Segregación N° 1

 

Dr. Reneau

 

 

 

Por Francisco Izquierdo-Quea  

 

 

 

        ––Marco Aurelio Denegri es sexólogo de profesión, por si acaso.

        ––¿Entonces?

        ––Entonces al final de su programa responde a todas las preguntas que le manda la gente.

 

***

 

Se incendió mi casa. La mitad de mi casa. Salvé casi todo, menos la parte de la cocina y algunos papeles. En medio del desastre hallé cerca a la mesa la fotocopia de un artículo de Ruiz de Rimini con una cita resaltada años atrás: «La ciencia ficción plantea una lucha de dos bandos antagónicos. El resultado es la distopía».

Guardé el papel en mi bolso. Caminé hacia el estante, lo vacié y acomodé los libros en algunas cajas. Los tipos del seguro llegaron al poco rato. Me hicieron algunas preguntas, miraron los daños, tomaron notas. Al final de todo salí con ellos y cerré la puerta.

A las dos semanas la casa estaba restaurada. Piera vino a comer.

Cuando llegamos al postre dijo: ¿Y ahora qué, Horacio? Te quedaste sin trabajo. ¿Qué piensas hacer con tu vida? Respondí que buscaría algo, que mandaría cevés, lo de siempre, Piera. Estás mal, Horacio, tienes suerte de que en Francia todo funcione perfectamente sino en estos momentos estarías sin dónde vivir. Te tomas todo muy a la ligera, eso no es normal. ¿Por qué no buscas ayuda? Una terapia puede servirte de mucho. Dije que me encontraba bien, que no necesitaba terapias porque para eso tenía a mis amigos, con quienes hablaba de todo. Ella insistió. Insistió. Insistió. Insistió. Le dije ya, okey, veré qué encuentro. Sonrió complacida, extrajo luego algo de su bolso. Mira, tengo el catálogo de los cursos de verano del Centre Pompidou. Revisando tu expediente he marcado algunos que van a interesarte. ¿Mi expediente? Le di una hojeada al papel. Piera me había inscrito en un montón de cursos de porquería, como fotografía, teatro y arte. No tengo nada que hacer ahí, Piera. Gracias pero no. Espera, dijo ella, te dejo el folleto acá, tú lo miras con calma mañana o pasado y después decides, ¿está bien? Dije que sí. Luego me incorporé, fui a la alacena, cogí una botella de pisco, exprimí limones, saqué azúcar, hielo y en diez minutos preparé una licuadora entera de pisco sour. Piera me dijo qué haces. Serví dos vasos, rocié dos puntos de canela y volví junto a ella.

 

        ––Bebe un trago de esto. Conviértete en alguien, preciosa.

 

Al tercer vaso tuve el veredicto: Es dulce y un poco ácido, parece suave, pero no es suave porque ahora me siento medio borracha, Horacio.

 

        ––En el Perú combinamos lo fuerte con lo dulce. Las chicas siempre dicen que les gusta.

        ––¿Qué chicas?

        ––Piera, necesito decirte algo importante.

        ––Horacio…

        ––Quiero que entre tus amigas escojas a una guapa para Franklin, por favor. Desde que terminó con Sophie todo el día está metido en su casa viendo Yo soy, ese programa de cantantes. La vez pasada, luego que perdió Juan Gabriel y ganó el que imitaba a Kurt Cobain, vino a decirme que Nirvana era un grupo con canciones de cuatros acordes y letras básicas, y que el hecho de que lo sigan un montón de quinceañeros maricones no significaba que sea la mejor banda de la historia. ¿Puedes creerlo?

        ––¿Nirvana? No te entiendo, Horacio. Sobre lo de Franklin pues, no sé, llamaré a Claudine.

        ––Claudine es fea, Piera. ¿Por qué no llamas a Beatrice? ¿Está sola, no?

        ––Claudine no es fea. Hay muchos chicos que la siguen.

        ––Ya, a partir de qué hora.

        ––Eres un idiota, Horacio.

 

Piera sale de la casa dando un portazo. La escena me parece repetida y me siento parte de un déjà vu. Algo debo estar haciendo mal, me digo. Enciendo un cigarrillo, tomo el último libro de Guido Macaya y al azar leo un texto llamado «Poema medio porno en homenaje a Charles B.».

Al final de la lectura subrayé los versos iniciales:

 

Se murió mi padre

y me consolé

entre las tetas de una amiga.

 

Y también los últimos:

 

Le dije abre la boca, mi amor

e introdúcelo despacio.

