LO QUE NOS DEJÓ AEROSMITH EN UNA NOCHE “CRAZY”

Por Aníbal Barragán
Lo que Aerosmith nos dejó la noche del pasado sábado 22 de octubre, para aquellos quienes fuimos testigos en el estadio de la universidad San Marcos de uno de los regresos más esperados del 2011, puede oscilar entre: “lo máximo”, “el mejor concierto del año”, “una estafa”, quizás un “esperaba algo más”, o por último… “la primera vez fue mejor”. Rápidamente evaluaré los aspectos que considero importantes, positivos y negativos de la pasada presentación en Lima, resaltando siempre que es un comentario a título personal, de manera que si al disentir hiero algunas emociones encontradas aquella noche, no se sientan aludidos.
Para comenzar, debo mencionar mi indignación con los encargados que velaron por el desarrollo del evento, ya que no sólo se deben a su participación en el momento mismo que dura el recital, sino en el espectáculo en general. Lo cual implica las previas y su finalización, y creo que especialmente en la primera, que es donde empieza la expectativa, fallaron. Es que tamaños realizadores no tuvieron mejor idea, en sus mentes incomprendidas de artista conceptual, que poner como canciones de espera, esas que entretienen al público antes de la ansiosa salida de la banda, pegajosas melodías de salsa y regueetón ¿Es acaso un chiste? Para algunos esto quizás no sea tan relevante, pero creo que es una de las herramientas con las que suele calentar motores un espectáculo, y más aún si es de tamaña magnitud. Y es por eso que no me sorprendió el curioso final aquella noche, ya que si había arrancado de esa manera, era evidente que cualquier cosa podría suceder.
Tratando de obviar las deplorables elecciones musicales de aquellos irresponsables, una de las bandas locales, que en mi opinión viene haciendo cosas interesantes, Emergency Blanket, hacía salir de su letargo a una perdida –por momentos- concurrencia, motivando en muchos la pregunta de “hoy toca Aerosmith… ¿cierto?”. Las voces en el estadio empezaban a desperezarse, y las calles aledañas acogían cada vez más a un público coloridamente matizado; eran ya las 9 y 10 de la noche, mas el escenario seguía apagado. ¿Qué podría suceder? No fue la primera vez que era testigo de algo así, tampoco eran unos Guns N´ Roses, pero de todas maneras me pareció un tiempo considerable, que en su transcurrir alimentaba progresivamente una contagiosa suspicacia. Pasaron los minutos, -cinco, para ser específico- cuando las luces altas se apagaron, dándole paso a los parlantes y pantallas gigantes. Llegó la hora esperada y, entre gritos y palmas que se ahogaban proporcionalmente, los chicos malos de Boston salían al escenario con la canción Draw the line, uno de sus primeros temas, paralizando a todo el estadio, a pesar de que muchos –entre los que me incluyo- no se la esperaban. Y después de esa, le sucedieron sorprendentemente interpretadas Same Old Song and Dance y Mama Kin. Era un hecho, Aerosmith nos estaba probando, tocando fantásticas canciones, pero la mayoría de la old school, no las clásicas, con las cuales estaba seguro que harían delirar a todo el estadio, y repetir el plato de su primer arribo a nuestra capital. Siguiendo casi sin diálogo con el público, nos sorprenderían con sus populares Dude (Looks Like A Lady), Eat The Rich, One Way Street, Livin’ on the Edge (siendo una de las más coreadas), Rag Doll, Amazing, la visceral y elocuente What It Takes, Cryin’ y Sweet Emotion.
Como mencioné, esas ligeras molestias percibidas en los primeros minutos del concierto, se convertirían en una incómoda realidad. Pues, no era cosa de genios el darse cuenta del nivel vocal de Steve Tyler, que no estuvo mal -claro está-, pero tampoco se podría comparar con la surrealista experiencia de la primera vez en la explanada del monumental. Era definitivamente otra cosa. Los instrumentos por instantes lograban opacar su voz; el solo de batería fue un agradable recurso, aunque fuera una improvisada repetición de la nuevamente mentada “primera vez”; al igual que la íntima canción interpretada por el guitarrista Joe Perry, y otros pequeños detalles que le sumaron puntos curiosamente atractivos a la presentación. Si bien tocaron algunas canciones clásicas, creo que apostaron por otro tipo de público, por los seguidores de verdad, esos que, creo, no abundaron la noche del 22.

Pero lo que realmente quisiera criticar es la falta de respeto hacia el público asistente esa noche al no tocar la canción por la que seguramente más de la mitad de los concurrentes había pagado su entrada. Así es, mis estimados, Aerosmith vino y se fue, pero de Crazy ni el rastro, sólo me quedó escucharla horas después en una rocola de la avenida Habich. ¿Es posible que una banda de tal dimensión se pueda comportar así cuando era obviamente consciente de la preferencia y casi “deber” que tienen para con su público de tocarla? Es como si los Guns no hubieran tocado Sweet child, que Metallica no hubiera tocado Enter sandman o que Soda no tocara Persiana americana. No podía concebir como posible esa respuesta por parte de la banda, un cierto capricho propio de su extravagancia, pues su edad, y además su posición de enorme, genial, respetada y, sobre todo, profesional banda de rock les impedía cometer. Lo que sí podría ser es que fue una actitud de respuesta ante la capital falta de compromiso del mismo público al reemplazar progresivamente palmas y vítores por insípidos flashes que lo único que hacían –en mi opinión- era desilusionar a la agrupación. ¿Cómo es eso? Lo dice el propio set-list acabando antes de lo esperado, no solamente por mí sino por todos los concurrentes, casi a las 11 de la noche.
