El búho insomne
Monday February 06th 2012, 10:07 am
Filed under:
Columnas
EN LIMA, PARÍS Y AILLEURS
(UBICUO COMO SIEMPRE…)
Por José Rosas Ribeyro
Empiezo a escribir esto un martes, día nublado y bastante triste. Hace ya más de dos meses que estoy en Lima preguntándome por momentos qué hago acá exactamente, aunque en otros momentos disfruto con plenitud este cambio de paisaje, de olores, de sabores, de noticias, y aprecio la conversación con los amigos y con mi hermana. Debo confesar que en este tiempo transcurrido aquí ha habido veces en que he querido regresarme a París. Ha sido el caso cuando he estado enfermo y el dolor me ha llevado a añorar mi departamento con vista sobre el Sena, en el que vivo hace unos dieciocho años. Como si en París el dolor doliera menos que acá, lo cual no es cierto. Empiezo a escribir esto, además, después de haber sobrevivido una vez más a las llamadas fiestas navideñas. No voy a darle vueltas al asunto: detesto la Navidad y también el año nuevo, y todo ese periodo que comienza alrededor del veintitantos de diciembre y acaba, ¡felizmente!, el 2 de enero. Creo que detesté siempre este momento final del año, pero antes en silencio, como resignado, mientras que ahora confieso abiertamente mi detestación, aunque algunos me miren por ello como si yo fuera un bicho raro, un monstruo o un desdichado. Voilà. Tenía que decirlo antes de pasar a otras cosas. Y la primera de ellas es un viaje que hice a Caracas.

Caracas o el infierno
De los dos meses en que ando por estas tierras del sur de América, diez días de noviembre los pasé en Caracas. Fui invitado por el festival Documenta para que participara en el jurado del Premio Regional Andino de Cine Documental y aproveché mi estadía allá para recorrer lo más que pude la capital venezolana. Yo soy un peatón inveterado y evito tomar cualquier tipo de transporte si es que puedo llegar a pie al lugar al que me dirijo. Soy, en definitiva, el contrario absoluto del caraqueño, ya que este coge el automóvil para ir a la esquina de su casa a comprar pan. Exagero solo un poco. La ciudad, por cierto, no ha sido erigida para gente como yo: Caracas es una urbe en la que las aceras desaparecen de repente al igual que los peatones y donde reina el coche por encima y por debajo de todo. Los hay por millones, circulan por todas partes movidos por la gasolina más barata del mundo: una botella de agua cuesta más que llenar el tanque del vehículo. Aunque “circular” no sea tal vez el verbo más apropiado para hablar de los autos en Caracas, porque la mayor parte del tiempo están detenidos o avanzan a paso de tortuga pegados unos a otros provocando la infernal imagen de una Metropolis como la imaginada por Lang para el cine, pero en un país subdesarrollado, y acarreando también una contaminación del aire que si no mata masivamente a la población debe de ser, me digo, porque a la ciudad la protege no Dios ni ningún santo sino el mismísimo monte Ávila y su magnífico verdor. Los únicos lugares por los cuales la gente camina protegida de los autos y de las lluvias torrenciales son las galerías comerciales, oscuras, tristes y, por lo general, bastante desagradables. En esta ciudad infernal llamada Caracas, hay pocos cafés y restaurantes y estos, normalmente, son caros, malos y brindan un servicio deplorable. Digo esto, por supuesto, sobre los que están al alcance del común de los mortales porque, por supuesto, hay otros destinados a clientes gastrónomos y pudientes, que son mejores. Debo precisar, sin embargo, que los franceses me alojaron en un hotel de cinco estrellas ubicado en Altamira, un barrio menos inhumano que los del centro, y aún allí el servicio era bastante deplorable. Dos ejemplos: en las suites el acceso a internet era prehistórico y una ducha oscura y estrecha sería aceptable en un hotel de menor categoría pero no en uno que se pretende de súper lujo.
Yo no sé por qué es así, pero Caracas casi no tiene un casco histórico. Como que las autoridades de la ciudad demolieron en algún momento los edificios de origen colonial, obnubilados por la quimera del progreso. Hoy quedan por ahí unas cuantas casas del siglo XIX, dos de ellas ligadas a Bolívar, que se han restaurado o que se está tratando de salvar del derrumbe: estas frágiles construcciones parecen apachurradas por los muy altos y feos edificios que ayer debieron ser el orgullo de una sociedad particularmente arrogante debido a la riqueza petrolera, pero que hoy se encuentran tugurizados. Hay también muy pocas plazas en las cuales se pueda pasear, sentarse a descansar, conversar, fumar un cigarrillo o tomar un helado. En el centro de Caracas la más importante y no desprovista de gracia es la plaza Bolívar, núcleo popular y chavista (el clientelismo da frutos), sin embargo, estando allí de repente se da uno con la sorpresa de encontrarse en La Habana. Los rostros de Chávez, Fidel Castro, Che Guevara y Bolívar aparecen por todas partes, al lado de tremebundas consignas de otra época como: “¡Patria o Muerte!”, “¡Socialismo o Muerte!”. No lejos de allí y de un local partidario chavista, existen incluso unas tiendas “socialistas” que ha inventado el demagógico presidente venezolano como para que Caracas se parezca más a la capital cubana: en ellas se vende a precio muy barato café o chocolate “socialistas” a quienes estén dispuestos a hacer la cola con la paciencia de un habanero. Cola que, por cierto, invade la calle, una calle que, como la mayoría de las de Caracas, estará invadida a su vez por enormes y pestilentes montañas de basura.
La ciudad de los altos edificios se encuentra rodeada por villas miseria: por orden del gobierno las casuchas que se elevan hacia la montaña han sido pintadas de llamativos colores, eso le confiere un alegre tipismo que seguro sabrían apreciar los turistas que pasearían por Caracas si es que no fueran inexistentes. Sin embargo, debo decir, en honor a la verdad, que esta ciudad que, por contraste, me produjo la sensación de que Lima era el paraíso, posee bellos museos financiados por el estado, en los cuales se exhiben obras de Picasso, Bacon y otros de los genios del arte contemporáneo, como también una ciudad universitaria que es Patrimonio de la Humanidad debido, por un lado, a su arquitectura y, por otro, a la cantidad de valiosas obras de arte que posee en sus muros, patios y jardines. Mientras yo estuve en Caracas pude ver, además, como se aprovecha la importante red de museos de la ciudad para acoger festivales artísticos diversos. Y pude asistir, por ejemplo, al V Encuentro de Arte Corporal, una manifestación en la que confluyen performances, diseño vestimentario, danza, pintura sobre la piel, tatuajes y otras manifestaciones artísticas que tienen como materia principal el cuerpo humano. Vale la pena destacar también que en Caracas hay verdaderas casas editoras que publican, a veces con ayuda del estado, libros de muy buena calidad. Los cuales se distribuyen a través de librerías “elitistas”, como la de Los Galpones, que visité en compañía del poeta Octavio Armand, o de la cadena estatal de librerías populares.
Estas son algunas de las impresiones que capté en mis ratos libres (y tuve muchos) en que recorrí a pie kilómetros de una ciudad hostil a un individuo peatón como yo. Decía antes que mi presencia en Caracas se debió al festival Documenta, ahora, pues, voy a eso.

Documenta: la recreación del mundo real
Estuve en Caracas representando al festival Documenta de Lyon (Francia) en el evento que lleva el mismo nombre en la capital venezolana. Y como tal participé en el jurado que otorgó el 2° Premio Regional Andino de Cine Documental a algunas de las 28 películas seleccionadas. Con el auspicio de la Embajada de Francia en Venezuela, la Alianza Francesa, el Instituto Francés y otras entidades tanto francesas como venezolanas, el festival tiene como objetivo difundir el documental de creación, ir formando un público para este tipo de cine y alentar la propia creación en los cinco países incluidos oficialmente en la llamada “área andina”: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Plenamente inscritos en esta idea de que el documental es un género cinematográfico de creación y no un mero reportaje televisivo los miembros del jurado vimos, analizamos, discutimos, juzgamos los filmes presentados a concurso y premiamos a algunos de ellos. El jurado en el que participé yo debió elegir un filme en las secciones cortometraje, largometraje y ópera prima. Otro jurado se encargó de otorgar los premios de la competencia estrictamente venezolana y de la sección de películas con temática indígena.
En honor a la verdad, debo decir para empezar que la competencia de cortometrajes no despertó nuestro entusiasmo y que eso se refleja, por cierto, en la premiación, ya que en definitiva se trató solamente de destacar un filme dentro de un conjunto bastante mediocre. Por decisión mayoritaria del jurado, se premió al venezolano Ricardo Armas Galindo por La familia de María, película realizada en Buenos Aires en el seno de una familia que adoptó a una niña de dos años. El realizador cuenta la historia de dicha adopción de tal manera que aparece como un caso que podríamos calificar de modélico, ejemplar. Debo confesar que ese cine que quiere dar lecciones de vida no es algo que me atraiga y que yo opté por dar mi voto a Ciudad de letras, filme del colombiano Julio Oyaga Martínez que cuenta en versos visuales, a veces desaliñados, la historia de un poeta callejero tentado por la actitud maldita ante la vida y la autodestrucción. En las otras dos secciones de las que se ocupó el jurado en el que participé, destacaron de manera casi unánime dos películas realizadas por mujeres: Retratos de la ausencia, de la colombiana Camila Rodríguez Triana, y Abuelos, de la ecuatoriana Carla Valencia Dávila. La primera presenta con un punto de vista muy personal e imágenes y textos no solo bellos sino muy adecuados, la historia de unos niños que viven alejados de sus padres porque estos han debido emigrar a otras regiones en busca de trabajo. A diferencia de tantas otras producciones que presentarían esta temática con la mirada rápida y superficial del reportaje para la televisión, Retratos de la ausencia aborda esta problemática real en el mundo latinoamericano de hoy con un espíritu de creación y una mirada que por ser personal es artística. El resultado es excelente y el filme se hizo merecedor del gran premio del festival Documenta de Caracas. De similar nivel de excelencia es, sin embargo, Abuelos, filme a través del cual Carla Valencia Dávila va al encuentro de sus dos abuelos: por un lado, Remo, un médico autodidacta, medio curandero, que busca el secreto de la inmortalidad y, por otro, Juan, chileno, militante sindical de izquierda asesinado por la dictadura de Pinochet. Estos abuelos tan distintos uno del otro representan de alguna forma los dos sueños latinoamericanos: el del pensamiento mágico y lo real maravilloso, y el de la transformación política, social y económica. De una manera sensible e intimista, y en dos paisajes que todo opone, Carla Valencia Dávila nos presenta el destino trágico de un continente a través de dos utopías que han terminado en rotundos fracasos. Demás está decir que la única película peruana de la selección (Cerro de Pasco, profunda sepultura, de Álvaro Sarmiento) estaba lejos, muy lejos, de los niveles de calidad de las películas premiadas.
Antes de concluir esta aproximación a lo que vi en Caracas, en el festival Documenta, quiero destacar, como lo hice durante la ceremonia de clausura del evento, la importante y valiosa participación de cineastas mujeres. Líneas arriba mencionaba a dos de ellas premiadas por el jurado en el que participé yo: Camila Rodríguez Triana y Carla Valencia Dávila. Además de ellas, otras fueron destacadas por el otro jurado: Andrea Carolina López López, Rosana Matecki Celis, ambas de Venezuela, y Marta Rodríguez de Silva, gran documentalista colombiana. A ellas quiero añadir aquí los nombres de las otras cineastas seleccionadas en Documenta 2011: Kaori Flores Yonekura, Clarissa Duque, Andrea Rey Sánchez, Elizabeth Pirela, Gabriela Alexandra González y Ana María Salas. Esta última, colombiana residente en París, nos entregó un bello ensayo de diario íntimo en imágenes titulado Frente al espejo, que es una clara muestra de su talento y su espíritu inventivo.
Ojos que ven
Ya de regreso en Lima proseguí el ejercicio visual iniciado en Caracas. En las tres veces coronada (y destronada) capital del Perú hay siempre cosas que ver, exposiciones temporales de calidad, que son como una revancha ante la pobreza de los museos en todo lo que no es colonial y precolombino. ¡Pensar que mientras en Venezuela se adquirían auténticos Picasso y Bacon para el Museo de Arte Contemporáneo y se le encargaban murales a Leger y móviles gigantescos a Calder para la Universidad Central, en el Perú la Universidad de San Marcos compraba humildes reproducciones de grandes artistas de todos los tiempos para que los estudiantes tuvieran algo con qué cultivar sus ojos!
Empecé, creo, por la exposición de José Tola en la galería de la municipalidad de Miraflores… Aunque no, primero asistí en el Centro Cultural de España a algunas de las Experiencias de la carne del encuentro de performances. De lo poco que, desgraciadamente, pude ver, se me ha quedado grabado en la memoria la imagen de Cecilia Podestá saliendo de un envoltorio plástico, cual crisálida, mientras escuchamos (y cantamos) el himno nacional, y ya ella con el cuerpo liberado orina trágicamente ente los ojos asombrados del público. Por su poesía escrita y sus performances, ambas siempre estremecedoras, creo yo que Cecilia Podestá es una de las más importantes creadoras jóvenes del Perú. Y ahora sí, unas palabras sobre Tola y Ety Fefer y su muestra titulada Guerreros, monstruos y bestias. Recorrer las salas de la exposición tenía algo de aventura extraterrestre, ya que nos dábamos cara a cara con personajes extraños, entre humanos y animales, surgidos de la parte negra de la imaginación y los sueños de ambos creadores. Tola es pesimista ante la especie humana y, sin embargo, sus personajes, tanto los estáticos como los móviles realizados con Fefer -que parece que bailaran-, son todos muy coloridos. En resumen: una experiencia visual fuerte, difícil de olvidar.
Sumamente ambiciosa e interesante la enorme exposición Dibujando la historia moderna de Fernando Bryce tanto en la Fundación Telefónica como en las salas del Mali. A este artista se le ocurrió hace años dejar huella de la historia contemporánea y sus diversos avatares a través de dibujos suyos que son reproducciones en tinta china de documentos, fotos y publicaciones diversas correspondientes a los hechos históricos, personajes y espacios geográficos que trata. Son relecturas artísticas de la gran iconografía del mundo, un trabajo que empezó siendo meramente conceptual y derivó después en obras tangibles, de las cuales se exhiben veintidós series y un total de alrededor de dos mil piezas. Impresionante trabajo híbrido, excesivo, alejado de los géneros tradicionales de la pintura que, por eso mismo, no es comprendido por Fernando de Szyszlo, uno de los patriarcas del arte contemporáneo peruano. Sin mencionar nominalmente a Bryce, Szyszlo viene denigrándolo en los medios en cuanto le dan la palabra. Así, por ejemplo, en el diario La República (9/12/2011) dice: “En materia de la situación del arte actual, sí soy pesimista. Yo creo que estamos en un mal momento. Se han perdido los valores. Porque juntan páginas y páginas de periódicos creen que hacen arte. Puede ser que hagan un acto, intelectual si quieren, pero de arte no tiene nada que ver.” En otras palabras, Szyszlo dice que el trabajo de uno de los mayores artistas peruanos de hoy no tiene nada que ver con el arte. Eso se explica porque más allá de lo suyo, o sea, la pintura sobre un lienzo o los grabados, Szyszlo ya no entiende el arte: lo que no cuadra con su propia concepción pictórica para él sencillamente no existe. Es verdad que es un hombre ya mayor, un anciano que fue un artista destacado y que hoy funge, desde la derecha, de oráculo menor de la política peruana, pero la vejez física no tiene que ser siempre, como en este caso, vejez mental. Lamentable.
Menciono rápidamente otras dos exposiciones que me han gustado: la de las representaciones arquitecturales en la cerámica precolombina en el Mali, y Ficciones asiáticas, insólitas fotografías de hoy de artistas chinos, japoneses y coreanos en el Centro Cultural de la Católica, para detenerme un momento en La ruta del sol, impresionante trabajo fotográfico de Frank Gaudlitz, exhibido en la galería Pancho Fierro. El fotógrafo alemán ha hecho parte del recorrido que su compatriota Alexander von Humboldt realizó a principios del siglo XIX por tierras de Ecuador, Perú y Colombia. Y allí donde el científico escribía sus impresiones y reflexiones en un diario de viaje, Gaudlitz ha tomado fotos. Magníficas series de imágenes en blanco y negro de los paisajes, cortadas de vez en cuando por excelentes retratos en colores de personas encontradas durante el trayecto. Debo decir que esta exposición me dejó encantado, más estremecido que durante un temblor de Lima. Y me llevó a anotar esta frase escrita por Humboldt el 13 de septiembre de 1802 y aún tan vigente: “¡Bienaventurado el hombre que reconoce sus límites y que no considera las nubes como el horizonte que está buscando!” Tarea urgente: leer el diario de Humboldt.

