Crónicas neoyorquinas

El barrio de Malcolm (Parte 1)


Por Pedro Moreno Vásquez

Las opciones residenciales que una ciudad como Nueva York ofrece son variadas. En mi caso particular, no me devané los sesos debatiendo a qué vecindario neoyorquino me mudaría. Desde hacía tiempo yo ya había designado el lugar de mi futura residencia: Harlem.

Afirmar que el barrio de Harlem no posee una importancia histórica es faltar a la verdad, pues todas las vecindades neoyorquinas son relevantes. Como es el caso de Wall Street, que es la zona representativa del mundo de las finanzas, Greenwich Village en alguna instancia lo fue para el mundillo literario. Asimismo, lo fueron Midtown y su legendaria avenida Broadway, en donde aún se estrenan varietés de vanguardia, y también el barrio de East Village, que en los sesenta fue el foco del movimiento contracultural y la generación beat. Sin duda, la lista continúa.

Cada avenida de Manhattan posee una riqueza histórica, cada esquina es una ventana hacia el pasado, un mausoleo atiborrado de fantasmas, leyendas, sucesos y personajes históricos que la habitaron. Sería imposible hilvanar en unas cortas líneas la magnífica riqueza cultural que alberga esta ciudad. Sólo me bastó visitar una biblioteca local para hallar un promedio de veinte títulos enfocados en la historia cultural, política y económica de sólo uno de los más de treinta vecindarios que componen la isla de Manhattan. Esto sin señalar que excluyo injustamente a los condados de Queens, Bronx, Brooklyn y Staten Island que, en su conjunto, constituyen la ciudad de Nueva York.

¿Cómo y por qué, con mejores opciones al alcance, elegí al barrio de Harlem? Difícil de explicar. Aunque en mi elección influyó el factor económico (Harlem ofrece la renta más barata de Manhattan), en mi decisión también entró a tallar una curiosidad intelectual. Es aquí en Harlem donde aún persisten las señales de que, a pesar que muchos lo refuten, los Estados Unidos es aún un país esencialmente racista.

Resulta polémico sostener que, después del “movimiento de derechos civiles” de la década de 1960, en el cual los afroamericanos protestaron por obtener sus derechos primordiales, la segregación racial es aún pronunciada. Yo lo experimenté en carne propia al residir en Washington D.C., la capital estadounidense. Inclusive, antes de descubrir los estudios al respecto del profesor Thomas Schelling, me percaté que los vecindarios poseían una peculiar distribución. Bajo el referente de la igualdad, cualquiera supondría que un vecindario designado al azar contaría con una residencia multiracial: latinos, asiáticos, hindúes, blancos y africanos habitando en el mismo barrio. Aunque encontré varios ejemplos loables de integración, honestamente también hallé demasiadas zonas segregadas y, con mi perspectiva de forastero, hasta me pareció que los afroamericanos habían sido hacinados en ámbitos estrechos. Lo mismo ocurría con los residentes hispanos, una cantidad considerable aglomerada en barrios exclusivamente latinos. Tiempo después visité algunos estados del norte de este país (catalogados como tolerantes) y me di de bruces con el mismo patrón de segregación: distritos estrictamente afroamericanos, con escuelas, centros comerciales, clubes e iglesias afroamericanas, y donde es una anomalía ver a una persona blanca. Si escenarios así se presentan en los “estados progresistas y tolerantes”, imagínense qué se podría esperar de los estados sureños del país, como Mississipi o Alabama por citar algún caso, que desde antaño mantienen una tradición racista y segregadora.

