LO QUE NOS DEJÓ AEROSMITH EN UNA NOCHE “CRAZY”
Saturday November 19th 2011, 6:39 pm
Filed under: Crónicas,Música

 

 

Por Aníbal Barragán

 

Lo que Aerosmith nos dejó la noche del pasado sábado 22 de octubre, para aquellos quienes fuimos testigos en el estadio de la universidad San Marcos de uno de los regresos más esperados del 2011, puede  oscilar entre: “lo máximo”, “el mejor concierto del año”, “una estafa”, quizás un “esperaba algo más”, o por último… “la primera vez fue mejor”. Rápidamente evaluaré los aspectos que considero importantes, positivos y negativos de la pasada presentación en Lima, resaltando siempre que es un comentario a título personal, de manera que si al disentir hiero algunas emociones encontradas aquella noche, no se sientan aludidos.

Para comenzar, debo mencionar mi indignación con los encargados que velaron por el desarrollo del evento, ya que no sólo se deben a su participación en el momento mismo que dura el recital, sino en el espectáculo en general. Lo cual implica las previas y su finalización, y creo que especialmente en la primera, que es donde empieza la expectativa, fallaron. Es que tamaños realizadores no tuvieron mejor idea, en sus mentes incomprendidas de artista conceptual, que poner como canciones de espera, esas que entretienen al público antes de la ansiosa salida de la banda, pegajosas melodías de salsa y regueetón ¿Es acaso un chiste? Para algunos esto quizás no sea tan relevante, pero creo que es una de las herramientas con las que suele calentar motores un espectáculo, y más aún si es de tamaña magnitud. Y es por eso que no me sorprendió el curioso final aquella noche, ya que si había arrancado de esa manera, era evidente que cualquier cosa podría suceder.

Tratando de obviar las deplorables elecciones musicales de aquellos irresponsables, una de las bandas locales, que en mi opinión viene haciendo cosas interesantes, Emergency Blanket, hacía salir de su letargo a una perdida –por momentos- concurrencia, motivando en muchos la pregunta de “hoy toca Aerosmith… ¿cierto?”. Las voces en el estadio empezaban a desperezarse, y las calles aledañas acogían cada vez más a un público coloridamente matizado; eran ya las 9 y 10 de la noche, mas el escenario seguía apagado. ¿Qué podría suceder? No fue la primera vez que era testigo de algo así, tampoco eran unos Guns N´ Roses, pero de todas maneras me pareció un tiempo considerable, que en su transcurrir alimentaba progresivamente  una contagiosa suspicacia. Pasaron los minutos, -cinco, para ser específico- cuando las luces altas se apagaron,  dándole paso a los parlantes y pantallas gigantes. Llegó la hora esperada y, entre gritos y palmas que se ahogaban proporcionalmente, los chicos malos de Boston salían al escenario con la canción Draw the line, uno de sus primeros temas, paralizando a todo el estadio, a pesar de que muchos –entre los que me incluyo- no se la esperaban. Y después de esa, le sucedieron sorprendentemente interpretadas Same Old Song and Dance y Mama Kin. Era un hecho, Aerosmith nos estaba probando, tocando fantásticas canciones, pero la mayoría de la old school, no las clásicas, con las cuales estaba seguro que harían delirar a todo el estadio, y repetir el plato de su primer arribo a nuestra capital. Siguiendo casi sin diálogo con el público, nos sorprenderían con sus populares  Dude (Looks Like A Lady), Eat The Rich, One Way Street, Livin’ on the Edge (siendo una de las más coreadas), Rag Doll, Amazing, la visceral y elocuente What It Takes, Cryin’ y Sweet Emotion.

Como mencioné, esas ligeras molestias percibidas en los primeros minutos del concierto, se convertirían en una incómoda realidad. Pues, no era cosa de genios el darse cuenta del nivel vocal de Steve Tyler, que no estuvo mal -claro está-, pero tampoco se podría comparar con la surrealista experiencia de la primera vez en la explanada del monumental. Era definitivamente otra cosa. Los instrumentos por instantes lograban opacar su voz; el solo de batería fue un agradable recurso, aunque fuera una improvisada repetición de la nuevamente mentada “primera vez”; al igual que la íntima canción interpretada por el guitarrista Joe Perry, y otros pequeños detalles que le sumaron puntos curiosamente atractivos a la presentación. Si bien tocaron algunas canciones clásicas, creo que apostaron por otro tipo de público, por los seguidores de verdad, esos que, creo, no abundaron la noche del 22.

