El búho insomne

 

Estos tres: Maruja, Cristina y Leoncio

(Tres declaraciones de amor)

 

 

Si imposible es hacer tu vida como quieres,

por lo menos esfuérzate

cuando puedas en esto: no la envilezcas nunca

por contacto excesivo

con el mundo que agita movedizas palabras.

 

Constantino Cavafis

 

 

Por José Rosas Ribeyro           

           

 

Primera aproximación a estos tres 

No sé si todos los improbables lectores de esta columna, que a veces se parece a una sábana, estarán al tanto de que recientemente publiqué una novela en el Perú: País sin nombre (Mesa Redonda, Lima, 2011). En sus páginas, antes de empezar propiamente la narración, hay una larga dedicación “a mis muertos” y “a mis vivos”. Y una de las personas que figuran en el primer rubro es Maruja Martínez, amiga queridísima, fallecida en agosto del 2000, poco antes de cumplir 53 años. Pero no sólo eso: Maruja es uno de los pocos personajes “reales” (es decir, que existieron en la vida real) que aparecen en mi libro, que es, ya lo dije, una novela y, por lo tanto, más ficción que realidad. Aparece no como Maruja Martínez sino con el apodo cariñoso con el que sus amigos -muchos de ellos de mi generación: la del 68- nos referíamos a ella en la vida real: La Chola, y también con la “chapa” de Tania, que utilizó en la militancia clandestina en la que coincidimos tanto en VR y el POMR como en la Liga Comunista. Después se transformó en Teresa, pero yo ya no estaba en el Perú. Maruja, pues, una de las más bellas personas que he conocido en mi trajinada existencia, y su libro Entre el amor y la furia (Sur, Lima, 1997), que merece mucha más fama que la que tiene, es uno de “estos tres” personajes del título de esta crónica, uno de estos tres amigos entrañables a los que quiero evocar en este espacio.

Entre octubre del año pasado, cuando se presentó País sin nombre en la feria del libro “Ricardo Palma”, y mediados de enero de este año pasé alrededor de noventa días en Sudamérica y la mayor parte de ellos en Lima. Hice un viaje a Caracas, del que ya habló aquí mismo el “búho insomne”, y uno a Buenos Aires. Y es precisamente este segundo viaje y, sobre todo, mi reencuentro en la capital del tango con la escritora Cristina Siscar, lo que constituyen la segunda parte de “Estos tres”, título que -ya se habrán dado cuenta algunos avispados lectores, sobre todo peruanos- juega con el que le puso José Miguel Oviedo a su célebre antología en movimiento de los poetas del 68: Estos trece; el cual, a su vez, si mal no recuerdo, él le tomó prestado a un libro de cuentos de William Faulkner.

A Cristina Siscar la conocí en París en los años ochenta. Había llegado a la capital francesa huyendo de la dictadura que había hecho desaparecer a su marido y asesinado a su hermana, y se integró a un grupo de escritores más o menos jóvenes que intentábamos dar vida real a un proyecto editorial. Nacieron así las Ediciones del Correcaminos, que lograron editar seis o siete libros antes de morir envenenadas por su propia sangre. Uno de los tres libros iniciales que salieron entonces de la imprenta, en edición bilingüe, fue Tatuajes de Cristina Siscar, el primero que ella publicó. Después, ya de regreso a Argentina, ha entregado a los lectores, entre otros libros, los dos que con inmenso placer y admiración he podido leer entre Lima y París, La sombra del jardín (Simurg, Buenos Aires, 1999) y La Siberia (Mondadori, Buenos Aires, 2007).

Completa la tríada de esta evocación un viejo amigo del Perú: Leoncio Bueno. Viejo porque nació él hace mucho tiempo, imagínense, ¡en los años 20 del siglo pasado!, y sigue tan vital, cariñoso, dicharachero, burlón, generoso y buena gente, tal como lo encontré, en enero de este año, al visitarlo en la Tablada de Lurín, en compañía de nuestra común amiga la poeta Patricia del Valle. Leoncio seguro que llegará al centenario y más y más, a inmortal incluso, y terminará por enterrarnos a mí  y a otros del 68 que tanto lo queremos desde aquella época, de principios de los setenta, en que lo conocimos en su taller Túngar, donde él arreglaba baterías con las manos mientras conversaba sobre poesía con nosotros. Algunos de los libros de Leoncio Bueno son hitos imprescindibles en la literatura peruana. Menciono tres que son quizás los que yo prefiero: Rebuzno propio (Arte Reda, 1976), La guerra de los Runas (Túngar, 1980) y Los últimos días de la ira (Túngar, 1994),  aunque debo confesar que conozco mal lo que ha escrito Leoncio en estos últimos años o, mejor dicho, recién lo estoy descubriendo ahora a través de un grueso volumen, titulado sencillamente Poesía, “una prepublicación hecha artesanalmente por el autor” que tuvo la generosidad de obsequiarme junto con sus memorias, Hijo de golondrino, cuando lo visitamos en la Tablada de Lurín y compartimos con él y su compañera, gaseosa, tamales, pastel de manzana, poesía y muchísimo cariño y calor humano. 