A pesar de eso tengo el gusto de haber participado de esa tan electrizante y emocionante experiencia. Es que ver a Steve Tyler no es algo que pase todos los días, y recién ahí caigo en la cuenta de que todo el espectro y leyenda construida en torno a él no le es para nada gratuitos. Es tan intenso como el simple hecho de que con esta apreciación tumbaría las “críticas” antedichas. Ver el despliegue sobre el escenario de esa melena, de ese sombrero, de sus lentes estrambóticos, y del sonido de la guitarra blusera de Joe Perry, fue definitivamente una experiencia inolvidable. Pues sólo con verlos en escena (por más trillado que suene) se pueden dar cuenta de que fueron y son parte de algo enorme, de que esos que tuvimos al frente, han alterado muchas veces la historia y, en parte, lo siguen haciendo.
Me queda decir, para finalizar, que al salir del concierto no me sentí totalmente decepcionado, solo algo sorprendido. Posiblemente mi falta de conocimiento e identificación, a comparación de otros curtidos conocedores de la banda, mitigó en mí cierta desazón. No voy a pretender tapar el sol con un dedo: el público –gran parte de él-, ese día, se fue con la miel en la boca. Se notaban las ganas de seguir, las caras de “¿qué, ya se fueron?”, las risas de consuelo, de enormes ganas de creer que no importaba que medio equipo de sonidistas y demás plomos estuvieran en el escenario llevándose todo, no importaba, ellos tenían que volver, cosa que lamentablemente nunca hicieron.
Aerosmith
Concierto en el estadio de San Marcos
22 de octubre de 2011
*Pronto una crónica sobre el concierto de Pearl Jam en San Marcos.
La FIL: encantos y desencantos
Friday August 12th 2011, 11:51 am
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Crónicas

Por Rómulo Torre Toro
Se supone que este debe ser una suerte de balance de la Feria Internacional del Libro. Un balance que diga, como Clint Eastwood, lo bueno, lo malo y lo feo. Pero quisiera empezar por lo curioso: una madre de familia preguntándole a un muchacho si sabe dónde está la salida. Creo que eso resume mejor la feria: pocas novedades, pocas ofertas y mucha congestión. El 20 de julio empezó la feria, con Venezuela como país invitado y una cantidad de gente que probablemente podría llenar el Estadio Nacional, hasta el 2 de agosto. Catorce días en los que se demostró, en líneas generales, que los pequeños dejaron de serlo hace rato y los grandes, al parecer, se han estancado un poco o, en el mejor de lo casos, prefirieron guardarse algunas cosas para después. Esperemos que sea la segunda opción.
Los descuentos más atractivos estuvieron donde menos se esperaba encontrarlos. Océano sorprendió con sus descuentos de hasta 35% en libros de algunas editoriales harto conocidas. Así que era imposible no llevar, por ejemplo, Espera la primavera, Bandini, de Fante, en Anagrama, a treinta soles y algunos libros de cuentos de Bolaño a veintiocho. Pero había un rumor mucho más poderoso. Habían dicho que en un stand, no sabía en cuál, estaban rematando a 20 soles varios libros de Anagrama y que me apure porque, como era lógico, iban a volar. Busqué el lugar, di varias vueltas en círculo, hasta que vi el stand de Crisol. Me acerqué y aproveché para ver las novedades. Muy pocas. Los descuentos igual. Pregunté por un libro que me interesaba, pero no lo tenían. Por si acaso pregunté si sabían dónde estaba el stand del remate. Por supuesto que sabían. Cuando llegué a Importaciones Norandina, solo quedaba lo que nadie quiere, pero igual encontré un libro de ensayos de Baricco en el que habla de la globalización: Next. Mano al bolsillo y el libro a casa.
Una digresión para Crisol: el espacio que tenían era muy pequeño. Al igual que Íbero y otras muchas librerías y editoriales necesitaban un lugar más grande.

Peisa y Planeta, como siempre, en lo suyo. Planeta no hizo mucha bulla, pero se mantuvo bien con la exclusividad de los libros de Booket. Peisa tuvo un afiche gigantesco que anunciaba la venta de La noche americana, la nueva novela de Luis Hernán Castañeda, y su conocida colección de clásicos peruanos, como Vallejo y Heraud. No hubo más novedades, excepto la llegada de Emaús, la última de Baricco. Pero los que esperábamos Formas de volver a casa, de Zambra, nos quedamos con las ganas.
Segunda digresión: Janne Teller y su novela Nada fueron dos estrellitas que pasaron medio desapercibidas en la feria. Los que se encontraron con el libro, provecho; los que no, como yo, solo pueden lamentarlo.
