Segregación N° 1

 

Metadona en el Centro Cultural España

 

 

Por Francisco Izquierdo-Quea

 

 

Marco Tulio recordaba cuándo: Fue el día en que los soldados salieron de la universidad.

Recibí su llamada luego de despertar. Él se mostró agitado y tras algunas frases de saludo comenzó con los circunloquios. ¿Otra pesadilla más, Marco Tulio? Yo acabo de despertar de un sueño extraño, así que estamos casi igual. No es eso, dijo él, y alternó algunos temas para entrecruzarlos una y otra vez.

Yo aguardé alguna pausa para intentar aclararme más o menos el panorama. No pude hacerlo de golpe. Estaba cansado y la luz de la habitación no me servía de mucho como para poder vislumbrar algo. Hasta que poco a poco fui comprendiendo los hechos.

 

***

 

Cuando Monique Pardo me preguntó cuánto calzaba yo ya había visto por dónde iba la cosa, entonces le dije: Cuarentaisiete, para servirte, Monique.

Eso sucedió momentos después de que Franklin se cortara la mano y regara de sangre el apartamento. Mientras Matthieu salía corriendo a buscar alcohol y vendas, ayudé a Franklin a hacerse un torniquete. Franklin, eres un tarado, ¿cómo te hiciste eso? Estaba cortando un poco de pan y tac, mierda, me cagué la palma. Mira. Aparté la vista. Hace años casi perdí un brazo por un accidente absurdo. Desde entonces no quiero ver ni saber nada sobre cortes ni mutilaciones.

Salimos rumbo a la clínica. Lo que sucedió ahí es largo y confuso (papeleos, enfermeras gordas, médicos incapaces), así que no hay gran cosa por contar. En resumen, a Franklin lo cosieron por dentro y por fuera y le recetaron pastillas y reposo. Cuando volvimos, cada uno fue para su habitación. Luego de una o dos horas salí en busca de un poco de té. Toqué la puerta de Franklin. Lo encontré viendo videos en la computadora. Hablamos un rato. Le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien. Así parecía. El vendaje de su mano izquierda se mostraba más que decorativo.

Volví a la habitación y me acomodé sobre la cama a leer. El libro es una novela de Fonseca. El narrador es un escritor mujeriego llamado Gustavo Flavio, que es sospechoso de un crimen y que se debate entre ciertas cabronadas y en convertirse en un buen tipo.

Entonces me quedé dormido.

Dormí y soñé. Casi nunca recuerdo lo que sueño, de modo que esta es una excepción. Las excepciones son las que siempre nos marcan (ver Kafka). Las que siempre alteran todo.

Soy un camarógrafo de televisión y estoy dentro de un estudio de RBC. Tengo una cámara grande y vieja frente a mí. Soy consciente de que todo es un sueño. Por un momento me pregunto y ahora qué. Por un momento me digo qué hago acá. Por un momento digo me largo. Pero algo me inmoviliza. Algo me mantiene detrás de la cámara. Entonces aparece el pelao. Entonces aparece la primera certeza: que soy el camarógrafo del programa del pelao de RBC.

El pelao me saluda diciendo hola, y luego se coloca bajo los reflectores y comienza a revisar algunos papeles. De pronto una voz en off dice tres, dos, uno, en el aireeee. Buenas noches, amigos y amigas. El programa de hoy trata sobre el tema: ¿Usted cree que con Markarián clasificaremos a Brasil 2014? Esperamos sus llamadas y su opinión, dice el pelao mirando a la cámara. Entonces el resto de la historia es harto conocida: la gente llama por teléfono y comienza a cochinear al pelao, lo insultan, le dicen cabeza de pinga, le dicen rosquete, cobarde, vendido, maricón, etcétera. Y yo estoy ahí. Soy el único camarógrafo. Soy la única persona en ese estudio pobrísimo de RBC que está viendo cómo el Perú entero humilla al pelao. Pero eso no me importa. Yo no soy condescendiente. Me río detrás de la cámara. Me vacilo bien detrás de la cámara y el pelao no puede verme pero quizá sí oír mi risa. Pero eso no me importa. Yo no soy condescendiente. Me río.

