Segregación N° 1

 

Pablo Guevara en el Cervantes

 

 

 

 

Por Francisco Izquierdo-Quea

 

Llego solo y me ubico en primera fila. El auditorio termina de coparse hasta sus extremos al poco rato. A un lado, Ben Affleck, en un español perfecto, intenta seducir a una Morgana Vargas Llosa cámara en maro y dientes enormes. Al otro, de piernas cruzadas, y agitando la derecha sobre la izquierda, Mario Bellatin lee en silencio una biografía de Bernie Madoff.

Pablo ingresa y la sala bate palmas, mientras él, serísimo, se acomoda en una silla del estrado, tras una mesita. Un tipo alto y de aire marcial toma el micrófono y realiza la presentación, hablando de su trabajo como profesor, poeta y cineasta. Al terminar, le cede la palabra a Pablo, quien empieza con una anécdota sobre su vuelo Lima-París, pasando luego de un tema a otro: la lluvia y el frío de la ciudad, los cinco puntos de quiebre de la poesía peruana (Eguren, Vallejo, Westphalen, Moro y Adán) que en la actualidad serían seis o quizá siete (habla de Eielson y Watanabe, pero también de Varela, Belli y Churata), política, cine, narcoestado, ciberpolítica e intelectuales de Facebook; todo de manera similar que en sus clases magistrales. Flashes, muchas fotos y gente tomando notas. Alguien se pone de pie y pide hacer unas preguntas, dice: «Señor Guevara, ¿nos quedamos en el centro o nos vamos con la izquierda o la derecha? ¿Qué le espera al Perú?». Pablo se peina la barba con los dedos. Suspira.

«No existe el centro ni una opción política definida, salvo en el caso del fascismo. Todo ser humano tiene ideas de derecha e ideas de izquierda. Mussolini fue socialista. En Argentina intentaron cancelar una conferencia de Mariátegui por considerarlo un aprista encubierto. En el Perú, por ejemplo, hay fujimoristas, apristas, caviares, derechistas y sindicalistas con piscina que juegan en el papel de la izquierda. La prensa está comprada y la gente está harta de comerse el cuento. El final del país será trágico y no tendrá mucho que ver con el Armagedón, salvo que todos seremos exterminados como los dinosaurios. Felizmente Vallejo está enterrado acá. Habrá que ir al Montparnasse y tomar su ADN para iniciar un nuevo Perú».

El auditorio estalla en una ovación y se pone de pie para aplaudir. Hasta ahí todo bien; sin embargo, el semblante de Pablo me desconcierta: no se ha mostrado risueño en ningún momento de la noche y no para de tomar apuntes. El presentador anuncia que la conferencia ha terminado, que el poeta debe partir pronto al aeropuerto para tomar un avión rumbo a Estocolmo. ¿Estocolmo? Pablo se incorpora y sale flanqueado por cinco guardaespaldas. La gente va sobre él. Flashes, gritos. A pesar del barullo, Pablo se muestra sereno. Me mira sentado en primera fila y me reclama con las palmas abiertas y los dedos extendidos. Voy. Él les indica a los gorilas que me den permiso. Ingreso a ese pequeño círculo en donde Pablo avanza a paso lento. Nos abrazamos.

    ––Pablo, ¿cómo estás? ––le digo––. La rompiste con tu discurso.

    ––Horacio, ganó el NO. Villarán es una incapaz, pero se queda en la alcaldía y eso está bien. Solo recuerda siempre que todos son unos corruptos. La gente ya se dio cuenta. Por eso Natalia Málaga y el gordo Gastón tienen más credibilidad que esas ratas. No creas en políticos, Horacio. Nunca podrás hacer cine en el Perú. Quédate en Francia. Raúl Ruiz hizo sus películas acá. Tú también puedes hacer lo mismo. No lo olvides, todos son unos corruptos. En política es mejor ser escéptico que creyente. Si eres peruano y crees en la política estás jodido.

    ––¿Y cómo es eso de que te vas a Suecia, Pablo?

