Crónicas neoyorquinas

Preludio

Por Pedro Moreno


Después de trabajar por seis años en una corporación de manufactura, un día le informé al director ejecutivo que renunciaría en un mes. El buen hombre se sorprendió, y luego de acomodarse en su asiento, me preguntó el motivo. Le dije que necesitaba un descanso y que planeaba mudarme a Nueva York por un tiempo. El director sonrió y supuso que le bromeaba. Me dijo que viajaría a Londres para participar en un simposio, y que hablaríamos del asunto muy pronto. Cuando regresó de su viaje, el director imaginó que yo había olvidado “esa idea disparatada de renunciar”. Con el transcurso de las semanas, percibió la seriedad de mi decisión y comenzó a impacientarse. ¿Qué le sucede a ese muchacho?, ¿va a renunciar a su puesto con tanta ligereza?, ¡lo habíamos entrenado para largo plazo!, le comentó a los miembros del directorio. Ese mes recibí la visita de los jefes de distintas áreas preguntando si en verdad renunciaba.

La corporación poseía una inmensa planta de producción en Washington D.C. cuyo personal constaba de ochocientos empleados, además de otras dos fábricas menores en los estados de California y Carolina del Norte, en donde laboraban quinientos empleados más. Empecé a trabajar en aquella corporación como peón de fábrica, para luego convertirme en obrero, puesto en el cual realicé una extrema labor física. No exageraría al decir que en muchas ocasiones me sentí como una bestia de carga. Y figurativamente lo era, pues el trabajo era físico, nada intelectual. Yo, al igual que mis colegas de área, sólo recibíamos órdenes y nuestra opinión no valía nada. Eran jornadas de ocho horas en las cuales nos sometían a intensas tareas, levantando pesadas cajas y piezas de maquinaria, en una atmósfera ruidosa que siempre olía a grasa y aceite. Diariamente, sentí que ingresaba al gimnasio de un cuartel, en donde nos forzaban a levantar varias pesas y barras, y aquel que se rehusaba era despedido en un santiamén. En los tres primeros años, debí ausentarme unas cuantas veces, aquejado por un crónico dolor de espalda.

Sin precisar cómo, a partir del tercer año, ascendí de posición. Me asignaron como jefe de equipo, y seis meses después ascendí al rango de supervisor. Honestamente, no creo que mi ascenso en la empresa se haya debido a algún mérito propio. Al contrario, mi ascenso se debió a lo opuesto: la falta de mérito. Me convertí en un “empleado responsable”, es decir, me convertí en un adocenado, una marioneta que se movía bajo el capricho despótico de mis superiores. Permití que me impusieran unos horarios prolongados y unas altísimas cuotas de producción. Aprendí a decir “Sí, señor” a todo, a explotar a mi equipo, a exigirles duras tareas, y lo más grave de todo, aprendí a disciplinar a los obreros ineficientes. Con la claridad otorgada por el tiempo, ahora comprendo que me dejé lavar el cerebro. Memoricé y repetí el slogan predilecto de la gerencia: “Lo importante es la producción y las ganancias, señor, lo demás puede esperar”.

Siempre pensé que aquel lema que dicta que “vivimos en un mundo gobernado por los salvajes y agresivos” era un vacío cliché, una excusa urdida por los mediocres para justificar su desidia o fracaso. Pero después acabé por desengañarme. Descubrí que en ocasiones aquel cliché era una verdad profunda. Una realidad que viví primero como empleado, al ser maltratado verbalmente por mis superiores, y luego como supervisor, al manipular a los empleados de mi área. Bajo la presión de la gerencia, llegué a perder la brújula y atravesé un proceso de deshumanización que se agudizó con el poder que me otorgaron. En algún momento, debí perder mi humanidad, ya que pronto mis superiores me integraron a su círculo, a sus conferencias y paseos por la fábrica. Al año siguiente, me asignaron a una cómoda oficina, con ordenador y fax incluidos.

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A partir de entonces, comencé a cuestionar mi rol en esa corporación. Cada persona posee un mecanismo de autoengaño, una creación de falsedades que nos forzamos a creer para alcanzar una conciliación interior. Esta realidad alterna fue el sendero que por desgracia emprendí. Aunque el puesto de supervisor tenía cierto grado de jerarquía, yo no gozaba de ningún privilegio. Era una posición intermedia, que servía de mediadora entre la directiva y los empleados. Mi única función era recibir órdenes y ponerlas en efecto con el personal a mi cargo. Debo confesar que fuí muy drástico con el equipo, y en ocasiones me excedí; pero me justificaba con la excusa que la eficiencia del departamento era un precio justo a pagar, para luego obtener algunas concesiones que beneficiarían a los empleados, pues en aquella planta había muchas cosas por arreglar. Además de la atmósfera impura, me fastidiaba que los empleados laboraran con herramientas arcaicas que mermaban su seguridad y triplicaban su esfuerzo. Por ello, propuse en varias reuniones que la adquisición de dispositivos electrónicos facilitaría el trabajo y mejoraría la seguridad de la fábrica. Sugerí que debíamos innovar las computadoras y el software, pues ambos retardaban los procesos y agotaban a los empleados. Además, el sistema de ventilación, calefacción y aire acondicionado eran inadecuados, y causaban problemas de salud en el personal. El directorio acordó que “estudiaría el caso, evaluaría las propuestas y emitiría una decisión pronto”, una frase que en verdad significaba que “el asunto importaba un rábano y era mejor no volver a tocarlo”. La directiva usaba un lenguaje abstracto, cargado de tecnicismos, en el cual jamás se hablaba la verdad directa, sino que te daban pistas para que uno la intuyera. Demás está decir que fue complicado acoplarme a tales tecnicismos y a veces debí fingir que los comprendía. Pero desde un principio entendí que mis propuestas habían sido descartadas. Con mi terquedad innata, insistí en varias ocasiones hasta que, meses después, luego de una reunión, un colega me aconsejó que “por mi bien” no persistiera más.

