El búho insomne

 

CUBA: DE ZOMBIS Y MUDOS

 

 

 

                                                                                              Por José Rosas Ribeyro

 

 

Los festivales de cine cumplen la saludable misión de ponernos en contacto con las obras cinematográficas de la más diversas regiones del planeta; obras que si no fuera por ellos, y dado que el séptimo arte en todas parte del mundo está dominado por la industria estadounidense, no llegarían nunca a nuestros ojos y oídos. Algunos de estos festivales son especializados sea desde un punto de vista temático, sea sencillamente limitándose a indagar en una determinada área geográfica. Aquí en Francia, donde vivo hace ya mucho tiempo, hay sobre todo dos que se dedican a difundir el cine que se produce en Latinoamérica e incluso a ayudarlo en su desarrollo. Uno de ellos tiene lugar en Toulouse, cuando se anuncia la primavera en Europa, y el otro en Biarritz, en pleno otoño. Y precisamente, en septiembre del año pasado, en la bella ciudad balnearia del sudoeste de Francia, durante la 21 edición del Festival Biarritz América Latina, descubrimos dos facetas desconocidas de Cuba a través de otras tantas películas, una de ficción: Juan de los muertos, y otra documental: Habana muda.  Se trata en ambos casos de obras sumamente interesantes y valiosas, aunque una es una comedia de terror con elementos gore y la otra es más bien cine directo, de ese que se va creando sin tener un guion previo, siguiendo de cerca con las cámaras los avatares de la vida misma, y que termina de construirse durante la edición.

Juan de los  muertos es el segundo largometraje de ficción del guionista y realizador cubano Alejandro Brugués. Nacido por azar en Argentina hace treinta y tantos años, Brugués estudió guion en la escuela de San Antonio de los Baños, trabajó luego como guionista para diversas películas y, como él mismo dice, aprendió a dirigir dirigiendo: en 2007 realizó un primer largometraje: Personal Belongings (Efectos personales), una película que él califica de “romántica” y que habla de los amores entre un muchacho que se quiere ir de la isla y una chica que quiere quedarse. Sin embargo, ha empezado a llamar la atención recién con el segundo, Juan de los muertos, una comedia de zombis en una Habana de hoy. Una horda de zombis ávidos de carne humana siembra el terror en la capital de Cuba y el gobierno califica de inmediato a estos seres muertos-vivos de disidentes pagados por los Estados Unidos. Juan, un tipo que nunca ha hecho nada en la vida, decide entonces aprovechar este nuevo problema de la isla para ganar dinero. Con ese fin funda una compañía que, con el lema de “Matamos a sus seres queridos”, se lanza a la caza y eliminación de los zombis. Esta coproducción cubano-española renueva totalmente la comedia cubana, la cual desde hace años no es sino más de lo mismo: una adaptación perezosa y ya sin humor alguno de lo que fue la comedia popular italiana. Pero no sólo eso, Alejandro Brugués realiza con Juan de los muertos la crítica más feroz que se haya hecho hasta ahora de los enormes defectos de la revolución dirigida por los hermanos Castro. Frente a ella, la tímida crítica que se permitió, por ejemplo,  Fresa y chocolate no es sino agua tibia. Ganadora de premios del público en los festivales tanto de La Habana como de Miami y nominada para los Goya españoles al lado de filmes de México, Argentina, Paraguay y España, Juan de los muertos más que aterrorizar con sus zombis, hace reír y entre carcajadas derriba diversos mitos levantados por el castrismo en el poder, y lo hace con una osadía y una fuerza extraordinarias.

 

 

Encuentro con Alejandro Brugués: Juan de los muertos

En Biarritz, en el casino municipal, donde se reúnen los asistentes al festival cuando no están en las salas oscuras, encontramos a Alejandro Brugués y le preguntamos de entrada como así se le ocurrió meterse con el género de zombis pero sin tomárselo demasiado en serio, es decir, en tono de comedia.

Alejandro Brugués: “Hay una cosa generacional que son las influencias que tiene uno como cineasta. Yo crecí viendo todo tipo de películas, yo crecí viendo cine de género, yo crecí viendo la Guerra de las galaxias, crecí viendo Tiburón, Indiana Jones, ese tipo de películas, entonces es otro el tipo de cine el que me interesa, es otro tipo de cine el que me influenció. Además me gusta mucho el cine de género. Y de hecho lo voy a seguir realizando porque me he divertido haciéndolo. Las películas de zombis, además, son comedias, en el fondo todas las películas de zombis son comedias, a veces con un humor muy negro, a veces más velado que otras, pero siempre son comedias. Entonces, yo lo que sí quise fue aprovecharme de esto y hacer la comedia de zombis que siempre había querido ver, desde niño”. 