    ––El presentador es un tarado y confundió todo. Me voy a Dinamarca, con la familia de Hanne. No sé cuándo volvamos a hablar. De momento dile a la gente la verdad. Dile también que Eielson quiso ser pintor y que la poesía para él era algo de segundo rango. Pero triunfó ahí y fracasó en la pintura. Así es la vida.

Los guardaespaldas apuran la escena entre la gente. Nos volvemos a abrazar. Es el último abrazo, lo sabemos. Pablo desaparece con sus custodios, medio auditorio y todos los periodistas detrás de él. Yo me quedo ahí, con la cara llena de lágrimas y sin saber qué hacer. A un costado, y aún en primera fila, Ben Affleck le comenta a la hija de Vargas Llosa sobre su última obra maestra, Argo.

 

*****

 

Casi nunca sucede pero esa vez recordé todo.

Me levanté y me puse frente a la mesa a escribir el episodio de Pablo antes de olvidarlo. Esa fue una instrucción directa que el doctor Reneau me dio meses atrás («si recuerda algún sueño, escríbalo inmediatamente, y luego venga a contármelo») y recién esa madrugada pude ponerla en práctica.

Escribo cuatro párrafos de manera desordenada y casi frenética. Al terminar, observo a un costado de la mesa la fotocopia de un artículo de Ruiz de Rimini sobre la influencia de la música en la ciencia ficción. El texto se titula «El punk es la clave de la vida» (Bayly Renzi me diría después que la frase fue tomada, casi con seguridad, de Ray Loriga) y lleva como epígrafe una cita del Ulises: «La historia ––dijo Stephen–– es una pesadilla de la cual quiero despertar».

Preparé un té, giré el sillón y me puse a mirar a través de la ventana el amanecer. Llovía. Una hora estuve mirando el agua estallar sobre los techos de zinc de los edificios que me rodean. A las nueve tomé un ducha y luego un café con tostadas y queso. Salí y caminé hacia el metro. Ya había descampado. El día era frío, pero aún se podía andar con normalidad por la calle.

Plaza Saint-Michel. Quince metros más allá llego a Le Lutece. ¿Cuántas veces me quedé sin casa y fui a Le Lutece a mirarme la cara dentro de una taza de café? ¿Dos, tres veces? Espero a la Pichona. Desde que se mudó a una banlieu del sur, dos años atrás, ya no hablamos tan seguido. Tengo una libreta conmigo pero no sé qué escribir ni para qué escribir en ella. Saco el libro de Guido Macaya de mi bolso. Sus poemas tienen un aire incipiente. Leo uno titulado «El sabio». Subrayo la mayoría de los versos.

     «No estoy triste / No / Solo estoy confundido / He estado confundido muchas veces / De muchacho no conocía nada / O casi nada / Pero eso fue antes de leer a Verástegui y a los Hora Zero / Que fue cuando me convertí / En un sabio / De muchacho no conocía casi nada / Por ejemplo / No conocía los prostíbulos / Un día le dije a mi papá / Papá / Yo nunca he ido a una de esas vainas / ¿Podemos ir a ver? / Él dijo ya tienes 29 años / Sabandija / Vamos / Y me abrazó / Y abrazados fuimos a las Cuquis / Lugar donde me encontré / Con la Tres Piernas / Una ex vendedora de libros en Miraflores / De quien me enamoré con locura / He estado confundido muchas veces / Pero los libros / Y el amor / Enseñan que nunca es tarde / Para arrepentirse».

La Pichona llegó dando saltos entre los charquitos de la vereda (la vi venir desde la parada de bus); había cambiado de peinado y abrigo, y estaba más flaca. Se sentó frente a mí. Me habló de su novio y del doctorado. Le hablé del sueño con Pablo y del doctorado. Fumó conmigo y bebió café. Ella no fuma ni bebe café, pero cuando estamos juntos lo hace. Años atrás pensaba que esa era su manera de autodestruirse. Luego asumí que solo lo hacía por acompañarme. Ella abrió una de sus agendas (la Pichona está llena de agendas), cogió una foto y me la entregó. Éramos nosotros a los dieciocho y diecisiete años, respectivamente. Estábamos en la sala de la casa de mis padres. La foto fue tomada por el Hombre Siberiano el mismo día que los presenté y que ambos se enamoraron con demencia. Contemplé durante un momento la imagen. Ella aguardó con los brazos cruzados sobre las mangas de su chompa. «Te la regalo», apuntó después. Asentí. Luego buscó algo entre sus cosas y sustrajo un libro de Siegbert Tarrasch sobre la historia del ajedrez. «Esto también», dijo.