Entiendo que la verdad es relativa y que toda generalización es absurda, y sé que existen versiones contrarias cuya autoridad son superiores a la mía. Pero, si el requisito primordial de estas crónicas es la honestidad, es mejor divulgarla sin medias tintas. La verdad aunque severa es amiga verdadera: percibo que en los Estados Unidos prevalece una especie de “apartheid sudafricano”, una estructura de reglas implícitas que van más allá del sistema legal, que influyen a que ciertas áreas se conviertan en residencia estricta para los ciudadanos de tez oscura, sean éstos afroamericanos, latinos o hindúes. Aunque actualmente cualquier individuo es libre de trabajar, residir y desplazarse en sitios de su libre albedrío, existen factores sutiles que restringen esta supuesta libertad, lo que provoca que aquel apartheid todavía se manifieste. Las teorías que intentan dilucidar las causas de este problema son varias. El académico Thomas Schelling, por ejemplo, efectuó un estudio acerca de la segregación urbana y determinó que los norteamericanos no son racistas, sino que su preferencia (a veces inconsciente) por vivir rodeados de vecinos “similares a uno” genera esa separación urbana. Lo desconcertante de su análisis es que inclusive aquellos vecinos “abiertos a la diversidad” acabaron residiendo en zonas segregadas, lo cual lo lleva a concluir que “hasta una minúscula preferencia podría conllevar a una drástica polarización”.

Salvo ciertas excepciones, la cultura estadounidense (películas, shows, revistas, etc.) promociona a la “integración racial” como un objetivo logrado. Nada puede ser más falaz. Es un hecho evidente que el racismo en los Estados Unidos persiste. Sólo en el 2003, los afroamericanos conformaban únicamente el 12% de la población. Sin embargo, dentro de esta minoría se encontraban también el 44% de los presos judiciales y el 24% de los pobres a escala nacional. Un simple análisis matemático de distribución convalida un nivel irregular de discriminación.

La complejidad del racismo es que aquel se manifiesta de varias maneras. El disfraz más común es, sin duda, el estereotipo. Para lo que concierne a la etnia negra, el estereotipo dicta que éstos son flojos, vividores, libertinos y con un pasado criminal. La raza latina tampoco es esquiva al estereotipo y, bajo la influencia absurda de aquel, nos catalogan como “inmigrantes”, un epíteto que infiere desventaja o indigencia, y nos vuelve flanco de la condescendencia y prejuicio ajenos. En muchas ocasiones me he cuestionado: ¿Y por qué los estereotipos más absurdos aún prevalecen?

Para resolver esta interrogante, sería conveniente rescatar la visión del intelectual Walter Lippmann, reputado analista norteamericano, quien señaló que el “plano o realidad objetiva” yacía fuera del alcance de la mayoría y que los ciudadanos no discernían la realidad en primera instancia, sino que preferían sustentar las nociones preconcebidas impuestas por su cultura. Cuando la población interpretaba su realidad, esta no se adecuaba al proceso ideal de “primero analizar y luego definir”, sino que efectuaba lo opuesto “primero definía y luego analizaba” y que, por ende, eran proclives a favorecer lo que su cultura había determinado a priori. Dicho proceso revelaba su vulnerabilidad por no regirse conforme a “la verdad” sino en base a la “opinión popular”, que es una construcción abismalmente subjetiva. Este sistema de símbolos moldeaban su idiosincrasia y distorsionaban su percepción, consolidando aquellos patrones ideológicos denominados estereotipos, mediante los cuales la mayoría optaba por lo fácil: creer mitos vacuos antes que tomarse el trabajo de investigar la verdad. Si las aserciones de Lippmann son válidas, entonces se entiende por qué los estereotipos, por más estúpidos que sean, despliegan un poder ilimitado y a la vez sigiloso, que abarca más allá del sistema legal y el consenso establecido. De aquel conjunto de estereotipos, los de tendencia racial mantienen gran popularidad pues, naturalmente, nada unifica tanto como una imbecilidad compartida.

En Washington, conocí a personas de múltiples estratos a quienes cuestioné acerca de su visión del racismo. Curiosamente, la mayoría de éstos concordaron con la opinión del periodista mexicano Jorge Ramos: en los Estados Unidos, el racismo sigue tan intenso como antes, lo que se ha sofisticado es la hipocresía, o la astucia por disimularlo.

