Archive for April, 2012

Periódico El Hablador N° 2

 

 

Cuando publicamos el primer número del periódico El Hablador recibimos diversos comentarios. Algunos positivos, otros negativos y también estaban los malintencionados. De todos ellos aprendimos mucho y los tuvimos presentes durante toda la elaboración de este nuevo número. Asimismo, con esta publicación seguimos consolidando el cumplimiento de nuevos desafíos: acercar nuestro trabajo al lector de a pie, a ese que no había podido revisar lo que El Hablador hace en la web, e incursionar en un formato distinto a la naturaleza de la revista. Ahora, luego de constantes reflexiones y muchas discusiones, mostramos al público los textos que integran este número. Los contenidos son variados, pero la esencia sigue siendo la misma: generar debate en torno a todos los temas que nos competen.

El periódico El Hablador N° 2 contiene las columnas de Nicolás Rodríguez Galvis, donde reflexiona acerca de los cafés parisinos; Mario Granda, quien realiza una mirada crítica sobre la ciudad del Cusco; Alejandro Neyra, que comenta la presencia de peruanos en las obras de dos escritores franceses; y José Rosas Ribeyro, quien narra su encuentro con cuatro escritores latinoamericanos que ganaron el Premio Nobel de Literatura. Esta vez la entrevista es a Enrique Vila-Matas, en ella Christian Elguera le pregunta, entre otras cosas, sobre su interés por la autobiografía y el diario como géneros literarios. José Picón Pinto reseña un poemario de Teresa Cabrera y la parte creativa está garantizada con un cuento de Carlos Yushimito y unos poemas de Dante Ayllón Bulnes.

Como ya saben, el periódico El Hablador es repartido de forma gratuita en puntos estratégicos de la ciudad: universidades, librerías y centros culturales. Asimismo, se puede revisar el formato completo en la web de la revista

 

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NOTA: Mañana vuelve “Doble Click”, la columna de Francisco Ángeles. 

 

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Una tradición agotada

 

 

Por Rómulo Torre Toro

 

Miguel Ruiz Effio (Lima, 1977) ha obtenido el primer premio del concurso convocado por la Asociación Peruano Japonesa y, en consecuencia, ha publicado su segundo libro titulado Un nombre distinto (2011). Al igual que su primer libro, La habitación del suicida (2006), los relatos que conforman esta última entrega poseen un lenguaje que intenta ser poético, que tiende a construir imágenes y a dibujar estados anímicos en sus personajes. Las historias están marcadas por la violencia y la muerte, sea real o simbólica, y ambientadas en una ciudad hostil, una ciudad que oculta pequeñas vidas que tienen en común su carácter trágico y miserable. Vidas que pretenden exhibir los problemas de la colectividad, sus anomalías y fracasos. En ese sentido, podríamos encontrar la huella de Ribeyro en estos relatos urbanos. Más interesado en centrar su atención en la confección de la prosa, en el tono de la narración y en el poder de la imagen, los cuentos de Ruiz Effio están escritos de forma correcta y cuidada, pero no logran la intensidad que toda buena historia requiere. Por momentos lo consigue, es cierto, pero la constante es que las acciones se pierdan entre descripciones y explicaciones que empantanan la narración.

Un primer aspecto a analizar es el eje que articula los relatos de Ruiz Effio. Desde los epígrafes queda claro que debemos entender la maldad como algo inherente al hombre, como una propiedad que está a priori en la naturaleza humana. Y que es impulsada por el medio en donde se desenvuelven sus personajes o las situaciones límites que deben afrontar. De hecho, las historias están compuestas por rupturas en la vida de sus protagonistas, momentos en donde eliminan su juicio moral y buscan nuevos modos de acción, para atacar o protegerse. En el primer caso encajan perfectamente personajes como el de los cuentos “Laura” y “Descifrando a Lulú”, pues ambos llevan a cabo cierta violencia que destruye al otro. Lo contrario sucede con los personajes de “Dos pájaros, un tiro” y “Raimondi 904”. Ellos intentan defenderse de la agresividad de los demás, de personas que en algún momento fueron muy próximas pero que ahora han mostrado su verdadero rostro. Todo apunta en una sola dirección: la fragilidad del individuo frente a la fiereza de la sociedad. La soledad del hombre en –recordando a Lavoe- esta selva de cemento. Sin embargo, la perspectiva desde la que Ruiz Effio aborda el problema es bastante convencional. Por momentos llega al maniqueísmo y a la simple degradación ética para sostener sus argumentos, apela a la descripción de lugares pobres, a la necesidad económica, al fanatismo deportivo para sacar a exponer el lado oscuro de sus personajes. Como dije líneas arriba, las situaciones límite exigen de ellos poner en marcha su perversidad. Y eso puede ser superficial.

