Una tradición agotada
Wednesday April 25th 2012, 6:15 pm
Filed under: Reseñas

 

 

Por Rómulo Torre Toro

 

Miguel Ruiz Effio (Lima, 1977) ha obtenido el primer premio del concurso convocado por la Asociación Peruano Japonesa y, en consecuencia, ha publicado su segundo libro titulado Un nombre distinto (2011). Al igual que su primer libro, La habitación del suicida (2006), los relatos que conforman esta última entrega poseen un lenguaje que intenta ser poético, que tiende a construir imágenes y a dibujar estados anímicos en sus personajes. Las historias están marcadas por la violencia y la muerte, sea real o simbólica, y ambientadas en una ciudad hostil, una ciudad que oculta pequeñas vidas que tienen en común su carácter trágico y miserable. Vidas que pretenden exhibir los problemas de la colectividad, sus anomalías y fracasos. En ese sentido, podríamos encontrar la huella de Ribeyro en estos relatos urbanos. Más interesado en centrar su atención en la confección de la prosa, en el tono de la narración y en el poder de la imagen, los cuentos de Ruiz Effio están escritos de forma correcta y cuidada, pero no logran la intensidad que toda buena historia requiere. Por momentos lo consigue, es cierto, pero la constante es que las acciones se pierdan entre descripciones y explicaciones que empantanan la narración.

Un primer aspecto a analizar es el eje que articula los relatos de Ruiz Effio. Desde los epígrafes queda claro que debemos entender la maldad como algo inherente al hombre, como una propiedad que está a priori en la naturaleza humana. Y que es impulsada por el medio en donde se desenvuelven sus personajes o las situaciones límites que deben afrontar. De hecho, las historias están compuestas por rupturas en la vida de sus protagonistas, momentos en donde eliminan su juicio moral y buscan nuevos modos de acción, para atacar o protegerse. En el primer caso encajan perfectamente personajes como el de los cuentos “Laura” y “Descifrando a Lulú”, pues ambos llevan a cabo cierta violencia que destruye al otro. Lo contrario sucede con los personajes de “Dos pájaros, un tiro” y “Raimondi 904”. Ellos intentan defenderse de la agresividad de los demás, de personas que en algún momento fueron muy próximas pero que ahora han mostrado su verdadero rostro. Todo apunta en una sola dirección: la fragilidad del individuo frente a la fiereza de la sociedad. La soledad del hombre en –recordando a Lavoe- esta selva de cemento. Sin embargo, la perspectiva desde la que Ruiz Effio aborda el problema es bastante convencional. Por momentos llega al maniqueísmo y a la simple degradación ética para sostener sus argumentos, apela a la descripción de lugares pobres, a la necesidad económica, al fanatismo deportivo para sacar a exponer el lado oscuro de sus personajes. Como dije líneas arriba, las situaciones límite exigen de ellos poner en marcha su perversidad. Y eso puede ser superficial.

Ejemplo significativo es “Dos pájaros, un tiro”, cuento que ya he mencionado. La protagonista del relato es una adolescente que es violada por su padre. Soporta además insultos y otras vejaciones. La casa en la que viven es misérrima y descubren una rata que se esconde en una grieta en la pared. Por otro lado, la muchacha tiene un novio, Luis, quien es descrito como alguien delicado y bueno, incluso con inclinaciones literarias. Ella parece someterse a la voluntad del padre sin protestar, con dolor y sufrimiento, sí, pero soportándolo lo mejor que pueda, aunque los deseos de matarlo son grandes y se manifiestan en todas las reflexiones de la muchacha. Hasta que la rata que ha aparecido en su casa le da la oportunidad de escapar. El padre le ordena matar al animal y ella aprovecha para envenenar la comida del “ogro” que morirá, mientras la muchacha observa cómo también el roedor se aproxima al bocado de veneno que le ha dejado en el suelo. Hay aquí un claro paralelo entre el padre y la rata, no solo en la muerte que comparten, sino en su condición: “A la muchacha le causa gracia ver a aquel monigote exasperándose por un bicho menos asqueroso que él” (p. 25). Podemos encontrar, también, una oposición bastante maniquea entre la figura del padre y la de Luis:

“Nunca mirar cuando ese títere grotesco se arrastra sobre ella, cuando pasea su nariz y sus labios por su cuerpo tembloroso, intentando aprehender su aroma. Mejor pensar en el rostro amable de Luis, en su voz clara. Luis entregándole un papel doblado que contiene algunos versos escritos la noche anterior. Imaginar a Luis escribiendo, muy lejos de aquí, mientras el tipo hurga debajo de su vientre, mientras se introduce en sus entrañas” (p. 26).

