El búho insomne

 

Sobre México,

viejos y nuevos amigos,

ídolos muertos, inmortales desaparecidos

y libros buenos y malos.

 

 

 

 

Por José Rosas Ribeyro

 

 

Introducción mexicana

Entre mayo y junio pasados, volví a México por tres semanas. Yo viví allí poco menos de dos años y me fui, con destino a París, sin en verdad quererlo, en 1977.  Ese país siempre me atrajo y es probable, aunque no seguro, que al concluir mi « ciclo parisino », vuelva al Distrito Federal para quedarme. Estuve, pues, en México donde la generosa gente de las Ediciones Cartoneras de Cuernavaca ha editado una recopilación de mi poesía con el título de Todo es aluvión. En la capital mexicana me alojó un viejo amigo, José Antonio Rojas Loa -Chepe- con quien en los alocados años setenta compartí casa, alcohol, mota y una fraternidad sin límites. Él y Tania Álvarez, su compañera de ahora, me acogieron con tanto calor y cariño que me es imposible en verdad recordarlos sin emocionarme. Y en esa emoción y ese recuerdo se infiltra quien en 1975 me presentó a Chepe, o sea Augusto Urteaga, mi amigo del alma y de locuras postadolescentes, antropólogo que dejó su vida en Chihuahua y sus cenizas entre las montañas del territorio ancestral de los rarámuris. Otra persona de mi pasado mexicano irrumpió en mi presente: Olga Cáceres, a quien conocí cuando ella era estudiante del Centro de Capacitación Cinematográfica y yo trabajaba en un organismo de difusión cultural organizando ciclos temáticos de cine mexicano. Hoy Olga es guionista de programas televisivos culturales (aunque parezca mentira, eso existe) y yo he vuelto a vivir su cálido afecto no sólo a través de sus palabras sino también de sus habilidades culinarias.

 

 

Otro encuentro que me trajo el pasado al presente fue con José Peguero y Pita Ochoa, compañeros, con Mario Santiago, Roberto Bolaño y tantos otros, de la aventura poética infrarrealista. Casi muero de infarto cuando los vi aparecer en la presentación “oficial” de mi libro en la Casa Spencer de Cuernavaca y nos estrechamos entonces en un abrazo que tenía la fuerza acumulada de los años transcurridos, años que ya son décadas. Sin embargo, mi estancia en México no fue solo un reencuentro con el pasado, también fue conocer en persona y en su medio a quienes en Cuernavaca realizan una loable actividad editorial que es también una acción social destacada. A Dany Hurpin, un francés tan mexicano como el mezcal que tanto le gusta, fotógrafo, profesor de matemáticas, lector de literatura, apasionado activista cultural en la capital de Morelos. A Nayeli Sánchez, bióloga, profesora, militante de izquierda, que se da tiempo también para la literatura y para entregar cariño a los autores que publican. A Rocato, escritor, compilador de libros de fotografía, agitador cultural y ex portavoz del Movimiento por la Paz. Y, al lado de ellos, que son los cartoneros de Cuernavaca, una persona entrañable como es el poeta Edgar Altamirano (o Artaud o Jarry), tan dulce y tan afable en el trato directo y tan feroz  e irónico en sus versos. En versos como estos, del poema titulado “Suicidio”:

 

Tener amigos me parece repugnante
mi esposa me desprecia
poco a poco
entiendo a los suicidas
no tengo rostro
los antidepresivos se tornan depresivos
el alcohol te mantiene con vida
el café con un poco de ánimo
pero tengo el rostro
de la muerte en el espejo
al rasurarme
veo cavidades donde van los ojos
y escucho esta canción:
no quedará piedra sobre piedra
beso sobre beso
hombre sobre mujer
o viceversa.
 

  

Conocí también en persona a Raúl Silva, quien se ha propuesto elaborar el libro de referencia sobre el infrarrealismo y en ello trabaja sin cansancio venciendo todas las dificultades que implica hacer esa labor de manera completamente independiente. A Raúl ya le debemos la audiorevista Nomedites, realizada al alimón con Rebeca López, la viuda de Mario Santiago (por desgracia, ya fallecida también), la cual consagró su octava entrega al Infrarrealismo. Ese número hoy es de culto. Con otras personas, como el poeta Pedro Damián Bautista y el cantautor Rafael Catana, pude constatar además que el infrarrealismo ha calado hondo en una parte de la juventud mexicana que se identifica con él, con su rebeldía, con su ruptura, y se inscriben en una corriente secreta que les sirve para estructurarse. Con Edgar, Pedro y unos poetas muy jóvenes participé en una lectura que tuvo lugar en un centro cultural de una ciudad popular del Estado de México, o sea, fuera del acostumbrado círculo capitalino. Y allí constaté la vigencia del infrarrealismo, no como movimiento, porque como tal ya no existe (si es que alguna vez existió realmente como algo organizado), sino como espíritu. Esa ha sido una de las más bellas lecturas públicas en las que he participado.

 

                                            

Y esta cuarta vez de estancia en México, después de que me fui de allí en 1977, ha sido la más rica y enriquecedora de todas por las razones antes mencionadas y también porque conocí a una muchacha talentosa, lectora de literatura, poeta, bella por dentro y por fuera, cuyo nombre me lleva de viaje tanto a las lejanas Canarias como a la costa de Jalisco y a bellas cantinas del Distrito Federal.

Ese México que quiero y no el del mafioso PRI y su líder con copete, me lo traje de vuelta a París y con él vivo y añoro y con él lloro la muerte de Chavela Vargas.  