Ejemplo significativo es “Dos pájaros, un tiro”, cuento que ya he mencionado. La protagonista del relato es una adolescente que es violada por su padre. Soporta además insultos y otras vejaciones. La casa en la que viven es misérrima y descubren una rata que se esconde en una grieta en la pared. Por otro lado, la muchacha tiene un novio, Luis, quien es descrito como alguien delicado y bueno, incluso con inclinaciones literarias. Ella parece someterse a la voluntad del padre sin protestar, con dolor y sufrimiento, sí, pero soportándolo lo mejor que pueda, aunque los deseos de matarlo son grandes y se manifiestan en todas las reflexiones de la muchacha. Hasta que la rata que ha aparecido en su casa le da la oportunidad de escapar. El padre le ordena matar al animal y ella aprovecha para envenenar la comida del “ogro” que morirá, mientras la muchacha observa cómo también el roedor se aproxima al bocado de veneno que le ha dejado en el suelo. Hay aquí un claro paralelo entre el padre y la rata, no solo en la muerte que comparten, sino en su condición: “A la muchacha le causa gracia ver a aquel monigote exasperándose por un bicho menos asqueroso que él” (p. 25). Podemos encontrar, también, una oposición bastante maniquea entre la figura del padre y la de Luis:

“Nunca mirar cuando ese títere grotesco se arrastra sobre ella, cuando pasea su nariz y sus labios por su cuerpo tembloroso, intentando aprehender su aroma. Mejor pensar en el rostro amable de Luis, en su voz clara. Luis entregándole un papel doblado que contiene algunos versos escritos la noche anterior. Imaginar a Luis escribiendo, muy lejos de aquí, mientras el tipo hurga debajo de su vientre, mientras se introduce en sus entrañas” (p. 26).

La muerte del padre es, finalmente, la posibilidad de realizar un cambio en la vida de la muchacha: desechar la miseria, escapar de la violencia. Al constatar que el veneno ha cumplido su cometido, ella considera que “La casa luce más amplia y con unos pocos cambios, piensa, se asemejaría mejor a la del programa de televisión” (p. 30). Lo que tenemos, en resumen, es una mirada maniquea y reductora de una vida traumática.

Un segundo aspecto problemático es el estilo. Como mencioné líneas arriba, la sugerencia de la imagen y la descripción minuciosa  son las dos características fundamentales del lenguaje de Ruiz Effio. Notamos un gran cuidado por dominarlo, imponerle un ritmo y explorar sus capacidades plásticas. Por momentos, esta intención logra buenos resultados, como en el cuento “Raimondi 904”, donde describe una casa que el tiempo arruinó “hasta deslucirla: el color verde de la pared se diluyó con la sucesión de estaciones y los fragmentos de pintura, desprendidos durante meses y años, han dejado cicatrices blancas y multiformes, bosquejos de mapas, siluetas indescifrables” (p. 60). Lamentablemente, esto llega a ser más una excepción que una constante. Por momentos pareciera que el narrador desconfía de su capacidad para transmitir información y proyectar imágenes al lector; entonces cae en repeticiones que entorpecen la lectura y le restan intensidad a la narración. Este temor genera una indefinición que conduce, por ejemplo, a caer en frases como “la habitación donde prepara los alimentos” (p. 41) para evitar la repetición de cocina. O como “Bebo el líquido caliente de la taza despostillada y sigo hablando…” (p. 42) para remarcar por enésima vez que el narrador está bebiendo té en la humilde casa de su interlocutor.

