El búho insomne
Monday March 19th 2012, 10:38 am
Filed under: Columnas

 

Estos tres: Maruja, Cristina y Leoncio

(Tres declaraciones de amor)

 

 

Si imposible es hacer tu vida como quieres,

por lo menos esfuérzate

cuando puedas en esto: no la envilezcas nunca

por contacto excesivo

con el mundo que agita movedizas palabras.

 

Constantino Cavafis

 

 

Por José Rosas Ribeyro           

           

 

Primera aproximación a estos tres 

No sé si todos los improbables lectores de esta columna, que a veces se parece a una sábana, estarán al tanto de que recientemente publiqué una novela en el Perú: País sin nombre (Mesa Redonda, Lima, 2011). En sus páginas, antes de empezar propiamente la narración, hay una larga dedicación “a mis muertos” y “a mis vivos”. Y una de las personas que figuran en el primer rubro es Maruja Martínez, amiga queridísima, fallecida en agosto del 2000, poco antes de cumplir 53 años. Pero no sólo eso: Maruja es uno de los pocos personajes “reales” (es decir, que existieron en la vida real) que aparecen en mi libro, que es, ya lo dije, una novela y, por lo tanto, más ficción que realidad. Aparece no como Maruja Martínez sino con el apodo cariñoso con el que sus amigos -muchos de ellos de mi generación: la del 68- nos referíamos a ella en la vida real: La Chola, y también con la “chapa” de Tania, que utilizó en la militancia clandestina en la que coincidimos tanto en VR y el POMR como en la Liga Comunista. Después se transformó en Teresa, pero yo ya no estaba en el Perú. Maruja, pues, una de las más bellas personas que he conocido en mi trajinada existencia, y su libro Entre el amor y la furia (Sur, Lima, 1997), que merece mucha más fama que la que tiene, es uno de “estos tres” personajes del título de esta crónica, uno de estos tres amigos entrañables a los que quiero evocar en este espacio.

Entre octubre del año pasado, cuando se presentó País sin nombre en la feria del libro “Ricardo Palma”, y mediados de enero de este año pasé alrededor de noventa días en Sudamérica y la mayor parte de ellos en Lima. Hice un viaje a Caracas, del que ya habló aquí mismo el “búho insomne”, y uno a Buenos Aires. Y es precisamente este segundo viaje y, sobre todo, mi reencuentro en la capital del tango con la escritora Cristina Siscar, lo que constituyen la segunda parte de “Estos tres”, título que -ya se habrán dado cuenta algunos avispados lectores, sobre todo peruanos- juega con el que le puso José Miguel Oviedo a su célebre antología en movimiento de los poetas del 68: Estos trece; el cual, a su vez, si mal no recuerdo, él le tomó prestado a un libro de cuentos de William Faulkner.

A Cristina Siscar la conocí en París en los años ochenta. Había llegado a la capital francesa huyendo de la dictadura que había hecho desaparecer a su marido y asesinado a su hermana, y se integró a un grupo de escritores más o menos jóvenes que intentábamos dar vida real a un proyecto editorial. Nacieron así las Ediciones del Correcaminos, que lograron editar seis o siete libros antes de morir envenenadas por su propia sangre. Uno de los tres libros iniciales que salieron entonces de la imprenta, en edición bilingüe, fue Tatuajes de Cristina Siscar, el primero que ella publicó. Después, ya de regreso a Argentina, ha entregado a los lectores, entre otros libros, los dos que con inmenso placer y admiración he podido leer entre Lima y París, La sombra del jardín (Simurg, Buenos Aires, 1999) y La Siberia (Mondadori, Buenos Aires, 2007).

Completa la tríada de esta evocación un viejo amigo del Perú: Leoncio Bueno. Viejo porque nació él hace mucho tiempo, imagínense, ¡en los años 20 del siglo pasado!, y sigue tan vital, cariñoso, dicharachero, burlón, generoso y buena gente, tal como lo encontré, en enero de este año, al visitarlo en la Tablada de Lurín, en compañía de nuestra común amiga la poeta Patricia del Valle. Leoncio seguro que llegará al centenario y más y más, a inmortal incluso, y terminará por enterrarnos a mí  y a otros del 68 que tanto lo queremos desde aquella época, de principios de los setenta, en que lo conocimos en su taller Túngar, donde él arreglaba baterías con las manos mientras conversaba sobre poesía con nosotros. Algunos de los libros de Leoncio Bueno son hitos imprescindibles en la literatura peruana. Menciono tres que son quizás los que yo prefiero: Rebuzno propio (Arte Reda, 1976), La guerra de los Runas (Túngar, 1980) y Los últimos días de la ira (Túngar, 1994),  aunque debo confesar que conozco mal lo que ha escrito Leoncio en estos últimos años o, mejor dicho, recién lo estoy descubriendo ahora a través de un grueso volumen, titulado sencillamente Poesía, “una prepublicación hecha artesanalmente por el autor” que tuvo la generosidad de obsequiarme junto con sus memorias, Hijo de golondrino, cuando lo visitamos en la Tablada de Lurín y compartimos con él y su compañera, gaseosa, tamales, pastel de manzana, poesía y muchísimo cariño y calor humano. 

 

 

 

Maruja Martínez

 

Maruja Martínez: entre el amor y la furia

Maruja Martínez era de Jauja y vino a Lima a estudiar Ciencias Sociales  en la Universidad Católica. Yo soy de Lima y estudié Letras en San Marcos. A inicios de los años setenta ambos militábamos en una organización de izquierda llamada Vanguardia Revolucionaria (VR). Ambos rompimos con dicho partido formando parte de un grupo de compañeros que nos reclamábamos del trotskismo, pero aún Maruja y yo no nos conocíamos personalmente. En verdad, ella no debía tener ni idea de mí porque yo era un simple militante de célula, pero yo algo sabía de Maruja, la camarada Tania, pues ella tenía tareas de responsabilidad y algo de todo eso llegaba a nuestros ojos, a través de la lectura de documentos partidarios, y a nuestros oídos gracias a radio bemba. Yo vi por primera vez a Maruja cuando los ex de VR fundamos el Partido Obrero Marxista Revolucionario  (POMR) en una casona de Chosica. Pero eso no es estrictamente cierto, porque a quien vi fue a Tania, la militante, y no a Maruja, la amiga, por la sencilla razón de que, hasta ese momento, amigos no éramos. Fue en el seno del POMR, en las actividades de agitación y propaganda en fábricas, hospitales y locales clandestinos donde se reunían las células y, con mayor fuerza, en encuentros paralelos a los de la militancia, en cafés, en mi casa, en calles y avenidas, que se fue forjando una bella amistad entre nosotros, aunque siempre fuimos seres completamente diferentes. Ella tenía fe, yo siempre tuve -y tengo- una profunda vena escéptica; ella era seria y un poquitín solemne, yo siempre he sido irónico y he utilizado el humor negro como remedio contra la desesperación; ella practicaba la entrega total a la vida partidaria, yo siempre me reservé espacios propios, íntimos, personales; ella era una asceta, yo siempre me he entregado sin culpas a los placeres terrenales; ella no era muy literaria, yo vivía en un mundo rodeado de literatura.

¿Cómo fue entonces que dos personas tan distintas pudieron ser tan amigas y quererse mucho? Creo que eso se puede explicar sencillamente con tres palabras: respeto, rebeldía y pasión. Respeto mutuo, respeto de nuestras abismales diferencias; rebeldía e indignación ante la injusticia social, la explotación de unos seres humanos por otros seres que deberían ser sus iguales y ante la insoportable miseria que nos rodeaba en el país que nos había visto nacer; pasión por la vida, en defensa de nuestros ideales, en las relaciones humanas, en la amistad, en el amor. Además, yo la hacía reír con mis historias de bohemia y amoríos y ella me amonestaba por esas mismas historias que la divertían. Un día me percaté medianamente asombrado que ella me quería mucho y que yo la quería también mucho a ella. Y así dos seres distintos, que nunca tuvieron nada erótico ni sensual en su relación, pudieron manifestarse su mutuo cariño a través de diversos gestos y confidencias. Ella expresa muy bien esos sentimientos en la dedicatoria que escribió, en junio de 1997, cuando me entregó un ejemplar de su excelente libro Entre el amor y la furia: “ternura, presencia, antes y ahora”.

Ya salí expulsado del Perú en 1975 y, desde entonces, nos vimos poco. No volví a Lima sino seis años más tarde, por solo dos semanas, y no recuerdo si tuvimos la ocasión de vernos. Después sí, cuando regresé en 1994, y siempre que estuve por allá, hasta que su muerte me dejó pasmado y con un dolor que aún me duele. Me duele tanto todavía que escribir esto se me hace difícil, se me chorrean las lágrimas y siento como que me acabaran de dar hoy la trágica noticia de lo ocurrido en el 2000. Para mí retornar a Lima era volver a ver a Maruja, compartir con ella el cariño y la ternura, hacernos confidencias y discutir de política sin contarnos mentiras. Ella era una razón fundamental de mis regresos y los momentos que pasábamos juntos como que me reconciliaban con el Perú, un país que para mí -ya lo dije antes en algún sitio- es hasta hoy una herida abierta. Ella curaba esa herida, le ponía árnica a mis moretones interiores, me daba la mano para conducirme por los caminos menos ásperos y dolorosos de la ciudad del infierno. Y así llamé mi segundo libro de poesía: Ciudad del infierno.

 

Yo no soy de los que creen, como Rousseau, que existe una bondad esencial en los seres humanos. Esa era tal vez otra diferencia mía con Maruja: ella se daba encontronazos con la realidad y sufría grandes desilusiones porque creía que en la gente había una bondad intrínseca y, sin embargo, todos los días, fuera y dentro de su infatigable trabajo partidario en pos de una improbable revolución, la vida le demostraba lo contrario. No obstante, ella la optimista esencial y yo el pesimista empedernido, nos encontrábamos en la misma dolorosa constatación del mal y nos sanábamos mutuamente las llagas, aunque debo confesar que ella lo hacía mejor que yo.