No

no me digas que me quieres.

Quiéreme.

 

Charles B. ¿Se trata de Charles Baudelaire o Bukowski? Preparo un té y enciendo la computadora. Veinticinco minutos después encuentro un nombre: Dr. George Reneau. 44, rue Roi de Sicile. París 75004. Metro Saint-Paul.

  

***

 

        ––Tenía diez años y vi Toy Story. Cuando volví del cine fui para mi cuarto y me paré frente a un cajón y le dije a los muñecos: ¡Si están vivos, díganmelo! Confíen en mí, yo no voy a decir nada. Estuve como una hora hablándole a los muñequitos. Hice eso durante un mes, hasta que me cansé.

        ––Entiendo. Continúe, por favor.

        ––A los doce agarré al Schnauzer de mi vecina que siempre venía a cagar y a orinar al jardín de mi casa. Lo pinté con aerosol rojo y le colgué un cartel que decía: A LA PRÓXIMA TE LO MANDO A LA LUNA. Parece que la vieja entendió porque el perro nunca más volvió a meterse al jardín.

 

***

 

Tres párrafos de la reseña de Mesías Evangelista al primer libro de Oliver Campuzano. Número 19 de la revista de literatura Gatitos en moto (edición dedicada a Pynchon, Irving, Vargas Llosa, Belli, Moro y Arguedas). Lima, 2011.

Escritor clandestino, Oliver Campuzano ha copado la atención de la prensa local con su primer libro de relatos titulado No hay mujer fea sino mal arreglada. Sobresale el cuento «Vengo por el aviso», narración homodiegética que presenta a Diego Torus, poeta y profesor de literatura de un colegio miraflorino, quien visita un templo de vírgenes japonesas en busca de una madre para su hijo. La historia, un homenaje a «Reyes y mendigos» de Antonio Gálvez Ronceros, se inicia a partir de una perspectiva semántica que se posiciona en sociolectos y que se adhiere a la dimensión ideológica moral del lector. De esta manera, es Diego Torus un ambicioso y lúbrico personaje que, a partir de la sucesión Japón-madre-hijo-sexotodoslosdías, plantea los discursos primigenios de una naturaleza sensorial, artística y hasta política; ello en el momento en que visita el templo, infringiendo ciertas normas orientales, hasta el momento en que le es entregada una esposa. La historia culmina con Diego Torus rodeado de hijos y viviendo en Kyoto, ciudad en donde se le conoce como «El Poeta Sabio».

Otro cuento sobresaliente en el volumen de Campuzano es «Bésame en la playa», una historia dividida en dos versiones sugerentemente estraboscópicas. La primera presenta el encuentro de Jean-Baptiste y Casandra en Niza. Contra lo que pueden suponer los lectores, ambos se conocen de años atrás, pero llevan mucho tiempo sin verse. Comparten, pues, sus historias bajo el sol y los turistas, teniendo como escenario el Mar Liguria y un clima acogedor. Llegado el momento, Jean-Baptiste le dice a Casandra: «La primera vez que te vi parecías una gitana, Casandra. Estabas realmente hermosa y achorada. Parecías sacada de un libro de García Lorca». La reacción de Casandra es guardar silencio por unos segundos. Jean-Baptiste se muestra alerta y le pide disculpas por la confesión. Casandra replica: «Todo está bien, todo está bien». Al final, ambos terminan bebiendo vino y comiendo pollo (esto a pedido de Casandra). La segunda versión presenta el encuentro de Jean-Julien y Carmela en Niza. Ambos llevan sin verse muchos años y se cuentan sus vidas entre decenas de turistas a su alrededor, frente al Mar Liguria. Llegado el momento, Jean-Baptiste le dice a Carmela: «La primera vez que te vi parecías una gitana, Carmela. Estabas realmente hermosa y achorada. Parecías sacada de un libro de García Lorca». La reacción de Carmela es guardar silencio por unos segundos. Jean-Julien se muestra alerta y de inmediato le pide disculpas por la confesión. Carmela asiente confundida y pregunta: «¿Quién es García Lorca?». Al final, ambos terminan bebiendo vino y comiendo (esto a pedido de Jean-Julien).