En algunos pasajes de libro, encontramos detalles que le restan verosimilitud a lo que intenta contar. En “Seguridad ciudadana” observamos cómo unos ladrones se detienen a revisar el contenido de un maletín y, al no encontrar nada valioso, se lo devuelven bramando “Ni para el té” (p. 75). Más allá de algunos insultos que profieren, los asaltantes tienen una actitud poco convincente. Se muestran, incluso, un poco ingenuos: no encuentran el dinero que la víctima llevaba en la billetera y al enterarse entablan una pelea entre ellos. Poco importa, en verdad, si lo que se cuenta es real o no, pero sí que lo parezca, que las acciones generen la sensación de la posibilidad inmediata, cotidiana. Del mismo modo, en “Aunque la muerte nos espere”, se indica sorpresivamente que una de las partes del relato es un informe. Esta idea, que podemos encontrarla en las novelas de Piglia, pierde efecto porque el registro no es ni policial ni periodístico, y solo es una mención que aparece de improviso, de forma aislada.

El punto alto de Un nombre distinto es “Raimondi 904”. Aquí vemos que el lenguaje logra una mayor concisión, una capacidad sugestiva que hace del texto uno de los más interesantes. Los protagonistas, un carpintero y su hijo, deben desalojar el local que ocupan en la dirección que da título al cuento. Aquellas personas que han sido sus vecinos, amigos y ayudantes del carpintero se muestran ahora arrogantes con el vencido, desagradecidos. El viejo se siente solo, como el árbol que está frente a la puerta del taller, y su hijo no puede compartir su tristeza y mucho menos ser el apoyo que necesita. Estos desencuentros proporcionan buenas dosis de tensión, como el gordo que esquiva el pedido de ayuda del padre, o la cuota que éste debe pagar a un ex aprendiz por cuidar sus cosas. Asimismo, la precisión de las frases aumenta la sensación de desamparo y soledad que nos atrapa. Frases como “Maldito gordo” que remata una serie de recuerdos que definen al personaje:

“el gordo trabajando junto a mi padre, pidiéndole la camioneta prestada, antes de que fuese necesario venderla para comprar comida y pagar las pensiones del colegio. Yo manejo, compadrito, yo se lo llevo a guardar a la playa, yo le ayudo a cambiar esa llanta […], cuenta mi madre. Ahora ya no se acuerda de eso, está sobrado con su camioneta, termina diciendo siempre. Maldito gordo” (p. 61).

La revisión del último libro de Ruiz Effio nos permite afirmar que la evolución de su proyecto de escritura y su forma de entender la literatura sigue patrones que van envejeciendo paulatinamente. Su mirada sobre la ciudad mantiene un modo de entender la dinámica social y un modo de representarla que ha sido, durante mucho tiempo, el hegemónico en la narrativa peruana, pero que está siendo desplazada por narradores que exploran por otros caminos, otras posibilidades.

 

Miguel Ruiz Effio

Un nombre distinto

Lima, Ediciones Altazor/APJ, 2011, 112 pp.

 

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Último número de la revista “Fix100″

 

 

Acaba de aparecer el 3er número de Fix100. Revista hispanoamericana de ficción breve gracias al Centro Peruano de Estudios Culturales. En este número, entre otras cosas, encontramos una interesante entrevista a David Roas; una miniantología del microrrelato brasileño, preparada por Nelson de Oliveira (Premio Casa de las Américas 2011); un merecido homenaje al maestro del cuento brevísimo peruano, Carlos E. Zavaleta, con artículos de Carlos Yushimito, Sonia Luz Carrillo, Antonio González Montes y Óscar Gallegos; reseñas de algunas últimas publicaciones sobre el género minificcional; y microrrelatos de Cecilia Podestá, Jorge Ramos Cabezas, Carlos E. Saldívar, César Klauer y Sarko Medina.

La revista, como saben, es virtual, y se puede descargar desde aquí. 

