Entre los primeros esfuerzos sistemáticos de la crítica sobre la producción del autor que firma Estrella distante, contamos con Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquia (2002). De esta primera empresa, se derivan estudios que contemplan el trabajo de Bolaño como una búsqueda de la incorporación de lo político, cuyos registros narrativos serían deudores de variadas tradiciones artísticas. La discusión sobre la memoria en cuerpos críticos como el mencionado, convocará la justa reflexión sobre el sustrato político-ideológico, en una obra que insiste en la recuperación de espacios temporales de violencia, a través del personaje-ojo-testigo que encuentra la historia pública en la anécdota recortada de lo íntimo.
Este texto tiene como objetivo analizar la diseminación de alusiones a las vanguardias históricas y producciones nacionales cercanas a la pulsión vanguardista en la novela Estrella distante (1996) de Roberto Bolaño, como estrategia discursiva estético-ideológica a un nivel alegórico sobre la coyuntura histórica que constituyó el golpe militar en Chile, y una zona de producción artística que se definió en el corte estructural representado por éste. La figura de Carlos Wieder y su identificación con el “arte de avanzada” por medio de la parodia a acciones del CADA (Colectivo de Acciones de Arte) y Raúl Zurita realizadas tras el golpe militar en Chile, son revisadas en tanto enunciados de la tensión en la institución arte bajo el poder de dictadura. Esto último, se vincula inmediatamente con otro de los elementos que atraviesa la obra de Bolaño y el momento histórico al que refiere el texto: la manifestación “omnidimensional” de violencia.
Las estéticas de la vanguardia fueron a menudo expresadas mediante una retórica de propaganda, un culto a la destrucción, terror y violencia, aunque por otro lado también se las ha identificado con una crítica radical a la guerra. Existe, en otras palabras, una suerte de relación paradojal entre vanguardia y violencia. Aún en las primeras décadas del siglo XX, las estéticas de la vanguardia han venido a representar diferentes respuestas a un período de intervención militar, genocidio, radicales cambios y destrucción. Esas diferentes respuestas revelan el carácter heterogéneo de las vanguardias y ponen atención sobre la instrumentalización en diferentes contextos ideológicos del siglo XX, yendo desde el culto a la guerra, a la destrucción y a la violencia hasta el rechazo pacifista de una retórica de la intervención militar y de la sublimación de la guerra mediante los mass media.
Tuesday November 10th 2009, 1:41 am
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Por: José Zapata López
Luego de su construcción en la madrugada del 13 de agosto de 1961, el muro de Berlín se había convertido en una entidad; una especie de sujeto con voluntad de existir. Esa pared de 155 kilómetros de longitud parecía tener vida propia. Había cortado 97 calles y otras tantas rutas de trenes subterráneos y de superficie. Muchas familias quedaron separadas y también viviendas de lugares de trabajo. Cementerios que perdieron unidad como el de Invaliden Strasse o el Friedhof St. Hedwig. Entrar por Oriente y no poder dejar flores en las tumbas situadas en Occidente. En 28 años de existencia unos 5 mil ciudadanos orientales lo cruzaron de forma clandestina. 3,200 fueron detenidos en el intento. Unos 160 muertos y 260 heridos por acción de la policía de frontera. El muro estaba ahí para impedir la salida normal hacia Occidente de 16 millones de alemanes orientales, como si sólo ellos hubieran perdido la Segunda Guerra Mundial. El muro sí podía ser cruzado por alemanes federales, extranjeros y toda suerte de privilegiados, aunque el señor Muro ponía sus condiciones (curiosamente muro en alemán es femenino: die Mauer). Pero el 9 de noviembre de 1989 mostró su verdadera naturaleza. Su condición de objeto inerte se hizo evidente. No era un sujeto con personalidad propia, sino un producto de condiciones humanas. De pronto fue aborrecido y despojado de poder. El conjuro había terminado; el muro no era intocable. Era removible, desmontable. Totem desacralizado. Artificio naturalizado. Mejor como décor que como frontera arbitraria. Mejor como nostalgia futura que como presente perturbador. Mejor en pequeños fragmentos coleccionables que como volumen de concreto infranqueable. El muro corporizaba erróneamente dualidades que intercambiaban jerarquías según la mirada: bien y mal, ser y deber ser, orgullo y vergüenza. Era inmaculado o mancillado y necesario o prescindible; depende. El muro tenía una personalidad escindida, desdoblada. El muro era lo uno y lo otro, y eso alimentaba el morbo por perdurar.