Le comento a Brugués que siendo Juan de los muertos una película de zombis podría creerse que se sitúa muy lejos de lo que ocurre en la Cuba de hoy, pero no, al presentar La Habana invadida por los zombis la realidad aparece y el filme termina siendo también una mirada muy crítica de la sociedad cubana actual.

Alejandro Brugués: “Es que las películas de zombis siempre han servido para tratar el tema social, siempre se ha podido utilizar el subtexto de una forma muy interesante, que es lo que hacía George Romero en los años sesenta con la guerra de Vietnam, luego en los setenta con el comunismo, y yo quise rescatar eso de Romero. Y yo me dije, yo me planteé, hacer que Juan de los muertos sea una película de zombis diferente a las películas de zombis. No podía ser una película de zombis que sucediera en Francia o en Estados Unidos, tenía que ocurrir en Cuba, y es precisamente eso, Cuba, lo que la hacía diferente. Yo quería hablar de los cubanos, de cómo reaccionamos frente a los problemas, las decisiones que tomamos. Hacer algo que fuera bien cubano y que, a la vez, fuera una buena película de zombis”. 

El humor es algo que le interesa especialmente a Alejandro Brugués y lo utiliza no solo en su cine sino incluso cuando presenta su película al público. Hay algo en él de show man.

Alejandro Brugués: “Bueno, sí, a mí me gusta hablar en público, yo lo disfruto mucho. Me preparo para ello casi como si fuera un comediante para hacer un show, no sé, es un arte. Pero sí, a mí me gusta mucho el humor y de hecho es uno de mis géneros preferidos, el humor y el terror, posiblemente, así que combiné las dos cosas. Creo que en el futuro voy a hacer algunas cosas diferentes, no los voy a mezclar tanto, quiero hacer un terror-terror y una comedia-comedia, no sé, pero sí, me gusta mucho la comedia. Es que la comedia también te permite hacer crítica, entonces la comedia de zombis es como el matrimonio perfecto de dos formas de hacer crítica”.  

 

 

Juan de los muertos es una película que necesitó la participación de muchísima gente y que se rodó en muchos lugares de La Habana. Una de las escenas más terribles y jocosas ocurre precisamente en plena Plaza de la Revolución, otras en el Malecón y en el barrio del Capitolio. ¿Cómo fue esa filmación? ¿La producción contó con el apoyo del ICAIC?

Alejandro Brugués: “Sí, tuvimos el apoyo del ICAIC, de lo contrario no hubiéramos podido cerrar todas esas calles. En el caso de la Plaza de la Revolución es curiosamente la única escena que no se filmó en el lugar mismo, la filmamos en otro sitio y luego añadimos en digital la plaza. Es una locación complicada, si de pronto el día que teníamos planificado hubiera algún acto o algo por el estilo íbamos a perder un día de rodaje. Era además la escena más complicada de la película, así que decidimos hacerla en otro lugar y añadirla en digital. Pero sí, para la película se cerraron muchas calles, un tramo del Malecón lo tuvimos cerrado tres días, frente al Capitolio también lo cerramos una mañana, toda esa zona, y llegamos a tener 300 zombis al mismo tiempo, lo cual es mucho”.  

Una película de zombis no se puede realizar si no se cuenta con un equipo experto en maquillaje. Pese a que se trata de una historia improbable hay que conseguir cierta verosimilitud y esta depende en gran parte del maquillaje, lo cual hasta ahora es poco común en el cine cubano.

Alejandro Brugués: “Teníamos un equipo de maquillaje maravilloso que era una mezcla de mexicanos y cubanos. Los mexicanos tenían la experiencia de hacer este tipo de maquillaje de zombis. Bueno, en una película como ésta, para hacer 300 zombis en verdad lo que se necesita es un equipo de 50 maquillistas y nosotros teníamos solo siete, pero eran muy buenos. Lo que pasaba es que, para las escenas grandes, tenían a veces que estar maquillando desde la noche anterior para filmar al día siguiente. Es muy complicado. O sea hacer una película de zombis es muy divertido ¡pero es  tan complicado!, la gente no se imagina lo complicado que es. Porque el maquillaje con el calor empieza a desprenderse, además, cuando tienes tantos zombis, por ejemplo, tienes que decirles a los extras que no pueden beber sino agua desde la noche anterior, porque cuando sudas y has tomado alcohol se desprende el maquillaje. Siempre entonces un actor que se toma unos traguitos es una pesadilla. Repito: hacer una película de zombis es muy complicado”.  