 

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Desde los Buenos Aires

 

Librerías, libros y límites

 

 

Por Carlos Germán Amézaga

 

Estoy en mi librería favorita, en el barrio de Palermo, en la calle Honduras, casi esquina con Fitz Roy. Hay muchísimas librerías en Buenos Aires, pero me gusta Eterna Cadencia porque no es tan grande, aunque tiene unos enormes anaqueles de madera donde se depositan los libros, como si fuera más bien una biblioteca. En una mesa larga están las novedades, se pueden abrir y leer, no están envueltas de una funda plástica censuradora, de esas que sólo nos permiten dar un vistazo a la portada y la contratapa.

 

 

Posee, además, algo que pocas librerías tienen: un pequeño patio interior con unas siete u ocho mesas donde uno se puede sentar a tomar un café para leer y empezar a disfrutar el libro que se acaba de comprar. Por eso, cada vez que estoy por allí,  paso y recorro un rato sus tres salas, reviso las novedades y, casi siempre, compro algo, aunque sea más una excusa para sentarme a tomar un café.

Buenos Aires es una ciudad llena de librerías. Las hay de todo tipo y especialidad y casi en todos los barrios. Hay una muy grande, que ha sido distinguida como una de las más bellas del mundo. Está ubicada en lo que fue el cine y teatro Gran Splendid, en Santa Fe y Callao. Hoy, convertida en  librería Ateneo-Gran Splendid, atiende a 3000 personas diariamente. Es muy linda pero no me seduce, me da la impresión de un gran supermercado.

Prefiero aquellas mucho más pequeñas, en las que se puede conversar con los libreros, quienes comentan  o aconsejan sobre qué ediciones comprar o dónde encontrar lo que uno está buscando. Como esas hay muchas, tanto para comprar lo último que ha salido, como para adquirir saldos o libros clásicos y antiguos.

 

 

Hay sólo una excepción. Es precisamente en este mes de abril cuando se produce la librería más grande bajo techo en Buenos Aires: la feria del libro. Más de un millón de personas pasan por los salones del centro de exposiciones de La Rural para rendir homenaje a los libros, sus autores y toda la industria relacionada con la lectura. Recorrer la feria es uno de los más grandes placeres, aunque al final no se compre nada (cosa que difícilmente ocurre), el sólo hecho de estar en contacto con toda esa parafernalia nos llena todos los sentidos.

Luego de pedir mi café con leche y medialunas, repaso el libro que tengo entre manos: El Museo de la Inocencia de Orham Pamuk. He leído sólo las primeras páginas y ya está empezando a cautivarme, como me encantó Rojo, del mismo autor. Recuerdo entonces que en esta misma librería he comprado todos los últimos libros de Murakami, y los primeros también, con esa ansia que a veces me producen ciertos autores por leer todo lo que han escrito, como me pasó antes con Milan  Kundera, Michel Houellebecq o Amélie Nothomb.

Pero hay tantos autores y tantos libros y tan poco tiempo, que uno se pasaría la vida entera tratando de leer sólo los clásicos y aquello que parece interesante a priori. Aquí, en esta librería, está todo  lo que podría leer en lo que me reste de vida y mucho más. No puedo entonces dejar de traer a la memoria un poema del maestro Borges, el que trata precisamente de los “límites”:

 

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar. 
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, 
hay un espejo que me ha visto por última vez, 
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. 
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) 
hay alguno que ya nunca abriré. 
Este verano cumpliré cincuenta años; 
La muerte me desgasta, incesante.

 

Menos mal que Borges se equivocó y vivió muchos años más. Es lo que yo también quisiera, para alcanzar a leer aunque sea una parte de lo que me falta y poder seguir disfrutando, sin límites, de mis  librerías, mis ferias y mis libros. 

