¿Philip Roth, un reconocimiento a la vigencia o a la regularidad?
Por Lenin Pantoja Torres
“Se repite y se repite sobre los mismos temas en cada uno de sus libros. Es como si estuviera sentado sobre tu cara sin dejarte respirar”, dijo la escritora inglesa Carmen Callil en rechazo al nuevo galardón que obtuvo Philip Roth, el Man Booker Internacional. La escritora inglesa, fundadora de la casa editorial feminista Virago, fue miembro del jurado junto al escritor, académico y librero anticuario Dr. Rick Gekoski y al novelista Justin Cartwright. Este premio internacional se le otorga a un corpus entero, no a una obra literaria específica, y la premiación se concede cada dos años, los anteriores ganadores fueron Ismail Kadaré en 2005, Chinua Achebe en 2007 y Alice Munro en 2009.
El autor de El lamento de Portnoy venció a trece escritores entre los que se encontraban nombres como Juan Goytisolo y John Le Carré. Con este galardón, Roth recibirá más de 68000 euros, sin embargo, no pudo evitar un pequeño escándalo mediático ante la renuncia de Callil como miembro del jurado, una renuncia que, si bien no es totalmente fundada, evidencia una idea que he sostenido en este espacio en un post anterior. No es una renuncia fundada porque las razones de Callil se basan en cuestiones estéticas que rechazan la regularidad en los temas y formas de las novelas de Roth. Olvida que el premio se concede a una trayectoria literaria, no a un desempeño literario actual. Por otro lado, el caso de Roth se asemeja mucho con lo que ocurre en narradores como Paul Auster y Rubem Fonseca, para señalar dos casos distintos geográficamente hablando, pero similares en cuanto al fenómeno comercial dentro de sus respectivos sistemas literarios.
Las opiniones frente a esto pueden ser diversas: algunos se sentirán felices de que sus escritores favoritos sigan siendo fieles a lo que ellos buscan encontrar en sus obras; otros se mostrarán inconformes ante la imposibilidad de que estos autores, que sorprendieron con buenas obras iniciales, no se reinventen en la actualidad. Lo cierto es que la crítica periodística se ha manifestado con mucha satisfacción con el último Roth, el Philip Roth de Némesis, “una novela que nos recuerda al mejor Roth”, dicen muchas de las reseñas que podemos encontrar en los medios periodísticos virtuales. Pero finalmente eso que se celebra en Roth ahora, esta ansiada vuelta, ¿no es otra forma de seguir siendo el mismo Roth de siempre? Podremos reflexionar estos temas en una pronta reseña sobre dicho libro que, extraña pero felizmente, ya podemos encontrar en las librerías de Lima.
Así informaron algunos medios:
El Clarín
El Cultural
La Vanguardia
ADN de España
Público
20 minutos
Diccionario de Americanismos: ¿qué Academia es la responsable?

Por: Jack Martínez Arias
Hace ciento veinte años se gestó una idea que se concretó hace apenas unas semanas. Me refiero a la publicación del primer Diccionario de Americanismos (Santillana), un proyecto sin precedentes en la historia de la lengua española. En su elaboración, participaron las 22 Academias. Y la dirección general del proyecto estuvo a cargo del lingüista cubano Humberto López, Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española.
En el Perú, la coordinación estuvo en manos del Dr. Marco Martos, Presidente de la Academia Peruana de la Lengua (APL). Fue también en nuestro país donde se llevó a cabo la primera (y hasta hoy única) presentación del diccionario.
La polémica en torno al diccionario se inició cuando un cable de la agencia EFE difundió una noticia a raíz de la mencionada presentación (que tuvo rebote en el Perú a través de la web de El Comercio): “Marco Martos criticó las distorsiones detectadas en los peruanismos registrados en esta obra”. Se añadía que Rodolfo Cerrón Palomino, vicepresidente de la APL se mostró implacable “al criticar las abundantes omisiones entre los peruanismos (…) la etimología errática o incompleta y el caos ortográfico observado en las acepciones peruanas”.
Ante ello, el lingüista cubano López Morales no tardó en mostrarse “completamente sorprendido al ver que se acusa al equipo de Madrid de lo que es responsabilidad absoluta de la corporación limeña”, ya que “es en las Academias (de cada país) donde comienza realmente el proceso de revisión de los lemas y de los demás elementos que constituyen cada uno de sus artículos: uso, definición, marcaciones, etc.”