Le pregunto a Brugués si el hecho de que el ICAIC haya dado todo su apoyo para realizar esta película tan crítica significa que el organismo oficial del cine cubano ya no tiene listas de cosas que no se pueden decir y/o mostrar. ¿Hay una apertura en el ICAIC?

Alejandro Brugués: “Yo no sé si el ICAIC se abre o no. Sé que a mí me dejaron hacer Juan de los muertos. Ahora bien, si quisiera hacer ahora Juan de los muertos no sé si podría hacerlo. O sea, hasta ahora yo considero Juan de los muertos no como una regla sino como una excepción, cuando yo vea que hay más cineastas haciendo este tipo de cine entonces ya podríamos hablar de una apertura. Como te digo, por el momento lo considero más bien una excepción. De todas formas, es verdad que tuvimos todo el apoyo del ICAIC y yo no sufrí censura de ningún tipo, el guión que escribí es el que filmé”. 

Decíamos antes que esta película es una coproducción con España y, justamente, muy a menudo las estrictas condiciones impuestas por la coproducción contribuyen a que un filme sea fallido. No es el caso de Juan de los muertos que supera bien el problema y, al lado de algunos actores y técnicos españoles, nos lleva a conocer, por ejemplo, el inicio fílmico de Andros Perugorría, uno de los hijos del conocido actor cubano del mismo apellido pero de nombre Jorge

Alejandro Brugués: “Todos los jefes de departamento eran españoles. Tuvimos también varios actores españoles: está el padre Johns que es Antonio Dechent, está Camila, la hija de Juan, que es Andrea Duro, y hubo además varios actores cubanos que tienen doble nacionalidad, y fui muy afortunado por eso. El director de fotografía, el español, catalán, Carles Grussi, hizo un trabajo excelente”.  

Decíamos antes que el público cubano pudo descubrir esta película en el Festival de La Habana. ¿Qué visión hay de Juan de los muertos en Cuba?

Alejandro Brugués: “Es que no sé. La gente se divierte mucho y ya, y eso es lo más importante de la película. Juan de los muertos es un acto de equilibrio: tienes que balancear la comedia, el tema social, los zombis, qué sé yo, pero sobre todo es una comedia,  y si no funciona como comedia del tema social no queda nada. Y lo más bonito es, precisamente, encontrarte tanta gente que se ha reído mucho, que ha visto la película tres, cuatro, cinco veces y que se divierten siempre y se saben escenas de memoria. Eso es lo bonito. En el Festival de La Habana ganó el premio del público y después estuvo en el Festival de Miami y allí también ganó el premio del público, así que tengo la aprobación de los cubanos de los dos lados. Eso también es lo bonito de hacer este tipo de cosas: de pronto nos une, te das cuenta de que no es tanto lo que nos separa y que durante el momento que dura la película es como un puente que nos comunica a unos y otros. Eso es muy lindo, una de las cosas más lindas que me han pasado como cineasta ha sido esta experiencia: el premio del público tanto en La Habana como en Miami, y poder estar con los cubanos de los dos lados que la disfrutan igual”.

 

 

Otra cosa que sorprende es el excelente desempeño de los actores cubanos pese a que no tienen mayor experiencia en este tipo de película y el actor que encarna a Juan, el protagonista, hace verosímil su improbable trabajo de exterminador de zombis.

Alejandro Brugués: “Es Alexis Días de Villegas. Es que yo le dije a los actores: no quiero que vean esto como una película de zombis ni como una comedia, para ustedes lo que está sucediendo es una tragedia: se está derrumbando el mundo en el que han vivido todo este tiempo. Por eso, aunque todos los demás personajes son más bien cómicos, Juan es un tipo muy sobre la tierra, siempre tiene la mirada seria porque para ellos eso es una tragedia. Y eso fue lo que les dije. Así como hubo la crisis del Mariel y algunos de ustedes seguro que la vivieron, y hubo otro éxodo en 1994, que también vivieron, imagínense que los zombis es el siguiente problema que tenemos, y eso para ustedes es un drama”.  