 

*****

 

Bandeja de entrada Yahoo. Correo de Fresita.

Hola Horacio. Gracias por tus saludos. Recién puedo responder tu correo. Te escribo desde la oficina. Estoy harta, Horacio. Hoy en la mañana tuve la esperada reunión con mi jefe y todo para nada: finalmente no habrá reemplazo por la estúpida que despidieron el mes pasado y menos un aumento de sueldo en todo el año. Por un momento todo se puso muy candente, casi lloro de cólera y de impotencia porque ese huevón estaba intratable y hecho una mierda.

En la reunión estaba yo con dos patas más (mi coordinador y el otro ejecutivo) y los muy maricas, ¿acaso lo miraban a los ojos a mi jefe? Son unos cobardes. La única que piteó fui yo y lo voy a volver a hacer porque ya me tienen aburrida con tanta huevada.

En fin, ya me desfogué un poco. Lo siento. Todo tiene solución menos la muerte (no sé quién dijo eso, creo que Jesús a los ladrones).

¿Qué más te cuento? Ah, sí. ¿Recuerdas a mis amigas del trabajo? Bueno, es algo raro. Ellas están solas, no tienen pareja y para no deprimirse salen siempre, salen mucho y se acompañan a todos lados. Ahora se han vuelto supersticiosas, se leen las manos casi todos los fines de semana y preguntan si conocerán a alguien. A todas les han dicho que sí y eso las desespera más.

Mis amigas quieren casarse, tener hijos, casa y perro. Siempre me llaman para unirme a ellas, pero las evito: me cargan, no tengo tema qué hablar cuando estoy con ellas, solo las escucho y siempre me hablan de lo mismo, que necesitan a alguien, que quieren que las quieran, etcétera. A veces siento lo mismo, porque influyen en mí y me pongo triste.

Mientras mis amigas están en algún bar los fines de semana, yo estoy en casa, en cama, viendo mis películas favoritas, oyendo música, comiendo y bebiendo lo que me place y disfrutando de eso tan rico que es no hacer absolutamente nada. Cuando estoy más animada me voy a un concierto con una de mis amigas: bailamos, nos abrazamos, cantamos y saltamos; o me escapo a un restaurante bonito, o si quiero algo más audaz voy a un bar o busco algún show de música que me agrade para ir con personas muy íntimas que no sea ninguna de ellas, sino gente de la universidad o mi familia.

Mis amigas no son bonitas, son inteligentes, profesionales y agradables, son algo atractivas, pero no son bonitas, no lo son. Digo esto porque todos los que las han visto me han dicho eso, y he terminado creyéndolo. Me dicen que son feas, que se quedarán solas. En ese momento me pongo feminista y siempre las defiendo y saco sus habilidades y atractivos y las defiendo porque soy mujer y porque son mis amigas.

Mis amigas sin ser agraciadas son exigentes cuando de hombres se trata, buscan a profesionales, patas de buen cuerpo, y especialmente que tengan buen poto: creo que están obsesionadas con esa parte. Yo pensé que solo a los hombres les gustaban los potos, pero a ellas les gustan mucho y hablan del tamaño y forma en que lo deben tener y me dicen que soy una sonsa porque a mí no me interesa, que es lo mejor que hay en el cuerpo del hombre. Fresita, entiende, fuera de lo de adelante, que también es fundamental, está el poto, me dicen siempre.

En otras palabras, mis amigas quieren un pata con buen trabajo, independiente, potón, con estudios de postgrado, negocio propio y, ojo, que sea de buena familia.

Algunas veces mis amigas me dicen: «¡Amiga!». Empiezan un correo o un mensaje por blackberry, msn o whats up con la palabra «Amiga», o cuando no me ven de tiempo y me saludan usan esta palabra otra vez, y me llega y reniego por dentro y las maldigo porque me gusta mi nombre y que me llamen por él. En ese momento pienso que son tontas y que no merecen ser mis amigas; sin embargo, sonrío hipócritamente y las abrazo y también les digo «¡Amiga!».