Elogio de la inestabilidad
A Carlos Carnero siempre le gustó trabajar con las manos. Me contó que de niño hacía cometas y otros juguetes, utilizando la madera y que, en un momento dado, transformó el garaje de su casa en taller de construcción de objetos lúdicos. Mientras se iba apasionando por la poesía, convirtió su pasión inicial por la madera en forma de vida: se hizo pequeño industrial y dirigió durante una década una empresa que fabricaba juguetes. Un día, sin embargo, presionado tal vez por la competencia desigual de los productos venidos de China, dejó eso y cambió de vida. Cambió de vida pero no traicionó la idea de dedicarse a lo que le gusta: dejó, pues, la madera y puso su esfuerzo en crear un lugar de poesía, un lugar donde reinan los libros de poesía de ayer y de hoy, de aquí y de todas partes. Ese lugar, desde hace poco tiempo, se encuentra en Miraflores, en la calle Porta, y es la Librería Inestable.
De todas las maneras posibles Carlos Carnero se procura primeras ediciones de poemarios, revistas antiguas, libros actuales editados en pequeñísimos tirajes y, en paralelo, fabrica o hace fabricar objetos diversos en los que quedan estampadas huellas diversas de la poesía. Su Librería Inestable es un pequeño espacio en el que da gusto estar, sea buscando en los estantes al poeta hasta entonces desconocido o al autor del que se quiere tener un libro inhallable, sea conversando con el feliz librero, un hombre tranquilo y extremadamente afable, cuarentón juvenil de voz dulce y sonrisa tímida, curioso buscador de antigüedades vigorosas y entusiasta descubridor de la poesía viva de hoy. En medio de la ruidosa calle Porta, rodeada por restaurantes baratos en los que se come escuchando cumbia andina, al lado de la quinta en la que Varguitas vivió medio clandestino con la tía Julia, está la Librería Inestable, un poema tangible de Carlos Carnero Figuerola. Yo no sé si estás líneas son un homenaje o un testimonio de amistad. Es probable que sean las dos cosas a la vez pues haberlo conocido a él, haber descubierto su librería y haber puesto en venta -y que se hayan vendido de verdad- los últimos ejemplares encontrados por azar de mi libro Curriculum mortis, son algunas de las cosas más bellas que me han ocurrido durante estas semanas en Lima.
Mata el bueno, mata el malo
Tanto en la Librería Inestable como en otros lugares de Lima he tenido la ocasión de cruzarme y conversar con José Carlos Yrigoyen y Jerónimo Pimentel. En verdad, al primero lo conocí en enero del año pasado, en compañía de Carlos Torres Rotondo, poco tiempo después de que se publicara Poesía en rock, el excelente libro testimonial sobre la poesía de los 70 y 80 del que ambos fueron editores y yo uno de los varios participantes. De Yrigoyen me sorprendió aquella vez el extraordinario archivo mental que tiene de la poesía peruana. Un conocimiento enciclopédico y memorioso que para alguien como yo, que siempre ha tenido problemas para recordar títulos y fechas, es siempre digno de admiración. En una estadía anterior en Lima, había asistido a una lectura de Yrigoyen y Pimentel junior en Barranco y, sin haberlos leído aún ni conocerlos personalmente, me parecieron poetas interesantes. Por eso, cuando me enteré de que pensaban ambos asociarse para hacer un blog literario que se rompiera con el amiguismo habitual del comentario literario en el Perú, me pareció una excelente idea. Por fin alguien iba a enfrentar a la omerta de las diferentes mafias literarias limeñas, por fin alguien dejaría de calificar de “obra maestra” lo que le pasa por los ojos si viene de los amigos, por fin alguien haría verdadera crítica, por fin alguien analizaría las obras de quienes no son necesariamente sus patas del alma con algo más que el famoso “demoler, demoler, demoler” de Los Saicos. El blog apareció por fin, con el sugerente nombre de Nosotros Matamos Menos (NMM), y desde entonces, lo sigo con sumo interés.
Debo decir, sin embargo, que el entusiasmo inicial lo he ido perdiendo. Quienes pretendían ser diferentes y asumir la crítica con seriedad como que han terminado muy rápido por hacer lo mismo que criticaban en los otros. Son como Humala y su gran cambio: han terminado haciendo lo que dijeron que no harían. Como que esto empezó con la crítica furibunda que hizo Yrigoyen a la manera (casi inexistente) con la que la prensa trata la literatura. Sintiéndose ofendido, el poeta de los 80 y periodista Enrique Sánchez Hernani, respondió a Yrigoyen y este, en ese momento, le declaró la guerra. En NMM, como en las malas (¿y también en algunas buenas?) películas de Hollywood, los dos compinches se han distribuido el trabajo, reservándose cada uno un papel específico: Yrigoyen es el malo, el policía torturador y sin escrúpulos, mientras que Pimentel junior es el policía bueno, el que habla suavemente y en vez de amenazar con brutalidades promete formas prácticas para salvar el pellejo. Desde hace semanas NMM es así: Yrigoyen ha tratado de vincular, a como dé lugar, a Rodolfo Hinostroza con un mamarracho “poético” publicado por un tal “Hinostroza” a finales de los 60, haciendo gala de su enorme mala leche. El mismo malo de la peli demuele sin escrúpulo alguno el interesante libro de Sánchez Hernani Quise decir adiós como para rematar la polémica que había tenido con él, semanas antes, sobre la presencia de la literatura en los medios. Yrigoyen o el pensamiento saico: demoler, demoler, demoler. Pimentel, en cambio, se muestra “gentil” y “generoso” en sus críticas y después de decir, por ejemplo, todo lo mal que piensa de El Elegido de John Martínez saca de su sombrero, como un mago de circo, uno o dos conejos blancos que le permiten concluir finalmente que lo que era malo no lo es tanto. Y así, erigiéndose en los papas de lo bueno y lo malo, sin ejercer verdaderamente la crítica seria, dejándose llevar sea por sus detestaciones personales, sea, como siempre en Lima, por el amiguismo, los compadres de NMM se parecen cada día más a aquellos que tanto criticaban al crear el blog. Es una lástima, porque siguen necesitándose lugares en que se haga crítica seria sin que seriedad quiera decir academia ni carencia de humor. Y tanto Yrigoyen como Jerónimo Pimentel hubieran podido ser los creadores de un espacio de ese tipo. Hoy, como toda la prensa que han criticado, elaboran incluso su propia lista arbitraria de “lo mejor” del año. Son, pues, qué tristeza, como Humala: “Conga no va” pero, finalmente, “Conga sí va”.
Criticar al crítico
Un día en que me crucé con Jerónimo Pimentel en la Librería Inestable le dije que le dejaría un ejemplar de mi libro País sin nombre “para que me lo demuelan”. Creo incluso, si mal no recuerdo, que algo similar les puse a los NMM en una dedicatoria que escribí de puño y letra. No soy adivino, pero sabía de antemano que así sería: mi libro, que no ha sido escrito para gustar a todo el mundo, puede causar rechazo, sobre todo en quienes han idealizado los años 60-70 del siglo pasado y en quienes, por una u otra razón, tienen lazos tan sólidos como acríticos con dicha época. Tal es el caso, evidentemente, de Pimentel junior, por varias razones, unas más evidentes que otras. El poeta noventero pretende meterse en la piel de un crítico pero no asume cabalmente su misión, dando como resultado un comentario mediocre, similar a cualquiera de las notas periodísticas que dice detestar, pero en negativo. Jerónimo Pimentel no ha leído mi libro tal cual es, no ha tratado de entrar en mi propuesta y, una vez dentro, buscar lo que en ella funciona o no funciona. Lo que ha hecho es confrontar mi “novela” con lo que él cree firme y ciegamente que es la novela y como no hay coincidencia entre su idea y mi libro entonces deduce que es un trabajo fallido. Yo no voy a discutir aquí su derecho a que mi libro no le guste, a que le parezca malo, deleznable, pésimo. Es su estricto derecho como lector, incluso frente a una obra maestra, y yo no pretendo que País sin nombre lo sea. Ya he dicho varias veces que yo no escribo para que me quieran mis amigos y menos aún para hacerme nuevas amistades. Lo que escribo es por necesidad y lleva la carga vibrante de mis nervios y el caudal rojo de mi sangre. La literatura es fuego y no esos productos light que se venden como novela y que todo el mundo lee. Concibo así la literatura, mi literatura, y lo único que le pido al lector -en este caso de País sin nombre-, es que me lea a sabiendas de eso y con la suficiente disponibilidad personal para perderse y reencontrarse en un laberinto de pequeños acontecimientos que termina por conformar un bloque de 520 páginas que abarca diez años de historia, de una historia que fue terrible y no necesariamente una gesta heroica. Pimentel junior no tiene esa disponibilidad y es su más absoluto derecho no tenerla. Él, para leer un libro tan voluminoso, necesita que le aseguren de antemano que es una obra maestra. Le encanta Moby Dick, dice, y no debe escatimarle elogios a la ya muy elogiada novela de Herman Melville. Así qué fácil, digo yo, y prefiero nadar a contracorriente y decir sin avergonzarme que no me gusta Paradiso, que no he podido leerla, que no entro en la novela de Lezama Lima por más que sea, según los críticos, uno de los monumentos del neobarroco latinoamericano. ¿Voy a afirmar por eso que es fallida? Por supuesto que no, pues yo no erijo mi gusto personal, mis expectativas como lector, en la base desde la que juzgo las obras literarias. No se puede leer Pedro Páramo de Rulfo como si fuera Ulises de Joyce: la primera se sitúa en una especie de minimalismo, mientras que la otra se reafirma en el exceso. Nada de esto lo toma en cuenta Jerónimo Pimentel y entonces me reprocha que País sin nombre no sea una novela “clásica”, es decir, tal como quedó grabada en el mármol del siglo XIX: con un narrador omnisciente que lo sabe todo y conduce de la mano al lector a lo largo de la trama, con personajes debidamente conformados psicológicamente, con una intriga clara, etc. Para decirlo en otras palabras: Pimentel junior le pide a mi novela justamente todo lo que he querido evitar y como no encuentra lo que él le pide la califica de fallida. Cuánto me hubiera gustado que la calificara de “fallida”, “un desastre”, “un asco”, “formidable” o lo que sea, tras haberla leído en lo que es y no por simple y perezosa comparación con lo que él hubiera querido que fuera. Una buena crítica, sea negativa o positiva, lleva a reflexionar, a descubrir aspectos de los que uno no se había dado cuenta. Nada de eso provoca la de Jerónimo Pimentel, desgraciadamente.
Hace unos días estaba yo invitado al programa del poeta Julio Heredia en radio Capital y al abrirse la antena a los oyentes recibimos la llamada de un caballero que dijo haber comprado País sin nombre en El Virrey y haber leído mi “novela” de principio a fin. Después de eso añadió que no le gustaba su estructura en puzzle y directamente pasó a decir lo que le ardía en la boca: “¡está llena de sexo!, ¡es un asco!”, y de inmediato colgó. Cuento esto porque incluso esta reacción visceral, pacata, puritana, de un lector digno discípulo de Cipriani, tiene más valor que la pretendida crítica seria de uno de los cómplices de NMM. Ese señor ha leído el libro tal como es y ese libro así no le gusta, le es insoportable, atenta contra sus valores, rompe sus esquemas morales. Yo comprendo a ese caballero, y su reacción violenta, insultante, me ha dado mucho que reflexionar. Y ahora estoy más convencido que nunca de que lo mío es escribir libros que den asco a los moralistas, religiosos sectarios, enemigos del sexo y demás amigos y seguidores del señor Cipiani o la señora Jara, para quedarnos con ejemplos del ámbito peruano. Digo esto, y recurro a esta anécdota, porque detrás de la “crítica” de Jerónimo Pimentel hay también una huella puritana que se trata de esconder elogiando, por ejemplo, a los personajes femeninos de mi “novela”, los cuales son en gran medida los más liberados del yugo patriarcal, los más rebeldes y rompedores y los más liberados sexualmente.
La “crítica” de Pimentel junior a País sin nombre me hace pensar en la que hace Szyszlo, de manera solapada, a Fernando Bryce en el campo de las artes plásticas, y de la que di cuenta más arriba. Szyszlo, pintor abstracto de lienzo, caballete y óleos, no entiende ni quiere entender, el trabajo híbrido, excesivo, descomunal, fuera de cualquier género pictórico debidamente establecido, que realiza con singular exigencia y entrega Fernando Bryce. La diferencia entre Szyszlo y Pimentel junior radica en que aquel es un hombre viejo, que se acerca a los noventa años, y que en el campo pictórico “ya fue”, mientras que Jerónimo Pimentel no tiene siquiera cuarenta años y se supone que en la juventud se tiene un espíritu más abierto que en la senectud. Ya vemos que no siempre es así.
No quiero cerrar esta “crítica al crítico” sin mencionar una alusión de Pimentel junior a mi ego en un comentario posterior. Empecemos por lo más evidente: toda persona que escribe y publica posee un ego medianamente desarrollado, sino tira sus textos a la basura o encarga esa tarea a sus herederos. Desde ese punto de vista tanto el poeta noventero como yo algo tenemos de ego. Y probablemente él más que yo porque, primero, ha comenzado a publicar bastante joven y, segundo, pretende juzgar la obra de los demás y dictaminar qué es “lo mejor” de lo publicado en el año y juzgar incluso si el año fue bueno o malo. Si para eso no se necesita un ego sobredimensionado entonces de qué estamos hablando. En verdad, evocar mi ego me parece algo fácil y poco digno, sobre todo cuando quien lo hace ha dicho antes que el personaje-narrador de País sin nombre, un tal Javier Rosales, es mi alter ego, y ese personaje en la “novela” está lejos de ser un héroe, un ser positivo, el bacán del barrio o el gallito del corral. No es demasiado exigir un poco de coherencia en lo que se afirma, incluso a quienes se creen dueños de la verdad revelada.
Me permito señalar para concluir con esto que, al contrario de Jerónimo Pimentel, alguien muy serio en su acercamiento a la literatura, como es Gabriel Ruiz Ortega, ha publicado en su blog La fortaleza de la soledad una entrevista conmigo sobre País sin nombre que demuestra que él sí ha leído mi “novela” como lo que es y desde allí propone diversas reflexiones sumamente interesantes. Y ya que a los muchachos de NMM le gustan las listas de éxitos del año, les informo que Javier Agreda, crítico literario de La República, considera País sin nombre entre las obras narrativas más interesantes del año. Igualmente, Quise decir adiós de Enrique Sánchez Hernani, tan denostado por los comisarios de NMM, figura en todas las listas de hits literarios salvo en la de ellos, por las razones que evoqué más arriba.