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Hasta que los leones tengan sus propios historiadores,

la historia de la caza siempre glorificará a los cazadores

Chinua Achebe

Quizás sea utópico que, en los últimos cincuenta años, se haya logrado aminorar aquella tradición racista que ha dominado la historia norteamericana. Al consultar las fuentes históricas, sería un craso error revisar los textos aún vigentes en el escenario escolar y académico, debido a que, en la bibliografía histórica escrita en el siglo pasado, las referencias a los afroamericanos e indígenas son generalmente restringidas. Esto es comprensible al examinar bajo qué contexto se construyeron las narrativas oficiales: los historiadores, miembros de una sociedad hermética, seleccionaron sus fuentes en consenso con los valores, ideales, prejuicios y la cultura a la cual pertenecían, y donde la disección de puntos controversiales como la esclavitud, el racismo o la coerción de los indígenas, cuando no eran escasos, carecían de un sentido crítico. Este factor da origen a una pregunta válida: ¿Cuánta falsedad e inexactitud se podría hallar en la Historia escrita por autores que vivieron en una sociedad racista? ¿Qué “objetividad” poseía un erudito si aquel pertenecía a una academia cuya xenofobia era institucional? La historia es una entidad orgánica en perpetuo flujo y sus aserciones o valores deberían ser sujetos a una constante revisión. El debate académico es acalorado y los apologistas de las minorías, como el historiador James W. Loewen, critican la estructura educativa y fomentan una educación multicultural que se debería emprender con la reescritura de la historia, dejando de lado los textos oficiales cuyo sumo propósito fue esparcir dogmas sesgados y simplistas que anularon el sentido crítico del estudiante. Esta nueva historia debía ser producida desde la perspectiva de “los otros”, los relegados o marginados, cuyo discurso era quizás tan o hasta más legítimo que la versión oficial. Afortunadamente, esta narrativa de “the Other” (el otro), aunque secundaria, ha ido en ascenso y ha restablecido aquellas voces silenciadas en el coloquio histórico, además de contribuir un aparente balance, cuyo primer efecto ha sido resquebrajar las “verdades incólumes” inculcadas a varias generaciones. Esta innovación se ha manifestado particularmente en las universidades, donde ya existen departamentos de estudios afroamericanos, indígenas, hispánicos y feministas. Desgraciadamente, en el proceso crucial de la educación escolar el panorama es distinto. En estas escuelas, los textos oficiales aún prevalecen y los niños reciben una educación condicionada, de burdo adoctrinamiento, en la que personajes como Thomas Jefferson son enaltecidos, o elevados al nivel de héroes, pero sin enfatizar que aquel “venerable” patricio era propietario de varios esclavos e inclusive procreó descendientes con una de ellas. En general, estos discursos sólo exponen los sucesos plausibles pero eluden la abrumante injusticia y los torrentes de sangre que yacen detrás del telón. Esta pedagogía lisiada es parte de la educación estatal que, además de deplorable, cae en la bajeza de una instrucción autómata. Los docentes transfieren un conocimiento digerido, exento de crítica, en la cual los estudiantes no son estimulados a cuestionar esas lecciones. Si el ejercicio básico de la educación es destazar, examinar, separar, juzgar, debatir, ampliar, tolerar, y sobre todo, liberar, entonces no sería inexacto afirmar que los alumnos norteamericanos son víctima de un proceso que los reduce, idiotiza, confina, y condiciona a venerar ciertas “verdades sagradas” y, a la misma vez, les inculca a repudiar de toda opinión o crítica que desborde del consenso establecido. En la educación escolar no sólo se enseña a no pensar, sino que se le recompensa, y se sanciona a aquellos que advierten incongruencias o ponen en tela de juicio su pedagogía y contenido. Bajo esta dinámica, son los sumisos, los obedientes, las mentes estériles o, de preferencia, los imbéciles, aquellos que son galardonados con un futuro promisorio, pues estos mismos fortalecen las estructuras de poder que, a su vez, los recompensa magníficamente. Pareciese que, consciente que la “realidad” es la mejor pedagoga, el régimen educativo se ha encargado de negarla, reducirla o disfrazarla con la imposición de una visión embustera del mundo o pseudorealidad, con lecciones de historia que son meras leyendas confabuladas con el propósito de mitificar esta nación, glorificar a genocidas, robustecer el patriotismo, y anestesiar la inteligencia con dogmas cretinos de “el bien o el mal” que, la historia es testigo, deberían someterse a un perpetuo cuestionamiento. La función primordial de la educación es despertar el don infernal de la lucidez pero, en el estado actual, la educación sólo promueve (y refuerza) la tara de la estupidez.

