hagan un acto, intelectual si quieren, pero de arte no tiene nada que ver.” En otras palabras, Szyszlo dice que el trabajo de uno de los mayores artistas peruanos de hoy no tiene nada que ver con el arte. Eso se explica porque más allá de lo suyo, o sea, la pintura sobre un lienzo o los grabados, Szyszlo ya no entiende el arte: lo que no cuadra con su propia concepción pictórica para él sencillamente no existe. Es verdad que es un hombre ya mayor, un anciano que fue un artista destacado y que hoy funge, desde la derecha, de oráculo menor de la política peruana, pero la vejez física no tiene que ser siempre, como en este caso, vejez mental. Lamentable.

Menciono rápidamente otras dos exposiciones que me han gustado: la de las representaciones arquitecturales en la cerámica precolombina en el Mali, y Ficciones asiáticas, insólitas fotografías de hoy de artistas chinos, japoneses y coreanos en el Centro Cultural de la Católica, para detenerme un momento en La ruta del sol, impresionante trabajo fotográfico de Frank Gaudlitz, exhibido en la galería Pancho Fierro. El fotógrafo alemán ha hecho parte del recorrido que su compatriota Alexander von Humboldt realizó a principios del siglo XIX por tierras de Ecuador, Perú y Colombia. Y allí donde el científico escribía sus impresiones y reflexiones en un diario de viaje, Gaudlitz ha tomado fotos. Magníficas series de imágenes en blanco y negro de los paisajes, cortadas de vez en cuando por excelentes retratos en colores de personas encontradas durante el trayecto. Debo decir que esta exposición me dejó encantado, más estremecido que durante un temblor de Lima. Y me llevó a anotar esta frase escrita por Humboldt el 13 de septiembre de 1802 y aún tan vigente: “¡Bienaventurado el hombre que reconoce sus límites y que no considera las nubes como el horizonte que está buscando!”  Tarea urgente: leer el diario de Humboldt.

 

 

Elogio de la inestabilidad

A Carlos Carnero siempre le gustó trabajar con las manos. Me contó que de niño hacía cometas y otros juguetes, utilizando la madera y que, en un momento dado, transformó el garaje de su casa en taller de construcción de objetos lúdicos. Mientras se iba apasionando por la poesía, convirtió su pasión inicial por la madera en forma de vida: se hizo pequeño industrial y dirigió durante una década una empresa que fabricaba juguetes. Un día, sin embargo, presionado tal vez por la competencia desigual de los productos venidos de China, dejó eso y cambió de vida. Cambió de vida pero no traicionó la idea de dedicarse a lo que le gusta: dejó, pues, la madera y puso su esfuerzo en crear un lugar de poesía, un lugar donde reinan los libros de poesía de ayer y de hoy, de aquí y de todas partes. Ese lugar, desde hace poco tiempo, se encuentra en Miraflores, en la calle Porta, y es la Librería Inestable.

De todas las maneras posibles Carlos Carnero se procura primeras ediciones de poemarios, revistas antiguas, libros actuales editados en pequeñísimos tirajes y, en paralelo, fabrica o hace fabricar objetos diversos en los que quedan estampadas huellas diversas de la poesía. Su Librería Inestable es un pequeño espacio en el que da gusto estar, sea buscando en los estantes al poeta hasta entonces desconocido o al autor del que se quiere tener un libro inhallable, sea conversando con el feliz librero, un hombre tranquilo y extremadamente afable, cuarentón juvenil de voz dulce y sonrisa tímida, curioso buscador de antigüedades vigorosas y entusiasta descubridor de la poesía viva de hoy. En medio de la ruidosa calle Porta, rodeada por restaurantes baratos en los que se come escuchando cumbia andina, al lado de la quinta en la que Varguitas vivió medio clandestino con la tía Julia, está la Librería Inestable, un poema tangible de Carlos Carnero Figuerola. Yo no sé si estás líneas son un homenaje o un testimonio de amistad. Es probable que sean las dos cosas a la vez pues haberlo conocido a él, haber descubierto su librería y haber puesto en venta -y que se hayan vendido de verdad- los últimos ejemplares encontrados por azar de mi libro Curriculum mortis, son algunas de las cosas más bellas que me han ocurrido durante estas semanas en Lima.

 

 

 

Mata el bueno, mata el malo

Tanto en la Librería Inestable como en otros lugares de Lima he tenido la ocasión de cruzarme y conversar con José Carlos Yrigoyen y Jerónimo Pimentel. En verdad, al primero lo conocí en enero del año pasado, en compañía de Carlos Torres Rotondo, poco tiempo después de que se publicara Poesía en rock, el excelente libro testimonial sobre la poesía de los 70 y 80 del que ambos fueron editores y yo uno de los varios participantes. De Yrigoyen me sorprendió aquella vez el extraordinario archivo mental que tiene de la poesía peruana. Un conocimiento enciclopédico y memorioso que para alguien como yo, que siempre ha tenido problemas para recordar títulos y fechas, es siempre digno de admiración. En una estadía anterior en Lima, había asistido a una lectura de Yrigoyen y Pimentel junior en Barranco y, sin haberlos leído aún ni conocerlos personalmente, me parecieron poetas interesantes. Por eso, cuando me enteré de que pensaban ambos asociarse para hacer un blog literario que se rompiera con el amiguismo habitual del comentario literario en el Perú, me pareció una excelente idea. Por fin alguien iba a enfrentar a la omerta de las diferentes mafias literarias limeñas, por fin alguien dejaría de calificar de “obra maestra” lo que le pasa por los ojos si viene de los amigos, por fin alguien haría verdadera crítica, por fin alguien analizaría las obras de quienes no son necesariamente sus patas del alma con algo más que el famoso “demoler, demoler, demoler” de Los Saicos. El blog apareció por fin, con el sugerente nombre de Nosotros Matamos Menos (NMM), y desde entonces, lo sigo con sumo interés.