Después de su defunción, el muro continúa existiendo hiperrealistamente en las gigantografías del Museo de los Aliados. Los turistas que pasean la ciudad buscando su rastro, terminan visitando aquel Museo como consuelo. ¿Se lamentan de haber llegado tarde? ¿Quisieran verlo resucitado, de pie, imperturbable? El muro como huella física es una cuestión museográfica o patrimonial de la ciudad. En lo emocional sigue vivo; como contenido mental e inconsciente, también. Ocurre que la Historia supo anidarse en las entrañas del Muro durante 28 años; luego golpeó desde el exterior derribando lo que ella misma había construido. Y cuando la Historia pega, nadie se escapa. Se hace insustituible, inmanejable, inestimable. Pero la realidad que transforma o legitima, no es más que un espacio teatral donde la vida es la obra que se repite siempre. Los personajes son los mismos; son los actores los que cambian. Como decía Schopenhauer, refiriéndose a un gendarme que entró en una casa para detener a un sospechoso: “El oficial entró con el uniforme impecable; los puños de la camisa eran coronados con sus gemelos de ópera”.
Thursday November 05th 2009, 1:39 am
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Por: Jack Martínez
Desamparados; la antigua estación parecía haberse convertido al principio de la visita en un gigantesco libro escolar de Literatura Peruana con trece capítulos llenos de paneles, módulos de audio y videos que giran en torno a nuestros escritores más representativos. Todo ello muy didáctico, de fácil lectura.
Así el recorrido parece predecible, sin embargo empieza a sorprender desde el inicio la aparición de algunas faltas ortográficas impensables en un recinto dedicado a la palabra escrita (entre ellos, títulos como El paraiso en la otra esquina o Albumde familia). Falencias como esas evidencian el apresuramiento de quienes han tenido a cargo el tramo final de este proyecto que se acaba de convertir en una realidad (inacabada, al parecer).
Se sigue con la visita pensando en que las faltas ortográficas se pueden corregir; se pasa delante de un video dedicado a Guamán Poma de Ayala, se aprecia más adelante un documental sobre Abraham Valdelomar; y entonces se ve solo un panel dedicado a César Vallejo y uno se apresura para encontrar por lo menos alguna proyección audiovisual del más grande poeta peruano de todos los tiempos. Pero nada.
Continuando, Víctor Raúl Haya de la Torre aparece entre los grandes escritores de su época; y un paso más allá, una sala llama la atención. Se titula “Los poetas del Pueblo”. Entonces se acaba la metáfora del inocente Libro escolar de Literatura. Y se lee “El Canto Aprista”. Y las fichas de Nicanor de la Fuente, Luis Alberto Sánchez y… ¿Manuel Scorza? Deberían saber quienes seleccionaron a los autores de esa sala cuál fue la relación de Scorza con el partido de la estrella luego de romper tempranamente con él.
Punto de encuentro
Luego el sótano: con salas de exposiciones temporales y la biblioteca Mario Vargas Llosa. Lo más plausible quizá sea el hecho de que aquí el público tiene acceso gratuito a la lectura de una buena cantidad de novelas, cuentos, ensayos, poemarios…
Se dice también que luego los propios autores y editores podrán ir a vender sus libros sin costo alguno, que habrá conferencias y charlas, que en esencia se trata de un punto de encuentro con la “literatura viva”. Y todos esperamos que así sea.