En lo que a mí concierne, me tomé la licencia de validar estos textos “marginales” que exponen la faceta verídica de los patriarcas que las multitudes estadounidenses veneran fervientemente. Si el deber del intelectual es investigar arduamente la verdad, sería prudente abandonar ciertos tomos embaucadores que retratan mitologías con héroes pedestres. Este es un ejercicio desconsolador. Al examinar la abominable realidad, es imposible no consumirse en aquella hoguera, la innata insatisfacción, el furor, la impaciencia, la frustración y la amargura. Las pasiones que lo moverán a despedazar esta deleznable realidad por medio de la prosa y las ideas, en pos de sembrar los cimientos de un mundo mejor.

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Desde un inicio, la raza blanca estadounidense utilizó la segregación para mantener su supremacía en todos los ámbitos. Lo hicieron desde que esclavizaron a los negros africanos para que laboraran en sus haciendas. Era la época en que las colonias norteamericanas intentaban emanciparse del dominio inglés. Se originó un movimiento de sublevación ante la supuesta crueldad del imperio británico. La campaña revolucionaria se consolidó con la redacción de la “Declaración de la Independencia,” que incluía los generosos enunciados: “toda la humanidad fue creada en igualdad” y “que el Creador les había concedido ciertos derechos inamovibles como la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”. Pero, menuda ironía, al pregonar tales derechos a los cuatro vientos, no cesaron de adquirir esclavos para someterlos, látigo en mano, a jornadas inhumanas de trabajo. Precisamente, aquellas colonias que se rasgaban las vestiduras en nombre de la justicia, alcanzaron sus derechos “inamovibles de vida, libertad y la búsqueda de la felicidad” practicando rigurosamente lo opuesto: asesinando, esclavizando y oprimiendo a las “razas inferiores”.

Acaecida la revolución estadounidense, las colonias lograron liberarse del yugo británico. De acuerdo a la opinión del estadounidense, aquella revolución fue un hito histórico, un episodio noble, heroico y loable. Pero sería preciso acotar que fue también una operación inhumana, genocida y sobre todo racista, que mantuvo a los indígenas y africanos en estado de sumisión. Aquellas “colonias generosas” fueron complotando la expulsión de las tribus aborígenes con estratagemas violentas que culminaron con la masacre de millones de indígenas. Sin ahondar en detalles, George Washington, el patriarca más reputado de esta nación y referencia frecuente de los presidentes, fue en realidad un sanguinario genocida que coordinó la masacre de los indígenas “Iroquois”, cuando dichas tribus se amotinaron ante los invasores. El máximo ícono norteamericano ordenó: “el objetivo inmediato es el total aniquilamiento de sus aldeas, y la captura de la mayor cantidad de prisioneros de cualquier edad o sexo…. no cederás a ninguna petición pacifista antes que efectúes la total destrucción de sus aldeas”.

Después, en un discurso inaugural, y para no desentonar con las continuas referencias a Dios en la “Declaración de Independencia”, George Washington tuvo la desfachatez de inferir que los Estados Unidos fue guiado por una “sagrada Providencia” y “las sonrisas propicias del Cielo”, y que su triunfo era lo que “el Cielo había ordenado”. Como diría Luis Buñuel: Dios y la Patria son un equipo imbatible; baten todos los records de opresión y derramamiento de sangre.

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Obviamente, el racismo ha degradado todas las estructuras sociales. La historia de la educación, por ejemplo, devela el afán despótico por mantener a los negros en el estado servil otorgado por la ignorancia. La educación (o conocimiento) era una plaga perniciosa que se debía rebatir a toda costa. Fue por ello que las élites impusieron reglas para entronizar la tan “provechosa” ignorancia. Se prohibió estrictamente enseñar a los esclavos a leer o escribir pues, según el historiador Leon P. Litwack, el “analfabetismo de los negros era esencial para la seguridad interna de los estados”. Aunque la alfabetización de los negros no era penalizada en los estados norteños, la educación de estos se efectuó en “escuelas para negros”. La primera vez que se intentó desegregar una escuela en los Estados Unidos fue en 1832. En el estado norteño de Connecticut, la profesora Prudence Crandall fue encarcelada por cometer un aberrante crimen: admitir a una niña afroamericana en su clase. Cuando le concedieron la libertad, la profesora retornó a su escuela y descubrió que aquella había sido reducida a la ceniza.

