Tiempo de veda

 

Toque de sirenas

 

 

 

Por José Carlos Picón

 

 

La última puesta en escena de Mariana de Althaus está en el MALI hasta el 27 de agosto. Faltan pocos días.

 

 

El grupo teatral Yuyachkani representa en el Perú una propuesta escénica que llama la atención por temas como la violencia, la injusticia, el racismo o la opresión, haciendo énfasis en una concepción dramática que pone de relieve expresiones tradicionales de la costa, el ande y la amazonía. La danza, el relato, el canto, la música y la fiesta popular son elementos que articulan un discurso potente, lleno de poesía, conciencia y resistencia. Una propuesta que con los años evolucionó y se afianza mientras se incorporan distintos lenguajes y herramientas que hacen el trabajo del grupo más complejo así como sólido.

He tenido oportunidad —escapando del dañino prejuicio— de apreciar en los últimos meses diversas manifestaciones de agrupaciones y directores que ponen en escena obras, ya sean estas de su propia cosecha o adaptaciones de textos clásicos o contemporáneos. Y lo digo porque a veces sentimos que un montaje teatral en nuestro país —aunque no a todos les parezca necesario ni un requisito ni apenas algo a tomar en cuenta— debe tener un guiño que lo haga ser percibido como peruano, que responda a una necesidad de expresión urgente, contemporánea y coyuntural. En ese sentido, son varios los acercamientos a gran diversidad de temas que pudieran aterrizar en el campo de la reflexión del espectador.

 

 

Luego de ver El lenguaje de las sirenas, algo removió mi percepción frente a la forma en que algunos realizadores abordan intereses, fenómenos o latencias de una sociedad desde el teatro. Salí conmocionado y emocionado de la sala. Pude constatar que no solo Yuyachkani asume un compromiso con la realidad nacional o social. También lo están haciendo otras voces, como es el caso de la escritora y directora Mariana de Althaus, autora de la obra que mencionamos en este párrafo. Su tratamiento hacia una problemática transversal a la “enfermedad” crónica de nuestro país demuestra sensibilidad, inteligencia y sentido poético. Pero claro, en otro registro, muy distinto al de los dirigidos por Miguel Rubio. Vayamos al punto.

El lenguaje de las sirenas es una obra sobre taras que conviven con nosotros día a día: el abuso de poder, el racismo, la exclusión, la discriminación y la imposibilidad de colocarse en el lugar del Otro, de reconocerlo, de valorarlo en su diferencia. La acción discurre en una playa exclusiva de Lima en la que una familia decide disfrutar el momento, durante un día nublado en medio de una advertencia de tsunami. El padre, un exitoso empresario, su esposa, mujer superficial y pseudo-indulgente con Elvira, la sirvienta “chola” de la familia —tomando en cuenta la palabra “cholo” por acepción moderna de mestizo—, quien, por supuesto, se ocupa de atender, ataviada del clásico uniforme de muchacha de servicio, cada uno de los caprichos y demandas de sus patrones. También se encuentran en escena Paul, hijo del matrimonio, y Camille, la ensimismada y retraída hermana de este. El otro personaje que no tarda en aparecer es un amigo y socio del padre, un “cholo” con maestría en Harvard, incorporado a la lógica del progreso, individualista y ambicioso.

El tsunami no se produce pero sí un maretazo que desencadena un hecho inaudito: una sirena mestiza que habla quechua vara en la orilla. La sirena chola representa al Otro, personaje que tiene también correspondencias con Elvira, la sirvienta. De Althaus plantea esta aparición del Otro como algo sobrenatural dentro de la “normalidad” de la familia de clase alta que domina gran parte de la acción. Lo extraño, distante y digno de asombro, o hasta rechazo para esta familia, se articula en una aparición encarnada en lo desconocido. Pero este planteamiento, al menos así lo estimamos, no es casualidad puesto que la sirena en el mundo andino tiene un lugar. El antropólogo Luis Millones, en un estudio sobre las representaciones en el universo ayacuchano de las tablas de Sarhua, aborda la figura de las sirenas. “Los ayacuchanos, como en otras partes de la sierra andina, creen en la existencia de sirenas, que habiendo abandonado el mar, moran en los ríos y lagunas, en especial al lado de las cascadas o cataratas, a las que llaman pacchas”. Millones relaciona la presencia de estos seres fantásticos con lo musical, ya que en su trabajo recopila los testimonios de algunos sarhuinos que refieren que las sirenas recogen los instrumentos musicales, que los músicos dejan a orillas de los ríos, lagos y lagunas, para afinarlos y tocarlos. Este análisis del discurso de los diseños de Sarhua puede ser motivo de muchas interpretaciones y de otro texto, sin embargo, es mencionado aquí en un intento de ubicar el recurso utilizado por De Althaus.