Debo decir, sin embargo, que el entusiasmo inicial lo he ido perdiendo. Quienes pretendían ser diferentes y asumir la crítica con seriedad como que han terminado muy rápido por hacer lo mismo que criticaban en los otros. Son como Humala y su gran cambio: han terminado haciendo lo que dijeron que no harían. Como que esto empezó con la crítica furibunda que hizo Yrigoyen a la manera (casi inexistente) con la que la prensa trata la literatura. Sintiéndose ofendido, el poeta de los 80 y periodista Enrique Sánchez Hernani, respondió a Yrigoyen y este, en ese momento, le declaró la guerra. En NMM, como en las malas (¿y también en algunas buenas?) películas de Hollywood, los dos compinches se han distribuido el trabajo, reservándose cada uno un papel específico: Yrigoyen es el malo, el policía torturador y sin escrúpulos, mientras que Pimentel junior es el policía bueno, el que habla suavemente y en vez de amenazar con brutalidades promete formas prácticas para salvar el pellejo. Desde hace semanas NMM es así: Yrigoyen ha tratado de vincular, a como dé lugar, a Rodolfo Hinostroza con un mamarracho “poético” publicado por un tal “Hinostroza” a finales de los 60, haciendo gala de su enorme mala leche. El mismo malo de la peli demuele sin escrúpulo alguno el interesante libro de Sánchez Hernani Quise decir adiós como para rematar la polémica que había tenido con él, semanas antes, sobre la presencia de la literatura en los medios. Yrigoyen o el pensamiento saico: demoler, demoler, demoler. Pimentel, en cambio, se muestra “gentil” y “generoso” en sus críticas y después de decir, por ejemplo, todo lo mal que piensa de El Elegido de John Martínez saca de su sombrero, como un mago de circo, uno o dos conejos blancos que le permiten concluir finalmente que lo que era malo no lo es tanto. Y así, erigiéndose en los papas de lo bueno y lo malo, sin ejercer verdaderamente la crítica seria, dejándose llevar sea por sus detestaciones personales, sea, como siempre en Lima, por el amiguismo, los compadres de NMM se parecen cada día más a aquellos que tanto criticaban al crear el blog. Es una lástima, porque siguen necesitándose lugares en que se haga crítica seria sin que seriedad quiera decir academia ni carencia de humor. Y tanto Yrigoyen como Jerónimo Pimentel hubieran podido ser los creadores de un espacio de ese tipo. Hoy, como toda la prensa que han criticado, elaboran incluso su propia lista arbitraria de “lo mejor” del año. Son, pues, qué tristeza, como Humala: “Conga no va” pero, finalmente, “Conga sí va”.

 