Durante la década de 1860 se desencadenó la Guerra Civil Norteamericana, en la que los estados norteños se enfrentaron a los estados del Sur. Los estados norteños se oponían a la esclavitud, y presionaron a los estados sureños para que la abolieran. Un conflicto generado por diferencias ideológicas y económicas que, estudiadas meticulosamente (tarifas proteccionistas, apoyo financiero, expansión de mercados, etc.), tienden a eclipsar las razones altruistas: la abolición del despótico sistema de esclavitud. El presidente Abraham Lincoln es retratado por la Historia (y también por Hollywood) como un abolicionista abnegado, cuando su verdadero propósito fue “tratar de salvar la unión de los estados”. El presidente Lincoln “de ninguna manera defendía la igualdad entre las razas”, sino que prefería un orden jerárquico en el que “la posición de superioridad le pertenecía a la raza blanca”.

En esos años solo el 6% de los negros eran instruidos en escuelas segregadas. Después de la Guerra Civil y abolida la esclavitud, el gobierno federal (del Norte) instauró varias escuelas para negros en los estados del Sur. Varios profesores de los estados norteños emigraron al sur para inaugurar esas escuelas. Lógicamente, estos docentes debieron soportar la intimidación de los residentes locales. A finales de la década de 1870, y concluido el proceso de reconstrucción, el gobierno federal aligeró su ímpetu por educar a los negros en el Sur. Fue así que el gobierno estatal retomó las riendas con las esperadas consecuencias: cientos de escuelas para negros fueron clausuradas. A continuación, los estados sureños promulgaron leyes para reforzar su política racista y relegar a los negros a su anterior estatus: negarles el derecho al voto y ejercer cargos públicos, y conminarlos a los peores trabajos, viviendas, transportes y servicios. Estas leyes institucionalizaron la práctica del racismo, es decir, la legalización del odio: odiar, despreciar y humillar a los negros era un derecho que las leyes te concedían y, para ser un ciudadano comedido, uno tenía que acatarlas. Esta implementación oficial del odio generó un tácito retroceso a la era cavernaria: los negros fueron víctimas de miles de linchamientos, asesinatos, violaciones, y varias escuelas y comunidades negras fueron incendiadas.

Ante la protesta de algunos ciudadanos, las autoridades hicieron poco o nada por ajusticiar a los agraviados. Y a medida que se incendiaban las escuelas para negros, el gobierno modernizó las instalaciones y el currículum de las escuelas para blancos. De esta manera, las escasas escuelas para negros que sobraron presentaban una fachada deplorable. La infraestructura era precaria, los profesores casi analfabetos, los cursos escasos y obsoletos, y los libros, además de viejos, incluían las lecciones que la raza negra “era inferior y que no podría sobrevivir sin el sustento de la benevolente raza blanca”. Aunque la esclavitud fue abolida, el antiquísimo sistema de explotación persistió, pero esta vez camuflado bajo nuevas convenciones: una estructura judicial y carcelaria que conminaba a los reos a trabajos forzados. Los estados del Sur, asociados con las corporaciones y la élite empresarial, comisionaba destacamentos de convictos a trabajar en las minas y haciendas desperdigadas en sus territorios. Naturalmente, las jornadas laborales eran prolongadas, las condiciones de trabajo inhumanas, y la salud de los convictos algo irrelevante; prácticamente los sentenciados fueron manipulados como animales. Y dicho esto, es saludable detenerse aquí.

Es tan extensa la lista de atrocidades perpetradas por la “benevolente raza blanca” que, para mantener la objetividad, es necesario obviarla. En conclusión, esta política inhumana continuó hasta 1960, época en que se desató el movimiento de derechos civiles.

*****

Al llegar a Harlem, me instalé en un departamento en la avenida Lenox y la calle 125. Con mi escaso presupuesto, solo pude costear una diminuta habitación de aquel departamento, situado en la quinta planta de un edificio de elegante arquitectura. La ventaja era que me ubicaba a solo una cuadra de la calle 125, que es el sector de mayor afluencia del norte de Manhattan. La calle 125 se extiende desde Morningside (Oeste de Manhattan) hasta los confines de “El Barrio” (Este), y es una avenida céntrica colmada por tiendas y centros comerciales, y donde varios stands callejeros se disputan un espacio en las veredas.