Poetas y poemarios
En estos dos meses que llevo en Lima he recibido muchos libros de poesía de manos de sus jóvenes autores y también he comprado varios. Durante semanas estuve buscando una antología de la poesía de Eielson para llevársela a una amiga en Buenos Aires, pero no encontré en venta tan deseado libro (salvo de segunda mano y a un precio excesivo) ni ninguna otra de sus obras, aunque estas hayan sido reeditadas hace poco tiempo. Me da la impresión por eso de que Eielson se ha convertido en el Perú en un fenómeno parecido al de Jaime Sabines en México o Jacques Prévert en Francia: es un poeta que goza de cierta popularidad. Eso me extraña. Finalmente, hallé en La Casa Verde Poeta en Roma, amplia antología realizada por Martha Canfield y publicada en 2009 por las ediciones Visor de España. En esa búsqueda, sin embargo, fui encontrando otros libros peruanos muy bellamente editados. Algunos de ellos los compré y me llevé la sorpresa mayúscula al descubrir que en uno que otro el aspecto general del objeto-libro es más importante que la poesía que contiene. En La Familia de Miraflores compré, por ejemplo, un bello libro, impecablemente ilustrado y editado, pero cuando lo leí descubrí que de él sólo podía rescatar un verso que me dijera algo. Un solo verso, que dejé subrayado, éste: “Mi única casa es la mujer que duerme conmigo”. Algo le está ocurriendo, creo yo, a la poesía peruana última: poesía que está callada oyendo su propia voz, poesía que no transmite nada o muy poco. O, en todo caso, que no me transmite nada a mí, humilde lector de versos.
Felizmente, toda la poesía que se produce no es así y a lo largo de estos meses en Lima he leído libros que me parecen interesantes de poetas que ya conocía y apreciaba y libros que me han interpelado de autores que eran desconocidos para mí. A algunos de estos libros y autores evocaré en las líneas que siguen. Empezaré por el mayor de ellos en términos de edad: Enrique Sánchez Hernani. Su libro, tan vapuleado por los NMM, tiene gran intensidad y una carga expresiva muy fuerte para afrontar esa “costumbre que suele tener la gente” (Borges dixit): la muerte. Y, más aún, en este caso la muerte de un amigo querido, a pocos meses de ocurrido el hecho. Otro librito que me pareció sumamente interesante es Panzer Plastic, de Montserrat Álvarez. No es una novedad, ya que fue editado en 2008, pero yo no hago listas de “lo mejor del año”, sencillamente hablo de lo que me ha estremecido. Conocía a la autora por el excelente Zona Dark que hace ya varios años me recomendó, con justa razón, Tulio Mora y, desde entonces, no había leído nada de esta autora que es española, peruana, paraguaya, es decir, que es sobre todo ciudadana de una lengua: el castellano. En Panzer Plastic hay poemas tremendos como “Justamente la vida”, “Las tácitas palabras del cliente” y “Poema antipatriótico”. Esta mujer le pone a menudo algo extraño a sus versos, algo que no sé definir, pero que me revuelca sin que pueda evitarlo. Otro libro que destaco es Berlín, de Victoria Guerrero, pero de él ya dije dos palabras en mi crónica anterior. En cambio, un descubrimiento total para mí es Miguel Ángel Sanz Chung: sus libros gemelos La Casa Amarilla y Casa abandonada son tremendamente personales y eso me gusta. Casi lo mismo puedo decir, rápidamente, de Présago, de Romy Sordómez, que es del 2005 pero que yo he leído recientemente en Lima. Me quedan dos poetas más que me han impresionado con sus versos. Una es Tilsa Otta, que menciono acá aunque no la he leído: mi entusiasmo se basa en poemas suyos que he escuchado en su voz en dos o tres recitales públicos. Hay en ella, creo, una rareza que me gusta. El otro es César Ángeles. Su libro Sagrado corazón posee una fuerza, una intensidad y un arte de la polifonía que me han subyugado. Su autor, sin embargo, cuando se pone un pomposo sombrero de crítico lo combina con un escapulario de “marxista” prehistórico, religioso, enceguecido por la fe. Y fue de esa manera que polemizó conmigo reaccionando a un artículo mío sobre Vallejo en la intimidad de la vida y el papel, que yo juzgo nefasto, desempeñado por su viuda. Rendido ante las imágenes santas del “poeta revolucionario” y su “abnegada esposa”, Ángeles no pudo sino responder con falsedades, cólicos hepáticos y hasta insultos, a mi lectura de, sobre todo, las cartas de Vallejo y las notas biográficas sobre él redactadas por esa señora que, yo a los 14 o 15 años, vi que tiraba monedas a la cara de Gerardo Diego, respetable poeta y amigo del autor de Trilce. Pero, bueno, al margen de eso, Sagrado corazón es un buen libro y no tengo por qué no decirlo.

Arguedas y Westphalen
Hoy es miércoles, ha pasado más de una semana desde que empecé esta crónica de mis días limeños. El calor ha estallado, el verano por fin se ha hecho presente plenamente y yo he terminado de leer también algunos libros en prosa. En narrativa mi mayor descubrimiento es Andrea Jeftanovic. En mi pasado Búho insomne expresé la gran impresión que me había causado el primer cuento, titulado “Arbol genealógico”, del libro No aceptes caramelos de extraños (Uqbar, Chile, 2011). No sé por qué pero después de ese cuento excelente, perturbador, decidí interrumpir esa lectura y abocarme a descubrir un libro anterior. Así, en El Virrey de Miraflores, encontré Escenario de guerra (Alfaguara Chile, 2000), la primera novela de Jeftanovic, que leí de inmediato y casi de corrido. El mundo tan propio de esta escritora chilena ya estaba allí, el mundo de una Virginia Woolf sudamericana cuyas historias son como plantas carnívoras. Después de leer la novela retomé No aceptes caramelos de extraños y fui entonces sacudido por “Marejadas”, “Primogénito”, “Medio cuerpo afuera navegando por las ventanas”, “La necesidad de ser hijo” y otros relatos que pueden considerarse entre lo mejor de la cuentística en castellano.
No ha sido, sin embargo, Jeftanovic y sus historias a menudo sombrías pero no por eso menos relumbrantes, lo que ha ocupado en estas últimas dos semanas mi mayor tiempo de lectura. Ha sido más bien la correspondencia entre José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen reunida bajo el título de El Río y el Mar (FCE, Perú, 2011). Son treinta años, entre 1939 y 1969, de una amistad profunda e irrenunciable de dos hombres nacidos en 1911 a los que, en principio, todo separaba. Son 57 cartas, la mayoría de ellas escritas por Arguedas. El autor de Los ríos profundos, atrapado en la intimidad de la correspondencia privada, muestra no ser tan dulce y campechano como a menudo lo han pintado. En verdad es extremadamente crítico con sus contemporáneos y con el país en el que le tocó nacer y del que varias veces quiere escapar. Para muestra un botón: “¿Leíste el artículo de Estuardo Núñez sobre el sentimiento de la naturaleza en la nueva poesía del Perú? Yo no sé quién es más bruto: el que lo escribió o quienes lo publicaron. A mí ni siquiera me da náuseas, sino que me molesta…” (p. 49) Luego, en la misma vena: “…toda esa carroña escogida de pequeños literatos, tienen incapacidad mental para entender nada de lo que verdaderamente es arte.” Y en términos similares ataca, por ejemplo, a Sebastián Salazar Bondy: “Su vanidad es mucho más grande que cualquiera de sus virtudes, las que corren el peligro de desaparecer devoradas por esa vanidad que le hace suponerse absolutamente perfecto y superior a todos ‘los de su tiempo’” (p. 88). Confieso que no me esperaba semejante virulencia en un hombre que se confiesa frágil, sentimental y emotivo, que se muestra muy inseguro de sus propias capacidades tanto como antropólogo que como narrador y que se queja a menudo de sus depresiones y otros problemas psicológicos. Al contrario de él, Westphalen ya había dado muestras de sus reacciones violentas a través de sus acciones con los surrealistas y, por ejemplo, en sus artículos para la revista El Uso de la Palabra. En carta del 23 de agosto de 1939, por ejemplo, Westphalen llega a decir de un artículo de Serafín Delmar, poeta con pretensiones vanguardistas: “El bacín y la caca al fin acaban por unirse.” (p. 60)
Sorprende también, aunque no debería, la posición que adopta Arguedas frente al quechua, ya que al autor de Los ríos profundos se le suele presentar como indigenista, defensor de una utopía arcaica que se opondría radicalmente a la modernidad del mestizaje. “Yo no creo, ni mucho menos, en el kechwa como una solución. Al contrario, estoy absolutamente seguro que el kechwa desaparecerá y que debe desaparecer. La castellanización es una necesidad urgente en el Perú.” (…) “El castellano ha de ser el idioma propio y genuino del hombre de estas tierras; pero, eso sí, en ese castellano definitivo que hable el mestizo quedará mucho de genio del kechwa.” (p. 70) Esto lo afirma Arguedas en 1939, cuando está viviendo en Sicuani. Setenta años más tarde, cuando yo he osado afirmar exactamente lo mismo que Arguedas, y reafirmado la absoluta realidad del mestizaje con una lengua común: el castellano, los insultos me han llovido por parte de los más increíbles neoindigenistas, algunos provenientes incluso de las canteras de la poesía rebelde de la generación del 68. No es esta la primera vez en que me digo que en el Perú, en diversos aspectos, las cosas no avanzan sino que retroceden vertiginosamente.
Recomiendo a todo el mundo leer El Río y el Mar y descubrir a un Arguedas al que se ha querido hacer más delicado de lo que era. Y, precisamente, sobre la delicadeza escribe Arguedas ironizando: “Todo debe ser de buen tono, en estilo delicadito, que no hiera los oídos de las niñas bien y de los niños bien que leen, con expresiones y con imágenes demasiado realistas y ‘atrevidas’” (p. 70). Este libro es un valioso homenaje en el centenario de Westphalen y Arguedas que no fue nunca declarado oficialmente como tal. Lo es también, aunque en menor medida, Itinerarios epistolares. La amistad de José María Arguedas y Pierre Duviols en dieciséis cartas (Fondo editorial PUCP, 2011) y el agotado volumen que reúne la correspondencia del autor de El zorro de arriba y el zorro de abajo con el antropólogo John Murra, publicado, me parece, a comienzos de 2011. Ya más dudoso y por demás oportunista es el “homenaje” que pretende dedicarle a Arguedas un periodista peruano residente en París, contando a medias la vida íntima de este y Sibila Arredondo en los meses en que él, aún muy joven, estuvo alojado en casa de ellos.