Así culminó la noticia. Ante la mayoría de lectores, la Academia Peruana de la Lengua terminó mal parada, siendo paradójicamente, ella misma, la única culpable de lo que criticaba.
Mesa de discusión
Tras varios días de silencio, el equipo peruano encargado de la revisión de peruanismos en el Diccionario de Americanismos, a través de la Academia Peruana de la Lengua Española, organizó una Mesa Redonda sobre el tema en la Unidad de Posgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Allí, las intervenciones tuvieron un común denominador: señalaban las falencias de la publicación, y luego, éstas se minimizaban porque eran “pequeñas”, situadas en el contexto de una obra monumental y valiosísima como este Diccionario de Americanismos.
Pero, ¿cuáles son las omisiones o errores del Diccionario…?
En su intervención, Mari Carmen La Torre (miembro de la Comisión de Lexicografía de la Academia Peruana de la Lengua) señaló que muchos “pedidos y recomendaciones” no se tomaron en cuenta en la edición final. Es decir, fue en Madrid y no aquí donde se desestimaron. Entre las recomendaciones se encontraban la incorporación de nuevas acepciones a peruanismos ya existentes y se solicitó la intervención de expertos en lenguas amerindias para las observaciones concernientes a las etimologías de las palabras usadas.
Por otro lado, el lingüista Juan Quiroz criticó, entre otras cosas, la estructura del diccionario, el listado de gentilicios internacionales populares (en los que se incluyen Lorcho, Roto, Charrúa, Colocho, Mono) y gentilicios populares locales en los que se lee “Chacarato” en lugar de Characato, por citar un ejemplo.
El español Julio Calvo (autoridad mundial en los estudios sobre el uso de la lengua española en el Perú), fue menos crítico y dijo que en un “acontecimiento de primer orden en la lexicografía”, como éste, se hace muy difícil obtener la información de todos los ámbitos y “por eso se registran algunos desajustes”. Dijo que, además, el Diccionario de Americanismos, para el inicio de su elaboración, juntó la mayoría de diccionarios de peruanismos (así como sus correspondientes en otros países de la región) para tomarlos como insumo base. Entonces, al no contar aquí con un diccionario de peruanismos como referente, sino con muchos diccionarios de peruanismos incompletos, los yerros de éstos fueron transmitidos, tal cual, a la primera versión del Diccionario de Americanismos.
Entonces surge otra pregunta: ¿Con qué criterio, el equipo de Madrid, dejó de lado las correcciones y añadidos posteriores del equipo peruano? Para tratar de dilucidar el tema, hablamos con Marco Martos.
***
Antes de responder esta cuestión, Marco Martos aclaró que las supuestas críticas aparecidas en la nota de EFE fueron descontextualizadas. “Entre otras cosas, lo que dije fue que en obras tan grandes como el Diccionario de Americanismos, se suelen encontrar más errores, porque estas publicaciones son observadas con mayor prolijidad”. Además, el cable internacional no habría citado a Martos cuando elogió el hecho de que “por primera vez, 22 países se pusieron de acuerdo en hacer un diccionario que contiene 123 mil voces, más que las 83 mil que están actualmente en el DRAE”. Por todo ello, Marco Martos se mostró mortificado. Porque sabe que “ese artículo tuvo una repercusión muy grande: se leyó en doscientos cincuenta diarios de España. Y en medio de ese ambiente, la respuesta de Humberto López es comprensible”.
Sin embargo, situada la polémica, la pregunta esencial sigue vigente: ¿bajo qué argumentos se desestimaron las modificaciones? Tanto Marco Martos como los ponentes no tienen una respuesta clara. Se desliza la sensación de que ese Diccionario de Americanismos no es también “nuestro”, sino que es una obra de la Real Academia Española acerca de “nuestros usos americanos de la lengua española”. Marco Martos refiere que “ahora, como peruanos, en lugar de reclamar, haremos nuestro propio diccionario. Todos los diccionarios de peruanismos que se han hecho hasta hoy son el fruto de esfuerzos individuales, y la mayoría le pertenece a personas que no son o fueron lingüistas ni lexicógrafos. Necesitamos una obra consolidada”.
El Diccionario de Peruanismos del que habla el Presidente de la APL ya está en marcha. Es dirigido por Julio Calvo (que acaba de publicar un diccionario Español–Quechua con la USMP), y con él “hay un equipo de treinta personas trabajando de forma gratuita”, enfatiza Martos. El Diccionario estará listo el 2010 y “luego de la edición de lujo, se publicará la edición popular y, finalmente, el Diccionario podrá ser consultado a través de Internet”, dice Marco Martos quien, además, ya nos viene entregando adelantos de los peruanismos que incluirá esta publicación, a través de su columna de los jueves en Perú 21.