Criticar al crítico

Un día en que me crucé con Jerónimo Pimentel en la Librería Inestable le dije que le dejaría un ejemplar de mi libro País sin nombre “para que me lo demuelan”. Creo incluso, si mal no recuerdo, que algo similar les puse a los NMM en una dedicatoria que escribí de puño y letra. No soy adivino, pero sabía de antemano que así sería: mi libro, que no ha sido escrito para gustar a todo el mundo, puede causar rechazo, sobre todo en quienes han idealizado los años 60-70 del siglo pasado y en quienes, por una u otra razón, tienen lazos tan sólidos como acríticos con dicha época. Tal es el caso, evidentemente, de Pimentel junior, por varias razones, unas más evidentes que otras. El poeta noventero pretende meterse en la piel de un crítico pero no asume cabalmente su misión, dando como resultado un comentario mediocre, similar a cualquiera de las notas periodísticas que dice detestar, pero en negativo. Jerónimo Pimentel no ha leído mi libro tal cual es, no ha tratado de entrar en mi propuesta y, una vez dentro, buscar lo que en ella funciona o no funciona. Lo que ha hecho es confrontar mi “novela” con lo que él cree firme y ciegamente que es la novela y como no hay coincidencia entre su idea y mi libro entonces deduce que es un trabajo fallido. Yo no voy a discutir aquí su derecho a que mi libro no le guste, a que le parezca malo, deleznable, pésimo. Es su estricto derecho como lector, incluso frente a una obra maestra, y yo no pretendo que País sin nombre lo sea. Ya he dicho varias veces que yo no escribo para que me quieran mis amigos y menos aún para hacerme nuevas amistades. Lo que escribo es por necesidad y lleva la carga vibrante de mis nervios y el caudal rojo de mi sangre. La literatura es fuego y no esos productos light que se venden como novela y que todo el mundo lee. Concibo así la literatura, mi literatura, y lo único que le pido al lector -en este caso de País sin nombre-, es que me lea a sabiendas de eso y con la suficiente disponibilidad personal para perderse y reencontrarse en un laberinto de pequeños acontecimientos que termina por conformar un bloque de 520 páginas que abarca diez años de historia, de una historia que fue terrible y no necesariamente una gesta heroica. Pimentel junior no tiene esa disponibilidad y es su más absoluto derecho no tenerla. Él, para leer un libro tan voluminoso, necesita que le aseguren de antemano que es una obra maestra. Le encanta Moby Dick, dice, y no debe escatimarle elogios a la ya muy elogiada novela de Herman Melville. Así qué fácil, digo yo, y prefiero nadar a contracorriente y decir sin avergonzarme que no me gusta Paradiso, que no he podido leerla, que no entro en la novela de Lezama Lima por más que sea, según los críticos, uno de los monumentos del neobarroco latinoamericano. ¿Voy a afirmar por eso que es fallida? Por supuesto que no, pues yo no erijo mi gusto personal, mis expectativas como lector, en la base desde la que juzgo las obras literarias. No se puede leer Pedro Páramo de Rulfo como si fuera Ulises de Joyce: la primera se sitúa en una especie de minimalismo, mientras que la otra se reafirma en el exceso. Nada de esto lo toma en cuenta Jerónimo Pimentel y entonces me reprocha que País sin nombre no sea una novela “clásica”, es decir, tal como quedó grabada en el mármol del siglo XIX: con un narrador omnisciente que lo sabe todo y conduce de la mano al lector a lo largo de la trama, con personajes debidamente conformados psicológicamente, con una intriga clara, etc. Para decirlo en otras palabras: Pimentel junior le pide a mi novela justamente todo lo que he querido evitar y como no encuentra lo que él le pide la califica de fallida. Cuánto me hubiera gustado que la calificara de “fallida”, “un desastre”, “un asco”, “formidable” o lo que sea, tras haberla leído en lo que es y no por simple y perezosa comparación con lo que él hubiera querido que fuera. Una buena crítica, sea negativa o positiva, lleva a reflexionar, a descubrir aspectos de los que uno no se había dado cuenta. Nada de eso provoca la de Jerónimo Pimentel, desgraciadamente.

Hace unos días estaba yo invitado al programa del poeta Julio Heredia en radio Capital y al abrirse la antena a los oyentes recibimos la llamada de un caballero que dijo haber comprado País sin nombre en El Virrey y haber leído mi “novela” de principio a fin. Después de eso añadió que no le gustaba su estructura en puzzle y directamente pasó a decir lo que le ardía en la boca: “¡está llena de sexo!, ¡es un asco!”, y de inmediato colgó. Cuento esto porque incluso esta reacción visceral,  pacata, puritana, de un lector digno discípulo de Cipriani, tiene más valor que la pretendida crítica seria de uno de los cómplices de NMM. Ese señor ha leído el libro tal como es y ese libro así no le gusta, le es insoportable, atenta contra sus valores, rompe sus esquemas morales. Yo comprendo a ese caballero, y su reacción violenta, insultante, me ha dado mucho que reflexionar. Y ahora estoy más convencido que nunca de que lo mío es escribir libros que den asco a los moralistas, religiosos sectarios, enemigos del sexo y demás amigos y seguidores del señor Cipiani o la señora Jara, para quedarnos con ejemplos del ámbito peruano. Digo esto, y recurro a esta anécdota, porque detrás de la “crítica” de Jerónimo Pimentel hay también una huella puritana que se trata de esconder elogiando, por ejemplo, a los personajes femeninos de mi “novela”, los cuales son en gran medida los más liberados del yugo patriarcal, los más rebeldes y rompedores y los más liberados sexualmente.

La “crítica” de Pimentel junior a País sin nombre me hace pensar en la que hace Szyszlo, de manera solapada, a Fernando Bryce en el campo de las artes plásticas, y de la que di cuenta más arriba. Szyszlo, pintor abstracto de lienzo, caballete y óleos, no entiende ni quiere entender, el trabajo híbrido, excesivo, descomunal, fuera de cualquier género pictórico debidamente establecido, que realiza con singular exigencia y entrega Fernando Bryce. La diferencia entre Szyszlo y Pimentel junior radica en que aquel es un hombre viejo, que se acerca a los noventa años, y que en el campo pictórico “ya fue”, mientras que Jerónimo Pimentel no tiene siquiera cuarenta años y se supone que en la juventud se tiene un espíritu más abierto que en la senectud. Ya vemos que no siempre es así.

No quiero cerrar esta “crítica al crítico” sin mencionar una alusión de Pimentel junior a mi ego en un comentario posterior. Empecemos por lo más evidente: toda persona que escribe y publica posee un ego medianamente desarrollado, sino tira sus textos a la basura o encarga esa tarea a sus herederos. Desde ese punto de vista tanto el poeta noventero como yo algo tenemos de ego. Y probablemente él más que yo porque, primero, ha comenzado a publicar bastante joven y, segundo, pretende juzgar la obra de los demás y dictaminar qué es “lo mejor” de lo publicado en el año y juzgar incluso si el año fue bueno o malo. Si para eso no se necesita un ego sobredimensionado entonces de qué estamos hablando. En verdad, evocar mi ego me parece algo fácil y poco digno, sobre todo cuando quien lo hace ha dicho antes que el personaje-narrador de País sin nombre, un tal Javier Rosales, es mi alter ego, y ese personaje en la “novela” está lejos de ser un héroe, un ser positivo, el bacán del barrio o el gallito del corral. No es demasiado exigir un poco de coherencia en lo que se afirma, incluso a quienes se creen dueños de la verdad revelada.