 

 

Pero lo que realmente quisiera criticar es la falta de respeto hacia el público asistente esa noche al no tocar la canción por la que seguramente más de la mitad de los concurrentes había pagado su entrada. Así es, mis estimados, Aerosmith vino y se fue, pero de Crazy ni el rastro, sólo me quedó escucharla horas después en una rocola de la avenida Habich. ¿Es posible que una banda de tal dimensión se pueda comportar así cuando era obviamente consciente de la preferencia y casi “deber” que tienen para con su público de tocarla? Es como si los Guns no hubieran tocado Sweet child, que Metallica no hubiera tocado Enter sandman o que Soda no tocara Persiana americana. No podía concebir como posible esa respuesta por parte de la banda, un cierto capricho propio de su extravagancia, pues su edad, y además su posición de enorme, genial, respetada y, sobre todo, profesional banda de rock les impedía cometer. Lo que sí podría ser es que fue una actitud de respuesta ante la capital falta de compromiso del mismo público al reemplazar progresivamente palmas y vítores por insípidos flashes que lo único que hacían –en mi opinión- era desilusionar a la agrupación. ¿Cómo es eso? Lo dice el propio set-list acabando antes de lo esperado, no solamente por mí sino por todos los concurrentes, casi a las 11 de la noche.

A pesar de eso tengo el gusto de haber participado de esa tan electrizante y emocionante experiencia. Es que ver a Steve Tyler no es algo que pase todos los días, y recién ahí caigo en la cuenta de que todo el espectro y leyenda construida en torno a él no le es para nada gratuitos. Es tan intenso como el simple hecho de que con esta apreciación tumbaría las “críticas” antedichas. Ver el despliegue sobre el escenario de esa melena, de ese sombrero, de sus lentes estrambóticos, y del sonido de la guitarra blusera de Joe Perry, fue definitivamente una experiencia inolvidable. Pues sólo con verlos en escena (por más trillado que suene) se pueden dar cuenta de que fueron y son parte de algo enorme, de que esos que tuvimos al frente, han alterado muchas veces la historia y, en parte, lo siguen haciendo.

Me queda decir, para finalizar, que al salir del concierto no me sentí totalmente decepcionado, solo algo sorprendido. Posiblemente mi falta de conocimiento e identificación, a comparación de otros curtidos conocedores de la banda, mitigó en mí cierta desazón. No voy a pretender tapar el sol con un dedo: el público –gran parte de él-, ese día, se fue con la miel en la boca. Se notaban las ganas de seguir, las caras de “¿qué, ya se fueron?”, las risas de consuelo, de enormes ganas de creer que no importaba que medio equipo de sonidistas y demás plomos estuvieran en el escenario llevándose todo, no importaba, ellos tenían que volver, cosa que lamentablemente nunca hicieron. 

 

 Aerosmith

Concierto en el estadio de San Marcos

22 de octubre de 2011

 

*Pronto una crónica sobre el concierto de Pearl Jam en San Marcos.

 



La oralidad en los albores de la música
Tuesday August 30th 2011, 10:38 pm
Filed under: Estudios,Música

 

“No oímos porque tenemos oídos.

Tenemos oídos y, desde del punto de vista corporal,

podemos estar equipados de oídos porque oímos.

Los mortales oyen el trueno del cielo, el susurro del bosque,

el fluir de la fuente, los sonidos de las cuerdas de un instrumento,

el matraqueo de los motores, el ruido de la ciudad,

sólo y únicamente en la medida en que, de un modo u otro,

pertenecen o no pertenecen a todo esto. […]

Hemos oído cuando pertenecemos a lo que nos han dicho”. 

 

Martín Heidegger, Logos (Heráclito, fragmento 50)

  

Por Alejandro Echevarría

 

La música es, ante todo, un arte. Un arte en el que los compositores no recurren a colores o palabras, sino a sonidos. En resumen, la música es el arte de los sonidos.