Era el otoño del 2008 ya se rumoreaba que se avecinaba una larga recesión que afectaría la producción de las compañías manufactureras. Vaya, pensé yo, buscando aligerar mi cargo de conciencia, será por eso que rechazaron mis peticiones. Habíamos comenzado una etapa difícil y era prudente mantener una austeridad en los gastos. Pero mi sosiego duró muy poco, al percatarme que la manía adquisitoria de la gerencia prevaleció. Me refiero a que los directivos hicieron lo mismo de siempre: seguir comprando softwares, laptops, impresoras, pantallas, dispositivos, escritorios, lámparas, sofás y demás accesorios para adornar sus oficinas. Y lo hicieron sin mesura y con tezón, utilizando las tarjetas de crédito que la compañía les otorgó, y exhibiendo claramente el mayor defecto que se atribuye a la gente que vive en una sociedad de consumo: la manía de comprar, más por hábito que por necesidad. En una sociedad afluente como esta, el individuo vive expuesto a un aluvión propagandístico de productos, en donde avisos comerciales lo acosan por doquier (televisión, radio, internet, periódicos, letreros callejeros, etc) y donde no hay forma de evadir la “propaganda”. Esta eficiente propaganda, a veces tan artificiosa como la literatura, exagera e idealiza las cualidades de simples productos, provocando el efecto esperado en la mente del consumidor: aquellos objetos superfluos se vuelven esenciales. El marketing es tan sofisticado e intenso que ejerce una influencia tiránica en el ciudadano, en su manera de pensar y en la escala de valores de la sociedad. Por ello, en los Estados Unidos, el acto de comprar ha adquirido una gran autoridad y, más que una necesidad, se ha convertido en un rasgo de identidad cultural. Por lo demás, el producto ha perdido su básica condición de uso para pasar a ser también una señal representativa de estatus, ideología, modernidad y cultura. Dicha concatenación de factores ha hecho que este país sea el prototipo perfecto de una sociedad materialista, en donde se promueven y festejan las “falsas necesidades”, desencadenando un hábito de consumo irresponsable y desmesurado en la población. Aquella manía consumidora de la gerencia no era rara, sino una sólida costumbre de los norteamericanos. Y ante mis ojos de limeño era increíble presenciar cómo se deshacían de sofás, que apenas habían comprado el año anterior, para adquirir otros más lujosos. Y cómo, en el curso de dos años, el contenedor de reciclaje de la compañía se llenaba de productos prácticamente nuevos. La verdad es que me afectó ver cómo la directiva despilfarró su dinero en vanidades, en vez de invertir en cambios que facilitarían nuestra infraestructura y la condición del empleado. Pero lo que yo ignoraba entonces era que éste era el regular modus operandi de la compañía: en donde el egoísmo es rentable y la solidaridad conduce a la bancarrota, un importante aspecto del sistema corporativo, del cual profundizaré después. Ahora, cualquiera podría pensar que la directiva quedó satisfecha con sus lujos. Como era de esperarse, esto no fue así. Los técnicos de mantenimiento visitaban las oficinas de la directiva con frecuencia, para retocar la pintura de las paredes y efectuar más innovaciones. Y mientras esto ocurría, los empleados de nuestro departamento trabajaban en el mismo taller de la Edad de Piedra.

(Por otra parte, sería bastante hipócrita de mi parte negar que yo quedé libre de la influencia consumista. Desde que me ascendieron de puesto, empecé a despilfarrar mi dinero en ropa, películas y libros. Nada era suficiente, siempre quería comprar más y más, imaginando tontamente que los objetos podrían otorgarme felicidad y, luego, vanidad de vanidades, que la felicidad se podía expandir con la adquisición. Juventud, divino tesoro. Al final, quedé más insatisfecho que antes, con ropa que rara vez usé, películas que nunca pude ver y libros que jamás leí).

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Cuando me ascendieron al puesto de supervisor, me di cuenta de ciertos detalles inquietantes. Al visitar cualquier megatienda, el consumidor podía hallar nuestro “humilde” producto rodeado de otros fabricados por la competencia. Eran alrededor de ocho distintas marcas o competidores que ofrecían el mismo producto. Es decir, el consumidor tenía la libertad de elegir la marca que mejor le convenga. Al menos eso era lo que yo pensaba cada vez que visitaba megatiendas como Walmart, Walgreens o Best Buy. Pero al poco tiempo de iniciar mis tareas de supervisor, y con el acceso libre al archivo de documentos, descubrí la verdad: todas las marcas que competían con nuestro producto tenían el mismo propietario: la corporación en donde trabajaba. Todas esas marcas competidoras, con sellos y logos variados, eran sólo un engaño, una pantalla para guardar las formas. Los derechos primordiales del consumidor, como conocer la información del fabricante, disponer de múltiples opciones y poseer la libertad de elegir el mejor producto, habían desaparecido hace mucho. La mayoría de estadounidenses solo podía comprar el producto elegido por nuestra directiva. El consumidor no tenía opciones.