Me permito señalar para concluir con esto que, al contrario de Jerónimo Pimentel, alguien muy serio en su acercamiento a la literatura, como es Gabriel Ruiz Ortega, ha publicado en su blog La fortaleza de la soledad una entrevista conmigo sobre País sin nombre que demuestra que él sí ha leído mi “novela” como lo que es y desde allí propone diversas reflexiones sumamente interesantes. Y ya que a los muchachos de NMM le gustan las listas de éxitos del año, les informo que Javier Agreda, crítico literario de La República, considera País sin nombre entre las obras narrativas más interesantes del año. Igualmente, Quise decir adiós de Enrique Sánchez Hernani, tan denostado por los comisarios de NMM, figura en todas las listas de hits literarios salvo en la de ellos, por las razones que evoqué más arriba.

 

 

Poetas y poemarios      

En estos dos meses que llevo en Lima he recibido muchos libros de poesía de manos de sus jóvenes autores y también he comprado varios. Durante semanas estuve buscando una antología de la poesía de Eielson para llevársela a una amiga en Buenos Aires, pero no encontré en venta tan deseado libro (salvo de segunda mano y a un precio excesivo) ni ninguna otra de sus obras, aunque estas hayan sido reeditadas hace poco tiempo. Me da la impresión por eso de que Eielson se ha convertido en el Perú en un fenómeno parecido al de Jaime Sabines en México o Jacques Prévert en Francia: es un poeta que goza de cierta popularidad. Eso me extraña. Finalmente, hallé en La Casa Verde Poeta en Roma, amplia antología realizada por Martha Canfield y publicada en 2009 por las ediciones Visor de España. En esa búsqueda, sin embargo, fui encontrando otros libros peruanos muy bellamente editados. Algunos de ellos los compré y me llevé la sorpresa mayúscula al descubrir que en uno que otro el aspecto general del objeto-libro es más importante que la poesía que contiene. En La Familia de Miraflores compré, por ejemplo, un bello libro, impecablemente ilustrado y editado, pero cuando lo leí descubrí que de él sólo podía rescatar un verso que me dijera algo. Un solo verso, que dejé subrayado, éste: “Mi única casa es la mujer que duerme conmigo”. Algo le está ocurriendo, creo yo, a la poesía peruana última: poesía que está callada oyendo su propia voz, poesía que no transmite nada o muy poco. O, en todo caso, que no me transmite nada a mí, humilde lector de versos.

Felizmente, toda la poesía que se produce no es así y a lo largo de estos meses en Lima he leído libros que me parecen interesantes de poetas que ya conocía y apreciaba y libros que me han interpelado de autores que eran desconocidos para mí. A algunos de estos libros y autores evocaré en las líneas que siguen. Empezaré por el mayor de ellos en términos de edad: Enrique Sánchez Hernani. Su libro, tan vapuleado por los NMM, tiene gran intensidad y una carga expresiva muy fuerte para afrontar esa “costumbre que suele tener la gente” (Borges dixit): la muerte. Y, más aún, en este caso la muerte de un amigo querido, a pocos meses de ocurrido el hecho. Otro librito que me pareció sumamente interesante es Panzer Plastic, de Montserrat Álvarez. No es una novedad, ya que fue editado en 2008, pero yo no hago listas de “lo mejor del año”, sencillamente hablo de lo que me ha estremecido. Conocía a la autora por el excelente Zona Dark que hace ya varios años me recomendó, con justa razón, Tulio Mora y, desde entonces, no había leído nada de esta autora que es española, peruana, paraguaya, es decir, que es sobre todo ciudadana de una lengua: el castellano. En Panzer Plastic hay poemas tremendos como “Justamente la vida”, “Las tácitas palabras del cliente” y “Poema antipatriótico”. Esta mujer le pone a menudo algo extraño a sus versos, algo que no sé definir, pero que me revuelca sin que pueda evitarlo. Otro libro que destaco es Berlín, de Victoria Guerrero, pero de él ya dije dos palabras en mi crónica anterior. En cambio, un descubrimiento total para mí es Miguel Ángel Sanz Chung: sus libros gemelos La Casa Amarilla y Casa abandonada son tremendamente personales y eso me gusta. Casi lo mismo puedo decir, rápidamente, de Présago, de Romy Sordómez, que es del 2005 pero que yo he leído recientemente en Lima. Me quedan dos poetas más que me han impresionado con sus versos. Una es Tilsa Otta, que menciono acá aunque no la he leído: mi entusiasmo se basa en poemas suyos que he escuchado en su voz en dos o tres recitales públicos. Hay en ella, creo, una rareza que me gusta. El otro es César Ángeles. Su libro Sagrado corazón posee una fuerza, una intensidad y un arte de la polifonía que me han subyugado. Su autor, sin embargo, cuando se pone un pomposo sombrero de crítico lo combina con un escapulario de “marxista” prehistórico, religioso, enceguecido por la fe. Y fue de esa manera que polemizó conmigo reaccionando a un artículo mío sobre Vallejo en la intimidad de la vida y el papel, que yo juzgo nefasto, desempeñado por su viuda. Rendido ante las imágenes santas del “poeta revolucionario” y su “abnegada esposa”, Ángeles no pudo sino responder con falsedades, cólicos hepáticos y hasta insultos, a mi lectura de, sobre todo, las cartas de Vallejo y las notas biográficas sobre él redactadas por esa señora que, yo a los 14 o 15 años, vi que tiraba monedas a la cara de Gerardo Diego, respetable poeta y amigo del autor de Trilce. Pero, bueno, al margen de eso, Sagrado corazón es un buen libro y no tengo por qué no decirlo.