 

 

 

Maruja Martínez

 

Maruja Martínez: entre el amor y la furia

Maruja Martínez era de Jauja y vino a Lima a estudiar Ciencias Sociales  en la Universidad Católica. Yo soy de Lima y estudié Letras en San Marcos. A inicios de los años setenta ambos militábamos en una organización de izquierda llamada Vanguardia Revolucionaria (VR). Ambos rompimos con dicho partido formando parte de un grupo de compañeros que nos reclamábamos del trotskismo, pero aún Maruja y yo no nos conocíamos personalmente. En verdad, ella no debía tener ni idea de mí porque yo era un simple militante de célula, pero yo algo sabía de Maruja, la camarada Tania, pues ella tenía tareas de responsabilidad y algo de todo eso llegaba a nuestros ojos, a través de la lectura de documentos partidarios, y a nuestros oídos gracias a radio bemba. Yo vi por primera vez a Maruja cuando los ex de VR fundamos el Partido Obrero Marxista Revolucionario  (POMR) en una casona de Chosica. Pero eso no es estrictamente cierto, porque a quien vi fue a Tania, la militante, y no a Maruja, la amiga, por la sencilla razón de que, hasta ese momento, amigos no éramos. Fue en el seno del POMR, en las actividades de agitación y propaganda en fábricas, hospitales y locales clandestinos donde se reunían las células y, con mayor fuerza, en encuentros paralelos a los de la militancia, en cafés, en mi casa, en calles y avenidas, que se fue forjando una bella amistad entre nosotros, aunque siempre fuimos seres completamente diferentes. Ella tenía fe, yo siempre tuve -y tengo- una profunda vena escéptica; ella era seria y un poquitín solemne, yo siempre he sido irónico y he utilizado el humor negro como remedio contra la desesperación; ella practicaba la entrega total a la vida partidaria, yo siempre me reservé espacios propios, íntimos, personales; ella era una asceta, yo siempre me he entregado sin culpas a los placeres terrenales; ella no era muy literaria, yo vivía en un mundo rodeado de literatura.

¿Cómo fue entonces que dos personas tan distintas pudieron ser tan amigas y quererse mucho? Creo que eso se puede explicar sencillamente con tres palabras: respeto, rebeldía y pasión. Respeto mutuo, respeto de nuestras abismales diferencias; rebeldía e indignación ante la injusticia social, la explotación de unos seres humanos por otros seres que deberían ser sus iguales y ante la insoportable miseria que nos rodeaba en el país que nos había visto nacer; pasión por la vida, en defensa de nuestros ideales, en las relaciones humanas, en la amistad, en el amor. Además, yo la hacía reír con mis historias de bohemia y amoríos y ella me amonestaba por esas mismas historias que la divertían. Un día me percaté medianamente asombrado que ella me quería mucho y que yo la quería también mucho a ella. Y así dos seres distintos, que nunca tuvieron nada erótico ni sensual en su relación, pudieron manifestarse su mutuo cariño a través de diversos gestos y confidencias. Ella expresa muy bien esos sentimientos en la dedicatoria que escribió, en junio de 1997, cuando me entregó un ejemplar de su excelente libro Entre el amor y la furia: “ternura, presencia, antes y ahora”.

Ya salí expulsado del Perú en 1975 y, desde entonces, nos vimos poco. No volví a Lima sino seis años más tarde, por solo dos semanas, y no recuerdo si tuvimos la ocasión de vernos. Después sí, cuando regresé en 1994, y siempre que estuve por allá, hasta que su muerte me dejó pasmado y con un dolor que aún me duele. Me duele tanto todavía que escribir esto se me hace difícil, se me chorrean las lágrimas y siento como que me acabaran de dar hoy la trágica noticia de lo ocurrido en el 2000. Para mí retornar a Lima era volver a ver a Maruja, compartir con ella el cariño y la ternura, hacernos confidencias y discutir de política sin contarnos mentiras. Ella era una razón fundamental de mis regresos y los momentos que pasábamos juntos como que me reconciliaban con el Perú, un país que para mí -ya lo dije antes en algún sitio- es hasta hoy una herida abierta. Ella curaba esa herida, le ponía árnica a mis moretones interiores, me daba la mano para conducirme por los caminos menos ásperos y dolorosos de la ciudad del infierno. Y así llamé mi segundo libro de poesía: Ciudad del infierno.

 

Yo no soy de los que creen, como Rousseau, que existe una bondad esencial en los seres humanos. Esa era tal vez otra diferencia mía con Maruja: ella se daba encontronazos con la realidad y sufría grandes desilusiones porque creía que en la gente había una bondad intrínseca y, sin embargo, todos los días, fuera y dentro de su infatigable trabajo partidario en pos de una improbable revolución, la vida le demostraba lo contrario. No obstante, ella la optimista esencial y yo el pesimista empedernido, nos encontrábamos en la misma dolorosa constatación del mal y nos sanábamos mutuamente las llagas, aunque debo confesar que ella lo hacía mejor que yo.