Otro relato que vale la pena tomar en cuenta en el libro de Campuzano es «Linda, vamos a tener todos los hijos que tú quieras», narración también homodiegética que presenta la vida de Lenin y Rebeca. Se trata de una historia de amor y salsa, en donde despuntan encuentros y desencuentros en las calles chalacas de Tarata, Arica, Huáscar y Atahualpa. Los preceptos surrealistas (un guiño fiel a la poética impuesta por Buñuel, Moro y Westphalen) no están lejanos en el acontecer cotidiano de la pareja, pues se cuenta con la presencia mediática de ciertos personajes de la Fania All Stars, como Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Willy Colón, Ismael Miranda, Johnny Pacheco y Larry Harlow, los mismos que entonan el tema «Anacaona» justo al final de la historia.

  

***

 

        ––El sábado por la mañana fui cerca a la Sorbona a que me sacaran sangre para unos análisis, pero me desmayé apenas me sujetaron el brazo y vi la aguja. Lo peor es que cuando me caí le pegué a una señora que estaba detrás de mí. Le tengo mucho miedo a eso de la sangre y las agujas. Encima cuando desperté, tirado en el piso, grité: ¡Pínchenme ahora, este es el momento! Fue un papelón.

        ––Entiendo. ¿Y después?

        ––Por la noche entré a ver las ofertas a mercadolibre.com. Después me quedé mirando la página principal de Gmail hasta que la capacidad aumentó una giga más. Eso fue como a las dos de la mañana. 

        ––¿Siempre hace eso los sábados?

        ––Antes me puse a ver Lost. Cuando veo Lost trato de estar medio sucio, o sea no me baño hasta que termine el capítulo, y además mastico algunas frutas (mangos y papayas, sobre todo) para sentir como si estuviera en una isla. Estoy tan enviciado con Lost que una vez que viajé a Alemania me puse a mirar a la gente del avión y a decir: Este va a ser el líder. Este gordo va ser Hurley. Este se va a morir porque no sirve para nada. Además, en algunas madrugadas me levanto y vago por el departamento a oscuras, o a la luz del celular, e imagino que estoy en medio de la jungla, en una isla tipo Lost, una isla desierta, escapándome de animales salvajes. Lo malo es que a veces me creo tanto el personaje que termino gritando cuando un jaguar me salta encima y despierto a todo el edificio.

 

***

  

No tengo miedo a volar, tengo miedo a estrellarme.

Cuando tuve veintiuno choqué el auto de mi papá por mirar a dos perros apareándose. Supongo que de ahí me viene el trauma, primero con los autos y luego, desencadenado no sé cómo, con los aviones. Pero igual viajo en avión, igual conduzco sin problemas. El problema es otro: que siempre que manejo me distraigo en tonterías, imagino cosas. Por ejemplo, esté donde esté, imagino que estoy en Lima y que justo doblando una calle me encuentro con un auto oficial en problemas. Que se bajan unos tipos de trajes y lentes oscuros, que me detienen y me piden que lleve nada menos que a la ministra Araoz a algún lugar importante, lejos. ¡Que se trata de una emergencia nacional! La ministra Mercedes Araoz. Qué linda, me encanta esa mujer. Es bonita, inteligente, billetona, se viste bien (según Caretas) y encima escucha buena música. Yo acepto inmediatamente y entonces estamos ahí y yo piso a fondo, manejo a todo lo que da el auto, con las motos adelante, abriendo camino, y la ministra en el asiento trasero, y yo que intento ser un caballero y le meto un poco de letra a la ministra, y le digo ministra Araoz, yo por usted soy capaz hasta de volverme aprista, y ella que sonríe coquetísima y yo que la veo recontra chévere desde el espejo retrovisor y le digo ministra, lo he estado pensando bien y ya lo decidí, pienso casarme con usted para fin de año, ya lo decidí y lo pensé muy bien, ministra, y la ministra sigue sonriendo y luego cruza las piernas y yo veo todo desde el espejo retrovisor y porque sí, ministra, no es por nada pero usted es hermosísima, usted ministra no debería ser ministra, usted ministra debería estar con un hombre bueno y trabajador, o sea yo pues ministra, y todo eso le digo y así voy, siendo un as del volante, y al final de todo quedo cachete con la ministra (porque me da su número y quedamos en algo para después) y con el país también.

Transcurren dos días.

Suena el teléfono. La llamada es de un número desconocido. Respondo. Es Piera desde Mongolia. ¿Mongolia? ¿Y qué se supone que haces en Mongolia, Piera? Eso no te importa, Horacio. Te llamo solo para decirte que estoy feliz, rodeada de naturaleza, comiendo muchas frutas, pescados y otras cosas exóticas, y también para decirte que la otra semana regreso a París. En ese lapso espero que consideres el hecho de ir al psicólogo. Deja atrás tus prejuicios pues no solo los locos necesitan terapia, sino también la gente normal, como tú o yo. Tenemos que hablar, Horacio. Espero que cumplas tu palabra.