Con ello, el caso del Diccionario de Americanismos parece estar cerrado para la APL, institución que ahora aboca su atención hacia un proyecto propio e independiente: un Diccionario de Peruanismos que sirva de referente confiable para futuras recopilaciones al respecto.
Una noche inconclusa con Blanca Varela

Por: Rómulo Torre Toro
Abancay era un infierno el último viernes. Como casi todos los viernes, aunque me pareció que éste muy particularmente. Era un infierno que fue asumido no bajo los mecanismos acostumbrados (una mala vida, un juez inapelable, un castigo eterno), sino por propia voluntad, por el inapreciable derecho a decidir. Entonces corrijo: Abancay era el infierno que yo quise. Y lo quise porque prometía, también contra la costumbre, la aproximación a la vida y a la obra de una poeta muy estimada, muy querida. Preciso: algo similar a lo que sucedía con los cruzados al ingresar a Jerusalén. De este modo tenemos la figura muy clara: llegar al homenaje a Blanca Varela, realizada en la Casa de la Literatura, el último viernes 12 de marzo, fue un sacrificio por la fe. Sacrificios que, por cierto, habitualmente realizamos.
Luego de caminar algunas cuadras para llegar, finalmente, a la vieja Estación de Desamparados, encontré ciertas caras conocidas. Una me llamó la atención. Un rostro femenino que participaba en el homenaje. Era, lógicamente, el de Blanca Varela. Como dije, llegué tarde para la primera mesa, pero alcancé a ver el cortometraje en el que participa la poeta. De todos modos, supe que habían estado Jesús Zavala y Benjamín Sandoval, amigos de San Marcos, junto a otros dos ponentes, disertando sobre algunos tópicos de la poesía de Varela. La cantidad de personas en la proyección de Esta pared no es medianera, me sorprendió: muy raras veces había visto a más de diez en el auditorio de la Casa de la Literatura. Raras veces, lo que realmente quiere decir nunca. Así que el cortometraje fue, digamos, un éxito. Uno bien merecido.
A continuación vino una mesa bastante irregular. Explico: una mesa en la que las diferencias entre los ponentes no pudieron ser más evidentes. Por un lado, estuvo Alberto Valdivia; y por el otro, Óscar Limache. El primero demostró una seriedad y una rigurosidad incuestionables. Su intervención, por lo menos, daba pie a la reflexión entre los asistentes. A grandes rasgos, mencionó que la poesía de Varela representa un ascenso en la conciencia del yo poético dentro de la realidad que se le presenta. Que este yo poético re-construye su realidad, la recompone. La segunda intervención fue, por el contrario, bastante pobre y carente de agudeza. Limache no dijo nada concreto acerca de nada. Hizo referencia a anécdotas conocidas, como el origen del título Ese puerto existe, explicó también qué sugería y qué interpretaciones podíamos darle. Luego leyó un par de poemas y continuó hablando sobre lo que significaban para sus alumnos secundarios. Algunos pueden creer que todo esto también es válido. Sin embargo, si lo que buscaba realizar el ponente Limache era un examen de las repercusiones en la vida cotidiana de una persona cualquiera, o un grupo de personas, que leen un poema de la autora homenajeada, falló. Pareció más una improvisación, un intento, tal vez desesperado, por cumplir con un compromiso.
Retomo en este punto lo que anoté más arriba. La fe nos mueve a sacrificios que de otro modo no realizaríamos. Nos impulsa a actuar de maneras que muchos considerarían inútil, digamos irracional. Pero lo hacemos porque esperamos de estos esfuerzos una recompensa plena, absoluta. Lamentablemente, el absoluto no existe. Y si existe, como la sospecha de Paz respecto al puerto de Varela, debe ser en la imaginación de los creyentes. Quizá por eso me molestó la segunda mesa a la que me acabo de referir. Entonces corrijo: todo puede ser válido, depende de cómo se entienda y cómo se vea.
Recapitulemos. Llegué tarde, alcancé a ver el cortometraje y escuché una mesa. Al terminar, se anunció un breve receso de diez minutos. Para mi buena suerte ya tenía a mi lado a una compañera. La soledad en un lugar lleno de personas puede verse como un síntoma de perturbación. Inmediatamente llegaron dos más. Los rumores aumentaban y la gran mayoría de los asistentes estiraba sus brazos y piernas y se ponía de pie mirando a todas partes. Entonces se anunció la siguiente mesa. En esos momentos algunos ya caminaban de un lado a otro tratando de establecer el contacto deseado con el ponente favorito o el conocido bien relacionado. Espero de todo corazón que lo hayan logrado.
