Coloquio Emilio Adolfo Westphalen: La poesía como interpretación de lo real

Este coloquio es el resultado parcial de un programa de investigación diseñado por el Grupo de Estudios Psicoanalíticos de los Discursos de la Cultura (GEPSIDIC) y dedicado a la observación crítica de los procesos de sentido y de significación de la modernidad. Dicho programa decidió experimentar la posibilidad de aproximar e incluso de articular las reflexiones psicoanalíticas –principalmente relacionadas con las lecturas del Seminario 10 de Jacques Lacan llamado La angustia— con los hallazgos propios del análisis del discurso.
La poesía es un escenario discursivo privilegiado para observar los procesos, por medio de los cuales, el poeta asume lo real –lo imposible, lo que no cesa de no escribirse— y lo interpreta a su modo singular. En esta ocasión el trabajo de los integrantes del GEPSIDIC está dedicado a esta observación y descripción para el caso de la poesía de Emilio Adolfo Westphalen, que este año es recordado por el centenario de su nacimiento.
LUGAR Y FECHA:
Auditorio Auxiliar de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos (2do piso de la Facultad).
Miércoles 7 de diciembre, 18:30 hrs.
Presentación del argumento: Marcos Mondoñedo.
PRIMERA MESA
19:00 hrs.
César Arenas Ulloa. “Pero todo está donde lo has dejado: la totalización del Otro como objeto de la angustia en la poesía de E. A. Westphalen”
Miguel Ángel Huamán. “El Anti-Lacan: una lectura crítico literaria de Westphalen”.
Yolanda Westphalen. “La poética del amago, del lampo y de la nada”.
Comentarios: Martín Vargas Canchanya.
SEGUNDA MESA
20:00 hrs.
Marcos Mondoñedo: “La poesía como interpretación de lo real: el caso de Westphalen”.
Milton González Macavilca: “La falla significante, el deseo y la retroacción: una propuesta para comprender el universo saturado de fragmentos en Las ínsulas extrañas de Emilio Adolfo Westphalen”.
Lenin Lozano. “Darse a la muerte sin reservas: la angustia lacaniana a través de la sutura enAbolición de la muerte”.
Comentarios: Gabriela Javier Caballero
TERCERA MESA
21:00 hrs.
Marita Hamman. “La operación poética de Westphalen”.
Laura Benetti: “El saber vano/guerrero aplicado”.
Comentarios: Marcos Mondoñedo.
La oralidad en los albores de la música

“No oímos porque tenemos oídos.
Tenemos oídos y, desde del punto de vista corporal,
podemos estar equipados de oídos porque oímos.
Los mortales oyen el trueno del cielo, el susurro del bosque,
el fluir de la fuente, los sonidos de las cuerdas de un instrumento,
el matraqueo de los motores, el ruido de la ciudad,
sólo y únicamente en la medida en que, de un modo u otro,
pertenecen o no pertenecen a todo esto. […]
Hemos oído cuando pertenecemos a lo que nos han dicho”.
Martín Heidegger, Logos (Heráclito, fragmento 50)
Por Alejandro Echevarría
La música es, ante todo, un arte. Un arte en el que los compositores no recurren a colores o palabras, sino a sonidos. En resumen, la música es el arte de los sonidos.
Aun en ausencia de documentación, es posible adivinar el origen de la música. Podemos observar los orígenes del habla y de los cantos humanos en el comportamiento de los niños pequeños o de las crías de nuestros animales de compañía. Surge primero el llanto para atraer la atención, variable en tono y en intensidad, pero incontrolado, más próximo al canto que al habla. Poco a poco, el niño aprende a variar y definir su llanto imitando lo que oye y controlando los sonidos que emite. Como el loro, imita lo que oye para entablar contacto con los otros, para expresar un sentimiento o experiencia concretos. El hombre primitivo, abandonado a sus recursos, tuvo que emular los sonidos de su experiencia natural. Escuchó el quebrarse de las ramas mientras pisaba la maleza, el silbar del viento en las hojas de los árboles, el salpicar del agua en el arroyo. La naturaleza le otorgó los primeros instrumentos musicales.