Luego colgó.

 

***

 

Bandeja de entrada Yahoo. Correo de Marco Tulio.

¿Qué te puedo decir del partido con los uruguayos? Perdimos. Perdimos pues huevón. De hecho ahora no estamos eliminados, ¿pero qué pasa si la vaina muere con Venezuela y Argentina? Todo se va a la mierda pues huevón, normal. Chau mundial de nuevo.

Del equipo, el único que se salva es Guerrero. Y pensar que en la imitación que le hacen lo relojean de brito: Carlos Álvarez que es maricón lo mariconea a él. Nica pues, Horacio, estamos mal.

El Perú ya se acostumbró a estos fracasos del fútbol. Tanto es así que nos alegramos por los éxitos de deportes absurdos como el boxeo femenino. ¿Cómo es posible que estemos contentos viendo al hembrón de Kina Malpartida agarrándose a quechis con una enana? Estamos cagados en autoestima, bróder. Kina es una mamacita que debería estar en mi casa calata. Calata, compare. Así la tendría todo el día.

Para terminar el tema del fútbol, y yendo a la Champions, bacán lo del Chelsea, sobre todo porque cagó a esos babosones del Barcelona (ese fútbol rosquetón, tipo Holanda del 74, me llega al pincho, hermano). Mi viejo en Lima como que se huevea un poco con las narraciones de Fox Sports. Yo ya le dije papá, no veas esa basura, cambia de canal. Tú sabes, Horacio, que esos comentaristas, empezando por Fernando Niembro, son unos argentinos racistas y maricones que siempre tiran para su lado y que se casarían con Messi si pudieran. ESPN es más imparcial, de hecho.

Sí, a mí también me gustó la reseña de Mesías. Le pregunté por el libro y me dijo lo mismo que a ti, que estaba en algo. Eso solamente. A veces es medio parco ese cojudo. En fin, la cuestión es que me dio curiosidad el cuento ese del profe que termina en Japón y le pedí a Mesías que me lo escaneara y me lo mande por mail. Así lo hizo. Es una vaina de unas nueve páginas, bien escrita, chévere. Cuando terminé de leer el cuento me puse a pensar en todas las huevadas de las que hablaba Matsahide en la universidad, de lo de Tokio y Okinawa. Está cagado el chino, pero es nuestro pata. Aunque ahora no sé quién anda más cagado, si Matsahide o el huevón de Bautista agarrándose a esa pintora feminista y de paso con su puesto de videos porno en Polvos Azules.

La cosa es que volví a mi onda del oriente y revisé películas y poesía, más que todo. Quise leer 1Q84, pero es un choclón, y como que Murakami ya fue. Entonces luego de esta revisión de material, un mes después, casi llegando al hatori, y gracias a mi suerte de poder aprehender el conocimiento en muchos detalles de la naturaleza sensorial, me aburrí. Sí, me aburrí. Pero algo en claro saqué: justo ahora estoy terminando mi estudio sobre la belleza de la mujer de oriente, que puedo clasificar así (de más guapas, a más calentonas):

1) Japonesas

2) Moyobambinas

3) Chinas

4) Coreanas

5) Filipinas

Todavía estoy esperando que alguna ONG (puede ser una de esas que defienden a los terrucos, tienen un culo de plata, man) me pueda surtir del dinero suficiente para viajar al Barrio Chino de La Habana y terminar este estudio. Habla, ¿crees que la haga?

Me dan el pasaporte español en dos años más. Apenas me den esa mierda, me arranco a Lima, compare. Tengo un billete ahorrado así que voy a hacer algo allá, fácil poner una editorial. Pero una editorial de verdad, publicar libros con mi plata, ¿entiendes?, como pasa con las editoriales independientes acá en España, en México o Argentina. Mis viejos andan bien, mi hermana y su gil igual. Me preocupa un poco mi sobrinita. Puta, ya tiene quince años, compare. He estado chequeando su facebook. La huevona todo el día para poniendo cosas de RBD. Tiene un blog de RBD, huevón, florea en español y en portugués (no sé cómo aprendió el idioma), y se mecha con todo el mundo. La huevada es que se ha vuelto una especie de Faverón de RBD. Si alguien dice algo sobre el grupo, cualquier cojudez, la chibola al toque se manda un post en plan cagón y ahí la hace, cancelando a la gente. El otro año acaba el cole, no sé qué chucha querrá hacer, fácil ni quiere postular a la universidad.  