 

 

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Una rapsodia desafinada

 

Por Danilo Raá

Juan Carlos Guerrero es un joven autor limeño que, hasta la fecha, ha publicado dos libros de cuentos –Algunos cuentos para ti y otros para el mundo (2004) y Un lateo por el Cusco (2006)– y un poemario –Poemas para demorar el viaje (2008)–. Además de ello, ha tenido una activa participación en algunas revistas literarias de Argentina y de España, y actualmente dirige Espartako, su propia publicación. Rapsodia vagabunda (Lima, Atalaya Editores, 2011) es su primera novela. Pese a lo que uno podría pensar, la experiencia que Guerrero debiera haber adquirido tanto en el campo de la narrativa como en el de la lírica no se siente en las páginas de su último libro, que presenta una prosa excesivamente inmadura, digna de un mal principiante. Lamento no tener reparos en decir que se trata de una mala novela.

Rapsodia vagabunda intenta construir el recorrido vital de Tipo Galván, un joven provinciano que, dada su poca disposición al trabajo y su vocación de poeta, actúa como un pícaro para poder sobrevivir en la Lima de finales del siglo XX, marcada por la corrupción política y literaria. A esta línea principal del relato se suman otras historias que terminan acumulándose de forma quizá exagerada. Las que más resaltan son dos. Por un lado, las aventuras amorosas de una pareja de holandeses que, por temporada de vacaciones, ha decidido distanciarse: ella, M. Cramer, se va a la Costa Brava y él, Luc, viene al Perú. En el otro lado tenemos la frustración de un “escritor, catedrático y crítico literario” que, en su intento por ser reconocido gracias a una antología de nuevos escritores, se da con un mercado editorial que sigue la lógica del favoritismo. Los temas que Guerrero intenta abordar son, como bien señala Alexis Iparraguirre en la contraportada de la edición de Atalaya, “la pobreza endémica del artista popular, la volatilidad del amor en las urbes globalizadas, la experimentación de los placeres efímeros pero sofisticados, la suciedad y el éxtasis de las movilizaciones políticas, y la actividad delincuencial como forma de subsistencia”. A ellos debemos sumar el de la corrupción del mundillo literario limeño, cuyos máximos exponentes son Thiago Caracciolo (en clara alusión a Santiago Roncagliolo), Miguel Falcón (Daniel Alarcón) y en menor medida Jaime Kelly (Bayly). Digo que estos son los temas que el autor intenta abordar porque sin duda alguna está muy lejos de conseguirlo. Una serie de inconsistentes tramas hace imposible que el lector logre captar de modo certero la condición del artista popular, la sensibilidad de las grandes urbes o la atmósfera de las manifestaciones políticas.

Uno de los asuntos que con mayor insistencia y, quizás, acierto se tratan en Rapsodia vagabunda es el de la lucha que sostiene Tipo Galván contra la pobreza. Hay un conjunto de acciones en que se pone de manifiesto la necesidad y la desesperación del personaje: se traslada de su natal Cañete, donde vendía fierros robados, a una sobrevalorada capital; trata ingenuamente de publicar sus poemas en una revista literaria; vuelve, decepcionado, al negocio de los fierros; intenta, con ayuda de sus amigos, asaltar la casa de un viejo adinerado; fracasa y vuelve a la vida miserable. Hay un abordaje progresivo de esta parte del relato y el lector logra involucrarse en una atmósfera de degradación y de angustia frente a la pobreza. Ya con menor efectividad, también se insiste en la condición de pícaro del protagonista, sobre todo por su faceta de mujeriego empedernido. La representación del seductor desarrapado es más bien caricaturesca. La manera en que Tipo Galván establece relaciones con el sexo opuesto carece de todo tipo de ingenio. La lógica que sigue se funda en una desproporcionada atracción física que las mujeres sienten por él y en el desarrollo de algunos diálogos insulsos. Cuesta mucho aceptar este rol del personaje sin tomarlo como una broma. Sin embargo, lo que más cuesta es asumir al personaje como un artista, rasgo que, después de todo, es el que más debiera resaltar. Si bien leemos algunos poemas de Tipo Galván y sabemos de sus intenciones de publicar, su vida parece transcurrir muy lejos de la literatura y del arte en general. No sabemos qué lee, o, en todo caso, si lee o no; no sabemos en qué dimensión valora la poesía; no sabemos si halla relación entre su forma de vida y la literatura; en fin. El intento de retratar la vida de Galván en Lima como una especie de habitar poético queda sin fundamento alguno por estas falencias.