 

La muerte del ídolo

Mientras yo estaba en México murió Carlos Fuentes. Leí la noticia en el diario La Jornada que Chepe y Tania reciben en casa todas las mañanas. No me sorprendió la noticia porque unos meses antes, en París y más precisamente en la Casa de América Latina, lo había visto llegar a un homenaje a Vargas Llosa y parecía físicamente muy disminuido. Recuerdo que en ese momento pensé: “se va a morir sin haber recibido el premio Nobel”. Lo que sí me sorprendió, al día siguiente de que se diera la noticia, cuando salía yo del metro en la estación Bellas Artes, es que me di con una multitud que gritaba, se agitaba y fotografiaba tras unas barreras que le impedía acercarse a las puertas del suntuoso palacio. Nunca supe qué y por qué gritaba esa gente situada frente a las puertas del lado izquierdo de Bellas Artes, mientras que por todas partes los voceadores gritaban -ellos sí con claridad- algunos títulos de Fuentes y, sobre todo (¿por qué será?), Aura. Al lado derecho, estaban apiñados quienes tenían cámara fotográfica y buscaban captar la imagen de las personalidades que salían del Palacio de Bellas Artes tras haber participado en el el homenaje de cuerpo presente del autor de La muerte de Artemio Cruz. “Allí viene Elena Poniatowska”, dice una mujer joven que me empuja para conseguir un mejor punto de vista antes de disparar con su cámara, pero quien sale en ese momento no es la escritora-princesa sino Laura Esquivel, la autora de ese bodrio-best-seller que es Como agua para chocolate. Oigo incluso a alguien que demuestra emoción al ver salir nada menos que a ¡Carlos Monsiváis!, aunque este haya muerto hace ya dos años. Y que yo sepa hasta ahora no ha resucitado.

 

 

 

¿Por qué tanta agitación?, me pregunto. ¿Toda esa gente tan nerviosa habrá leído a Fuentes o todo es pura novelería? Es evidente que el autor de La región más transparente es uno de esos escritores que, como Vargas Llosa o García Márquez en Latinoamérica, gozan de una fama que sobrepasa el campo estrictamente literario, pero así y todo estoy casi seguro de que la gran mayoría de quienes gritaban, se agitaban y fotografiaban ante las puertas del Palacio de Bellas Artes no ha leído de él sino el mínimo de fragmentos que seguro se encuentran en los manuales de la secundaria, y quizá ni eso. Lo que pasa es que Fuentes en México era una especie de ídolo al que casi obligatoriamente había que venerar, como la virgen de Guadalupe o, últimamente, en algunos barrios populares del DF, la Santa Muerte. En los días posteriores a su fallecimiento los periódicos, las revistas, se llenaron de artículos laudatorios: unos alababan su talento literario y su inteligencia política, otros, sin temer el ridículo, loaban su virilidad, su arte de la seducción, su sonrisa encantadora o sus perfectos bigotes. El que menos se declaraba amigo suyo y contaba en qué circunstancias lo conoció y lo mucho que tenían en común. Varios destacaban la enorme cantidad de premios de primera importancia recibidos por Fuentes y le reprochaban a la Academia Sueca, de manera más o menos evidente, por no haberle atribuido el codiciado premio Nobel. Páginas y páginas de la prensa mexicana se llenaron de partes de defunción en los que las más diversas instituciones agradecían al autor de Gringo viejo (gran libro) por tal o cual razón. Y hubo incluso un escritor famoso que en compañía de su mujer, también escritora famosa, pagaron la publicación en diversos medios de un anuncio grandote en el que ellos dos exclusivamente, con nombres y apellidos, se despedían del amigo Carlos Fuentes y le declaraban de manera póstuma su inconmensurable amor. Ridículo como para llorar a gritos sin captar el olor de las peluquerías.

¿Dónde encontrar una voz discordante?, me decía yo entonces, agobiado ante tanto elogio y tanta solemnidad.  ¿No hay en todo México alguien, aunque sea una sola persona, que, por una razón u otra, rompa el unanimismo post mortem? Busqué esa voz por todas partes y sólo pude encontrarla en la revista La semana de Frente, que se distribuye gratuitamente en lugares de cultura y restaurantes. Alguien que no conozco, de quien no tengo referencias y que firma Carlos Velázquez, en una nota titulada “Carlos Fuente is dead, dead, dead” se permite un discurso crítico e irónico, y dice que Fuentes “ya llevaba más de treinta años muerto (…) como la música disco, como el VHS”. “Se había convertido en una presencia molesta”, agrega Velázquez, y “no se cansaba de proferir pendejadas (lo cual, en mexicano, quiere decir “idioteces”) en los medios.” Sobre la posición política del escritor, agrega: “convenientemente olvidó sus coqueteos con el priismo”, “arremetió contra adversarios menores” y “cuando se topó con un contrincante de verdad guardó silencio.” “¿Dónde estuvo ese analista (o sea Fuentes) durante las décadas de los años ochenta y noventa?”, se pregunta Velázquez y deja la interrogante sin respuesta como para que cada lector responda que Fuentes en esos años estuvo más cerca del poder, que ejercía autoritariamente el partido oficial, que de la por entonces incipiente  oposición.. No voy a decir aquí si la crítica de Velázquez me parece justa o no, pero sí sé que leerla me dio gusto porque es saludable siempre que alguien rompa con la unanimidad mortífera y se permita la ironía.

 

 

 

La carta al ídolo muerto

En la infinita cantidad de fotos que publicó la prensa sobre el homenaje de cuerpo presente a Carlos Fuentes en el Palacio de Bellas Artes, vemos a su viuda, muy rubia ella y muy digna, haciendo guardia al lado del féretro. La acompañan personalidades de las letras, la política, el empresariado, los medios y, entre ellos, nada menos que el lamentable presidente Felipe Calderón y la princesa de las letras mexicanas, Elena Poniatowska. Todos aparecen en las fotos con el rostro compungido pero siempre muy derechitos, mirando hacia el más allá y sin huellas de lágrimas en los ojos. Todos menos una. Una persona extraña, desgarbada, que parece llevar el peso del mundo sobre los hombros. Ella sí parece que ha llorado y que hasta se ha arrancado los pelos de dolor. Las leyendas de las fotos no dicen nada sobre este extraño personaje que desentona en medio de las demás gentes, tan bien plantadas y elegantes al lado del féretro. Le pregunto, pues, a varias personas de quién se trata y nadie me da una respuesta. Unos días más tarde por fin la obtengo: es Cecilia Fuentes Macedo, la mayor de los tres hijos que tuvo Fuentes, la única viva. La hija de un primer matrimonio con la actriz Rita Macedo.