Se comentaba en los diversos lugares que Biarritz destina a su festival de cine y cultura de América Latina, que Juan de los muertos sería la primera parte de una serie de películas sobre zombis que estaría preparando Brugués. Algunos afirmaban incluso haberle oído decir eso al propio realizador. Para disipar cualquier duda o malentendido, antes de despedirnos, se lo pregunto. ¿Vas a hacer realmente una serie sobre zombis?

Alejandro Brugués: “Eso es una broma. Todo el mundo quiere saber si va a ser una serie y no es que yo no quiera, ya que me gusta mucho el mundo de Juan de los muertos, me encantan los actores, el rodaje fue muy divertido y no te puedes imaginar lo que me reí yo al filmar las escenas que hacen reír después al público. Pero por ahora no quiero hacer otra película de zombis, no quiero convertirme en el cubano que hace películas de zombis. Pero de hecho hay un chiste, hay una broma, porque es verdad que se me ha ocurrido una idea para una continuación y es que los zombis, que al final de Juan de los muertos están debajo del agua, llegan a Miami. Y como son cubanos los tienen que dejar quedarse y entonces los estadounidenses se ven obligados a llamar a Juan y su compañía para que vayan a Miami a combatirlos. De esta manera puedo llevarme mi crítica social al otro lado. Pero eso, por el momento, no es más que una broma. Una broma simpática, que me gusta porque no está mal la idea. Vamos a ver si se hace, uno nunca sabe”.

 

 

Encuentro con Eric Brach: Habana muda

Después de trabajar como asistente de cámara en películas de Roman Polanski y Claude Sautet, el francés Eric Brach produjo una película cubana de ficción y, después de esta experiencia, decidió realizar un documental en el que se percibiera Cuba desde el punto de vista de los sordomudos o, más precisamente, de un sordomudo apodado El Chino, su familia y su entorno. A Eric Brach lo encontramos en Biarritz, durante el festival de cine y cultura de América Latina, así que de inmediato le dejamos la palabra.

Eric Brach: “Trabajo en Cuba desde hace algunos años. Produje una película del realizador cubano Juan Carlos Cremata, que se llama Viva Cuba. Y es durante la producción de esta película que conocí a los personajes de mi Habana muda. La primera vez que fui a la isla fue hace doce años, para un festival de cine en La Habana, y allí conocí a muchos realizadores y, entre ellos, a Cremata, que había realizado un cortometraje formidable. Fue en ese momento que decidimos trabajar juntos. Durante la producción de Viva Cuba, encontré en la calle al personaje de mi documental al que llaman El Chino y que es sordomudo. Y fue así como me vino la idea de hacer una película sobre los sordomudos en Cuba. Fue algo bastante instintivo porque El Chino es alguien muy carismático y al conocerlo me dije: ¿por qué no hacer una película solo con mudos?”

Picado por la curiosidad, le pido a Eric Brach que precise cómo fue exactamente el encuentro con El Chino y el mundo de los sordomudos en La Habana.

Eric Brach: “Bueno, El Chino estaba en la calle 23 con Malecón, paseándose con unos amigos. Yo estaba con un colega estadounidense que había  participado en la producción de Viva Cuba y que ya lo había visto antes. Este amigo me dijo: “ven a ver, hay un café donde solo hay mudos”. Es increíble ese mundo de los mudos -me dije- se  podría hacer una película solo con mudos que se comunican entre ellos utilizando el lenguaje de signos. Pensé entonces que podía ser algo interesante y, poco a poco, la idea fue ganando lugar en mi mente. No fue algo inmediato, pero como por instinto me atraía ese universo anacrónico, ya que estamos acostumbrados a estar con gente que habla y no con mudos. Me interesaba también el tema porque creo que el mundo está organizado para los que hablan y no para los mudos.”

El universo de los sordomudos no es algo que Brach conocía de antemano, y las dificultades se manifestaron desde un comienzo, por lo complicado que era comunicarse con ellos, pues no sabía utilizar el lenguaje de signos.