Pero lo único cierto es que ahora nadie tiene una idea cabal de lo que se viene. No se sabe si Ernesto Yepes (el que llevó a cabo el proyecto) seguirá a la cabeza en esta primera instancia (como lo recomienda Marco Martos más abajo), o si nombrarán director a algún escritor reconocido, o si los que lleguen a tener el cargo serán independientes o no de los intereses del gobierno. No se sabe nada de nada todavía. Pero hay algunos síntomas.
OPINIONES
Tras llamadas y correos electrónicos, algunos escritores han opinado acerca de La Casa de la Literatura. Muchos otros se han abstenido.
Existe un denominador común: todos aplauden la inauguración pero se muestran cautos frente a lo que aún es nuevo.
Alonso Cueto – Escritor
Me parece que la Casa de la Literatura es un esfuerzo muy interesante departe del gobierno. Pero debo señalar que lo que es más urgente, es que hagamos una red de bibliotecas en la que todos los lectores potenciales tengan a su disposición libros actuales y clásicos. Y esta es una grave carencia en nuestro país a diferencia de Bogotá y México. El problema central es ese, el de la lectura. Repito, este es un esfuerzo meritorio y estupendo; pero la única ocasión de leer que tienen personas con escasos recursos es la biblioteca pública.
Me parece, en principio, excelente. Cualquier espacio que se cree para apoyar a la literatura es bienvenido. Pero el desarrollo de este dependerá de la persona que la dirija y la política que ésta asuma. Si se toma el rumbo equivocado y se nombra como director a una persona sin trayectoria meritoria y no independiente del régimen, todo esto se desnaturalizará y se convertirá en una decepción más. El gobierno tiene que actuar alejado de sus intereses políticos si realmente quiere ayudar a la cultura.
Luis Freire Sarria – Escritor
En primera instancia, me recuerda a la Casa de la Cultura que antecedió al Instituto Nacional de Cultura, de modo que supongo que la Casa de la Literatura podría ser la madre de un futuro Instituto Nacional de Literatura. La iniciativa de la Casa de la Literatura tiene todo mi aplauso, es un gran paso de difusión y dignidad para los escritores tan ninguneados por el Estado, pero esperemos verla en funcionamiento para opinar con sustento.
No tengo muy en claro cuál será la función de este Smithsonian (como ha querido verlo alguien) enclavado en el centro del tráfico. Quizá lo interesante sea que esa función está por ser inventada: esta ha sido la tendencia que nos ha traído hasta este punto, la emoción de ver que la gente responde a un centro de lecturas y de enaltecimiento de la lectura. Es una pena que la estación que albergue a la literatura peruana se llame, desde siempre, Desamparados: aunque quizá sea sólo justicia poética, pues tal suele ser la condición de los creadores frente a quienes los gobiernan. Esperemos que esta vez no nos encontremos frente a una confirmación, sino a la estupenda paradoja de hallar amparo bajo ese techo.
Marco Martos – Poeta y Presidente de la Academia Peruana de la Lengua
El resultado de esta Casa… se va a ver con el tiempo; no en un corto plazo. La idea de hacerla fue del presidente, y en una primera instancia el proyecto le fue encargado a Ismael Pinto; luego pasó a manos del MINEDU a través de Ernesto Yepes. Y creo que debería ser él el primero en tomar las riendas. Luego tendrá que ser alguien que, sobre todo, sepa administrar de manera idónea el espacio y sepa lidiar con el estado desde dentro.
Javier Ágreda – Crítico literario
“Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla… Una casa vive únicamente de hombre… se nutre de la vida del hombre…” dice uno de los poemas póstumos de César Vallejo. Y uno no puede dejar de recordar ese texto cuando recorre la recién inaugurada Casa de la literatura peruana: ahí están los salones, los ambientes, los muebles e incluso algunos libros y objetos, pero no los escritores.