Ah, vi la entrevista a Bryce que me mandaste. Me llamó la atención cuando dijo que Humala está haciendo las cosas más o menos bien, pero que su familia malogra todo, empezando por su viejo, que propone invadir Chile con cuatrocientos mil puneños, rifles y penes. Bryce está cagado, Horacio. Ha durado más de lo esperado: debió haber muerto hace tres novelas, más o menos.

Yo acá, entre bien y mal. El verano llegó y la chamba está baja. En julio y agosto la gente se arranca de Madrid y la ciudad va a quedarse vacía. Fácil aparece algo nuevo por ahí. Respecto a Flavia, parece que la maldición de Mesías me llegó pues lo nuestro se fue estancando en una serie de problemas y terminó yéndose al carajo. Todo cambió de un momento a otro, pues apenas la veía ya la estaba puteando. La vez pasada, cuando ni siquiera la había visto, la mandé a la conchasumadre por teléfono. Íbamos a encontrarnos en Atocha para ir a Segovia, un viaje de sábadomingo, tú sabes; entonces cuando llegué a Atocha la busqué por todos lados y Flavia no estaba. La llamé y le dije dónde estás. Ella dijo que se estaba volviendo a su jato porque no había impreso lo boletos. ¿Y por qué no los has impreso?, le dije. Porque no tengo impresora, dijo ella. Puta, tú eres bien huevona, ¿no, Flavia? ¿Por qué no fuiste a algún cíber a ver eso? La cosa es que la hembra me colgó, huevón. Y yo ni cojudo al toque la llamé y le dije o sea que me cuelgas, conchatumadre, entonces yo te cuelgo ahora, ¡apura, que el tren sale en cuarenta minutos! A los treinta Flavia llegó, hicimos el viaje y todo fue una cagada total. Volviendo a Madrid le dije para terminar. Flavia me dijo qué, Marco Tulio, ¿vas a terminar conmigo acá en la calle? Y yo sí, pues, ¿o qué quieres, ir a un café? Ni modo, bróder, a veces las cosas acaban así. Y no, no me digas nada. Te atraco que Flavia sea chibola, cojuda, pero me gustaba porque tenía su floro. Leía pues, tenía su vocabulario. Quizá eso me ilusionó. La embarré de nuevo. Me volví a equivocar.

Hoy, desde la semana pasada en realidad, salgo con una colombiana linda. Nada formal, porsiaca. A la segunda noche juntos, y luego de beberme todo lo que encontré en su depa, ella apareció con una fuente de guiso de carne, calabacín y esas huevadas. ¿Y el arroz?, le pregunté. No hace falta, respondió feliz. Entonces le dije chola, si no me das arroz pa comer me quito a mi jato. Aprendió en uán. Ahora la pobre está en mi cocina e improvisa algo para este pechito, como tiene que ser.

Termino este mail y me quedo acá chupando y bajando música, perfecta combinación, con una chica hermosa a mi lado. Son casi las diez, el sol todavía no se va de Madrid y por un lado de la ciudad hay algo de lluvia. ¿Cómo es eso? En fin, en días como hoy es imposible morir de amor.

Un abrazo.

 

***

  

        ––A veces miro al espejo pensando que hay otra persona igual a mí que siempre espera a que yo aparezca, entonces o aparezco rápido o hago muecas y sonseras para tratar de pillarla, pero nunca ha sucedido nada. Por ahora.  

        ––¿Le disgusta su trabajo?

        ––Un poco. Pero no es tan malo, ¿sabe, doctor? Antes era peor. Antes trabajé un año disfrazado de hot dog repartiendo volantes en la Place de la Concorde. Luego tomé el puesto de Pokemón en la feria del Parque de Buttes Chaumont. Pero ahí solo duré diez días. Una vez llegó una pelirroja impresionante junto a un grupo de chicas bellísimas también. Pero yo me quedé prendado en una de la pelirroja. Entonces me acerqué a su lado a decirle algunas cosas. No pasó mucho rato para que la pelirroja pegara un grito de perica y llamara a los de seguridad. Los tipos vinieron y la pelirroja y sus amigas me señalaron. Yo me quedé quieto, más que tranquilo, confundido, y los gorilas de seguridad me tomaron de los brazos mientras yo, pataleando en el aire, les decía que no había pasado nada, que todo era un error, pero ellos no me hicieron caso, siguieron caminando. Al llegar a un descampado me arrojaron sobre el suelo y me dieron unos cuantos puñetes y patadas. Cuando pude levantarme fui a la oficina de administración, así, con el traje maltrecho y la cabeza de Pokemón en la mano, y ahí me llamaron la atención, que cómo era posible que me porte de esa manera con una cliente. Al final me dieron un cheque y me despidieron.