Sin embargo, al margen de los grandes (y a pesar de ellos, en algunos casos), los más visitados fueron los “pequeños”, como el stand de los Hermanos Gutiérrez. En verdad, ocupaba tres o cuatro stands juntos y tenían todo lo imaginable: la Interpretación de los sueños de Freud, la obra completa de Borges, clásicos editados por Emecé, hasta libros de historia como uno que hablaba sobre la idea de ciudad en el mundo antiguo. En resumen: una mezcla exitosa. Otros de los más visitados fueron los libreros viejos que ofrecían novelas peruanas, como las de Pablo de Olavide, editadas por el BCP, la novela de Isaac Goldemberg, La vida a plazos de don Jacobo Lerner, primeras ediciones de clásicos como Un mundo para Julius, etc.
Así que la feria tuvo para todos, pero tuvo poco. Y el laberinto fue brutal. No hay duda: se extraña el espacio que daba el Jockey Plaza hasta hace unos años. Pero a pesar de sus problemas, la feria hizo puntos a su favor con los homenajes al siempre joven Oswaldo Reynoso y al maestro Tomás Eloy Martínez; el pabellón de Chile y la presentación del libro de Arturo Fontaine, La vida doble; y, también, el homenaje póstumo al antropólogo Carlos Iván Degregori. Como dije, un poco para todos, y aunque parezca poco, digamos que nos dio el caramelo que reclamábamos.
NOTA: El lunes 15 de agosto será el relanzamiento de la bitácora. Habrá nuevas secciones y nuevos rostros que se suman a este proyecto cultural.
Mujeres y literatura peruana: pretexto por los cien años celebrados el pasado 8 de marzo
Thursday May 05th 2011, 10:47 pm
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Crónicas
Por Aliza Yanes
Camino al trabajo, sentada en el ómnibus, una señora madura lee un libro según su diaria costumbre. Abstraída por la lectura no advierte el destello celestial que ha provocado en la mirada de la señora que acaba de subir y que se acerca con paso firme a sentarse a su lado. Esta le coloca una mano sobre el brazo y, en un tono entusiasta de íntima complicidad, le pregunta: “Señora, ¿lee la Biblia?” Ella –poeta, educadora, correctora– cierra la novela, sonríe de medio lado y, aun trasluciendo su incomodidad, de forma amable e indulgente le responde: “No, señora, este es otro tipo de libro”.
***
En la incipiente sociedad colonial, los criollos buscaban desesperadamente, por un lado, la manera de entretenerse en un territorio principalmente agreste, y por otro, despertar el interés y el respeto de los desdeñosos naturales de la Madre Patria. Sabida es la común asistencia de damas y caballeros a salones, los elegantes bailes, las pomposas fiestas religiosas, las mesas de juego y los infaltables paseos por la entonces joven ciudad de Lima. A la limeña de aquella época se le suele retratar como chismosa, coqueta, licenciosa, interesada y frívola. Poseedora de una incuestionable doble moral, era profundamente religiosa a la vez que engañaba al marido, y sus actividades consistían en coser, bordar, procurarse afeites, leer la Palabra Sagrada, asistir a misa y a compromisos sociales. Las opiniones en cuanto a la clase de educación que podían recibir han sido variadas. Unos afirman que no tenían acceso alguno a la preparación intelectual, mientras otros alegan que existían centros especializados para jóvenes y niñas, y que había escuelas en casi todos los monasterios de la capital. Más allá de los datos estrictamente comprobables, nada impide imaginar la posibilidad de que ciertas criollas, sabiendo leer y escribir, puedan haberse sentido atraídas por los libros de la biblioteca de su casa.
Durante el tránsito del siglo XVI al XVII, en medio de profundas maneras de galantería y cortesía, ciertas damas y ciertos caballeros se reunían en un salón a compartir en voz alta los versos que escribían en soledad. Si es que todos eran conscientes de la magnitud de su quehacer, o si es que tenían un plan deliberadamente trazado en torno a sus escritos y publicaciones son detalles difíciles de establecer, pero lo cierto es que fue una frente amplia, despejada y adornada a los lados por graciosos rizos la que elaboró el poema que da cuenta de la situación de la literatura en aquel momento. Alguna sumatoria inconmensurable de sucesos, experiencias, lecturas, conversaciones y sentimientos trasnochados hicieron sentir a una dama de la recién establecida colonia que debía convertirse en el paladín de la Poesía, cantarle un elogio al tiempo que una enérgica defensa, en general, a la creada en América, en particular, y a la capacidad y derecho innatos de la mujer para escribirla. Su condición femenina y supuesta debilidad, en lugar de ser una desventaja, consisten para ella en su misma gloria, pues luego de su triunfo se verá aún más enaltecida. Creyendo ciegamente en el poder de la Letra, en su fin estético y didáctico, escribe desde un “aquí” y “ahora” bien definidos, y construye un texto clásico perteneciente al subgénero de la defensa de la poesía, uno de los más distintivos de las letras humanistas, respetando su estructura y clásicos motivos solo permitiéndose dos desviaciones: invocar a las musas del Sur en el continente americano y agregar el catálogo de heroínas al de héroes tradicional. Al escribir una “defensa” la autora se declara humanista, le otorga realidad cultural al grupo de poetas llamado Academia Antártica, proponiendo así, por primera vez, un espacio intelectual americano a la vez que configura un yo lírico femenino. Así se escribió el primer manifiesto humanista de Sudamérica.