 

 

Arguedas y Westphalen          

Hoy es miércoles, ha pasado más de una semana desde que empecé esta crónica de mis días limeños. El calor ha estallado, el verano por fin se ha hecho presente plenamente y yo he terminado de leer también algunos libros en prosa. En narrativa mi mayor descubrimiento es Andrea Jeftanovic. En mi pasado Búho insomne expresé la gran impresión que me había causado el primer cuento, titulado “Arbol genealógico”, del libro No aceptes caramelos de extraños (Uqbar, Chile, 2011). No sé por qué pero después de ese cuento excelente, perturbador, decidí interrumpir esa lectura y abocarme a descubrir un libro anterior. Así, en El Virrey de Miraflores, encontré Escenario de guerra (Alfaguara Chile, 2000), la primera novela de Jeftanovic, que leí de inmediato y casi de corrido. El mundo tan propio de esta escritora chilena ya estaba allí, el mundo de una Virginia Woolf sudamericana cuyas historias son como plantas carnívoras. Después de leer la novela retomé No aceptes caramelos de extraños y fui entonces sacudido por “Marejadas”, “Primogénito”, “Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas”, “La necesidad de ser hijo” y otros relatos que pueden considerarse entre lo mejor de la cuentística en castellano.

No ha sido, sin embargo, Jeftanovic y sus historias a menudo sombrías pero no por eso menos relumbrantes, lo que ha ocupado en estas últimas dos semanas mi mayor tiempo de lectura. Ha sido más bien la correspondencia entre José María  Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen reunida bajo el título de El Río y el Mar (FCE, Perú, 2011). Son treinta años, entre 1939 y 1969, de una amistad profunda e irrenunciable de dos hombres nacidos en 1911 a los que, en principio, todo separaba. Son 57 cartas, la mayoría de ellas escritas por Arguedas. El autor de Los ríos profundos, atrapado en la intimidad de la correspondencia privada, muestra no ser tan dulce y campechano como a menudo lo han pintado. En verdad es extremadamente crítico con sus contemporáneos y con el país en el que le tocó nacer y del que varias veces quiere escapar. Para muestra un botón: “¿Leíste el artículo de Estuardo Núñez sobre el sentimiento de la naturaleza en la nueva poesía del Perú? Yo no sé quién es más bruto: el que lo escribió o quienes lo publicaron. A mí ni siquiera me da náuseas, sino que me molesta…” (p. 49) Luego, en la misma vena: “…toda esa carroña escogida de pequeños literatos, tienen incapacidad mental para entender nada de lo que verdaderamente es arte.” Y en términos similares ataca, por ejemplo, a Sebastián Salazar Bondy: “Su vanidad es mucho más grande que cualquiera de sus virtudes, las que corren el peligro de desaparecer devoradas por esa vanidad que le hace suponerse absolutamente perfecto y superior a todos ‘los de su tiempo’” (p. 88). Confieso que no me esperaba semejante virulencia en un hombre que se confiesa frágil, sentimental y emotivo, que se muestra muy inseguro de sus propias capacidades tanto como antropólogo que como narrador y que se queja a menudo de sus depresiones y otros problemas psicológicos. Al contrario de él, Westphalen ya había dado muestras de sus reacciones violentas a través de sus acciones con los surrealistas y, por ejemplo, en sus artículos para la revista El Uso de la Palabra. En carta del 23 de agosto de 1939, por ejemplo, Westphalen llega a decir de un artículo de Serafín Delmar, poeta con pretensiones vanguardistas: “El bacín y la caca al fin acaban por unirse.” (p. 60)

Sorprende también, aunque no debería, la posición que adopta Arguedas frente al quechua, ya que al autor de Los ríos profundos se le suele presentar como indigenista, defensor de una utopía arcaica que se opondría radicalmente a la modernidad del mestizaje.  “Yo no creo, ni mucho menos, en el kechwa como una solución. Al contrario, estoy absolutamente seguro que el kechwa desaparecerá y que debe desaparecer. La castellanización es una necesidad urgente en el Perú.” (…) “El castellano ha de ser el idioma propio y genuino del hombre de estas tierras; pero, eso sí, en ese castellano definitivo que hable el mestizo quedará mucho de genio del kechwa.” (p. 70) Esto lo afirma Arguedas en 1939, cuando está viviendo en Sicuani. Setenta años más tarde, cuando yo he osado afirmar exactamente lo mismo que Arguedas, y reafirmado la absoluta realidad del mestizaje con una lengua común: el castellano, los insultos me han llovido por parte de los más increíbles neoindigenistas, algunos provenientes incluso de las canteras de la poesía rebelde de la generación del 68. No es esta la primera vez en que me digo que en el Perú, en diversos aspectos, las cosas no avanzan sino que retroceden vertiginosamente.