En cuanto a los demás temas, su abordaje es igual de pobre. La volatilidad del amor en las grandes urbes, cuya representación tendría que estar dada por las acciones de la pareja de holandeses, cae en el mismo problema de caricaturización. M. Cramer se derrite por un chulo español y Luc por una peruana de ombligo tatuado. Al final, ella lo descubre a él, a él no le importa demasiado y todo termina. De las “urbes globalizadas” no tenemos mayor información, su sensibilidad se nos escapa de las manos y solo nos queda una pequeña anécdota que no merece tantas páginas como invierte Guerrero. Las movilizaciones políticas se ecuentran retratadas en lo que el narrador llama la Gran Marcha y que no es sino la Marcha de los Cutro Suyos. El tratamiento de esta escena es maniqueo e insustancial. Sabemos que hay un caudillo (el intelectual Evaristo de la Puente), un candidato a la presidencia que aprovecha la indignación popular y, principalmente, una serie de demócratas que están en contra de un régimen dictatorial. La documentación es muy pobre y de la atmósfera de revuelta obtenemos muy poco. Salvo algunos matices, es una multitudinaria lucha de buenos contra malos. Finalmente, por lo que se refiere a la imagen que se presenta del entorno literario limeño, todo queda en lo superficial. El escritor, catedrático y crítico literario no habla en ningún momento de literatura, sino más bien de éxito editorial, de reconocimiento. Sus críticas a Roncagliolo, Alarcón y Bayly se fijan más en los escritores que en los textos que ellos producen. Tal vez lo único que se puede rescatar de esto es el retrato de la envidia de un personaje que, tras el fracaso de su antología, termina en decadencia.

Las novelas que no se preocupan demasiado por moldear una trama sólida suelen situar sus intereses en la exploración de la mirada de los personajes. No es necesario contar con una fuerte anécdota para validar una novela. Hay muchos libros fascinantes en donde descubrimos que nunca pasa nada (En busca del tiempo perdido o Al faro son claros ejemplos de ello). Sin embargo, el caso de Rapsodia vagabunda está muy lejos de inscribirse en esta línea. La gama de personajes que presenta Juan Carlos Guerrero parece tener como principio articulador el estereotipo. ¿Cuáles son los personajes de esta novela? Ya hemos hablado del protagonista, que es, básicamente, un poeta joven, mujeriego, vago y pobre. Dorgus, su fiel amigo, es menos talentoso, menos seductor, menos decidido y, como buen segundón, admira al protagonista y lo sigue en todo. Mauricio es amigo de ambos y su principal rasgo es el racismo y la proclividad al crimen. Es uno de los malos. Akeni es una chica japonesa, romántica e ingenua, que tiene por amor platónico a Tipo Galván. Muy parecida a ella es María Pía, novia cañetana de Tipo, que se ve abandonada tras el viaje del protagonista. De la pareja de holandeses sabemos que ambos son rubios, drogadictos y promiscuos. El amante español de M. Cramer es un chulo pijoapartesco de endiablado talento sexual solo comparable con el de la amante peruana de Luc. Don Manuel es un viejo ermitaño, un sabio cañetano que vive apaciblemente y que no trasciende demasiado en la novela. Y hay varios más. La cantidad de personajes en Rapsodia vagabunda es francamente abrumadora (pasan dos tercios de la novela y siguen las presentaciones). Y como muchos de ellos están a su aire, es difícil asumir el texto como una unidad. Quizá esto explique en parte el tratamiento superficial que se les da. Aunque la tendencia al estereotipo parece ser el punto de partida.