Minutos más tarde se anunció el fin del intermedio. Un Camilo Fernández Cózman sonriente, cordial, hizo su aparición. Después de escuchar durante diez minutos su hoja de vida, empezó con la lectura del estudio “Estructuras figurativas en la poesía de Blanca Varela“. Era la intervención más ambiciosa de todas. Fernández Cózman ensayó una periodización de la obra poética de Varela en tres períodos, lo que me hizo recordar un poco a la lógica dialéctica de tesis, antítesis y síntesis. Pero eso no viene al caso. Lo que sí importa es lo que dijo el ponente. A continuación, hizo un análisis de las figuras en dos poemas, “Fútbol” y “Canto villano”, y lo puso en relación a lo que llamamos comúnmente visión de mundo. Luego de un tiempo prudente, se quedó en silencio y entonces todos supimos que había terminado. Aplausos.
Entonces, entre los aplausos, yo me sumé al grupo de los que buscaban conversar con los participantes de las mesas. Busqué a Fernández Cózman y conversamos acerca de cosas que tampoco vienen al caso. Preciso: no pasó nada extraordinario, nada que en cualquier otro evento no pasa. Al terminar de hablar con el profesor sanmarquino, entré al auditorio, me senté y me di cuenta, absurdamente, de que no había realizado ciertos deberes impostergables para el día siguiente. Algo que puede ser para unos, urgente; y, para otros, tonto. Entonces ejerciendo el derecho de elección –y sintiéndome un poco como Limache– me encaminé a cumplir con mis otras (y tal vez tontas) responsabilidades.
El impecable desakato de Ricardo Quesada

Por: Miguel Ildefonso
Acabo de llegar
no soy un extraño
conozco esta ciudad
no es como en los diarios
… de verdad
Charly García
“Ricardo Quesada nació en Lima (Perú) en una casona antigua ya derruida… vivió gran parte de su niñez en la ciudad de la Oroya (sierra montañosa –puna– de la parte central de su país) y finalmente recaló en la calle Quilca del centro histórico de Lima…”. Estos datos biográficos (que él mismo escribió, seguramente) están al final de su único libro publicado: Blue moon of Kentucky (Hipocampo Editores, 2004). Yo ya tenía años de conocerlo, efectivamente, en esa calle del centro limeño, desde la época del Bar del Chino Félix y de sus Lunes del Sapo (ahí sus homenajes al Kilowat, a Edwin Núñez de Zcuela Cerrada, etc.), esos conciertos rockeros y poéticos (con Roger Santiváñez, Domingo de Ramos, Willy Gómez, Dalmacia Ruiz Rosas, entre otros) de inicios de la década del 90. Por su esbelta figura larga, su lentes a lo Lennon, su melena ensortijada, su bigote grueso, su atuendo juvenil, le dicen, aún, “Charly”, por García, el músico argentino. Lecturas en diferentes escenarios, botellas, cemento, habremos compartido en estos años, años en los que poco a poco lo fui dejando de ver, porque ya no frecuentábamos tanto esa alucinante calle del centro, y por los viajes (esa otra forma de hacer poesía). Es así que producto de su estancia en Estados Unidos escribió, en un mes y medio, Blue moon… (“esa necesidad imperiosa de contarlo todo”, dice un tal Arthur Barret en el prólogo); y, tras volver a Perú, no dejó de viajar, pero al interior: empezó un tour por todo el país de los incas, y por los alrededores también.