Recomiendo a todo el mundo leer El Río y el Mar y descubrir a un Arguedas al que se ha querido hacer más delicado de lo que era. Y, precisamente, sobre la delicadeza escribe Arguedas ironizando: “Todo debe ser de buen tono, en estilo delicadito, que no hiera los oídos de las niñas bien y de los niños bien que leen, con expresiones y con imágenes demasiado realistas y ‘atrevidas’” (p. 70). Este libro es un valioso homenaje en el centenario de Westphalen y Arguedas que no fue nunca declarado oficialmente como tal. Lo es también, aunque en menor medida, Itinerarios epistolares. La amistad de José María Arguedas y Pierre Duviols en dieciséis cartas (Fondo editorial PUCP, 2011) y el agotado volumen que reúne la correspondencia del autor de El zorro de arriba y el zorro de abajo con el antropólogo John Murra, publicado, me parece, a comienzos de 2011. Ya más dudoso y por demás oportunista es el “homenaje” que pretende dedicarle a Arguedas un periodista peruano residente en París, contando a medias la vida íntima de este y Sibila Arredondo en los meses en que él, aún muy joven, estuvo alojado en casa de ellos.

 

 

Carne viva y fruta fresca

Han pasado días, semanas, desde que escribí el párrafo anterior… Estuve en Buenos Aires, perdí todo el dinero en efectivo que tenía, además de documentos personales y mi tarjeta de crédito. Con la ayuda de algunos amigos pude regresar a Lima (y hago público aquí mi agradecimiento a  Cristina Siscar, Françoise Griboul y Roger Santiváñez, por lo bien que se portaron conmigo en ese momento difícil) y de Lima, una semana después, volé de regreso a París. Y es en París, entonces, que ahora escribo. Y en París, precisamente, conocí a Liz Cabrel, por intermedio de una amiga queridísima, Violeta Barrientos, poeta y luchadora por los derechos de las minorías sexuales. Liz, Violeta y yo pasamos varias horas de una noche a la barra del Chez Georges, vieja taberna parisina a la que concurríamos en otra época Oscar Málaga, Rodolfo Hinostroza, Jorge Nájar, Elqui Burgos, yo y poetas, narradores y artistas provenientes de los más diversos lugares del mundo. Con Violeta y Liz, ambas lesbianas que hace tiempo que utilizan el armario para guardar ropa y no para esconder su sexualidad, conversamos sobre cosas diversas, reímos mucho también, pero un tema que primó en nuestro intercambio fue el de las opciones sexuales y nuestras propias experiencias al respecto. En ese marco y en medio del bullicio del bar Liz mencionó un libro rojo que, desde ya, me intrigó. No era el famoso de Mao, que tanto se difundió por el mundo en los tiempos de la revolución cultural china. Era -es- otro libro rojo el que Liz ha producido al alimón con Silvia Maza y Dina Cedano. Un libro rojo titulado, nada menos, Yo amo mi vulva que, en ese momento, no pude ver pues ya no le quedaba ninguno a Liz tras su periplo europeo. Recién meses más tarde, ya en Lima, una noche en que yo participaba con Violeta en una lectura de poesía en el bar Zela de la plaza San Martín, recibí un ejemplar de manos de Liz. Las líneas que siguen quieren dar cuenta de lo que ha sido para mí el descubrimiento de este libro singular.

Para quienes aún no lo han visto o no se han enterado, digamos primero de qué se trata. El libro de Dina, Silvia y Liz, mujeres y feministas, reúne los testimonios de veintiocho mujeres sobre sus respectivas vulvas, las cuales, además, aparecen fotografiadas en primer plano y en blanco y negro, sin ninguna manipulación estetizante de esas que ahora se hacen con relativa facilidad recurriendo a Photoshop. Son veintiocho vulvas, unas con todo y pelos alrededor y otras con el entorno rasurado. La cruda realidad de las vulvas que vemos en las páginas de la derecha “ilustra” lo que las mujeres entrevistadas cuentan sobre ellas sin falsos pudores ni mojigaterías en las páginas de la izquierda. Cada una de las participantes evoca la relación que tiene con esa parte del cuerpo femenino que las religiones represoras consideran, desde hace siglos, sucia, fea y pecaminosa, convirtiéndola en tabú. Las veintiocho mujeres hablan con seudónimo de su sexualidad, de su descubrimiento del placer, de la masturbación, de la relación con el otro y dicen por qué consideran importante participar en el libro. Lolita dice, por ejemplo, con humor: “Lo nuestro es una relación amor-odio. Sin mí, ella no es nadie. En algún momento hasta pensé que éramos distintas. Al final nuestra relación es bonita. Si le pusieran cerebro sería una sinvergüenza. La quiero mucho, ahora somos una.” Ese desdoblamiento me hace pensar en la novela de Moravia El y yo, en la que el protagonista vive en constante confrontación con su falo, aunque éste anatómicamente es un órgano mucho más evidente que la vulva. Prosigue Lolita: “Empecé a sentirla a los nueve años, desde ese momento creo que ando con la mano pegada a la vulva. Un par de años después de terminar el colegio tuve mi primera relación sexual. Ambas estudiábamos poesía. La mujer más encantadora (hasta hoy) que he conocido. Nunca la había explorado por mí misma. Luego de hacer el amor tuve curiosidad y la abrí para verla y sentirla. Y así lo sigo haciendo hasta hoy.” En algunos casos, como éste, el estilo es casi telegráfico, en otros la narración es más fluida y detallista. En unos testimonios se adivina la edad avanzada de la entrevistada, mientras que en otros se percibe que se trata de una mujer joven, como debe de ser Lolita.