¿Acaso no existían otras marcas diferentes? No, nuestra área de distribución acaparaba la mayoría de los Estados, dejando de lado las zonas donde la demanda era irrelevante. En términos simples, la corporación saboreaba el banquete y dejaba que los microempresarios recogieran las sobras o migajas. Ahora imaginemos a un empresario idealista con el capital suficiente para ofrecer un producto superior al nuestro. Para irrumpir en nuestro mercado, este empresario tenía una estrategia planeada: derrotar primero a las firmas débiles para luego ganar estabilidad en el medio. Este era el método a seguir en un sistema justo, en donde debían existir reglas de competición democráticas, en el cual no se cometieran abusos ni acuerdos sucios. Al ingresar al terreno de batalla, este empresario se dio con la sorpresa de que las supuestas firmas débiles eran realmente un camuflaje del mismo mastodonte. El empresario había caído en una emboscada. Al arremeter contra la primera firma, todas las demás se le vinieron encima y lo hicieron pedazos. El Estado, cuya función era intervenir ante aquel atropello, se quedó de brazos cruzados y le echó la bendición al muerto. Según un colega mío, el proceso que acabo de referir había ocurrido más de dos veces en los últimos diez años. El último empresario idealista decidió retirarse tras previo acuerdo económico con nuestro director ejecutivo. Lo lamentable del asunto no fue el pobre empresario, sino que su producto, además de barato, era bastante superior al nuestro. Aquel producto habría beneficiado económicamente a los millones de consumidores de este país. Pero, claro está, los ciudadanos no tienen voto en estos acuerdos. Cuando aparecían dilemas de esta índole, el lema de la directiva siempre fue “privatizar las ganancias y delegar los costos.” En otras palabras, que los clientes sufran las consecuencias mientras nosotros gozamos los beneficios. Pero, ¿qué pasaría si los consumidores descubrieran estos acuerdos en perjuicio suyo? Protestas, boicoteos, indignación, pérdidas para la empresa. Por eso mismo, estas verdades no podían ventilarse a los cuatro vientos. Cuando hay dinero de por medio, tanto la justicia como los derechos del consumidor representan un enorme obstáculo para las corporaciones. En el modus operandi corporativo, las ganancias se logran por medio de la sumisión del consumidor. Aquella sumisión se obtiene por dos métodos. El primer método es la eliminación inmediata de las compañías que más beneficiarían al consumidor. El segundo método es la difusión de propaganda masiva, para persuadir al consumidor que la corporación es la mejor guardiana de sus intereses cuando, en realidad, es todo lo contrario. En resumen, mientras más desinformado se mantenga al consumidor, más ganancias se obtendrán. Por lo tanto, uno de los objetivos primordiales de las corporaciones es mantener al consumidor en estado de ignorancia. Es por ello que se invierten millones de dólares en propaganda, pues aquella, a través de sus efectos multicolores, música, sonrisas y sonantes eslogans, logran distraer al consumidor y transformarlo en un zombi, un ser pasivo a quien no le interesa descubrir la triste realidad ni mucho menos exigir lo justo.

El sistema que acabo de describir es comúnmente llamado “crony capitalism” o capitalismo de “pandilla”. Dicho término es usado para describir la sólida alianza existente entre las entidades gubernamentales y la élite empresarial. El gobierno federal de los Estados Unidos y las empresas de mayor afluencia conforman una especie de asociación basada en favores mutuos. Las corporaciones y gigantes empresariales invierten altas sumas en las campañas publicitarias de los candidatos políticos a diversas bancadas, senadores, miembros de la cámara representativa, gobernadores estatales, alcaldes, etc. Cuando dichos candidatos son oficialmente nominados, retribuyen los favores recibidos promoviendo proyectos de ley que favorecen únicamente a las corporaciones. Sus razones son convincentes y hasta altruistas: el Estado tiene la obligación ética de fomentar un régimen de “desarrollo económico” para las industrias, pues ellas son fuentes de inversión, hegemonía, desarrollo, tecnología, estabilidad, y son también creadoras de empleos. Desde entonces, el Estado se encargó de mimar a la jerarquía empresarial con estímulos económicos como subsidios, becas, organizaciones de apoyo, tarifas proteccionistas, leyes comerciales, préstamos sin intereses y, sobre todo, reducir o eximir sus tarifas tributarias. El dinero requerido para estos estímulos debía ser producido, claro está, por la población. El impuesto pagado por la ciudadanía constituyó la “varita mágica” que se encargó de agigantar a las corporaciones. Así, mientras la población era oprimida con alzas tributarias, las corporaciones adquirieron mayor poder.

Estas corrientes se originaron a principios del siglo pasado. Un siglo después, mucha agua ha corrido bajo el puente. Ávidas de mayores ganancias, las corporaciones automatizaron sus fábricas y despidieron a millones de empleados y, luego, en busca de mayores ingresos, persistieron con su régimen de cierre de fábricas y despidos masivos para así exportar los puestos de trabajo al extranjero. Después, bajo la retórica de la globalización, se expandieron a mercados foráneos y arruinaron a varios empresarios extranjeros. Con el afán de reducir gastos, rechazaron también las regulaciones de emisión de gases tóxicos. Además, el consenso corporativo no desperdicia su dinero en factores tan “irrelevantes” como el ecosistema, el calentamiento global, el medio ambiente y la salud de los niños (más aún si son del extranjero). A pesar de las severas críticas, siguieron contaminando el ambiente, tanto en los Estados Unidos (MagCorp, Utah) como en el extranjero (Doe Run, La Oroya). A medida que sus tentáculos de poder se extendían, los agravios al ciudadano continuaron. En la década de los ochenta, por ejemplo, Ronald Reagan determinó que la asistencia económica a los pobres era excesiva y se encargó de recortarla. Sin embargo, no mencionó los estímulos en el rango de los billones que se obsequiaban a las corporaciones transnacionales. Durante los años noventa, Hillary Clinton se aventuró a proponer una magnífica reforma de seguro médico gratuito, pero inmediatamente las corporaciones (de seguro y farmacéuticas) presionaron y lograron anular sus propuestas.