Dudamos de que esta señora, mientras concebía sus versos, haya podido imaginar que más de tres siglos después ciertos estudiosos vacilaran de su condición femenina a pesar de las expresas referencias a su género y del esfuerzo por construir su catálogo de heroínas bajo las cuales ampararse. En su tiempo, por las breves palabras referidas a ella, parece haber gozado del unánime respeto de los demás miembros de la Academia, quienes además de confiarle la misión de hablar por ellos guardaron celosamente la identidad de quien no por escribir quería arriesgarse a dejar de ser libre, a quien arbitrariamente se ha bautizado con el sobrenombre de “Clarinda”, la anónima autora del Discurso en loor de la poesía.
***
En la tarde del 17 de julio de 1876, frente al espejo, Mercedes termina de alistarse para lo que sabe ha de ser su debut literario. El texto que va a leer lo ha preparado con esmero, tanto que casi lo sabe de memoria. Mientras contempla su reflejo siente esa presión en el pecho producto de la ansiedad, y su mente se esfuerza por concentrarse en lo que sabe es su mayor, tal vez única fortaleza: tener algo qué decir. Aquella noche es la primera de las muchas veladas, que luego serían tan famosas, de la argentina Juana Manuela Gorriti, y en el programa figura el nombre de Mercedes Cabello de Carbonera junto al título “Importancia de la Literatura”. El trabajo trata sobre la dedicación intelectual, específicamente sobre la labor de los escritores en el desenvolvimiento político y social, critica duramente a quienes escriben absorbidos por un egoísmo “temerario e injustificado”, e incita a una producción que tenga como objeto el interés general.
Por entonces, España ya no era más el faro intelectual, sino la atención estaba avocada a las novedades provenientes del vecino país francés. El auge del periodismo como medio de masas había cambiado la vida de la gente, y en los hogares se introdujo un nuevo miembro de familia: la novela de folletín. La mujer tuvo una participación activa como lectora –surgió un considerable público lector femenino, hecho que provocó un sinfín de discusiones sobre lo que las señoritas deberían leer o no y hasta dónde debería llegar su educación– y como escritora, ya que comenzó a publicar en periódicos con frecuencia. Influenciada hondamente por la filosofía positivista, Mercedes Cabello creía en el poder de la razón, en el progreso, y pensaba que era posible encontrar la “Verdad” mediante la Literatura. Sus preocupaciones giraron siempre en torno al papel del humanismo, al bien moral que está obligado a propugnar y al derecho de las mujeres a educarse.
En 1892, dieciséis años después de su primera aparición pública en casa de doña Juana Manuela, con numerosos artículos publicados, seis novelas a cuestas y la fama de criticar a la sociedad sin reparar en las escandalizadas opiniones que suscitaba en miembros de ambos géneros, escribió el último estudio crítico antes de sumirse en el largo silencio que terminaría con su muerte. A pesar de algunos, su voz era un referente, se había convertido en una personalidad que ejercía un valioso poder intelectual. Atenta a las necesidades del momento, cuando las circunstancias obligaban a preguntarse con más énfasis que nunca qué era el Perú y de qué manera se iban a construir los anhelados sólidos cimientos de un país preparado para los retos de la modernidad y del nuevo siglo por venir, en “La novela moderna” deslizó la idea del escritor como un estudioso del hombre y las sociedades. Con una lucidez que tal vez nunca imaginara perder, enfatizó que era menester tener un ideal propio, pues lo que buscaba era el nacimiento de un verídico realismo americano.
No mucho tiempo después, desplazada, sola, conversaba sombríamente con los fantasmas de su memoria en días y noches que se sucedían con indiferencia.
***
De chica, cuando leía cualquier historia, sentía una afición especial por los personajes que la conformaban. Las acciones podían sorprenderme, cautivarme o conmoverme, pero siempre en relación a cómo afectaban la situación del personaje principal. Yo estaba junto a él, hombro con hombro, sentía sus inquietudes, penas y logros como si fueran los míos. Naturalmente, tenía mis personajes favoritos. Me gustaba insertarlos imaginariamente dentro de mi cotidianidad, pensar en cómo actuarían frente a determinadas situaciones, y no pocas veces me topé con personas a las que reconocía como su viva y real existencia. Ahora, aunque con una perspectiva diferente, continúo teniendo personajes favoritos, y considero que con el paso del tiempo quien realmente se inmortaliza y se vuelve paradigma es el personaje, no la historia en sí necesariamente, pues un personaje bien construido, en un lugar y circunstancias indeterminadas, debe actuar siempre conforme a sus propias leyes.