de jodas y absurdos problemas de raza
“la otra noche escuchando el noticiero local me enteré de la desaparición imprevista de las cigarras en Kentucky (tierra del bourbon, el tabaco y los caballos de raza) y otros estados aledaños. y bueno entendí en mi inglés masticado que estaba alertando sobre lo posibles problemas de salud que podrían afectar a los humanos dueños del tercer planeta pero sobre todo a sus mascotas (que debo comentarles todos tienen en sus casas y que forman parte del paisaje cotidiano. del desayuno y del descanso y del lunch y del paseo dominical a pie ó en carro y hasta de las compras en el supermercado: privilegiados parientes de mis peruanos perros callejeros y famélicos de las calles y mercados. y también de los pujantes pero pobres “pueblos jóvenes” de los que casi pretendo olvidarme de tan lindas las casitas por acá). y sí pues caminando hoy rumbo a la library me topé con aquellas cigarras: unas muertas sobre la vereda y otras emprendiendo un ruidoso vuelo con un chillido como de ave pequeña agonizando. vuelo pesado y digamos como de algo herido y oscuro pasando ante mi rostro y la verdad hermanos que esa presencia no era nada agradable (…)”. (Fragmento)
¿La poesía busca lo mismo que el poeta? No siempre coincide, pero en el caso de Ricardo Quesada así es: es ese desakato (el emblema con el que firma sus fanzines) ante las convenciones de lo literario. Los fanzines que regala, siguiendo la tradición hernandiana, rompen con la institución del mercado del libro. Eso, solo para empezar a hablar del nivel formal de la difusión de sus textos. “Todo arte o voz genial viene del pueblo y va hacia él”; “Charly” lo fotocopia en imagen y en verbo.
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Un maricón con huevos enormes

Por: Nicolás Rodríguez Galvis
Lo interesante es que para encontrar a Lemebel hay que saber leer bien.
Un mes en Buenos Aires y descubro en un periódico, digo descubrir porque la nota estaba escondida en las últimas páginas (y escrita con letra de contrato), que Pedro Lemebel daba una conferencia en la ciudad. El bus en el que estaba montado me llevaba a la universidad, donde tenía que cumplir los deberes de todo estudiante de intercambio que se respete. Pero la conferencia era a la misma hora que mi clase de relaciones internacionales. No fue muy dificil tomar la decisión adecuada: boté la clase que tenía por la ventana tras haberla aturdido con un par de certeras patadas en la entrepierna y acudí presto al Centro Cultural San Martín, donde un afiche fosforescente, como el aura de una virgen, anunciaba en negrilla y mayúsculas el título de Narradores de lo urbano, dos puntos, Crónicas de lo ajeno. Uno de los tres narradores era Pedro. Pero claro, la historia, como ha de ser, no comienza acá.
Fue una profesora argentina, exilada en Francia desde que Videla se encaramó en el poder, la primera persona que me habló de Lemebel y de sus crónicas. La presentación fue irresistible. “Es un hombre que resiste”, me dijo, “maquillado con buen gusto y con tacones puntiagudos”. Enseguida me prestó dos de sus libros que desde la lectura de sus títulos, La esquina es mi corazón y De perlas y cicatrices, marcarían mi imaginario y mi realidad. Porque cuando hablamos de Lemebel hablamos de violencia y de pasión, de esquinas donde se sortean cuchillos pero donde también nace el amor, de perlas como sueños de grandeza y de cicatrices que no se borran. Con su lucidez habitual, Nicanor Parra ya había prefigurado todo esto mientras dormía en una silla. Porque queda de manifiesto que las mariposas son flores en movimiento perpetuo, queda de manifiesto que fornicar es un acto literario y, sobre todo, queda de manifiesto que las arrugas no son cicatrices. Las arrugas no son cicatrices. Habría que repetir esta frase todos los días tres veces antes de dormir. Lemebel lo sabe bien, él que afirma que tiene cicatrices de risas en la espalda.
El ambiente en el centro cultural, ni más faltaba, era el propicio. Mientras yo fumaba un cigarrillo, el lugar comenzó a plagarse de exuberantes travestis que, como yo, también fumaban, pero estos, o estas (suele ser complicado escoger el genero adecuado) lo hacían con un estilo mucho más elegante que el mío, lo cual asumí con nobleza y poca perplejidad.
La conferencia comienza, transcurre y Lemebel habla en tercero, es decir en último, como lo hacen los grandes rockeros ya confirmados. Coca-cola light enfrente, abre la boca y el corro de seguidoras/dores, estalla en aplausos y besos sonoros y él, diremos él, Pedro, claro, saluda poniéndose de pie, mostrándonos el vestido sobrio que le llega a las rodillas, la pañoleta negra que le cubre la cabeza, sus manos grandes de uñas largas, sus tacones-aguja-de-seis-centímetros-que-suenan-siempre-tan-lejanos, mandando a su vez besos a diestra y siniestra como toda reina de la noche que se respete. Pedro abrió la boca, su tan recorrida boca –¿en qué recoveco sexual y político no se abrá metido esa boca de labios finos?– y de ahí en adelante todo fue memorable.