Carne viva y fruta fresca
Han pasado días, semanas, desde que escribí el párrafo anterior… Estuve en Buenos Aires, perdí todo el dinero en efectivo que tenía, además de documentos personales y mi tarjeta de crédito. Con la ayuda de algunos amigos pude regresar a Lima (y hago público aquí mi agradecimiento a Cristina Siscar, Françoise Griboul y Roger Santiváñez, por lo bien que se portaron conmigo en ese momento difícil) y de Lima, una semana después, volé de regreso a París. Y es en París, entonces, que ahora escribo. Y en París, precisamente, conocí a Liz Cabrel, por intermedio de una amiga queridísima, Violeta Barrientos, poeta y luchadora por los derechos de las minorías sexuales. Liz, Violeta y yo pasamos varias horas de una noche a la barra del Chez Georges, vieja taberna parisina a la que concurríamos en otra época Oscar Málaga, Rodolfo Hinostroza, Jorge Nájar, Elqui Burgos, yo y poetas, narradores y artistas provenientes de los más diversos lugares del mundo. Con Violeta y Liz, ambas lesbianas que hace tiempo que utilizan el armario para guardar ropa y no para esconder su sexualidad, conversamos sobre cosas diversas, reímos mucho también, pero un tema que primó en nuestro intercambio fue el de las opciones sexuales y nuestras propias experiencias al respecto. En ese marco y en medio del bullicio del bar Liz mencionó un libro rojo que, desde ya, me intrigó. No era el famoso de Mao, que tanto se difundió por el mundo en los tiempos de la revolución cultural china. Era -es- otro libro rojo el que Liz ha producido al alimón con Silvia Maza y Dina Cedano. Un libro rojo titulado, nada menos, Yo amo mi vulva que, en ese momento, no pude ver pues ya no le quedaba ninguno a Liz tras su periplo europeo. Recién meses más tarde, ya en Lima, una noche en que yo participaba con Violeta en una lectura de poesía en el bar Zela de la plaza San Martín, recibí un ejemplar de manos de Liz. Las líneas que siguen quieren dar cuenta de lo que ha sido para mí el descubrimiento de este libro singular.
Para quienes aún no lo han visto o no se han enterado, digamos primero de qué se trata. El libro de Dina, Silvia y Liz, mujeres y feministas, reúne los testimonios de veintiocho mujeres sobre sus respectivas vulvas, las cuales, además, aparecen fotografiadas en primer plano y en blanco y negro, sin ninguna manipulación estetizante de esas que ahora se hacen con relativa facilidad recurriendo a Photoshop. Son veintiocho vulvas, unas con todo y pelos alrededor y otras con el entorno rasurado. La cruda realidad de las vulvas que vemos en las páginas de la derecha “ilustra” lo que las mujeres entrevistadas cuentan sobre ellas sin falsos pudores ni mojigaterías en las páginas de la izquierda. Cada una de las participantes evoca la relación que tiene con esa parte del cuerpo femenino que las religiones represoras consideran, desde hace siglos, sucia, fea y pecaminosa, convirtiéndola en tabú. Las veintiocho mujeres hablan con seudónimo de su sexualidad, de su descubrimiento del placer, de la masturbación, de la relación con el otro y dicen por qué consideran importante participar en el libro. Lolita dice, por ejemplo, con humor: “Lo nuestro es una relación amor-odio. Sin mí, ella no es nadie. En algún momento hasta pensé que éramos distintas. Al final nuestra relación es bonita. Si le pusieran cerebro sería una sinvergüenza. La quiero mucho, ahora somos una.” Ese desdoblamiento me hace pensar en la novela de Moravia El y yo, en la que el protagonista vive en constante confrontación con su falo, aunque éste anatómicamente es un órgano mucho más evidente que la vulva. Prosigue Lolita: “Empecé a sentirla a los nueve años, desde ese momento creo que ando con la mano pegada a la vulva. Un par de años después de terminar el colegio tuve mi primera relación sexual. Ambas estudiábamos poesía. La mujer más encantadora (hasta hoy) que he conocido. Nunca la había explorado por mí misma. Luego de hacer el amor tuve curiosidad y la abrí para verla y sentirla. Y así lo sigo haciendo hasta hoy.” En algunos casos, como éste, el estilo es casi telegráfico, en otros la narración es más fluida y detallista. En unos testimonios se adivina la edad avanzada de la entrevistada, mientras que en otros se percibe que se trata de una mujer joven, como debe de ser Lolita.
Otra mujer, que utiliza el seudónimo Comer del mismo pan, evoca la poca consideración que a menudo han tenido los hombres -sus parejas- con su vulva, haciendo caso omiso de que ésta para la mujer es fuente de placer. Y luego añade: “Yo siento que la vulva es algo único, es algo muy interno, muy de carne viva. Y es tan rojita que parece una boca, es como una segunda boca porque también puedes decir cosas a través de ella. (…) Ahora la encuentro bonita, siento que es viva, caliente, es como una fruta fresca. Creo que ya no tengo prejuicios al respecto, me he tomado fotos a solas y me he sentido muy cómoda”. En un medio como el peruano pacato e hipócritamente pudibundo, donde cardenales del Opus Dei y fanáticas evangelistas buscan intervenir en la vida sexual de la gente e imponer normas de conducta que niegan la sexualidad como una libertad fundamental del ser humano, Yo amo a mi vulva es un libro valiente, osado, provocador, necesario. Lástima que a los textos les falte a veces trabajo de edición y que en ellos se vea demasiado que provienen de entrevistas de las que se han omitido las preguntas. De todas maneras, Liz, Silvia y Dina: las felicito.

José Agustín, Nicanor Parra y Fernando Vallejo
Probablemente estos tres escritores, José Agustín, Nicanor Parra y Fernando Vallejo, no tengan nada en común aparte de figurar en mi lista personal de adoraciones. Bueno, exagero un poco porque eso de adorar, en verdad, a nadie adoro, ni siquiera al Cristo crucificado ni a su papá de blanca barba que lo dejó morir sin piedad entre dos ladrones. Lo que quiero decir es que se trata de tres escritores, un poeta y dos narradores, que para mí son de lo mejor de la literatura latinoamericana, y que, de una manera u otra, han influido tanto en mi vida como en mis propios intentos de escritura. Los tres, además, mientras yo estaba en Lima, fueron premiados, cosa que no siempre ocurre con muchos de mis escritores preferidos, como ya lo dije alguna vez, en este espacio, comentando las decisiones de la academia del premio Nobel.
José Agustín es mexicano, nació en 1944 en el estado de Guerrero y recientemente se hizo acreedor de un galardón con nombre bastante rimbombante: Premio Nacional de Ciencias y Artes en la modalidad de Lingüística y Literatura. Nada menos. Cuando yo era adolescente, Agustín dio a conocer novelas como De perfil y Se está haciendo tarde (final en Laguna), obras que revolucionaron el trajinado paisaje de la narrativa mexicana de entonces (excepción: José Revueltas), abriendo sus páginas a la problemática juvenil, el rock y el lenguaje coloquial con todo y argot. Ese sismo violento en la literatura mexicana fue llamado por una respetada académica “literatura de la onda”, con algo de condescendencia, sin adivinar que estaba ante dos de las mejores obras de la narrativa mexicana del siglo XX. Repito que a mí los premios me importan un bledo y no he necesitado de este galardón tan altisonante y lleno de mayúsculas para admirar a José Agustín.
Nicanor Parra es chileno y eso supongo que todos lo saben entre quienes, de una manera u otra, se interesan en la literatura. A los 97 años, cuando su esperanza de vida ha quedado reducida a los dedos de una mano, por fin se acuerdan de él y le otorgan el premio Cervantes. Si esta recompensa, como tantas otras, tuviera en verdad algo que ver con la valía literaria, Parra pudo, debió, tenía que haberla obtenido hace tres o cuatro décadas, pero no ha sido así. Le llega ahora y no en el momento en que revolucionó la poesía en castellano con sus Poemas y antipoemas. Qué importa, igual salté de alegría al conocer la noticia en Lima, la ciudad en la que en los años setenta yo y muchos otros como yo recitábamos textos de Parra como himnos saludables: “Juro que no recuerdo ni su nombre pero moriré llamándola María…” En una entrevista que leí recientemente dice Parra: “La antipoesía es una asociación por necesidad; sin embargo, nunca he podido lograr el grado de necesidad que tiene un niño. Es que uno, hasta hoy, sigue hablando por vanidad”. No sé por qué, aunque debe de haber una razón, pero cuando escucho “vanidad” en boca de Nicanor Parra pienso en esa moda pretendidamente “neobarroca” que está carcomiendo ahora por dentro a la poesía latinoamericana.
Fernando Vallejo era colombiano porque nació en Medellín en 1942 y dejó de serlo en 2007 cuando adoptó la nacionalidad mexicana tras vivir 40 años en el país de la Tecate, mi cerveza preferida. Se hizo famoso a nivel internacional al publicar La virgen de los sicarios aunque, como suele ocurrir, ya tenía escrita y publicada varias obras sumamente interesantes y valiosas, además de haber realizado tres películas después de estudiar cine en Roma. Yo tuve la suerte de ingresar a su obra a través de El río del tiempo, grueso volumen en el que se han reunido sus cinco primeros libros de ficción autobiográfica: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia y Entre fantasmas. Cinco pequeñas obras maestras que conseguí por milagro en Barcelona en agosto de 1999, ya que se trata de una edición de Alfaguara Colombia y que, como se sabe, los libros de las filiales latinoamericanas de las editoriales españolas no suelen distribuirse fuera de su restringida área geográfica. Es un absurdo pero así es. Ya había leído también La virgen de los sicarios cuando, años más tarde, tuve la ocasión de pasar un par de horas con Fernando Vallejo en tête à tête en la ciudad de Toulouse y grabar una larga entrevista de la que luego difundí sólo una parte muy pequeña por Radio Francia Internacional. En esa misma ciudad del sur de Francia pude además ver dos de las tres películas que realizó, Crónica roja y En la tormenta, ya que los Encuentros de Cine de América Latina lo habían invitado por su obra cinematográfica.
Fernando Vallejo es uno de los pocos autores de quien he leído prácticamente toda su obra literaria, la cual se caracteriza, entre otras cosas, por el rechazo del narrador omnisciente y su profunda raigambre autobiográfica y, en dos casos, por ser biografías muy personales. En el primer caso, el más frecuente, además de las obras ya señalas, debo destacar El desbarrancadero, otra obra maestra. Lo son también y pertenecen de lleno a la literatura dos libros suyos que son biografías de poetas: Barba Jacob, el mensajero y Chapolas negras, este último sobre la vida de José Asunción Silva. Quiero decir, para terminar, que me siento muy honrado de haber presidido el jurado que, en los Encuentros de Toulouse, otorgó el premio al mejor documental a La desazón suprema. Retrato incesante de Fernando Vallejo, excelente trabajo del colombiano Luis Ospina, uno de los mayores cineastas latinoamericanos de hoy.
Y ahora sí me despido hasta un próximo encuentro con el Búho insomne. Me despido ya no desde Lima sino desde París, donde hoy miércoles ha brillado el sol en un cielo profundamente azul y donde la temperatura ha estado por debajo de cero.
Libros que no llegan, lecturas que se retrasan(1)