En junio de 1997 estuve en Lima. Su libro Entre el amor y la furia acababa de aparecer y así, como pan caliente recién salido del horno, lo puso entre mis manos después de añadirle de puño y letra la frase antes mencionada. En los periodos en que no nos veíamos debido a la distancia, ella en Lima, yo en París, intercambiábamos de vez en cuando largas cartas. Cartas en las que las cosas del corazón y los sentimientos íntimos se mezclaban con álgidas discusiones políticas. Cual no sería mi sorpresa cuando en ese magnífico libro suyo, en que narra muchas cosas que me han concernido directamente también a mí, encontré entre  las páginas 154 y 159 un capítulo titulado “Aureliano, poeta”. Cabe precisar que en la vida militante yo le había tomado prestado el nombre a Aureliano Buendía para utilizarlo como pseudónimo. Pero yo ya casi no recordaba al abrir el libro que una vez, como de pasada, me había pedido autorización para reproducir algo de lo que le expresaba en una carta y que, por cierto, le había dicho que utilizara lo que quisiera. Fue tremenda la impresión cuando leí ese capítulo allá en Lima. Tremendo por las bellas palabras que ella me dedicaba a mí y tremendo por encontrar mis propias palabras, cargadas de desesperanza ante la izquierda y quizás algo de amargura, en las páginas de un libro de ella. De ella, Maruja, que nunca perdió la esperanza y murió combatiendo. He vuelto a leer dicho capítulo ayer, ll de marzo, en París, y se me han revuelto dentro los recuerdos y los sentimientos. Sólo quiero citar aquí algunos aspectos de nuestra relación que ella destaca. Empecemos por el comienzo, el primer párrafo: “1972. ‘Mañana es tu cumpleaños, Chola. Te emborrachamos. Ya hemos quedado que será en mi casa. Vamos a ver si es cierto que ninguna cantidad de licor te tumba.’ He reído con la ocurrencia de Aureliano y me alegra. Cargo muchas depresiones dentro de mí como para decir que no. Tal vez resulte divertido. Sólo dirá a los amigos más íntimos: su compañera Amaranta, Turcios por supuesto, los gordos Moreyra, Betsy, Martín y Paco. Arcadio, el hermano de Aureliano, también camarada y también poeta, no fue invitado porque no es mi amigo, y es seguro que será nuevo motivo de resentimiento. Pero Aureliano es implacable en su afán de darme gusto.”  

Más adelante Maruja señala algunos aspectos de nuestros encuentros amistosos al margen de la vida partidaria: “Es raro se mantenga en la militancia. Si es esencialmente un poeta (…) Pero jamás habla de poesía conmigo. Hacemos citas urgentes, como si tuviéramos que hablar de cosas importantes, del Partido, de la revolución, del porvenir del Perú. Pero no hablamos de poesía, ni de política. Tal vez sólo de sueños y tristezas. Tal vez yo hablo más que él (…), hablar con él es siempre un oasis, una experiencia refrescante.”

En este capítulo, Maruja reproduce en extenso una carta mía fechada en París, el 27 de octubre de 1986. Expreso en ella mi ruptura con una práctica pretendidamente revolucionaria, con una fe que justifica dictaduras y con una ceguera que nos llevó a la demencia política. Y reafirmo que mi ideal de transformación social está íntimamente ligado a los principios del socialismo libertario. Pero no es eso lo más importante. Lo verdaderamente importante es lo que escribe ella: “Lima, 14 de setiembre de 1986. Ha pasado un mes desde que me llegó tu carta. Qué bueno fue para mí el saber que me recuerdas, y que me recuerdas bien. En todos estos años oscuros y grises, creí que ya no podía recuperar mis amigos, mis verdaderos amigos, aquellos que pusieron un alguito de fraternidad y de ternura en mí. Te confesaré que no te imagino haciendo una tesis ni como un formal profesor en París. Es difícil. Creo que me gusta más el poeta medio irresponsable y tierno que me ayudó en mis días de depresión (no tan) juvenil.” Luego, con fecha del 9 de abril de 1987, Maruja dice: “No sabes cuánto daría por tomar un café contigo en el Tívoli de hace diez o quince años, y contarte mis cosas, ya no mis viejos dolores y angustias sino ahora mis esperanzas y mi libertad. No cambies, por favor, aunque yo siga siendo trotskista y tú seas libertario…”

En el capítulo siguiente, titulado “Miradas tristes”, Maruja evoca de nuevo con extrema sensibilidad, nuestra amistad durante los años de militancia: “1973. Me gusta caminar por el centro de Lima, sobre todo cuando estoy un poco deprimida como hoy. Aureliano y yo hemos quedado en encontrarnos a las 5. El hecho de conversar con un poeta me produce un cierto sosiego. No me molesta su largo pelo ensortijado ni sus ralos bigotes, ni su vestimenta estrambótica, raras en un militante como él. Porque además de poeta, Aureliano es como un niño bueno: transparente y tierno, recibe mis cuitas sin preguntar y sin juzgar.” En estas frases veo a Maruja tal como era: generosa y querendona, y con tendencia a mejorar a las personas de su entorno. No, yo no soy tan “bueno” como ella me veía. Es más, muchos creen totalmente lo contrario porque soy agresivo al hablar, ya que mi emotividad y mi timidez suelen añadirle violencia a mis palabras. Sin embargo, me gusta la visión que tenía de mí y que se llevó con ella cuando la atrapó la muerte. La más injusta e imbécil de las muertes. Que Maruja haya muerto es algo que no puedo concebirlo y por lo general trato de creer que no es cierto. Sólo cuando voy al Perú se me convierte en una evidencia, en otra herida más imposible de sanar. Lima sin Maruja (y sin otro amigo, Pocho Ríos, que ella no apreciaba mucho) ya no es mi Lima, ya no lo será nunca. En la ciudad en que nací y en relación a Maruja, a la Chola, vivo una especie de viudez fraterna que me acompañará hasta que me llegue a mí la hora de la partida eterna.