En junio de 1997 estuve en Lima. Su libro Entre el amor y la furia acababa de aparecer y así, como pan caliente recién salido del horno, lo puso entre mis manos después de añadirle de puño y letra la frase antes mencionada. En los periodos en que no nos veíamos debido a la distancia, ella en Lima, yo en París, intercambiábamos de vez en cuando largas cartas. Cartas en las que las cosas del corazón y los sentimientos íntimos se mezclaban con álgidas discusiones políticas. Cual no sería mi sorpresa cuando en ese magnífico libro suyo, en que narra muchas cosas que me han concernido directamente también a mí, encontré entre  las páginas 154 y 159 un capítulo titulado “Aureliano, poeta”. Cabe precisar que en la vida militante yo le había tomado prestado el nombre a Aureliano Buendía para utilizarlo como pseudónimo. Pero yo ya casi no recordaba al abrir el libro que una vez, como de pasada, me había pedido autorización para reproducir algo de lo que le expresaba en una carta y que, por cierto, le había dicho que utilizara lo que quisiera. Fue tremenda la impresión cuando leí ese capítulo allá en Lima. Tremendo por las bellas palabras que ella me dedicaba a mí y tremendo por encontrar mis propias palabras, cargadas de desesperanza ante la izquierda y quizás algo de amargura, en las páginas de un libro de ella. De ella, Maruja, que nunca perdió la esperanza y murió combatiendo. He vuelto a leer dicho capítulo ayer, ll de marzo, en París, y se me han revuelto dentro los recuerdos y los sentimientos. Sólo quiero citar aquí algunos aspectos de nuestra relación que ella destaca. Empecemos por el comienzo, el primer párrafo: “1972. ‘Mañana es tu cumpleaños, Chola. Te emborrachamos. Ya hemos quedado que será en mi casa. Vamos a ver si es cierto que ninguna cantidad de licor te tumba.’ He reído con la ocurrencia de Aureliano y me alegra. Cargo muchas depresiones dentro de mí como para decir que no. Tal vez resulte divertido. Sólo dirá a los amigos más íntimos: su compañera Amaranta, Turcios por supuesto, los gordos Moreyra, Betsy, Martín y Paco. Arcadio, el hermano de Aureliano, también camarada y también poeta, no fue invitado porque no es mi amigo, y es seguro que será nuevo motivo de resentimiento. Pero Aureliano es implacable en su afán de darme gusto.”  

Más adelante Maruja señala algunos aspectos de nuestros encuentros amistosos al margen de la vida partidaria: “Es raro se mantenga en la militancia. Si es esencialmente un poeta (…) Pero jamás habla de poesía conmigo. Hacemos citas urgentes, como si tuviéramos que hablar de cosas importantes, del Partido, de la revolución, del porvenir del Perú. Pero no hablamos de poesía, ni de política. Tal vez sólo de sueños y tristezas. Tal vez yo hablo más que él (…), hablar con él es siempre un oasis, una experiencia refrescante.”

En este capítulo, Maruja reproduce en extenso una carta mía fechada en París, el 27 de octubre de 1986. Expreso en ella mi ruptura con una práctica pretendidamente revolucionaria, con una fe que justifica dictaduras y con una ceguera que nos llevó a la demencia política. Y reafirmo que mi ideal de transformación social está íntimamente ligado a los principios del socialismo libertario. Pero no es eso lo más importante. Lo verdaderamente importante es lo que escribe ella: “Lima, 14 de setiembre de 1986. Ha pasado un mes desde que me llegó tu carta. Qué bueno fue para mí el saber que me recuerdas, y que me recuerdas bien. En todos estos años oscuros y grises, creí que ya no podía recuperar mis amigos, mis verdaderos amigos, aquellos que pusieron un alguito de fraternidad y de ternura en mí. Te confesaré que no te imagino haciendo una tesis ni como un formal profesor en París. Es difícil. Creo que me gusta más el poeta medio irresponsable y tierno que me ayudó en mis días de depresión (no tan) juvenil.” Luego, con fecha del 9 de abril de 1987, Maruja dice: “No sabes cuánto daría por tomar un café contigo en el Tívoli de hace diez o quince años, y contarte mis cosas, ya no mis viejos dolores y angustias sino ahora mis esperanzas y mi libertad. No cambies, por favor, aunque yo siga siendo trotskista y tú seas libertario…”

En el capítulo siguiente, titulado “Miradas tristes”, Maruja evoca de nuevo con extrema sensibilidad, nuestra amistad durante los años de militancia: “1973. Me gusta caminar por el centro de Lima, sobre todo cuando estoy un poco deprimida como hoy. Aureliano y yo hemos quedado en encontrarnos a las 5. El hecho de conversar con un poeta me produce un cierto sosiego. No me molesta su largo pelo ensortijado ni sus ralos bigotes, ni su vestimenta estrambótica, raras en un militante como él. Porque además de poeta, Aureliano es como un niño bueno: transparente y tierno, recibe mis cuitas sin preguntar y sin juzgar.” En estas frases veo a Maruja tal como era: generosa y querendona, y con tendencia a mejorar a las personas de su entorno. No, yo no soy tan “bueno” como ella me veía. Es más, muchos creen totalmente lo contrario porque soy agresivo al hablar, ya que mi emotividad y mi timidez suelen añadirle violencia a mis palabras. Sin embargo, me gusta la visión que tenía de mí y que se llevó con ella cuando la atrapó la muerte. La más injusta e imbécil de las muertes. Que Maruja haya muerto es algo que no puedo concebirlo y por lo general trato de creer que no es cierto. Sólo cuando voy al Perú se me convierte en una evidencia, en otra herida más imposible de sanar. Lima sin Maruja (y sin otro amigo, Pocho Ríos, que ella no apreciaba mucho) ya no es mi Lima, ya no lo será nunca. En la ciudad en que nací y en relación a Maruja, a la Chola, vivo una especie de viudez fraterna que me acompañará hasta que me llegue a mí la hora de la partida eterna.

Me ha sido difícil evocar a Maruja Martínez por escrito. Difícil porque el recuerdo ha reavivado el dolor. Yo sabía que sería así y por eso, durante los doce años transcurridos desde su muerte hasta ahora, no lo hice, no escribí nada sobre ella aparte, creo, de unas cinco o seis líneas para un homenaje que le hicieron. A mí, ahora, no me queda sino recomendar la lectura de Entre el amor y la furia, pero no como homenaje a ella o en reconocimiento de la gran persona que fue y menos aún porque en una parte de su libro aparezco yo, sino porque se trata de un testimonio fundamental para comprender el Perú de los años 70-80. Lamentablemente, cuando estuve en Lima el año pasado no lo vi ya en librerías. Quiero creer, no obstante, que es posible encontrarlo en algún lugar.

 

 

 

Cristina Siscar

 

Cristina Siscar: el sueño y la memoria

No sé por dónde empezar, si por el viaje que me llevó recientemente a Buenos Aires y al reencuentro con Cristina Siscar, o si debo más bien respetar la cronología de los hechos y situarme de entrada en París, a mediados de los ochenta, cuando conocí a Cristina. En verdad, no sé por dónde empezar y quisiera que alguien me ayudara a decidirme, pero no hay nadie a mi alrededor, estoy solo. Y solo y medio a ciegas debo avanzar ahora. Y vamos avanzando ella y yo, sí, hace tres meses, por las calles de San Telmo, el barrio bonaerense donde vive Cristina. Es verano y hace un asfixiante calor de 40 grados. Vamos a bares y cafés, entramos en antiguos conventillos convertidos en comercios de artesanías, respiramos bajo los árboles del parque Lezama. He vuelto a ver a Cristina tras veintisiete años de desconexión total de nuestras vidas y eso ha sido posible gracias a la magia de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Una amiga virtual me consiguió su dirección electrónica, le escribí y quedamos en vernos cuando estuviera yo en  Buenos Aires. Tras todo ese inmenso tiempo transcurrido sin tener noticias el uno del otro, temía yo que nos encontráramos formalmente, ya sin amistad ni cariño, completamente extraños y extranjeros, habiendo olvidado las emociones que compartimos en París. Debo confesar que yo iba preparado para eso, pero no fue así lo que ocurrió. Pasamos doce horas conversando, desenrollando el hilo de nuestras vidas, confrontando nuestras trayectorias literarias, recorriendo juntos las calles de su existencia cotidiana desde que volvió a Buenos Aires, y descubriendo yo que esa ciudad, en la que nunca había estado antes, no me era totalmente desconocida, y que esa mujer de larga cabellera negra y mirada penetrante que me acompañaba en la visita, no era tampoco un ser extraño sino alguien con quien se habían mantenido vivos secretos lazos de afecto y complicidad.

Ahora que he avanzado en el tiempo y me he situado a dos meses de hoy, un jueves primaveral en el que escribo, puedo darme el gusto de retroceder a 1985, cuando apareció en París -aquí mismo- el primer libro de Cristina Siscar: Tatuajes, en versión bilingüe. Publicaron el libro las Ediciones del Correcaminos, pequeña estructura editorial, una especie de cooperativa, que habíamos fundado poco tiempo antes varios escritores latinoamericanos medianamente jóvenes. Tatuajes fue el tercer libro que salió de la imprenta con el sello Correcaminos, antes habíamos publicado Elqui Burgos (Sublimando al impostor) y yo (Curriculum mortis). Cristina Siscar escribía en aquel entonces poesía, una poesía intimista, hecha de observación subjetiva o recreación óptica tanto del mundo exterior como del interior, tanto del sueño como de la vigilia, característica que -lo compruebo ahora al leer La sombra del jardín y La Siberia- ha mantenido luego en su prosa. “El escritor más intenso es el que sabe leer bien sus propios sueños. En el caso de Cristina Siscar la literatura es eso”. Es como si la escritura de Siscar “se desplazara por la banda negra de los sueños para ir sacando de allí las anécdotas más traslúcidas y claras del mundo. Las que están durmiendo en nosotros”, escribe el narrador Héctor Libertella en la contratapa de Lugar de todos los nombres, un libro de cuentos. Sin embargo, creo que lo que dice corresponde perfectamente a todo lo que he leído de Cristina desde su inicial Tatuajes.

No sé qué piensa hoy Cristina de su primer libro. Yo acabo de releerlo para escribir esta crónica y me han vuelto a seducir versos como estos: “De tantas muertecitas somos/ De tantos parchecitos negros”. O estos otros: “Como gaviotas desnucadas/ Como una puerta clausurada/ Se apaga un puerto”. Y estos también: “Con tatuajes de adioses en los ojos/ me veo pasar pasar.” O todo un poema, como éste, que forma parte de la sección “Eros iones” y cito completo:

 

                        Sube el humo

                        en los ojos se enturbia

                        la quemazón del pastizal

                        pieles eriza

                        desliza manos

                        y carne toda labios besa

                        vientres ruedan

                        entreverados

                        hombros entre escombros

                        por una grieta del pecho

                        sube el humo

 

Si bien Tatuajes fue el primer libro que publicó Cristina, en 1985, el año anterior había dado a conocer un cuento titulado “Mundo mundo” en una pequeña revista de Barcelona llamada Trafalgar Square, el cual incluyó después en el libro Reescrito en la bruma. Ese dato yo lo había olvidado por completo y fue ella misma quien me lo recordó, añadiendo que eso fue posible porque yo hice las gestiones necesarias con el poeta que dirigía dicha publicación. Debo confesar que hoy me siento orgulloso de haber descubierto, en un ayer lejano, su talento narrativo.

Cristina Siscar vivió seis años en Francia y a finales de 1986 regresó a Argentina. A pesar de que habíamos tenido en París una relación hecha de complicidad intelectual y afectiva y verdadero cariño mutuo, nos perdimos por completo de vista y durante años no tuve ninguna noticia suya. Eso cambió un poco cuando apareció Internet porque entonces pude descubrir entrevistas que le habían hecho, referencias y comentarios a los libros que había publicado a lo largo de dos décadas, desde 1987, y de las antologías que había compilado y prologado, e incluso alguna información sobre trabajos académicos que analizan una de sus novelas: Les romans de la perte en Argentine, tesis doctoral de la francesa Orianne Guy, y “Diáspora, errancia, querencia en La sombra del jardín de Cristina Siscar”, de Néstor Ponce.