Por Lenin Pantoja Torres
¿Por qué no llega ese libro? ¿Por qué se demora tanto en llegar? Estas preguntas nos las hemos hecho en alguna ocasión ya que responden a uno de los problemas que afronta nuestro pequeño circuito literario: la poca y tardía presencia, en Lima, de libros publicados en el extranjero. Esto es lo que ha ocurrido con libros como Blanco nocturno de Ricardo Piglia, Los sinsabores del verdadero policía de Roberto Bolaño, Formas de volver a casa de Alejandro Zambra, Aeropuertos de Alberto Fuguet(2), libros de narrativa contemporánea que aparecieron en España y/o en los países de origen de sus autores pero que se demoraron o, en algunos casos, aún no llegan a Lima.
La presente crónica intenta describir, desde mi propia experiencia y a partir de las opiniones de algunas personas relacionadas al circuito editorial, el desconcierto que provoca tener lecturas atrasadas, reseñas tardías e ideas ya comentadas y discutidas en otros lugares.
Q trabaja como vendedor de libros en Quilca desde hace varios años y conoce muy bien la relación entre las distribuidoras y las librerías en Lima. P tiene un amplio conocimiento sobre el tema de las librerías así como de la importación de libros a Lima. Estas personas me ayudarán a comprender mejor el problema señalado en el rubro de libros de literatura contemporánea.
Internet y distribución
Internet ha redefinido las formas de acceso a la información sobre los libros que se publican en el extranjero. Desde que tenemos ingreso a noticias inmediatas, a páginas web de escritores, sellos editoriales y las redes sociales, no hay excusa para no saber si algo se ha publicado o no en el extranjero. Por supuesto, a Internet se suman las noticias de revistas y periódicos –y las conversaciones entre amigos-. Por todo esto sorprende en demasía la poca presencia, en las librerías más conocidas de Lima, de los libros de escritores que están dando la hora en el medio literario internacional.
“Los clientes creen que porque han visto un libro en Internet ya lo vamos a tener todos los vendedores de Quilca”, se queja Q frente a los diversos pedidos que recibe a diario en su puesto. Lo que hace es recibir el pedido y verificar si las distribuidoras con las que trabaja ya poseen el ejemplar. Su experiencia le dice que nada es preciso en este terreno: “Algunos libros llegan rápido, otros se demoran mucho y algunos nunca llegan”, dice. ¿Qué decir de las librerías como Crisol o El Virrey? El stock que poseen va de acuerdo con las relaciones que establecen con las principales distribuidoras en Lima. Esto explica la razón de que un vendedor en Quilca tenga mayor diversidad de sellos editoriales que una librería grande como las citadas, ya que mientras Crisol o El Virrey trabajan con una o dos distribuidoras, un vendedor de Quilca, como Q, trabaja con muchas distribuidoras. Su stock es pequeño pero más variado.
Desconocimiento y desconsideración
Dos de las principales distribuidoras en Lima son Océano e Íbero. Ellas son las encargadas de traer los libros, las que deciden qué traer y cuándo traerlo. Actualmente Íbero tiene la responsabilidad de los sellos de Random House Mondadori, es decir, traen los libros de Mondadori, Debolsillo, Grijalbo y Sudamericana. Los distribuyen a las principales librerías y libreros de la capital. Asimismo, Océano tiene la responsabilidad de los libros de Anagrama. Entonces, la cuestión es saber quién o qué tipo de persona es la que decide un pedido. Así, sintetizan las irregularidades de estas elecciones dos adjetivos: desconocimiento y desconsideración.
El perfil de la persona encargada de tomar decisiones está, generalmente, inclinado a aspectos puramente comerciales. Hay que comprender que la venta de libros es un negocio pero ello no implica, necesariamente, dejar de lado a un pequeño sector de clientes que gusta y accede a libros de temática como la que señalamos al inicio. A las decisiones comerciales se le une, por consecuencia, el desconocimiento de lo que aparece y se publica afuera. Como dijimos al inicio, no hay excusa para no estar enterado.
P contó algunas anécdotas respecto a este punto. Cuando en abril de 1997 se publicó Seda, de Alessandro Baricco, en Anagrama, rápidamente se convirtió en uno de los libros más vendidos. Era de esperarse pues el libro, que apareció en 1996, en Italia, fue traducido a diecisiete idiomas y en España tuvo 40 ediciones. Durante la visita de Jorge Herralde a Lima, en una reunión privada, una persona le preguntó por las razones de la ausencia de Seda en las librerías limeñas, pues infería que en España no lo habían vuelto a reeditar. El editor español, entre incómodo e indignado, respondió que no era cierto, que en España había millones de ejemplares. Esto nos grafica muy bien el problema: no es que no haya libros disponibles para traer, sino que no hay decisión de traerlos.
Hace unos años se produjo el redescubrimiento de la obra de Irène Nèmirovsky. Así, el sello Salamandra publicó las obras completas. La gente buscaba sus libros en las librerías más conocidas. Cuando P le preguntó a los distribuidores sobre la llegada de los libros a Lima, ellos no sabían quién era la autora ni si se había generado un pequeño “boom” por sus obras. Este caso se condice directamente con un tema de ignorancia y, en consecuencia, con un desconocimiento que traduce en una indignante desconsideración.
Son pocas las personas encargadas de las decisiones que poseen un perfil o formación literaria dentro de las librerías, las distribuidoras e, incluso, las editoriales. Quizá remediar este problema podría ayudar a que las pequeñas demandas de grupos minoritarios puedan ser atendidas. Se deben enfrentar con la incertidumbre de la venta, pero son riesgos propios del negocio. Por ejemplo, hace unos años llegó a Lima el primer libro de la trilogía Tu rostro mañana de Javier Marías. Pero como para los distribuidores y vendedores “no funcionó comercialmente”, nunca llegaron los otros dos libros. Al respecto, P contó que cuando tuvo una reunión con un representante de la librería El Virrey le revelaron que Antonio Muñoz Molina vendía mucho en España pero no tenía mucha acogida en Lima. Por eso, no se debe realizar un pedido excesivo de ejemplares (de 1000, por ejemplo) sino de 20 o 30 y, de esta forma, ya se satisface una demanda pequeña. Esta es la forma más justa y realista de pensar las cosas, una forma de sopesar lo comercial con algo más literario.
Es cierto que nuestro medio literario, en términos editoriales, es incipiente a diferencia de otras capitales extranjeras, pero eso no justifica que no se puedan encontrar algunos títulos de suma importancia para la literatura mundial. Con suma indignación, P comenta otro caso. “El hombre sin atributos, de Robert Musil, que es considerado como uno de los libros más representativos del siglo XX, en España lo han reeditado muchas veces pero hasta hace unos años era imposible encontrarlo en Lima”, dijo. Hoy, después de una larga espera, ya lo podemos encontrar en algunas librerías. Casos como este y los anteriores deben haber muchos, por eso, las librerías no solo deberían estar más al tanto de lo que se publica actualmente, sino también de los pedidos que ese pequeño grupo de lectores hace, pedidos de libros que no tienen nada de extraño, lo único extraño es que no estén en las librerías.
Continuar leyendo…
| 1.- Esta crónica fue pensada, reflexionada y escrita antes de la FIL 2011 de Lima. Algunas cosas han cambiado, pero el problema sigue latente. |
| 2.- En este número de la revista hay reseñas sobre algunos libros referidos como inhallables. El Hablador tuvo que conseguirlos, no sin dificultad, desde el extranjero. |
Los anteojos de azufre
Hacia el nuevo libro
Entrevista a Giovanni Solimine
Por Mario Granda
A principios de diciembre, El Hablador tuvo la oportunidad de entrevistar al Dr. Giovanni Solimine, Director del Departamento de Ciencia del Libro y del Documento, de la Universidad de Roma “Sapienza”. Invitado por el Instituto Italiano de Cultura, el profesor Solimine llegó a Lima para ofrecer tres conferencias sobre Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional de San Marcos y la Biblioteca Nacional.
Giovanni Solimine tiene a su cargo los estudios de Biblioteconomía y de Management de su universidad. En esta ocasión, El Hablador le preguntó sobre el e-book y las nuevas tecnologías del libro en internet.
¿Cuál es el principal debate en torno al e-book hoy en día?
Lo primero que hay que saber es que aún nos encontramos en plena transición del libro al e-book. Hasta ahora se piensa que el e-book es una tableta electrónica con texto (como una tablet o un kindle), pero es más que eso. El e-book será un libro que será capaz de incluir palabra, sonido e imagen (con o sin movimiento) sin afectar la sustancia del libro. Las formas de narrar y argumentar, sin embargo, serán siempre las mismas.
Un ejemplo de lo que serán los e-books es lo que está pasando con todos los textos enciclopédicos, diccionarios, manuales y libros didácticos. Estos libros de consulta han sido los primeros libros impresos en haber sido “traducidos” al formato del e-book, pues ya han empezado a combinar el texto, la imagen y el sonido. Esta transferencia a lo electrónico ha sido muy útil porque crea un libro interactivo que puede hacer ejercicios, controlar la respuesta, etc. Yo no creo que esto indique el fin del libro impreso, pues podrá convivir con este nuevo concepto de libro. La obra literaria también podrá sobrevivir en los dos formatos sin problemas.
Significa, en otras palabras, que todavía no se ha difundido la existencia del e-book.
Está sucediendo lo mismo que sucedió cuando se inventó la imprenta a mitad del cuatrocientos, cuando los primeros libros que se imprimían querían imitar a los manuscritos. Hoy la tecnología permite crear libros muy distintos a los que ofrece el libro de papel, pero la idea de que el e-book tiene que parecerse al libro tradicional aún sobrevive. Amazon.com, que ha creado Kindle, ha aplicado todo su esfuerzo en imitar el libro impreso y ha dejado de lado todas las potencialidades de la tecnología que podrían agregar imagen y sonido. Solo los ipads y los tablets son dispositivos que han comenzado a aplicar y estructurar las nuevas posibilidades tecnológicas. No obstante, el objetivo del ipad no es el libro. La verdadera transformación se cumplirá cuando instrumentos como estos puedan integrar textos e imágenes. Todos los discursos que se hacen en relación a la muerte del libro, sobre la sustitución del libro impreso por el e-book, es la historia de una muerte anunciada que todavía no se realiza.
Actualmente se dice que el escritor ya no necesitará de editores ni libreros, pues podrá publicar de modo virtual. ¿Cuánto de cierto tiene esto?
Es cierto que la modalidad de la autopublicación se ha difundido mucho, pero creo que no es justo y no es posible romper el circuito editorial. El editor realiza un tipo de política cultural, pues escoge y selecciona todo lo que le llega para publicar. El verdadero producto editorial no puede pasar por encima del editor. La figura que tal vez puede desaparecer es la del librero, pues su mercado se transferirá rápidamente a internet. Una de las modalidades muy utilizadas hoy en el medio electrónico es la del “print on demand”, que significa imprimir según la demanda.
La librería online, como Amazon.com, vende libros a precios más bajos que los de una librería física. Las librerías que sobrevivirán son aquellas que tratarán sobre temas muy específicos, de especialistas, de círculos de lectores. El mercado librero se transferirá rápidamente a la internet.

