Crónicas neoyorquinas

 

El Mito

 

                                                  

 

Por Pedro E. Moreno-Vásquez*

 

                                                                           

Me sonrió por primera vez cuando me había acomodado en un asiento del tren Metropolitano. Era de mediana estatura, tenía el cabello corto, la piel bronceada, y andaba sujetando un folio de manila. No cesó de buscar mi mirada, quizás con el propósito de abordarme. Víctima de una timidez casi patológica, decidí entonces retomar la lectura del libro que llevaba conmigo. Mientras leía, no imaginé lo que ella haría a continuación. Se incorporó de un brinco, y se acercó a examinar el mapa de la línea férrea que, vaya coincidencia, estaba a mi costado. Fue entonces cuando me abordó.

“Disculpa, ¿podrías decirme si este tren me lleva a Harlem?”

Cuando le indiqué que el tren sí llegaba hasta Harlem, ella respondió: “Muchas gracias. Perdón por interrumpirte. Este mapa es muy enrevesado. Difícil de descifrar”.

Caray, enrevesado, descifrar, pensé. ¿Hace cuánto tiempo que no escuchaba esos términos?

 

****

 

Aquel detalle fue lo que me sorprendió. Ni en Nueva York, ni en ningún otro lugar de los Estados Unidos había escuchado un español tan fluido, con palabras muy distantes del hablar coloquial. En una ciudad cosmopolita como Nueva York, la riquísima variedad del español puede desconcertar a cualquier hispanohablante. Los recién venidos se percatarían de que su definición propia del “español” es demasiado limitada y relativa. Por ejemplo, una caminata por las calles de Times Square, una manzana situada en la calle 42 en Manhattan, flanqueada por lujosos edificios y enormes pantallas de video, es una experiencia no solo instructiva para los ojos, sino también para los oídos. Cualquier latino puede extraviarse entre un tumulto de turistas que dialogan en francés, italiano, ruso, alemán y demás idiomas europeos; y sobre todo, puede escuchar versiones inéditas del castellano. Cubanos, puertorriqueños, dominicanos, salvadoreños, hondureños, mexicanos y demás hispanohablantes practican una hegemonía particular del lenguaje, con leyes gramaticales y modismos que son disímiles y hasta contradictorios.  El lenguaje de cada grupo es diferenciable, no tanto por la nacionalidad, sino por la condición social de cada grupo. Un ingenuo podría suponer que dos bogotanos residentes en Nueva York hablan un castellano bastante similar, pero este no es el caso. El lenguaje de ambos puede modificarse debido al entorno en el que se desenvuelven, a las amistades que tienen, a la clase de trabajo que desempeñan, al vecindario en donde viven, a su previa educación, y demás influencias a las que viven sometidos. Casos como estos pueden hallarse por montones. Un latino, por ejemplo, puede charlar con un puertorriqueño del vecindario Upper East Side, y luego conversar con otro puertorriqueño del populoso Harlem Este, y constatar que, aunque ambos provengan de Puerto Rico, la diferencia en el lenguaje de ambos es ostensible. Y el asunto no termina aquí. El español del neoyorkino ha adquirido nuevos matices al haberse fusionado con el inglés, con el spanglish y con el castellano de otras naciones hispanohablantes. Esta hibridación genera consecuencias como la pérdida del acento, el desuso de modismos nacionales y la adopción de expresiones foráneas.

 

 

Yo había residido durante varios años en Washington D.C., y al menos tenía cierta práctica con aquellas divergencias del castellano. Pero al llegar a Nueva York, sentí que la práctica no me sirvió de mucho. Fue imposible detectar un tipo de español hegemonizado en las calles de Manhattan. Al contrario, había un poco de todo. Tampoco pude reconocer algún acento, especialmente en los latinos que habían residido aquí desde hace mucho. En el barrio de Harlem Este, es posible hallar el spanglish en ebullición, y con frecuencia se escucha a personas dialogar esporádicamente en inglés, español y spanglish durante una breve charla. Conversaciones que, para un espectador novato, suelen ser sorprendentes. Una frase en español, la siguiente en spanglish, otra en inglés, una pregunta en castellano y la respuesta en inglés, otra pregunta en spanglish y su respuesta en castellano. Algunos hablan español durante dos minutos, para luego hablar spanglish por tres minutos, a continuación saltar al inglés por otros tres y después drásticamente volver al español.