Al leer los dos libros más recientes de Cristina quedé impresionado. Me subyugó su escritura elegante, casi simbólica, que algo tiene -creo- de influencia francesa. Ya sé que a ella no le gusta que diga “escritura elegante” al hablar de sus narraciones, pero yo no soy crítico literario ni pretendo serlo, tampoco me arrogo el derecho de hacer análisis académicos y lo que digo lo expreso desde mi subjetividad, desde mi apreciación personal por demás arbitraria y subjetiva.  Una crítica argentina, María Rosa Lojo, por su parte, ha descrito muy bien, creo, lo que es La sombra del jardín: una novela que dibuja la parábola de una aventura femenina por el paisaje del exilio: un itinerario a la vez onírico y dolorosamente real, donde lo poético confluye con lo político. El sexo y la nostalgia del amor y de la permanencia, el cuerpo que duerme en hogares transitorios, la memoria del fuego y el alimento crean un tejido -a la vez sensual y evanescente- de evocaciones y deseos. Profundamente simbólica, plena de resonancias exquisitas y antiguas, La sombra del jardín inscribe en los laberintos de la extranjería y el anhelo de una perdurable comunidad, otra cara posible de la épica, donde no hay héroe guerrero sino la peregrina de un camino interior en busca de un jardín perdido.”

En La sombra en el jardín hay un párrafo que describe de alguna manera también la presencia de la memoria en la narrativa de Cristina: “Con ser tan vívida, esta imagen vuelve hoy a mi memoria envuelta en dudas. Nunca sabré hasta qué punto la fui dibujando o transformando con el correr del tiempo, o allí mismo, bajo el influjo del día, del lugar. A veces creo que más inasible que el pasado es el momento en que inventamos lo que pasó.” Esta problemática de la memoria que termina siendo siempre ficción, invención, como los sueños, comunica directamente mi propio trabajo narrativo con el de Cristina, aunque la concretización literaria de eso en ella y en mí sea muy diferente. Yo, en País sin nombre, como que la he resumido recurriendo a una frase de Cabrera Infante, uno de los narradores de lengua castellana que más admiro: “Le soy fiel a mi memoria aunque mi memoria me sea infiel.” Y también con una frase del novelista francés Serge Doubrovsky: “Si j’essaie de me remémorer, je m’invente.”

La Siberia, el último libro publicado, hasta ahora, por Cristina Siscar, incluye para empezar un cuento largo o, más bien, una novela corta o nouvelle, y cinco cuentos. Si bien el conjunto es excelente, la narración que da título al libro es, sin exagerar, una pequeña obra maestra. El relato de un viaje en autobús por la Patagonia, tierra de desolación, frío y exilio, tierra en que el paisaje desértico se introduce en el interior de los personajes y los transforma, es un trabajo de artesanía fina, precisa, minuciosa que, como digo, termina dando lugar a una joya. Los cuentos que acompañan a la nouvelle en este libro comunican con ella de maneras diversas y poseen, todos, una excelente factura literaria. Quiero concluir citando un pasaje del cuento titulado “La encomienda”: no sé bien porqué, pero en la Luisa que menciona, veo aparecer en carne y hueso, a la propia Cristina. Fantasmas míos de seguro: “Yo admiraba a Luisa. Esa vecina atractiva pero soltera, que vivía sola  y que iba siempre muy elegante a dar sus clases de geografía, encarnaba el modelo de mujer independiente que a mí me hubiera gustado ser.”  Y que Cristina es, creo yo.

 

 

 

Leoncio Bueno

 

Leoncio Bueno: del Túngar a Lurín y un mismo cariño

Cuando estaba en Buenos Aires recibí un mensaje electrónico de la poeta Patricia del Valle: “De regreso a Lima reserva un fin de semana para nuestra visita a Leoncio.” En eso habíamos quedado: iríamos juntos a la casa del querido Leoncio Bueno en la Tablada de Lurín, en las afueras de Lima, el lugar donde él vive con su compañera desde que dejó Comas, pero que yo desconozco por completo. Y un domingo de enero, finalmente, Patricia y yo, metidos en un taxi y guiados a control remoto por la voz siempre entusiasta del poeta, llegamos al refugio del autor de Rebuzno propio, quien nos recibió con la simpatía, la calidez, el cariño y la gracia que lo caracterizan. Su compañera, frágil de salud, hacía la siesta y recién más tarde se reunió con nosotros. Fueron horas de conversación y risas, recuerdos e indignaciones. Horas de solidaridad y fraternidad, dos cosas que cada día faltan más en mi alrededor, pero que en la humilde casa de Leoncio Bueno se cultivan en el jardín que la rodean y son como bellos árboles que dan  frutos suculentos.

Cuando conocí a Leoncio yo era un muchacho melenudo que escribía poesía y había dado que hablar, al lado de otros, a través de una revistita universitaria llamada Estación reunida. Antes, de una manera que ignoro, ese poeta tan talentoso como apasionado, cariñoso y muy amigo de sus amigos que es Jorge Pimentel, había contactado a quien había escrito Invasión poderosa, ya liberado de la camisa de fuerza de la “poesía proletaria”. A través de Pimentel ingresé por primera vez a un lugar que será uno de los núcleos de confluencia de la generación del 68: el taller Túngar, en Breña, de Leoncio Bueno. Aquella vez, en la primera parte de los años 70, Leoncio me recibió con el mismo entusiasmo cariñoso que el que nos expresó a Patricia y a mí al abrazarnos en la Tablada de Lurín un domingo de enero de este año 2012. El tiempo ha pasado, siempre feroz e ineluctable: él es ahora un hombre de más de noventa años y yo ya no soy un joven poeta veinteañero y melenudo, pero la amistad, el amor, la auténtica fraternidad subsiste como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Poco antes de que yo saliera del Perú, a través de Leoncio Bueno, se me había dado la responsabilidad de la sección Cultura de una revista que, a propuesta de él, se llamó Marka. Y, lo que es más importante, Leoncio me había concedido el privilegio de ser uno de los primeros lectores de su libro Rebuzno propio, el cual sería editado en 1976, cuando yo ya no estaba en Lima. Tras la lectura le expresé con toda sinceridad mi entusiasmo. Leoncio había roto definitivamente con los lastres y la solemnidad de la mal llamada “poesía social”, para construir poemas cargados de ingenio, humor, irreverencia y atrevidas mezclas de lenguaje popular y culto. Había conformado con ese libro lo que sería una poética muy propia, que ocupará desde entonces un merecido lugar en el corpus general de la poesía peruana contemporánea. Es “una de las voces más singulares y de mayor significación socio-cultural de la Generación del 50”, ha escrito el crítico Ricardo González Vigil, sin darse cuenta de que si bien Leoncio, por fecha de nacimiento, formaría parte de dicha “generación”, por su poesía y su manera de haber vivido y pensado el mundo, por sus luchas y maneras de asumir su compromiso y las relaciones humanas, pertenece de lleno a la del 68, mi generación, la que se forjó en parte en su taller Túngar, con él y Pablo Guevara, y de la que queda un testimonio elocuente en una famosa foto del Chino Domínguez.    

  

  

Leoncio en el Tungar (Foto: “Chino” Domínguez)

 

Ya no sé si fue en México o en París que recibí Rebuzno propio, pero lo que no olvido es el gran orgullo que sentí cuando constaté que Leoncio me había dedicado uno de esos poemas que yo había leído antes en hojas mecanografiadas. Se titula “La marraqueta de acero” y cuenta la historia de una venganza porque un trapiche “se engulló el brazo derecho” de un amigo del poeta llamado Colbert: “un muchacho fuerte y bonachón que me enseñaba boxeo”. “Una marraqueta de hierro te voy a dar a tragar”, dice el poeta, y procede a meterle diez kilos “del más templado acero” al trapiche criminal, sin remordimiento alguno por el sabotaje que eso significa. Y más tarde, cuando la policía busca al culpable y para ello trata de averiguar qué hace cada uno de los obreros después del trabajo, este diálogo delicioso: “¿Y tú, zambito?/ ¿Yo?, nada, a veces leo un poco.” Pues he ahí el culpable. ¿Quién más sino un obrero que lee puede ser culpable de un sabotaje?

En enero, en la Tablada de Lurín, encontré a un Leoncio Bueno ágil y saltarín a pesar de su edad y el bastón que utiliza cuando sale a caminar. Mientras estuve con él sentí que estaba ante un ser inmortal, porque alguien que ha sido, como dice en el poema “Señas de identidad”:

Impugnante disidente marginal fuera del juego

no alineado franco tirador asaltante

no popular disolvente antipublicitario

blasfemo vitriólico profano

irreverente no positivo no literario

sacrílego fichado invasor terrorista expresidiario

agitador huelguista inconformista

revolvedor metete buscapica

instigador proscripto apátrida de la gran siete

descamisado pata cala fracasado

trotkista siete vidas maldito

inexistente para la gracia de  Dios Padre  

un hombre así, que imagino asaltando un banco con una pistola de verdad o de juguete en la mano, huyendo por las azoteas de la policía que quiere atraparlo o doblado en dos en una celda húmeda de la cárcel de la isla del Frontón, escribiendo un poema a su hijo a la luz mortecina de una vela; un hombre así, digo y repito, debe ser inmortal. Lo es, definitivamente. Y cuánto hubiera dado yo a los dioses del Olimpo o los demonios del Averno, en una versión muy personal de Fausto, para que ese hombre, Leoncio Bueno, fuera mi padre en lugar del que tuve. Fuera mi padre y a la vez lo que hasta hoy sigue siendo: un amigo muy querido.

            Poco antes de que Patricia y yo decidiéramos partir y emprender el regreso a Lima, ya no en taxi sino embutidos en una combi asesina, Leoncio me obsequió dos tomos de su obra, impresos de manera precaria, artesanal, por él mismo. Uno de ellos es Hijo de golondrino, sus memorias, que, de alguna manera responden al libro tan malo como oportunista que hizo Roland Forgues aprovechando la vida agitada de Leoncio y de cuyo título no quiero ni acordarme. Con este libro Leoncio Bueno se inscribe como precursor de un género muy poco practicado en el Perú. Una edición  de estas memorias y su distribución en librerías y bibliotecas es una necesidad absoluta. Ojalá que alguien me escuche, me lea, y proceda a realizarla. El otro libro, titulado simplemente Poesía, reúne su obra poética completa, desde Al pie del yunque (publicado en 1966) a los textos inéditos de Antes de mis ojos, que datan de 2003.

Quiero terminar esta evocación de Leoncio Bueno citando en extenso uno de los poemas amorosos de su vigorosa senectud. Figura en un cuadernillo editado por Jorge Luis Roncal con el título de Carta de invierno:

 

Mi compañera compra para mí una rosa nueva todas las mañanas,

anda en puntas de pie por las estancias cuando yo descanso,

hace una señal de silencio a los pajaritos cuando pienso…

No duerme cuando yo duermo,

se pasa horas enteras mirándome con sus ojos tristes,

es humilde, callada y de carácter melancólico,

pero tiene los labios rojos y sumamente sensuales.