 

***

 

        ––Horacio, luego de mi viaje a Mongolia he llegado a la conclusión de que no podría estar nunca contigo porque eres demasiado encantador y porque yo soy muy celosa.

        ––Pero quién tiene tiempo para hablar de esas cosas, Piera. ¿Quieres más café?

        ––Además tú no has leído los libros ni visto las películas de Harry Potter y no entenderías el porqué anhelo una familia como los Weasley.

        ––¿Cuántos hijos tienen los Weasley?

        ––Ocho.

        ––Yo quiero once, como para hacer dos equipos de fulbito, seis seis, y jugar todo el día.

        ––Horacio, eres un idiota. No me hagas enfadar, por favor. ¿Por una vez podemos hablar en serio?

 

Saqué la última botella de pisco que tenía y llené un vaso, delante de la taza de Piera. Luego le hablé del doctor Reneau y mis terapias, le dije que la cosa era medio rara, que el doctor me hacía hablar y hablar de mi vida. Después le conté de Perú y del mail último de Marco Tulio. A todos nos está pasando cosas buenas y malas y el telón de fondo es una nostalgia absurda por no sé qué, Piera, ¿puedes entenderlo? Ella movió la cabeza y comenzó a hacer pequeños ruidos. Al principio pensé que el sonido venía de los wafers que estaba comiendo, pero luego me di cuenta que era una cuestión gutural, algo así como gruñidos. Piera me clavó los ojos y mantuvo la espalda recta sobre sus codos. Luego me dijo te voy a llevar a la iglesia a oír misa, Horacio, y yo qué, y ella sí, ahorita mismo nos vamos a Saint-Louis d’Antin, de modo que para de emborracharte y alístate.

 

        ––Piera, yo nunca he ido a una iglesia.

        ––Deja de comportarte como un retrasado mental, por favor, Horacio.

        ––Te juro que es cierto. Es algo que viene de familia, mira, te voy a contar. De niña mi mamá nunca superó dos cosas: la muerte de James Dean y abandonar Tacna para irse vivir a Lima, así que cuando creció dejó de creer en Dios y se hizo hippie. Después conoció a mi papá, el famoso pintor naif que se rebeló ante su familia (una familia de ingenieros y médicos conocida en Perú como «Los Kennedy de la Selva»), y luego nací yo, en un ambiente ateo lleno de cuadros charapas, valses-poemas de Federico Barreto y…

 

Piera me mandó callar. Luego inhaló-exhaló veinte veces, cerró los ojos, soltó una serie de frases que no pude descifrar, y al final dijo vámonos ya, te voy a llevar a la misa, Horacio. Y yo está bien, y así salimos y caminamos hasta Bonne Nouvelle, tomamos el metro y fuimos a Saint-Louis d’Antin y entramos y la iglesia estaba de verdad muy bonita, con velas, estatuas, un tipo tocando un órgano inmenso, un órgano más grande que mi casa, y había muchas personas también, y al fondo estaba un sujeto de blanco que hacía parar y sentar a la gente cada cinco minutos y que empezó contando historias y terminó tomando vino y repartiendo galletas gratis a todos.

 

***

  

       ––Nunca supe que existían las Torres Gemelas… hasta que se cayeron. Cuando el segundo avión se estrelló mi mamá salió de su cuarto gritando: ¡Se viene la Tercera Guerra Mundial! Después se puso a juntar agua en botellas, por si se contaminaba. 

        ––¿Tiene pesadillas?

        ––Sola una.

        ––Cuéntemela.

        ––Estoy parado en la avenida Abancay, en Lima. He cobrado mi sueldo de todo un mes y me muero de miedo. Sé que en algún momento van a asaltarme. Entonces comienzo a correr y correr y de pronto la avenida se inclina y yo me voy para abajo, gritando, como en Titanic. 

        ––Entiendo. Le gusta el cine, por lo visto.

        ––No.

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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3 Responses to Segregación N° 1

  1. mdr says:

    jajajaja prometo que la siguiente vez que me suba a un aviôn, comenzarê a pensar en los personajes de Lost jajajaja

  2. que fastidio says:

    Marco Tulio, un insufrible

  3. cabrera says:

    pancho(risas)

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