Otra mujer, que utiliza el seudónimo Comer del mismo pan, evoca la poca consideración que a menudo han tenido los hombres -sus parejas- con su vulva, haciendo caso omiso de que ésta para la mujer es fuente de placer. Y luego añade: “Yo siento que la vulva es algo único, es algo muy interno, muy de carne viva. Y es tan  rojita que parece una boca, es como una segunda boca porque también puedes decir cosas a través de ella. (…) Ahora la encuentro bonita, siento que es viva, caliente, es como una fruta fresca. Creo que ya no tengo prejuicios al respecto, me he tomado fotos a solas y me he sentido muy cómoda”.  En un medio como el peruano pacato e hipócritamente pudibundo, donde cardenales del Opus Dei y fanáticas evangelistas buscan intervenir en la vida sexual de la gente e imponer normas de conducta que niegan la sexualidad como una libertad fundamental del ser humano, Yo amo a mi vulva  es un libro valiente, osado, provocador, necesario. Lástima que a los textos les falte a veces trabajo de edición y que en ellos se vea demasiado que provienen de entrevistas de las que se han omitido las preguntas. De todas maneras, Liz, Silvia y Dina: las felicito.

 

 

José Agustín, Nicanor Parra y Fernando Vallejo

Probablemente estos tres escritores, José Agustín, Nicanor Parra y Fernando Vallejo, no tengan nada en común aparte de figurar en mi lista personal de adoraciones. Bueno, exagero un poco porque eso de adorar, en verdad, a nadie adoro, ni siquiera al Cristo crucificado ni a su papá de blanca barba que lo dejó morir sin piedad entre dos ladrones. Lo que quiero decir es que se trata de tres escritores, un poeta y dos narradores, que para mí son de lo mejor de la literatura latinoamericana, y que, de una manera u otra, han influido tanto en mi vida como en mis propios intentos de escritura. Los tres, además, mientras yo estaba en Lima, fueron premiados, cosa que no siempre ocurre con muchos de mis escritores preferidos, como ya lo dije alguna vez, en este espacio, comentando las decisiones de la academia del premio Nobel.

José Agustín es mexicano, nació en 1944 en el estado de Guerrero y recientemente se hizo acreedor de un galardón con nombre bastante rimbombante: Premio Nacional de Ciencias y Artes en la modalidad de Lingüística y Literatura. Nada menos. Cuando yo era adolescente, Agustín dio a conocer novelas como De perfil y Se está haciendo tarde (final en Laguna), obras que revolucionaron el trajinado paisaje de la narrativa mexicana de entonces (excepción: José Revueltas), abriendo sus páginas a la problemática juvenil, el rock y el lenguaje coloquial con todo y argot. Ese sismo violento en la literatura mexicana fue llamado por una respetada académica “literatura de la onda”, con algo de condescendencia, sin adivinar que estaba ante dos de las mejores obras de la narrativa mexicana del siglo XX. Repito que a mí los premios me importan un bledo y no he necesitado de este galardón tan altisonante y lleno de mayúsculas para admirar a José Agustín.

Nicanor Parra es chileno y eso supongo que todos lo saben entre quienes, de una manera u otra, se interesan en la literatura. A los 97 años, cuando su esperanza de vida ha quedado reducida a los dedos de una mano, por fin se acuerdan de él y le otorgan el premio Cervantes. Si esta recompensa, como tantas otras, tuviera en verdad algo que ver con la valía literaria, Parra pudo, debió, tenía que haberla obtenido hace tres o cuatro décadas, pero no ha sido así. Le llega ahora y no en el momento en que revolucionó la poesía en castellano con sus Poemas y antipoemas. Qué importa, igual salté de alegría al conocer la noticia en Lima, la ciudad en la que en los años setenta yo y muchos otros como yo recitábamos textos de Parra como himnos saludables: “Juro que no recuerdo ni su nombre pero moriré llamándola María…” En una entrevista que leí recientemente dice Parra: La antipoesía es una asociación por necesidad; sin embargo, nunca he podido lograr el grado de necesidad que tiene un niño. Es que uno, hasta hoy, sigue hablando por vanidad”. No sé por qué, aunque debe de haber una razón, pero cuando escucho “vanidad” en boca de Nicanor Parra pienso en esa moda pretendidamente “neobarroca” que está carcomiendo ahora por dentro a la poesía latinoamericana. 