 

Mi compañera a veces no me entiende

cuando hablo y hablo como un descosido,

sólo atina a echarme los brazos al cuello

y sellarme la boca con sus besos.

 

Mi compañera siempre está a mi lado acariciándome el cabello,

nunca se cansa de tomarme las manos y calentarlas en su sol profundo.

 

Ciertamente es en extremo dulce mi compañera,

de melancolía profunda y suave,

pero ardorosa cuando me abraza en el amor.

 

Mi compañera es de poco hablar pero de mucho hacer,

silenciosamente adivina,

silenciosamente hacedora.

 

Mi compañera no lee muchos libros ni escribe muchas cartas,

pero lee perfectamente en mis ojos y en mis largos silencios:

su obra vale tanto o más que todos los versos que yo escribo.

 

Mi compañera es pequeña y de salud precaria

pero lucharía como un gladiador si algo me amenazara.

 

Mi compañera es un oasis de ternura;

cien años sería poco tiempo para vivir haciendo el amor con mi compañera.

 

Ella no tiene a nadie en el mundo, sólo me tiene a mí;

y yo confieso: no tengo a nadie más que a mi compañera.

 

Cuando me llegue el frío y quiera decirle algo, un adiós,

una palabra de gratitud,

sé bien, me pondrá su índice en mis labios

para decirme: “solo cumplí mi deber”:

y una vez ya todo concluido, será dulce mi muerte. Amén.

 

 

Sí, pues, amén. 

 

 



Desde los Buenos Aires
Sunday March 11th 2012, 11:48 pm
Filed under: Columnas

 

Música, músicos y lágrima

 

 

Por Carlos Germán Amézaga

 

Pasando por la Avenida de Mayo, descubro que extrañamente no hay cola para entrar al Tortoni, como son cerca de las 7 de la tarde aprovecho para entrar a tomar algo. La vieja confitería huele a café con leche, medias lunas y milonga. Está adornada por incontables fotos y recortes de aquellos personajes que pasaron por allí en sus años de gloria. Desde sus respectivas esquinas, Borges y Gardel parecen celebrar la cantidad de parroquianos que los visitan. Al fondo a la izquierda, el pequeño teatro espera a los turistas de la noche, ávidos de espectáculo de orquesta típica y tango.

Tomo asiento y hojeo el diario vespertino. Me encuentro con la noticia de la muerte del flaco Luis Spinetta, el poeta del rock argentino, esa especie de Bob Dylan criollo que lideró una gran generación de músicos como Charly García, Fito Paez, Pedro Aznar, León Gieco, Nito Mestre. Se me acerca el mozo. No sé qué pedir. Al final, pido una lágrima y un vaso de agua.[i]

 

 

Me acuerdo entonces que cuando iba a venir a vivir a esta ciudad, hace un poco más de tres años, me estuve preparando para ver y escuchar a esos músicos argentinos que se hicieron universales gracias a su talento, aquellos que había venido disfrutando desde siempre, desde muchacho, incluso antes.

Por ejemplo, en 1971, en un viaje a Arequipa, fui a ver una película llamada La Vida Continúa, cuyo artista principal era un joven cantante llamado Sandro. Alto, atlético, de tipo gitano, con voz profunda y seductora, cantaba, recuerdo, “Rosa, Rosa, tan maravillosa, como blanca diosa, como flor hermosa…”. Roberto Sánchez, más conocido como Sandro, murió el 4 de enero de 2010, luego de una operación de trasplante de corazón y pulmones. Su entierro, seguido por miles de personas, en especial mujeres, fue televisado en directo a toda la Argentina.

El mozo me deja la lágrima. Tomo el primer sorbo, me sabe un poco amargo.

Mi adolescencia en los 70s estuvo marcada por la “canción de protesta”. La reina de todas las cantantes de ese estilo fue, sin duda, Mercedes Sosa, conocida aquí como “la Negra”. No se pueden olvidar su Canción con Todos o Gracias a la Vida. Su influencia sobre músicos de todas las tendencias fue muy notable. No la pude volver a ver, no me alcanzó el tiempo. El 4 de octubre de 2010 falleció en Buenos Aires, se le veló en el Congreso de la Nación y se decretó día de duelo nacional.

Otro sorbo y aún queda algo de mi lágrima.

Una tarde, me invitaron a una ceremonia de homenaje al cantautor Facundo Cabral. Ya se le veía un poco mayor, pero aun tomaba la guitarra y (en)cantaba. Nos contó anécdotas de su infancia y juventud, de cómo llegó a Buenos Aires y conoció a Perón y a Evita. Tenía la palabra fácil, el verbo fluido y el humor a flor de piel. Sus canciones reflejaban filosofía de vida y nostalgia. El 9 de julio de 2011 fue absurdamente asesinado a balazos, por error de unos sicarios, en Guatemala.

 

 

Mi taza ya está casi vacía.

Al poco tiempo de llegar a esta ciudad una canción de tonada pegajosa empezó a sonar con fuerza en las radios: “Dèjá Vu”. La voz del intérprete se me hacía muy conocida. Era nada menos que Gustavo Cerati, el líder histórico de una de las mayores, sino la más importante, banda de rock argentino, Soda Stereo. Ganador de múltiples discos de oro y de platino, así como de varios Grammys Latinos, como solista o en grupo, Cerati sufrió un accidente cerebro vascular, el 15 de mayo de 2010 durante un concierto en Caracas. Desde entonces se encuentra en estado de coma, perdido ya para la música.

Menos mal quedan todavía muchos músicos de los buenos en Argentina, pero pocos como aquellos que nos han ido dejando en tan poco tiempo.

Termino de hojear  el diario y doy el último sorbo a una lágrima que se me hace más espesa al final.

 


[i] Entre los diferentes tipos de café en Buenos Aires, una Lágrima se sirve en una taza pequeña, con leche y unas cuantas gotas de café.

 



En la boca del miedo
Wednesday March 07th 2012, 11:11 pm
Filed under: Cine,Columnas

 

El Oscar otra vez

 

Por Martín Mauricio A.

 

 

Después de haber visto el Oscar por no sé cuántas veces, desde las épocas en que lo presentaba Pepe Ludmir, días, semanas después, cuando era la época gloriosa de Eddy Murphy y Chevy Chase, cuando Spielberg y Scorsese perdían constantemente, cuando todavía el público esperaba que apareciera Woody Allen, cuando Paseando a Miss Daisy le ganaba a Nacido el 4 de Julio. Es decir, Los  Oscar® -hay que poner hasta marca registrada por si acaso- no sorprenden, pocas veces lo han hecho y, cuando lo hacen, lo hacen para mal. Igual, es costumbre, siempre se vuelve al primer amor y, para muchos, era el único premio que existía en el cine, ahora es el último premio, no por desdeñar la estatuilla, sino porque en realidad es el último premio que se entrega en una temporada que empieza en diciembre.

De las películas nominadas, gracias al empeño de algunas distribuidoras y a nuestra inagotable cantera de películas provenientes del final de Paseo de la República, hemos visto todas.

Nuestra favorita fue Hugo.

 

 

A primera vista podríamos pensar que es una película diferente dentro de la filmografía de Scorsese. Sabemos que Taxi Driver, GoodFellas, Pandillas de New York e Infiltrados tienen más en común y es sencillo sacar el punto de referencia de sus protagonistas: la transformación que sufren y la inmersión en un mundo violento. Sin embargo, hay algo más, sus personajes son apasionados y están en la búsqueda de resolver el sentido de su propia existencia: Travis, Henry, Amsterdam, Billy. Es en esto donde Scorsese repite sus temas. Hugo es una película que maravilla desde sus inicios. Este niño huérfano, que mantiene los relojes en la estación de París, se encuentra ahí para resolver su dilema existencial. Pero lejos de la violencia acostumbrada, lo que aporta el director de Toro Salvaje es la combinación de fantasía y realidad que hacen de Hugo una película encantadora. Y aquí hay que entender un poco más el tema de la cinefilia de Scorsese, que no es solo  la acumulación de conocimientos académicos de un tema específico, ya que para él la cinefilia no recae en recitar a directores y películas una detrás de otra, lo que le apasiona es la capacidad del cine de generar y fabricar sueños, por eso el contrapunto de Isabelle -la pequeña Chloë Grace Moretz–, desconocedora del cine, pero aficionada a la literatura. Ella ha vivido a través de Dickens grandes aventuras, pero quiere una real, para esto Hugo –el niño protagonista- la lleva al cine. Hugo no es solo un homenaje a los comienzos del cine, como se queda El Artista, no es simplemente visualizar las películas de Meliés, es un lugar de respuesta a lo que buscamos ser,  y en la que muchos de nosotros, a través de estos años, nos hemos visto reflejados.

Ya que hablamos de la cinta francesa El Artista, a diferencia de Hugo, se queda en el homenaje. Bueno, convengamos de una vez en que no es una mala película, pero sí es más marketing que cine. Desde su aparición en Cannes y su compra por Harvey Weinstein, la película ha recibido únicamente elogios gracias a una impecable estrategia del ya ganador anterior del Oscar con El Discurso del Rey, y le ganó nada menos que a Red Social.

Y al igual que la anterior, esta ya ganadora del Oscar es una película sencilla, pequeña, pero habilidosa y correcta en su narración. El Artista no exige, como Hugo, sino celebra, cae bien, sus personajes son ficciones de los galanes del Hollywood de los años 20, su retrato del cine mudo es efectivo. El Artista es genuina, pero carece de imaginación o el nombre de su protagonista –George Valentin– no nos remite a la famosa estrella del cine mudo.

 

 

Sin embargo, hay algo que es rescatable, y es la actuación de Jean Dujardin dentro de un reparto flojo y carente de emoción. La elegancia, sus gestos de caballero, la templanza del héroe de acción -hasta le queda bien el pequeño bigote de Douglas Fairbanks-, pero todo eso no alcanza a ser la gran película que nos han querido vender.

Otras de mis dos favoritas nominadas después de Hugo eran Caballo de Guerra y El Juego de la Fortuna, en este orden.

En primer lugar, leyendo las redes sociales y escuchando algunos comentarios “de conocedores”, me parece increíble que a estas alturas todavía haya gente –aficionada o no al cine– que duden sobre la capacidad de Spielberg; bueno, no sobre su capacidad de hacer películas, sino sobre el resultado final de las mismas.

Aquí no vamos a hacer un ensayo sobre por qué nos gusta Spielberg, pero al ver Caballo de Guerra no podemos pasar por alto ni dejar de asombrarnos por la sensibilidad de un director para narrar historias tan convencionales y en algunos casos simples, pero llenas de emoción, de planos gigantes llenos de aventuras, de historias familiares que nos vuelcan a la niñez. La vida paralela de Joey –el caballo– y  Albert, es el pretexto, una vez más, para traernos al mejor Spielberg, aquel que se dejaba llevar por su instinto, por el tema adolescente, por la familia, sin caer en la banalidad de la sensibilización, sino rescatando el clásico western Fordiano y el mágico cine de aventuras. 