Eric Brach: “No, no lo conocía y hasta ahora no lo conozco muy bien, pero igual era algo que me motivaba mucho. Pero ¿qué hacer?, ¿qué tipo de película? Entonces, durante dos a tres años, mientras producía Viva Cuba, estuve siguiendo a ese grupo de sordomudos y, poco a poco, las cosas se me fueron aclarando. Decidí primero que sería un documental, pero un documental que hablaría de la vida cotidiana en Cuba de una manera muy cinematográfica en cuanto a la manera de filmar. El guion de base, sin embargo, no era sino lo cotidiano, razón por la cual no sabía nunca lo que iba a ocurrir el lunes, el martes o el miércoles. Recurrí entonces, de inmediato, a la improvisación, la vida cotidiana de los personajes, el ambiente general de Cuba -que es bastante increíble-, y todo eso era muy atractivo, muy fascinante. Traté, pues, no de construir una historia pero sí de filmar teniendo desde ya un sentido narrativo y no solo captando momentos. En un principio empecé solo con dos personajes, Jorge y su amigo El Chino, porque ambos querían ser taxistas y querían comprarse un auto aunque no tenían siquiera licencia de conducir. Yo quise seguir ese deseo de ellos pero, finalmente, por diversas razones, eso no fue posible. Pero siguiéndolos de un lugar a otro, apareció un día otro personaje, José, el mexicano, y con él se cristalizó definitivamente lo que sería el filme. El Chino es sordo en un cien por ciento, Jorge, en cambio, su amigo, al que vemos en la azotea de su casa, tiene una capacidad auditiva de un diez por ciento y sabe leer en los labios. De una manera u otra llegamos, pues, a comunicarnos, yo con mi español mal hablado y ellos con signos y gestos. En ese momento no tenía intérprete para comunicarme con ellos, recién lo tuve cuando empecé a hacer realmente la película y durante todo el rodaje: una persona que me traducía en español lo que ellos se decían con signos. Durante tres años filmé, a veces, toda una mañana, otras veces, dos o tres horas de un día. Por supuesto no podía filmar de manera constante y continua porque los acontecimientos no se podían prever. Durante todo ese tiempo estuve en Cuba, siempre listo a filmar lo que pasara, porque de lo contrario se perdía el hilo de la historia que se estaba construyendo, sobre todo desde el momento en que llegó José, ya que todo comenzó a estar mejor estructurado y pude entrar en la intimidad de los personajes. Yo digo que, de alguna manera, eran ellos y no yo los guionistas de la historia que yo iba contando. En un momento tuve que pasar dos meses en Francia y entonces, a mi regreso a Cuba, El Chino me dijo que tenía un nuevo amigo que se había regresado a México pero que ya volvía. Fue así como el mexicano entró en la película. José habla francés y estuvo de acuerdo para que lo filmara desde su llegada al aeropuerto. Vio todo lo que había filmado antes y estuvo de acuerdo para participar plenamente en la película. Le gustó mi estilo. José conocía al Chino pero no a la mujer de este. A ella la conoció mientras hacíamos la película. En un momento los vemos a los tres reunidos y él dice que le gustaría formar una familia con ellos”.

El Chino, como muchos cubanos, sobre todo jóvenes, quisiera irse de la isla pero, mientras tanto, para sobrevivir, hace diversos trabajos y, entre ellos, se prostituye con turistas extranjeros. José, por su parte, es un intelectual mexicano que se enamora del Chino en uno de sus viajes a Cuba como turista.

Eric Brach: “El Chino es “pinguero”, como se dice en Cuba, o sea que se prostituye de vez en cuando, tanto con hombres como con mujeres, según comprendí. Pero su actividad principal era trabajar como albañil, carpintero y otras cosas por el estilo que le salen en el día a día. Ser “pinguero” es uno de los diversos trabajitos que hace, en él se ganan rápidamente 40 dólares mientras que en otros trabajos se ganan 10 dólares por mes, lo cual no es muy interesante. Pero, de todas formas, El Chino hace muchas cosas, como se ve en la película, por ejemplo, se ocupa de hacer que los cerdos copulen. Yo lo seguí en esa actividad y fue muy interesante. Le pagaban para hacer que el cerdo inseminara a la cerda y también para matar al puerco. Visualmente esto era muy interesante”.

           

 

 

Con la llegada de José, Eric Brach logra acercarse a la familia del Chino, que no vive en La Habana. Una familia con mujer e hijos que constituyen el mundo privado del “pinguero”.