Cuando el hombre estaba solo, expuesto a la inclemencia de los elementos, cantaba en parte para combatir el peligro, y en parte movido por la fascinación que le inspiraban los sonidos de su alrededor y por el deseo de emularlos. Al formarse una pareja o un grupo, el canto se transformó en habla, esto es, en un conjunto de símbolos verbales para expresar necesidades inmediatas. Tales símbolos dieron origen a una poesía cantada, cuyos términos y significados conformaron y delimitaron la melodía. Los primeros cantos del hombre fueron ceremoniales, propiciatorios del favor de las divinidades, cuando no crónicas de acontecimientos pasados, plegarias o exhortaciones. La música, en sus albores, era una forma de magia que suscitaba una concentración semejante a un trance en el oyente. Pronto se puso de manifiesto que tenía un poder superior, que podía usarse como estímulo para inspirar a toda una tribu, acaso para alentar al combate, y no sólo reverenciarse como elemento mágico de los ritos sagrados.
Para los antiguos griegos, la finalidad de la música era terapéutica: purificar la mente y llevar armonía al alma en virtud de la danza y el canto. Creían que cada modo o escala surtía un efecto distinto sobre el oyente, o bien nocivo, o bien beneficioso; así, uno inspiraba coraje, otro sensatez, etc. No eran partidarios de la notación musical, por considerarla perjudicial para el ejercicio de la memoria. De modo que, el arte clásico griego nos enseña los instrumentos que utilizaban y las representaciones musicales que hacían, es decir, la literatura recoge las teorías y sistemas, en cambio no tenemos el menor indicio de cómo sonaba la música.
La música proliferó en los siglos que precedieron a la era cristiana, y existen sobrados indicios de que lo hizo espléndidamente. Así alguien la haya anotado sobre el papel, hoy es imposible ejecutarla tal como se escuchaba entonces. Los conocimientos se transmitían oralmente, de preceptor a pupilo, como documento viviente que escapaba a la codificación. La rica cultura musical de la India, que tiene a sus espaldas varios milenios de antigüedad, jamás anotó por escrito algo, como tampoco la de Sumeria, Egipto o China (algunos intentos aislados del año 138 a.n.e. exasperan a los estudiosos del tema). La resistencia a plasmar la música por escrito, fosilizándola de una vez por todas, sigue viva. A ningún músico oriental se le ocurriría anotar sus composiciones porque, a diferencia de lo que promulga la argumentativa corriente occidental moderna, la esencia es allí la improvisación y, el fin, la contemplación interior.
Mientras la música consistía sólo en una línea melódica inarmónica, no había necesidad de escribirla. Los músicos se limitaban a transmitir de oído el repertorio, ya fuesen canciones populares, baladas o himnos, a sus hijos y alumnos. Por ello, la música estaba expuesta a modificaciones al pasar de boca en boca, y debía adaptarse sutilmente a las necesidades y los gustos de cada generación. Poco o nada queda de aquel legado hereditario primitivo.
La notación musical se desarrolló cuando fue imprescindible, muestra de ello es el importante papel que desempeña la necesidad en la invención humana. Hacia el año 600 d.n.e., el papa Gregorio Magno sistematizo las variedades de escala o modo utilizadas regularmente en la liturgia cristiana. Este primer intento de notación musical ha sobrevivido hasta hoy en el canto de la liturgia católica y se dieron a conocer como modos gregorianos. Estos aparecen asimismo en las canciones folklóricas y en algunas composiciones de la música pop. Así, las primeras canciones escritas para The Beatles por John Lennon y Paul McCartney solían basarse en dichos modos.