El Juego de la Fortuna sí es una película diferente. A simple vista también puede parecer una historia convencional, precedida por esas frases que pueden lapidar, como “basada en una historia real”, sin embargo, hay en la película de Bennett Miller un profundo desasosiego y cierta complejidad que pasa de ser una simple película de deportes  a una historia personal: la de Billy Beane. Es ahí donde entra Brad Pitt en la hasta ahora mejor actuación de su carrera. Una estrella o ex estrella, la verdad nadie la sabe, que, sabemos, era una gran promesa del Beisbol y ahí se quedó, no sabemos por qué no lo logró realmente, o lo intuimos, en realidad no era lo que todos esperaban de él. Y este Billy Beane tiene una idea diferente del juego, tiene una segunda oportunidad para una victoria y su apuesta y entrega es total, así quiere Miller que veamos a su personaje, un joven perseverante, que le cuesta hacer las cosas, que tiene problemas familiares, que pocos le creen, y pocos actores tienen la capacidad de brillar dentro de un “personaje normal”, es ahí donde Pitt –y secundado muy bien por Jonah Hill– logra  que esta película se disfrute como la victoria del equipo pequeño sobre el grande millonario.

Al parecer, Alexander Payne es mejor guionista que director, sus historias cautivan más que su capacidad narrativa frente a la cámara, ya sea en Las Confesiones del Sr. Schmidt, Entre Copas o, ahora último, en Los Descendientes. Bueno, eso nos dice la Academia nominando y premiándolo constantemente. Sin embargo, creo que merece otra oportunidad, sí, al igual que sus personajes, porque Payne es un director que cree en las segundas oportunidades, que el final es el comienzo. Jack Nicholson comienza a rencontrarse con su familia después de la muerte de su esposa, Paul Giamatti conoce a Maya –Virgina Madsen-  al final de un divorcio, y George Clooney empieza a conocer a sus hijas después del accidente fatal de su mujer. Aunque me guste más todavía Entre Copas, en Los Descendientes hay una historia más madura, hay más relaciones entre los protagonistas –hijas, familia, amantes- y la película se juega más por el drama objetivo, inevitable. La tragedia para Payne siempre trae algo de risa, pero acá lo observamos más maduro, pero también más reaccionario.

 

 

La última película de Malick es de una exquisita belleza cinematográfica, pero nada más. Nunca he sido un fan de Malick salvo por Badlands. Tanto en La Delgada Línea Roja como El Nuevo Mundo, me disgustaba un poco su solemnidad, su prejuicio y la inquietante voz en off. El Árbol de la Vida tiene todo esto, y apuesta por más. Desde la creación de la vida hasta el Paraíso mismo, la película tiene evolución, muerte, resurrección, erupciones volcánicas y hasta dinosaurios; y en cada una de estas escenas, Malick grita su perfección de encuadres, su admiración por la naturaleza, sus planificadas elipsis. Esperemos reencontrarnos con el gran Malick ahora que viene con varios proyectos en la mano.

Por último nos encontramos con dos películas que presentan alguna relación entre sí. La idea melodramática da vueltas en las dos, pero está claro que en Historias Cruzadas hay más respeto por el público que en Tan Lejos, Tan Cerca.

En la primera, la cinta se concentra en un momento crucial de la historia americana: la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos y, en particular, de las historias de las nanas negras que criaban y educaban a los hijos de los blancos sureños. La película tiene todos los ingredientes para el exceso, inclusive sus personajes rondan el cliché de una manera muy atrevida, pero existe cierta humildad en el desarrollo de la historia –por más complaciente que también sea esta– que no pretende ser más que una historia pueril y muy bien interpretada. Ese exceso tan dañino está controlado, bueno, mucho más que en Tan Lejos, Tan Cerca, que manipula desvergonzadamente al público con otra parte importante de la historia de los EE.UU.: el 11 de septiembre. Aquí un niño pierde a su padre y empieza una aventura desbocada: niños, madres, ancianos, todo lo necesario para enfatizar calculadamente en la desgracia. Mal por Stephen Daldry que tal vez se dejó llevar por sus deseos oscarizados de ganar de una vez la estatuilla que le fue esquiva con El Lector y Las Horas

Todo esto, y más, ocasiona el Oscar. 

 



Segregación N° 1
Sunday March 04th 2012, 6:22 pm
Filed under: Columnas

 

Metadona en el Centro Cultural España

 

 

Por Francisco Izquierdo Quea

 

 

Marco Tulio recordaba cuándo: Fue el día en que los soldados salieron de la universidad.

Recibí su llamada luego de despertar. Él se mostró agitado y tras algunas frases de saludo comenzó con los circunloquios. ¿Otra pesadilla más, Marco Tulio? Yo acabo de despertar de un sueño extraño, así que estamos casi igual. No es eso, dijo él, y alternó algunos temas para entrecruzarlos una y otra vez.

Yo aguardé alguna pausa para intentar aclararme más o menos el panorama. No pude hacerlo de golpe. Estaba cansado y la luz de la habitación no me servía de mucho como para poder vislumbrar algo. Hasta que poco a poco fui comprendiendo los hechos.

 

***

 

Cuando Monique Pardo me preguntó cuánto calzaba yo ya había visto por dónde iba la cosa, entonces le dije: Cuarentaisiete, para servirte, Monique.

Eso sucedió momentos después de que Franklin se cortara la mano y regara de sangre el apartamento. Mientras Matthieu salía corriendo a buscar alcohol y vendas, ayudé a Franklin a hacerse un torniquete. Franklin, eres un tarado, ¿cómo te hiciste eso? Estaba cortando un poco de pan y tac, mierda, me cagué la palma. Mira. Aparté la vista. Hace años casi perdí un brazo por un accidente absurdo. Desde entonces no quiero ver ni saber nada sobre cortes ni mutilaciones.

Salimos rumbo a la clínica. Lo que sucedió ahí es largo y confuso (papeleos, enfermeras gordas, médicos incapaces), así que no hay gran cosa por contar. En resumen, a Franklin lo cosieron por dentro y por fuera y le recetaron pastillas y reposo. Cuando volvimos, cada uno fue para su habitación. Luego de una o dos horas salí en busca de un poco de té. Toqué la puerta de Franklin. Lo encontré viendo videos en la computadora. Hablamos un rato. Le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien. Así parecía. El vendaje de su mano izquierda se mostraba más que decorativo.

Volví a la habitación y me acomodé sobre la cama a leer. El libro es una novela de Fonseca. El narrador es un escritor mujeriego llamado Gustavo Flavio, que es sospechoso de un crimen y que se debate entre ciertas cabronadas y en convertirse en un buen tipo.

Entonces me quedé dormido.

Dormí y soñé. Casi nunca recuerdo lo que sueño, de modo que esta es una excepción. Las excepciones son las que siempre nos marcan (ver Kafka). Las que siempre alteran todo.

Soy un camarógrafo de televisión y estoy dentro de un estudio de RBC. Tengo una cámara grande y vieja frente a mí. Soy consciente de que todo es un sueño. Por un momento me pregunto y ahora qué. Por un momento me digo qué hago acá. Por un momento digo me largo. Pero algo me inmoviliza. Algo me mantiene detrás de la cámara. Entonces aparece el pelao. Entonces aparece la primera certeza: que soy el camarógrafo del programa del pelao de RBC.

El pelao me saluda diciendo hola, y luego se coloca bajo los reflectores y comienza a revisar algunos papeles. De pronto una voz en off dice tres, dos, uno, en el aireeee. Buenas noches, amigos y amigas. El programa de hoy trata sobre el tema: ¿Usted cree que con Markarián clasificaremos a Brasil 2014? Esperamos sus llamadas y su opinión, dice el pelao mirando a la cámara. Entonces el resto de la historia es harto conocida: la gente llama por teléfono y comienza a cochinear al pelao, lo insultan, le dicen cabeza de pinga, le dicen rosquete, cobarde, vendido, maricón, etcétera. Y yo estoy ahí. Soy el único camarógrafo. Soy la única persona en ese estudio pobrísimo de RBC que está viendo cómo el Perú entero humilla al pelao. Pero eso no me importa. Yo no soy condescendiente. Me río detrás de la cámara. Me vacilo bien detrás de la cámara y el pelao no puede verme pero quizá sí oír mi risa. Pero eso no me importa. Yo no soy condescendiente. Me río.

Hasta que sucede lo impensado: hay un prende y apaga en el estudio y de repente ya no tengo frente a mí al pelao de RBC sino a Iván Thays.

 

         ––¿Cuándo vas a terminar de escribir tu novela? ––dice Iván Thays.

 

Iván Thays está ahí. Es un tipo algo alto, de mirada y aire jovial. Aun así, mantiene cierta seriedad en su rostro.

  

       ––¿Iván Thays? ––digo yo.

         ––Así es ––dice Iván Thays.

         ––Oiga, ¿y usted cómo sabe de mi novela? Oiga, ¿y el pelao?

         ––El pelao está en reunión con los gerentes. Pero yo he venido acá a hablar contigo.

         ––¿Ah, sí? Sobre qué.

         ––Sobre cosas.

         ––Qué cosas.

         ––Yo soy quien hará las preguntas.

         ––Está bien.

         ––¿Ya leíste mi último libro?

         ––¿Su último libro? ¿Cuál?

         ––Carajo.

 

Entonces heme ahí en el estudio de RBC hablando con Iván Thays sobre temas anodinos e interesantes a la vez. El escritor peruano ha tomado cierta apariencia bravucona pero eso no altera para nada el sentido de nuestra charla. El sentido de nuestra charla, vale decirlo, es circundante.

 

         ––¿Ya tiene título tu novela?

         ––Sí.

         ––¿Cómo se llamará?

         ––Se llamará Danza con lobos sin Kevin Costner.

         ––¿Ah, sí? Yo tengo un cuento que se llama «Taxi Driver sin Robert de Niro».

         ––¿De verdad?

         ––Carajo. ¿Te estás burlando de mí?

         ––No.

 

Iván Thays asume otra postura, se muestra un poco impaciente y desganado y dice de pronto que se va. Me lo dice de manera cortante. Dice: Me voy. Yo afirmo con la cabeza y le digo que está bien. Pero él parece no oírme porque de inmediato agrega: Un momento, muchacho. ¿Ves a esa chica que está de espaldas? Pues me voy con ella. ¿Cuántos puntos le das? Miro a un lado y veo a una mujer de trasero obeso vestida de short celeste y blusa guinda. Le digo: Esa chica me parece conocida. ¿Cómo se llama? Iván Thays: Monique. Yo: Ah. Iván Thays: Atención, muchacho, te la voy a presentar. Monique, ven. Y en efecto, Iván Thays hace un par de siseos cálidos y Monique Pardo viene hacia nosotros. Cuando llega saluda a Iván Thays con un beso corto y de momento. Luego se queda mirándome.

 

         ––Hola.

         ––Hola.