El remodelado local tiene todo lo necesario para convertirse en el lugar ideal para las tertulias de los escritores (consagrados o jóvenes) y para que presenten sus nuevas obras; también para que los escritores criollos, andinos o de cualquier tendencia se reúnan a discutir sobre sus diferentes interpretaciones de nuestra actualidad y nuestra historia, literaria o no literaria. Pero todo eso será posible solamente si la administración de esta Casa de la literatura peruana puede librarse de las presiones políticas, los intereses partidarios y las argollas de cualquier tipo. Y también si logra librarse de esos paneles tipo periódico mural, de los homenajes protocolares y las ceremonias oficiales. Después de todo, se trata de una casa y no de un museo.
Ya nadie confía en Bryce. Luego de las noticias de plagio que surgieron en el 2007 nadie parece creer en él. Incluso algunos han dejado de reírse (con, por, a pesar de él). Pero fuera de etiquetas moralistas, esto es para matarse de risa por horas (por lo menos yo lo hice cuando me enteré). O sea, Bryce, el autor de Un mundo para Julius, La felicidad ja ja, La vida exagerada de Martín Romaña, decide realizar la más cara de sus ironías, o sea, aquel escritor que siempre enfatizó el humor, el exceso y, obviamente, la exageración, ahora se ve envuelto en precisamente todo lo contrario: el silencio de su propia voz o, mejor dicho, en la apropiación de otras voces. Bryce nos ha jugado una broma de la cual, en apariencia, nunca podrá salir.
Pero no fue sólo una, sino dieciséis. Indecopi acaba de confirmar los plagios que cometió a (creánlo) quince autores diferentes. Sobre esto la nota en Internet es bastante clara. No podemos evitar sonreír, aunque sea un poco, al leer la noticia. Es decir, uno de nuestros mayores escritores actuales (para muchos únicamente superado por Vargas Llosa) se ha dedicado en los últimos años a copiar y copiar y tomar y seguir copiando. El costo de la gracia: 71.000 soles de multa.
Aparte de esto, me parece que ahora podemos leer su obra ficcional con más humor e ironía, como diciéndole Bryce, no importa que hayas plagiado dieciséis artículos, Bryce, no importa que nos hayas mentido durante quién sabe cuánto tiempo, Bryce, ahora saldrán los jueces de la moral a decir que todo esto es terrible, horroroso, atroz, y seguirán diciendo cosas como estas durante mucho tiempo, y quizá dejes de reírte tú también, Bryce, pero en algo podemos estar de acuerdo tú y el resto de personas, y es que ahora cuando te lea me preguntaré si ese libro que tengo entre mis manos lo escribiste tú o quizá lo sacaste de algún desconocido, y es que ahora leeré tus novelas y cuentos y pensaré en la mentira, en la ilusión, en lo falso, pero Bryce, a pesar de lo que digan los teóricos, qué es la literatura sino justamente eso: mentir, mentir y mentir.
Entonces Bryce se ha burlado de sus lectores y, sobre todo, de las personas a quienes plagió. Pero yo no diré nada respecto a eso, nada, sólo me queda pensar en la ironía, en la risa, en la exageración.
Tuesday November 03rd 2009, 3:18 am
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Por: Mario Granda
En un país como el nuestro, en el que Mario Vargas Llosa dijo alguna vez que ser un escritor es ser a la larga un derrotado, encontrar la Casa de la Literatura del Perú en medio del Centro de Lima puede parecer un poco surreal. Con esto no queremos decir que se trate de algo inverosímil o ficticio sino, por el contrario, que nos coge por sorpresa, pues hasta hace pocas semanas nadie hubiera creído que la estación de Desamparados se convertiría en el símbolo de lo que aún muchos nos interrogamos: el lugar de la literatura en el país. Con el Palacio de Gobierno y el Bar Cordano a sus lados, la nueva Casa parece haber creado el lazo entre el Estado y la literatura, entre José Santos Chocano (Soy el cantor de América…) y César Vallejo (Hay golpes…), quienes, en grandes imágenes colgadas en banderolas, aparecen en el frontis del edificio.