Ya enterrado el escritor famoso en París, al lado de sus dos hijos trágicamente fallecidos antes de llegar a los 30 años, leo en el diario Milenio una carta que Cecilia Fuentes le envía póstumamente a su padre. Y de repente vemos la otra cara de la medalla a través de las palabras de la hija.

“No soy ni alta ni guapa ni sofisticada ni delgada ni culta ni interesada en la política, pero hice mi mejor esfuerzo estudiando y trabajando, siempre tratando de que me abrieras un lugarcito en tu vida. Nunca lo logré,” escribe Cecilia Fuentes por el día del padre y entremezcla en su carta recuerdos de infancia y reproches al progenitor por lo general ausente y bastante indiferente, con palabras de amor y de cariño. “…Nunca te interesó aprender lo que significaba ser padre. Tú te lo perdiste y ahora sólo puedo imaginar la tristeza que te ha de haber causado el que yo, tu hija menos consentida, fuera la única que aún ronda por esta tierra.”

Para Cecilia Fuentes el ídolo tan admirado por todos y por ella misma tenía pies de barro y, apabullada por el dolor que le causa la desaparición, la ausencia definitiva, del padre, rompe con la corte laudatoria que ha invadido los medios y revela en público lo difícil que fue para ella ser la hija mayor del escritor famoso, la hija de un primer matrimonio del que él quiso alejarse totalmente para siempre: “Hace muchos años iniciaste una nueva vida con una nueva familia y por alguna razón, decidiste tratar de borrar de tu historia a mi mamá y a mí. Algo imposible porque existimos, porque tuvimos un pasado, porque compartimos momentos reales y porque sé que, a pesar de tu aparente rechazo al cariño y al calor humano, alguna vez me quisiste y me cuidaste.”

De tanto mirarse en el espejo y admirar su propia inteligencia, su seductora virilidad y sus bien delineados bigotes, Carlos Fuentes no parece haberse dado cuenta del daño que la causaba a sus hijos y, especialmente, a aquella que, nacida en 1962, lo sobreviviría. Obnubilado por su propio brillo, encandilado por sí mismo, el escritor famoso no pudo o no quiso darle algo de lo que él era a aquella niña que, convertida en mujer, no correspondía para nada con la imagen elegante, triunfadora, bella y socialmente a sus anchas del que fue su medio desde que se hizo famoso y se convirtió en ídolo, hasta su muerte. “…Lo que más me duele es que nunca te hayas dado la oportunidad de conocerme un poco más… con mi simpleza, con mis bobadas, con esas cosas que somos los mortales normales. Me hubiera encantado que alguna vez visitaras mi departamento, mostrarte mis dibujitos, mis fotos y videos de viajes, que hubieras visto por lo menos un capítulo de mis telenovelas o de perdis soplarte los créditos y ver pasar mi nombre. Pero sobre todo, me hubiera encantado poder cortarte tus uñotas de Drácula y tocar a la puerta de tu casa sin previa cita, y pasar a darte un beso… sólo porque sí.” Muchos buenos escritores no son buenas personas, buenos padres ni buenos amantes. Fuentes es un ejemplo de ello, sólo uno.

 

La muerte de un inmortal

No mucho tiempo después de que el mexicano Carlos Fuentes muriera en México y sus cenizas fueran trasladadas a París para ser enterradas en el cementerio de Montparnasse, como en su tiempo el dictador Porfirio Díaz -gran afrancesado también-, falleció oficialmente un escritor argentino que años antes se había transformado en escritor francés y ya había muerto socialmente debido a una feroz enfermedad: Héctor Bianciotti.  A diferencia de Fuentes, a quien solo vi un par de veces parloteando en conferencias, siempre muy contento de sí mismo y de su brillantez, a Bianciotti sí tuve ocasión de conocerlo personalmente y de conversar con él en su departamento en una callecita del barrio de Place de la République.

Debo confesar que antes de que me recibiera afablemente en su casa, yo había compartido un estrado con Bianciotti en el marco de un evento parisino sobre la literatura latinoamericana y, sin haberlo leído, sabía de él porque Virginie Rajaud, quien traduciría al francés mi libro Curriculum mortis (París, 1985), había quedado encantada con los cuentos de El amor no es amado (1983), el último que Bianciotti escribiría en castellano. En aquel evento, con un grupo de escritores más o menos marginales, participé pasivamente en una burla colectiva al argentino que, según nos pareció, se las daba de europeo cabal y francés sofisticado, pero que al hablar en la lengua de Montaigne lo hacía con unas erres extremadamente sonoras y un acento general que remitía directamente al castellano.

 

 

Bianciotti, hijo de inmigrantes piamonteses analfabetos, había nacido en 1930 en un pueblecito rural cercano a Córdoba y su lengua materna era argentina con ese canto tan particular en la frase que le ponen los cordobeses. A los 25 años, tras abandonar el seminario donde estudiaba para hacerse sacerdote, se fue a Europa, deteniéndose por un tiempo en Italia y España, para por fin afincarse en Francia en 1961.  En París empieza a escribir, en castellano, y en España la editorial Tusquets le publica novelas como Los desiertos dorados (1968), Detrás del rostro que nos mira (1971) y La busca del jardín  (1977). Tengo la impresión, pero no estoy seguro, de que todos estos libros fueron traducidos al francés, sin embargo, Bianciotti se inscribió de lleno en el quehacer literario parisino recién con la publicación de Sans la misericorde de Christ (Sin la misericordia de Cristo) que, por supuesto, fue muy bien recibida por la crítica y ganó el premio Femina. Y escribo “por supuesto” porque en ese momento el franco-argentino ya estaba plenamente integrado en el pequeño círculo de quienes en París hacen y deshacen famas y carreras literarias: empezó siendo consejero literario en Gallimard y después fue editor en esa casa y en Grasset, y ejerció la crítica en importantes revistas francesas y en el suplemento literario de Le Monde. ¿Quién entonces podía criticar negativamente una de sus obras? Nadie salvo un suicida y estos, en el mundo editorial, se cuentan con menos dedos que los que hay en una mano.

