Los anteojos de azufre
Monday February 27th 2012, 12:35 pm
Filed under: Columnas

 

El pensamiento unitario

 

 

Por Mario Granda 

 

 

Desde que empezó el “affaire Thays” sobre la comida peruana, traté de escuchar todas las opiniones posibles sobre los dimes y diretes que se cruzaban en medio de las ollas de nuestro país. Entre pedidos de ninguneo para el escritor hasta columnas que lo defendían del ataque chauvinista de los gastrónomos nacionales, los comentarios trataban de ensamblar un debate con ingredientes de todo tipo. Pero la percepción general fue que Thays había sido derrotado y que el apanado estaba justificado, pues aparte de que no se podía hablar así de nuestro país, tampoco era posible, casi impensable, que las declaraciones hayan sido hechas fuera de nuestro país. Los trapitos se lavan en el propio patio, le dijeron sus críticos, y no hubo respuesta del escritor. Este silencio –al menos absoluto en el ámbito público— ha aumentado la sensación de  triunfo en el bando mayor.

La idea de que las críticas a nuestra propia familia se tienen que hacer en la propia casa se basa en el valor positivo de que discutir un tema entre los individuos implicados ayudará a mejorar las condiciones de convivencia en una comunidad. Esto es lo que reclaman con justicia quienes, de pronto, descubren que un tema privado sale a la luz sin consentimiento de los otros, pero también cuando en ese espacio ideal de debate existen las condiciones adecuadas para opinar y disentir sin el riesgo de ser desacreditado o silenciado.

Lo que ha pasado con Thays es lo que pasa en todo entorno en el que hay poca tolerancia a las opiniones que se oponen a un modo de pensar general –o que, según esta lógica, debe ser el modo de pensar general—. En el Perú existe un partido de pensamiento unitario que impide que una persona pueda seguir su propio interés, y es por ello, creemos, que las opiniones del escritor terminan por encontrar una barrera infranqueable que no le dejan terminar con sus argumentos o de representar una opinión*. No existe la idea, pues, de llegar al bien común por medio del propio interés sino de imponer una sola forma de pensar, una sola imagen de nosotros mismos. ¿Será extraño que el pensamiento “diferente” se manifieste con más frecuencia fuera de nuestro país que dentro de él?

Los ejemplos, sin embargo, parecen apoyar esta constante. Hace veinte años, cuando Mario Vargas Llosa le pidió a los países extranjeros que rechacen el autogolpe de Fujimori y realicen un bloqueo económico al Perú para frenar el apoyo a su gobierno, se habló de declararlo antiperuano y quitarle la nacionalidad. El escritor se encontraba en España y se sintió obligado a pedir la ciudadanía de este país para evitar ser un paria. Cuando Sebastián Salazar Bondy, inspirado en César Moro, publicó Lima la horrible para señalar las inveteradas desigualdades sociales provenientes de la Colonia que se mantenían en la capital, recibió otra gran cantidad de críticas (entre otras razones, el libro fue publicado primero en México por miedo a que le impidan publicarlo en el Perú). Al parecer, todos los que se atreven a decir algo del país están casi amenazados de convertirse en apátridas o, en el caso de no salir, de vivir un exilio interior que los aparta de la vida pública, como le ocurriera al propio César Moro.

Lima horrible, comida peruana indigesta, son términos llamativos por la disonancia que producen en los oídos de la mayoría unitaria. Tal vez hubiera sido preferible, es cierto, que las palabras sean más suaves. Pero a veces para llamar la atención y abrir el debate se tiene que hablar en un idioma que, como saben los escritores, tiene que sacudir las bases del lugar común. Un idioma que, de alguna forma, es otra manifestación de la “tradición de la amargura” de la que habla Luis Loayza en sus ensayos y que se refleja en los ensayos de Manuel González Prada, las diatribas de Federico More y Conversación en La Catedral de Vargas Llosa. 

 

* Esta idea se presenta en un diálogo entre Mirko Lauer, Hugo Neira y Matilde Caplansky en la revista Ideele N°135, de Febrero del 2001, pp. 14-16. 

 

 


5 Comments so far
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No hay novedad alguna en un tema trivialmente abarcado.

Comment by Yo 02.27.12 @ 5:45 pm

bien ahí, mario, siempre viendo lo que otros no ven

Comment by discípulo de Joyce 02.27.12 @ 6:05 pm

Completamente de acuerdo, señor Granda. Yo también creo que existe una maquinaria que influye mucho en las opiniones personales, sobre todo aquellas que se muestran disidentes o contracorrientes.

Comment by Marcelo 02.27.12 @ 6:51 pm

Si fuera posible, le pondría “me gusta” al primer comentario….pero es que acaso podría ser de otra manera en este tema ya tan manido y a la vez tan poco representativo en comparacion con otros que el mismo Mario Granda propone?
Las palabras de Thays tampoco demuestran tolerancia por los que creen y gustan lo que él rechaza. La contraparte, por supuesto, hizo lo mismo…
La palabra clave es la misma que usó el escritor: “pataleta”, a la que, por cierto, es inherente la intolerancia o los juicios y reacciones apresudaras, pasionales, etc..hablo tanto del desgarro que sufrieron muchos peruanos (en gran parte debido a lo que JC nombraba como patrioterismo) como del mismo Thays, quien se refierio a su comentario con la palabra mencionada.

Comment by Diana 02.27.12 @ 11:41 pm

El affaire Thays fue ampliamente discutido y el comentario de Granda no aporta nada nuevo. Sin embargo, ya que se trata de un post-affaire, quiero añadir que es interesante comprobar quiénes son los que apoyaron a Thays, Faveron, Cueto, sus amiguitos que juegan playstation con él. Y lo mismo pasa con los firmantes de la carta de protesta contra Correa, el grupete de siempre buscando figuración donde puedan y mejor si es en España. El figuretti de Thays sabía la reacción que se iba a suscitar con sus declaraciones si las hacía en El País. La suya no fue una opinión de un intelectual buscando expresarse sino un psico-social premeditado y alevoso.

Comment by Nadie 02.28.12 @ 5:13 am



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