Un purista prejuicioso del lenguaje afirmaría que en Nueva York el español formal no existe. Lo cual, analizado desde una perspectiva lingüística, es una opinión bastante retrógrada, ya que no existe una definición de español “correcto”. Las instituciones que fomentan términos formales, como la Real Academia Española, son solo estructuras de poder que buscan imponer una visión limitada de corrección, restringir un lenguaje vivo y, a la vez, negar el valioso patrimonio lingüístico de las sociedades multiculturales. En una sociedad abierta como la neoyorkina, no existe un “estilo oficial” del castellano. Sin embargo, por desgracia, actitudes prejuiciosas son aún practicadas. Aún es posible observar a algún latino mofarse del “gracioso” acento del otro, ridiculizar su peculiar sintaxis o fingir confusión ante palabras fuera de su léxico. El mexicano se burla de la forma de hablar del salvadoreño, el venezolano hace lo mismo con el dominicano, etc, etc. (“Oye güey, ¿por qué los peruanos le dicen pata a sus amigos? Qué graciosos, ¿no?” “Oye vos, ¿sabés por qué los cubanos siempre tienen el pelo corto? No, ¿por qué? Porque cuando van al peluquero le dicen: Córtame el pelo chico”). Estas actitudes son resultado de la constante colisión de los lenguajes hablados en una ciudad cosmopolita donde cada grupo busca mantener una hegemonía de por sí utópica. En una sociedad multilingüe como la neoyorkina, debería existir mayor tolerancia en este aspecto. Pero éste no es el caso. Todavía se puede percibir una profunda discriminación lingüística, no solo entre hablantes de distintos idiomas, sino también entre hablantes del mismo idioma.

 

****

 

Nuestro dominio del idioma puede reducirse debido a la falta de uso. Esto lo sentí al llegar a Nueva York. En Washington, abandoné varias amistades con quienes únicamente hablaba en español. No tuve ocasión de practicarlo y, por eso, perdí la fluidez. Por ello, mientras viajaba en el tren, escuchar el armonioso español de la muchacha fue muy placentero. Su trato amable desvaneció mi timidez y le ofrecí sentarse a mi lado. Se llamaba Liliana. Lucía algo desconcertada, pero no me atreví a preguntarle qué le ocurría. Por coincidencia, ambos nos bajamos del tren en la estación de la calle 125. Antes de despedirme, le ofrecí tomarnos un café en el StarBucks de la esquina. Ella aceptó. Al parecer, el café negro la animó un poco porque, minutos después, me fue develando detalles de su vida. Había venido a este país tres semanas atrás, proveniente del departamento de San Miguel, de El Salvador. Había sido una estudiante de Derecho, pero lastimosamente no pudo culminar sus estudios debido a un embarazo inesperado. Durante su gestación, la relación con su novio se fue deteriorando. No deseaba tocar el tema, pero me contó algunas cosas. Después de dar nacimiento a una niña, Liliana decidió terminar con su novio. Su tono de voz cambió al referirse a él. “Es una basura”, me dijo. Con el apoyo eventual de su madre, Liliana pudo cuidar a su niña durante los últimos cinco años. Desempeñándose como secretaria en una oficina pública, logró cubrir todos sus gastos. Pero su presupuesto se desbalanceó cuando envió a su hija a la escuela. “No sé si estas enterado, pero la educación en El Salvador es terrible”, me dijo. La currícula escolar, además de incipiente, era impartida por profesores ineficientes. La única opción que tuvo fue matricular a su niña en una escuela privada. Por desgracia, su sueldo era insuficiente para costear los estudios de su hija. Fue entonces cuando se presentó la posibilidad de venir a los Estados Unidos. Estaba aquí por su niña.

 

 

Mientras saboreaba mi café, Liliana me contó lo azaroso que fue atravesar la frontera. Había llegado a la ciudad de Nogales, México, para contactarse con los “coyotes,” individuos que se alquilaban como guías para atravesar el extenso desierto de Sonora. Me confesó que en el segundo día de travesía por el desierto se arrepintió de haber venido. El viaje fue una macabra odisea. Los mexicanos que integraban su grupo le comentaron que un promedio anual de cien personas fallecían por deshidratación en aquel desierto. Era demasiado tarde para dar marcha atrás. Las temperaturas infernales, el complicado tramo y la tensión de caer arrestado por las patrullas fronterizas convirtieron el viaje en una pesadilla. Una breve caminata bajo el candente sol podía dejarte muy extenuado. Por ello, dormían durante el día, agrupados bajo la tenue sombra de un árbol. Caída la noche, acumulaban fuerzas bebiendo abundante agua. Retomaban la marcha solo durante la madrugada, cargando gruesas ramas para ahuyentar a los zorros y coyotes que merodeaban por allí. Luego de cuatro días de sed, hambre y zozobra, cruzaron la línea fronteriza e ingresaron al estado de Arizona. La primera impresión que Liliana recibió de los Estados Unidos no fue muy favorable. Cuando llegó a Tucson, Arizona, quedó impactada por el intenso prejuicio hacia la raza latina. Las autoridades de Arizona ejercían una severa política anti-inmigrante, y varias asociaciones civiles patrullaban voluntariamente la frontera, con el fin de detener el flujo migratorio. Días después, Liliana abordó un bus con destino a Nueva York.