La posibilidad de que un intérprete introdujese modificaciones erróneas debió de acelerar el perfeccionamiento de la notación musical. Algunos músicos, en un intento de proporcionar la máxima información musical mediante palabras, adoptaron signos de acentuación superpuestos a las letras para indicar qué nota tenia una duración mayor que las otras. Siendo Guido de Arezzo uno de los que aportaron mayoritariamente a la formación de las notaciones musicales y a la enseñanza práctica de las mismas. Fue el idealizador del solfeo, sistema de enseñanza musical que permite al estudiante cantar los nombres de las notas. Con esa finalidad creó los nombres por los que se conoce a las notas actualmente (Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si).

A mediados del siglo XIII, la complejidad de la organización musical era tal que exigía un nuevo método de notación, más preciso, que indicase la longitud exacta de cada nota, así como los descansos intercalados. En esta época el sistema tonal ya estaba desarrollado y el sistema de notación con pautas de cinco líneas, llamada pentagrama, se convirtió en el patrón para toda la música occidental, manteniéndose así hasta el día de hoy.
La imprenta se desarrolló en Alemania a mediados del siglo XV gracias a Gutenberg y, en Inglaterra, por obra de William Caxton. Así, en breve, aparecieron textos para uso litúrgico, ilustrados con cantos gregorianos grabados en tipo de madera. En Venecia, Giovanni Petrucci se sirvió de tipos móviles para imprimir signos musicales ya en 1501. Sin embargo, a pesar del afán por perpetuar las obras musicales de manera escrita, debemos tener en consideración que para las generaciones pasadas, la música tenia un carácter mucho más efímero; no se consideraba importante preservar las obras para la posteridad, puesto que se consideraba que, desde que habían sido ejecutadas, habían cumplido su cometido y su destino era ceder paso a otras obras nuevas y supuestamente mejores. La reverencia con que se mira la música del pasado es un fenómeno propio del siglo XX. Es posible que algunas de las más nobles composiciones de la Música Clásica nunca llegaran a anotarse sobre el papel. Un ejemplo claro se puede ver en la obra de Johann Sebastian Bach, del cual muchas composiciones se perdieron porque no se consideraron importantes, pero hasta nosotros han llegado más de mil. Las páginas del manuscrito de las seis sonatas para violín sin acompañamiento, por ejemplo, se encontraron en una tienda de comestibles cuando estaban a punto de ser utilizadas para envolver la mantequilla, y la edición autógrafa de las suites para violonchelo se rescató cuando protegía a unos frutales de las heladas.
Históricamente se atribuye la primera grabación de sonido a Thomas Alva Edison en 1877. Sin embargo, la grabación más antigua del mundo tiene su origen en Francia. Un equipo de investigadores descubrió una grabación de una canción popular hecha en 1860. La grabación, realizada por el francés Édouard-Léon Scott de Martinville, es anterior por casi dos décadas a la primera del estadounidense Thomas Alva Edison, considerado hasta ahora como el inventor del sonido grabado. Dicha grabación de diez segundos (de muy baja calidad pero reconocible), era de alguien cantando la canción popular francesa “Au Clair de la Lune”.
Toda la música grabada de la cual gozamos en la actualidad, no data de más de casi 150 años de antigüedad, una minúscula cifra temporal, comparada con la antigüedad del legado musical de la humanidad. Además, la mayoría de piezas musicales que se pudieron haber conservado en escrituras se han perdido. Pérdidas irremediables e inevitables, debido a la propia antigüedad que posee esta expresión artística, y es que la música, a la que concedemos un puesto importante entre las complejas artes de la comunicación humana, es la más antigua de todas ellas y, por su carácter, la más primitiva. La humanidad inventó la música para aliviar o proclamar sus penas, para advertir a los demás del peligro y apaciguar a los poderes superiores. La música actual responde a los mismos fines, ya sea el rock and roll, los blues, las bandas militares o los himnos religiosos.