Después de publicar otra novela a finales de los ochenta, Héctor Bianciotti dedicó la década siguiente a escribir y entregar al público un ciclo autobiográfico en tres partes escrito en francés: Ce que la nuit raconte au jour (1992, Lo que la noche le cuenta al día), Le pas si lent de l’amour (1995, El paso tan lento del amor) y Comme la trace de l’oiseau dans l’air (1999, Como la huella del pájaro en el aire). Bianciotti dice en la primera de estas obras que para él era un deber recordar su pasado, evocar sus orígenes en la pobreza e integrar en su literatura el descubrimiento de su homosexualidad en los años en que el peronismo estaba en el poder. Yo, por mi parte, no puedo dejar de recordar al autor de Comme la trace de l’oiseau dans l’air en un programa literario de la televisión francesa explicando que el término “oiseau” en francés es mucho más bello y suave que “pájaro” en español y justificando con ese ejemplo el abandono de una lengua que él juzgaba dura y violenta, el castellano, por la belleza esencial y la dulzura del francés. Excusas, me digo, puras excusas y justificaciones para no admitir la realidad de las cosas: Bianciotti quería a toda costa integrarse totalmente en un sistema literario, lo necesitaba para combatir los demonios de su pasado, su niñez miserable, el analfabetismo de sus padres piamonteses, y en Francia eso sólo es posible si se escribe en francés, si se escoge como lengua literaria el francés y se le confiere una supuesta superioridad sobre las otras. Bianciotti lo hizo, como un pájaro que se escapa de una jaula para encerrarse en otra, y su trayectoria posterior a 1985 lo corrobora. Tras la publicación de los dos primeros volúmenes de su ciclo autobiográfico fue elegido miembro de la Academia Francesa y muy orondo lo vimos disfrazado de “inmortal” (así se les llama a los de la Academia), con uniforme verde petróleo, laureles dorados y una espada. El traje para enterrarse en vida en la mayor y más artificialmente brillante de las jaulas, una especie de panteón en el que unos “morts vivants” se codean con otros.

El hombre que me recibió con gran amabilidad y sin arrogancia alguna en su departamento parisino para responder a mis preguntas, se suicidó literariamente al ingresar en la Academia Francesa.  El hombre que no escondía su amistad personal y su simpatía literaria por escritores “malditos” como Hervé Guibert, sucumbió a la necesidad casi enfermiza de reconocimiento social y se prestó sin escrúpulos a la trasnochada payasada de los supuestos “inmortales”. Desde 1997 ya no publicó nada nuevo y de valor: en 2001 y 2006, respectivamente, se reunieron sus artículos y ensayos en Une passion en toutes lettres y sus cartas a un amigo sacerdote en Lettres à un ami prête. Yo recuerdo que cuando quise entrevistarlo por segunda vez, al publicarse el volumen de ensayos y artículos, me dijeron en la casa editora que no iba a ser posible porque el autor estaba enfermo. Tiempo después insistí y la respuesta fue la misma. Imaginé entonces que la Academia le había contagiado su particular virus del Alzheimer, enfermedad por lo general no causada por un virus, y no me equivoqué. Los obituarios posteriores a su muerte el 12 de junio lo confirman: Héctor Bianciotti, que se había apropiado de las palabras de la lengua francesa y que, con ellas, había accedido a la tumba ostentosa de la Academia , las fue olvidando después una a una, enjaulado en el panteón, y terminó por olvidarse por completo de todo, incluso de vivir.  

 

 

 

Siempre con un libro

Hay cosas que no entiendo en la especie humana. Cosas como la voluntad de ídolo de un Carlos Fuentes o la necesidad de reconocimiento institucional, aunque sea mortecino, de un Héctor Bianciotti. Pero también muchas cosas más, que atañen ya no solo a estos supuestos “inmortales” sino al común de los mortales. No entiendo, por ejemplo, que haya gente que se aburre a lo largo del día, que tiene tiempo libre, pero que no lee. Tampoco entiendo que otros, que sí leen, dediquen horas a libros como los de Dan Brown, Isabel Allende, Paulo Coelho, Laura Esquivel y tanto best-seller de fabricación industrial. No logro entender además que quienes leen prefieran luego no el bello ejercicio de la admiración por lo leído sino la hepática práctica de la demolición.  No entiendo que al leer no se ejerza el sagrado derecho a la libertad y al placer sino una férrea disciplina, sea ésta académica o simplemente masoquista, o que se lea poniéndole fronteras, muros, etiquetas a las lecturas, es decir, considerando divisiones en géneros -que novela, que poesía, que ensayo-, o si el autor es de un sexo o de otro, de un país o de otro, de una época o de otra, o que el lector se guíe para escoger sus lecturas de los premios obtenidos por tal o cual libro, de las ventas que haya tenido, de la fama del autor, de lo que escriben los críticos o los académicos, de la propaganda en los medios o de cualquier otra cosa que no sea el instinto, el olfato, la curiosidad, la intuición, el azar, el consejo de un amigo. Definitivamente, no entiendo a la especie humana en general y menos aún -menos que todo-, a los que no leen, ya que le lectura, más que la fe, la ideología o el voluntarismo optimista, es la mejor arma para vivir una vida plena, rica, sin monotonía, y llevarnos a superar lo que un día u otro terminamos todos por constatar aunque no nos atrevamos siempre a confesarlo con la franqueza con que lo hizo Stanley Kubrick en una entrevista publicada por Playboy: “La falta de sentido de la vida obliga al hombre a crear su propio sentido.” Y para eso la lectura es una herramienta cargada de futuro.

