Doble Click (7)

 

Posthegemony:

Political Theory and Latin America*

 

 

 

Por Francisco Ángeles

 

Este primer libro de Jon Beasley-Murray se inscribe en la familia de textos que, partiendo del análisis de manifestaciones culturales latinoamericanas, exploran las posibilidades de quehacer político en las actuales épocas de globalización. Aunque en este tránsito la instancia cultural deviene hasta cierto punto eclipsada, Posthegemony resulta una compleja elaboración teórica, y una ruptura radical con presupuestos previos que el libro se propone desmontar (de ahí que la primera frase del texto sentencia que no existe ni existió nunca una verdadera hegemonía). Pero, además, este libro intenta ensanchar el panorama crítico recurriendo a conceptos de diversos teóricos, lo que en su propuesta permitiría comprender fenómenos actuales (y anticipar los venideros) de una manera más certera de la que era posible bajo parámetros hegemónico-ideológicos.

Más allá de negar su importancia histórica en cuanto tal, la crítica central de Beasley-Murray a la tradición gramsciana de la hegemonía es presuponer un Estado y un pacto social, dos construcciones artificiales que suelen ser erróneamente consideradas como puntos de partida naturales. Alrededor de esta idea, Posthegemony ejecuta un doble movimiento: primero, deslegitimar dos alternativas de izquierda (los estudios culturales y la sociedad civil); segundo, proponer como nuevo marco una teoría posthegemónica en la que el afecto, el habitus y la multitud retomen la posición que el autor sostiene que les fue arrebatada desde que el Estado, en su calidad de “máquina de captura”, lucha por convertir la multiplicidad en identidad. Por esa razón, el último tramo del libro recurre al concepto de multitud (tal como fue desarrollado por Michael Hardt y Antonio Negri) como contrapeso a la idea de “pueblo”, constructo social articulado por el Estado para ejercer dominación con mayor eficiencia. Sin embargo, habría que anotar que más que una llegada hacia la multitud como una salida a la situación descrita en los capítulos anteriores, el libro en conjunto surge desde esa perspectiva; es decir, toda la argumentación previa se inscribe en dicha teoría y no desde una exterioridad a la discusión en torno a cuál debe ser el sujeto político y cómo debe articularse. El libro, entonces, no llega sino que surge desde la multitud; se inscribe en esa discusión, y en ella toma posición a favor de Hardt y Negri, y en contra de Ernesto Laclau.

En esa línea, el primer capítulo traza una equivalencia entre populismo y estudios culturales en base a su intento compartido de establecer una alianza popular contra una élite ilegítima (en el caso de los estudios culturales, dicha élite sería la “alta cultura”). Beasley-Murray encuentra dos problemas en este proceso. Primero, la lógica de los estudios culturales sigue atada a parámetros estatales; es decir, toma al Estado por algo ganado de antemano y asume que los únicos caminos posibles son la sumisión y la negociación con él. Segundo, “el pueblo” es un agente construido por el populismo, y no una instancia previa que encuentra representación a través de él.

La lectura que Beasley-Murray hace de Laclau olvida o deja de lado que la artificialidad en la construcción, y la discontinuidad al interior del concepto de “pueblo”, estaba explícitamente asumida por el argentino (por ejemplo, en su libro On Populist Reason), por lo que no es dicha artificialidad lo que disgusta al autor, sino la defensa misma de un ente (el “pueblo”) destinado a funcionar dentro de un concepto (el Estado) que es precisamente lo que se quiere dejar fuera de juego. Y esto explica por qué el deseo del autor es más radical, como deja explícito en el segundo capítulo, en el que denuncia a la sociedad civil por haber abandonado la posibilidad de un verdadero cambio, un cambio estructural, al desintegrar sus demandas en agendas demasiado específicas (cuestiones de género, sexualidad, ecología, etc.), lo que implicaría una alianza tácita con el orden actual. Ni los estudios culturales ni la sociedad civil, sintetiza el cierre de la primera mitad del libro, serán capaces de alcanzar un verdadero poder democrático, ya que ninguno tiene pretensiones revolucionarias; ninguno es capaz de imaginar la vida fuera del orden social contemporáneo.