Por último, no se puede dejar de lado el que quizá sea el aspecto más débil de la novela: el lenguaje. Juan Carlos Guerrero echa mano de un narrador omnisciente –decimonónico– y con él intenta desplegar una prosa reflexiva y cercana a lo poético. Esta pretensión fracasa rotundamente. Rapsodia vagabunda es un libro armado con frases hechas, una galería de lugares comunes que modelan un estilo acartonado, un estilo artificial y falso. Pero esto no es lo peor. Es una pena que la primera novela de Guerrero presente una prosa que no llega siquiera a la corrección gramatical. Los errores están a la orden del día. Por ejemplo, así se narran los recuerdos de infancia del crítico literario: «Cuando niño, sus padres en una ocasión le llevaron al teatro del barrio donde vivían. Ver a los actores mostrando su drama y su comicidad frente a él, no hicieron otra cosa que espantarlo, era como verse en el espejo, los desgraciados, discutían, como lo hacían a veces: papá y mamá.» La falta de concordancia y la puntuación completamente arbitraria son dos de los vicios que más se presentan en el libro. Pero volvamos al estilo. La artificialidad de la prosa de Guerrero es incluso más alarmante cuando de construir diálogos se trata. Tipo Galván le dice a su madre: «Por lo que más quieras, madre, necesito dinero, quiero unos mangos, sólo unos cuantos». El crítico literario se recuerda de niño llorando frente a su padre: «Creí que se peleaban de a de veras, padre mío». María Pía inquiere a Tipo: «¿Me amas, Tipo?, yo sigo creyendo que no, pues esto lo que nos está sucediendo, no es precisamente amor o una secuencia de amor, no me lo parece». Hay muchísimos ejemplos. El habla de los personajes termina por hacerlos risibles a los ojos del lector.

Mallarmé decía que la poesía no se escribe con ideas sino con palabras. Como es natural, esta afirmación no es igual de tajante para la narrativa, donde hace falta mayor equilibrio. Las deficiencias de Rapsodia vagabunda pasan justamente por ser una novela que carece de ideas y  que no encuentra sus propias palabras. Su propuesta es difícil de distinguir, o, mejor dicho, es difícil distinguir si tiene o no una propuesta. En todo caso, Juan Carlos Guerrero no logra hacerse escuchar,  su voz se pierde entre los ruidos de una rapsodia desafinada.

 

Juan Carlos Guerrero

Rapsodia Vagabunda

Lima, Atalaya Editores, 2011, 286 pp.

 

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Ciclo de Conferencias

 

Un idioma universal:

La poesía de Rubén Darío, T.S. Eliot y Stéphane Mallarmé

 

 

En ocasión del mes de las letras, el Centro Cultural del Británico realizará desde este viernes 13 de abril un ciclo de conferencias sobre la vida y la obra de los poetas Rubén Darío, T.S. Eliot y Stéphane Mallarmé. Hay muchas formas de conocer un idioma, y una de ellas es la poesía. De este modo, el presente ciclo tiene como fin acercar al público a la tradición cultural y poética del español, el inglés y el francés desde esta perspectiva. Cabe señalar, también, que cada charla será precedida por una performance que buscará acercar la poesía al público por medio del teatro. Esta presentación estará a cargo de Fabiola Alcázar.

Todas las conferencias se realizarán los días viernes de abril a las 7:30 pm. en el auditorio del Centro Cultural Británico de Miraflores (Jr. Bellavista 527, Miraflores). El ingreso es libre, pero la capacidad es limitada. El cronograma es el siguiente: 

Viernes 13 de abril: “Los sueños errantes: vida, viajes y poesía de Rubén Darío”, a cargo de Mario Granda. 7:30 pm.

Viernes 20 de abril: “La tierra baldía de T.S. Eliot: el enigma de lo mágico y de lo terrenal”, a cargo de Moisés Sánchez Franco. 7:30 pm.

Viernes 27 de abril: “Stephane Mallarmé: la angustia por el azar y el vacío”, a cargo de Christian Elguera.  7:30 pm.

 

Mayor información en la página web del Centro Cultural Británico.

 

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Los anteojos de azufre

 

Media tarde en Lima

(Anticrónica)

 

 

Por Mario Granda

 

Los que estábamos un poco lejos tratábamos de llegar al Centro como podíamos: por la ruta más rápida, en el micro más grande pero más seguro, en el micro más apretado pero que más nos acercara a nuestro destino. Tal vez no pensábamos en cómo llegar sino solo en llegar, en lograrlo.