Me ha sido difícil evocar a Maruja Martínez por escrito. Difícil porque el recuerdo ha reavivado el dolor. Yo sabía que sería así y por eso, durante los doce años transcurridos desde su muerte hasta ahora, no lo hice, no escribí nada sobre ella aparte, creo, de unas cinco o seis líneas para un homenaje que le hicieron. A mí, ahora, no me queda sino recomendar la lectura de Entre el amor y la furia, pero no como homenaje a ella o en reconocimiento de la gran persona que fue y menos aún porque en una parte de su libro aparezco yo, sino porque se trata de un testimonio fundamental para comprender el Perú de los años 70-80. Lamentablemente, cuando estuve en Lima el año pasado no lo vi ya en librerías. Quiero creer, no obstante, que es posible encontrarlo en algún lugar.

 

 

 

Cristina Siscar

 

Cristina Siscar: el sueño y la memoria

No sé por dónde empezar, si por el viaje que me llevó recientemente a Buenos Aires y al reencuentro con Cristina Siscar, o si debo más bien respetar la cronología de los hechos y situarme de entrada en París, a mediados de los ochenta, cuando conocí a Cristina. En verdad, no sé por dónde empezar y quisiera que alguien me ayudara a decidirme, pero no hay nadie a mi alrededor, estoy solo. Y solo y medio a ciegas debo avanzar ahora. Y vamos avanzando ella y yo, sí, hace tres meses, por las calles de San Telmo, el barrio bonaerense donde vive Cristina. Es verano y hace un asfixiante calor de 40 grados. Vamos a bares y cafés, entramos en antiguos conventillos convertidos en comercios de artesanías, respiramos bajo los árboles del parque Lezama. He vuelto a ver a Cristina tras veintisiete años de desconexión total de nuestras vidas y eso ha sido posible gracias a la magia de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Una amiga virtual me consiguió su dirección electrónica, le escribí y quedamos en vernos cuando estuviera yo en  Buenos Aires. Tras todo ese inmenso tiempo transcurrido sin tener noticias el uno del otro, temía yo que nos encontráramos formalmente, ya sin amistad ni cariño, completamente extraños y extranjeros, habiendo olvidado las emociones que compartimos en París. Debo confesar que yo iba preparado para eso, pero no fue así lo que ocurrió. Pasamos doce horas conversando, desenrollando el hilo de nuestras vidas, confrontando nuestras trayectorias literarias, recorriendo juntos las calles de su existencia cotidiana desde que volvió a Buenos Aires, y descubriendo yo que esa ciudad, en la que nunca había estado antes, no me era totalmente desconocida, y que esa mujer de larga cabellera negra y mirada penetrante que me acompañaba en la visita, no era tampoco un ser extraño sino alguien con quien se habían mantenido vivos secretos lazos de afecto y complicidad.

Ahora que he avanzado en el tiempo y me he situado a dos meses de hoy, un jueves primaveral en el que escribo, puedo darme el gusto de retroceder a 1985, cuando apareció en París -aquí mismo- el primer libro de Cristina Siscar: Tatuajes, en versión bilingüe. Publicaron el libro las Ediciones del Correcaminos, pequeña estructura editorial, una especie de cooperativa, que habíamos fundado poco tiempo antes varios escritores latinoamericanos medianamente jóvenes. Tatuajes fue el tercer libro que salió de la imprenta con el sello Correcaminos, antes habíamos publicado Elqui Burgos (Sublimando al impostor) y yo (Curriculum mortis). Cristina Siscar escribía en aquel entonces poesía, una poesía intimista, hecha de observación subjetiva o recreación óptica tanto del mundo exterior como del interior, tanto del sueño como de la vigilia, característica que -lo compruebo ahora al leer La sombra del jardín y La Siberia- ha mantenido luego en su prosa. “El escritor más intenso es el que sabe leer bien sus propios sueños. En el caso de Cristina Siscar la literatura es eso”. Es como si la escritura de Siscar “se desplazara por la banda negra de los sueños para ir sacando de allí las anécdotas más traslúcidas y claras del mundo. Las que están durmiendo en nosotros”, escribe el narrador Héctor Libertella en la contratapa de Lugar de todos los nombres, un libro de cuentos. Sin embargo, creo que lo que dice corresponde perfectamente a todo lo que he leído de Cristina desde su inicial Tatuajes.

No sé qué piensa hoy Cristina de su primer libro. Yo acabo de releerlo para escribir esta crónica y me han vuelto a seducir versos como estos: “De tantas muertecitas somos/ De tantos parchecitos negros”. O estos otros: “Como gaviotas desnucadas/ Como una puerta clausurada/ Se apaga un puerto”. Y estos también: “Con tatuajes de adioses en los ojos/ me veo pasar pasar.” O todo un poema, como éste, que forma parte de la sección “Eros iones” y cito completo:

 

                        Sube el humo

                        en los ojos se enturbia

                        la quemazón del pastizal

                        pieles eriza

                        desliza manos

                        y carne toda labios besa

                        vientres ruedan

                        entreverados

                        hombros entre escombros

                        por una grieta del pecho

                        sube el humo

 

Si bien Tatuajes fue el primer libro que publicó Cristina, en 1985, el año anterior había dado a conocer un cuento titulado “Mundo mundo” en una pequeña revista de Barcelona llamada Trafalgar Square, el cual incluyó después en el libro Reescrito en la bruma. Ese dato yo lo había olvidado por completo y fue ella misma quien me lo recordó, añadiendo que eso fue posible porque yo hice las gestiones necesarias con el poeta que dirigía dicha publicación. Debo confesar que hoy me siento orgulloso de haber descubierto, en un ayer lejano, su talento narrativo.