 

 

A partir del tercer capítulo, el autor pasa a lo que llama la parte constitutiva del proyecto, y para ello recurre a tres conceptos claves para construir su teoría posthegemónica. Anclado en la tradición que inicia Baruch Spinoza, y más directamente en la línea de Gilles Deleuze, Beasley-Murray introduce en primer lugar el afecto; es decir, el aumento o disminución en la capacidad de afectar y ser afectado que ocurren en un cuerpo tras sucesivos encuentros con otros cuerpos. El Estado pretende capturar el afecto (colectivo, que circula entre los cuerpos) y convertirlo en emociones prefijadas (intensidades individuales y capturadas dentro del cuerpo). Pero este afecto reprimido, como intenta demostrar con el análisis del caso de Sendero Luminoso, siempre vuelve. La política deja entonces de ser el terreno de la hegemonía (consentimiento y negociación), y se vuelve escenario de la violencia estructural latente entre un proceso de captura y un afecto que se escapa.

El cuarto capítulo incorpora al discurso posthegemónico el concepto de habitus de Bourdieu: patrones de comportamiento cotidiano que, de manera colectiva, están inscritos directamente en el cuerpo; es decir, responden más a lo que parece “sentido común” que a procesos conscientes. La tensión ocurre cuando el habitus opera en un campo distinto del cual fue producido; es decir, cuando no encaja con las nuevas circunstancias. Esta dislocación es inevitable porque el habitus es siempre producto de una experiencia pasada, el depósito de una memoria histórica. Aunque los hábitos antiguos tienden a persistir, las repeticiones son siempre un poco distintas, y es en ese espacio que se va produciendo lenta pero incesantemente el cambio social (lo que ocurre, por ejemplo, en las intervenciones que el grupo CADA ejecutó en los espacios cotidianos chilenos a inicios de los ochenta). Y finalmente, como ya se adelantó, la conclusión del libro es un largo repaso al concepto de multitud, un balance de sus posibilidades, un cuestionamiento de algunos de sus aspectos, y su consolidación como punto de partida para un proyecto de izquierda que mire hacia el futuro.

Toda la impresionante elaboración teórica que despliega el libro despierta, como es natural, más de una pregunta. La primera es sobre el proyecto neo-spinozista trunco que el libro deja cuando opta por separarse de la aproximación desarrollada por Hardt y Negri. Beasley-Murray sigue a los autores de Multitude en la necesidad de liberarse de la esfera estatal en el camino hacia la verdadera democracia, y también en la convicción de que el agente activo de ese proceso debe ser una fuerza inmanente que no produzca un poder más allá de sí misma; es decir, un poder constituyente que resista la presión estatal de domesticarlo en un poder constituido. Hardt y Negri, y en este punto el autor marca distancia, toman de Spinoza la idea de un universo que avanza hacia una armonía fundamental, teleología que en el proyecto político de los mencionados teóricos vendría a ser encarnada en la inminente sociedad comunista que avizoran en Empire. El “fundamentalismo” de este proyecto, que asocia el comunismo a la idea de un “reino de Dios en la Tierra”, es visto con desconfianza por Beasley-Murray, quien se pregunta si dicha “democracia pura” es no solo realizable, sino también deseable. Por ello, regresa a Spinoza y reelabora la idea de los “buenos” y “malos” encuentros entre los cuerpos (de acuerdo a si aumentan o disminuyen la capacidad de afectar y ser afectados), y propone que la multitud puede ser también “buena” (creativa) o “mala” (destructiva). Esta línea de fuga del proyecto de Hardt y Negri hacia una reelaboración más personal de la tradición spinozista, abriría una nueva entrada que no es desarrollada en Posthegemony, y que permitiría cuestionarse, por ejemplo, si la multitud deja de ser una fuerza inmanente en el momento en que es definida como “buena”. ¿Implicaría esto una teleología que vaya en contra de las fuerzas constituyentes que nunca deben ser congeladas en un agente constituido por el Estado? ¿Marcaría esta definición el final de un movimiento que, de acuerdo a la misma teoría de Hardt y Negri, tendría que ser permanente? ¿O más bien habría que pensar que no la multitud sino parte de ella es la que escapa y es integrada al movimiento trascendente, y que lo que habría que evitar es el contagio de la corrupción que trae esta fuga parcial hacia el lado trascendental?