Aún queda mucho por hacer en el campo del estudio de la música. Son muchas las partituras que merecen resucitar y muchos los sonidos que todavía aguardan ser escuchados. Solo cuando la disposición humana se decida volver la mirada al pasado de la música, descubrirá un mundo distinto de sonoridades, la música de la tradición oral del pasado podrá encontrarse con la de este tiempo. Y cuando eso ocurra, la melodía natural del mundo escrita en la partitura de la historia de la música empezará a completarse.
Clásicos de la literatura amazónica
Monday February 28th 2011, 8:31 am
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Estudios
Por Ricardo Vírhuez Villafane
La presente lista fue realizada en el año 1993 por Ricardo Vírhuez y Manuel Marticorena para el suplemento cultural del diario “La Región”, de Iquitos. Su propósito: reunir los libros más importantes para conocer la cultura y la literatura amazónica.
1. Apuntes de viaje en el oriente peruano. Libro de cuentos escrito por el ingeniero alemán Jorge Von Hassel y publicado en Lima en 1905. Con estilo realista, Von Hassel desnuda la triple comunión entre caucheros, curas y militares y el genocidio perpetrado contra los indígenas. Pero el autor, pese a la admiración que manifiesta por los nativos, escribe con cierta objetividad narrativa que vuelve a sus Apuntes una pieza importante para la moderna narrativa amazónica. El único ejemplar que conocemos se encuentra en la Biblioteca Nacional de Lima.
2. Leyendas y tradiciones de Loreto. Importante testimonio narrativo y ensayístico sobre la Amazonía publicado en 1918 por Jenaro Herrera. Si bien la crítica ha destacado su afectación academicista y su intento anacrónico de emular las tradiciones de Ricardo Palma, nos enfrentamos sin embargo a un esfuerzo cultista, erudito y bastante imaginativo que no ha vuelto a presentarse en las letras amazónicas.
3. Doce novelas de la selva. Publicada en 1934 por el marino limeño Fernando Romero, se llamaría más tarde Doce relatos de la selva. Impresiona de entrada el conocimiento interno de las costumbres amazónicas, que son narradas en clave aventurera e inquietan la emoción del lector. Sobresale, además, el examen lingüístico de las lenguas indígenas y del dialecto castellano amazónico, que sustentan desde adentro el valor narrativo de los relatos.
4. Obra poética. Aunque Jorge Runciman no haya reunido en libro su voluminosa producción poética, esto sí lo ha hecho el ensayista Manuel Marticorena, quien recopila en este libro los poemas publicados en diferentes diarios y revistas del poeta hasta 1942. Uno de los rasgos más saltantes de la obra poética de Runciman descansa en sus Cocolichadas, donde satiriza las costumbres del Iquitos de entonces y critica ácidamente a funcionarios, militares, curas y diversos corruptos. Poesía alegre, corrosiva y divertida, pero profunda y conscientemente elaborada.
5. Sachachorro. Libro de relatos y estampas costumbristas editado en 1942 por César A. Lequerica. Su estilo elegante y florido mantiene aún la influencia modernista que ha marcado casi toda la poesía loretana del siglo veinte.
6. Sangama. Extraordinaria novela publicada en 1942 por Arturo Hernández, rica en matices y compleja en situaciones. Estudiada, debatida y motivo de múltiples interpretaciones, esta novela es un clásico de la narrativa de aventuras que ha merecido el favor del público nacional y mundial, y también del ambiente cinematográfico.
7. La búsqueda del alba. Con este libro, publicado en 1957, Germán Lequerica ha alcanzado el más alto vuelo lírico de la poesía amazónica. Con una mezcla de romanticismo revolucionario y esplendor metafórico, sus versos cantan a la esperanza en un mundo nuevo y a la pasión del hombre por la justicia.
