SERÉ BREVE

ÓBITO (25.05.2009)




Por Oriana Pickmann


Era el día de su entierro. El problema era que se sentía lleno de vida. Había gozo en su corazón, risa en su alma, amor en sus pupilas. Su familia y sus amigos decidieron decirle adiós. Las flores primorosas, el cajón oval, la música sutil, el café y los cigarrillos. Y él, paseando por todas las habitaciones, tratando de convencerles de que todo era un error.

—Mírenme, carajo, por estas venas corre sangre todavía.

No había caso. Era como si no existiera. Lo limpiaron, lo vistieron con el mejor de sus trajes, lo peinaron y le engominaron el bigote de gallardo coronel. Y él reclamando que no, que nunca había llevado el cabello para la derecha, que nadie le conoce en esta familia, que esos lentes son para leer, que esos zapatos siempre le causaron calambres. Daba lo mismo. Lo colocaron en el cajón como a un delicioso recién nacido.

Llegaron los dolientes, las lloronas. Se tomaron el café y se fumaron los cigarrillos. A él, ni una mirada. En su cajón, soltaba su diatriba.

Lo enterraron a las cinco de la tarde, sin lluvias, sin grandes ceremonias, vivo.



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