Eric Brach: “Entrar en el seno de la familia del Chino fue algo que se produjo de manera muy natural, ya que El Chino quería que José conociera a su mujer y sus hijos. José quería conversar con ella para ver si podía casarse con él y llevárselo a México. Yo fui con ellos y filmé el encuentro, la conversación entre ellos. Que yo los filmara era también completamente normal para ellos, no les molestaba. Además, está el hecho de que yo me ocupaba de lo cotidiano. Cuando estábamos juntos, yo pagaba la comida, yo pagaba la gasolina para el auto, o sea, yo me ocupaba de la intendencia. El acuerdo que yo tenía con El Chino era: “¿bueno, y tú qué es lo que quieres?”. “Un auto americano”, me dijo él. “¿No prefieres que te dé dinero?”. “No, cómprame el auto”. Y eso fue lo que hice, además de hacer reparar el techo de su casa. De alguna manera para ellos era interesante que la filmación continuara durante treinta años (Risas). Y no les molestaba que yo filmara todo.”

Por supuesto, para captar la vida conforme va ocurriendo y entrar en la intimidad de los personajes, Brach tuvo que trabajar siempre con un equipo muy reducido y siempre  en estado de alerta.

Eric Brach: “Éramos cuatro: un camarógrafo, una intérprete, un chofer y yo, que además de dirigir me ocupaba también de una cámara. Y teníamos que estar siempre listos todos para reaccionar rápidamente en cuanto ocurriera algo. Por ejemplo, si no hubiéramos estado cuando El Chino dice que tiene un nuevo boy friend, que es José, el mexicano, la película no sería lo que es. Cuando dice eso está muy inquieto y eso se le nota en el rostro. Si yo no hubiera estado ahí, ese rostro inquieto se hubiera perdido. Es imposible reconstituir a posteriori ese tipo de emociones. Además, a ellos es imposible dirigirlos, si les hubiera dicho que volvieran a hacer tal o cual cosa habrían sido incapaces de hacerlo. No te olvides que son sordomudos. Filmamos en directo pero siempre con dos cámaras para tener dos puntos de vista”.

Algo que a muchos les ha llamado poderosamente la atención es la crudeza con la que estos cubanos abordan los asuntos sexuales. La mujer del Chino, por ejemplo, le dice en un momento, con toda franqueza, que como él tiene también relaciones sexuales con el mexicano, cuando haga el amor con ella tendrá que utilizar condón. En el documental, sin embargo, le sexualidad  se manifiesta solo a través de la palabra, de los signos, porque visualmente el realizador ha evitado todo sensacionalismo.

Eric Brach: “El sexo es lo íntimo y yo no iba a filmar al Chino y José en la intimidad. Tienen pudor, pero si, por ejemplo, se hubieran dado un beso ante la cámara los habría filmado. Pero yo no les dije nunca que lo hicieran. Nunca quise decirles que hicieran algo, lo que siempre quise es estar en la improvisación y, dentro de ella, organizar todo de manera cinematográfica. No iba, pues, a decirles haz esto o lo otro. Lo interesante era mostrar cómo viven, cómo se les arreglan en sus asuntos, y lo que se mostraría  en la película dependía de ellos y de su propio pudor. Entre El Chino y su mujer hay, por ejemplo, una escena intimista: cuando se les ve bailar juntos y se besan y acarician”.

En este tipo de documental, en el que no existe un guion previo, nunca se sabe cómo va a terminar la historia que se narra. Estaba en el aire la idea de que El Chino se iría con José a México y desde allá enviaría dinero para su mujer y sus hijos, pero no se sabía durante la filmación si eso iba a ocurrir realmente o no.

Eric Brach: “No había que angustiarse por eso, había que estar tranquilo. Yo no sabía cómo iba a terminar eso y no sabía tampoco que un día José me llamaría desde México para decirme: “debo informarte algo importante: tengo otro novio en México”. Y así, pues, vemos que regresa a Cuba con este nuevo personaje y una amiga mexicana que lleva a su vez a su hija. La idea es que esta amiga se case con El Chino y así pueda este salir de la isla. Todos ellos se reencontraron, pues, en Cuba y yo seguí lo que ocurría, aceptando lo cotidiano conforme iba ocurriendo”.

Lo increíble de esta historia, que confirma una vez más que, a menudo, la realidad supera a la ficción, es que todos los personajes de esta Habana muda son muy singulares, tanto El Chino como José, tanto la amiga mexicana de este como su hija, que es como una muda más pues no utiliza nunca su capacidad de emitir palabras.

Eric Brach: “Sí, la amiga mexicana se viste con vestidos floreados, muy coloridos. Yo nomás le pedí que se tiñera el pelo para que estuviera bien negro y que se pintara los labios. Su hija era extraña: no hablaba casi nunca. Sí, son personajes fuera de lo común, y yo no tenía nada que añadir. El error hubiera sido decirle a ella, por ejemplo, “no vengas con tu hija”, porque la presencia de la adolescente hace la situación aún más interesante. Y así la joven estuvo en Cuba con su mamá y con José, quien estaba acompañado por su nuevo boy friend, que es también sordomudo y dirige una asociación de sordomudos en México. Si yo hubiera querido inventar todo eso no lo habría logrado. Es increíble”.