Si evoco personajes femeninos, es decir, aquellos con los que niñas, adolescentes y adultas podemos sentirnos directamente identificadas, en la narrativa peruana un catálogo de heroínas memorables brilla por su ausencia. Los personajes protagónicos femeninos son escasos, y dentro de la ficción las mujeres no resaltan por ser actantes, mayormente intervienen como objeto de deseo del personaje principal y acompañan la historia colaborando con el desarrollo de las acciones o colocando trabas que lo impidan. La literatura peruana, que desde sus inicios críticos ha ostentado un canon realista, en ese sentido, precisamente, no se correlaciona con la realidad en la que todos los días, de distintas maneras, las mujeres actuamos.
Evanescentes y eternas representaciones de un fundador
Friday March 11th 2011, 5:07 am
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Crónicas

Por Aliza Yanes
Entre vendedores ambulantes de rodajas de piña y sandía, con un sol abrasador en medio de un tráfico rutinariamente pesado, espera estacionada a que se llene de pasajeros la línea 10 –aquella morada y destartalada de los años setenta cuya más conocida sobreviviente es la 10E– en la Plaza Italia, Barrios Altos. Adentro estoy yo abanicándome con un periódico. Mi destino es el Cementerio General de El Ángel, donde durante 34 años estuvo sepultado el cuerpo de una de las personalidades más emblemáticas, influyentes y polémicas del siglo XX en nuestro país: José María Arguedas. A los cien años de su natalicio sonó la alarma del reloj despertador del Tiempo instigándonos, lo quieran algunos o no, a reflexionar en torno al hombre que vivió y sufrió el Perú quizá más que ninguno otro. Su vida, sus libros y su muerte son, independientemente y en conjunto, materia inagotable de disertación y debate, pero pareciera que aquella conversación estuvo aplazada, limitándose los que están vivos a mencionar, sí, su nombre, pero sin adentrarse en el universo literario y cultural que plasmó y dejó para la posteridad. Mi visita a El Ángel es el final de una ruta que sigue las representaciones de la figura de Arguedas en algunos de los homenajes que se han llevado a cabo en su honor. Cuando un personaje público fallece no perdura necesariamente en el imaginario colectivo como quien quiso o intentó ser. En la realidad y el presente constantes, es la interpretación que los otros hacen de sus acciones y creaciones la que, dependiendo, vive o se olvida. ¿Qué ha ocurrido en el caso de Arguedas? En su imagen evocada, en su presencia invisible está la respuesta.
***
La sala de conferencias está prácticamente llena y, sentado detrás de la mesa sobre el estrado, un reconocido profesor de San Marcos, especialista en la obra de Arguedas, expone con la energía y pasión que lo caracterizan lo siguiente:
A partir del episodio de Cajamarca, donde Atahualpa arrojara al suelo aquella Biblia que le entregó el padre Valverde, se inició el encuentro conflictivo entre oralidad y escritura que devendría en la Conquista y en la aparición de una cultura hegemónica y otra subordinada. Alrededor de esta última se construiría un cerco opresor desde entonces, separando a ambas culturas sin la posibilidad ni la intención de entablar un diálogo. La barrera es la lengua aborigen, la compleja cosmovisión que subyace a ella y la actitud excluyente de Occidente al considerar a los indios inferiores a priori. Para que exista una verdadera comunicación es necesario crear filtros conductores que permitan un intercambio cultural, pequeños resquicios por donde logre escurrirse el pensamiento andino tal cual es, sin ideas preconcebidas que son la evidencia del desconocimiento y la falta de comprensión. Los discursos donde no hay diálogo son fronterizos, y donde se encuentran los filtros conductores son liminales. Arguedas fue consciente de la falta de intercambio debido a la existencia de discursos fronterizos, y su literatura habría buscado una relación más igualitaria entre opresor y oprimido al esforzarse por establecer aquellos filtros. Vista de esta manera su importancia resulta crucial, pues al no haber intercambio cultural la Conquista se entendía como un cuti, voz quechua que denomina relevo de contrarios y renovación, pero al generarse el intercambio se ve como tinkuy, palabra que denomina un encuentro tensional entre dos opuestos. Al momento de aprender del otro, es decir, cuando a través de la letra se dan a conocer la cultura y cosmovisión andinas, el cerco opresor se rompe, lo cual, según Arguedas, cura las heridas y es la única vía posible para el desarrollo del país. En su intento por reconciliar ambos mundos creó, en narrativa, el español quechuizado, y renovó la poesía quechua misma uniendo el haylli (canto que se caracteriza por ser dialógico y enérgico) y el taki (canto no dialógico que posee mayor lirismo) en el canto del hombre andino contemporáneo que va a la ciudad, lugar que le era desde siempre negado. El deseo de mediar entre dos culturas distintas, una que se empeña en imponerse y otra que se esfuerza por permanecer, constituyó una pretensión heroica.
Cuando el expositor hubo acabado, el público se quedó con ganas de seguir escuchándolo.