Cristina Siscar vivió seis años en Francia y a finales de 1986 regresó a Argentina. A pesar de que habíamos tenido en París una relación hecha de complicidad intelectual y afectiva y verdadero cariño mutuo, nos perdimos por completo de vista y durante años no tuve ninguna noticia suya. Eso cambió un poco cuando apareció Internet porque entonces pude descubrir entrevistas que le habían hecho, referencias y comentarios a los libros que había publicado a lo largo de dos décadas, desde 1987, y de las antologías que había compilado y prologado, e incluso alguna información sobre trabajos académicos que analizan una de sus novelas: Les romans de la perte en Argentine, tesis doctoral de la francesa Orianne Guy, y “Diáspora, errancia, querencia en La sombra del jardín de Cristina Siscar”, de Néstor Ponce.

Al leer los dos libros más recientes de Cristina quedé impresionado. Me subyugó su escritura elegante, casi simbólica, que algo tiene -creo- de influencia francesa. Ya sé que a ella no le gusta que diga “escritura elegante” al hablar de sus narraciones, pero yo no soy crítico literario ni pretendo serlo, tampoco me arrogo el derecho de hacer análisis académicos y lo que digo lo expreso desde mi subjetividad, desde mi apreciación personal por demás arbitraria y subjetiva.  Una crítica argentina, María Rosa Lojo, por su parte, ha descrito muy bien, creo, lo que es La sombra del jardín: una novela que dibuja la parábola de una aventura femenina por el paisaje del exilio: un itinerario a la vez onírico y dolorosamente real, donde lo poético confluye con lo político. El sexo y la nostalgia del amor y de la permanencia, el cuerpo que duerme en hogares transitorios, la memoria del fuego y el alimento crean un tejido -a la vez sensual y evanescente- de evocaciones y deseos. Profundamente simbólica, plena de resonancias exquisitas y antiguas, La sombra del jardín inscribe en los laberintos de la extranjería y el anhelo de una perdurable comunidad, otra cara posible de la épica, donde no hay héroe guerrero sino la peregrina de un camino interior en busca de un jardín perdido.”

En La sombra en el jardín hay un párrafo que describe de alguna manera también la presencia de la memoria en la narrativa de Cristina: “Con ser tan vívida, esta imagen vuelve hoy a mi memoria envuelta en dudas. Nunca sabré hasta qué punto la fui dibujando o transformando con el correr del tiempo, o allí mismo, bajo el influjo del día, del lugar. A veces creo que más inasible que el pasado es el momento en que inventamos lo que pasó.” Esta problemática de la memoria que termina siendo siempre ficción, invención, como los sueños, comunica directamente mi propio trabajo narrativo con el de Cristina, aunque la concretización literaria de eso en ella y en mí sea muy diferente. Yo, en País sin nombre, como que la he resumido recurriendo a una frase de Cabrera Infante, uno de los narradores de lengua castellana que más admiro: “Le soy fiel a mi memoria aunque mi memoria me sea infiel.” Y también con una frase del novelista francés Serge Doubrovsky: “Si j’essaie de me remémorer, je m’invente.”

La Siberia, el último libro publicado, hasta ahora, por Cristina Siscar, incluye para empezar un cuento largo o, más bien, una novela corta o nouvelle, y cinco cuentos. Si bien el conjunto es excelente, la narración que da título al libro es, sin exagerar, una pequeña obra maestra. El relato de un viaje en autobús por la Patagonia, tierra de desolación, frío y exilio, tierra en que el paisaje desértico se introduce en el interior de los personajes y los transforma, es un trabajo de artesanía fina, precisa, minuciosa que, como digo, termina dando lugar a una joya. Los cuentos que acompañan a la nouvelle en este libro comunican con ella de maneras diversas y poseen, todos, una excelente factura literaria. Quiero concluir citando un pasaje del cuento titulado “La encomienda”: no sé bien porqué, pero en la Luisa que menciona, veo aparecer en carne y hueso, a la propia Cristina. Fantasmas míos de seguro: “Yo admiraba a Luisa. Esa vecina atractiva pero soltera, que vivía sola  y que iba siempre muy elegante a dar sus clases de geografía, encarnaba el modelo de mujer independiente que a mí me hubiera gustado ser.”  Y que Cristina es, creo yo.

 

 

 

Leoncio Bueno

 

Leoncio Bueno: del Túngar a Lurín y un mismo cariño

Cuando estaba en Buenos Aires recibí un mensaje electrónico de la poeta Patricia del Valle: “De regreso a Lima reserva un fin de semana para nuestra visita a Leoncio.” En eso habíamos quedado: iríamos juntos a la casa del querido Leoncio Bueno en la Tablada de Lurín, en las afueras de Lima, el lugar donde él vive con su compañera desde que dejó Comas, pero que yo desconozco por completo. Y un domingo de enero, finalmente, Patricia y yo, metidos en un taxi y guiados a control remoto por la voz siempre entusiasta del poeta, llegamos al refugio del autor de Rebuzno propio, quien nos recibió con la simpatía, la calidez, el cariño y la gracia que lo caracterizan. Su compañera, frágil de salud, hacía la siesta y recién más tarde se reunió con nosotros. Fueron horas de conversación y risas, recuerdos e indignaciones. Horas de solidaridad y fraternidad, dos cosas que cada día faltan más en mi alrededor, pero que en la humilde casa de Leoncio Bueno se cultivan en el jardín que la rodean y son como bellos árboles que dan  frutos suculentos.