8. Cuentos amazónicos. Publicados inicialmente en diarios iquiteños entre 1924 y 1929, este valioso manojo de cuentos de Humberto del Águila fue publicado como libro en España en 1958. Con humor, soltura argumental y profundo amor a su pueblo, Humberto del Águila es un narrador nato que supo expresar la alegría, el calor y la compleja vida de los habitantes amazónicos.
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El Nobel 2010, entre lo público y lo privado
Friday February 04th 2011, 12:46 am
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Estudios
Por Giancarlo Stagnaro
Aplausos y exclamaciones de sorpresa surgieron cuando el nombre del ganador del Premio Nobel de Literatura resonó en la sala principal de la Academia Sueca. Peter Englund, secretario permanente de la institución que cada año prodiga la más codiciada distinción literaria del mundo, pronunció su discurso sin perder la compostura frente a decenas de periodistas. Tras una larga espera, Mario Vargas Llosa era el ganador. La Academia Sueca sostuvo que el premio Nobel se debe a una obra que se caracteriza “por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo”.
No existe en la historia moderna del Perú antecedente alguno para un galardón de esta naturaleza. Es un hecho completamente inédito. Colombia, México, Chile y Guatemala han sido la cuna de escritores distinguidos con el Nobel como García Márquez, Octavio Paz, Mistral y Neruda, y Asturias, respectivamente; y todos ellos han ejercido y poseen un sitial destacado no sólo en el campo intelectual de sus respectivos países, sino que también son motivo de atención e influencia constantes en la esfera pública. Tal como lo ha venido haciendo Mario Vargas Llosa en el caso peruano a lo largo de las últimas décadas.
En el canon literario peruano, la obra de Vargas Llosa ocupa una posición fundamental. Miembro destacado de la denominada Generación del 50, compuesta por notables narradores y poetas, fue uno de los pocos escritores peruanos de su generación que obtuvo relevancia internacional al formar parte del también denominado boom de la narrativa latinoamericana. De este modo, junto con Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, Vargas Llosa brilló en el panorama literario internacional de la década de 1960.
Del joven que deslumbró con su primera novela, La ciudad y los perros, a la edad de 26 años, hasta el autor ya mayor, de novelas de resultado variable como La guerra del fin del mundo, Lituma en los Andes, Elogio de la madrastra o Travesuras de la niña mala, la autobiografía El pez en el agua o el libro de crítica literaria La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, asistimos a una de las producciones más prolíficas de la literatura peruana. Vargas Llosa es indiscutiblemente el narrador peruano de mayor visibilidad internacional, posición en la cual ya lleva más de cuarenta años, sin que ningún otro autor compatriota suyo y vivo le pueda hacer sombra. Al punto de que se le reconoce como el modelo de escritor a seguir para la mayoría de peruanos.
La faceta modélica de Vargas Llosa tiene mucho que ver con el lugar que el espacio de lo literario ocupa en el imaginario nacional, en la formación de lo peruano. Como se sabe, los índices de lectura de libros son muy bajos en el Perú. Pero eso no ha sido ni es óbice para considerar a Vargas Llosa como un modelo de lo que es ser intelectual en el Perú. Hay una idea, sobre todo muy arraigada en las clases altas y medias, de que ser escritor en el Perú necesariamente tiene que pasar por seguir la ruta o el tamiz trazados por Vargas Llosa. Es más, cuando la vocación literaria de un escritor joven es descubierta públicamente, los familiares y personas cercanas naturalizan el hallazgo con este mandato: “Tú quieres ser escritor como Vargas Llosa”.