Para esto, yo ya había investigado un poco de la historia de Harlem. A principios de siglo, los estudios demográficos señalaban a Harlem como una comunidad judío-italiana. Pero desde 1905 surgió un inusitado desplazamiento vecinal, por el cual los negros provenientes del Sur comenzaron a establecerse en esta zona, un flujo migratorio que continuó firme hasta 1914. Los residentes blancos de Harlem se organizaron para detener aquella “invasión negra”, pero la mayoría prefirió desertar de allí hasta que, en 1930, Harlem se transformó en un barrio estrictamente afroamericano. Los sociólogos denominan a este proceso “Guetoización”, para señalar además que el sostén gubernamental, político y económico fue aminorándose a medida que los afroamericanos se instalaban en este barrio. Mientras la comunidad negra se acrecentaba, la política exclusionista del gobierno se recrudeció: se planeaba la edificación de rascacielos y suntuosos anfiteatros en bajo Manhattan, pero las viviendas de Harlem se apolillaban en el olvido. Aunque Nueva York es una ciudad progresista, las consecuencias de la segregación y el racismo se manifestaron. Harlem fue radicalmente desarraigado del sistema, y la sobrepoblación, la pobreza, el desempleo, el crimen, las enfermedades, la suciedad, la mísera infraestructura y la brutalidad policial eran el pan de cada día. Esta degradación quizás incentivó las revueltas acaecidas en los años 1935 y 1943, en las cuales la comunidad protagonizó violentas reyertas con la policía, cuyas secuelas dejaron centenares de heridos y costosos daños materiales. Sin embargo, los férreos prejuicios raciales se mantuvieron. A pesar de las airadas protestas, la situación no mejoró: en 1950, por ejemplo, un “promedio semanal de quince a veinticinco niños en Harlem eran mordidos por ratas callejeras”.

Sesenta años después, Harlem todavía es catalogado como el barrio más decadente de Manhattan. Los neoyorquinos se refieren a él con desdén y los comentarios sobre crímenes y vandalismo son frecuentes. La opinión general dicta que es “saludable mudarse de allí cuanto antes”. Sin embargo, aunque ahora no resido allí, la imagen de Harlem sigue impregnada en mi memoria y mis amigos se ríen cuando menciono que extraño vivir allí.

La comunidad de Harlem es extensa y se divide en tres segmentos: Harlem Oeste o Morningside, donde el vecindario es generalmente blanco; Harlem Este o “El Barrio”, caracterizado por su comunidad latina; y Harlem Central o “Harlem Negro” a donde me mudé. Precisamente, allí es donde reside la mayoría de afroamericanos de baja condición social, es decir, la gente que vive del “programa de asistencia social”. Según el último censo, casi la mitad de la población en Harlem sobrevive gracias al apoyo económico del gobierno, el cual les proporciona vivienda y alimentación básica, condiciones que influyen en que este barrio sea catalogado como un “gueto.” Este altísimo porcentaje de dependencia distingue a este gueto como uno de los focos de la “Cultura de la pobreza” en Nueva York. Al referirme a esta cultura específica, debería mencionar al antropólogo Oscar Lewis, quien fue su primer proponente. La Cultura de la pobreza consiste en la escala de valores sostenida por los pobres, el conjunto de creencias que esta clase promueve para lidiar con su realidad social y, simultáneamente, irla construyendo o moldeando. Esta cultura encarna una actitud defensiva y crítica, y proclama que la realidad es abrumadora y que ellos (los pobres) carecen de la capacidad o herramientas para confrontarla y, conforme a esta aseveración, demanda que el gobierno “corrupto y degenerado” debe asistirlos. Puesta en contraste, esta cultura es diametralmente opuesta al credo de la clase media, quienes sitúan a la disciplina, la iniciativa y el trabajo tenaz como pilares fundamentales. Oscar Lewis argumentó que la cultura de la pobreza se perpetuaba a través de las generaciones y se nutría desde la niñez, período en el cual los niños asimilaban el pensamiento, opiniones, manías y el estilo de vida de los padres, y que criarse en ese entorno los incapacitaba en aprovechar las oportunidades futuras que podrían aparecer. Dicha teoría se reforzaba con estudios que confirmaban que la cultura de la pobreza procreaba niños desmoralizados, sin ambición, ética, ni confianza en sí mismos, consolidando una “mentalidad de fracasado” que es generalmente la mentalidad del oprimido.