Hasta que sucede lo impensado: hay un prende y apaga en el estudio y de repente ya no tengo frente a mí al pelao de RBC sino a Iván Thays.

 

         ––¿Cuándo vas a terminar de escribir tu novela? ––dice Iván Thays.

 

Iván Thays está ahí. Es un tipo algo alto, de mirada y aire jovial. Aun así, mantiene cierta seriedad en su rostro.

  

       ––¿Iván Thays? ––digo yo.

         ––Así es ––dice Iván Thays.

         ––Oiga, ¿y usted cómo sabe de mi novela? Oiga, ¿y el pelao?

         ––El pelao está en reunión con los gerentes. Pero yo he venido acá a hablar contigo.

         ––¿Ah, sí? Sobre qué.

         ––Sobre cosas.

         ––Qué cosas.

         ––Yo soy quien hará las preguntas.

         ––Está bien.

         ––¿Ya leíste mi último libro?

         ––¿Su último libro? ¿Cuál?

         ––Carajo.

 

Entonces heme ahí en el estudio de RBC hablando con Iván Thays sobre temas anodinos e interesantes a la vez. El escritor peruano ha tomado cierta apariencia bravucona pero eso no altera para nada el sentido de nuestra charla. El sentido de nuestra charla, vale decirlo, es circundante.

 

         ––¿Ya tiene título tu novela?

         ––Sí.

         ––¿Cómo se llamará?

         ––Se llamará Danza con lobos sin Kevin Costner.

         ––¿Ah, sí? Yo tengo un cuento que se llama «Taxi Driver sin Robert de Niro».

         ––¿De verdad?

         ––Carajo. ¿Te estás burlando de mí?

         ––No.

 

Iván Thays asume otra postura, se muestra un poco impaciente y desganado y dice de pronto que se va. Me lo dice de manera cortante. Dice: Me voy. Yo afirmo con la cabeza y le digo que está bien. Pero él parece no oírme porque de inmediato agrega: Un momento, muchacho. ¿Ves a esa chica que está de espaldas? Pues me voy con ella. ¿Cuántos puntos le das? Miro a un lado y veo a una mujer de trasero obeso vestida de short celeste y blusa guinda. Le digo: Esa chica me parece conocida. ¿Cómo se llama? Iván Thays: Monique. Yo: Ah. Iván Thays: Atención, muchacho, te la voy a presentar. Monique, ven. Y en efecto, Iván Thays hace un par de siseos cálidos y Monique Pardo viene hacia nosotros. Cuando llega saluda a Iván Thays con un beso corto y de momento. Luego se queda mirándome.

 

         ––Hola.

         ––Hola.

         ––Monique, te presento a una joven promesa de la narrativa nacional. ¿Cómo te llamas, muchacho?

         ––Giancarlo Stagnaro.

         ––Monique, él es Giancarlo. Giancarlo, ella es Monique.

 

Afortunadamente en persona Monique Pardo es idéntica a como sale en televisión. Quiero decir, en su forma de ser (aunque también en lo físico). Por ello no me fue difícil llevarle la conversación. Así pues, estuvimos charlando un buen rato, es verdad. Monique que hablaba y hablaba y yo que asentía y asentía e Iván Thays que sonreía y sonreía.

Entonces suena un teléfono.

Alguien llama al celular de Iván Thays e Iván Thays se va a hablar a un lado. Monique sigue en lo suyo mientras yo a dos cachetes escucho también algunas frases sueltas del escritor peruano, escucho algo como no, ninguna entrevista, no, no voy a decir nada, no, no me gusta la comida peruana, sí, muy mala para la salud, sí, prefiero las pastas, entre otras muchas que no alcanzo a oír porque la voz de Monique altera todos mis sentidos, porque está contándome de su vida en la farándula, de sus problemas con el Mero Loco y Susy Díaz, y es de un momento a otro en que así, de la nada, se pone como medio rara, como medio zarandeada, y me sale con el tema del caramelo, de que no quiere que la agarren contra su voluntad sino contra la pared, y de cuánto calzo y todo lo que ya dije hace un rato.