Públicos y privados

Hablar de la obra de Vargas Llosa, de su actitud formadora y modélica, pasa entonces por la manera en que se configuran las nociones de lo público y lo privado, de cómo una afecta a la otra, en la idea misma de Vargas Llosa como actor público o imagen del país, entrelazamiento al que él mismo ha colaborado con sus acciones y declaraciones (1). Si, como recordamos, Vargas Llosa es considerado el ejemplo literario peruano a seguir por su predisposición al trabajo de escritura y la reflexión intelectual, a la vez se le recuerda como el candidato presidencial que perdió en el terreno político. En consecuencia, lo privado, lo literario, es la fuente de las mayores satisfacciones personales y artísticas; mientras que lo público, la política o la realidad social, es el terreno de la insatisfacción, las tensiones y las formulaciones críticas con vistas a propugnar modelos de cambio literarios y político-sociales. No obstante, para la efectividad del discurso vargasllosiano, tanto en la ficción como en sus textos de opinión, es preciso que dicha separación sea tachada, borroneada. Pensemos, por ejemplo, en la manera en que Zavalita, personaje emblemático de Conversación en La Catedral (1969), asume su conciencia de derrota individual al enterarse de que su familia forma parte de la degradación moral del país; o en la forma en que se aproxima a la obra del escritor José María Arguedas en La utopía arcaica (1996): a partir de un juicio de valor de las experiencias biográficas del autor de Los ríos profundos.
Esta marca de estilo que no separa ni reconoce fronteras entre lo público y lo privado se asemeja a las nociones que el crítico estadounidense Fredric Jameson, en su ya clásico texto “Third World Literature in the Era of Multinational Capitalism”, maneja en función de lo que él llama las “alegorías nacionales”: los modelos básicos de ficción que provienen de las culturas del llamado “tercer mundo”. Dice Jameson que dichos textos proyectan “a political dimension in the form of national allegory: the story of the private individual destiny is always an allegory of the embattled situation of the public third-world culture and society” (69).
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Mario Vargas Llosa, una vida de novela
Friday January 28th 2011, 6:25 am
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Estudios
Por Johnny Zevallos
UNO
Los primeros años
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa nació en Arequipa (Perú) en la madrugada del 28 de marzo de 1936 en una casa ubicada en la calle Boulevard Parra 101 (1), cercana a la estación del ferrocarril. La denominada Ciudad Blanca, por el tono blanquecino del sillar, elemento constructivo de los inmuebles arequipeños, albergó al pequeño Mario hasta que este cumplió el primer año de vida en un predio perteneciente a sus abuelos maternos. Ernesto Vargas y Dora Llosa, padres del escritor, se habían separado dos meses antes de su nacimiento, como consecuencia del resentimiento social de Ernesto, pero en realidad se trató de un abandono, porque no contestó los telegramas ni las cartas que la familia Llosa le enviara informándole sobre el alumbramiento del menor. Aunque Mario no se enteraría de la existencia de su padre hasta haber cumplido los diez años de edad, la imagen del padre ausente se correspondería con una niñez colmada de atenciones y condescendencias de parte de sus primas y abuelos, establecidos en Cochabamba (Bolivia). El propio Vargas Llosa recuerda todavía esas vivencias transcurridas entre 1937 y 1945 en la urbe boliviana como los mejores años de su vida: “En aquella casa fui engreído y consentido hasta unos extremos que hicieron de mí un pequeño monstruo. El engreimiento se debía a que era el primer nieto de los abuelos y el primer sobrino de los tíos, y también a ser el hijo de la pobre Dorita, un niño sin papá”.
Fue determinante para Mario haber tenido contacto con sus familiares maternos, pues con ellos descubrió la fantasía de la lectura y el apasionante mundo de los primeros relatos de ficción: las historias de Genoveva de Brabante y de Guillermo Tell, del rey Arturo y de Cagliostro, Robin Hood, Sandokán y el Capitán Nemo. Para enfrentar los excesivos cuidados de los fraternales abuelos, Dora decide matricular al pequeño en el colegio La Salle de Cochabamba cuando el niño apenas contaba cinco años. La experiencia en La Salle fue singular porque descubrió sus primeras amistades fuera de la familia Llosa y la magia de aprender a leer, en manos del hermano Justiniano. De pronto, una noticia llegada desde Lima llenaría de emoción y orgullo a toda familia: José Luis Rivera Bustamante y Rivero, tío político de Mario, había sido designado presidente de la República del Perú, pero la sorpresa aumentaría aún más cuando al abuelo Pedro Llosa se le adjudicara el cargo de prefecto de Piura. Entonces la familia en pleno debía retornar al Perú, pero esta vez a la calurosa Piura, y el encuentro con sus primeras amistades peruanas en el Colegio Salesiano fue más que aleccionadora, sobre todo con el futuro economista Javier Silva Ruete.