Esta decadencia moral parecía aflorar por doquier en el barrio de Harlem. Apenas me mudé, pude divisar a varias pandillas juveniles avanzando a lo largo de las avenidas céntricas, dialogando a viva voz, y con las miradas alertas ante cualquier peligro, ya que las disputas callejeras proliferan en esta zona. Cada vez que me crucé con esas pandillas, ellos me observaron fijamente, sin apartar la mirada, con la señal implícita que este territorio les pertenecía. Yo me limité a saludarlos de lejos y continuar mi rumbo. Semanas después me convencí de que estos jóvenes no trabajaban, ni estudiaban, y que se sustentaban por medio de oficios ilícitos. Era evidente que su costumbre de deambular por las calles,  agruparse en las veredas para charlar o escuchar música, estar radicalmente excluidos, vivir a la deriva, conforme a la intensidad del momento y sin ningún proyecto futuro, era producto de la cultura de la pobreza bajo la cual crecieron y que, desgraciadamente, estos serían los mismos valores que ellos transmitirían a sus hijos, como un eslabón de una cadena interminable.

Este sistema de ideas, o mentalidad de oprimido, guarda una sólida vigencia en Harlem, y es respetado inclusive por los inmigrantes latinos de “El Barrio”. Al instalarme en la habitación que alquilé, la dueña del departamento, una señora centroamericana llamada Dina, me invitó a cenar. Mientras disponía la cena sobre la mesa, que consistió en tortillas y menestras, Dina me refirió algunos pormenores de Harlem. Ella vivía en aquel edificio desde 1985, año en que se casó con un afroamericano para poder “legalizar su situación”. Dina me comentó que últimamente el vecindario había progresado y se había vuelto respetable. Actualmente no había tanta suciedad como antaño y las pandillas que yo había visto no eran un problema. En los años noventa, había unas veinte pandillas más y esas sí que eran peligrosas. En aquel tiempo, la policía patrullaba la zona las veinticuatro horas del día, y las calles eran inmundas, bulliciosas y “siempre estaban llenas de morenos”. Las pandillas de ahora son pocas y muy inofensivas. Como tú puedes notar, no hay mucha gente allá afuera, me dijo. Antes era habitual encontrar a holgazanes libando licor, prostitutas en búsqueda de clientes, vivanderas, orates y vagabundos mendigando o haciendo lo que les plazca en plena vía pública. Pero desde los años noventa, el alcalde Rudolf Giuliani, con el apoyo incondicional de la policía, aplicó una estrategia de “cero tolerancia” para restablecer el orden en las calles.

En el año 2000, el esposo de Dina falleció víctima del cáncer. Desde que Dina enviudó, se dedicó a rentar las habitaciones de su apartamento. Era un negocio rentable, según ella, ya que siempre llegaban forasteros, como yo, a aventurarse a vivir en esta jungla sanguinaria de Nueva York. Todo el mundo cree que es fácil; pero la mayoría no aguanta y se van a los pocos meses, me dijo, sonriente. Sin ruborizarse, Dina me informó que desde hacía once años que no tenía empleo y que tampoco tenía interés en buscar uno, ya que se mantenía con las pensiones que el “gobierno desgraciado” le facilitaba.

Jamás olvidaré el asombro que me embargó al referirle que yo había vivido por muchos años en Washington D.C. Ella me respondió sin pudor: “Oh, en Washington no te dan ninguna ayuda. ¡Vos has hecho muy bien en mudarte a Nueva York! El estado nos ofrece mucha ayuda a nosotros los inmigrantes. Tienes que quedarte aquí para recibir la ayuda del estado, muchacho. Aprovéchalo vos, hay que saber exprimir a la gente del gobierno.”

Me quedé desconcertado, sin atinar a responderle. Fue mi primer contacto con la “Cultura de la pobreza.”

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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3 Responses to Crónicas neoyorquinas

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    Tu prima Romi

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