La urgencia de un camino distinto
Wednesday February 22nd 2012, 10:30 pm
Filed under: Reseñas

 

Por Rómulo Torre Toro

 

La búsqueda de la originalidad, en algunos casos, puede conducirnos a resultados diametralmente opuestos. El tercer libro de cuentos de Jorge Luis Cáceres (Ecuador, 1982), Aquellos extraños días en los que brillo (2011) se ubica en ese terreno. Su libro anterior, La flor del frío, se caracteriza por una prosa directa, historias de bajo mundo y un matiz local marcado. Por momentos pareciera que intenta trazarnos un mapa de Quito que nunca lograremos comprender. En su última entrega, sin embargo, podemos ver un giro narrativo que pone en evidencia la marca dejada por escritores como Bolaño, e incluso Ribeyro, en sus relatos y que se traduce en una apuesta por la literatura y su reivindicación como un espacio autónomo, con una vida y una personalidad independientes. La literatura ante todo. De este modo, Cáceres ha elaborado un conjunto de relatos que se insertan en espacios más vastos, con historias que tienden a integrar elementos disímiles. Por momentos, pareciera que quiere contarlo todo. En este giro encontramos rasgos positivos, pero también varios problemáticos.

El libro se divide en dos partes, aunque las razones que motivan dicha separación no quedan muy claras. Lo que sí queda claro es que hay dos tipos de relatos fácilmente diferenciables. El primer tipo es el que conforman “Mapa de escritores”, “Aquellos extraños días en los que brillo”, “Tres visiones acerca de la obra de Eduardo Tusset” y “Bailad, malditos, bailad”. En ellos, el peso de la literatura de autores como Bolaño es evidente. El carácter metaliterario y el uso de oraciones largas, de estructura subordinante y conjuntiva, alternadamente, provienen de la narrativa del escritor chileno. En esta unidad, la literatura pugna por hacerse de una identidad propia: ficciones que dejan bien establecida su condición como tales y, por lo mismo, se abren en varias direcciones hasta rozar los límites del delirio:

“Solo bastó con escuchar su potente voz y su acento extranjero para saber que mi nota se encontraba a la salida de la estación de metro. Neil, esa noche, habló durante una hora aproximadamente. Recitó fragmentos de la Biblia con una intensidad que jamás había visto. La gente se agolpaba para escuchar sus palabras sobre el fin del mundo. Habló sobre una nube negra que traería la desgracia y la hambruna a los hombres, y sobre la gran guerra por el agua” (p. 25).

Estos relatos son protagonizados por escritores o, si se prefiere, por sujetos ligados a la escritura: aspirantes a escritores, investigadores, articulistas. Sus desplazamientos por espacios diferentes, espacios que tienen en común su carácter de grandes urbes cosmopolitas, son recorridos literarios que nos llevan de la mano a conocer la obra de un desconocido, como Eduardo Tusset, que busca en Barcelona a un editor que no ha editado ningún libro o presenciar las conversaciones entre un joven y el doctor Font sobre la relación entre la literatura y el dinero. Desplazamientos que van a hacer el cuerpo de las historias, la materia primigenia que los compone. En ese sentido, los relatos que forman esta primera unidad se asocian a las ideas de viaje, movimiento y búsqueda. Y, por supuesto, trascendencia: “La carne y el hueso, Doctor, pueden podrirse, pero lo importante es labrarse un nombre en el tiempo” (p. 15).

En esa misma línea, podemos entender la insistencia sobre la literatura ecuatoriana: “En el trayecto, Mario y Eduardo se acercaron a varias personas para preguntarles si conocían el nombre de algún escritor ecuatoriano. Las respuestas fueron variadas, pero concluyentes: nadie tenía conocimiento sobre literatura ecuatoriana” (p. 96). Una insistencia que nos lleva a pensar que los relatos son, a su manera, un balance de su tradición y una apuesta por sí misma: “”Démosle un tiempo, seguramente vendrá algún escritor que lo sacuda todo”” (p. 22). En esta breve línea, podemos entender todo el proyecto del libro y las características de los cuentos que lo componen: distanciarse de lo propio, enjuiciarlo desde otros códigos, con una perspectiva distinta. La presencia de personajes desarraigados y las grandes ciudades como Barcelona o París no es gratuita, se vincula con la persistencia en aspectos como la mediocridad de lo nacional: “Pero había algo reconfortante en el ambiente de este país de caníbales de sueños: por más talentoso que seas, nunca, jamás lograrás convertirte en un héroe para los tuyos” (p. 64).