Cuando conocí a Leoncio yo era un muchacho melenudo que escribía poesía y había dado que hablar, al lado de otros, a través de una revistita universitaria llamada Estación reunida. Antes, de una manera que ignoro, ese poeta tan talentoso como apasionado, cariñoso y muy amigo de sus amigos que es Jorge Pimentel, había contactado a quien había escrito Invasión poderosa, ya liberado de la camisa de fuerza de la “poesía proletaria”. A través de Pimentel ingresé por primera vez a un lugar que será uno de los núcleos de confluencia de la generación del 68: el taller Túngar, en Breña, de Leoncio Bueno. Aquella vez, en la primera parte de los años 70, Leoncio me recibió con el mismo entusiasmo cariñoso que el que nos expresó a Patricia y a mí al abrazarnos en la Tablada de Lurín un domingo de enero de este año 2012. El tiempo ha pasado, siempre feroz e ineluctable: él es ahora un hombre de más de noventa años y yo ya no soy un joven poeta veinteañero y melenudo, pero la amistad, el amor, la auténtica fraternidad subsiste como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Poco antes de que yo saliera del Perú, a través de Leoncio Bueno, se me había dado la responsabilidad de la sección Cultura de una revista que, a propuesta de él, se llamó Marka. Y, lo que es más importante, Leoncio me había concedido el privilegio de ser uno de los primeros lectores de su libro Rebuzno propio, el cual sería editado en 1976, cuando yo ya no estaba en Lima. Tras la lectura le expresé con toda sinceridad mi entusiasmo. Leoncio había roto definitivamente con los lastres y la solemnidad de la mal llamada “poesía social”, para construir poemas cargados de ingenio, humor, irreverencia y atrevidas mezclas de lenguaje popular y culto. Había conformado con ese libro lo que sería una poética muy propia, que ocupará desde entonces un merecido lugar en el corpus general de la poesía peruana contemporánea. Es “una de las voces más singulares y de mayor significación socio-cultural de la Generación del 50”, ha escrito el crítico Ricardo González Vigil, sin darse cuenta de que si bien Leoncio, por fecha de nacimiento, formaría parte de dicha “generación”, por su poesía y su manera de haber vivido y pensado el mundo, por sus luchas y maneras de asumir su compromiso y las relaciones humanas, pertenece de lleno a la del 68, mi generación, la que se forjó en parte en su taller Túngar, con él y Pablo Guevara, y de la que queda un testimonio elocuente en una famosa foto del Chino Domínguez.    

  

  

Leoncio en el Tungar (Foto: “Chino” Domínguez)

 

Ya no sé si fue en México o en París que recibí Rebuzno propio, pero lo que no olvido es el gran orgullo que sentí cuando constaté que Leoncio me había dedicado uno de esos poemas que yo había leído antes en hojas mecanografiadas. Se titula “La marraqueta de acero” y cuenta la historia de una venganza porque un trapiche “se engulló el brazo derecho” de un amigo del poeta llamado Colbert: “un muchacho fuerte y bonachón que me enseñaba boxeo”. “Una marraqueta de hierro te voy a dar a tragar”, dice el poeta, y procede a meterle diez kilos “del más templado acero” al trapiche criminal, sin remordimiento alguno por el sabotaje que eso significa. Y más tarde, cuando la policía busca al culpable y para ello trata de averiguar qué hace cada uno de los obreros después del trabajo, este diálogo delicioso: “¿Y tú, zambito?/ ¿Yo?, nada, a veces leo un poco.” Pues he ahí el culpable. ¿Quién más sino un obrero que lee puede ser culpable de un sabotaje?

En enero, en la Tablada de Lurín, encontré a un Leoncio Bueno ágil y saltarín a pesar de su edad y el bastón que utiliza cuando sale a caminar. Mientras estuve con él sentí que estaba ante un ser inmortal, porque alguien que ha sido, como dice en el poema “Señas de identidad”:

Impugnante disidente marginal fuera del juego

no alineado franco tirador asaltante

no popular disolvente antipublicitario

blasfemo vitriólico profano

irreverente no positivo no literario

sacrílego fichado invasor terrorista expresidiario

agitador huelguista inconformista

revolvedor metete buscapica

instigador proscripto apátrida de la gran siete

descamisado pata cala fracasado

trotkista siete vidas maldito

inexistente para la gracia de  Dios Padre  

un hombre así, que imagino asaltando un banco con una pistola de verdad o de juguete en la mano, huyendo por las azoteas de la policía que quiere atraparlo o doblado en dos en una celda húmeda de la cárcel de la isla del Frontón, escribiendo un poema a su hijo a la luz mortecina de una vela; un hombre así, digo y repito, debe ser inmortal. Lo es, definitivamente. Y cuánto hubiera dado yo a los dioses del Olimpo o los demonios del Averno, en una versión muy personal de Fausto, para que ese hombre, Leoncio Bueno, fuera mi padre en lugar del que tuve. Fuera mi padre y a la vez lo que hasta hoy sigue siendo: un amigo muy querido.