         ––Monique, te presento a una joven promesa de la narrativa nacional. ¿Cómo te llamas, muchacho?

         ––Giancarlo Stagnaro.

         ––Monique, él es Giancarlo. Giancarlo, ella es Monique.

 

Afortunadamente en persona Monique Pardo es idéntica a como sale en televisión. Quiero decir, en su forma de ser (aunque también en lo físico). Por ello no me fue difícil llevarle la conversación. Así pues, estuvimos charlando un buen rato, es verdad. Monique que hablaba y hablaba y yo que asentía y asentía e Iván Thays que sonreía y sonreía.

Entonces suena un teléfono.

Alguien llama al celular de Iván Thays e Iván Thays se va a hablar a un lado. Monique sigue en lo suyo mientras yo a dos cachetes escucho también algunas frases sueltas del escritor peruano, escucho algo como no, ninguna entrevista, no, no voy a decir nada, no, no me gusta la comida peruana, sí, muy mala para la salud, sí, prefiero las pastas, entre otras muchas que no alcanzo a oír porque la voz de Monique altera todos mis sentidos, porque está contándome de su vida en la farándula, de sus problemas con el Mero Loco y Susy Díaz, y es de un momento a otro en que así, de la nada, se pone como medio rara, como medio zarandeada, y me sale con el tema del caramelo, de que no quiere que la agarren contra su voluntad sino contra la pared, y de cuánto calzo y todo lo que ya dije hace un rato.

Iván Thays vuelve y pasa el brazo por la cintura de Monique (Monique Pardo sí que es pequeña, razón por la cual el escritor peruano tiene que inclinarse un poco al momento de abrazarla o besarla) y al rato dice que la hora de partir ha llegado. Nos despedimos con cortesía (un apretón de manos y un beso, respectivamente) y quedamos en vernos pronto.

La pareja se va alejando y yo me quedo ahí, de pie, junto a la cámara y a Franklin. Qué haces acá, le digo. Franklin no responde. Observa con atención las figuras de Iván Thays y Monique Pardo. Luego me dice: ¿Quién es esa mamacita de short?

 

         ––Esa mamacita se llama Monique.

         ––Manya. Competitiva la chata, ah. ¿Adónde se va con ese compadre?

         ––No tengo idea.

         ––Mmmm.

         ––¿Cómo está tu mano?

         ––Qué mano.

         ––La que te cortaste.

         ––Yo no me he cortado nada.

 

Despierto de un momento a otro. La luz amarilla de la habitación está encendida y el ambiente se mantiene en silencio. Coloco a un lado el libro de Fonseca y busco el reloj. Luego me pongo de pie y bebo agua. Me acomodo en la silla, fumo, y pienso en algunas cosas. Por ejemplo, pienso en una casa con piscina y en un día de sol. Luego mi mente se queda en blanco y negro. Suena el teléfono.

 

***

 

Eso sucedió tiempo atrás, dijo Marco Tulio. Mucho antes.

Que saliera la Comisión Reorganizadora. Que saliera Paredes Manrique. Que salieran los estudiantes infiltrados, los profesores infiltrados, los chivatos, los administrativos, todos los que la dictadura colocó en San Marcos. Sucedió el día que los militares se largaron. Que dejaron su cuartel sobre el comedor universitario. ¿Recuerdas? Los camiones portatropas estaban a un lado del Muro de la Vergüenza. A un lado de Ingeniería Industrial. A un lado de Química. Los estudiantes, dispersos, observando cómo los soldados abandonaban las trincheras y cargaban los pertrechos. Marco Tulio a mi lado fumando y diciendo entre dientes nunca me voy a olvidar de esto, nunca me voy a olvidar de esto, ya se van estos mierdas, ya se van estos concha de su madre. Cerca de nosotros un tipo de cincuenta años habla con una veintena de periodistas. Dice que es profesor de la universidad. Flashes, cámaras, micros, preguntas. Todo teatralizado. Todo ensayado a la perfección. El tipo dice que los militares trajeron la paz: el mejor de los bienes para la universidad, señorita. Que los soldados se portaron ejemplarmente. Que la relación con los alumnos siempre fue óptima, que jugaban pichanguitas todos los fines de semana, nunca ningún problema, señorita. Que nunca tocaron a estudiante alguna. Que siempre respetaron a todos. Un minuto. Dos. Luego la gente desapareció. El profesor por un lado, los periodistas por otro. Los camiones enfilaron hacia la puerta de Química, y los soldados hacia la Plaza Cívica, marchando y entonando cantos de guerra. Marco Tulio y yo enrumbamos hacia un lado. Caminamos en silencio hasta entrar en la facultad. Tomamos el pasadizo del 8A. Ocupamos el baño y ahí, en la pared del fondo, vimos el grafiti emblemático de ese entonces:

 

BANDA SOPLÓN, HIJO DE GENERALES ASESINOS

 

¿Dónde estaría Banda? En clases. Tomando notas en su laptop. Hablando de libros. Conversando con los profesores. Conversando con otros alumnos. No sería difícil encontrarlo por ahí hablando un poco de su teoría budista. Esa de «una obra de arte perfecta tiene un punto, la peor tiene siete puntos. Por ejemplo, todo Vallejo tiene un punto. La última novela de Vargas Llosa tiene cuatro, o tres puntos. Yo estoy en dos puntos, y eso que soy joven». Hablando. En el Patio de Letras. En el Bosque de Letras. En el Parque de los Teletubbies. En cualquier lugar. Negando todo.

 

         ––Algún día, cuando me lo cruce, ese rosquete va a aprender a mirarme a los ojos. Algún día.

         ––Hay que deslindar las cosas, Marco Tulio.

          ––Ándate a la mierda, huevón.

 

Por la noche hicimos la fila en la puerta del Centro Cultural España. Noche de garúa, sin viento ni frío. Fumamos un poco entre risas. Bebimos una botella de Doce Monos. Entramos. El auditorio colmado de punta a punta. ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk acá? La banda sobre el escenario y todos alentando de pie. Un sujeto flaco de bigotes se acomodó frente al público y pidió silencio. Dijo después que era algo del comité organizador y exigió con timidez que hubiera mesura, que estaba prohibido pararse y menos gritar o saltar. El público lo abuchea entre silbidos y termina mandándolo lejísimos. La vocalista toma posición y lo aparta con firmeza, coge el micrófono y dice algo así como muy bien, pastrulos, ahora vamos a destruir este basurero.

Sandra, pelo suelto, pequeña, maciza, hizo a un lado al tipo, dijo lo que dijo y justo después comenzó con «Una noche sin ti». ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk en el Centro Cultural España? La gente de pie. Todos adelante bajo el estrado. Las primeras filas de asientos sirvieron como base para amortiguar el eslám. El pogo, cada vez mayor, iba de un lado para otro.

 

***

 

Con el transcurrir de las semanas, Marco Tulio asumió algunas cosas. Asumió por ejemplo que la filosofía está en todos los lugares y que no solo forma parte de un discurso estético. Lo decía con aplomo, con un aire determinante, sin violencia pero sí con muchas pausas largas, moviendo las cejas de un lado para otro. Un día le dije: Marco Tulio, me he pasado diez años intentando entender el arte y ahora que lo entiendo no me interesa en lo más mínimo.

Marco Tulio rió y luego dijo ay ay ay. Estábamos en la cafetería del tercer piso de la facultad. Los dueños del local eran otros. Ya no estaba el Enano Erótico, quien hacía un muy buen café, sino Peluquita Saavedra, un tipo especialista en preparar salchipapas, que servía un café horrendo. El café más horrendo que he probado en mi vida.

Entonces Marco Tulio rió y yo me hice a un lado. Luego me incliné sobre los codos y observé mi rostro dentro de la taza de café.

He supuesto (he asumido) que existe un tipo de determinación que se establece a través de ciertas circunstancias, de actos sucesivos.

Todo como en una cadena. Todo enlazado. Todo continuo. Todo infinito.

Todo de un lado para otro.

Porque los hechos y las personas retornan a su origen. 

Porque a veces es mejor desaparecer. 

 

 

 



Los anteojos de azufre
Monday February 27th 2012, 12:35 pm
Filed under: Columnas

 

El pensamiento unitario

 

 

Por Mario Granda 

 

 

Desde que empezó el “affaire Thays” sobre la comida peruana, traté de escuchar todas las opiniones posibles sobre los dimes y diretes que se cruzaban en medio de las ollas de nuestro país. Entre pedidos de ninguneo para el escritor hasta columnas que lo defendían del ataque chauvinista de los gastrónomos nacionales, los comentarios trataban de ensamblar un debate con ingredientes de todo tipo. Pero la percepción general fue que Thays había sido derrotado y que el apanado estaba justificado, pues aparte de que no se podía hablar así de nuestro país, tampoco era posible, casi impensable, que las declaraciones hayan sido hechas fuera de nuestro país. Los trapitos se lavan en el propio patio, le dijeron sus críticos, y no hubo respuesta del escritor. Este silencio –al menos absoluto en el ámbito público— ha aumentado la sensación de  triunfo en el bando mayor.

La idea de que las críticas a nuestra propia familia se tienen que hacer en la propia casa se basa en el valor positivo de que discutir un tema entre los individuos implicados ayudará a mejorar las condiciones de convivencia en una comunidad. Esto es lo que reclaman con justicia quienes, de pronto, descubren que un tema privado sale a la luz sin consentimiento de los otros, pero también cuando en ese espacio ideal de debate existen las condiciones adecuadas para opinar y disentir sin el riesgo de ser desacreditado o silenciado.

Lo que ha pasado con Thays es lo que pasa en todo entorno en el que hay poca tolerancia a las opiniones que se oponen a un modo de pensar general –o que, según esta lógica, debe ser el modo de pensar general—. En el Perú existe un partido de pensamiento unitario que impide que una persona pueda seguir su propio interés, y es por ello, creemos, que las opiniones del escritor terminan por encontrar una barrera infranqueable que no le dejan terminar con sus argumentos o de representar una opinión*. No existe la idea, pues, de llegar al bien común por medio del propio interés sino de imponer una sola forma de pensar, una sola imagen de nosotros mismos. ¿Será extraño que el pensamiento “diferente” se manifieste con más frecuencia fuera de nuestro país que dentro de él?

Los ejemplos, sin embargo, parecen apoyar esta constante. Hace veinte años, cuando Mario Vargas Llosa le pidió a los países extranjeros que rechacen el autogolpe de Fujimori y realicen un bloqueo económico al Perú para frenar el apoyo a su gobierno, se habló de declararlo antiperuano y quitarle la nacionalidad. El escritor se encontraba en España y se sintió obligado a pedir la ciudadanía de este país para evitar ser un paria. Cuando Sebastián Salazar Bondy, inspirado en César Moro, publicó Lima la horrible para señalar las inveteradas desigualdades sociales provenientes de la Colonia que se mantenían en la capital, recibió otra gran cantidad de críticas (entre otras razones, el libro fue publicado primero en México por miedo a que le impidan publicarlo en el Perú). Al parecer, todos los que se atreven a decir algo del país están casi amenazados de convertirse en apátridas o, en el caso de no salir, de vivir un exilio interior que los aparta de la vida pública, como le ocurriera al propio César Moro.