Ayer les dije a mis amigas que no me siento tanto su amiga, que no tenemos nada en común, que soy su mal tercio, que no hay afinidad, que me perdonen por renegar de ellas pero que sepan que las quiero, que las acepto pero que no estaré disponible para las fiestas, el baile, los tragos, el raje, que no contestaré el teléfono para huevadas, pero también que nunca faltaré en los momentos serios, difíciles, en la enfermedad y en la pobreza.

A mis amigas finalmente les digo que soy su amiga.

¿Tú cómo estás? Te mando muchos besos.

 

*****

 

1.

Cinco de la tarde. Horacio ve en Youtube una entrevista a Kenji Fujimori en donde Kenji Fujimori habla de sí mismo en tercera persona. «Kenji Fujimori no tiene rabo de paja», dice Kenji Fujimori. Horacio abre otra pestaña en el Mozilla y busca en Google el mail de Ruiz de Rimini. Lo encuentra con facilidad en la web de la Universidad de Manchester. Le escribe entonces un correo declarándose admirador de sus textos críticos y obra de ciencia ficción. Enseguida, disculpándose por la confidencia, le relata en un solo párrafo el sueño que tuvo con Pablo Guevara y le pregunta por qué, a todo ello, su artículo «Star Wars y el Combate de Angamos» sostiene la hipótesis revisionista de que Pablo Guevara es el Yoda y José Adolph el Miguel Grau de la literatura peruana.

 

2.

Siete y treinta de la noche. Piera conduce el auto en dirección al Grand Palais. Horacio, a su lado, la escucha hablar, primero, sobre sus dietas; segundo, sobre su última crisis familiar: el padre de Piera acaba de retirarse de la SNCF y recibirá una jubilación mucho menor de la que esperaba. Hollande es una mierda, el gobierno es una mierda, maldice Piera, mientras espera el cambio de luz en uno de los semáforos de Champs-Élysées.

    ––¿Entonces cuánto billete al mes le van a dar a tu papá, Piera?

    ––Seis mil euros. El otro jueves voy a acompañarlo a reunirse con su contador. Tenemos que hacer eso antes de caer en la bancarrota.

    ––Plop. Yo ya quisiera recibir la quinta parte de esa plata. Con eso me conformaría.

    ––Eso lo dices porque eres un mediocre, Horacio. Ya te dije que si sigues pensando así nunca vas a lograr un patrimonio ni nada importante en Francia. ¿No entiendes la gravedad del asunto? Mi papá se ha pasado el día encerrado en su estudio bebiendo whisky y mi mamá no para de llorar. Con ese dinero no les alcanzará para cubrir sus gastos comunes y el de las demás propiedades.

    ––¿Y por qué no venden sus otras casas y se quedan tranquilos con la de París?

    ––Cállate, Horacio. Me desesperas. No sé por qué te cuento esto si siempre sales con tus soluciones disparatadas.

Horacio se encoje de hombros y finge mirar el tablero del carro. Sabe que si dice una frase más Piera se vería propensa a ataques de rabia, depresiones y brotes de incoherencia. Decide cambiar de tema: habla de su encuentro con la Pichona, del libro que ella le obsequió, y también del mail extraño de Fresita. Piera dice ajá, con el tono y la mirada cansada que va para Horacio como tengo una crisis familiar, Horacio, una crisis familiar REAL, y tú acá hablándome de tus amiguitas.

 

3.