Al arribar al terminal de la calle 34, Liliana recorrió las calles en estado de incredulidad. Se dirigió a Harlem, al Norte de Manhattan, para encontrarse con una amiga salvadoreña que le había prometido acogerla. Su amiga habitaba un viejo edificio en Harlem Este, también denominado “El Barrio”, por su comunidad de puertorriqueños, dominicanos y mexicanos. Después de saludarla, su amiga le indicó que había perdido mucho peso. Liliana imaginó que su amiga bromeaba. Pero, apenas se mudó de prendas, se percató que la ropa le quedaba holgada.

Le dije que había sido muy valiente al cruzar la frontera. No parecía muy entusiasmada. Como mucha gente, ella imaginó que tales sacrificios eran necesarios con tal de alcanzar el preciado “sueño americano”. Allá en El Salvador, las alusiones al “sueño americano” sonaban como música para sus oídos. La idea de un país así era tentadora. Estados Unidos: la nación en donde abundaban las oportunidades para triunfar. Un país cuyo sistema conspiraba para materializar tu felicidad, en donde los objetivos parecían realizables. ¿Pero hasta qué límite era posible arriesgarse por alcanzarlo? ¿Valía la pena arriesgar tu seguridad o tu vida?

Era demasiado prematuro para darse por vencida, pero ahora su actitud era pesimista. Quizás extrañaba mucho a su hija. Ahora no le daba más vueltas al asunto. Piensa que haber venido a este país fue un error. Tres semanas de ardua búsqueda y todavía no podía hallar un empleo. Había buscado en los avisos de periódicos y revistas, había acudido a tres agencias de empleo, se había presentado en muchas empresas, había atravesado varias entrevistas de selección, pero no tuvo mucha suerte. Una quincena de entrevistas después, su confianza había quedado minada. Su primer obstáculo fue la comunicación. Un inglés moderado no era suficiente, pues apenas el interlocutor percibía un acento o una pronunciación dispar, la entrevista se arruinaba en cuestión de segundos. Imaginemos una charla en donde solo pudo decir “hello” y “work”, nada más, además de las miradas incómodas que recibiría. Ella, que siempre se enorgulleció de su pulido castellano, debía soportar la condescendencia de sus interlocutores. Su única táctica fue sonreír en demasía, pero aquello no sirvió de mucho. Quince entrevistas fallidas generan estragos. Ahora acudía a las entrevistas con un espíritu derrotista. La entrevista de hoy, por ejemplo, sólo había durado veinte segundos. Pero ella sabía que todo había sido su culpa. Uno debía de venir a este país preparado, habiendo estudiado inglés por anticipado, o trazándose metas realistas a largo plazo. En su defensa, Liliana alegó que la opción de emigrar a los Estados Unidos se presentó súbitamente. “Las mejores oportunidades aparecen cuando uno menos las espera”, me dijo. Cuando ella pensaba en el “sueño americano” no previó lo difícil que sería. Un inmigrante debía sortear abrumadoras barreras para acceder a una vida respetable. Uno tenía que adaptarse a la cultura, que abarcaba en sí el estilo de vida, las formas, leyes, opiniones y costumbres prevalecientes en este ambiente. En su caso, lo más complicado era sortear la barrera sociolingüística que, vaya ironía, en una ciudad multilingüe como la neoyorkina, también existía. Ahora no le quedaba más salida que buscar los peores empleos: de limpieza o como lavaplatos en un restaurante. Quizás éste era el país de las oportunidades, pero no para los indefensos. Y ella era uno de ellos.

 

****

 

 