En algún momento, aquella política altruista de “desarrollo económico” se degeneró en corrupción e injusticia. Pero, ¿cuándo exactamente?

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Los historiadores de la economía sostienen que aquella degeneración en las corporaciones se originó a partir de 1900 hasta 1930, período en el cual los propietarios de las corporaciones fueron transfiriendo gradualmente su poder hacia sus subordinados: los administradores o gerentes. A partir de entonces acaeció la “revolución gerencial”, en la cual los administradores tomaron las riendas en los aspectos primordiales. Es interesante analizar la dinámica de esta nueva estructura. Desde que los gerentes asumieron el timón, la eficiencia, poderío y riqueza de las corporaciones se multiplicó. Al parecer, la perspectiva neutral de la gerencia traía muchas ventajas: una visión más clara, flexibilidad en la toma de decisiones y una tenacidad en sus métodos de expansión, es decir, cualidades que los dueños carecían desde un principio. Bajo la batuta de la gerencia, las corporaciones alcanzaron entonces un status más alto, se emanciparon de las influencias bancarias y comenzaron a ejercer el “lobbyism” que, en lenguaje simple, denota la virtual compra de senadores y demás políticos cuya influencia era indispensable para expandir su hegemonía. Esto marcó el inicio de la pandilla capitalista. Ambos procesos, la sistemática disección entre los dueños y la gerencia, junto a la alianza creciente entre la gerencia y la clase política, fueron los que desencadenaron efectos nocivos. A medida que las corporaciones se agigantaron en simultáneo con el número de propietarios, el poder se concentró en manos de la gerencia, dejando a los accionistas sin influencia alguna. Ahora el panorama se ha deteriorado al extremo de que la gerencia o directiva toma decisiones que van en contra de los intereses de los accionistas y de la población entera. Muy pronto, los gerentes instauraron mecanismos cuyo objetivo era que los beneficios de la organización se concentraron en su bando. No es extraño entonces que los salarios anuales de los gerentes o CEO (Chief Executive Officer) se muevan en el promedio de 200 mil dólares anuales, una cifra ínfima comparada con el dinero que reciben aparte, por medio de bonos, incentivos económicos, contratos, venta de favores exclusivos, etc. Esto ha provocado, naturalmente, incontables casos de corrupción y despilfarros que, frecuentemente, se publican en los medios de comunicación.

En un mundo tan antiguo, como el nuestro, esta aventura apocalíptica no es novedosa. Dos siglos atrás, Adam Smith, en La riqueza de las naciones, advertía sobre el peligro latente en el distanciamiento entre los propietarios y la gerencia. Esta ruptura desbalancearía el equilibrio de poderes para dar origen a una tiranía gerencial, con el agregado de que los gerentes no podrían administrar las finanzas, sabiamente, por la simple razón de que aquel dinero “no les pertenecía a ellos”. Adam Smith también refirió que el exceso de poder corrompería a la gerencia, la cual se vería envuelta en tratos deshonestos, negligencia administrativa y derroches de dinero. Doscientos veintitrés años atrás, analizando los malabares de la British East India Company, el economista inglés supo que esta corrupción era inevitable. No hay nada nuevo bajo el sol, excepto que ahora todo se efectúa por medio de transacciones bancarias, videoconferencias, e-mails y mensajes de texto. Lo terrible del asunto es que esta élite corrompida, con la compra de la clase política y las demás estructuras de poder, ha establecido un sistema inmoral como el “sistema oficial” de los Estados Unidos. La promulgación de leyes proteccionistas, el amparo de la constitución, el consentimiento tácito de los políticos y el adoctrinamiento popular han hecho que este sistema nauseabundo establezca sólidas raíces. Si ciertas leyes permiten tamaño favoritismo, entonces dichas leyes son ineficientes por naturaleza. Además, son fisuras que brindan acceso a la corrupción, la cual siempre tiende a expandirse. Toda nación, cuyos mecanismos legales presentan fisuras de esta clase, tiene que sufrir las consecuencias. Una de las más graves es la desigualdad social: actualmente el 20% de la población es dueña de casi el 90% de las riquezas nacionales, mientras el 80% por ciento de estadounidenses tiene que disputarse el minúsculo 10% de la riqueza restante. En lo que concierne a sueldos, el patrón es el mismo: en el 2010, el 1% de la población se llevó el 93% por ciento de los aumentos salariales, mientras que el 99% por ciento debió repartirse el 9% restante. Lo lamentable es que muchos analistas sostienen que ambos patrones de desigualdad de riqueza y salarios siguen expandiéndose.