Leyó dos crónicas, crónicas de lo absurdo se me antoja decir, pero que son tan irremediablemente reales. Lo primero que dijo, todo el munbdo expectante, fue: “Ay, ¿podemos empezar en un momento? Es que estoy que me meo”. (Risas y más besos). Mucha Coca-cola light, presumo mientras el silencio empieza a aparecer. Pedro va a hablar del gay town de Santiago, sí, de Santiago, una ciudad que se cree Manhattan (San-hattan, intenta) pero donde no se habla del aborto así el presidente de Chile sea una presidenta. “Yo vivía en un barrio pobre”, comienza, “pero esta es la historia de cuando el maricón del tercer piso le dió una estrella al pueblo y volviéndose famoso pudo mudarse al Gaaaaay Taaaauuuuuuun”. Sobra decir que su acento es fantástico. Chileno arrastrado con el ritmo del travesti de Todo sobre mi madre. Su intervención es de otro planeta, un planeta donde se mezclan ironía, humor, dolor y alegría. Un planeta que desagrada de sobremanera a más de una esbelta setentona porteña recubierta de piel de bebé de foca que se para indignada de la sala y se va intentando olvidar las verdades que Lemebel transmite.
El viaje ha sido largo y duro para Lemebel. Es muy jodido ser pobre y maricón en Chile, en Latinoamérica, donde los machitos de cada esquina son reyes, matones de barrio y dictadores. Es muy jodido ser pobre y maricón y de izquierda bajo la dictadura, pero la dictadura pasa, así los milicos (con socialismo y todo) sigan, pero el ser pobre y maricón no. Pero Lemebel no calla y no olvida. Durante los años de la dictadura, momento en que lo escrito está más que controlado (perdonen el eufemismo), Lemebel crea el grupo de performance artístico Las Yeguas del Apocalipsis y le da una oralidad a su escritura contestataria. Roberto Bolaño, que más que ser su amigo fue su admirador, escribió sobre las Yeguas: “Las Yeguas eran, antes que nada, dos homosexuales pobres, lo que en un país homofóbico y jerarquizado (en donde ser pobre es una vergüenza, y pobre y artista un delito) constituía casi una invitación a ser pasado por las armas en todos los sentidos. Una buena parte del honor de la República Real y de la República de las Letras fue salvado por las Yeguas”. Después de las Yeguas, Lemebel vuelve a escribir. No escribe poesía pero su precisión, su sentido agudo del ritmo y su capacidad de mirar de frente al abismo nos indican que sí escribe poesía y profundidad. Lemebel, ese maricón con huevos enormes.
Su segunda crónica, “Eres mio, niña”, es aún más percutante que la primera. Se oye en los altavoces del anfiteatro el beat de un rap y salta Pedro a contar una historia eroticómica de cómo se hizo amante de un rapero de diecinueve años con un miembro de veintitantos centímetros. Los fluidos vienen y van a ritmo de beatbox mientras el deseo y lo urbano se toman la sala y la narración se hace hipnótica entre desparpajos de risa, sexo (penetración, saliva, amor), calles, noches y fantástica literatura. No es sólo meterlo y sacarlo y sacarlo y meterlo, aunque se saca y se mete y se mete se saca, se habla de ternura, compañeros, del cariño que rompe hasta las corazas más duras. Un mar de aplausos irrumpe en el auditorio cuando Pedro acaba y mandando una vez más sus besos de reina de la noche vuelta a coronar sale corriendo a mear.
Al final del encuentro, todavía aturdido de emoción, me quedé esperando a que sus fans, sus groupies (porque lo son, en lo más freak del término) y los entrevistadores fantasma le dieran un segundo de libertad. Mientra esperaba, pensé en los momentos que su lectura había grabado con hierro en mi memoria. Una imagen: Un perro agoniza de frio en la noche invernal. Un hombre vestido de mujer lo masturba lentamente mientras le soba el cuello. El hombre vestido de mujer lo cubre con su abrigo y se va. Una imagen: Tras años de espera Lemebel va a hablar con Silvio Rodríguez, ídolo de su resistencia, hombre de letras de canciones que agregan valor a la falta de esperanza, y Silvio Rodríguez lo desprecia por maricón. El retrato de un símbolo que cae de forma vertiginosa para romperse en mil pedazos que se transforman en la imagen de un sidario cubano, tal vez el mismo que casi destruye a Reinaldo Arenas. Una imagen: Altas horas de la noche. Santiago iluminado por postes de luz gastados. Lemebel espero un taxi en el andén. Un hombre se le acerca, plata, no, sale el cuchillo. Lemebel no corre, el miedo se le ha pasado con los años, sus tacones muy altos, espera, observa. Intenta negociar. El atracador reconoce su voz. Eres el weón de las crónicas de la radio, le dice. Te oíamos todos los días en la cárcel. Guarda su puñal y abraza a Lemebel con fuerza. Yo leo lo sucedido en una crónica que Lemebel escribe para la radio y dedica a ese hombre de la noche.