No obstante, el mercado de libros por internet aún es muy pequeño.
El mercado de e-book en EE.UU. es de menos del 10% del mercado total de venta de libros y en Europa el porcentaje todavía es menor. Aún hay dos problemas en la difusión del libro electrónico. Uno es el costo del dispositivo de lectura, que está bajando paulatinamente pero todavía es bastante alto.
El segundo problema es el problema de los formatos. Hoy el productor de dispositivos de lectura crea su propio formato. No se ha creado un formato público, abierto, como para que se pueda utilizar en cualquier dispositivo de lectura. De esta manera, cada dispositivo tiene su propio formato y se crean circuitos cerrados que Amazon.com, como empresa que es, aprovecha. El mercado empresarial de la informática se autorreglamenta, deja ganar a las empresas más fuertes y margina a las más débiles. Si esto todavía no ha pasado con el e-book –como ha pasado con Microsoft en la informática— es porque el mercado del e-book todavía no es interesante para las empresas.
Con todo, un e-book es bastante barato. En Italia, un e-book cuesta treinta o cuarenta porciento menos que un libro de papel… Aunque igual creo que debería costar mucho menos.
¿Qué opina usted sobre el software libre? ¿Se puede construir una ética de internet? ¿Es posible esto?
Hay una continua tensión entre la tentativa de poner freno al software libre, liderado por las empresas, y la de romper estos frenos. Sin embargo, es difícil bloquear la libertad de información o de ponerle precio a esta. Esto ya ha sucedido con el mercado de la música, donde las casas discográficas pusieron innumerables límites y perdieron su batalla.
No obstante, creo también que debe haber una justa remuneración de la creatividad. El problema no es fácil de afrontar. Las instituciones públicas deberían promover el uso del software libre con la justa compensación de la creatividad, pero para esto tienen que intervenir activamente en el mundo virtual.
¿Bajo qué reglas se configura esta creatividad? ¿Qué condiciones tiene hoy la creatividad en internet?
Antes se le daba más atención a los contenidos, pero ahora, con la tecnología, se le da más atención a la confección de los mismos. Por eso “creatividad” en internet significa no solo un nuevo tipo de contenidos sino una nueva forma de configurarlos. Por ejemplo, el hecho de que se cree una nueva forma de narración que integre la palabra, la imagen y el sonido. Pero como ya sucedió con el cine, el contenido debe conciliarse con determinada capacidad de expresión y uso de lenguaje.
El problema está en que esta confección suele estar en manos de las empresas.
Las empresas ayudan a estandarizar formatos y esto puede servir a abaratar los costos. Sin embargo, es cierto que esto suele desplazar otras formas de creatividad que no pertenecen al circuito tecnológico más fuerte.
Wikipedia es un gran ejemplo de lo que se puede hacer en internet. No obstante, últimamente está pasando por algunas crisis que la han obligado a pedir nuevas cantidades de dinero. ¿Será esto un reflejo de los cambios que están sucediendo en internet?
Wikipedia es un ejemplo muy bueno de lo que puede hacer el voluntariado de las redes. Se ha construido un patrimonio enorme. A pesar de lo que se dice, a pesar de las críticas, Wikipedia es un instrumento confiable porque está controlado por la red. Generalmente se dice que en Wikipedia hay muchos errores, pero se ha probado que en ella hay el mismo número de errores que en la Enciclopedia Británica. El problema surgirá cuando pase esta época de voluntariado y de entusiasmo, y si proyectos como Wikipedia van a sobrevivir o van a pasar a un formato más comercial. Es probable en el futuro que internet esté configurada por un canal libre y por un canal comercial. Seguramente que con el tiempo volveremos a la clasificación de los contenidos que siempre ha habido, en la que los saberes son resguardados por ciertos poderes, en la que el conocimiento está en manos de los pocos y no de los muchos… Claro que esto no es algo positivo, pero es inevitable.
¿Cuál es la relación entre el estado e internet en Europa? ¿El estado le presta atención a Internet?
La administración pública se ha dado cuenta de la gran capacidad de penetración que tiene internet. Es un canal muy utilizado para hacer circular y difundir la información y los servicios públicos. Puedo reservar una cita para el hospital, tramitar algún documento con la municipalidad…
Vagamente muchos peruanos
Monday January 16th 2012, 9:45 am
Filed under:
Columnas
De las revoluciones en el Perú: peruanos de (ciencia) ficción
Julio Verne: Martín Paz (1852)
Olivier Rolin: Un cazador de leones (2008)
“Pero como las agencias de noticias solo prestan
atención a la gente que habla mucho
y no saben que los hombres solitarios,
que siempre están leyendo y aprendiendo,
son los más peligrosos a la hora de revolucionar el mundo,
nadie escribe un solo informe sobre ese hombre
que pasa desapercibido (Lenin)”
Stefan Zweig, Momentos Estelares de la humanidad
Por Alejandro Neyra
En nuestra insaciable cacería de peruanos en la literatura, hemos intentado también dirigir nuestra búsqueda aproximándonos a los diferentes géneros de ficción. La pregunta que nos hacíamos desde hace algún tiempo era si había alguna aparición del Perú en un texto de ciencia ficción. Recordamos entonces que alguna vez alguien mencionó que el gran Julio Verne había hecho aparecer al Perú en De la tierra a la luna. Comenzando por ahí encontramos que, efectivamente, Verne había citado al Perú como uno de los países sudamericanos que contribuyeron con el Gun-Club para financiar la construcción del artilugio que permitiría al hombre conquistar la luna con la tecnología del siglo XIX –que el Perú haya contribuido a un proyecto internacional quizás sea ya de por sí ciencia ficción. Sin embargo, y pese a que las referencias al Perú o a elementos peruanos en Verne son numerosas (para ello recomendamos la lectura de Verne y el pueblo de los incas[1]) pronto nos alejamos de ese lado de la investigación y terminamos encontrando un texto de juventud en el que Verne narra las visicitudes del Perú apenas nacido a la vida independiente. Hacemos por eso aquí un contrapunto entre ese texto -Martín Paz- y una novela que lamentablemente no ha sido aún traducida al español, de otro francés, Olivier Rolin –Un chasseur de lions– que narra de manera fidedigna el intento golpista de los hermanos Gutiérrez en la Lima de 1872. Dos franceses que narran desde sus peculiares puntos de vista y con ciento cincuenta años de diferencia dos revoluciones del siglo XIX creo que resultan de por sí bastante interesantes, más aun cuando en sus textos encontramos algunos elementos que nos remiten inexorablemente a nuestro Perú que hoy, en pleno siglo XXI, del oro versus el agua, sigue enfrentando sus propias revoluciones.
Martín Paz, un indio enamorado
Una de las primeras publicaciones del jovencísimo Julio Verne en la revista Musée des Familles es este cuento (nouvelle) en el que en el Perú post independiente, en medio de las guerras entre Gamarra (sic.) y Santa Cruz, es una buena mezcla de relato de aventuras y novela romántica. Inspirado por las acuarelas de Ignacio Merino expuestas en París hacia 1850, Verne utiliza en este relato todos aquellos referentes peruanos que son extremadamente sorprendentes y literariamente explotables: indios, mestizos, tribus de selváticos salvajes, aristócratas españoles en desgracia, hermosas tapadas, mares infestados de tiburones, altas e inaccesibles montañas, selvas con ríos y cataratas inmensurables.

Cada uno de los capítulos es así un pretexto para incluir uno de aquellos escenarios mágicos o las peculiaridades de aquellas razas que se enfrentan trágicamente. Sin embargo como suele suceder en las novelas de aventuras, el rol de pivote de la acción queda fijado en el paradigmático antagonista que causa todos los males y desgracias a los aventureros: Samuel, un judío ambicioso, quien precipita a la larga el drama. Él es el supuesto padre de la hermosa limeña Sara, quien en realidad es hija del marqués de Vegal, protector del indio Martín Paz, quien se enfrenta al malicioso mestizo Andrés Certa por el amor de Sara y a su propio padre, “el Zambo”, y a sus indios revolucionarios, quienes pretenden derrocar el orden impuesto y recuperar la honra de los incas, pero no entienden que no hay revolución más grande que la del amor.
Una historia enrevesada, sí, que no solo es muestra temprana del interés de Verne por las aventuras y por los escenarios exóticos sino por las costumbres de otros pueblos y razas. Por algo el título original con el que fue publicada esta obra fue: América del Sur. Costumbres peruanas. Martín Paz, relato histórico[2]. Julio Verne pretendía hacer, sin haber visitado nuestro país, claro, un cuadro de costumbres que, a la manera de las acuarelas de Ignacio Merino, presentara al Perú como un lugar en el que las revoluciones son pan de cada día -algo no tan alejado de la realidad en el siglo XIX- y en el que aun así, las historias de amor interracial se dan naturalmente, con duelos, muertos y heridos, como en todo el mundo. Lo curioso es que estos enfrentamientos forman también parte de conjuras en el que los descendientes de los incas, cuyo líder indio lleva el nombre poco representativo de “el Zambo,” quieren retomar el poder aprovechando el conflicto entre españoles y mestizos. Así, Andrés Certa, el mestizo que pretende a Sara, en realidad la quiere más que por su belleza, por la posibilidad que le dará de “blanquearse” y ganarse así el respeto de la aristocracia decadente, que conserva aún sus títulos españoles pero va cayendo cada vez más en la pobreza material. Y Martín Paz, el idealista protagonista del relato, está dispuesto a hipotecar su rol de líder revolucionario por el amor de aquella limeña, modelo de la gracia sin par de estas sudamericanas que se las traen y que visten delicadamente, haciendo que hasta las revoluciones más auténticas puedan colapsar:
“(Sara) vestía falda de color oscuro con pliegues medio elásticos y muy estrechos por abajo, lo que la obligaba a dar pasos muy menudos con esa gracia delicada, particular de las limeñas. Aquella saya, guarnecida de encaje y de flores, iba en parte cubierta por un manto de seda que subía hasta la cabeza, cubriéndola con un capuchón. Bajo el gracioso vestido aparecían medias finísimas y zapatitos de raso; rodeaban los brazos de la joven brazaletes de gran valor, y toda su persona tenía ese poderoso atractivo a que en España se da el nombre de ‘donaire’”.
Lástima pues que Sara hubiera sido hija de Samuel, ese engendro del mal, otro ejemplo de la vileza de una raza espuria como la judía (Verne dixit), quien se ocupa de todo para entregar la mano a Certa –contra una buena suma de dinero– y al mismo tiempo chantajear al marqués de Vegal, un español de buen corazón que no ha sido feliz desde la desaparición de su esposa y de su pequeña hija en un naufragio. El final dramático en que Martín y Sara sucumben a las flechas de los selváticos, luego de una rocambolesca huida por desiertos, montañas y selvas, es quizás lo más cercano a la aventura que todos asocian con Verne, aunque matizada con elementos románticos que hacen de esta nouvelle un texto aun más curioso.
Verne, un joven idealista y soñador, el maestro y padre del género de ciencia ficción, escribió así en sus inicios sobre uno de esos países en los que la realidad siempre parece superar a la ficción (o al menos a la que pueden imaginar los franceses). Las noticias que llegaban entonces desde Lima y la que podían llevar aquellos personajes peruanos que visitaban París –como aquellos que menciona Loayza en su ensayo– seguramente decoraban nuestra ya de por sí colorida realidad con aquellas tradiciones y mitos que aun hoy llenan nuestros textos escolares y que todos aprendemos de memoria. Pero seguramente ellos mismos contaban también sobre las características violentas de los indios y de los mestizos, reacios al orden y siempre peligrosos, dispuestos a poner al Estado contra las cuerdas por buscar su propio beneficio en lugar de pensar en que es mejor mantener el statu quo que algún día llegará a igualarlos a todos (ellos). Una lástima que Verne haya elegido el nombre de Martín Paz en lugar de otro como Gregorio Santos, por ejemplo. Cualquier parecido con la realidad del siglo XXI es mera coincidencia.
Un chasseur des lions, una historia funambulesca de revolución en el Perú
Para escribir esta novela (lamentablemente no traducida al español, pero de la que se puede al menos saber un poco gracias a una entrevista hecha por Alfredo Vanini)[3] Olivier Rolin fue generosamente apoyado por su editorial e hizo un viaje por Sudamérica en el que siguió los pasos de Eugene Pertuiset, un aventurero y mercenario francés que además fue retratado por Edouard Manet como cazador de leones, lo que da título a la novela.

La historia en este caso es real, aunque suene incluso más ficcional que la de Verne. Eugene Pertuiset llegó a Sudamérica buscando oportunidades para sus oscuros negocios de venta de armas y encontró en el Perú un grupo de gente amigable y dispuesta a hacerse de al menos unas cuantas escopetas para su revolución: los hermanos Gutiérrez. Luego de que estos asesinaran al presidente Balta y fueran defenestrados –y Tomás y Silvestre además colgados en la catedral de Lima como atestiguan algunas foto-postales de los hermanos Courret, que el propio Rolin menciona en la novela– Pertuiset se queda en Lima y entabla relaciones de amistad y de negocios con altos funcionarios del Gobierno y con otros ilustres extranjeros negociantes, como Henry Meiggs y Malinowski. En una de aquellas celebraciones organizadas por el buen polaco, conoce el aventurero a ciertos personajes exóticos, entre ellos a una mujer hermosa de quien se enamora, y que, presa de las más fabulosas visiones en una sesión de ocultismo, lo convencen de que el gran tesoro de los incas –aquellas muestras de “El Dorado”– está enterrado en la Tierra del Fuego; un tal Yupanqui, descendiente de los incas fue quien se deshizo de los tesoros que salieron de la tierra de sus dueños y terminaron en territorio más que enemigo. Lo increíble es que esta expedición es verdadera y está documentada, y fue llevada a cabo casi al mismo tiempo que peruanos, chilenos y bolivianos entrábamos a la guerra más violenta y traumática entre nuestros países y que aún hoy genera disputas jurídicas, entredichos e impasses diplomáticos.
Por supuesto, la aventura de Pertuiset –digna de Tintín, como el propio Rolin también se ocupa de recordarnos cada cierto tiempo– fracasa estrepitosamente, pero eso no le priva de granjearse cierta reputación a su vuelta a Francia, y el honor de estar retratado con un pie sobre un león nada menos que por Edouard Manet, en una pintura enorme que hoy puede verse en el Museo de Arte de Sao Paulo en el lejano Brasil.
Rolin fue un revolucionario, miembro del partido maoísta francés; y narra la historia intercalando su visita al Perú y Chile en pleno siglo XXI y aquellas revoluciones y guerras fratricidas que quizás añore como militante en retiro. Lo cierto es que Un chasseur de lions es una excelente novela de aventuras que poco tiene de ficción y que hoy en el Perú debiera ser traducida para beneficio de todos aquellos que parecen olvidar que la historia es cíclica, que hay que cuidarse de aquellas extranjeros que vienen a vendernos armas -o ideas– sin fundamento y sin conocernos, que las revoluciones y los revolucionarios de pacotilla aun no son cosa del pasado, y que la palabra orden no siempre significa lo mismo para el militar y para el civil. Después de todo Tomás Gutiérrez, quien lideró aquella revolución de una semana, fue apresado mientras, disfrazado de paisano e intentando huir de una muerte segura, gritaba ¡Viva Pardo!
[1] http://www.jverne.net/articulos/verneperu.htm Agradecemos a Cristian Tello, ilustre peruano, quien mantiene la página web más completa y visitada sobre Julio Verne en nuestro idioma.
[2] L’Amérique du Sud. Moeurs péruviennes. Martin Paz, nouvelle historique. El texto completoen español puede encontrarse en: http://www.scribd.com/doc/14244471/Julio-Verne-Martin-Paz
[3] www.youtube.com/watch?v=p66OEXEe2gM
En la boca del miedo
Monday January 09th 2012, 10:57 am
Filed under:
Cine,
Columnas
UNOS, DOS, TRES, LAS LISTAS OTRA VEZ
Por Martín Mauricio
Bueno, volvemos a las listas de las mejores del año, aunque ahora la elección ha sido más difícil, no por haber encontrado o visto grandes películas, sino por la ausencia de las mismas. Todas se encuentran en un nivel medio, no hay quienes sobresalgan nítidamente, así que lo que van a encontrar es puro y únicamente de gusto particular. Puede llamar la atención no encontrar tal vez a Rito Diabólico, Scream 4, Novias en Fuga, Más allá de la Vida, Super8 o Lazos de Sangre. También, cómo no, habría podido estar dos muy buenas, decentes y entretenidas cintas como Misión Imposible 4 o Las Aventuras de Tin Tin. En fin, para empezar la polémica, estas son las 10 mejores películas del año.
1. Temple de Acero (True Grit) de Joel y Ethan Coen