            Poco antes de que Patricia y yo decidiéramos partir y emprender el regreso a Lima, ya no en taxi sino embutidos en una combi asesina, Leoncio me obsequió dos tomos de su obra, impresos de manera precaria, artesanal, por él mismo. Uno de ellos es Hijo de golondrino, sus memorias, que, de alguna manera responden al libro tan malo como oportunista que hizo Roland Forgues aprovechando la vida agitada de Leoncio y de cuyo título no quiero ni acordarme. Con este libro Leoncio Bueno se inscribe como precursor de un género muy poco practicado en el Perú. Una edición  de estas memorias y su distribución en librerías y bibliotecas es una necesidad absoluta. Ojalá que alguien me escuche, me lea, y proceda a realizarla. El otro libro, titulado simplemente Poesía, reúne su obra poética completa, desde Al pie del yunque (publicado en 1966) a los textos inéditos de Antes de mis ojos, que datan de 2003.

Quiero terminar esta evocación de Leoncio Bueno citando en extenso uno de los poemas amorosos de su vigorosa senectud. Figura en un cuadernillo editado por Jorge Luis Roncal con el título de Carta de invierno:

 

Mi compañera compra para mí una rosa nueva todas las mañanas,

anda en puntas de pie por las estancias cuando yo descanso,

hace una señal de silencio a los pajaritos cuando pienso…

No duerme cuando yo duermo,

se pasa horas enteras mirándome con sus ojos tristes,

es humilde, callada y de carácter melancólico,

pero tiene los labios rojos y sumamente sensuales.

 

Mi compañera a veces no me entiende

cuando hablo y hablo como un descosido,

sólo atina a echarme los brazos al cuello

y sellarme la boca con sus besos.

 

Mi compañera siempre está a mi lado acariciándome el cabello,

nunca se cansa de tomarme las manos y calentarlas en su sol profundo.

 

Ciertamente es en extremo dulce mi compañera,

de melancolía profunda y suave,

pero ardorosa cuando me abraza en el amor.

 

Mi compañera es de poco hablar pero de mucho hacer,

silenciosamente adivina,

silenciosamente hacedora.

 

Mi compañera no lee muchos libros ni escribe muchas cartas,

pero lee perfectamente en mis ojos y en mis largos silencios:

su obra vale tanto o más que todos los versos que yo escribo.

 

Mi compañera es pequeña y de salud precaria

pero lucharía como un gladiador si algo me amenazara.

 

Mi compañera es un oasis de ternura;

cien años sería poco tiempo para vivir haciendo el amor con mi compañera.

 

Ella no tiene a nadie en el mundo, sólo me tiene a mí;

y yo confieso: no tengo a nadie más que a mi compañera.

 

Cuando me llegue el frío y quiera decirle algo, un adiós,

una palabra de gratitud,

sé bien, me pondrá su índice en mis labios

para decirme: “solo cumplí mi deber”:

y una vez ya todo concluido, será dulce mi muerte. Amén.

 

 

Sí, pues, amén. 

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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17 Responses to El búho insomne

  1. poeta quilquero says:

    maestro Rosas, muy buena su crónica, me gustó mucho lo que dice del gran poeta Leoncio Bueno. lástima que no se comente mucho de él. solo pocos jóvenes poetas le prestán la atenció adecuada visitándolo o entrevistándolo, pero sus textos que no se conocen mucho porque los mismos estudiantes no son muy conocidos. como siempre, solo la mafie puede decir qué es bueno y qué es malo. lamentable.

  2. desde el todo fluye says:

    buena columna, muy inteligente y sentimental

  3. Lalita says:

    ay, que bonita columna. like like

  4. La revista Trafalgar Square no era pequeña como dices, era el 82 una de las pocas revistas literarias de Barcelona. Y la hicimos Enrique Vila-Matas y yo, Vladimir Herrera: al que te cuesta nombrar. El cuento “Mundo,mundo” me lo entregó Cristina una noche en el Astoria, el bar que fundamos con Vila-Matas. De Cristina Siscar ya sabía yo por Hector Libertella al que veía mucho en México. De modo que no creo que hubieras tenido que hacer ninguna gestión en mi revista. Sin embargo te libero del recuerdo ahora que soy “enemigo” tuyo y desconfío de tu memoria. A la postre la verdad ya no interesa como decía Wallace Stevens.
    Vladimir Herrera.

  5. enemigo íntimo says:

    no conocía esa foto del chino domínguez, está paja

  6. J. Rosas Ribeyro says:

    Señor Herrera: si usted lee bien entenderá que lo que cuento sobre la colaboración de Cristina Siscar en la revista “Trafalgar Square” me lo dijo ella en Buenos Aires. Yo, sobre eso, no recordaba nada. Por otro lado, reafirmo que la revista que usted hacía en Barcelona era una “pequeña revista” en comparación con, por ejemplo, “Plural”, “Vuelta”, “Letras libres”, por citar solo tres revistas literarias mexicanas, y tantas otras en España, Francia, etc.

  7. J. Rosas Ribeyro says:

    Como la leyenda debajo de la foto de “Chino Domíguez” no lo dice, preciso que aparecen en ella (de izquierda a derecha y de arriba a abajo:Mora, Rosas Ribeyro, Guevara, Valcárcel, Zevallos, Bueno, Tang, Pimentel, Sánchez y Ramírez Ruiz.