Le hablo entonces a Lemebel. Me hace preguntas, me pregunta de dónde vengo y me habla de Bogotá. Pedro se sienta de repente, mientras charlamos, en un sofá de tercipelo rojo que sale de la nada, como si su presencia lo hubiera atraido de repente. Yo hablaba en cuclillas y él me cogió una mano con su mano izquierda y me carició el antebrazo con su mano derecha. Me miraba intensamente con sus ojos delineados, con sus pestañas revloneadas, y le hablé sintiendo que me acariciaba una amiga, una mujer a la que le gusto, la abuela que nunca conocí, y seguí hablando (Pedro preguntaba y escuchaba con una delicadeza implacable) sintiendo sus yemas tan suaves que sin darme cuenta me erizaban los pelos y él me habló de viajes y de la importancia de la oscuridad y de los ojos abiertos y de mi pelo tan negro y rizado y de la necesidad de, siempre, fatigar a los andenes. Hablamos de libros y de Chile y entonces de Parra, de Lihn y de Bolaño y recordé de repente que en mi mochila estaban Los detectives salvajes que yo anadaba releyendo por esos días. Se lo dije y él me pidió el libro, me lo arrebató de las manos con cariño (y yo, absurda y logicamente seguí sintiendo sus caricias) y sacó un esfero de su escote (recatadísimo, por cierto) y me dedicó, dos puntos, “Robert me dijo, Pedro, tú eres el Condorito gay, Para Nicolás de este corazón desvencijado”.
Me entregó el libro y sonreí. Hubiera querido poder hacer algo más para demostrar mi felicidad, pero mi cuerpo en estos casos es limitado e intenté estupidamente estrecharle la mano. El me miró no creyéndolo, o incluso sin darse cuenta, y me abrazó y me besó en las dos mejillas. Pensé que era una lástima ser heterosexual.
El poeta Enrique Lihn escribió: “porque escribí porque escribí estoy vivo”. Esta frase, hermosa, puede que en el caso de Lemebel no sea totalmente cierta, su vida estando tan llena de lágrimas de rabia, alegría y tristeza. Lo que sí es cierto es que porque Lemebel escribió, y escribe, nosotros vivimos más, miramos las nubes con otros ojos. Su lectura nos hace más reales.
Leer también en la revista El Hablador
El discurso alegórico en torno al golpe militar chileno en Estrella distante de Roberto Bolaño. Una revisión a las zonas de producción y críticas tras la cisura

Por: Paz Esperanza Burgos Pérez
Entre los primeros esfuerzos sistemáticos de la crítica sobre la producción del autor que firma Estrella distante, contamos con Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquia (2002). De esta primera empresa, se derivan estudios que contemplan el trabajo de Bolaño como una búsqueda de la incorporación de lo político, cuyos registros narrativos serían deudores de variadas tradiciones artísticas. La discusión sobre la memoria en cuerpos críticos como el mencionado, convocará la justa reflexión sobre el sustrato político-ideológico, en una obra que insiste en la recuperación de espacios temporales de violencia, a través del personaje-ojo-testigo que encuentra la historia pública en la anécdota recortada de lo íntimo.
Este texto tiene como objetivo analizar la diseminación de alusiones a las vanguardias históricas y producciones nacionales cercanas a la pulsión vanguardista en la novela Estrella distante (1996) de Roberto Bolaño, como estrategia discursiva estético-ideológica a un nivel alegórico sobre la coyuntura histórica que constituyó el golpe militar en Chile, y una zona de producción artística que se definió en el corte estructural representado por éste. La figura de Carlos Wieder y su identificación con el “arte de avanzada” por medio de la parodia a acciones del CADA (Colectivo de Acciones de Arte) y Raúl Zurita realizadas tras el golpe militar en Chile, son revisadas en tanto enunciados de la tensión en la institución arte bajo el poder de dictadura. Esto último, se vincula inmediatamente con otro de los elementos que atraviesa la obra de Bolaño y el momento histórico al que refiere el texto: la manifestación “omnidimensional” de violencia.
