La escritura de Blanca Varela
Cuando la escritura es capaz de convertirse en una explosión de revelaciones, en el prisma más sincero, se asume como subversiva y profana. En ese sentido, la escritura de Blanca Varela nos enfrenta a un magma de angustia, ajeno y tan nuestro, capaz de colocarnos ante un abismo. Desacralización es como nosotros consideramos este proceso que permite develar, desmitificar y conocernos profundamente.
Varela había sentenciado que “la poesía es imperfecta”, en lo cual se reconocía que dicha imperfección partía de la condición humana. Así, la poeta nos dice: “sí señores / este es otro día inevitable / en que me aliento de lo inexacto”. Y en esa contradicción Varela hallaba el sino de la vida como una especie de reconocimiento catártico, proteico y mundano.
Se trata pues de una poesía del sumergimiento en “aguas negras”, como diría Grecia Cáceres, de las cuales, no sin dosis de dolor, emerge el poema y el placer de la lectura. Los mejores ejemplos de este poder se expresan en la colección “Ojos de ver” (Canto villano) y en el Libro de barro, donde la brevedad de los poemas es vehículo de un súbito remecimiento: incógnita, aforística, que encierra en su silencio una verdad que se sabe relativa, contradictoria y demasiado humana.
Por ello, nuestra revista viene organizando un encuentro que rescata la obra de Blanca Varela, que se efectuará el viernes 12 de marzo en la Estación Desamparados, sede de la Casa de la Literatura (centro de Lima), desde las 4:00 p.m. Participarán en esta conversación: Lourdes Rojas, Jesús Zavala, Nils Quispe, Alberto Valdivia, Christian Elguera, Óscar Limache, Camilo Fernández, Luis Fernando Chueca, Rocío Silva Santisteban y Mariella Dreyfus. A partir de sus lecturas y testimonios se buscará exponer la riqueza de otredades y sombras de esta obra poética, considerada no sólo una de las mejores de la Generación del 50, sino también de la literatura hispanoamericana y universal.
El ingreso es libre.
JALLA 2010

Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana (JALLA 2010)
2 al 6 de agosto del 2010
Instituto de Letras de la Universidad Federal Fluminense, Niterói, Brasil
La Asociación Internacional de Peruanistas
y la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana
CONVOCAN AL SIMPOSIO
“Representaciones culturales y literarias de la Amazonía”
Uno de los grandes temas que se discutirá en JALLA 2010 es “América Latina, integración e interlocución”. Con el fin de abrir un diálogo sobre el estado de la Amazonía, la Asociación Internacional de Peruanistas y la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana están organizando un simposio que se ocupará de analizar las representaciones culturales y literarias de la selva amazónica. La Amazonía es una vasta región compartida por ocho países (Brasil, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Surinam, Guyana y Colombia) con una población multiétnica, multilingüe y multicultural. En el caso de la Amazonía peruana, cuenta, por ejemplo, con los pueblos Asháninka, Machiguenga, Shipibo y Awajun entre muchos otros, constituyendo por lo menos diecisiete familias lingüísticas y más de cuarenta lenguas. La variedad no es menor en Brasil y los demás países colindantes. Por siglos, este inmenso territorio y sus habitantes han sido vistos como objeto de exploración y, ajenos al estado, desprovistos de toda protección. Al mismo tiempo, muchos consideran a la Amazonía un lugar enigmático y paradisiaco y a la vez peligroso y seductor, como un mundo virgen con una rica fuente natural para explotar. Como tal, ha sido objeto de múltiples guerras, exploraciones y expoliaciones hasta nuestros días. Asimismo, un gran número de cronistas, viajeros, narradores, poetas y artistas se han inspirado en su historia y realidad para representarla. El propósito de este simposio es, pues, analizar las diversas manifestaciones culturales que se han producido a través de los siglos desde y sobre la Amazonía. En este sentido, invitamos a la comunidad académica a que envíen ensayos sobre los siguientes temas:
1) El espacio amazónico en la literatura y cultura: textos coloniales, relatos de viajes, novelas, ensayos, cuentos, poesía, teatro, cine, performance.
2) Dinámicas de las miradas de la selva:
a) La selva vista desde afuera (la selva vista desde una perspectiva ajena -exterior- a la misma, y sus plasmaciones de la otredad).
b) La selva vista desde adentro (la selva configurada por una mirada “interior” a la misma, miradas centradas o descentradas).
c) Las miradas de género (la feminización/masculinización del espacio).
3) Mitos, canciones, ikaros y relatos orales amazónicos.
4) Discursos políticos.
5) Proyectos, utopías y distopías, programas expresados sobre la Amazonía.
6) Autores, corrientes, continuidades y discontinuidades sobre la Amazonía en tanto objeto de estudio y representación.
Se convoca a investigadores de la literatura y cultura latinoamericanas a participar en el Simposio “Representaciones culturales y literarias de la Amazonía” en todas las disciplinas humanas y sociales que estudien la región. Los interesados en participar deben enviar (en español o portugués) el título y una sumilla (extensión máxima 200 palabras) de la ponencia (máximo 20 minutos) a presentar.