Mientras el abismo que divide a los ricos y pobres aumenta, el partido Republicano respalda mayores subsidios y reducción tributaria para las corporaciones y la élite adinerada. Estos aseguran que las riquezas del 1% de la población favorecerán al 99% restante, y que una nación capitalista alcanzará tal nivel de desarrollo que, a pesar de la amplia desigualdad, los pobres estadounidenses tendrán una mejor calidad de vida comparada con los pobres de los demás países. Dicha doctrina, llamada “trickle down economics”, fue aplicada exitosamente por Ronald Reagan y, según las estadísticas, favoreció al sistema económico. Pero uno de los efectos fue que el abismo de desigualdad se acentuó. Esta doctrina, adornada con retórica oficial, fue en realidad una propuesta clasista que excluyó por entero la fundamental igualdad entre todos los ciudadanos y oficializó el conformismo y la sumisión de la población. Una doctrina egoísta que podría parafrasearse así: la población debe permitir que la élite siga enriqueciéndose, pues tarde o temprano los residuos caerán en manos del pueblo, y esas migajas los harán superiores a los demás pobres del mundo. La desigualdad ha proliferado en el transcurso de los años y ahora el director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, puede ganar 68 millones de dólares al año mientras que una madre soltera debe trabajar medio tiempo para recibir una mísera pensión de asistencia. La pasividad del gobierno se debe a que, sea éste demócrata o republicano, incompetente como Bush o “progresista” como Obama, la que dirige la función es la sempiterna oligarquía corporativa: la firma Goldman Sachs, por ejemplo, donó un millón de dólares a la campaña presidencial de Barack Obama, concesión que, naturalmente, el actual presidente debió retribuir de alguna forma. Si el gobierno persiste en su política favoritista, llegaremos a una etapa en que las riquezas de la minoría serán acompañadas por la privación absoluta de la mayoría. Todo señala que lo que Karl Marx escribió en El Capital se está cumpliendo: “La acumulación de riqueza en un bando ocasiona, simultáneamente, la acumulación de miseria, cansancio, explotación, ignorancia, brutalidad y degradación mental en el bando opuesto”.

Algunos críticos se han preguntado: ¿cómo es posible que la población haya soportado tantas vejaciones?, ¿no habíamos alcanzado ya un punto crítico en el cual se debía originar un proceso de restauración? Karl Marx propuso, en su momento, que la historia era inevitable y que tarde o temprano la clase pobre y subyugada se sublevaría en contra de sus opresores. Antonio Gramsci, por su parte, señaló que aquella sublevación no sucedería debido a que la élite dominaba las estructuras de poder de los organismos educativos, culturales, mediáticos y de autoridad policial, logrando así adoctrinar a la población, extinguir su espíritu crítico y de protesta, además de desviar su percepción hacia problemáticas superfluas y que no atentaban contra los intereses de la élite. En otras palabras, la pandilla capitalista ha construido una “realidad artificial” en donde los ciudadanos son víctimas de la misma fantasía homogénea: creen ser parte importante de la sociedad cuando en realidad su influencia es inexistente. Algunos críticos afirman que aquella teoría propuesta por Gramsci es una realidad en los Estados Unidos. Valgan verdades, aquella poderosa realidad artificial ha perdido brío. Según las encuestas actuales, la mayoría de la población opina que este país es manejado por una élite egoísta, y este descontento general ha originado las diversas protestas ocurridas en los últimos años. Sin embargo, las movidas y acuerdos del “crony” capitalismo siguen latentes. La “pandilla” capitalista mantiene un círculo cerrado en el cual los estímulos económicos persisten (solo en el mismo bando, por supuesto), donde los empresarios idealistas no reciben incentivos ni licencias de comercio y, más bien, son excluidos y acusados de violar leyes o patentes que el Estado solo aplica por conveniencia, cuando los intereses corporativos son amenazados. Como ya señalé, esta pandilla se ha encargado de que los mejores productos sean excluidos del medio, instalando un monopolio en donde tanto la competencia justa como la innovación han sido eliminadas de raíz, para que así sus costosos y deficientes productos prevalezcan: la entronización de lo mediocre.

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En los Estados Unidos, además del prejuicio racial, abunda el prejuicio social contra los pobres. Aunque dicho prejuicio es universal, en este país presenta una faceta especial debido a la creencia popular del American Dream o Sueño Americano. Como todos saben, la creencia del Sueño Americano se ha esparcido por todo el orbe, afirmando que este es el país de las oportunidades. Esta creencia es promovida por los estadounidenses, pues, además de su arrogancia patriótica, sugiere que otras naciones carecen de la clase de oportunidades ofrecidas en este país. Por tanto, su discurso destila un halo de superioridad y ha cumplido un rol propagandístico y de dominación, provocando sentimientos tanto de desprecio como de admiración alrededor. Es indudable la enorme influencia psicológica generada por esta creencia, considerando la cantidad de ciudadanos de todo el mundo que han inmigrado a este país. Como ya señalé en mi columna anterior, esta creencia del Sueño Americano no resiste el menor análisis. El criterio para definir las oportunidades ofrecidas por un país reside en la flexibilidad del ciudadano en escalar clases sociales. Comúnmente llamada “flexibilidad social”, aquella examina las ventajas del sistema en proveer las oportunidades de trabajo y ahorro, así como la facilidad de progresar y acumular una riqueza. Las estadísticas sugieren que, en las dos últimas décadas, esta flexibilidad está en descenso. El panorama se ha congelado sobre todo para la clase media, quienes deben hacer sacrificios para no descender en la escala. Si uno observa la profunda desigualdad social existente, este análisis de “flexibilidad” está de sobra. Ambos factores guardan una profunda relación. Si la sociedad se está polarizando entre los dos únicos bandos de la afluencia y la pobreza, es debido a esta creciente rigidez, ya que los estímulos y las oportunidades fluyen solo en el bando afluente. Debido a ello, la clase media a veces pasa peripecias para cubrir sus gastos básicos. Ahorrar es mucho más complicado, a menos que uno se resigne a vivir en austeridad. Es evidente que la flexibilidad se ha perdido, las oportunidades se han reducido y la mayoría trabaja horas extras solo para mantenerse en el mismo estrato. Por lo tanto, aquel discurso del Sueño Americano, un paraíso de igualdad social y en donde cualquiera puede acumular una riqueza o ser millonario, es una fantasía ridícula. En el peor de los casos, es una burla para los 17 millones de niños pobres que viven en este país. Es cierto que existen casos de pobres que han alcanzado la riqueza, pero estos son rarísimos y las probabilidades matemáticas nos devuelven a la realidad.