Aun en ausencia de documentación, es posible adivinar el origen de la música. Podemos observar los orígenes del habla y de los cantos humanos en el comportamiento de los niños pequeños o de las crías de nuestros animales de compañía. Surge primero el llanto para atraer la atención, variable en tono y en intensidad, pero incontrolado, más próximo al canto que al habla. Poco a poco, el niño aprende a variar y definir su llanto imitando lo que oye y controlando los sonidos que emite. Como el loro, imita lo que oye para entablar contacto con los otros, para expresar un sentimiento o experiencia concretos. El hombre primitivo, abandonado a sus recursos, tuvo que emular los sonidos de su experiencia natural. Escuchó el quebrarse de las ramas mientras pisaba la maleza, el silbar del viento en las hojas de los árboles, el salpicar del agua en el arroyo. La naturaleza le otorgó los primeros instrumentos musicales.

Cuando el hombre estaba solo, expuesto a la inclemencia de los elementos, cantaba en parte para combatir el peligro, y en parte movido por la fascinación que le inspiraban los sonidos de su alrededor y por el deseo de emularlos. Al formarse una pareja o un grupo, el canto se transformó en habla, esto es, en un conjunto de símbolos verbales para expresar necesidades inmediatas. Tales símbolos dieron origen a una poesía cantada, cuyos términos y significados conformaron y delimitaron la melodía. Los primeros cantos del hombre fueron ceremoniales, propiciatorios del favor de las divinidades, cuando no crónicas de acontecimientos pasados, plegarias o exhortaciones. La música, en sus albores, era una forma de magia que suscitaba una concentración semejante a un trance en el oyente. Pronto se puso de manifiesto que tenía un poder superior, que podía usarse como estímulo para inspirar a toda una tribu, acaso para alentar al combate, y no sólo reverenciarse como elemento mágico de los ritos sagrados.

Para los antiguos griegos, la finalidad de la música era terapéutica: purificar la mente y llevar armonía al alma en virtud de la danza y el canto. Creían que cada modo o escala surtía un efecto distinto sobre el oyente, o bien nocivo, o bien beneficioso; así, uno inspiraba coraje, otro sensatez, etc. No eran partidarios de la notación musical, por considerarla perjudicial para el ejercicio de la memoria. De modo que, el arte clásico griego nos enseña los instrumentos que utilizaban y las representaciones musicales que hacían, es decir, la literatura recoge las teorías y sistemas, en cambio no tenemos el menor indicio de cómo sonaba la música.

La música proliferó en los siglos que precedieron a la era cristiana, y existen sobrados indicios de que lo hizo espléndidamente. Así alguien la haya anotado sobre el papel, hoy es imposible ejecutarla tal como se escuchaba entonces. Los conocimientos se transmitían oralmente, de preceptor a pupilo, como documento viviente que escapaba a la codificación. La rica cultura musical de la India, que tiene a sus espaldas varios milenios de antigüedad, jamás anotó por escrito algo, como tampoco la de Sumeria, Egipto o China (algunos intentos aislados del año 138 a.n.e. exasperan a los estudiosos del tema). La resistencia a plasmar la música por escrito, fosilizándola de una vez por todas, sigue viva. A ningún músico oriental se le ocurriría anotar sus composiciones porque, a diferencia de lo que promulga la argumentativa corriente occidental moderna, la esencia es allí la improvisación y, el fin, la contemplación interior.

Mientras la música consistía sólo en una línea melódica inarmónica, no había necesidad de escribirla. Los músicos se limitaban a transmitir de oído el repertorio, ya fuesen canciones populares, baladas o himnos, a sus hijos y alumnos. Por ello, la música estaba expuesta a modificaciones al pasar de boca en boca, y debía adaptarse sutilmente a las necesidades y los gustos de cada generación. Poco o nada queda de aquel legado hereditario primitivo.

La notación musical se desarrolló cuando fue imprescindible, muestra de ello es el importante papel que desempeña la necesidad en la invención humana. Hacia el año 600 d.n.e., el papa Gregorio Magno sistematizo las variedades de escala o modo utilizadas regularmente en la liturgia cristiana. Este primer intento de notación musical ha sobrevivido hasta hoy en el canto de la liturgia católica y se dieron a conocer como modos gregorianos. Estos aparecen asimismo en las canciones folklóricas y en algunas composiciones de la música pop. Así, las primeras canciones escritas para The Beatles por John Lennon y Paul McCartney solían basarse en dichos modos.