Lima horrible, comida peruana indigesta, son términos llamativos por la disonancia que producen en los oídos de la mayoría unitaria. Tal vez hubiera sido preferible, es cierto, que las palabras sean más suaves. Pero a veces para llamar la atención y abrir el debate se tiene que hablar en un idioma que, como saben los escritores, tiene que sacudir las bases del lugar común. Un idioma que, de alguna forma, es otra manifestación de la “tradición de la amargura” de la que habla Luis Loayza en sus ensayos y que se refleja en los ensayos de Manuel González Prada, las diatribas de Federico More y Conversación en La Catedral de Vargas Llosa. 

 

* Esta idea se presenta en un diálogo entre Mirko Lauer, Hugo Neira y Matilde Caplansky en la revista Ideele N°135, de Febrero del 2001, pp. 14-16. 

 

 



Vagamente muchos peruanos
Monday February 20th 2012, 10:29 am
Filed under: Columnas

 

James Redfield: La Profecía Celestina. Una aventura (1993)

Profecías milenarias y new age en el Perú (y de lo que es ficción y “buena” literatura)

Coda: MacGyver vs MOVADEF

 

 

Por Alejandro Neyra

 

 

Unos manuscritos son hallados en el Perú a inicios de los años 90 debajo de unas ruinas incas –originalmente mayas- que están situadas cerca de Iquitos. Son nueve piezas escritas en arameo que datan del año 600 a.C. Cada una de ellas contiene una revelación que promete cambiar el destino de la humanidad (y de quien las lea…traducidas al inglés, no se preocupen). El Gobierno del Perú persigue a aquellos que intentan revelar las profecías que guardan estos manuscritos y para ello utiliza toda la fuerza militar a su alcance, en alianza con el oscuro Cardenal Sebastián -el líder de la Iglesia peruana- que teme que aquellas profecías pongan en riesgo la fe católica y la humanidad entera. Por suerte un hombre –un norteamericano por supuesto– está dispuesto a superar todas las pruebas y adversidades, cruzar los Andes hasta Machu Picchu para luego viajar hasta Iquitos, para que nosotros conozcamos la Verdad. God bless America.

No, aunque lo parezca no se trata de un psicosocial fujimontesinista -ellos solo inventaron vírgenes que lloran-. Tampoco se trata de un viaje astral provocado por la ayahuasca o por otras drogas. Aunque parezca realmente alucinante, se trata del argumento de La profecía Celestina, un libro de ficción escrito por James Redfield, original de Alabama, que se convirtió en best seller en la década de los 90 y que, de manera más alucinante aun, tiene más de catorce –sí, 14– millones de copias vendidas. No cabe duda que este autor, que luego por supuesto produjo una almibarada –aunque fallida- versión para el cine debe estar agradecido eternamente a nuestro país ¡A-rri-ba Pe-rú!

 

Ficción o realidad (o de lo que es “buena” literatura)

Esta curiosa novela de James Redfield está emparentada con muchas y diversas obras que pretenden contener verdades espirituales o incluso aproximarse a realidades científicas reveladas mediante prácticas heterodoxas, en especial con los viajes con peyote y ayahuasca. De hecho, con relación a esa primera veta –la de las revelaciones espirituales- el libro es apreciado por Deepak Chopra, campeón de la literatura de auto-ayuda, por “ponernos en contacto con los misterios de los grandes maestros”.

 

 

Con relación a la segunda, la obra de Redfield está emparentada lejanamente, siguiendo la línea punteada entre la psicodelia de los sesenta y la evolución del movimiento New Age, con un peruano ilustre, conocedor de los misterios del peyote y autor de Las enseñanzas de Don Juan: Carlos Castañeda.[1]  En todo caso, no es sobre todo hacia esta línea a la que parece querer acercarse Redfield, aunque es curioso que su novela coincida casi en el tiempo con la obra “científica” de Jeremy Narby, autor de La Serpiente Cósmica. ADN y el origen del conocimiento, quien luego de una aventura de ayahuasca en el Perú nos hace una “revelación” al mostrarnos la manera en que un viaje al interior de uno mismo nos permite acercarnos a la verdad interior del universo.

En el caso de la “aventura” de Redfield, él reconoce que se trata de una obra de ficción, a diferencia de Castañeda y Nerby, quizás porque su aventura resulta demasiado rocambolesca y disparatada como para que alguien la tome en serio. Al mismo tiempo, hay que reconocer que –para incluir un término de escuela de negocios– Refdfield vio una inteligente oportunidad e hizo confluir el género de la literatura de auto-ayuda con el de la novela de aventuras y el combo fue un éxito.

Pero quedan muchas cosas en el tintero. ¿Qué es ficción y qué realidad? ¿Tiene eso que ver con la calidad de un texto? ¿Es la auto-ayuda un género literario? ¿Es que la “civilización del espectáculo” es el anuncio del verdadero fin del mundo (o al menos de la “buena” literatura)? Como ven, las preguntas se multiplican y seguramente cada quien tiene sus propias respuestas. Quien esto escribe tiene sus propias convicciones, que pasará a resumir dejando la puerta abierta a que los amables lectores saquen sus propias conclusiones, sin juzgar a nadie y tratando de evitar cualquier apasionamiento.

Si un amante de la literatura entra a casi cualquier librería, sentirá pánico al ver que los grandes autores y las novedades literarias de ficción de calidad se están viendo cada vez más arrinconados a espacios más pequeños, sótanos o esquinas diminutas. Frente a ellos, secciones de libros de auto-ayuda, de comics, de biografías (la mayoría de personajes vivos, especialmente deportistas y personajes del espectáculo), de libros ilustrados llenos de hermosas fotografías de paisajes o comidas, de policiales, de agendas y –en el caso de Estados Unidos, desde donde escribo ahora– de libros electrónicos y de “novela adolescente paranormal” (no es broma). Ese confuso magma editorial es muestra representativa de lo que sucede en el mundo. La gente que lee -que es cada vez más seguramente en términos reales aunque quizás cada vez sea menos en términos estadísticos, pues el mundo virtual de las redes sociales y el entretenimiento visual ha ganado a la mayoría ofreciendo distensión más económica y menos exigente intelectualmente –sigue buscando cosas que se parezcan a la vida-. Y el mundo –y sobre todo la velocidad de la acción/narración- hace rato que dejó de parecerse menos a Madame Bovary que a las sagas de Crepúsculo o a las de Stieg Larsson. La industria editorial corre ahora paralela a la audiovisual y así, gran parte de los libros que se editan se publican al mismo tiempo que las películas, con carátulas similares y textos sin duda cada vez más “cinematográficos”. ¿Es eso signo de decadencia cultural?

Nuestro Premio Nobel cree que sí. En el estupendo ensayo “La civilización del espectáculo,”[2] plantea un escenario bastante pesimista sobre la pretendida “evolución” y el “progreso” aplicado al mundo de la cultura. Es cierto, quienes dan la pauta editorial hoy no son, a diferencia de los maravillosos años 50 o 60, los existencialistas franceses o los filósofos alemanes. Hoy son las figuras del espectáculo –desde Tongo hasta las Kardashian, incluidos los Waldir y CR7s, pues el deporte se viene “maridando” casi literalmente con el espectáculo– y las masas convocadas en encuestas de opinión las que determinan los gustos y destinos de la gente. Para Vargas Llosa esto es lamentable y cuasi apocalíptico.

Para quien esto escribe –quien también se siente muchas veces ofendido por la pobreza, cuando no vacuidad, de lo que ofrecen los medios- es solo signo de que los nuevos medios han sincerado aquello que siempre ha estado presente en la historia: hay que darle a la gente pan y circo, o simplemente lo que le gusta (r.i.p. Ferrando). Lo positivo es que los medios han “democratizado” la cultura y ahora producen cada vez más aquello que la mayoría de gente busca como entretenimiento. Como señala el mismo Vargas Llosa esto ha dado paso a algunos autores de calidad que se están volviendo también entretenidos, como Auster, Franzen o Murakami[3], quienes escriben mirando al mercado (“la masa”) con un ojo en las cifras de venta y otro en la calidad de la ficción. De hecho, a nuestro humilde parecer, eso es lo que ha sucedido también, cuando menos, en las últimas novelas de Vargas Llosa, posteriores a La fiesta del Chivo. ¡Y bien por eso si ganamos lectores!

Por otro lado, la existencia de esta literatura “celestina” se explica porque en un mundo secularizado en el que –al menos en Occidente– la gente recurre cada vez menos a las explicaciones de la Iglesia y de la fe (aunque el Arzobispo de Lima seguramente no lo entienda) se multilpliquen los libros de auto-ayuda y de “verdades reveladas”, que lo único que hacen es dar esperanzas a la gente, ayudarlas a superar la incomodidad de este mundo hiperveloz, ultraconectado, sobrecogedor (y archi/vador de sueños). Y lo mismo ocurre con las sagas policiales, de vampiros y de seres mágicos, que han recreado las fábulas que desde el origen de los tiempos juegan a las escondidas de nuestras pulsiones más profundas de sexo, locura y muerte; o con las biografías que dan esperanzas de que finalmente las grandes estrellas son como nosotros y todos podemos ser como ellas; o con los libros de cocina y de viajes y de paisajes, que nos enseñan que el mundo, bien visto, puede ser tan bello y exquisito como un bocadillo, como una foto o como una imagen.

¿Quizás sea entonces que los ficcionadores y los artistas de calidad están condenados al fracaso y que estamos próximos al apocalipsis de las bellas artes? No lo creo. Las elites culturales siguen consumiendo –como lo han hecho desde siempre y probablemente lo hagan hasta el big crunch- sin duda obras de mayor refinamiento y calidad que las que consumen las mayorías. Su coto de caza sigue allí, como lo demuestra el hecho de que se sigan editando maravillosas ficciones y se sigan exhibiendo obras de arte estupendas aunque existan embaucadores insoportables como Damián Hirst y anarquistas geniales como Banksy. Otro signo de los tiempos, solo que la lenta “rebelión de las masas”, le ha permitido a esa “masa” posicionarse y acoplarse perfectamente a la actual dictadura de los medios. Pero la inteligencia (y la intelligentsia) permanece, aunque haya movido su lugar a un pequeño rincón de la sociedad, como ha sucedido en las librerías. Y mantiene asimismo un lugar importante en el discurso de las elites. Quizás sea, solamente, que la gente encuentre –y quiera encontrar- más realidad en la descripción de la realidad, que en la incomodidad de la ficción, a menos que esta sea mucho más asequible a su realidad[4].

No hay que temer, pues, que ese rinconcito que tú conoces haya perdido su importancia; más bien hay que pensar de qué forma, desde esa nueva posición en el mundo hodierno, se expanda esa voz de la incomodidad y de la insatisfacción frente a la realidad que es lo que permanentemente tendrán consigo los artistas y los creadores. Y cómo convencer que eso también vende y puede ser atractivo para las “masas.”   