El discurso del Sueño Americano ha sido una referencia perpetua de los presidentes, quienes aún lo mencionan a pesar de que este ha pasado a ser un mito. Su utilidad es inmensa, por cierto, pues es un poderoso instrumento para subyugar, un mecanismo psicológico que le repite al individuo que, en el “paraíso de los Estados Unidos”, la razón de sus fracasos reside generalmente en el ciudadano y muy rara vez en el Estado. Aquella retórica dominante tiene largos antecedentes, como cuando J.F. Kennedy repetía “No te preguntes cómo tu nación te puede ayudar, sino como tú puedes ayudar a tu nación”, o cuando el presidente Obama afirma que “El Sueño Americano es más poderoso que nuestras diferencias y yo soy prueba de ello”. Ambos discursos definen como prioridad al país y su estructura, dejando al pueblo en segundo lugar.

Actualmente, los países nórdicos, como Suecia, Noruega o Dinamarca, presentan una mejor organización social que se solidariza con los más indefensos. Sin embargo, estos países no caen en la ridiculez norteamericana de propalar huachaferías como “El Sueño Sueco” o “El Paraíso Danés”. Esta arrogancia solo le pertenece a los Estados Unidos y ha servido, en el pasado, como uno de los tantos dispositivos de acceso para que los productos y la cultura estadounidense invadan el orbe. Es decir, los halagos a la primera potencia mundial, junto con su producción manufacturera, musical, televisiva y cinematográfica, forman parte del “imperialismo cultural” que muchos críticos indican como causante de la homogenización cultural o la “McDonaldización” del mundo.

La creencia del Sueño Americano origina patrones de opinión y estereotipos que prevalecen en esta población pues “si en los Estados Unidos todos tienen fabulosas oportunidades, entonces los pobres no las han aprovechado”. Esta tendencia por culpar a los pobres por sus desgracias se profundiza debido al individualismo cultural de este nación, en donde prima el individuo y el culto del yo. Este factor cultural instiga que las culpas y reproches se concentren en el individuo, en lugar de culpar también a las circunstancias, la sociedad, el sistema educativo, las influencias culturales, la recesión, la opresión social, el racismo, etc., que también poseen amplia influencia. En líneas generales, el individualismo es beneficioso, pero un efecto contraproducente es que la opinión acerca de los pobres en los Estados Unidos sea severa y, en ciertos casos, inhumana. Como si la ciudad brechtiana de Mahagonny se volviera realidad, en los Estados Unidos, los pobres también deben pagar el crimen de su condición. La opinión general es que la mayoría de pobres son haraganes, irresponsables, desadaptados, conformistas, o mantenidos que viven del gobierno. Aquel prejuicio social es generalizado y no guarda mayor relación con el racismo, pues aquí los pobres de raza blanca son llamados peyorativamente white trash (basura blanca), y aquellos adjetivos son usados por gente de su misma raza.

Lo que más se le reprocha a los pobres es que reciben ayuda del gobierno: cheques o cupones que les permiten subsistir. Esta asistencia permite que el desprecio contra los pobres se refuerce, ya que los fondos provienen únicamente de los impuestos pagados por la población. “Los pobres viven de nosotros, los contribuyentes, y el gobierno es culpable por patronizar tanta indulgencia” es la opinión generalizada. Dicen que la Opinión es como una reina que gobierna al mundo; pero toda reina está siempre cegada por el halago popular. Aunque es innegable que muchos pobres abusan de la ayuda gubernamental, también es cierto que muchos otros realmente la necesitan y, sin embargo, estos son víctimas de la misma reprobación. Este prejuicio no hace más que humillar a la gente pobre, en vez de brindarles una mano solidaria o un mínimo interés por escuchar sus quejas. Desafortunadamente, en esta nación “moderna”, la compasión y solidaridad no pueden predominar, porque el clasismo, los prejuicios y la hostilidad todavía existen. Pero lo más irónico del asunto es que la ayuda total proporcionada a los pobres palidece al compararse con la ayuda que el gobierno le concede a las corporaciones (casi 100 billones de dólares anuales). Los impuestos pagados por la población enriquecen más a las corporaciones que, desde la década del sesenta, no han hecho más que reducir empleos y eliminar reformas de justicia social. Sin embargo, como para demostrar que en este mundo no gobierna la razón, la población no enfoca su hostilidad contra los verdaderos causantes del caos, las corporaciones, sino que desfoga su frustración con las peores víctimas del sistema: los pobres.

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you are a piece of furniture in a repair shop..

all there is of you is your body

and the “you” is withdrawn

The Cocktail party

T.S.Eliot


En mi último año en la corporación, atravesé un cambio radical. Desde que rechazaron mis propuestas en la directiva, me abandoné a mi apatía. Me engañé a mí mismo imponiéndome una realidad alterna. Al comprender que a los directivos les importaba un rábano los empleados, asumí una actitud bastante misantrópica. Justifiqué mi fracaso con la excusa cínica de que las cosas siempre fueron así, que nada puede ni debe cambiar, y que la opresión era un mal necesario para mejorar la producción: las excusas del fracasado, cuyo derrotismo mental es una ola infecciosa que se expande por doquier.