Cuando Liliana trajo a colación el “sueño americano”, le referí mi opinión sobre el tema. Aquel “sueño” es una creencia tan sólida de la sociedad norteamericana, que si alguien la ponía en tela de juicio, era descalificado al instante. Pero, desde la década pasada, algunos estudios sociológicos designaban a aquel concepto como un mito: una “construcción social o de realidad subjetiva”, totalmente disociada de la realidad actual. Un mito que, como toda creencia popular, podía acarrear tantos beneficios como males a la vez. El “sueño americano” solo se puede concretar en un sistema flexible, permisivo y humanitario, en donde hasta los más débiles, pobres y oprimidos disponen de amplias posibilidades para progresar y desarrollarse como individuos. Tras un análisis objetivo, aquel sistema ideal es sólo una fantasía popular: un mito utilizado para glorificar esta nación que actualmente atraviesa un terrible déficit fiscal, ejerce políticas tributarias a favor de la élite adinerada, cuenta con una mediocre enseñanza escolar, no otorga un seguro médico a sus ciudadanos, y presenta un altísimo índice de desigualdad social entre los países desarrollados. ¿Alguna vez el “sueño americano” fue una realidad? Sí, precisamente en las últimas décadas del siglo diecinueve. En la era de la industrialización, la sociedad norteamericana requería de abundante mano de obra y millones de europeos inmigraron a este país con la promesa de una vida digna. Las leyes que regulaban la migración eran flexibles. Con excepción de la etnia asiática, cualquier inmigrante de “raza blanca” podía naturalizarse sin importar su nacionalidad o lengua. En esa época, las oportunidades para un inmigrante sin previa educación y completa ignorancia del inglés eran múltiples. El mismo sistema o sociedad debió perder su rigidez para asimilar a los recién venidos. El trabajo en las factorías, por ejemplo, era generalmente bien remunerado. Un obrero podía ganar lo suficiente para subsistir y, además, ahorrar dinero. En estas circunstancias, con el transcurso de los años, una persona sin preparación podía escalar clases sociales, acumular una riqueza e irrumpir en la clase media. La opresión social hacia los pobres era más fácil de contrarrestar. Estas tendencias fueron aumentando hasta la década de 1920, pero luego acaeció la crisis económica o “Gran Depresión” de 1930. Desde entonces, las restricciones migratorias se intensificaron. Gradualmente, Estados Unidos dejó de ser el país de las oportunidades para los inmigrantes. A partir de la década del sesenta, con la venida de la automatización, la demanda por los obreros de factoría se redujo. Para agravar el panorama, poco después sobrevino el golpe que más afectó a los ciudadanos de clase media y baja: las compañías transnacionales exportaron los puestos de trabajo hacia otros países, en donde el costo de mano de obra era menor. Y la tendencia sigue en aumento: cuarenta millones de empleos podrían exportarse en estas dos décadas, según el economista Alan Blinder. Todo con el propósito de seguir la filosofía de la sociedad capitalista: maximizar la producción y reducir los costos. Una de las consecuencias es que el acceso de los oprimidos hacia empleos de alta remuneración es ahora limitado. Actualmente, la mayoría de inmigrantes, como Liliana, solo tienen acceso a trabajos de salario mínimo. Con un sueldo así, es muy complicado poder ahorrar. Otros no tienen más opción que tener dos empleos, es decir, trabajar de doce a dieciséis horas al día: en eso consiste el “sueño americano”. Al percibir el desaliento de Liliana, traté de animarla. Le dije que haría lo posible en ayudarla a encontrar un empleo, ya que, valgan verdades, yo también andaba en busca de uno. “Todos los inicios son duros”, le dije.

Cuando me despedí de Liliana, pensé que para los inmigrantes es mucho mejor pasarse la vida trabajando que agonizar en el desempleo. También pensé en el giro tan drástico que había ocurrido en los Estados Unidos. Hace más de un siglo esta nación recibía a los oprimidos con los brazos abiertos. Actualmente, asociaciones civiles como “The Minute Man Project” esparcen lemas hostiles y acosan a los inmigrantes a punta de fusiles en la línea fronteriza. Esta es la forma en que nos dan la bienvenida al país de las oportunidades. 

 

(*) Pedro E. Moreno-Vásquez: Nació en Lima, Perú. Emigró a los Estados Unidos para estudiar Literatura Inglesa en Montgomery College. Actualmente vive en Nueva York, donde se dedica a leer, escribir y dictar clases como profesor voluntario.

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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6 Responses to Crónicas neoyorquinas

  1. César Espronceda says:

    Siempre he estado reacio ha creer en las variaciones del español en Estados Unidos, pero luego de leer este post estoy con la duda. Muy bueno, saludos desde Valparaíso.

  2. El Profesor Sabiduria says:

    ¿Frente a este artículo qué sería el espanglish, una lengua, una manera de hablar?

  3. maximiliano II says:

    bien, causa, me vacila tu crónica, pero cómo desanimas a la flaquita, cualquier le dice algo más alentador. lo que me sorprende es que, en estos tiempos, tu amiga haya viajado sin saber que la cosa no es fácil.

  4. hincha de tito navarro says:

    me gusta cómo combinas una situación cotidiana con unos problemas muy arraigados en la cultura de los uniteds

  5. Enrique says:

    Hay un libro estupendo sobre inmigrantes del autor peruano Gunter Silva , muy recomendado!

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