Iván Thays vuelve y pasa el brazo por la cintura de Monique (Monique Pardo sí que es pequeña, razón por la cual el escritor peruano tiene que inclinarse un poco al momento de abrazarla o besarla) y al rato dice que la hora de partir ha llegado. Nos despedimos con cortesía (un apretón de manos y un beso, respectivamente) y quedamos en vernos pronto.

La pareja se va alejando y yo me quedo ahí, de pie, junto a la cámara y a Franklin. Qué haces acá, le digo. Franklin no responde. Observa con atención las figuras de Iván Thays y Monique Pardo. Luego me dice: ¿Quién es esa mamacita de short?

 

         ––Esa mamacita se llama Monique.

         ––Manya. Competitiva la chata, ah. ¿Adónde se va con ese compadre?

         ––No tengo idea.

         ––Mmmm.

         ––¿Cómo está tu mano?

         ––Qué mano.

         ––La que te cortaste.

         ––Yo no me he cortado nada.

 

Despierto de un momento a otro. La luz amarilla de la habitación está encendida y el ambiente se mantiene en silencio. Coloco a un lado el libro de Fonseca y busco el reloj. Luego me pongo de pie y bebo agua. Me acomodo en la silla, fumo, y pienso en algunas cosas. Por ejemplo, pienso en una casa con piscina y en un día de sol. Luego mi mente se queda en blanco y negro. Suena el teléfono.

 

***

 

Eso sucedió tiempo atrás, dijo Marco Tulio. Mucho antes.

Que saliera la Comisión Reorganizadora. Que saliera Paredes Manrique. Que salieran los estudiantes infiltrados, los profesores infiltrados, los chivatos, los administrativos, todos los que la dictadura colocó en San Marcos. Sucedió el día que los militares se largaron. Que dejaron su cuartel sobre el comedor universitario. ¿Recuerdas? Los camiones portatropas estaban a un lado del Muro de la Vergüenza. A un lado de Ingeniería Industrial. A un lado de Química. Los estudiantes, dispersos, observando cómo los soldados abandonaban las trincheras y cargaban los pertrechos. Marco Tulio a mi lado fumando y diciendo entre dientes nunca me voy a olvidar de esto, nunca me voy a olvidar de esto, ya se van estos mierdas, ya se van estos concha de su madre. Cerca de nosotros un tipo de cincuenta años habla con una veintena de periodistas. Dice que es profesor de la universidad. Flashes, cámaras, micros, preguntas. Todo teatralizado. Todo ensayado a la perfección. El tipo dice que los militares trajeron la paz: el mejor de los bienes para la universidad, señorita. Que los soldados se portaron ejemplarmente. Que la relación con los alumnos siempre fue óptima, que jugaban pichanguitas todos los fines de semana, nunca ningún problema, señorita. Que nunca tocaron a estudiante alguna. Que siempre respetaron a todos. Un minuto. Dos. Luego la gente desapareció. El profesor por un lado, los periodistas por otro. Los camiones enfilaron hacia la puerta de Química, y los soldados hacia la Plaza Cívica, marchando y entonando cantos de guerra. Marco Tulio y yo enrumbamos hacia un lado. Caminamos en silencio hasta entrar en la facultad. Tomamos el pasadizo del 8A. Ocupamos el baño y ahí, en la pared del fondo, vimos el grafiti emblemático de ese entonces:

 

BANDA SOPLÓN, HIJO DE GENERALES ASESINOS

 

¿Dónde estaría Banda? En clases. Tomando notas en su laptop. Hablando de libros. Conversando con los profesores. Conversando con otros alumnos. No sería difícil encontrarlo por ahí hablando un poco de su teoría budista. Esa de «una obra de arte perfecta tiene un punto, la peor tiene siete puntos. Por ejemplo, todo Vallejo tiene un punto. La última novela de Vargas Llosa tiene cuatro, o tres puntos. Yo estoy en dos puntos, y eso que soy joven». Hablando. En el Patio de Letras. En el Bosque de Letras. En el Parque de los Teletubbies. En cualquier lugar. Negando todo.