 

 

Volviendo a lo central, la obra ubica lo cholo emparentado con lo sobrenatural, con aquello que vive en la “lógica” de la mitología. Pero percibimos también un antagonismo entre el habitus de una situación familiar para un grupo de limeños de clase alta en una playa y la encarnación de lo tradicional, mitológico y simbólico en la sirena. No olvidemos que esta figura milenaria aparece como ser maligno en relatos épicos como la Odisea de Homero, por ejemplo. Asimismo, recordemos que durante la obra se hace referencia a la Ilíada, del poeta griego, mediante unas líneas que la introvertida Camille recita (nos damos cuenta, por otro lado, del grado de preparación e instrucción de este personaje cuando nos enteramos que puede descifrar los mensajes de la quechuahablante sirena).

Camille representa la tensión entre un esquema familiar-emocional impuesto y la construcción del reconocimiento de la otredad que “debería” asimilar éticamente como ser humano. Por ello es un personaje de emocionalidad laberíntica y caracterizado por poseer una coraza que la protege de un mundo que no comparte. Por otro lado, Elvira es el barómetro de las contradicciones y conflictos de la familia. En ella recae no solo la displicencia con la que es tratada, sino la neurosis, agresiones y conductas ambiguas de sus empleadores; no hay que perder de vista que este personaje funciona como una especie de “memoria” de la humanidad de los mismos: con respecto a esto hay escenas en las que Elvira recuerda, junto a Paul y Camille, eventos del pasado, con nostalgia y confusión. Es además, una suerte de representante “real” de la condición de la sirena. Por dictamen, por un consenso social arbitrario, su posición como sirvienta la incapacita para bañarse en el mar, entre otras cosas. En cambio, la sirena tiene como hábitat el agua. “En este mundo algunos pueden meterse al mar, y otros no pueden. Si yo me meto, cambio el mundo. Y si cambio el mundo, pierdo mi trabajo y mis hijos no van a tener nada para comer”, dice Elvira en un momento de la obra. El hecho de devolver a la sirena al mar configura parte de ese deseo del que habla Jeremías Gamboa en una columna sobre “El lenguaje de las sirenas”, cuando reflexiona el enfoque de De Althaus: “el artista no tiene la obligación de representar el punto de vista de aquello que no conoce, pero sí la posibilidad de imaginar desde el terreno del deseo esa porción de la realidad que le ha sido vedada y a la que intenta acercarse porque intuye en ella valor y sentido”.

 

Mariana de Althaus

 

Tal vez, en este caso, exista una identificación de la autora con algunas de las dimensiones de sus personajes en el plano del deseo que refiere Gamboa. Paul, hermano de Camille, progresivamente, había clarificado algunas ambigüedades, puso a la luz de su conciencia algunos conflictos internos que quizás no veía, permanecía atento al suceso inaudito que la aparición de una sirena estaba suscitando. De alguna manera, se humaniza dolorosamente aceptando una condición distinta a la del padre a quien siempre quiso mantener orgulloso de sus logros. “Yo no soy como tú”, llega a decir en algún momento haciendo eco del “Tú no eres como él” de su hermana Camille. Es en este proceso de alineación consigo mismo en que acepta, junto con Elvira, ayudar a la sirena a volver al mar. El salvaje océano dificulta la empresa haciendo que Camille también participe después, hecho que culmina en su desenlace inesperado. Hay en este un acto de pureza y de purificación, al mismo tiempo. Camille se libera del encadenamiento de este mundo y llega a convertirse en sirena. Lo mágico, la transformación y lo mítico dan forma al impulso generador de este desenlace.

Entonces, vemos que la propuesta de De Althaus es compleja, complejidad que presumimos responde a un esfuerzo, una necesidad y un deseo por dar sentido y explicar la realidad de la exclusión, la no valoración del Otro y del conflicto desde un ángulo, si no distante, periférico. No obstante, el acercamiento de la autora, mediante recursos poéticos y una historia impecablemente formulada, es de una sutileza, sensibilidad y un rigor estimable, pocas veces visto. Sin temor a emitir un juicio prematuro o superficial, estamos ante una pequeña obra maestra, un clásico de la dramaturgia y del teatro peruanos. 

 

 

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2 Responses to Tiempo de veda

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