El descubrimiento del padre
Mario Vargas Llosa confiesa aún con asombro, y sin ocultar cierto estremecimiento, aquella noticia que le tenía deparada su madre acerca del encuentro que sostendrían ambos con Ernesto Vargas, padre del novelista: el hombre a quien creía muerto, vivía, y estaba allí frente a sus ojos. Desde ese instante —recuerda el escritor— su vida cambió para siempre. El padre decidió que sus vidas debían transcurrir en Lima, lejos de los Llosa, de los gratos recuerdos de Piura y de aquellos amigos incondicionales que había forjado en la ciudad norteña. Se instalaron en una pequeña casa en Magdalena, una tenebrosa vivienda, ubicada en la avenida Salaverry, donde los gritos y regaños hacia sí eran constantes, porque su padre nunca toleró los cariños mostrados por la familia materna, porque podrían convertirlo en un “maricón”. Ahora estaría en manos de don Ernesto, y no de los Llosa, el destino del pequeño Mario, incluyendo su formación educativa, dirigida a amoldar esos “amaneramientos” maternos. Nuevamente los mundos de ficción hallados en las novelas de Julio Verne, Víctor Hugo o Alejandro Dumas serían las escapatorias perfectas para huir, embarcado en travesías mágicas o bajo los mosquetes de Aramis y D’Artagnan, de la vigilante tutela paterna, sobre todo ahora que sus padres se habían, aparentemente, reconciliado. Sin embargo, como era previsible, los problemas familiares aumentaron y el padre no tuvo mejor idea que enderezar al joven Vargas Llosa matriculándolo en el Colegio Militar Leoncio Prado. Ya para esos años su padre había decidido vender la casa de La Perla y alquilar un departamento en Miraflores, contiguo a la casa de los abuelos Llosa.
El Leoncio Prado fue un verdadero infierno. Ese mundo siniestro, en que los recién ingresados, los “perros”, eran tratados como lo más bajo que existía en ese pequeño universo militar, se convertiría en una obsesionante mirada del Perú. No había mejor retrato de una sociedad escindida, donde se producían ritos de iniciación que disponían la mayor facilidad para que “resentimientos, envidias, odios y prejuicios que llevábamos dentro pudieran volcarse”. Indudablemente el trato cruel e inhumano a que eran sometidos los “perros” se correspondía con las actitudes rebeldes de estos, y que se mostraban a través de escapadas del colegio y las incomodidades expresadas por los alumnos frente al castigo. Pero también le mostró los rituales de la “masculinidad”, asumir la virilidad como parte de un sistema impuesto por la misma sociedad resquebrajada que humillaba tanto a hombres como a mujeres, porque ser maricón no estaba permitido. El colegio militar fue también el descubrimiento del sexo y de las primeras aventuras sexuales en el jirón Huatica, adonde se dirigían algunos cadetes que esperaban los fines de semana y, claro está, las fugas para “cobrarse” el encierro existente en todo internado castrense. Vargas Llosa describirá con maestría y una meticulosa arquitectura narrativa estos acontecimientos, experimentados en el Leoncio Prado, en su colosal novela La ciudad y los perros (1963), vivencias que, lejos de torturarlo, le sirvieron para escribir uno de los textos fundamentales de la narrativa hispanoamericana.
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