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Una noche indeterminada de la década de 1940, en un pequeño departamento de la plaza San Agustín, en el Cercado de Lima, hombres y mujeres están reunidos entre cuadros de paisajes montañosos y remotos, vasos de licor y cigarrillos. La música de fondo no es la criolla que está de moda y que se escucha en placas de acetato de carbón, sino suenan en vivo cuerdas y vientos exhalando un hondo sentimiento andino. Aquella noche exponen Julia Codesido, José Sabogal, Camilo Blas, Enrique Camino Brent, Mario Urteaga, Carlos Quíspez Asín y Alicia Bustamante. El ambiente despide el trato familiar y cordial de los amigos que se reúnen siempre en el mismo lugar. Es el único local en toda la ciudad en donde se puede escuchar música de la sierra y que exhibe mates burilados, toritos de Pucará, iglesias cusqueñas y retablos ayacuchanos. Arguedas es quien ha invitado a los músicos y los acompaña en la melodía tocando la quena. Termina la pieza, los asistentes aplauden encantados y retoman sus conversaciones. Arguedas les agradece a sus amigos por la melodía ejecutada, habla con ellos un momento y luego se acerca a un grupo donde conversan su esposa Celia y Emilio Adolfo Westphalen. Muy cerca de ellos los veinteañeros Fernando de Szyszlo, Javier Sologuren y Jorge Eduardo Eielson discuten sobre Vallejo. La peña, como todas las noches, está animada y los temas fluyen entre política, literatura, arte y el Perú que en ese momento están soñando. Más tarde, seguramente, alguien le pedirá a Arguedas que cante una canción en quechua.
De pie, en una sala de exposiciones, imagino que así puede haber sido una noche de tantas en aquella época. La muestra trata sobre la relación de José María Arguedas con el arte popular desde el legendario centro de reunión que fue la peña Pancho Fierro de las hermanas Bustamante. Era un lugar obligatorio por el que debía pasar cualquier intelectual o artista que se considerara importante. Ahí nacieron muchas amistades de las letras peruanas, y ahí Arguedas pudo hacerles conocer el mundo andino contemporáneo del que no tenían la menor noción. Se trataba también, de una u otra manera, de crear los ya mencionados filtros conductores, pero en este caso con el arte y la música. Aquel impulso por acercar las representaciones del Ande a la ciudad letrada era compartido con su esposa y cuñada, intuyendo que el único camino posible era la integración, en todas sus formas, de la cultura segregada.
***

En Quilca, a ritmo de hip hop, la noche veraniega se refresca con cervezas heladas. La letra que se escucha alude a la corrupción en el gobierno y a la resistencia de los pueblos. Termina la canción y se oye un enérgico “Causachum, taita Arguedas”. Desde la tarde, la calle se ha convertido en el espacio y escenario para expresar visiones, dar a conocer ideas y compartir arte. Se conmemora un año más de la fundación de Lima, y se celebran los cien años del natalicio de José María Arguedas, en un evento cuya esencia consiste en la armónica representación de manifestaciones plurales y heterogéneas. Aquí hablan las personas, los sonidos y las paredes. Se refieren a preocupaciones acerca de la ciudad, a la multiculturalidad del país, colocan un signo de interrogación sobre la nación peruana y representan a personajes urbanos, andinos y amazónicos. Desde los muros, Arguedas observa en silencio a los asistentes: organizadores, artistas, espectadores y borrachines del barrio, entre quienes hay personas interesadas y preocupadas por descentralizar el arte y la cultura, por crear una conciencia colectiva que integre a todos los sectores de la sociedad en una atmósfera de tolerancia y respeto. Si antes el propósito era integrar a la cultura andina dentro del imaginario nacional, ahora se intenta hacer lo mismo con los pueblos amazónicos –tanto tiempo relegados al plano de lo exótico– especialmente después de la tragedia acaecida en Bagua en el 2009. Esta noche para la gente Arguedas es diálogo, difusión, compromiso y un mismo sueño compartido.
***
Mientras la 10 avanza por calles antiguamente señoriales, pienso en algunas de las cosas que Arguedas no alcanzó a ver: la expropiación a los hacendados en la Reforma Agraria, los años de terrorismo, el crecimiento de los conos de la capital y fenómenos populares masivos como el culto a Sarita Colonia y la música de “Papá Chacalón”, como lo llamó alegremente el cobrador de la combi anterior al escuchar que íbamos hasta El Ángel, recordando que ahí se encuentra el ídolo de la chicha por antonomasia.
Cuando Arguedas fue trasladado en el 2004 a su natal Andahuaylas –su voluntad había sido ser enterrado ahí– la población lo recibió multitudinariamente, como a un héroe cultural. Dicen que todos los habitantes desfilaron frente a su ataúd, que los jóvenes le dedicaron bailes y los colegiales le recitaron versos. Ahora descansa al pie de su monumento y espera sin prisa a que se materialice el proyecto del Museo de Artes Plásticas del Perú José María Arguedas. En El Ángel queda su tumba vacía; está en un jardín al pie del cuartel San Belisario. Su lápida es una sin ornamento, de concreto y piedra. Mientras la observo con un ramo de claveles rojos en la mano, un cuidador pasa y dice:
- Ahí no hay muertito.
- Igual hemos venido – le respondo – ¿Ha venido alguien más?