 

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No obstante, tampoco se podía decir que estuviéramos en la ciudad. Estábamos dentro de la Casona, dentro de Pancho Fierro, dentro de tal o cual Ministerio o, si era de noche, dentro de tal bar. O sea, en un lugar que, al final, podía ser cualquier lugar. Ir al Centro era ir corriendo y salir huyendo, tomar los cortes de camino más rápidos, si no el taxi. ¿La calle? No la mirábamos. Caminar era no ver la ciudad. La calle se había olvidado.

 

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Las grúas giran por los cielos de San Isidro y Pueblo Libre, pero también por los de Jesús María y Breña. Su espacio de trabajo es pequeño, pues son apenas una o dos cuadras las que las empresas suelen comprar. Sin embargo, ¡hay tanto espacio en el aire! Sube el acero colgado de las poleas, tira el puntal, gira la pequeña cabina hacia un lado y hacia el otro. Primero hacen un hueco profundo, muy profundo, y después lo llenan todo de cemento. El gancho empieza a bailar por el aire, de arriba abajo, de abajo arriba con el peso de la carga… Sube el acero en las finas poleas, caen los escombros desde el decimocuarto piso, domingos y feriados. En menos de lo que se piensa, las grúas llegaron y se fueron. Así está hecha la urbanística de hoy.

 

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Desde fuera, la antigua casa ha sido encerrada por uno de esos gruesos biombos metálicos de las constructoras o tan solo por un triplay con alguna advertencia en tiza. Los obreros entran y salen por una puerta y se acomodan el casco amarillo. Montes de arena, montes de piedra, montes de desmonte. Desde afuera, en la vereda que se desfonda, sorteamos las grietas, llenas de tierra.

 

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Hasta hace poco, los billetes de 20 soles mostraban a Porras Barnechea acompañado de uno de los patios de la Casona de San Marcos. Apacibles tardes de los estudiantes alrededor de la fuente de letras y las palmeras de los jardines. Pero la vista a profundidad que ofrecía esta viñeta se ha reemplazado por un frontis –no sé cuál— que olvida los claustros de antaño.

 

 

Nuevos billetes, nueva ciudad, pues los cambios no solo son interiores sino también exteriores. El Palais Concert, que está en el billete de 50, será pronto un Ripley, y le sigue la cuerda a los cambios del jirón y alrededores. El del Banco Internacional, ahora un Oeschle; el de una quinta, ahora de la marca de calzado Passarella; el de la Casa Wiese, ahora el Urban Hall.

 

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Lástima que las empresas no puedan entrar a las iglesias, que se caen a pedazos. Tal es la Iglesia de Nuestra Señora de La Soledad, que, en Semana Santa, más que el luto por la soledad de la virgen al pie de la cruz pareciera que se estuviera rogando por la soledad de la iglesia. Un incendio en junio del 2005 acabó íntegramente el retablo de la Virgen del Carmen, incluida la imagen de la santísima Titular, e hizo caer la bóveda de la nave principal. A los devotos solo les queda un tercio de la Iglesia para orar. Ecce Lima tua.

 

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Una tía me ha escrito para decirme que pasará unos meses en casa de su hijo porque acaba de vender su casa. Allí pasará dos meses o el tiempo que fuera necesario, pues allí está su nieto y quiere pasar un rato con él. Después, cuando se termine el edificio que construirán en lo que era su casa, volverá a su misma calle porque ha comprado el primer piso.

 

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Alberto pasea en auto a un invitado suyo por la ciudad, incluido el centro de Lima y el Callao. ¿Caminar? ¿Para qué? Suficiente con hacerse una idea…

 

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Cirros y altocúmulos anaranjados y morados conectan el Centro con la Isla de San Lorenzo y el morro de Chorrillos. El aire es fino y no hay peso de nubes bajas. El sol no ha dañado nuestros ojos pues, con cuidado, lo dejamos atrás, en el mar. Sale la gente, llega otra, pero ya se hace de noche, noche de avenidas que marcan el fin del día y el fin de la caminata. 

 

 

 

Nota: Fotografía tomada del blog La Lima que se fue.

 

 

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