 

         ––Algún día, cuando me lo cruce, ese rosquete va a aprender a mirarme a los ojos. Algún día.

         ––Hay que deslindar las cosas, Marco Tulio.

          ––Ándate a la mierda, huevón.

 

Por la noche hicimos la fila en la puerta del Centro Cultural España. Noche de garúa, sin viento ni frío. Fumamos un poco entre risas. Bebimos una botella de Doce Monos. Entramos. El auditorio colmado de punta a punta. ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk acá? La banda sobre el escenario y todos alentando de pie. Un sujeto flaco de bigotes se acomodó frente al público y pidió silencio. Dijo después que era algo del comité organizador y exigió con timidez que hubiera mesura, que estaba prohibido pararse y menos gritar o saltar. El público lo abuchea entre silbidos y termina mandándolo lejísimos. La vocalista toma posición y lo aparta con firmeza, coge el micrófono y dice algo así como muy bien, pastrulos, ahora vamos a destruir este basurero.

Sandra, pelo suelto, pequeña, maciza, hizo a un lado al tipo, dijo lo que dijo y justo después comenzó con «Una noche sin ti». ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk en el Centro Cultural España? La gente de pie. Todos adelante bajo el estrado. Las primeras filas de asientos sirvieron como base para amortiguar el eslám. El pogo, cada vez mayor, iba de un lado para otro.

 

***

 

Con el transcurrir de las semanas, Marco Tulio asumió algunas cosas. Asumió por ejemplo que la filosofía está en todos los lugares y que no solo forma parte de un discurso estético. Lo decía con aplomo, con un aire determinante, sin violencia pero sí con muchas pausas largas, moviendo las cejas de un lado para otro. Un día le dije: Marco Tulio, me he pasado diez años intentando entender el arte y ahora que lo entiendo no me interesa en lo más mínimo.

Marco Tulio rió y luego dijo ay ay ay. Estábamos en la cafetería del tercer piso de la facultad. Los dueños del local eran otros. Ya no estaba el Enano Erótico, quien hacía un muy buen café, sino Peluquita Saavedra, un tipo especialista en preparar salchipapas, que servía un café horrendo. El café más horrendo que he probado en mi vida.

Entonces Marco Tulio rió y yo me hice a un lado. Luego me incliné sobre los codos y observé mi rostro dentro de la taza de café.

He supuesto (he asumido) que existe un tipo de determinación que se establece a través de ciertas circunstancias, de actos sucesivos.

Todo como en una cadena. Todo enlazado. Todo continuo. Todo infinito.

Todo de un lado para otro.

Porque los hechos y las personas retornan a su origen. 

Porque a veces es mejor desaparecer. 

 

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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5 Responses to Segregación N° 1

  1. arrebatado says:

    senor quea, por favor, siga escribiendo así. y publique un libro con todos estos cuentos. a mi no me interesan las columnas importantes que hablen de temas políticos o culturales-políticos. a mí solo me interesa la ficción.

  2. alumna malcriada says:

    que cara habría puesto Giancarlo Stagnaro al conocer a Monique Pardo

  3. ptite says:

    jajaja no quiere que la agarren contra su voluntad sino contra la pared jajajaja
    Buena!!!

  4. Luis Farfán says:

    Qué buenos cuentos, Pancho, me has hecho reír con Monique e Iván Thays, y lo que cuentas de San Marcos no está muy lejos de la verdad. Te felicito y espero más cuentos.

  5. Jorge says:

    Este es un muy buen ejemplo de cómo un cuento malísimo puede llegar a gustar mucho. Saludos. Ah, y lo mejor del relato, para mí, está en este párrafo:
    Sandra, pelo suelto, pequeña, maciza, hizo a un lado al tipo, dijo lo que dijo y justo después comenzó con «Una noche sin ti». ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk en el Centro Cultural España? La gente de pie. Todos adelante bajo el estrado. Las primeras filas de asientos sirvieron como base para amortiguar el eslám. El pogo, cada vez mayor, iba de un lado para otro.

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