Los anteojos de azufre

 

La segunda colonización

 

 

 

Por Mario Granda

 

A comienzos de los años cincuenta, poco después de la llegada del general Manuel A. Odría al poder, el distrito de Chilca empezó a compartir el destino de todo pueblo cercano a la gran capital. Mientras Lima se convertía en la gran metrópoli moderna –o intentaba hacerlo—, la gracia y riqueza de los pequeños poblados a su alrededor empezó a declinar, pues la carretera del progreso, simbolizada por la Panamericana, se dirigía a los grandes centros urbanos y abandonaba a todo lo que desde los veloces autos no alcanzara la mirada. Muchos pueblos vivieron -viven todavía- el destino que Sebastián Salazar Bondy relatara en la obra No hay isla feliz, donde los hijos abandonan el hogar del perdido pueblo costeño para no volver nunca más. El caso de Chilca fue el mismo. Las ganancias por las plantaciones cercanas y el comercio con la sierra se redujeron a nada si se las comparaba con las cantidades exorbitantes del progreso de la gran ciudad, y la falta de un puerto como el de Pucusana lo privaba de recursos. La historia de este pueblo, de esta playa desierta más cercana al mito de visitantes extraterrestres que a la vida real de sus hombres y mujeres, quedó suspendida en el tiempo: de él quedó solo el nombre y la ocasional referencia geográfica.

No obstante, a veces los cambios surgen cuando menos se les espera, y hoy Chilca ha tomado un camino que bien podría llamar nuestra atención. Es cierto que la plaza principal y las cuadras alrededor no han cambiado mucho. Pero quien conoció la gran pampa que antes rodeaba el casco principal del pueblo –tanto hacia la playa como hacia las montañas—, se dará cuenta de las diferencias a las que aquí nos referimos. Alrededor de él se han construido granjas, hoteles y se han lotizado urbanizaciones para  hacer grandes barrios residenciales de aquí a unos diez o quince años. Al borde de la carretera han aparecido negocios de comidas y grandes alojamientos donde se puede comer, descansar y alquilar habitaciones para prolongar un poco más lo que hasta hace poco era algo de paso. Tarde o temprano, el tejido urbano de Lima metropolitana tenía que crecer, y después de absorber Pachacamac, Lurín y San Bartolo, la siguiente sería la fértil y bucólica Chilca. Sin embargo, tal vez lo más interesante de este proceso no está en la explicación lógica del crecimiento de una ciudad sino en quienes están llevando a cabo este cambio. Pues estos no son los limeños que quieren ver Lima en todas partes del Perú –digamos, aquellos que siempre quisieran encontrar un supermercado y una boutique al lado de la playa— ni tampoco los propios chilcanos. Por el contrario, los que viven hoy en esas urbanizaciones residenciales y crean sus negocios son quienes alguna vez llegaron a mediados de los cincuenta y sesenta desde otras partes del Perú para vivir en Lima y hoy, por esa misma dinámica migratoria, han decidido darle esa nueva cara a Chilca.

 

Atardecer en desierto de Chilca

 

Ex funcionarios de ministerios, antiguos miembros del magisterio y doctores, abogados o empresarios jubilados, la mayoría de ellos hicieron vida y familia en la capital, pero luego, acabados los deberes con la profesión y la prole, decidieron buscar un lugar que les permitiera tener esa tranquilidad y contacto con la naturaleza que seguramente les permitiría recordar el hogar original. Ayacuchanos, huancavelicanos y piuranos, la mayoría de edades mayores, viven en los nuevos barrios aledaños a la Chilca tradicional. En algunos casos, también han llegado generaciones más jóvenes, limeños de padres migrantes también, y han abierto negocios que ya han ganado fama. La especialidad de una de las heladerías más conocidas del barrio es el helado de lúcuma, un fruto tradicionalmente ayacuchano y que nadie, ni ellos mismos, esperaban que tuviera éxito. En una panadería que ahora se ha convertido en un hotel para viajeros se puede pedir pan chapla a precio muy cómodo y empanadas de queso o jamón hechas en un horno andino. Mientras tanto, los nuevos colonizadores se reúnen los domingos para hacer pachamancas, comer mondonguito y recordar el antiguo Ayacucho de mediados de siglo.

Sin embargo, no han sido solo ellos quien han descubierto las fértiles tierras del sur. Los extensos terrenos también están en la mira de las grandes fábricas que, necesitadas de espacio, están al acecho de los campos de cultivo, siempre a disposición del mejor postor. En menos de un año, una ostentosa termoeléctrica se instaló en el valle y le ha cambiado el paisaje a muchos de los pobladores. 

Sin dejar de ser lo que fue, con su pescado, pisco y sus campos de cultivo de algodón originales, Chilca es hoy una forma de viajar a la sierra sin tener que subir ni un solo metro de altura. Y en vez de convertirse en un avance más de Lima, se ha convertido ella misma en un destino, y con ello, en un futuro. 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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