Los anteojos de azufre

 

Media tarde en Lima

(Anticrónica)

 

 

Por Mario Granda

 

Los que estábamos un poco lejos tratábamos de llegar al Centro como podíamos: por la ruta más rápida, en el micro más grande pero más seguro, en el micro más apretado pero que más nos acercara a nuestro destino. Tal vez no pensábamos en cómo llegar sino solo en llegar, en lograrlo.

 

*

 

No obstante, tampoco se podía decir que estuviéramos en la ciudad. Estábamos dentro de la Casona, dentro de Pancho Fierro, dentro de tal o cual Ministerio o, si era de noche, dentro de tal bar. O sea, en un lugar que, al final, podía ser cualquier lugar. Ir al Centro era ir corriendo y salir huyendo, tomar los cortes de camino más rápidos, si no el taxi. ¿La calle? No la mirábamos. Caminar era no ver la ciudad. La calle se había olvidado.

 

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Las grúas giran por los cielos de San Isidro y Pueblo Libre, pero también por los de Jesús María y Breña. Su espacio de trabajo es pequeño, pues son apenas una o dos cuadras las que las empresas suelen comprar. Sin embargo, ¡hay tanto espacio en el aire! Sube el acero colgado de las poleas, tira el puntal, gira la pequeña cabina hacia un lado y hacia el otro. Primero hacen un hueco profundo, muy profundo, y después lo llenan todo de cemento. El gancho empieza a bailar por el aire, de arriba abajo, de abajo arriba con el peso de la carga… Sube el acero en las finas poleas, caen los escombros desde el decimocuarto piso, domingos y feriados. En menos de lo que se piensa, las grúas llegaron y se fueron. Así está hecha la urbanística de hoy.

 

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Desde fuera, la antigua casa ha sido encerrada por uno de esos gruesos biombos metálicos de las constructoras o tan solo por un triplay con alguna advertencia en tiza. Los obreros entran y salen por una puerta y se acomodan el casco amarillo. Montes de arena, montes de piedra, montes de desmonte. Desde afuera, en la vereda que se desfonda, sorteamos las grietas, llenas de tierra.

 

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Hasta hace poco, los billetes de 20 soles mostraban a Porras Barnechea acompañado de uno de los patios de la Casona de San Marcos. Apacibles tardes de los estudiantes alrededor de la fuente de letras y las palmeras de los jardines. Pero la vista a profundidad que ofrecía esta viñeta se ha reemplazado por un frontis –no sé cuál— que olvida los claustros de antaño.

 

 

Nuevos billetes, nueva ciudad, pues los cambios no solo son interiores sino también exteriores. El Palais Concert, que está en el billete de 50, será pronto un Ripley, y le sigue la cuerda a los cambios del jirón y alrededores. El del Banco Internacional, ahora un Oeschle; el de una quinta, ahora de la marca de calzado Passarella; el de la Casa Wiese, ahora el Urban Hall.

 

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Lástima que las empresas no puedan entrar a las iglesias, que se caen a pedazos. Tal es la Iglesia de Nuestra Señora de La Soledad, que, en Semana Santa, más que el luto por la soledad de la virgen al pie de la cruz pareciera que se estuviera rogando por la soledad de la iglesia. Un incendio en junio del 2005 acabó íntegramente el retablo de la Virgen del Carmen, incluida la imagen de la santísima Titular, e hizo caer la bóveda de la nave principal. A los devotos solo les queda un tercio de la Iglesia para orar. Ecce Lima tua.

 

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Una tía me ha escrito para decirme que pasará unos meses en casa de su hijo porque acaba de vender su casa. Allí pasará dos meses o el tiempo que fuera necesario, pues allí está su nieto y quiere pasar un rato con él. Después, cuando se termine el edificio que construirán en lo que era su casa, volverá a su misma calle porque ha comprado el primer piso.

 

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Alberto pasea en auto a un invitado suyo por la ciudad, incluido el centro de Lima y el Callao. ¿Caminar? ¿Para qué? Suficiente con hacerse una idea…

 

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Cirros y altocúmulos anaranjados y morados conectan el Centro con la Isla de San Lorenzo y el morro de Chorrillos. El aire es fino y no hay peso de nubes bajas. El sol no ha dañado nuestros ojos pues, con cuidado, lo dejamos atrás, en el mar. Sale la gente, llega otra, pero ya se hace de noche, noche de avenidas que marcan el fin del día y el fin de la caminata. 

 

 

 

Nota: Fotografía tomada del blog La Lima que se fue.

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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3 Responses to Los anteojos de azufre

  1. hincha de CR7 says:

    bien ahí, profe Granda, se puso experimental

  2. Elena de Troya says:

    no entendí mucho pero me gusta el atrevimiento

  3. Messi de Moyobamba says:

    Siempre me han gustado las columnas del Buho Insomne!

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