- El dieciocho sí. Vino un congresista con bastante gente. Han tocado el violín, han bailado con las tijeras. Bonito ha estado.
En el cementerio hay una tranquilidad silenciosa que reconforta. Parada frente a una tumba que podría ser de cualquiera, siento que para algunos recordar y rendir homenaje a Arguedas es importante, así como para otros no lo es tanto. Porque la inclusión de las culturas indígenas, el respeto a sus lenguas, a su espacio y a sus costumbres es, para ciertas personas, tarea que realizar en el país, pero para ciertas otras no. Pensar en Arguedas remite a un tema de identidad, delicado y espinoso para la mayoría. Me inclino sobre la lápida para leerla. Tallada en el concreto hay una frase en quechua: Kaipiraqmi kachkani. “Aún estoy aquí”.
Encuentro con un Nobel
Friday January 21st 2011, 6:11 am
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Crónicas

por Aliza Yanes
A Mario Vargas Llosa lo vi una vez, hace aproximadamente diez años, en el cine de Larcomar. Estaba con Patricia en la misma sala que yo viendo una película norteamericana más bien intrascendente, no recuerdo cuál fue, me parece que una comedia. No sé si habrá sido por tímida o boba, pero no me atreví a saludarlo porque según yo no se me ocurrió nada interesante que decir. Esta vez cuando leí en mi correo que estaba confirmada su presencia en la inauguración del congreso internacional “Las cartografías del poder en la obra de Mario Vargas Llosa”, en la Casa de la Literatura Peruana, inmediatamente pensé en llevar un libro para que lo firme y en contarle que lo anunciaron Nobel el día de mi cumpleaños. No pasó mucho tiempo para que mis pensamientos se ordenaran. Acercársele sería imposible, seguramente sólo haría un acto de presencia durante breves minutos. Es que aquel Vargas Llosa al que vi en el cine ya no es el mismo, ahora es el primer premio Nobel del Perú, el centro de atención por antonomasia quién sabe durante cuánto tiempo. Quizás nunca deje de serlo.
Ese día –miércoles 15 de diciembre– me levanté temprano. La inauguración estaba programada para el mediodía, pero el entusiasmo y la expectación en torno al flamante Nobel me llevaron a tomar mis precauciones y calculé que para tener un buen lugar era imprescindible llegar dos horas antes. Gracias al nuevo transporte que se ha adjudicado haber traído la modernidad llegué incluso unos minutos antes de las diez y me encontré con la Casa cerrada y con solo tres personas afuera: dos hombres apoyados contra la pared, uno en terno con dos periódicos en la mano, el otro absolutamente inexpresivo con la mirada perdida y una mujer que se paseaba en un continuo ir y venir frente a la puerta. “¿Es la cola para lo de Vargas Llosa?”, les pregunté. “Estamos esperando”, me respondió secamente la mujer. Como ninguno daba indicios de tener ganas de entablar una de esas triviales pero entretenidas conversaciones con un desconocido que ayudan a matar el tiempo, me resigné a esperar en silencio a que llegara mi amiga R y me coloqué contra la pared detrás del hombre de la mirada perdida con el propósito de esperar ordenadamente y no estar todos amontonados en la entrada. Apenas me acomodé en mi lugar ingresó por el garaje la camioneta de un canal de cable y empezaron a llegar los fotógrafos de la prensa escrita. El siguiente en aparecer fue un hombre bajo, de lentes con un grueso borde negro, con un maletín en la mano y camisa a cuadros. Nos miró a los cuatro, dudó un momento en dónde ubicarse, caminó frente a la puerta y finalmente se paró detrás de mí contra la pared continuando con la idea de la fila ordenada. El hombre bajo tenía un cuadernillo con el resumen de todas las novelas de Vargas Llosa y leía en ese momento el de La fiesta del chivo. Vinieron tres o cuatro personas más y llegó R. Mientras saludábamos a nuestros amigos de la universidad que trabajan en la Casa y a una compañera practicante de periodismo la fila había crecido varios metros, había aumentado el movimiento y el ambiente de expectativa comenzaba a percibirse. La espera continuaba, con R nos entreteníamos en observar a los personajes de la mañana: una joven con un vestido particularmente estrafalario, un viejito con aspecto de explorador y el doble de Gonzalo Vargas Llosa.
Pocos minutos después de las once nos indicaron tener los tickets en la mano para poder ingresar. La mujer que se paseaba frente a la puerta cuando llegué se había colocado en la fila antes que yo. Comenzamos a entrar y supe que en ese momento el orden dejaría de existir, así que me preocupé en bajar las escaleras lo más rápido posible, alcanzando apenas a divisar que a la mano derecha de la entrada se había ambientado con mesas y sillas el mítico bar de La Catedral. La gente corría y me obligaban a hacerlo a mí también, algunos entraron por la primera puerta del auditorio pero cuando quise entrar me dijeron que tenía que ingresar por la siguiente y di mi sitio por perdido. Solo permitían que se utilizaran los asientos a partir de la quinta fila porque los de adelante estaban reservados para los invitados, así que mientras reubicaban a los que se habían sentado donde no debían R y yo nos sentamos en la quinta fila de la mano izquierda. El hombre de los dos periódicos que estaba desde temprano se sentó en la cuarta fila frente a nosotras y fue el único que no quiso reubicarse por nada del mundo. Casualmente a mi derecha se sentó V, una compañera de un centro de estudios literarios que no veía hacía años y se nos encargó guardarle sitio a M, el profesor y amigo de aquellos cursos que tanto disfrutamos, de modo que la coincidencia nos volvió a reunir en un evento tan significativo.