Las estéticas de la vanguardia fueron a menudo expresadas mediante una retórica de propaganda, un culto a la destrucción, terror y violencia, aunque por otro lado también se las ha identificado con una crítica radical a la guerra. Existe, en otras palabras, una suerte de relación paradojal entre vanguardia y violencia. Aún en las primeras décadas del siglo XX, las estéticas de la vanguardia han venido a representar diferentes respuestas a un período de intervención militar, genocidio, radicales cambios y destrucción. Esas diferentes respuestas revelan el carácter heterogéneo de las vanguardias y ponen atención sobre la instrumentalización en diferentes contextos ideológicos del siglo XX, yendo desde el culto a la guerra, a la destrucción y a la violencia hasta el rechazo pacifista de una retórica de la intervención militar y de la sublimación de la guerra mediante los mass media.
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A 20 años de la caída del Muro de Berlín

Por: José Zapata López
Luego de su construcción en la madrugada del 13 de agosto de 1961, el muro de Berlín se había convertido en una entidad; una especie de sujeto con voluntad de existir. Esa pared de 155 kilómetros de longitud parecía tener vida propia. Había cortado 97 calles y otras tantas rutas de trenes subterráneos y de superficie. Muchas familias quedaron separadas y también viviendas de lugares de trabajo. Cementerios que perdieron unidad como el de Invaliden Strasse o el Friedhof St. Hedwig. Entrar por Oriente y no poder dejar flores en las tumbas situadas en Occidente. En 28 años de existencia unos 5 mil ciudadanos orientales lo cruzaron de forma clandestina. 3,200 fueron detenidos en el intento. Unos 160 muertos y 260 heridos por acción de la policía de frontera. El muro estaba ahí para impedir la salida normal hacia Occidente de 16 millones de alemanes orientales, como si sólo ellos hubieran perdido la Segunda Guerra Mundial. El muro sí podía ser cruzado por alemanes federales, extranjeros y toda suerte de privilegiados, aunque el señor Muro ponía sus condiciones (curiosamente muro en alemán es femenino: die Mauer). Pero el 9 de noviembre de 1989 mostró su verdadera naturaleza. Su condición de objeto inerte se hizo evidente. No era un sujeto con personalidad propia, sino un producto de condiciones humanas. De pronto fue aborrecido y despojado de poder. El conjuro había terminado; el muro no era intocable. Era removible, desmontable. Totem desacralizado. Artificio naturalizado. Mejor como décor que como frontera arbitraria. Mejor como nostalgia futura que como presente perturbador. Mejor en pequeños fragmentos coleccionables que como volumen de concreto infranqueable. El muro corporizaba erróneamente dualidades que intercambiaban jerarquías según la mirada: bien y mal, ser y deber ser, orgullo y vergüenza. Era inmaculado o mancillado y necesario o prescindible; depende. El muro tenía una personalidad escindida, desdoblada. El muro era lo uno y lo otro, y eso alimentaba el morbo por perdurar.
Después de su defunción, el muro continúa existiendo hiperrealistamente en las gigantografías del Museo de los Aliados. Los turistas que pasean la ciudad buscando su rastro, terminan visitando aquel Museo como consuelo. ¿Se lamentan de haber llegado tarde? ¿Quisieran verlo resucitado, de pie, imperturbable? El muro como huella física es una cuestión museográfica o patrimonial de la ciudad. En lo emocional sigue vivo; como contenido mental e inconsciente, también. Ocurre que la Historia supo anidarse en las entrañas del Muro durante 28 años; luego golpeó desde el exterior derribando lo que ella misma había construido. Y cuando la Historia pega, nadie se escapa. Se hace insustituible, inmanejable, inestimable. Pero la realidad que transforma o legitima, no es más que un espacio teatral donde la vida es la obra que se repite siempre. Los personajes son los mismos; son los actores los que cambian. Como decía Schopenhauer, refiriéndose a un gendarme que entró en una casa para detener a un sospechoso: “El oficial entró con el uniforme impecable; los puños de la camisa eran coronados con sus gemelos de ópera”.
La prensa informó así:
- “Le Mur est tombé une seconde fois” (Le Monde)
- “Berlin réunifiée fête ses vingt ans” (Le Figaro)
- “The Berlin Wall: 20 years later” (New York Times)
- “Berlin marks 20 years since the fall of the wall” (Guardian)
- “Europa celebra la caída del Muro con la gran fiesta por la libertad” (El País)