El segundo grupo de relatos es variado y, por lo mismo, informe. Lo constituye “La tienda”, “El limpiador”, “El cine de los niños perdidos”, “Hospital” y “Un perdedor en la preparatoria Epsom”. Dichos cuentos se mueven entre lo sórdido, lo fantástico y el absurdo. “La tienda” y “El limpiador” pretenden exponer historias donde los personajes caigan de las situaciones provechosas/ventajosas, en las que se encuentran inicialmente, a otras finales que cambien drásticamente sus destinos. Es decir, utilizan el clásico recurso del final inesperado y que busca, por lo menos idealmente, sorprender al lector. Sin embargo, los movimientos que nos conducen hacia dichos cierres no son convincentes. Les falta solidez, contundencia; utilizan estrategias que, o son ya lugares comunes, o son demasiado descabellados. En el primero de los títulos mencionados, tenemos a dos empleados de una tienda de cómics que quieren deshacerse de un visitante que se les hace molesto. Para eso, quieren encerrarlo en el sótano donde está la bodega. Cuando lo conducen, con engaños, al lugar, se produce el giro final, demasiado gratuito, inexplicable:

“Antes de que Fede abriera la puerta de la bodega, hizo una última pregunta al gordo.

-¿A qué se dedica?

La puerta se abrió y los tres ingresaron, el gordo de último. Su enorme cuerpo tapaba la salida.

-Voy a responderte con otra pregunta –dijo mientras desabrochaba su cinturón -¿A quién de los dos quieres que me coja primero?” (p. 68).

Del mismo modo, “El cine de los niño perdidos” es un intento fallido. La historia nos narra acerca de un grupo de niños que, al ir al cine, son atraídos por una niña, Lucía, que los conduce hasta una gran habitación donde quedan dormidos y secuestrados para toda la eternidad. Quizás pueda entenderse como una suerte de metáfora de los efectos del cine, de ese efecto que quiebra los límites entre la realidad y la ficción (asunto que explotan muy bien, dicho sea de paso, cineastas como Woody Allen). Lo que resalta, sin embargo, es la construcción deficiente del relato. El inicio nos crea una atmósfera que encierra al cine, a los niños y a la “atracción aún más poderosa” (p. 77) que es Lucía. Esta atmósfera le permite al narrador recordar qué pasó el día que vio a la niña, cómo lo condujo a la habitación; en suma, establece el tono del relato y sienta las bases de la historia en el terreno de lo extraño. Al despertar del sueño, el narrador afirma que lleva ahí quince años y entabla conversación con un hombre que se arrastraba por ahí. La resolución del cuento, una vez más, es el problema. El diálogo es abrupto, violento, quiebra el tono inicial del relato y por momentos se enreda: “¡Ella! es la razón por la que estamos atrapados aquí. Nos enamoramos de ella y eso fue nuestra perdición. Si no haces caso a mis advertencias sufrirás nuevamente, pero esta vez soñarás día y noche, y desearás jamás haberte enamorado de ella” (p. 81). Es flojo porque, aunque quiera seguir en el ámbito de lo extraño, de lo fantástico, se apela al recurso más fácil lo que destruye cualquier tensión: la niña castiga al narrador dándole un beso y lo condena a seguir durmiendo, mientras el hombre que se arrastra le grita ““¡Qué imbécil!”” (p. 82).

Los relatos de este segundo grupo son, como ya afirmamos, variados, pero es su pobreza técnica lo que los caracteriza más que los subgéneros en los que podemos inscribirlos. Nada en ellos es sólido y, por momentos, pareciera que su inclusión en el libro responde más a una necesidad de completar cierta cantidad de hojas que a su calidad. Otro buen ejemplo son los intentos por reescribir historias bíblicas o viejas fábulas orientales. Contrariamente a sus explícitas intenciones, las paradojas que intentan recrear y que buscan generar reflexiones profundas sobre el sentido de nuestra fe y nuestra ética, son insustanciales. En ese sentido, relatos como “El gemelo en el huerto de Getsemaní” y “El pequeño león dorado” tampoco prosperan.

En general, la tercera entrega de Jorge Luis Cáceres deja sinsabores y dudas. Tenemos la sensación de estar ante un libro que, bajo revisiones más estrictas, menos autocomplacientes, pudo haber sido mejor estructurado (como unidad orgánica) y haber tenido componentes de mayor calidad. Sobre todo esto último. Los relatos que lo conforman, en un caso, han optado por un camino que ya está abierto y, por eso mismo, contribuyen en poco o nada a ese reflotamiento de su propia tradición literaria. En otro caso, se pierden en historias no consistentes, en carencia de recursos y en un afán fantástico que no termina de cuajar. Nada original. Solo un intento que demuestra que ya va siendo hora de alejarse de ciertas poéticas y buscar un camino que sea, en el sentido más estricto, propio.

 

Jorge Luis Cáceres

Aquellos extraños días en los que brillo

Lima, Borrador editores, 2011, 130 pp.

 

 


1 Comment so far
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ya se extraaba una resena tan punzante y precisa. Acida y corrosiva. Bien ahi, poniendo los puntos sobre las ies. Larga vida a los columnistas de este blog.

Comment by remo 02.22.12 @ 11:53 pm



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