Fernando Vallejo era colombiano porque nació en Medellín en 1942 y dejó de serlo en 2007 cuando adoptó la nacionalidad mexicana tras vivir 40 años en el país de la Tecate, mi cerveza preferida. Se hizo famoso a nivel internacional al publicar La virgen de los sicarios aunque, como suele ocurrir, ya tenía escrita y publicada varias obras sumamente interesantes y valiosas, además de haber realizado tres películas después de estudiar cine en Roma.  Yo tuve la suerte de ingresar a su obra a través de El río del tiempo, grueso volumen en el que se han reunido sus cinco primeros libros de ficción autobiográfica: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia y Entre fantasmas. Cinco pequeñas obras maestras que conseguí por milagro en Barcelona en agosto de 1999, ya que se trata de una edición de Alfaguara Colombia y que, como se sabe, los libros de las filiales latinoamericanas de las editoriales españolas no suelen distribuirse fuera de su restringida área geográfica. Es un absurdo pero así es. Ya había leído también La virgen de los sicarios cuando, años más tarde, tuve la ocasión de pasar un par de horas con Fernando Vallejo en tête à tête en la ciudad de Toulouse y grabar una larga entrevista de la que luego difundí sólo una  parte muy pequeña por Radio Francia Internacional. En esa misma ciudad del sur de Francia pude además ver dos de las tres películas que realizó, Crónica roja y En la tormenta, ya que los Encuentros de Cine de América Latina lo habían invitado por su obra cinematográfica.

Fernando Vallejo es uno de los pocos autores de quien he leído prácticamente toda su obra literaria, la cual se caracteriza, entre otras cosas, por el rechazo del narrador omnisciente y su profunda raigambre autobiográfica y, en dos casos, por ser biografías muy personales. En el primer caso, el más frecuente, además de las obras ya señalas, debo destacar El desbarrancadero, otra obra maestra. Lo son también y pertenecen de lleno a la literatura dos libros suyos que son biografías de poetas: Barba Jacob, el mensajero y Chapolas negras, este último sobre la vida de José Asunción Silva. Quiero decir, para terminar, que me siento muy honrado de haber presidido el jurado que, en los Encuentros de Toulouse, otorgó el premio al mejor documental a La desazón suprema. Retrato incesante de Fernando Vallejo, excelente trabajo del colombiano Luis Ospina, uno de los mayores cineastas latinoamericanos de hoy.

Y ahora sí me despido hasta un próximo encuentro con el Búho insomne. Me despido ya no desde Lima sino desde París, donde hoy miércoles ha brillado el sol en un cielo profundamente azul y donde la temperatura ha estado por debajo de cero.

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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10 Responses to El búho insomne

  1. Karen Ruiz says:

    Señor Rosas he visto un video suyo en youtube en la presentación del Hablador en el Britanico en donde dice estar en contra de los anónimos en este blog. Yo me llamo Karen Ruiz y voy por el tercer ciclo de letras en la Pucp. ¿Le basta eso o también sería un anónimo para usted? Le agradecería aclare su posición por favor.

  2. José says:

    Estoy en contra de los anónimos en todos los blogs y, principalmente, en los que, como este, son serios en el buen sentido de la palabra. Creo que hay que asumir lo que se dice, lo que se escribe. Y así lo hago yo aunque, a veces, me cueste hacerme enemigos.Si te llamas Karen Ruiz y eres Karen Ruiz quien escribe, pues nada que decir. Me parece muy bien.

  3. jugador número 12 de alianza says:

    ¿la bronca es con peluchin, con pimentel o con los dos?

  4. José says:

    Bronca con nadie. Solo digo lo que pienso.

  5. mike says:

    sennor rosas ribeyro, estoy totalmente de acuerdo con su critica a nmm. Creo que yrigoyen solo busca protagonismo, y no objetividad. Es lamentable.

  6. Jorge says:

    Acabo de leer la crítica de Pimentel a la que usted hace mención y no es malaleche para nada, es simplemente un punto de vista o de lectura. No me parece bien que porque dijeron que su libro es malo usted arme una pataleta. Saludos.

    Jorge Antonio Ruiz
    DNI: 40742112

  7. J. Rosas Ribeyro says:

    Amigo J.A Ruiz:no armo ninguna pataleta al criticar al crítico. Digo sencillamente que es una mala crítica, sin negarle nunca el derecho de detestar mi libro. Es más, repito, sabía de antemano que Pimentel junior lo detestaría e igual le regalé un ejemplar para que lo criticara.

  8. Berenice says:

    luego de bastante tiempo vuelvo a leer tu columna.Cuando vivía en la selva deseaba estar en Lima, para verte en la presentación de tu libro.Estuve aquí ese tiempo, y nada salió como pensé.Ahora que se que regresaste a tu París,que ya la has hecho tuya,y luego de leer las críticas a las críticas, me tengo que conseguir “País sin Nombre”,y seré despiadada… está avisado.jajaja…Saludos.

  9. Leia o e-book mais bem criticado desse ano!!! O mais comprado do Instagram!!!!

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