A pesar de los logros cinematográficos y sus múltiples premios –Fargo, entre sus obras más conocidas- hubo un tiempo en que los hermanos Coen eran considerados como hábiles artesanos que sabían contar historias entretenidas pero carentes de emoción. Puede ser que la opinión haya cambiado en Sin Lugar para los Débiles, la novela de Cormac McCarthy llevada al cine supuso un quiebre en su carrera, un western postmoderno narrado con excelsa capacidad visual y mucha fluidez narrativa. En su última película los Coen vuelven a esas dos fuentes que le dieron tantas satisfacciones. Primero, dejar nuevamente los guiones originales y adaptar la novela de Charles Portis del mismo nombre; y segundo, la vuelta al western pero desde un clasicismo tanto narrativo como estético.
Después del asesinato de su padre, Mattie Ross (Hailee Steinfeld) contrata los servicios de un asesino a sueldo: un vaquero alcohólico, pero de innegable sabiduría (Jeff Bridges). Ambos recorrerán el oeste americano en un extraño viaje donde lo mítico se confunde con la realidad. En Temple de Acero, la venganza es el factor principal, es el motor que da sentido a la vida en el pequeño cuerpo de Mattie, y eso es relativamente nuevo en el cine de los Coen. Ese nihilismo, muchas veces desesperante de los hermanos más famosos del cine americano, en Temple de Acero se deja de lado por una historia más humana, hasta en algunos casos sentimental, pero valiente y jubilosa.
2. Escritor Oculto (The Ghost Writer) de Roman Polanski
El regreso de Polanski a nuestras salas de cine es el retorno del mejor cine. Todo lo que realiza el director polaco-francés es siempre objeto de atención no solo por ese amarillismo que lo persigue por sus condenas policiales, sino por esa claridad y capacidad para construir relatos modernos, así estas se desarrollen en cualquier época de la historia. El Escritor Oculto no es la excepción. Un ex Primer Ministro Inglés –cualquier parecido con Tony Blair si es coincidencia-, Adam Lang (Pierce Brosnan), contrata el trabajo de un escritor “negro” (Ewan Mc Gregor) para que le ayude a elaborar sus memorias.
Basada en la novela de Robert Harris, este guión se convierte en las manos de Polanski en una película de suspenso, de aventuras y de secretos de estado, donde cada secuencia de la cinta encierra lecciones de cine de un director en plena forma.
3. El Cisne Negro (Black Swan) de Darren Aronofsky
Darren Aronofsky es un director polémico, tiene tantos detractores como fervientes entusiastas defensores de su cine, sobre todo de esa cualidad muy propia que es su estética visual, y si hay algo que no se le puede negar es el constante compromiso de un cineasta apasionado por las imágenes. Nina (Natalie Portman) es una eximia bailarina que se presenta a una audición para dar vida al Cisne Negro en “El Lago de los Cisnes”. Su falta de audacia y malicia la hacen caer en una metamorfosis destructiva que no es más que un deseo reprimido que lleva por años, sumado esto a la continua vigilancia de una madre castradora. Esa conversión que busca Nina de Cisne Blanco a Negro es en las manos de Aronofsky una pesadilla inquietante con un desenlace mortal.
4. Triste San Valentín (Blue Valentine) de Derek Cianfrace
Si bien la película de Derek Cianfrance no era una sorpresa –sí su estreno en la cartelera peruana- por los premios y nominaciones que había conseguido, es un respiro diferente dentro de los vicios comunes del cine indie americano, en muchos casos snobista o demagógico. Michelle Williams y Ryan Gosling no son una simple pareja que se encuentra en el ocaso de un matrimonio, es una pareja desconsolada por el fracaso y la pérdida de sus deseos en común. Cianfrance nos muestra -en un gran montaje- ese desamor, con la intimidad y dulzura de los primeros encuentros. Pocas veces se ha visto con tanta intensidad dentro de una pantalla de cine, esas tinieblas que surgen en las crisis matrimoniales que no son más que retratos puros y sinceros del fin de la vida en pareja.
5. Camino a la Libertad (The Way Back) de Peter Weir
La libertad siempre ha sido una de las características del cine de Peter Weir. Eso es lo que buscaba Jim Carrey en el Show de Truman o Jeff Bridges en Sin Miedo a la Vida. Esos grandes espacios naturales donde el ser humano se siente diminuto como las estepas siberianas en Camino a la Libertad o el inmenso océano de Capitán de Mar y Guerra, son lugares de escape y de enfrentamiento con su destino. Janusz, Valka, Zoran, han logrado huir de los Gúlag siberianos, pero deambulan por un maravilloso territorio que es propiedad de un Stalin que se encuentra en constante presencia dentro de la película, como un gran obstáculo que se tiene que sortear para ser por fin libres. Todos ellos emprenden un camino de supervivencia tan irreal para la conciencia humana, pero que Peter Weir logra llenar de coraje y espíritu.
6. Medianoche en París (Midnight in Paris) de Woody Allen
Desde que Woody Allen dejó Nueva York hace más de seis años –o siete películas para ser exactos, recordemos su propósito de realizar un filme por año- para hacer un viaje por el continente más antiguo, sus fervientes admiradores esperaban con muchas ansias ese encuentro con una de las ciudades más románticas y poéticas de Europa: París. Y ese encuentro devino en una película que rinde homenaje no solo a las diversas y maravillosas épocas y mitos de los cuales se ha construido la ciudad luz a lo largo de los años, sino también al cine más puro y emblemático. Medianoche en París es sin lugar a dudas la película que siempre pensó realizar Woody Allen y a sus 75 años se le nota más vital y jovial que nunca.
7. El Planeta de los Simios (Rise of The Planet of The Apes) de Rupert Wyatt
Desde un comienzo la expectativa por ver esta película fue aumentando no solo por el hecho de que en un momento se esperaba un remake de la gran obra de Franklin J. Schaffner, sino de la alta propuesta de tecnología digital de Rupert Wyatt, un joven director Inglés que había realizado una aceptable película que pasó desapercibida al ojo crítico: El Escapista. El resultado más que sorprendente fue gratificante, El Planeta de los Simios es la perfecta simbiosis de tecnología, acción y dramatismo. Esta precuela, que recoge de varias otras cintas que se hicieron después de la de Schaffner, se acerca a temas mucho más modernos como el contrabando científico, el abuso de poder, la trata de personas y la libertad.
8. Rango (Rango) de Gore Verbinski
Gore Verbinski es un cineasta que sorprende, tal vez en muchos casos se menosprecie su obra –tampoco es que tenga un gran legado–, pero para algunos siempre da un poco más de lo que uno espera. Así pasó con Piratas del Caribe hasta que las segundas y terceras partes hundieron al barco, también con la comedia negra en El Hombre del Tiempo o con la aceptable adaptación de El Aro para su versión americana. Rango es un western divertido, con grandes escenas de acción, con diálogos del mejor cine del oeste. Hay villanos y anti-héroes y si la ves en su idioma original un reparto de lujo. Por primera vez en varios años, Pixar va a tener que ceder sus premios a la mejor película animada.
9. El Peleador (The Fighter) de David O. Russell
El deporte más cinematográfico por excelencia siempre ha sido el Boxeo. Sus personajes han contribuido generosamente a ampliar la gama de los grandes personajes del la industria. Cada uno de ellos tiene una historia de vida que va desde el drama hasta el espectáculo, de la gloria a la sobrevivencia. La película de David O. Russell tal vez no esté dentro de las mejores del género, pero tiene algo de lo cual carecen muchas: profundiza de la mejor y más brutal manera ese mundo del white trash americano. La historia de Micky Ward y la relación tirante con su medio hermano y su familia es un intenso relato dramático con un gran actor -que repetimos con insistencia- no es lo suficientemente valorado como debería ser: Mark Whalberg.
10. Un lugar en el Corazón (Somewhere) de Sofía Coppola
Sofía Coppola regresa al tema de las relaciones ahora con la historia de una estrella de Hollywood y su hija preadolescente. Como en sus anteriores películas, Las Vírgenes Suicidas, Perdidos en Tokio o María Antonieta, el trazo de la cineasta ganadora del Oscar es siempre audaz, cómico y dramático a la vez. Su mirada en tonos pausados y contemplativos la ponen como una de las principales representantes del cine indie americano. Somewhere es un film íntimo, narrado desapasionadamente, pero con la sabiduría de una directora a punto de hacer su gran obra.
Los anteojos de azufre
Monday December 19th 2011, 3:05 am
Filed under:
Columnas
Martín Rodríguez-Gaona:
la rebelión de lo mínimo y lo mayúsculo
Por Mario Granda
A veces, cuando los jóvenes poetas querían acercársele, Martín Adán levantaba la mano con la palma abierta hacia ellos para detenerlos y, sin mirarlos, seguía concentrado en su mesa, garabateando algunas palabras en una libreta de notas.
‘¿Qué le pasa al poeta? ¿Por qué no quiere atendernos?’, preguntaban, sorprendidos, los seguidores del legendario maestro.
‘Está con ella’, les respondían los parroquianos de El Cordano, que ya conocían al vate.
‘¿Quién ella?’
‘¡La poesía!’
Martín Rodríguez-Gaona recuerda esta anécdota a los estudiantes de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, a la que ha sido invitado para una lectura de su poesía y una conversación. Los primeros poemas leídos son los de Efectos Personales y Pista de Baile, para los que hace antes una corta introducción.
“A fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, las bombas y las amenazas de bombas eran casi de todos los días. Había mucho miedo y poco trabajo. La poesía fue para mí una manera de rebelarme, de asumir que no había perdido la juventud, pues en el Perú y en el mundo las cosas estaban muy convulsionadas. Aquí los campesinos sufrían el terrorismo y en Irak el ejército de EE.UU. destruía ciudades y ejércitos enteros. Ante todo esto, fue necesario para mí querer rescatar lo que era mío: la calle, la ciudad, lo que me pertenecía. ¿Por qué los jóvenes no podíamos ser solo eso, jóvenes? El poeta tiene que rebelarse en lo mínimo y en lo mayúsculo para ser libre”.
Rodríguez-Gaona ya no es el pelucón ochentero de la foto que aparece en la contratapa de Efectos Personales, como muchos lo recuerdan todavía en el Perú. El tiempo, es obvio, tiene que pasar.
En voz baja, en voz casi inaudible pero segura, habla de Charles Baudelaire, del colombiano Raúl Gómez Jattin, de 24 hour party y Roberto Bolaño. “La poesía no es lejana del conocimiento, de la biblioteca, del estudio de la sociedad”, apunta el invitado. “El poeta descubre sensibilidades que poco a poco comienzan a ser parte de la realidad; esa sensibilidad abierta por libros como Las flores del mal termina difundida tiempo después por medio de otras formas como la literatura de terror, los cuentos de Edgar Allan Poe o hasta la música de Marilyn Manson”.
Pero no todo es poesía. “Lo que más se promociona del Perú en el extranjero es la comida –que no es de las mejores— y a las vedettes. Todo es consumo y poca cultura. Los periódicos son instrumentos publicitarios y toda novedad tecnológica –con internet a la cabeza— es en realidad una nueva modalidad de comercio. Si antes el instrumento de dominación era la religión, ahora es la economía”.
“Un país como el Perú está en desventaja ante el primer mundo. Aquí se cree que si todo el Perú fuera como Lima o como Miraflores, seríamos del primer mundo. Pero en realidad estamos a años luz. Y si se quiere hablar de cultura, igual la diferencia es grande. Shakespeare, Victor Hugo, Cervantes, todos estos escritores son mundialmente conocidos. ¿Y el Inca Garcilaso, Guamán Poma, Vallejo? Nadie los conoce en París, solo unos pocos. Somos pequeños en relación a la capacidad de diálogo que nuestra cultura tiene con las otras, y este es el problema”.