Yo desde chico siempre llevo un libro conmigo. Antes, cuando los biohombres no solíamos llevar un bolso colgado del hombro, el libro iba sujeto debajo de la axila y, milagrosamente, casi nunca se caía, pese a los diversos movimientos que exige la vida cotidiana y a la ley física descubierta por Newton. Recuerdo que, por andar siempre con un libro bajo el brazo, mi madre me llamaba “sobaco ilustrado”. Después, desde que los biohombres, al igual que las biomujeres, solemos llevar un bolso cuando salimos a la calle, yo llevo dentro siempre un libro. Como que el libro es más importante en el bolso que los documentos de identidad, las fotos de la familia, los pañuelos para mocos y lágrimas o la cajita con condones. Un libro es como un amuleto protector y salir a la calle sin tener uno a la mano me parece peor que andar en cueros cuando todo el mundo anda con abrigo. Voy a contarles, pues, algo de lo que estuve leyendo desde las semanas anteriores a mi viaje a México. Quizás les interese, improbables lectores. O quizás no.

 

 

 

Bolaño Infra: irresponsabilidad y oportunismo

El año pasado, estando en Lima, me enteré de la aparición en Chile de un libro titulado Bolaño Infra. 1975-1977, los años que inspiraron Los detectives salvajes. Aunque el nombre de la autora, Montserrat Madariaga, no me decía nada, quise tenerlo y leerlo de inmediato debido al tema anunciado: siempre he pensado que en España se ha tratado de silenciar lo que fue Roberto Bolaño en México, las relaciones que tuvo con quienes allí fuimos sus amigos y lo que concierne al infrarrealismo antes de convertirse en ficción y “real visceralismo” en Los detectives salvajes. Caprichosamente, los editores y herederos presentan a Bolaño como si para la literatura hubiera nacido recién al afincarse en España y como que su experiencia mexicana no fuera sino un referente literario. Traté, pues, de conseguir ese libro en Lima pero fue imposible. Tampoco pude comprarlo en Caracas ni en Buenos Aires, de tal manera que, de regreso a París, lo adquirí por Internet (lo cual no suelo hacer) y en cuanto lo recibí lo leí. Ya dije más arriba que en lo que concierne a mis lecturas prefiero practicar el ejercicio de admiración que el de demolición. Sin embargo, es casi un deber moral para mí en este momento traicionar mis preferencias naturales y decir todo lo mal que pienso del libro irresponsable y oportunista de la tal Montserrat Madariaga, un “trabajo” que ella tiene la desfachatez de llamar “estudio”.

Si no es el resultado de una investigación, ¿qué es en verdad este Bolaño Infra? Es sobre todo la reunión arbitraria y acrítica de información ya ampliamente conocida a través de Internet. A eso la “autora” ha añadido algo de lo que le dijeron unas cuantas personas que entrevistó durante una corta estadía en México. Entrevistó a quienes tuvo a la mano y no intentó para nada contactar a, por ejemplo, Bruno Montané en España y a Jorge Hernández (“Piel Divina”) y a mí en Francia, tarea que no es muy difícil en estos tiempos con correo electrónico, Facebook y demás redes sociales. Tampoco confrontó unos testimonios con otros, pecado capital de alguien que en una de las solapas del libro dice ser periodista. Y, finalmente, lo más grave: todo lo que le dijeron unos y otros lo tomó como verdad absoluta, sin ninguna reflexión, con una ingenuidad cuya raíz es la pereza intelectual. Esto la lleva a escribir falsedades como ésta: “Juan Villoro y Carlos Chimal (…) veían a los infras con mucha simpatía.” Si bien es cierto que en los años setenta, Villoro nunca atacó a los infras, siempre destacó el talento extraordinario de Mario Santiago y alabó su poesía, y luego, ha contribuido y sigue contribuyendo con la difusión de quien, en cierta forma, fue su amigo, no se puede decir lo mismo de Carlos Chimal, quien siempre estuvo apegado a Octavio Paz y, siendo más papista que el papa, agredió incluso físicamente a Mario Santiago con suma violencia una vez que éste osó perturbar una lectura de quien fuera director de las revistas Plural y Vuelta. Puedo testimoniar, además, que conversando con Chimal en París y en México me expresó siempre su profundo desprecio a los infrarrealistas, según él “lumpen escritores”.

En seguida otros ejemplos de afirmaciones sin pies ni cabeza de Madariaga. En la página 83 de su mamarracho publicado por Ril Editores (Providencia, 2010) se lee: “…los infrarrealistas se vieron reflejados en un movimiento poético del Perú, los Hora Zero; (…) Y así como Octavio Paz era para los infras el blanco de su parricidio, César Vallejo lo era para los horazerinos.” Las falsedades se acumulan en estas líneas. Primero: nunca los infrarrealistas “se vieron reflejados” en Hora Zero. Al movimiento poético peruano se lo consideró amigo, se compartió con él la rebeldía frente a las mafias literarias y los ídolos intocables, pero nunca los infras se consideraron “reflejo” de nadie, ni siquiera de los estridentistas, a quienes admiraban. Segundo: el infrarrealismo, contra lo que afirma Madariaga, nunca fue parricida y en eso se distingue profundamente de Hora Zero, ya que los peruanos en sus manifiestos pretendieron cortarle la cabeza a gran parte de los poetas de su país. No hay, en cambio, nada sistemáticamente parricida en los documentos del infrarrealismo. En sus comienzos chocaron con el poeta Juan Bañuelos, por lo institucional que representaba a través de su taller en la UNAM, y después su cabeza de turco fue, es verdad, Octavio Paz, pero no por su poesía en sí ni por su labor de ensayista, sino porque -queriéndolo o no- era la cabeza visible de una mafia de literatos mediocres que acaparaba becas, subvenciones, talleres, puestos, revistas. Nada tiene esto que ver con el parricidio horaceriano que fue un intento de negación de gran parte de los poetas peruanos, con nombres y apellidos, no por razones, digamos, “políticas” sino por la poesía misma que habían escrito. Tercero: según Madariaga el blanco del parricidio de Hora Zero habría sido César Vallejo. No sé de donde habrá sacado la pseudo periodista chilena esta nueva estupidez, ya que si alguien se salvó de la masacre simbólica perpetrada por Hora Zero fue César Vallejo. Bueno, eso ocurre cuando se disfraza la ignorancia con el traje de la ingenuidad, como lo hace la autora del mamarracho en su Introducción.