Habana muda es un documental captado directamente de la realidad, pero los espectadores lo vemos como si fuera una película de ficción.

Eric Brach: “Me gusta que digas eso. Una película que a mí me encanta es Wanda de Barbara Loden, porque es una ficción que parece la vida misma. Lo mío es lo contrario: un documental que parece una ficción. Y es justo eso lo que quería hacer. Cuando se filma a los personajes, lo interesante no es solo captar la realidad de manera pasiva sino tener un punto de vista, hay que conocer bien a los personajes, conocer sus rostros, hay que integrar muchos elementos aunque la materia prima sea lo real, la vida cotidiana. Es algo muy difícil de hacer y muy largo. También es riesgoso, porque si en un momento los personajes ya no quieren que los filmes tu película se derrumba. Lo formidable es cuando la gente acepta que los filmes y, pese a la barrera del pudor, ocurren cosas interesantes ante la cámara”.

 

 

La pregunto a Eric Brach si no le sorprendió la gran libertad que muestran tener estos cubanos en cuanto a la sexualidad. La mujer del Chino, por ejemplo, acepta sin hacerse problemas que su marido tenga relaciones sexuales con un hombre y que cobre por ello. Yo supongo que el realizador no esperaba encontrar una situación así en Cuba. 

Eric Brach: “Eso puede ocurrir en cualquier lugar, no solo en Cuba. Además, en Cuba no todo el mundo es así. Pero es verdad que allá la gente se toma con más tranquilidad los asuntos sexuales, como que hay menos influencia judeocristiana. Además, creo que los 50 años de “comunismo” han hecho disminuir el sentimiento de culpa ante el sexo que hay en tantos países. Eso no quiere decir que la gente no se quiera de verdad, que no haya celos, que no haya fidelidad ni que todo el mundo sea muy liberal en las cuestiones sexuales. Finalmente, todo eso termina por parecerte normal, tan normal como estar todo el tiempo  con sordomudos, seres humanos nada extraordinarios en su vida cotidiana. Lo importante son los individuos”.

Otro aspecto esencial de Habana muda es que siguiendo la vida de un grupo de sordomudos se descubre Cuba, la vida común y corriente de la gente, sus problemas cotidianos e incluso sus sueños y aspiraciones.

Eric Brach: “A través del mundo de los sordomudos se descubre Cuba, sí, y eso es muy interesante y a la vez sorprendente. Sí, porque los personajes  se desplazan de un sitio a otro, hacen compras, tienen que comer, dormir, como todo el mundo en la vida cotidiana. La diferencia es que en Cuba hay todavía una poesía que debía de haber en Francia en los años 50. En La Habana todo no está completamente ordenado, clasificado. Por las calles hay gallinas, perros y gatos vagabundos e incluso cerdos, la gente juega dominó sentados en la acera. Hay una arquitectura humana además de la arquitectura urbana que es muy bella. Nuestra arquitectura urbana en Europa está muy planificada, ya casi no se la ve, no hay más poesía en la cotidianidad. En Cuba hay un encanto extraordinario que es muy interesante para quien quiere  hacer películas,  porque es algo muy cinematográfico”.

Aunque en el documental prácticamente no se habla de política, la situación política de Cuba aparece todo el tiempo. Por ejemplo, a través del sueño de los cubanos de irse del país, de ir a México, a Estados Unidos. Parece que todo el mundo quisiera irse.

Eric Brach: “No abordar directamente la política fue algo totalmente voluntario. El error hubiera sido hacerlo. Primero, yo no soy un político ni un ideólogo y para hablar de política hay que conocer bien el tema. Y quizás la vida cotidiana habla mejor sola. Sí, parece que casi todos los cubanos quisieran irse de la isla, tienen el fantasma de ir a ver qué ocurre fuera, del otro lado, y en parte creo que es porque no pueden hacerlo fácilmente. Ya sabes cómo es: te dicen “no abras esa puerta” y de inmediato te dan unas ganas enormes de abrirla. Y también porque piensan, con razón, que fuera de Cuba todo es más fácil. Pero ocurre que en Cuba si tienes la posibilidad de hacerte de un dinerillo por aquí  o por allá, no vives tan mal, tienes bastante protección y no estás invadido por el exceso de información. El principal problema es, sin duda, que la libertad individual es muy reducida: se puede hablar de todo menos de asuntos ideológicos, no hay que abordar la política y menos la revolución, que es intocable, eso es de quienes gobiernan y estos no quieren que nadie meta la nariz dentro. Mucha gente quiere irse y sobre todo los jóvenes, eso es verdad”.