El salón principal del Grand Palais presenta un sinnúmero de divisiones con forma de biombos de estilo vanguardista en muchos colores. Dentro de cada división hay 1) o cuadros y pinturas, 2) o instalaciones de todo tipo, o 3) una serie de performances que varían entre el teatro y el circo. Mientras Horacio asume el momento, Piera le señala a un grupo de gente y le dice vamos ahí, son los del trabajo. Los ejecutivos de France Telecom, empresa auspiciadora de la muestra, los reciben entre sonrisas y copas de champán. Uno por uno, Horacio conoce al dedillo a los colegas de Piera: cenas, cumpleaños, aniversarios de cualquier cosa le han servido para esto. Martine, enamorada del Tercer Mundo y de las «pirámides incas», busca conversaciones sobre naturaleza, deportes de aventura y otros temas que Horacio desconoce por completo. A su lado está Philippe, eurocéntrico, bretón y amante del tenis. Más allá, al teléfono, está Lionel, masón, defensor del primer gobierno de Chirac («reconozco que en el segundo cayó en algunas exageraciones, Horacio, jeje») y candidato eterno a ocupar un puesto de avanzada en la sede de Londres. Hablando con Piera, entre muecas y falsetes, están Charlotte y Pauline, gemelas y amantes de reventar medio sueldo en Lafayette y en las boutiques de Saint-Germain; idénticas en absoluto, ambas guardan un aire entre encantador y trágico (no muy lejano al de las niñas de El resplandor) que hace pensar a todos en esa famosa leyenda templaria que afirma que en París nació Dios y por ende también el Diablo.

Horacio bebe champán e intercala algunas frases con ellos, luego se escabulle al exterior buscando fumar. Al volver, observa el panorama de la muestra. Cocinas con fotos de astronautas, teteras partidas en la mitad, duchas decoradas con poemas y fotos new wave, licuadoras licuando iPhones y cables. Más allá, un juego de living (sillones y mesa) representa otra instalación, y se titula «Pensar cuesta, sentarse es gratis».

El público es variado, desde estudiantes, pasando por hipsters, hasta administradores de empresas y gente con ropa exorbitante (sin duda el auspicio de France Telecom abre otras puertas al arte, piensa Horacio). Va a la parte de los cuadros. Hay algunos con paisajes en collage, otros con imágenes calcadas de fotografías y pintadas al látex y óleo.

    ––Horacio, qué haces.

Es Piera. Piera y su vestido gris y sus zapatos rojos taco nueve. Horacio la observa como le ha gustado observarla siempre: hasta hacerla pestañar, hasta hacer que ella comience a dar pasitos sobre su sitio, hasta que ella diga qué muy bajito y luego qué de nuevo, muy bajito también. Entonces sucede: por primera vez en mucho tiempo Horacio siente que Piera va a decirle algo, algo como una revelación, algo como nunca debimos divorciarnos, Horacio, dejemos la farsa, intentémoslo de nuevo, algo como vámonos a Berlín, Horacio, siempre hablaste de Berlín y yo nunca quise ir a Berlín pero ahora sí estoy lista para ir allá y para que ladremos juntos en ese idioma horrible que es el alemán. Pero Piera no dice nada de eso.

    ––Miro la muestra. Para eso hemos venido, ¿no?

    ––¿Te gustan los cuadros, Horacio?

    ––Creo que sí. Pensé que solo en Perú había pintores que no sabían dibujar, pero veo que acá también hay muchos.

    ––Un pintor pinta, Horacio. No necesariamente dibuja. Recuerda a Andy Warhol.

    ––Nunca entendí a los seguidores de Andy Warhol. Tampoco a los de Neruda y García Márquez.

    ––¿Quiénes son Neruda y García Márquez?

    ––Unos profesores de San Marcos. ¿Nunca te hablé de ellos? Neruda enseñaba semiótica y el otro hacía el taller de poesía.

    ––No sé de qué hablas. En fin, voy al baño. Ya vuelvo.

    ––Está bien, yo iré a mirar esa instalación.

    ––No te hagas el estúpido, Horacio, esa es la mesa de los bocaditos.

    ––¿En serio?

    ––Chau, Horacio, me voy al baño.

 

4.

Piera aprovecha en retocar el rímel y las sombras sobre sus ojos, y también en acomodar la caída de su cabello sobre la espalda. Sonríe al espejo, se alisa el vestido encima de la cintura y las caderas y sale del baño. Camina sin prisa. Observa a un lado la performance de una chica que come huevos crudos y que luego los vomita. La obra, anunciada en un cartel, lleva por título «No a los transgénicos, las gallinas no tienen la culpa».