La Casa está compuesta por numerosas salas dedicadas a los distintos autores y diversos periodos (ya sabemos cuáles) de la literatura peruana. En cada una de ellas hay grandes paneles en los que se habla del escritor, así como grabaciones y videos de conferencias hechas por diversos críticos sobre los autores correspondientes. De esta manera, se puede escuchar algunos poemas, ver a Luis Alberto Sánchez hablando sobre el Inca Garcilaso o a Pantigoso entrevistando a César Miró (aunque, en realidad, hay momentos en los que hay tres o cuatro audios simultáneos y ya es imposible prestar atención). Los paneles están acompañados por grandes y bellas fotografías que cubren las paredes y hay bancas para sentarse y observar la muestra. En el piso inferior se encuentra el auditorio, acompañado de algunas salas más, y en lo que era el andén de la estación ahora hay unas mesas para tomar un café. En medio de esta sección se encuentra la biblioteca Mario Vargas Llosa, en la que se puede entrar para coger un libro y leer un poco, aunque siempre bajo la mirada atenta de los cuidadores (que, nos informan, son como 60).
No obstante, al final del recorrido tenemos la sensación de que hay algo, no se sabe qué, que se ha ido rápido de nuestras manos. De hecho, ¿qué podemos hacer con tantos paneles y con tantas palabras sobre los escritores, en los que el papel del visitante se limita, en la mayoría de los casos, a solo pasar por la literatura –en, literalmente, solo cumplir con ella—? No nos referimos aquí a que falte uno u otro autor. Aunque muchos lo nieguen, las antologías siempre ilustran un poco más. Tal es el caso de la sala “Los poetas del pueblo”, en el que se hace una reseña sobre los poetas apristas de mediados de siglo XX (en otras situaciones hubiera sido un poco difícil encontrarla). Pero lo que ocurre es que la Casa de la Literatura aún tiene un modelo muy contenidista, en el que lo más importante es lo que se dice del escritor y no su literatura, lo que el escritor es. Es cierto que se podrá decir que se trata solo de una “muestra”, hasta de un “museo”… ¿pero no se trata, justamente, de hacer lo contrario? La literatura se toca, se experimenta, se hace vivir. Es cierto que se trata del primer día de la apertura, pero por todas partes hay personas que nos reciben en las salas preocupadas en que “miremos” los paneles y que sigamos el orden cronológico-histórico de la literatura. En una parte del camino se encuentra la “Torre de libros”, que es un mueble muy alto en el que hay libros que forman una torre y se puede pasar por debajo, pero nos explican que de ella no se puede tomar ningún libro y que solo es un “símbolo” de la literatura peruana. Ya imaginamos al alumno escolar visitando la Casa, pero muy aburrido (tanto como el profesor) al descubrir que solo ha sido llamado para ver pero no para participar.
Presentar la literatura peruana al público es una iniciativa de gran importancia, pues espacios como estos hacen falta en el medio. Sin embargo, no todo se resuelve juntando a los alguna vez opuestos Chocano y Vallejo. Es cierto que acercar la literatura a los visitantes no es una tarea fácil. En lo que refiere a cultura, Estado y ciudadanía han estado casi siempre alejados, y los lectores son escasos. ¿Cómo alcanzar una dinámica de confianza en la que los libros sean tomados libremente por sus lectores y no bajo permanente escrutinio? Para alcanzar este objetivo, la Casa deberá plantearse (así lo esperamos) estrategias en las que no solo se trate de conferencias magistrales (la Casa ha abierto con una serie de conferencias sobre la literatura loretana), una sala sobre las literaturas orales quechuas o una sección de literatura para niños, sino de verdaderos acercamientos al público que podrían estar a cargo de escritores o artistas con nuevas propuestas. Son precisamente las estaciones, los lugares de encuentro y de viaje, los que hoy se han convertido en importantes espacios culturales de las ciudades como Santiago y Sao Paulo. Sin miedo a la crítica, y más bien para la crítica, el Estado tiene aquí la oportunidad de crear un lugar en el que la tradición literaria sea revalorizada y enriquecida, en la que el visitante pueda interactuar y palpar algo de su cultura. Esto, sin embargo, no se alcanza solo con saldar cuentas del pasado sino llevar el debate al presente. Preguntarse, por ejemplo, por qué Chocano y Vallejo pueden hoy lucir juntos y antes no, o por qué tantos autores peruanos fueron alguna vez expulsados del país –voluntaria u oficialmente (hasta los propios poetas del pueblo)— y hoy forman parte de estos paseos literarios. La literatura peruana se caracteriza por haber sido una de las mayores críticas del Estado y de las ideologías que a veces han destruido el país. ¿No es acaso esta una oportunidad en la que se pueda comenzar un diálogo?