El Chino, pues, quiere irse, tentar suerte en otro lugar y por qué no en México, ya que conoce a José. Este, mientras tanto, toma a cargo al Chino y su familia y cada vez que llega a Cuba está cargado de cosas para ellos. Pero, como no es rico, esa situación no puede continuar indefinidamente.

Eric Brach: “José es un profesor de filosofía que se dedica también al teatro. No es un hombre rico y en un momento se da cuenta de que en verdad se había metido en una historia que ya no podía seguir asumiendo: no puede seguir aprovisionando de todo al Chino y su familia. En un momento le dice incluso que tiene tres trabajos para poder pagar todo eso y hacer salir al Chino de Cuba le costaría además unos tres mil dólares. Por otro lado, alguien le dice al Chino que México es un monstruo enorme y cómo va hacer para sobrevivir allí. José se da cuenta además de que si el Chino se va se destruye la familia que tiene en Cuba y él no quiere eso. Y así, en algunos planos, se les ve a todos caminando en fila india: ya en ese momento se encuentran separados, sus destinos son diferentes, cada uno está en lo suyo, ya nadie se mira, la historia entre ellos ya se terminó. A veces se dice que el cine documental muestra una realidad pero que  también, en cierta forma, la transforma. Yo no creo que mi película haya contribuido a que ocurriera eso. No lo creo. Nada hubiera cambiado en esta historia si yo no la hubiera filmado. José se dio cuenta rápidamente que El Chino no estaba enamorado de él, y que ayudarlo a él y su familia es una cosa y otra muy diferente es estar sentimentalmente comprometido con alguien hasta el amor ciego. Además, había la mujer, los hijos, todo eso. Al comienzo, José no sabía que El Chino tenía una mujer e hijos pero después se da cuenta que la historia es bastante complicada. José es alguien muy humano, muy sensible, es una buena persona, no un irresponsable y cuando ve que todo eso es muy complicado  trata de arreglar la salida del Chino a través del matrimonio con una amiga mexicana que lleva a Cuba. Yo decidí terminar esta historia con El Chino trabajando en el campo y dejando la sensación de que nadie, ni El Chino ni los espectadores, saben lo que pasará después. Como que todo vuelve a la incertidumbre del punto de partida”.

 

 

Tengo otras películas que ver. Biarritz y su festival dan la posibilidad de conocer el cine que se viene produciendo en Latinoamérica estando en Francia. Mi conversación con Eric Brach va a llegar, pues, a su término. Antes de despedirnos indago sobre sus actividades actuales y si Cuba, donde ha pasado tantos años, sigue siendo objeto de su interés como cineasta.

Eric Brach: “Sigo ahora con un pie en Cuba y el otro en Francia.  Estoy escribiendo un guion para una película de ficción que quisiera realizar entre Cuba y Miami. Eso será una comedia, pero, al mismo tiempo, filmo en Cuba, con total libertad y solo, algo que llamo Las aventuras del cepillo. Son pequeñas historias de uno a tres minutos que pienso meter en internet. Es un documental que hago yo solo con mi cámara y esta es como un cepillo de dientes. Filmo cientos de cosas que ocurren en la vida cotidiana: una mujer que da de comer a su gato, mi vecina, y muchas cosas así, muy divertidas. No sé si me he cubanizado pero me siento muy bien allá, me acogen siempre bien, la gente es sonriente. Faltan muchas cosas en relación a Europa y también muchos problemas, pero pese a todo allá me siento a mis anchas. Cuba es un país con mucha poesía y espero que la gente no se vaya a dejar tragar por el consumo. Espero que la isla se abra al consumo para que la gente pueda ganar algo de dinero, pero que no se dejen devorar por el consumo que los rodea, en EE.UU., en México, etcétera. Pero sé que eso va a ser muy difícil porque lo que más quiere la gente allá es consumir. Creo que es un país con muchas posibilidades y mucho encanto y allí me siento muy bien aunque no hablo bien el español”. 

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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