Los anteojos de azufre

 

Para una historia del bullying

 

 

 

Por Mario Granda

 

Desde hace unos tres o cuatro años llegó al Perú la teoría del bullying, que, en español, se refiere al abuso y violencia –por medio de palabras y/o golpes— que puede recibir una persona por parte de compañeros de su mismo círculo. Subrayo “compañeros” y “círculo” porque el bullying lo realizan –y esto es lo que lo convierte en una experiencia particularmente dolorosa— quienes pertenecen al mismo entorno de la víctima y, con todo, están interesadas en convertirla en el chivo expiatorio de las razones que ellos consideran de importancia. El bullying es una vivencia que generalmente se padece en silencio porque no encuentra salida en el propio grupo –al menos, no en el momento de la agresión— y la denuncia a la autoridad sería, ante los ojos del grupo, vista como una debilidad, y, tal vez, una futura agresión por venganza. Se habla hoy –en el caso de los colegios— de crear castigos más severos para los alumnos, de hacer publicidad “antibullying” para fomentar el valor de la “no agresión”. No obstante, no se ve el problema como el abandono de los profesores a los alumnos. Mucho se ha celebrado la llegada de las nuevas tecnologías de educación –que, en realidad, no hacen sino acercar y presentar mejor información y no realizar una auténtica revolución educativa— y de la gran cantidad de dispositivos tecnológicos que los alumnos llevan consigo a las escuelas, pero poco se ha hecho en cuanto a la relación entre docentes y pupilos en un ambiente que, como principio, debería ser un lugar seguro y acogedor.

 

Parte del elenco de la obra teatral La ciudad y los perros (2012), dirigida por Edgar Saba y basada en la novela de mismo nombre de Mario Vargas Llosa. 

 

No obstante, el bullying no es nuevo ni para la humanidad ni para el Perú. Ni, por supuesto, para la literatura peruana, tan llena de conflictos de clase. Si nos remontamos a la antigüedad, tenemos allí a las huacas que se rieron de Cuniraya cuando este dijo que él era el esposo de la princesa Cahuillaca. Con sus vestimentas de hombre pobre y sucio, pocos creerían que él era en realidad el dios de los dioses. Pero si hablamos del bullying moderno, el más cercano es el Paco Yunque de César Vallejo, donde Humberto Grieve, el hijo del ingeniero, maltrata a Paco, el hijo de un obrero, a vista y complacencia del profesor. Y también están La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, y la salida de Alfredo Bryce Echenique del Colegio Santa María –que, aunque real, ha sido muchas veces referida en sus novelas—. Entre el pasado prehispánico y el siglo XX tenemos el peor bullying de toda la historia de nuestra literatura, El sueño del pongo, donde el hacendado obliga a su siervo a hacer de perro y de vizcacha, solo por diversión. Hay muchos otros bullying –los homosexuales, las huachafitas del barrio, las familias venidas a menos— y es posible que continúen. Así está hecha nuestra historia, pero podemos tener en cuenta algunos de estos ejemplos para no repetirla.

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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5 Responses to Los anteojos de azufre

  1. Carito says:

    bien, profesor Granda, pero debió seguir escribiendo más sobre el tema

  2. seguidor de CR9 says:

    bien ahí, pero como que se corta muy rápido la lectura.

  3. lalita says:

    interesante

  4. Carmen Rhor says:

    Estimado Mario,

    Como maestros formadores de espíritus y mentes, tú y yo sabemos que, en efecto, lamentablemente el sistema está diseñado para que los profesores seamos la continuidad de lo impartido en casa, si es que en casa se da alguna clase de nociones académicas o informativas.

    La realidad es que las mismas entidades educativas impiden que el profesor llegue a tener cierta proximidad con el alumno, promoviendo que prácticamente la relación sea inexistente. Error craso de parte del profesor que no se deja llevar por sus propios principios e ideales.

    Ahora bien, yo recuerdo que de niña, en el colegio donde estudié, algunas compañeras, sobre todo las de menor rendimiento académico, me molestaban con mi apellido, y me ponían un y mil apodos. Ya te imaginarás. Lo cierto es que sin duda hubo momentos que lo odié. Felizmente auto-estima no me faltaba, y concluí que esas “compañeras” eran unas pobres diablas, y simplemente dejé que sus estúpidos apodos no llegaran a molestarme más. Las ignoré totalmente. Santo remedio, nunca más me volvieron a fastidiar.

    Hoy en día me puedo reír de la anécdota, pero tengo que lamentar que los padres hoy en día no hagan sentir a sus hijos seguros de quienes son.

    Siempre ha existido “bullying” y siempre existirá mientras haya envidia, mientras haya gente ociosa que no tenga algo mejor qué hacer. Lo que debemos enseñar a nuestros pupilos es a no dejarse intimidar y a hablar alto y claro.

    Algo que desgraciadamente los peruanos no somos nadita buenos en hacer, defender nuestros derechos, expresar nuestro sentir, y sobre todo actuar de manera decidida y coherente.

    Lo que se debe hacer es crear más Escuelas de Padres donde se pueda enseñar la importancia de pasar más tiempo con el hijo, leer con él, conversar con él en vez de ver tanta tele o estar jugando en la computadora. En la época de las comunicaciones, la comunicación está rota. Hace unos años atrás leí un ensayo de Bryce Echenique donde mencionaba este factor “la incomunicación de la comunivación”, creo era el título del mismo y lo publicó “Qué hacer” en uno de sus números.

    A comunicarnos más y mejor.

  5. Victoria says:

    Buen análisis Mario, sobre todo, el hecho de destacar que el bullyng no es un problema nuevo. Saludos.

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