Esperamos que este impulso inicial continúe y que el material de exposición se renueve con frecuencia para acercar al público –y al futuro lector y al futuro escritor— a su propia literatura e identidad. Sus directores, por tanto, deberán tener en cuenta los proyectos que se han hecho en otros lugares, donde los centros culturales creados por el Estado ofrecen a sus ciudadanos una mirada creativa sobre la cultura. Rendirle homenaje a los escritores no está mal. Pero ningún homenaje tiene razón de ser si solo se trata de constatar lo ya acontecido. El sentido de la Casa, como toda Casa, está en el presente, pero también en la vida, la curiosidad y la libre creación de sus habitantes.
Nota para nuestros lectores
Lamentablemente, la Casa no le hace espacio a las revistas virtuales de literatura ni blogs literarios que ya desde hace años son parte de la vida literaria peruana. En este sentido, la Casa no solo tendría que tener un espacio sobre ello sino también sobre la importancia del internet en sí, pues es una herramienta que permite conocer tanto proyectos nacionales como internacionales. En el Perú aún no se han desarrollado proyectos virtuales sobre nuestros autores nacionales, tal como ha sucedido en Chile. Las únicas páginas dedicadas exclusivamente a autores peruanos (esto es, una visión integral y completa de la vida, obra y crítica) se han originado en otros países, como sucede en el caso de José María Arguedas y el Inca Garcilaso de la Vega.
Con todo, sin embargo, El Hablador hace presencia en la Casa, pues si no escucharon bien la ponencia que Christian Fernández lee sobre el Zorro de arriba y el zorro de abajo que aparece en una de las salas, la pueden leer en el número 5 nuestra revista (El zorro de arriba y el zorro de abajo: ficción o autobiografía).
Wednesday September 23rd 2009, 11:06 pm
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Por: Giancarlo Stagnaro
Gracias a un enlace colocado en el Facebook por Augusto Rubio Acosta, activísimo y cordial administrador del blog Marea Cultural (y quien nos entrevistara hace poco más de un mes por el nº 16 de El Hablador), me percato de uno de los últimos artículos del escritor chileno Jorge Edwards en el número de setiembre de la revista Letras Libres. El título del artículo, Descubrimiento personal de César Vallejo (publicado inicialmente en julio en el diario El Mercurio), es en realidad una crónica del reencuentro entre el novelista chileno y el poeta peruano, a partir de un hecho sumamente simpático y aleccionador en momentos como los actuales. En Chile, el poeta y crítico literario Pedro Lastra ha compuesto el volumen César Vallejo. Una lectura desde Chile, en el que ha convocado a representativos escritores y poetas chilenos a elegir los poemas de todos los libros de Vallejo que más les agradan. Además de Edwards, participaron en la selección Gonzalo Rojas, Óscar Hahn, Jorge Guzmán, Diego Maquieira, Rafael Rubio y el propio Lastra.
Lo interesante de esta iniciativa es que va más allá de los típicos lugares comunes en que los peruanos nos vinculamos con los chilenos (ejemplo de ello fue, hace un par de años, la ocurrencia de una polémica en el Perú sobre la lectura de poemas entre peruanos y chilenos en el monitor Huáscar). Sabemos que en Chile se le rinde una gran admiración al poeta de Santiago de Chuco y por ello resulta apreciable conocer el efecto que causa la lectura de Vallejo en otros países latinoamericanos.