La segunda cuestión por resolver está vinculada a su (supuesta falta de) filiación latinoamericana. Aunque el autor dice explícitamente que su libro es sobre teoría política y América Latina, y no sobre teoría política de ni sobre el subcontinente, el anclaje latinoamericano es evidente con una simple mirada al índice. Cada uno de los conceptos teóricos que el autor trabaja es vinculado a una situación política latinoamericana concreta (peronismo para el caso del populismo, Sendero Luminoso en el de sociedad civil, la guerrilla salvadoreña en el caso del afecto y la transición chilena para el de habitus). Más aún, el prólogo, un brillante análisis del Requerimiento colonial como una imposición y no una  búsqueda de hegemonía (entendida, con Gramsci, como el consentimiento “desde abajo” en lugar del poder aplicado verticalmente “desde arriba”) sirve básicamente para dotar de consistencia histórica, dentro del ámbito latinoamericano, al planteamiento inicial de que la hegemonía nunca existió. Y el epílogo, que termina con la surreal vuelta de Hugo Chávez al poder después del efímero golpe de estado que brevemente lo sacó del gobierno en 2002, no es solo el clímax de los tiempos posthegemónicos (la multitud ejerciendo directamente el poder democrático), sino que cierra un círculo de lecturas donde la teoría continental pone y es puesta a prueba por la realidad política latinoamericana. Y aunque en numerosos fragmentos el contacto entre estas dos realidades le permiten al libro lecturas iluminadoras, la idea de que estas “viñetas” latinoamericanas son intercambiables, y que es posible pensar esta teoría con alcance mundial, parece limitar más que expandir el proyecto. Más que preguntarse cuál es la razón por la que el autor evita inscribir su libro en la tradición latinoamericanista, sería importante explorar qué pierde esta teoría al no asumir completamente dicha filiación y, por tanto, no sumar a ella la diferencia que permitiría esta especificidad.

Por último, queda por discutir si la posthegemonía es verdaderamente una teoría articulada, aplicable a otros casos con sus tres elementos apoyándose mutuamente, o si es más bien una suma inarticulada de componentes, una pequeña multitud cuyo poder reside precisamente en esa falta de identidad.

Beasley-Murray venía por una década trabajando y publicando dentro de la tradición que explora las relaciones entre Estado y cultura. A lo largo de este tiempo ha ido abandonando cada vez más lo discursivo-ideológico para abrazar lo afectivo, que es el terreno sobre el cual surge también este libro. La importancia de una propuesta como Posthegemony ha sido reconocida, por ejemplo, en el hecho de haber alcanzado la única mención de honor que otorga el Katherine Singer Kovacs Prize del MLA para las publicaciones de 2010. Pero sobre todo porque, en las múltiples cuestiones que despierta, deja abierta la puerta para caminos que aún quedan por transitar.

 

JON BEASLEY-MURRAY

Posthegemony: Political Theory and Latin America

Minneapolis, University of Minnesota Press, 2010. xxi + 376 pp.

 

 

* Reseña publicada en el número 75 de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana

http://ase.tufts.edu/romlang/rcll/numero75.htm

 

 

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