Página por página podría destacar las idioteces que se acumulan en Bolaño Infra, pero sería muy largo hacerlo y terminaría aburriéndome. Y una de las cosas que detesto más es el aburrimiento. Por eso voy a terminar con el mamarracho de Madariaga refiriéndome a un párrafo que me concierne directamente. En la página 84 se lee: “…Rosas Ribeyro, poeta ‘novísimo’ del Perú y con un pasado en Hora Zero, vivió un tiempo en México y fue un Infra más en las caminatas eternas, en las fiestas, en las lecturas, y les mostró lo que los horazerinos habían hecho, solidificando los lazos.”  Medio párrafo, unas pocas líneas, y varios errores. Primero: yo nunca pertenecí a Hora Zero, no firmé ninguno de los manifiestos y no fui -ni soy- sistemáticamente parricida (en literatura -como decía antes- prefiero admirar que demoler), sin embargo, haciendo caso omiso a la verdad y sin siquiera consultarme, la mala periodista me atribuye “un pasado en Hora Zero”. Fui amigo en los años setenta de Ramírez Ruiz, Pimentel y otros horacerianos y me sigo considerando amigo de muchos de ellos y de Tulio Mora (quien en un comienzo estaba vinculado a quienes editamos la revista Estación Reunida y no a Hora Zero), pero eso no me hace ser miembro de nada, lo cual a Madariaga parece importarle un pito. Ella afirma y ya, de manera completamente irresponsable. Segundo: yo no les mostré a los infrarrealistas lo que los horacerianos habían hecho. Cuando los conocí ellos ya estaban enterados de lo que venía dándose en la poesía peruana. Eso lo he dicho ya y repetido en diferentes textos y entrevistas en los que he contado las circunstancias en que conocí a Roberto Bolaño y Mario Santiago, pero la “periodista” chilena, que carece de todo razonamiento crítico y de una absoluta falta de curiosidad intelectual, no se dio el trabajo de buscar esos documentos ni de contactarme, aunque todavía estoy vivo y en 2006, cuando hizo su “investigación”, vivía como hasta ahora en París. Si hubiera afrontado su “estudio” con intenciones serias y no movida solo por el oportunismo, o sea, por las ganas de aprovechar el “fenómeno” Bolaño, se habría enterado de que quien sirvió de primer lazo entre Mario Santiago y Hora Zero fue Elqui Burgos. Mario solía visitarlo en la casa de la Comunidad de Escritores, donde Elqui vivía humildemente becado, y fue él quien le alcanzó Estos trece, la singular antología elaborada por José Miguel Oviedo, la antología de Alberto Escobar publicada por Peisa (en la valiosa pero horrible serie Biblioteca Peruana) y algunas revistas y documentos que había llevado de Lima a México.  Pero de eso ella ni se entera y hundida en su total ignorancia, complacida en ella, afirma cualquier cosa con total desparpajo.

Bueno, no quiero enfermarme del hígado, por lo cual prefiero dejar el mamarracho de Madariaga donde siempre debió estar: en el olvido. Pero antes de tirarlo simbólicamente al basurero quiero señalar que la supuesta periodista ni siquiera se da el trabajo de identificar bien quiénes aparecen en las fotos que ha pirateado de diversas publicaciones, algunas de las cuales fueron captadas por mí y con mi cámara. En la leyenda de dos de ellas, al mencionar a quienes vemos en las fotos, leemos: “Margarita XX” y “Dina XX”, como si ambas muchachas fueran herederas de las cervezas de marca XX o doble equis, muy apreciadas en México. No, señorita Madariaga, ambas tienen nombre y apellido, y era bastante fácil enterarse de ello si hubiera usted preguntado a las personas adecuadas. Se lo digo ahora: Margarita se apellida Caballero y Dina se apellida García. Y ya. ¡Cómo me cansa hablar mal de un libro aunque sea pésimo!

 

 

 

Correr el tupido velo: literatura explosiva

Correr el tupido velo es otro libro que tiene que ver con Chile, pero a diferencia de Bolaño Infra que, repito, es un mamarracho, este destaca por su excelencia. La autora de este libro sin género definido, publicado por Alfaguara en 2010, es también una mujer, Pilar Donoso, hija adoptiva de dos escritores: José Donoso y María Esther Serrano (más conocida como María Pilar Donoso). Yo supe de él, si mi mala memoria no me traiciona, a través de un elogioso artículo de Enrique Sánchez Hernani en el suplemento “Dominical” de El Comercio. Desde ese momento traté de conseguirlo. En Lima fue imposible: aparentemente Alfaguara no lo considera un libro suficientemente comercial como para distribuirlo fuera de España y, supongo, de Chile. Lo mismo me ocurrió en Caracas y Buenos Aires, lo cual muestra una vez más la política aberrante de las grandes casas editoras españolas: para ellas la última rueda del coche es la calidad del libro. Lo que les importa es el negocio. Y me da risa o pena ver cómo escritores latinoamericanos (entre ellos varios peruanos), supuestamente reacios a integrarse en el sistema, terminan de rodillas ante Alfaguara, quien los acoge en ediciones de sus filiales “nacionales” que, para colmo, no se distribuyen en España ni en ningún otro de los países de lengua castellana.  Pero, bueno, ese es otro asunto. Volvamos a Correr el tupido velo.