El texto de Edwards transita por el territorio de los recuerdos y, como él llama, las mitologías. Vallejo forma parte de esa concepción del intelectual latinoamericano en el exilio, es más, su biografía ayudó a construirla, sobre todo en una época atrabiliaria, frenética, desaforada y, muchas veces, desconsolada, como señala el autor de Persona non grata. Los surrealistas, los vanguardistas y los escritores latinoamericanos convivían en el París de entreguerras; y se alimentaban mutuamente a través de las vocaciones compartidas y la palabra escrita. Desde nuestra orilla, esta época también es reconstruida por Carlos Calderón Fajardo en La noche humana.
Creo que vale la pena leer el artículo para que nos demos cuenta de la importancia global que cobra y viene cobrando Vallejo como parte de la cultura latinoamericana, denominación que recientemente viene siendo puesta en tela de juicio por un grupo de escritores contemporáneos. Más allá de la pertinencia o no de tal discusión, es cierto que detrás de todo este culto a la figura del escritor latinoamericano en el exilio hay mucho de mito y heroicidad, pero no se puede negar aquí la implacable función de la lectura para recrear lo vivido y hacer posible esa otra vida, sobre todo en una obra que toca tantas fibras y significaciones como la de Vallejo.
Sunday July 19th 2009, 7:19 am
Filed under: Debate
Por: Giancarlo Stagnaro
Al momento de escribir estas líneas, no se pueden evitar la tristeza y la ausencia. Conocemos a Enrique Congrains Martin, al autor de clásicos imborrables como Lima, hora cero y No una sino muchas muertes, hace muy poco, en 2007, cuando protagonizó uno de los regresos más inesperados y gratos que la literatura peruana haya conocido.
Tras dos entrevistas y varias presentaciones de libros en la librería El Virrey, el auditorio de Petroperú y la Biblioteca Nacional, una amistad se había sellado. Una amistad basada en la admiración y el talante de este hombre singular.
En aquella ocasión, decíamos que había regresado un “ave fénix” y no nos equivocábamos: en un medio literario ingrato con sus autores, que vive más de efímeros picos de popularidad mediática que de propuestas a largo plazo, el hecho de que resonara el nombre de Congrains, tras cerca de medio siglo de silencio literario, le parecía una distorsión temporal a algunos. Pero, nada más lejano que revalorar a un impulsor de la literatura peruana, que iba de mesa en mesa, a pie, casi subrepticiamente, vendiendo libros, y acumulando un conocimiento auténtico y enciclopédico del cual muy pocos se pueden ufanar.
Era un conocimiento de vida. Quizás dichos alcances lo convirtieron en un permanente rebelde, incapaz de aceptar los dictámenes de una sociedad que no notaba en sus relatos los cambios a los que se iba a someter prontamente. Si podemos rastrear algún mérito literario en la narrativa de Enrique Congrains Martin, éste pasa por hacer visible en la literatura las consecuencias de la migración del campo a la ciudad y las distorciones urbanas en la afectividad: basta, para ello, leer el relato “El niño de junto al cielo”. “Creo que más fuerte era la realidad de Lima en esos años, porque veo esa mirada neorrealista, hasta naturalista, para revelar la miseria moral de la gente”, dijo en una de las últimas entrevistas que se le conocen.
Y quizá ese era el paradigma secreto de Congrains, esa rebelión innata contra la miseria moral, hacia lo cual vierte sus más recientes esfuerzos, principalmente, El narrador de historias y 999 palabras para el planeta Tierra, que nos falta aquilatar en su verdadera dimensión. Son dos historias “no canónicas”, pero que revelan la arriesgada apuesta del último Congrains, el mismo y el otro, tras 50 años: “Me he propuesto hacer literatura no peruana, muy conscientemente”.
Si hace 50 años el nombre de Congrains entró como una tromba en el espectro literario nacional, formando parte de una generación imperecedera para nuestro campo literario, hoy nos somete a un nuevo reto: inscribir al escritor en su verdadera dimensión y aceptar el mensaje que nos quiso decir todo este tiempo, con su vida y obra.
*Este artículo fue publicado en el diario El Peruano el día 8 de julio de 2009.