Detalle de la carátula de Codex de los poderes y los encantos (Ed. Olifante, Zaragoza, 2011)
Los dos últimos libros de Rodríguez-Gaona son Parque infantil (Pre-Textos, 2005) y Codex de los poderes y los encantos (Olifante, 2011), ambos publicados en España. El primero es un recuento a la relación con su fallecido padre, y el segundo (cuya versión en PDF se puede encontrar en Letras5) es un canto épico que, sobre la base de los Comentarios Reales y Nueva corónica y buen gobierno, busca establecer este diálogo aún ausente entre Europa y los “marginales de occidente”, y reflexionar sobre su propia elección de vivir en España. “Son pocos los escritores los que han deseado integrarse al país al que han emigrado. Los cuentos de Ribeyro siempre trataron de la Lima de los cuarenta o cincuenta y los poetas del siglo XX que pasaron por Europa siempre se quedaron mirando el Perú de lejos. En Codex… hay un deseo de entablar un intercambio entre historia americana y europea que, de algún modo, yo también he vivido al escoger vivir fuera de mi país”.
“A mí me dijeron que viajara a España porque allí iba a ser feliz. Pero fue justo este el momento en el que el mundo vivía una vorágine consumista, una soberbia de nuevos ricos, y a comienzos del siglo XXI todo explotó. La crisis que hoy ha golpeado a España la obliga a redefinir su posición en Europa”.
Martín continúa, lee el Canto I de su libro, La dueña y los altos oficios, y luego vienen las preguntas. Sus respuestas evocan de nuevo a Baudelaire: “El poeta busca las correspondencias, un orden ficticio que pueda explicar el caótico universo. Este sistema de relaciones, de espejos, permite al poeta entender el mundo”. Sus respuestas también tratan sobre los momentos para la reflexión y los momentos para la escritura: “Hoy trato de darme el tiempo necesario para entender las cosas. Así también es el arte: busca conciliar lo efímero con lo trascendente. Hoy no creemos en la eternidad, pero tenemos el ansia de eternidad”.
“¿Crees tú que los temas de tu poesía se deben tratar con seriedad o con humor?”, le preguntan. “¿Depende tu poesía de la opinión que tengas de los temas que tratas?”,
“Yo creo que ya no me detengo mucho a pensar si tengo una opinión buena o mala, en si algo me parece bien o mal o si me gusta o no. De lo que tengo ganas es de interpretar… Esto me entusiasma. Gustar o no gustar algo depende de la edad que se tenga o de las relaciones particulares que se tienen con un objeto, un libro o una persona. Lo que más me entusiasma es saber que algo despierta mi curiosidad”.
“¿Y cómo escribes? ¿Cuándo sabes que un poema tuyo está listo?”
“Sé que hay poemas míos que están bien escritos y eso me alegra. Pero el poeta nunca podrá saber si mañana podrá alcanzar la poesía. Es cierto que las lecturas y las traducciones –sobre todo las traducciones— que he hecho me han permitido aprender nuevas cosas, estilos, ir hasta la profundidad de las palabras utilizadas por los poetas en su obra. ¿Se escribe siempre? Puedo escribir un ensayo sin problemas, pues se trata, ante todo, de una labor intelectual y lógica. Pero creo que para escribir poesía uno tiene que tener su espacio, su lugar. Poesía se escribe cuando uno está cargado, y cuando aparece el detonante, ya eres otro. Pero el poeta siempre se pregunta lo mismo: ¿lograré ser digno de la poesía? Y allí está lo más emocionante de esta elección”.
Tímido e intenso, mínimo y máximo, Rodríguez-Gaona termina sus palabras y se gana el aplauso. Al día siguiente parte a España. No tuvo oportunidad de presentar Codex… en Lima, pero ya regresará. ¿Cuándo? No se sabe. Pero seguramente con otro libro de diálogos, ideas y más poesía.
Vagamente muchos peruanos
Monday December 12th 2011, 10:02 am
Filed under:
Columnas
Lima, “la más extraña y triste ciudad que usted pueda ver”,
y las limeñas hechiceras en Melville y Bernhard
Por Alejandro Neyra
Lima, antigua ciudad de los Reyes, otrora ciudad jardín y hoy más cerca de ganarse el epíteto de Salazar Bondy, ha sido mencionada en diversas obras de ficción. Quizás quien más lo haya hecho, probablemente porque además pasó como marinero por nuestro mar y por nuestra capital, fue Herman Melville[1], quien debió llegar en la época más odiosa del año –entre junio y agosto, se aceptan apuestas– si nos remitimos a su famosa y terrible descripción sobre la blancura de la ballena en Moby Dick, donde dice que es Lima “la más extraña y triste ciudad que se pueda ver.[2]”

Lima aparece mencionada así, al paso, pero con mucha precisión por Melville, como una ciudad seca, sin lágrimas, como una ciudad “blanca”, entendiendo ese color como símbolo de algo profundo, incomprensible y, por qué no -disculpen el oxímoron- oscuro. Pero es también en “The Town-Ho’s Story” y en Benito Cereno que aparece nuevamente Lima y los limeños, y también en una brevísima historia “policial” de Thomas Bernhard, el enigmático autor austriaco, en donde aparece nuevamente nuestra ciudad capital. Pero antes de seguir, y para no perder la costumbre, presentamos también un pequeño entremés que esta vez nos conduce a la más famosa viñeta europea: las aventuras de Tintin… ¡en el Perú!
…………………………………………………………………..
Tintin y el templo del sol
Como ya es costumbre, proponemos un pequeño entremés, en esta ocasión para revisar una de las aventuras del personaje más conocido de la historieta europea: el aventurero belga Tintin (Tantán si quieren lucir su francés), quien además llega muy pronto a la pantalla grande (en 3D) gracias a la colaboración de Steven Spielberg y de Peter Jackson.

Tintin es un joven reportero creado por el caricaturista belga Hergé en 1929. Tintin tiene el pelo rubio y un peinado peculiar, y va por el mundo acompañado de su perrito Milou, metiéndose en problemas pero también desfaciendo entuertos. En 1944 aparece la edición de Tintin et el temple du soleil (Tintin y el templo del sol) en el que el joven llega al Perú para encontrar a uno de sus compañeros de aventuras, el doctor Tournesol, quien está a punto de ser sacrificado al sol (Tintin es un viajero un poco atemporal y atípico y en esta historieta específica se mezclan detalles históricos y tiempos reales y ficticios). En el Perú, Tintin y sus amigos son ayudados por el indio Zorrino (curioso nombre ¿quechua?) y al final libera a su amigo gracias a una treta de esas que aparecen en tantas obras de ficción. Los incas no saben nada acerca de eclipses (¡por favor!) y al predecir uno Tintin llega a salvar al profesor Tournesol.
Detalles curiosos: un mapa mutilado del Perú (en favor del Ecuador), huacos y momias extrañas por decir lo menos, la velocidad del viaje en los andes en los belicosos años cuarenta y muchos más que pueden atribuirse tanto a Hergé mismo como a nada más y menos que Gastón Leroux. ¿Quién es Gastón Leroux? Un famoso escritor francés de novelas detectivescas entre las que destaca sobre todo El fantasma de la ópera y, para el propósito que nos convoca, la novela L’épouse du soleil o La esposa del sol, que es la historia en la que se inspiró Hergé para esta específica serie de su saga tintiniana. ¡A leer se ha dicho!
……………………………………………………………………………
Melville en Lima
En 1844 pasa Herman Melville por Lima y debe haber causado en él gran admiración encontrarse con la antigua capital del Virreinato del Perú, la catedral, el puente sobre el río Rímac y la forma de vestir de los limeños y de las limeñas –sobre todo estas últimas- a las que vuelve en diversas oportunidades en sus obras. La más famosa de todas, la descripción que está en Moby Dick, como ya vimos, pero sobre todo el orden colonial aparece reflejado en Benito Cereno. Es esta una obra corta que aparece publicada por entregas en 1855 en la revista Putnam y que a su vez tiene base en un relato histórico de 1817, efectuado por parte del capitán que constituye con Benito Cereno el eje de la historia, el navegante de curioso nombre: Amasa Delano.

El relato de Melville transcurre en 1799 y ya desde el inicio encontramos una referencia curiosa a la “Lima intrigante”, en una larga metáfora que de alguna manera compara un clima sombrío y vaporoso, por el que queda un resquicio de luminosidad, con el ojo de una intrigante limeña vestida con saya y manto. En la historia, Delano encuentra un barco aparentemente siniestrado en las costas de Chile y se aproxima a él para brindar ayuda. El capitán del navío, Benito Cereno –acompañado siempre de un negro esclavo, Babo, que parece ser su mano derecha-, se muestra siempre reticente, parco y melancólico al hablar, y explica la mala suerte de peste y tempestades que los ha llevado a esas costas y que los dejó en tan mala condición física y espiritual.
Se trata de un excelente relato en el que poco a poco vamos acercándonos a la verdad: los esclavos del barco han asesinado a casi toda la tripulación y obligan a Cereno y a los otros blancos sobrevivientes a llevarlos a Senegal. La intervención de Delano y el coraje de Cereno, muestran finalmente la verdad y permiten que el “San Dominick” –cuya insignia reza “Seguid a vuestro Jefe”- sea llevado a Lima, donde las cortes del Virreinato se ocuparán de juzgar a los negros rebeldes y resarcir a los sobrevivientes dando cristiana sepultura a los blancos asesinados. Como puede apreciarse, hay varias versiones de los hechos y hacia el final leemos la deposición judicial de Benito Cereno, quien describe la hordalía sufrida pero no resiste el drama y decide recluirse en el convento de Monte Agonía, en Lima, donde muere al poco tiempo.
Benito Cereno ha sido visto, por algunos, como esclavista y, por otros, como abolicionista. En todo caso, su lectura y la aparición de algunos personajes menores limeños hacia el final del relato bastan y sobran para que sea recomendable. Como lo es también un artículo del que probablemente se guió Melville para componer sus paisajes y personajes. Se trata de un artículo que aparece en 1851 en Harper’s y que lleva por título “Lima and the Limanians[3]”. La descripción de la vida en Lima y de algunas costumbres de la Lima recientemente independizada (algunas que aun permanecen como las corridas de toros) así como los dibujos y descripciones de los caballeras y de las limeñas “hechiceras” vestidas con saya y manto, constituyen una joya histórica de la cual solo rescatamos la siguiente frase, que quien sabe continúe gozando de validez:
“En Lima, así como en todo Sudamérica, las mujeres son, intelectual y físicamente, muy superiores a los hombres. Todos los visitantes de Lima hablan con cálida admiración de la gracia de las Limeñas, quienes son las más encantadoras y graciosas mujeres de Sudamérica”.
La Lima de Thomas Bernhard
Thomas Bernhard es un autor austriaco que para muchos sigue la línea trazada por otros escritores en alemán como Kafka y Mann. Su visión sombría y al mismo tiempo irónica del destino humano (y de su propio país, con el que muere irreconciliado) lo hacen uno de los autores más importantes del siglo XX. Apenas conociendo muy poco de su obra (Gárgolas, El Perdedor, El sobrino de Heidegger) nos aventuramos a ver si entre su vasta obra había alguna referencia al Perú. Y he aquí que presentamos un texto que también nos aventuramos a traducir, que está en su colección de relatos El imitador de voces y que regalamos para que ustedes mismos saquen sus conclusiones sobre: 1) la calidad de Bernhard; 2) la extraña idea de un austriaco que busca a su mujer en las antípodas de los Alpes (¿los Andes?) en una insólita variante de “Marco, de los Apeninos a los Andes” (aunque ojo, las antípodas del Perú en realidad están en Camboya); 3) la impresionante capacidad analítica de la benemérita policía nacional peruana, conocedora de los secretos de los montes salzburgueses. Todo para disfrutar de este bizarro relato limeño.
“En Lima”
En Lima un hombre fue arrestado, porfiando tercamente que quería ir a los Andes para buscar a su esposa que había desaparecido en las montañas de Tauern el año anterior y que, como señala el hombre detenido por la policía en Lima, había aparentemente perdido la ruta y caído en una grieta en las inmediaciones de Tappenkar. Pero como las montañas de Tauern, y a decir verdad también Tappenkar, quedan en los Alpes salzburgueses, como hasta los oficiales de policía de Lima sabían, no sorprende que los policías peruanos inquirieran al sujeto, a quien en estado de negación total, y usando solo unos pantalones raídos y una chompa de pastor Carintia habían arrestado en el centro de Lima con actitud sospechosa, qué hacía realmente en el Perú. El hombre detenido nació en realidad en Ferlach en Carintia y es un próspero comerciante dueño de una armería en esa ciudad. Nuestro diario local no ofreció mayores detalles.
[1] En 1844 con el navío USS United States.
[2] Moby Dick, Capítulo XLII: La blancura de la ballena.
[3] Maravillosamente el artículo completo puede ser encontrado en: http://books.google.com/books?id=OYwCAAAAIAAJ&pg=PA598&dq=lima+limanians+harper&hl=en&ei=S-x_TommGrHH0AGMsvjoDw&sa=X&oi=book_result&ct=book-thumbnail&resnum=2&ved=0CDQQ6wEwAQ#v=onepage&q=lima%20limanians%20harper&f=false