Al morir sus padres -él en diciembre de 1996, ella dos meses después-, la hija adoptiva de los Donoso recibió en herencia no sólo las obras publicadas por ambos en vida sino también cantidades de documentos inéditos y los diarios íntimos tanto de su padre como de su madre. Su padre, además, al saberse enfermo, había encargado a su hija Pilar, de manera más o menos oficial, que escribiera su biografía ya que él no tuvo tiempo de satisfacer su deseo de escribir sus memorias. Fue enorme y dolorosa la tarea de la hija: leer cientos de páginas sobre la parte oculta de la vida de los padres: las depresiones, la paranoia, la obsesión enfermiza por el dinero y el reconocimiento y la bisexualidad de él; las frustraciones, el desamor, la adicción a los antidepresivos y el alcoholismo de ella; las alegrías pero también las dudas acarreadas por la adopción de la niña española que se llamaría desde entonces Pilar Donoso; los profundos conflictos e incluso la violencia que marcaron la larga vida de pareja de los padres. Fueron ocho años de trabajo que dieron como resultado un libro que algunos han presentado, por facilidad -como siempre-, como si fuera la biografía de José Donoso, pero que no lo es para nada. Es más bien un explosivo libro sin género en el que la hija habla de su padre al que ama y admira y de su madre con la que ha tenido siempre conflictos, y lo hace sin hacerle concesiones a nadie, ni a la familia, ni a sus propios hijos ni al qué dirán general de la gente. Pese al amor que, de manera contradictoria y a menudo dolorosa, la une a su padre, Pilar Donoso de aleja totalmente de la hagiografía. Le interesa la verdad y ante ella no cede nunca. Y la carga explosiva que contiene ese libro terminó hiriéndola a ella misma, le estalló en las manos: se sucedieron diversas rupturas con miembros de la familia Donoso y tronó incluso su matrimonio de veinte años con un primo suyo e incluso su relación con los tres hijos que tenía. Publicar este libro valioso, ejemplar, sobre todo en el contexto latinoamericano, tan hipócrita en lo que concierne a los secretos familiares, tan adepto a lavar los trapos sucios en casa o a no lavarlos nunca, le acarreó soledad e incomprensión a la autora, la cual puso término a su vida, con barbitúricos, en noviembre de 2011.

Este es un caso extremo, por cierto. No pretendo que todos los grandes libros deben llevar a su autor al suicidio, pero sí sostengo que una obra auténtica implica un riesgo y que no se puede hacer literatura quitasueño, literatura auténtica, no light, cuando lo que se pretende es complacer a todo el mundo y, como quería Roberto Carlos, con cada libro captar un millón más de amigos. Pilar Donoso lo sabía perfectamente y lo asumió con un coraje excepcional, un coraje que está en la base misma de la excepcionalidad de Correr el tupido velo. Y como en toda obra fuera de serie, el autor se encuentra en ella de cuerpo y alma, con sus fantasmas y su biografía. De este libro de 440 páginas me voy a permitir citar en extenso el último párrafo de las “Palabras preliminares”, el cual explica muy bien el camino recorrido por Pilar Donoso para llegar a esta obra maestra: “La historia que quiero contar no es ‘la historia de José Donoso’, sino la de una hija en la búsqueda interminable por saber quiénes fueron sus padres, sean biológicos o adoptivos. Es la búsqueda de la identificación, del entendimiento de quién es uno y del inevitable conflicto que esto implica.”

 

Viajando con Carrère

Viajé a México llevando en el bolso un voluminoso libro (489 páginas) de muy sobria presentación, todo blanco, cuyo autor es Emmanuel Carrère, según yo uno de los más importantes autores franceses de hoy. El título de ese libro, Limonov, remite directamente a otro escritor, ruso él, llamado Edouard Limonov, extraño personaje que, tras vivir en Nueva York, París y otros lugares, mientras existía aún la URSS, regresó a la Rusia de Gorbachev y de Putin para dedicarse, de manera poco convencional, a la política. No se crea, sin embargo, que el libro de Carrère es una biografía, no lo es. Tampoco es, ¡felizmente!, una hagiografía. Es, como muchos de los libros de este autor, una especie de novela en la que él mismo participa como personaje. En verdad, novela no es, pero hoy en día ¿quién puede decir a ciencia cierta lo que es o no una novela? Sin embargo, en las librerías se encuentra Limonov en la sección correspondiente a las obras narrativas de ficción, pero eso se debe, una vez más, a razones comerciales y no estrictamente literarias.

           

 

Mi primera aproximación a la obra de Carrère data de noviembre del 2000, cuando en Amiens, creo que de segunda mano, compré L’Adversaire, novela (¿novela?) publicada por las excelentes ediciones P.O.L., como gran parte de los libros de este autor nacido en París en 1957. El argumento de El adversario (título en castellano, ediciones Anagrama) se basa en un hecho real ocurrido en enero de 1993: un respetable ciudadano francés llamado Jean-Claude Romand mató a su mujer, a sus hijos y a sus propios padres. Se supone que este hombre convertido en asesino en serie era médico y alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud. Un poco como en A sangre fría de Truman Capote, Carrère no utiliza este drama para narrarlo desde fuera y construir un libro que se parezca a una novela tradicional. No, más bien, desde la primera página, se implica directamente en lo narrado, aparece en cierta forma como personaje e incluso a través de un narrador en primera persona.  “El sábado 9 de enero de 1993 por la mañana, mientras que Jean-Claude Romand mataba a su mujer y sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, el mayor de nuestros hijos. Él tenía entonces cinco años, la edad de Antoine Romand. Después fuimos a almorzar a casa de mis padres y Romand a casa de los suyos, a quienes mató después de haber comido.”  En estas primeras líneas de este excelente libro (del cual he traducido yo aquí un fragmento de la edición en francés) se encuentra resumida la manera muy particular como Carrère construye sus narraciones en las que se mezclan hechos reales y ficción. El cuerpo del autor y su propia biografía forman parte integrante de El adversario como será el caso también en Una novela rusa y De vidas ajenas (cito los títulos en castellano con los que Anagrama ha editado estos libros), dos libros excelentes, y, más recientemente, en Limonov (según creo, aún no traducido). En Una novela rusa la filmación de un documental lleva a Carrère a indagar sobre su propio pasado, ya que su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, es hija de rusos blancos y especialista de la URSS. De vidas ajenas, por su parte, se construye a partir de unas vacaciones que el autor y su compañera sentimental pasan en Tailandia en 2004, justo cuando ocurre el tsunami que se llevó la vida de más de cinco mil personas. En todas estas obras, la ficción (si la hay) se sostiene en una base documental completamente asumida. Ocurre lo mismo en Limonov, el libro que estuve leyendo mientras volaba hacia México.