La posibilidad de que un intérprete introdujese modificaciones erróneas debió de acelerar el perfeccionamiento de la notación musical. Algunos músicos, en un intento de proporcionar la máxima información musical mediante palabras, adoptaron signos de acentuación superpuestos a las letras para indicar qué nota tenia una duración mayor que las otras. Siendo Guido de Arezzo uno de los que aportaron mayoritariamente a la formación de las notaciones musicales y a la enseñanza práctica de las mismas. Fue el idealizador del solfeo, sistema de enseñanza musical que permite al estudiante cantar los nombres de las notas. Con esa finalidad creó los nombres por los que se conoce a las notas actualmente (Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si).

 

A mediados del siglo XIII, la complejidad de la organización musical era tal que exigía un nuevo método de notación, más preciso, que indicase la longitud exacta de cada nota, así como los descansos intercalados. En esta época el sistema tonal ya estaba desarrollado y el sistema de notación con pautas de cinco líneas, llamada pentagrama, se convirtió en el patrón para toda la música occidental, manteniéndose así hasta el día de hoy.

La imprenta se desarrolló en Alemania a mediados del siglo XV gracias a Gutenberg y, en Inglaterra, por obra de William Caxton. Así, en breve, aparecieron textos para uso litúrgico, ilustrados con cantos gregorianos grabados en tipo de madera. En Venecia, Giovanni Petrucci se sirvió de tipos móviles para imprimir signos musicales ya en 1501. Sin embargo, a pesar del afán por perpetuar las obras musicales de manera escrita, debemos tener en consideración que para las generaciones pasadas, la música tenia un carácter mucho más efímero; no se consideraba importante preservar las obras para la posteridad, puesto que se consideraba que, desde que habían sido ejecutadas, habían cumplido su cometido y su destino era ceder paso a otras obras nuevas y supuestamente mejores. La reverencia con que se mira la música del pasado es un fenómeno propio del siglo XX. Es posible que algunas de las más nobles composiciones de la Música Clásica nunca llegaran a anotarse sobre el papel. Un ejemplo claro se puede ver en la obra de Johann Sebastian Bach, del cual muchas composiciones se perdieron porque no se consideraron importantes, pero hasta nosotros han llegado más de mil. Las páginas del manuscrito de las seis sonatas para violín sin acompañamiento, por ejemplo, se encontraron en una tienda de comestibles cuando estaban a punto de ser utilizadas para envolver la mantequilla, y la edición autógrafa de las suites para violonchelo se rescató cuando protegía a unos frutales de las heladas.

Históricamente se atribuye la primera grabación de sonido a Thomas Alva Edison en 1877. Sin embargo, la grabación más antigua del mundo tiene su origen en Francia. Un equipo de investigadores descubrió una grabación de una canción popular hecha en 1860. La grabación, realizada por el francés Édouard-Léon Scott de Martinville, es anterior por casi dos décadas a la primera del estadounidense Thomas Alva Edison, considerado hasta ahora como el inventor del sonido grabado. Dicha grabación de diez segundos (de muy baja calidad pero reconocible), era de alguien cantando la canción popular francesa “Au Clair de la Lune”.

Toda la música grabada de la cual gozamos en la actualidad, no data de más de casi 150 años de antigüedad, una minúscula cifra temporal, comparada con la antigüedad del legado musical de la humanidad. Además, la mayoría de piezas musicales que se pudieron haber conservado en escrituras se han perdido. Pérdidas irremediables e inevitables, debido a la propia antigüedad que posee esta expresión artística, y es que la música, a la que concedemos un puesto importante entre las complejas artes de la comunicación humana, es la más antigua de todas ellas y, por su carácter, la más primitiva. La humanidad inventó la música para aliviar o proclamar sus penas, para advertir a los demás del peligro y apaciguar a los poderes superiores. La música actual responde a los mismos fines, ya sea el rock and roll, los blues, las bandas militares o los himnos religiosos.

Aún queda mucho por hacer en el campo del estudio de la música. Son muchas las partituras que merecen resucitar y muchos los sonidos que todavía aguardan ser escuchados. Solo cuando la disposición humana se decida volver la mirada al pasado de la música, descubrirá un mundo distinto de sonoridades, la música de la tradición oral del pasado podrá encontrarse con la de este tiempo. Y cuando eso ocurra, la melodía natural del mundo escrita en la partitura de la historia de la música empezará a completarse. 

 




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