Faltaban cuarenta minutos para el mediodía, la prensa ya estaba colocada en el fondo del auditorio, el público estaba ansioso y los asientos de adelante se iban ocupando poco a poco. Durante la espera V me enseñó la primera edición de Los cachorros, de la editorial Lumen con fotos en blanco y negro de Xavier Miserachs y tapa dura, que había llevado por si acaso pudiera arrancarle una firmita al homenajeado. Me percaté de que absolutamente todos habían llevado un libro, albergando la esperanza de poder obtener la firma del escritor peruano más célebre de la historia.
Faltaban quince minutos y la expectativa estaba al máximo. Había un murmullo de voces continuo, todos los asientos estaban ocupados por personas con el cuerpo hacia adelante que miraban en todas direcciones. De pronto un ruido de voces creció y supimos que Vargas Llosa había llegado. R me decía a cada rato “Ahí viene, ahí viene, ahí viene, ah no, no, no”, yo no sabía bien a qué puerta enfocar con la cámara que tenía en la mano porque él se estaba paseando dentro de las instalaciones de la Casa, viendo primero la recreación de La Catedral y luego la muestra fotográfica en cera. En eso se anunció por el micrófono la entrada del escritor al auditorio y apenas se hubo asomado comenzó la estrepitosa bienvenida: todo el público se puso de pie aplaudiendo fortísimo acompañando sus palmas de continuos y potentes “¡Bravo! ¡Bravo!”. Era el reconocimiento oficial de la comunidad académica y de sus lectores. Los aplausos duraron un largo rato, Vargas Llosa se había sentado pero la gente continuaba de pie demostrándole su orgullo y admiración. Se le veía tranquilo, agradecido y hasta cierto punto un poco abrumado. Los aplausos cesaron pero hubo gente que continuó de pie para tomarle fotos. No faltaron voces fastidiadas que pedían que se sentaran. Los organizadores leyeron unas breves palabras introductorias en las que le daban la bienvenida al primer Nobel peruano y explicaban la misión y logros de la Casa como un centro promotor de cultura y lectura. Como presentes le obsequiaron una placa de reconocimiento y un libro de visitas firmado por cientos de concurrentes a las instalaciones, quienes le dejaron por escrito sus pensamientos acerca de él y su obra.
El momento esperado había llegado: Vargas Llosa tomó la palabra. Comenzó agradeciendo a la institución por los presentes, por la organización del congreso sobre su obra y por difundir “el Perú de los soñadores”, aquel que ha sido construido mediante la palabra y la creatividad de muchos escritores. Enfatizó en lo mencionado en el discurso del Nobel, en que la razón de ser de la literatura es enriquecer nuestras vidas limitadas a una sola experiencia con sueños y deseos que quisiéramos vivir, y agregó que un país es también los sueños de sus habitantes. En ese momento se interrumpió a sí mismo porque empezó a aplaudir a su gran amigo Fernando de Szyszlo, quien recién ingresaba al auditorio, y aprovechó para agradecerle por todo el ajetreo con la prensa al que se había visto obligado desde que recibiera el premio. Yo no dejaba de grabar cada movimiento. Vargas Llosa continuó diciendo que la Casa desagravia a aquellos escritores que no tuvieron reconocimientos en vida, y puso como ejemplo a César Vallejo, a quien calificó como uno de los grandes poetas en nuestra lengua, a César Moro, de quien resaltó la “extraordinaria integridad moral” que asumió como escritor y lo consideró como uno de los grandes creadores de nuestro país, y a José María Arguedas a propósito de la celebración del centenario de su nacimiento, y dijo que la mejor manera de homenajearlo era difundiendo su obra. Concluyó mencionando que el premio Nobel es para todos los peruanos y que la buena literatura forma ciudadanos con espíritu crítico.
Y a continuación pasó lo que había imaginado, pues terminó de hablar –fueron catorce minutos para el recuerdo–, se paró y retiró del auditorio, y con él todos los asistentes salieron corriendo para intentar alcanzarlo ilusamente. Incluso la señora que estaba al costado de R corrió con su libro en la mano dejando su cartera tirada en el piso. V, M, R y yo sabíamos que eso había sido todo, solo quedaba conseguir probar alguno de los bocaditos que los mozos empezaban a traer en bandejas. Es que sí, un premio puede alborotarlo todo. Pensé un momento en lo cerca que lo había tenido algunos años atrás en un cine miraflorino sin cámaras ni fanáticos de por medio. Poder hablar con Vargas Llosa continúa siendo un asunto pendiente, ahora es uno mucho más difícil.