  8. El firme says:

    Bien compare, me alegro que vuelvas por la senda que te corresponde pero me hubiera gustado ver más machete en tu columna como lo hacías hace unos años cuando te mechabas con las feministas y los rivagueristas de la academia ganándote el respeto de muchos

  9. Un seguidor says:

    Ágreda sobre su novela en La República: “Al énfasis en las historias menudas, en los chismes “generacionales” (contados siempre con mucha sorna e ironía), se suma una cierta superficialidad en el lenguaje y la actitud del narrador. Eso lleva a que los sucesos históricos se conviertan en un interminable desfile carnavalesco, pues no encontramos la necesaria contraparte de pasajes de intensidad dramática o reflexiva”.
    Jerónimo Pimentel sobre su novela: “…en ‘País sin nombre’ nos encontramos con cambios temporales caprichosos que no responden a una estructura pero que sirven para crear largas digresiones sobre lo que el autor piensa del mundo; metáforas dudosas, como aquella que compara a un hombre durmiendo en la cama con un “taco mexicano bien caliente” (defecto grave en tanto la buena poesía de JRR prometía una prosa más atildada, expresiva y musical); y serios problemas al momento de plasmar la oralidad, como cuando se le hace decir a un personaje que la comida nacional es “para chuparse los dedos” o a otro que lo acompañe “sin chistar””.
    José Carlos Yrigoyen sobre su novela en Dedo Medio: “La decepción en este rubro fue una obra desmesurada, fallida como ficción y de un lenguaje demasiado pobre como para ser hechura de ese interesante poeta que es José Rosas Ribeyro. País sin nombre es una novela de quinientas páginas que por momentos parecen tres mil: el lector se pierde sin retorno ante ese laberinto de disgresiones, anécdotas, chismes y autoindulgencias que conforman la vida de Javier Rosales Riquelme, uno de los alter egos más obvios de la literatura nacional desde el “Tigre Carrasco” del libro de Yesabella. Uno de los ego trips más dilatados, desconcertantes y gratuitos que nuestra narrativa nos ha ofrecido en muchísimo tiempo”.

  10. Tony Montana says:

    maestro Rosas, no haga caso a las crítica malaleche. usted debe tener presente que sus lectores lo seguimos no solo por su poesía y su novela, sino también por lo buen cronista que es. la prueba de ellos son todas los textos que tiene en este blog. fuerza maestro!

  11. J. Rosas Ribeyro says:

    Respuesta a Un seguidor: la mala leche de usted no tiene nombre: citando caprichosamente un fragmento de la columna de Agreda transforma usted en negativa una crítica que es positiva. Agreda ha considerado mi novela “País” sin nombre entre las más interesantes del año pasado. Sobre el pésimo comentario de Jerónimo Pimentel ya dije lo que tenía que decir en este mismo espacio, el mes pasado, en una parte subtitulada “Criticar al crtico”. Lo de Yrigoyen no lo conozco, pero el párrafo que usted cita muestra que fue escrito más con el hígado que con el cerebro. Tanto Pimentel como Yrigoyen se han convertido, hasta la caricatura y el ridículo, en profesionales de la demolición. Tanto es así que cuando les dediqué el libro les puse: “para que lo demuelan”. Yrigoyen ya se vengó de Enrique Sánchez Hernani demoliéndole un libro porque osó criticarlo, así que no me extraña que ahora demuela el mío porque yo osé criticar su blog Nosotros Matamos Menos. Y finalmente: ¿quién es usted que se esconde detrás del pseudónimo “Un seguidor”? Esto casi seguro que es un señor apellidado Herrera que ya hizo un primer comentario en este lugar. Desde que me odia este señor se dedica a calumniarme e insultarme. No más me queda agregar que una novela pueden apreciarla positivamente unos y detestarla otros. Que los lectores juzguen.

  12. Alberto Paredes says:

    sí, maestro, no haga caso a los resentidos y cobardes que se ocultan en seudónimos y que no tienen el valor de dar la cara

  13. J. Rosas Ribeyro says:

    Reciente desmentido de Cristina Siscar a lo que cuenta el señor Herrera en uno de sus comentarios: “Nunca estuve en el Astoria. Y a Héctor Libertella lo conocí cuando regresé a Buenos Aires.” Con lo cual queda demostrado que hay profesionales de la mentira.

  14. webmaster says:

    Les recordamos que los comentarios que falten el respeto a la integridad de los colaboradores (columnistas, reseñistas, etc.) no serán aceptados. Esto a propósito de algunos comentarios que han llegado y que no serán publicados. Gracias por la comprensión.

  15. Pepito creo que deberías poner los huevos en salmuera por un tiempo y sobre todo no traerlos al Perú. Por que está claro que aquí te han dado duro esos chicos Pimentel e Irigoyen. Y lo han hecho con solvencia, estilo y buen humor. Ellos no hacen más que confirmar lo que te digo en esencia en mi famosa Carta a un disidente de postín. No debiste haber publicado ese barrunto. Pero ya estás viejo y los viejos no se dejan aconsejar. Podría ponerte fino largamente pero esto cansa más que una mentirosa memoria. Por último deseo que en vez de hundir pequeñas editoriales tengas éxito de ventas sobre todo en Lima. Vladimir Herrera.

  16. J. Rosas Ribeyro says:

    Señor Herrera: lo que dice usted me importa un comino y los cólicos hepáticos de la pareja Yrigoyen/Pimentel junior también. El día en que hagan buena crítica y no simplistas comentarios saicos, tomaré en cuenta sus opiniones.Y para terminar una pregunta que no busca respuesta: ¿quién le ha dicho a usted que tiene humor?

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