Busca con la mirada a Horacio. Lo encuentra al otro extremo de la sala, sentado junto a un grupo de gente que parece escucharlo con atención. Marcha hacia allá, lo suficiente como para que él se percate de su presencia. Así sucede, Horacio voltea y la mira algo agitado.

    ––Piera, siéntate, por favor ––habla él––. Estaba tratando de decirles a estos imbéciles defensores del libre mercado lo de tu padre ––y luego en voz muy alta––: Trabajó toda su vida para ellos y los de la SNCF no tuvieron compasión de él y ahora recibe una jubilación de solo seis mil euros mensuales. ¿Dónde está el respeto en este país? Estamos hablando de un anciano, maldita sea.

Los tipos mueven la cabeza en silencio, Horacio se inclina sobre el respaldar de la silla a beber más champán, y Piera inmediatamente lanza sobre él su típica mirada de Horacio, me llegas al pincho, eres un huevón. Luego le dice querido, ven un momento, ¿quieres? Él se incorpora, le dice al resto ya volvemos, y camina junto a ella tomando otro sorbo de la copa.

 

5.

Ambos están a un lado de la puerta principal. Ella le dice que cómo va a estar por ahí contándole a extraños de sus asuntos personales. Él le dice que quiere fumar. Ella: Horacio, pensé que luego de nuestra separación las cosas podrían ir mejor siendo amigos, pero ya veo que no. Él: Bueno pues, la próxima vez no me invites a tus cocteles y asunto arreglado. Me voy a mi casa. ¿Me llevas, no? Ella: Eres un idiota, Horacio. Él: Sí pues, soy un idiota.

Toman sus abrigos y se despiden de todos. Caminan por la avenida Eisenhower hasta el parking lateral del Grand Palais, donde hallan el auto. Al entrar y acomodarse en los asientos, Horacio cuenta un chiste de loros. Ambos ríen. Piera enciende las luces y arranca muy lento. Ya en camino, pone música en la radio.

 

*****

 

Vamos en el auto. Es un Renault Wind azul. Pasamos por el túnel del Pont de l’Alma. Tantas veces en esa ruta y jamás he logrado identificar el lugar exacto donde fue el accidente de Lady Di. Piera maneja en silencio y con rapidez. Hay música. Es una especie de ardilla haciendo el cover de un tema de Billy Joel. Luego llega la publicidad: «Radio París Disney, las canciones que amas pero con voces para bebés». Estuve a punto de decir algo, pero otra ardilla (o quizá la misma) comenzó a entonar «I like it like that», de Chris Kenner, y así hasta la siguiente publicidad.

    ––Horacio, odias todas las novelas de Cortázar pero irónicamente tu nombre es el mismo que el tipo de Rayuela. Qué risa, ¿no?

    ––Me cagaste, Piera. ¿Cómo así has pasado de Tolkien a Cortázar? Aunque, bueno, tratándose de Rayuela… En fin, ¿cuándo fue que la leíste?

    ––La estoy leyendo, empecé el lunes. ¿Por qué?

    ––Por nada. ¿Podemos cambiar de música?

    ––Me gusta esa radio, Horacio.

Miro a los otros carros por la ventana. Comienza a llover. Me gusta la ciudad de noche. Fuera, algunas personas abren sus paraguas. Otras corren. Viendo eso, estar ahí ––con Piera manejando a ochenta por hora y oyendo música estrafalaria–– es muy bueno.

 

 

 

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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4 Responses to Segregación N° 1

  1. grupie de san marcos says:

    bien ahí, señor izquierdo-quea, nunca deje de publicar porque me divierto mucho con sus cuentos

  2. Anonymous says:

    Habemus novela, Pancho? Si es así, felicitaciones!

  3. Ceci medina says:

    Súper grato leerte Panchito! Extraño el blog! Aún lo tienes?

  4. Daniel Amayo says:

    He disfrutado este texto tuyo desde ese inicio tan potente, tanto que me ha hecho volver a las aulas de letras en San Marcos y a la voz de Pablito hablando de poesía y sus aventuras en los night clubs como jurado invitado de algún concurso de putas… Genial, amigo Pancho…

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