La muerte del padre es, finalmente, la posibilidad de realizar un cambio en la vida de la muchacha: desechar la miseria, escapar de la violencia. Al constatar que el veneno ha cumplido su cometido, ella considera que “La casa luce más amplia y con unos pocos cambios, piensa, se asemejaría mejor a la del programa de televisión” (p. 30). Lo que tenemos, en resumen, es una mirada maniquea y reductora de una vida traumática.

Un segundo aspecto problemático es el estilo. Como mencioné líneas arriba, la sugerencia de la imagen y la descripción minuciosa  son las dos características fundamentales del lenguaje de Ruiz Effio. Notamos un gran cuidado por dominarlo, imponerle un ritmo y explorar sus capacidades plásticas. Por momentos, esta intención logra buenos resultados, como en el cuento “Raimondi 904”, donde describe una casa que el tiempo arruinó “hasta deslucirla: el color verde de la pared se diluyó con la sucesión de estaciones y los fragmentos de pintura, desprendidos durante meses y años, han dejado cicatrices blancas y multiformes, bosquejos de mapas, siluetas indescifrables” (p. 60). Lamentablemente, esto llega a ser más una excepción que una constante. Por momentos pareciera que el narrador desconfía de su capacidad para transmitir información y proyectar imágenes al lector; entonces cae en repeticiones que entorpecen la lectura y le restan intensidad a la narración. Este temor genera una indefinición que conduce, por ejemplo, a caer en frases como “la habitación donde prepara los alimentos” (p. 41) para evitar la repetición de cocina. O como “Bebo el líquido caliente de la taza despostillada y sigo hablando…” (p. 42) para remarcar por enésima vez que el narrador está bebiendo té en la humilde casa de su interlocutor.

En algunos pasajes de libro, encontramos detalles que le restan verosimilitud a lo que intenta contar. En “Seguridad ciudadana” observamos cómo unos ladrones se detienen a revisar el contenido de un maletín y, al no encontrar nada valioso, se lo devuelven bramando “Ni para el té” (p. 75). Más allá de algunos insultos que profieren, los asaltantes tienen una actitud poco convincente. Se muestran, incluso, un poco ingenuos: no encuentran el dinero que la víctima llevaba en la billetera y al enterarse entablan una pelea entre ellos. Poco importa, en verdad, si lo que se cuenta es real o no, pero sí que lo parezca, que las acciones generen la sensación de la posibilidad inmediata, cotidiana. Del mismo modo, en “Aunque la muerte nos espere”, se indica sorpresivamente que una de las partes del relato es un informe. Esta idea, que podemos encontrarla en las novelas de Piglia, pierde efecto porque el registro no es ni policial ni periodístico, y solo es una mención que aparece de improviso, de forma aislada.

El punto alto de Un nombre distinto es “Raimondi 904”. Aquí vemos que el lenguaje logra una mayor concisión, una capacidad sugestiva que hace del texto uno de los más interesantes. Los protagonistas, un carpintero y su hijo, deben desalojar el local que ocupan en la dirección que da título al cuento. Aquellas personas que han sido sus vecinos, amigos y ayudantes del carpintero se muestran ahora arrogantes con el vencido, desagradecidos. El viejo se siente solo, como el árbol que está frente a la puerta del taller, y su hijo no puede compartir su tristeza y mucho menos ser el apoyo que necesita. Estos desencuentros proporcionan buenas dosis de tensión, como el gordo que esquiva el pedido de ayuda del padre, o la cuota que éste debe pagar a un ex aprendiz por cuidar sus cosas. Asimismo, la precisión de las frases aumenta la sensación de desamparo y soledad que nos atrapa. Frases como “Maldito gordo” que remata una serie de recuerdos que definen al personaje:

“el gordo trabajando junto a mi padre, pidiéndole la camioneta prestada, antes de que fuese necesario venderla para comprar comida y pagar las pensiones del colegio. Yo manejo, compadrito, yo se lo llevo a guardar a la playa, yo le ayudo a cambiar esa llanta […], cuenta mi madre. Ahora ya no se acuerda de eso, está sobrado con su camioneta, termina diciendo siempre. Maldito gordo” (p. 61).

La revisión del último libro de Ruiz Effio nos permite afirmar que la evolución de su proyecto de escritura y su forma de entender la literatura sigue patrones que van envejeciendo paulatinamente. Su mirada sobre la ciudad mantiene un modo de entender la dinámica social y un modo de representarla que ha sido, durante mucho tiempo, el hegemónico en la narrativa peruana, pero que está siendo desplazada por narradores que exploran por otros caminos, otras posibilidades.

 

Miguel Ruiz Effio

Un nombre distinto

Lima, Ediciones Altazor/APJ, 2011, 112 pp.

 


No Comments so far
Leave a comment



Leave a comment
Line and paragraph breaks automatic, e-mail address never displayed, HTML allowed: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>




Free counter and web stats