                  

La profecía en el Perú 

Volviendo a las profecías en el Perú, hay que reconocer que Redfield tuvo al menos dos méritos: 1) una ficción muy elemental, pero entretenida, que funciona, también, más allá del rollo espiritual, como una novela de aventura (de ahí el subtítulo de la obra) ambientada en un país exótico como el Perú; 2) un buen timing para escoger el lanzamiento de su novela, a mediados de 1990, cuando la gente –los que tienen más de veinticinco lo recordarán– empezaba a familiarizarse con las nuevas tecnologías y esperaba que de alguna manera la cifra mágica del año 2000 trajera algún cambio -o gran transformación- al mundo. (Y ya sabemos que las grandes transformaciones son sebo de culebra).

Más allá de que habría que ser bastante ingenuo creer en la posibilidad de encontrar manuscritos arameos debajo de ruinas inca-mayas (aunque –¡oh coincidencia!– eso es un poco lo mismo que le sucedió al gringo John Smith, el fundador de la religión mormona, quien en visiones recibió planchas de oro que se convirtieron en “El libro de mormón”) Redfield construye una historia de aventuras plausible en el contexto del género de aventuras, con paisajes deslumbrantes, militares sudamericanos y religiosos oscurantistas (es inevitable no pensar en Cipriani al leer sobre el Cardenal Sebastián, enfrentado a otros curas “liberales” y subordinados). Pero es en esa gran metáfora de la “aventura” interior donde el libro se aparta de la tradición de la ficción para acercarse al de la auto-ayuda -género al cual sería injusto juzgar por la calidad de sus textos, pues ningún autor de auto-ayuda, quizás la excepción sea el inefable Paulo Coelho, aspira a convertirse en un gran escritor sino, sobre todo, en un best seller- que, después de todo, no nos engañemos, es un poco a lo que aspira todo escritor.

No juzgamos pues esta obra, solo la describimos como lo que es: una entretenida y muy básica ficción que seguramente debe haber “cambiado la vida” (eso supuestamente buscan los libros de auto-ayuda) de mucha gente. Resulta conmovedor que esta aventura ocurra en el Perú, sobre todo cuando el mundo de las profecías normalmente está reservado, en el continente, a los mayas. Nuestra hipótesis es sencilla. Siendo los norteamericanos los campeones de la industria editorial de este tipo, y estando México más cerca, resulta natural que es de allí de donde provengan los misterios y predicciones de 2012; sin embargo, hemos encontrado otro disparatado libro “científico” de un tal Maurice Cotterell, quien descubre nuevas profecías en las que mezcla, como en tantas novelas y películas, lo mesoamericano con lo sudamericano: The lost tomb of Viracocha. Unlocking the secrets of the Peruvian pyramids.  

Por todo lo anterior, solo nos queda sugerir un nuevo tema a cualquier ficcionador profesional o aficionado: el descubrimiento de algún código secreto (que puede estar vinculado incluso a las verdades cristianas, como el de Da Vinci) en Machu Picchu. Las posibilidades de lograr un bestseller son altas, y dependiendo de quién las escriba, quizás podamos encontrarnos incluso frente a una obra maestra. ¡Larga vida a la ficción y a la buena literatura!

 

Coda aventurera: MacGyver vs. MOVADEF

Rematamos con una nota brevísima sobre el reciente debate sobre la apología a Sendero Luminoso, MOVADEF y la inexistente memoria de la juventud sobre el terrorismo. Quizás valga la pena ver nuevamente “El tesoro de Manco,”[5] el capítulo de MacGyver –ese genio capaz de salvar al mundo con una cuchilla suiz – en que ayuda a una amiga de la infancia a salvar al Perú de unos militares ansiosos, únicamente, por el oro. En ese capítulo MacGyver, luego de pasear por la Universidad de San Marcos, se reencuentra en los Andes con un amigo de la infancia, el revolucionario (¿camarada?) Enrique, quien desde las montañas quiere salvar al Perú combatiendo a un gobierno corrupto que tiene al país en la peor de las miserias (el capítulo, ojo, es de febrero de 1990, y quizás ese sea el único hecho histórico en que acierte).

 

 

MacGyver, quien descubre la entrada al templo, donde está el tesoro, desenterrando un camino con su cuchilla suiza, ayuda a desentrañar el misterio interpretando los signos grabados en una corona inca en la que dibujos de cóndores y gatos (¿otro gato?) permiten encontrar el tesoro de Manco, no oro sino semillas para volver alimentar a los pobres muertos de hambre peruanos. Militares malos, terroristas buenos en el país destrozado de los 90. Quizás, después de todo, la culpa de todos nuestros males la tengan las series norteamericanas con las que nos deforman el cerebro desde niños. O quizás Richard Dean Anderson, MacGyver, sea quien esté detrás de la conspiración de MOVADEF. Que no nos sorprenda.

 


[1] Carlos Arana (o Aranha) Castañeda, cuyos papeles de la migración norteamericana dicen que fue natural de Cajamarca y nació en 1925 (aunque luego, al parecer, lo negara, señalando un origen brasileño) es uno de los escritores de origen peruano más leído en la historia, junto con don Mario y el “Delfín” Bambarén, otro record de ventas con sus libros de auto-ayuda. Arana fue un pionero en describir las experiencias psicodélicas del peyote en México y tiene una serie de libros en las que cuestionablemente relata de manera científica (no entraremos aquí en el debate sobre la cientificidad de la antropología y otras ciencias sociales) las experiencias de don Juan Matus, un chamán mexicano con el que se encontró en los años sesenta.

[2] http://www.letraslibres.com/revista/convivio/la-civilizacion-del-espectaculo. A publicarse en una versión que esperamos extendida y enriquecida como libro en abril de 2012.

[3] O Eugenides, como dice también The Economist en este interesante artículo sobre los escritores que se vuelven “convencionales”: http://www.economist.com/node/21540217

[4] El cine se ha comenzado a auto-psicoanalizar de manera maravillosa. Muestra de ello son las dos mejores películas de las nominadas al Oscar: The artist, la ganadora del Globo de Oro a mejor película, y Hugo, ganadora a la mejor dirección, del brillante Martin Scorsese.

[5] http://www.cbs.com/classics/macgyver/video/?pid=wLzE6nZ0qxfy__rQT7l3LYtpqcPO3PGD

 



Desde los Buenos Aires
Monday February 13th 2012, 9:29 am
Filed under: Columnas

 

Esta semana refuerza la Bitácora de El Hablador, como nuevo columnista, Carlos Germán Amézaga (Lima, 1958). 

Él ha presentado colaboraciones de crónicas de cine y de poesía en la revista virtual Versiones, editada en Portugal, y en la revista virtual El Hablador. Es ganador del Primer Premio del “Cuento de las 2000 Palabras” de la revista Caretas en el año 2003 con el cuento “Ventanas opuestas” y del Concurso “Ganarse la Vida Bien o Mal” de la editorial Edinexus de España. Publicó Ventanas opuestas y otras ficciones verdaderas (Lima, San Marcos, 2007) y Fábulas de JJ y Ben-Yí (Bs.As., Dunken, 2011). Actualmente es Ministro y Cónsul General Adscrito en Buenos Aires.

Aquí va su primera columna: 

 

 

El calor, mi perro y Vallejo

 

 

Por Carlos Germán Amézaga

 

 

Camino por la callé Paraná y el sol me ataca desde arriba y desde abajo. Cuando llego a la altura de Corrientes casi no puedo avanzar más, el pavimento me quema las suelas de los zapatos y el calor es sofocante. Me meto a un café con aire acondicionado. No tengo nada que leer, pero sí algo donde escribir.

Como todos los veranos, Buenos Aires se muda a la costa. Las altas temperaturas hacen que buena parte de sus habitantes se vayan de la ciudad, huyan de esta atmósfera irrespirable y busquen el consuelo de las aguas del mar, aunque para llegar a ellas tengan que andar muchos kilómetros y les signifique toparse con miles de veraneantes que han tenido la misma idea. El tráfico disminuye, las calles están semivacías, negocios y librerías cerradas por vacaciones. Los teatros, símbolo del Buenos Aires culto y alegre, disminuyen su actividad en forma notable, pues las compañías se van a trabajar a la costa.

Mientras tanto, yo extraño a mi perro. Un domingo, hace poco, me acerqué a él, lo abracé y le hablé al oído. Mientras jugaba con sus grandes orejas de murciélago, le dije que lo quería mucho, que esos once años en su compañía habían sido muy felices. Al día siguiente, muy temprano, su corazón no pudo más y nos dejó. A veces me pregunto si no lo despedí antes de tiempo. A él no le gustaba el verano. A mí tampoco. Ahora lo echo de menos en las mañanas cuando solía sacarlo a pasear y cuando me siento en el sillón a leer, al no contar con su silente compañía.  Descansa amigo.

Los que nos tenemos que quedar en la ciudad, condenados al calor y la humedad, nos tropezamos felizmente, a veces, con algunas joyitas como ésta, aparecida en el diario Página/12, del 16 de enero. Son variaciones sobre temas de César Vallejo, de Juan Sasturain, que me permito glosar a continuación:

“I

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir: ya lo decía

el cholo Vallejo / poeta que solía

morir en París pero ya no:

                hoy es apenas un equipo

peruano de fútbol que juega / a veces /

                la Copa Libertadores

 

Hoy me gusta la vida enormemente

pero -dijo el poeta, y perdonen la tristeza-

con mi muerte querida y mi café / mi mate amargo.

Le doy / le cambio al César lo que es suyo/

                / le pongo a Vallejo lo que es nuestro:

salen frondosos castaños de bulevar

entran palmeras desplumadas de la Plaza.

 

¡Tantos años y siempre mis semanas!

hacía cuantas sin don, el perulero.

¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

recontaba el peruano sin Perú.

 

(….)

 

III

 

Niños y / o dueños del mundo:

si España cae –dijo y dice y tose todavía-

si la Argentina cae –yo digo, es un decir- si le toca

tropezar una vez más con la misma piedra vieja o nueva

sembrada / recalcada en su camino

si le toca que le toquen el culo y la vergüenza

 de haber sido y el dolor

                (déjà vu)

                               de ya no ser.

Si se cae o se cayera –mas digo un maldecir-

si el (otro) César le bajara el pulgar /

                el índice le subiera en las pizarras / si

                el mayor la recogiera en la desgracia.

Si se cayese –digo, que no se va a caer-

qué tarde la lectura de proclamas / qué pérdida las cartas sin correo

qué pretexto el contexto de aquel texto

qué tono el tono del esclarecido / qué triste el tango

                del solicitante

                      que ya nada ni a nadie solicita

 

Yo creía hasta ahora dice el cholo sutil

que todas las cosas del universo eran / inevitablemente /

padres o hijos

La esperanza es huérfana, caro Vallejo, pero tiene estos nietos.”

 

Por eso, pese a sus veranos y a la desaparición de mi perro bulldog francés nacido en Praga, me gusta vivir en Buenos Aires y desde acá iré encontrando otras historias para poder contar. 

 




Free counter and web stats