Este rechazo gerencial hacia el equipo y el departamento fue siempre la norma. Por lo demás, el hecho de que los empleados no hayan protestado es algo común. Este espíritu servil es producto de la adoctrinación del empleado, a través del “reglamento de la empresa” que se divulga constantemente. Tales reglamentos se combinan con la disciplina impuesta por los supervisores y las charlas en donde éstos inculcan la obediencia, disciplina y “responsabilidad.” Es allí donde yace la raíz del problema: los supervisores nunca admiten cuanta crueldad, injusticia y egoísmo se pueden encubrir bajo el disfraz de la “responsabilidad”. Estas imposiciones se refuerzan con los lemas “en nuestra corporación todos somos una familia”, “nosotros debemos todo a la corporación”, y también con premios como “el empleado del mes”, con los cuales se idealiza a los trabajadores que más se han dejado pisotear por la gerencia. Estas tácticas fueron diseñadas para reforzar el “pensamiento homogéneo” del personal y extinguir por completo el pensamiento independiente. Es útil para ellos eliminar las diferencias ideológicas, pues gracias a esta tiranía el personal se convierte en una “granja orwelliana”, fácil de guiar y castigar. Esta clase de “opresión industrial” posee largos antecedentes. A lo largo de los siglos, esta autoridad se ha ido desenvolviendo y disfrazando de acuerdo al contexto histórico y social. Los historiadores sostienen que en la Revolución Industrial los gerentes se enfocaron en solidificar su autoridad, pues ellos sabían que su poder era muy endeble a menos que “legitimaran su autoridad como un derecho” y, a la vez, “imponiendo la obediencia y sumisión como un deber sagrado del empleado”. Este conflicto ideológico se libraba diariamente en las fábricas, en donde se exhortaba a los empleados a sacrificarse por el bien común, pues el éxito de la empresa significaba también la bonanza del personal. En el Reino Unido, por ejemplo, la corriente ideológica con respecto al trato hacia los pobres se volvió drástica. Prevenidos por la reciente Revolución Francesa, la actitud frente a los pobres cambió desde una originaria compasión hasta evolucionar en un trato despótico, con el argumento de que la mayoría de pobres eran haraganes y, por ende, el Estado no debía brindarles ayuda alguna. La única manera de motivarlos a trabajar era dejar que los pobres se murieran de hambre. El temor a la muerte los obligaría a abandonar la mendicidad y asumir una vida laboriosa. Las iglesias y escuelas evangélicas también se aunaron a este patrón autoritario predicando a los pobres las virtudes de “la sumisión, la humildad y la obediencia”, con las cuales alcanzarían la gracia divina. Otros empresarios reconocieron el importante factor de la pobreza como un requisito primordial para dominar al pueblo y dejarlos sin alternativas. Los gerentes se encargaron de que los salarios a los obreros sean miserables, y se preocuparon por mantenerlos así, pues un incremento salarial otorgaría una mayor independencia a los obreros y provocaría efectos contraproducentes. En este contexto, el poder de la gerencia era ilimitado, como ilimitada también fue su crueldad, la cual imponía el miedo a los empleados amenazándolos con despidos y sometiéndolos a labores que atentaban contra su integridad física. Los niños y mujeres, claro está, fueron los más perjudicados.

Olvidé mencionar que, en los años anteriores, algunos supervisores comentaban sobre “mi excesiva docilidad” con el equipo. Estos supervisores bordeaban los cuarenta años de edad y atribuían mi docilidad a mi falta de experiencia. Por entonces acababa de cumplir 29 años y, al presenciar la dinámica de cuartel a mi alrededor, me aferré a las virtudes del diálogo y la persuasión. Al no poder innovar la infraestructura del departamento, sentí que en cierta forma le había fallado al equipo. Por eso, traté de mantener un ambiente justo, distribuyendo equitativamente el trabajo entre todos. Sabía que el oficio de obrero era muy duro, y por eso traté de ayudar al equipo cuanto pude. Era un caso peculiar en la fábrica pues, a diferencia de los demás supervisores, yo era el único que “metía las manos en el barro”, además de realizar el papeleo en la oficina, llamadas telefónicas, correspondencia de e-mails, y las detestables reuniones con la directiva. Recuerdo que, en una de esas reuniones, una colega de otra área me dijo: “Tú no deberías ayudar a tu equipo, porque aligeras su responsabilidad. Deja que ellos lo hagan todo. Así se volverán más eficientes”. Aquella colega era una veterana en la fábrica y una preferida de la directiva. Lógicamente, el comportamiento de los otros supervisores era similar: amable con sus colegas, pero severos con sus equipos. En medio de esa crisis personal, comprendí todo: uno debía ser egoísta, severo e inflexible. Ese era el método ideal para ascender en la corporación. Dentro del límite permisible, uno debía oprimir al personal con mayores tareas, presionarlos para que sean más eficientes. Con este método se conocía la resistencia física del personal o hasta qué punto se los podría explotar. Aplicando esta presión en el personal indicado, un empleado podría hacer el doble o hasta el triple de trabajo, y de esta forma se podrían ahorrar costos. A través de la explotación, se podían obtener más ganancia, ahorro y eficiencia. Por lo tanto, era una bobería ser solidario con el empleado. La fábrica era un campo de batalla y yo me había alineado en el ejército equivocado. Algunos enigmas se resolvieron: comprendí el porqué la directiva rehusó mis propuestas de innovación, y por qué, cuando me empeciné en proponerlas, mis demás colegas me observaban con condescendencia, con la expresión con que se califica a un imbécil. Para triunfar en la corporación, uno debía ser un egoísta, porque el egoísmo es rentable, y la solidaridad es un obstáculo para la producción ya que conduce a la bancarrota. Fue entonces cuando decidí imitar a mis colegas: rehusé mover un dedo y delegué todo el trabajo al equipo. Cuando mis colegas notaron mi cambio de actitud, me felicitaron y, al parecer, movieron sus hilos de poder para que yo accediera a los beneficios que ellos recibían secretamente. Fue en ese último año que cada fin de mes un sobre de manila aparecía en el buzón de mi oficina. Este incluía tickets para funciones de cine, partidos de fútbol americano y de básquet, entradas al parque de diversiones, bonos, cupones, descuentos a buffets, y demás concesiones que, entendí, se me habían negado por mi solidaridad con los empleados. Así me pasé los últimos meses, invitando a mis primos y amigos a restaurantes y a eventos deportivos. Recuerdo que una amiga se dio el gusto de invitar a su numerosa familia al parque de atracciones “Kings Dominion”. El costo total de las entradas era quinientos dólares, pero todos ingresamos gratis con los tickets que la compañía me obsequió.