           

 

Como decía antes, Limonov es el apellido de un escritor ruso que a inicios de los años ochenta del pasado siglo, después de haber sido semi delicuente juvenil en Ucrania y poeta admirado en los círculos underground en la URSS de Brejnev, se instaló en París. Antes de desembarcar en Europa había vivido en Nueva York, primero como vagabundo miserable y medio prostituido y luego como distinguido valet de un millonario. Esta experiencia le sirvió de base para escribir dos libros muy diferentes: uno, Le poète russe préfère les grands nègres (El poeta ruso prefiere a los negros grandes), es una especie de novela en la que Limonov incide en sus aventuras homosexuales neoyorquinas, y el otro, Journal d’un raté (Diario de un fracasado), es un falso diario en el que se cuentan hechos que tienen más de documental que de ficción. Estos dos libros fueron traducidos al francés y dieron mucho que hablar, ya que este ruso instalado en París poco tenía que ver por su comportamiento con los clásicos escritores disidentes, y por su literatura, menos aún.

Cuenta Emmanuel Carrère que conoció a Limonov en los años que pasó en París (de 1980 a 1989) y que lo frecuentó un poco, siempre bastante sorprendido por la exuberante y contradictoria personalidad del ruso. Pero nunca en esos años se le pasó por la cabeza escribir sobre él. Como siempre en el escritor francés, el detonante que lo impulsa a elaborar un nuevo libro es una experiencia personal fuerte. Esta ocurrió, pues, años más tarde, en 2006, durante una estadía en Moscú con el objetivo de preparar un filme documental, testimonial, sobre la periodista opositora radical a Putine Anna Politkovskaia, quien fuera asesinada ese año en la entrada del edificio donde vivía. Estando en la capital rusa, Carrère asiste a una conmemoración muy vigilada de la masacre de los opositores chechenos de octubre de 2002 y allí, entre unas trescientas personas, con un cirio en la mano, ve de lejos a Limonov, quien a su vez lo reconoce y se lo demuestra con un ligero ademán.

Carrère constata entonces que en los años transcurridos, el escritor ruso ha vuelto a transformarse y que en ese momento es el líder de un pequeño partido de oposición radical a Putine que se reclama a la vez nacionalista y bolchevique, heredero tanto de la tradición fascista como de la estalinista. La intriga de Carrère es esta vez aún mayor que en los años parisinos. Y estremecido por ella y por lo que le cuenta Limonov en largas conversaciones, decide escribir un libro que se titula sencillamente Limonov y no es una biografía, ni una novela, ni un ensayo, pero que algo tiene de todo eso, además de la presencia evidente en la obra del yo del propio Carrère. Aunque no es uno de mis libros preferidos entre los escritos por el francés, su lectura fue una experiencia apasionante que me acompañó durante las largas horas de vuelo entre París y México. Y como tiene casi 500 páginas me quedó aún lectura para la primera semana de mi estancia allá. 

Qué me resta decir sino que lean a Emmanuel Carrère. En francés los que quieran y puedan. Y en castellano, los tres títulos editados por Anagrama, todos los demás amantes de esa bella mujer polígama y orgiástica llamada literatura. Literatura quitasueño, para utilizar una expresión de mi admirado César Moro. 

 

 

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5 Responses to El búho insomne

  1. Josefina says:

    Interesante lo que dice respecto al libro Bolaño Infra, aunque la reflexión debería abarcar algo que ya es claro, y es que todo lo que corresponde a Bolaño está demasiado manoseado y hay que revisarlo con lupa.

  2. EL VALOR DE LA VERDAD says:

    señor rosas ribeyro usted que en su juventud formo parte de la izquierda radical ¿que piensa sobre esos jovenes que hoy en dia estan envueltos en el movadef?

  3. desde el sky says:

    bien, maestro!, demostrando maestría en cada palabra que escribe

  4. lalita says:

    ay, que lindo como escribe

  5. Anonymous says:

    Respuesta a “El valor de la verdad”:
    En un país gobernado por un incapaz como Humala, quien venció en la batalla electoral a la hija del dictador y corrupto Fujimori y en donde la “izquierda” legalista carece de toda idea, de la más mínima propuesta nueva de socialismo,¿en qué pueden creer los jóvenes? No me extraña por eso que adhieran al Movadef. La guerra que lanzó el PCP Sendero Luminoso terminó siendo una espantosa carnicería (las guerras siempre lo son, no hay guerras “limpias”), pero es verdad que ese partido hizo lo que había dicho que haría y, en algún momento, con ese planteamiento de guerra popular obtuvo amplio apoyo de ciertos sectores de la sociedad peruana. Otros partidos de la “izquierda” peruana venían proclamando desde hacía décadas la necesidad de la lucha armada (Diez Canseco, Letts, Breña, por citar a algunos de sus líderes)pero lo que hicieron fue aprovechar del sistema democrático que decían rechazar y han venido gozando de ciertos privilegios, sin constituir nunca una alternativa autónoma. ¿Qué les queda a los jóvenes entonces? Idealizar al viejo líder encarcelado, hacer de su derrota una victoria. Guzmán tiene hoy en día más influencia estando preso que si estuviera libre.

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