Sin embargo, no creo que haya sido realmente feliz. Cada mañana, rumbo al trabajo, sentía que asistía a un infierno. Los principios morales que me inculcaron de pequeño se desvanecían al momento en que ponía un pie en esa fábrica. Sentí que allí todo empleado perdía su humanidad, tanto como opresor o como oprimido, y que todos éramos víctimas del sistema industrial. Mis remordimientos reflotaban cada vez que veía a varios empleados sudar la gota gorda, mientras yo malgastaba mi tiempo en internet, en esa holgazanería y egoísmo que la directiva me había impuesto. En retrospectiva, me atrevería a decir que atravesé un proceso de “alienación” o deshumanización. Karl Marx alguna vez refirió que durante el proceso de producción el empleado se distanciaba de su propósito existencial, pues el trabajo no era parte de su naturaleza, no desarrollaba sus facultades más íntimas y, en el mismo proceso, no se reafirmaba, sino mas bien se negaba a sí mismo. En mi caso, esta deshumanización me convirtió también en un opresor en aquel sistema de explotación donde el único beneficiado sería el producto, el objeto. Era una degradación general: una fábrica en donde todo esfuerzo era para provecho exclusivo del producto y no del personal. También me convencí de que mi ascenso en la jerarquía significó también un descenso en mi humanidad. Un descenso en picada al ocuparme únicamente en realizar mis escasas funciones, y olvidarme del equipo y el departamento. Detalle curioso: al contagiarme de la mediocridad de los demás supervisores, las bonificaciones aumentaron. Por un instante creí que el mundo era regido bajo leyes inversas, pues mientras más mediocre, haragán y complaciente me volví, recibí más dádivas y gratitud por parte de la directiva. Aunque los halagos persistían, yo jamás les creí nada. Conocía bien su destreza en el sucio arte de la hipocresía y, también, su desmedido amor por el dinero. Por ello, recibir halagos de gente así demostraba qué tan bajo había caído. Mi cargo de conciencia se profundizó con el correr de los meses. Un día iba releyendo La Metamorfosis de Kafka, el fragmento en el que Gregorio Samsa, convertido en un enorme insecto, intentaba levantarse de su lecho. De pronto, me di con este párrafo: “Gregorio sólo necesitó escuchar el primer saludo del visitante y ya sabía quién era, el apoderado en persona. ¿Por qué había sido condenado Gregorio a prestar sus servicios en una empresa en la que al más mínimo descuido se concebía inmediatamente la mayor sospecha? ¿Es que todos los empleados, sin excepción, eran unos bribones? ¿Es que no había entre ellos un hombre leal a quien, simplemente porque no hubiese aprovechado para el almacén un par de horas de la mañana, se lo comiesen los remordimientos y francamente no estuviese en condiciones de abandonar la cama?”

Una pregunta me agobió: “¿Desde cuándo me traicioné a mí mismo y me convertí metafóricamente en un insecto? ¿No era el mismo sistema corporativo el que degradaba a todos los empleados en general? Aquella tarde me atreví a abandonar mi realidad alterna. Al desbaratar el espejismo, abrí finalmente los ojos: la realidad es siempre más terrible de lo que uno se imagina. Una semana después visité la oficina del director ejecutivo para informarle que renunciaba.

Durante ese mes, la compañía andaba en celebraciones, pues acababa de fusionarse con la corporación de Hewlett-Packard HP. En mi último día de trabajo, sostuve una larga charla con el director ejecutivo. En un largo soliloquio, este me indicó que era una idiotez renunciar a mi trabajo, pues tenía una carrera asegurada en la compañía. Yo había trabajado muy duro para obtener esa posición. Tenía que reconsiderar mi decisión, pues no me permitiría retornar a la corporación. “Hay muchos empleados que quieren ocupar tu cargo”, me dijo. Le agradecí su interés pero le indiqué que mi decisión era final. El mes siguiente doné todos los muebles de mi apartamento, y mi celular no paró de sonar. Mi familia y amigos se habían enterado de mi renuncia y exigían una explicación. Mis padres en Perú fueron los más conmocionados, y me dijeron que había cometido un gran error, y que prácticamente había arrojado mi futuro por la borda. En una soleada mañana, empaqué mis pertenencias y, a pesar del desconcierto y la amargura de mis padres, me mudé a Nueva York. Era el día 2 de Abril del 2010.

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3 Responses to Crónicas neoyorquinas

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  2. Fabian says:

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