La fecha límite de envío es el 22 de marzo del 2010. El Comité Científico revisará las propuestas y seleccionará aquellas que sirvan para organizar paneles multidisciplinarios. Se comunicarán las decisiones a más tardar el 29 de marzo del 2010.
Los envíos deberán hacerse por vía electrónica a la siguiente dirección: aip.congresos@gmail.com
Las ponencias seleccionadas deberán entregarse luego del simposio en formato de artículo para su publicación en un número especial de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, editada en la Universidad de Tufts, Estados Unidos.
Esperamos contar con su interés y apoyo en este importante evento dedicado al estudio de la Amazonía.
Atentamente,
Comité Científico
Dr. Rocío Ferreira, Universidad de DePaul.
Dr. Giancarla DiLaura, Universidad de Prairie View A & M.
Dr. Isabel Quintana, Conicet (Consejo Nacional de Investigación Científica, Educativa y Tecnológica), Universidad de Buenos Aires.
Dr. Paul Firbas, Universidad de Stony Brook (SUNY).
Por la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Dr. José Antonio Mazzotti (Universidad de Tufts)
Creación Literaria
Hace un par de semanas se empezó a postear algunos artículos del último número de El Hablador. En principio, esa era la idea: publicar en el blog una parte de dichos textos para que el público pudiera comentarlos. Sin embargo, tras algunas sugerencias, a partir de hoy se hará lo mismo con la sección de creación literaria. Así, en los siguientes días se postearán dos cuentos, además de la columna y la reseña correspondientes a esta semana.

Oz
Por: Carlos Yushimito del Valle
“Ese último nervio tuyo tan fino / que se hace alma”
El otro Asterión, José Watanabe
Para Micaela Chirif
El hombre de hojalata ha hecho crujir sus viejas articulaciones para que yo pueda oírlas. Es un sonido semejante a romper nueces con una tenaza o con dientes igualmente enérgicos. Antes lo hacía con frecuencia: me refiero a que cascaba frutos secos, no sólo nueces, y me daba la mejor parte de la pulpa recién partida para que yo pudiera comerla. Pero llegó un tiempo en que no lo hizo más. Dejó de hacerlo, y yo me resigné a que las nueces y los frutos secos ya no formaran parte de mi dieta. Ahora sólo imita el ruido de aquellos tiempos cada vez que su duro cuerpo de latón es incapaz de exagerar; y a mitad de cualquier noche o día, el crujido de sus coyunturas se le quiebra como una bisagra de cosa vieja y gastada que no termina por cerrarse nunca.
–¿Qué pasa? –le pregunto.
A un lado del comedor lo encuentro atareado, flexionando su brazo de arriba abajo, como si, de un momento a otro, esperara sacar agua de algún pozo invisible. Hace treinta minutos que lo oigo trajinar. Y lo único que ha logrado hasta ahora es que yo abandone, impaciente, la lectura del diario, y que su voz acabe por derramarse como una resonancia hueca que, en otra ocasión, incluso, yo mismo hubiera calificado de triste.
–Me parece que algo anda mal conmigo –dice H.H.
Verlo manipular así su burda osamenta artificial me resulta penoso; pero no se lo digo.
–Es normal que pase –lo tranquilizo–. Tarde o temprano también tenía que sucederte.
–¿Qué cosa, Harumi?
–Envejecer.
El hombre de hojalata mueve la cabeza, negando, enfáticamente.
–Creo que me estoy oxidando.
Y para evidenciar lo dicho, mueve otra vez los pernos de sus antebrazos y los oye rechinar agudamente, una, dos, tres veces, antes de detenerse. Ahora no cabe duda. Hace lo mismo con el resto de su cuerpo, y al rato concluimos que las cosas no parecen lucir mejor que antes.
–¿Será así la muerte?
–No lo sé –le digo.
–¿Cómo que no lo sabes? –dice él, regañándome–. Se supone que todo lo sabes.
Hace mucho que sostuvimos esta conversación; creo recordarla. Pero ahora estoy exhausto y viejo y comprendo que nunca acabará de creer lo que yo le diga, no importa cuántas veces se lo repita. Pronto tampoco lo creeré yo mismo: habré olvidado, acaso, todo lo que le dije alguna vez. Esa es la verdad de esta historia.
–No lo sé –repito, avergonzado, y vuelvo al diario.
–Pues deberías –concluye.
Y, como si no me hubiera oído, sigue haciendo sonar sus viejas vértebras de lata, sólo para hacerme rabiar.
* * *
Hubo un tiempo en que H.H. y yo fuimos objeto de atención. Teníamos un pasatiempo rentable que nos permitía viajar por Ciudad Esmeralda, haciendo alarde de cierta fama de imbatibles. El hombre de hojalata jugaba al ajedrez y yo retaba a los que pudieran hacerlo, desplegaba una silla y me sentaba en mitad de una plaza, acomodaba las piezas sobre una mesita ajedrezada y esperaba a que alguien, no importaba quien, rellenara el gran sombrero de copa que había pertenecido a mi bisabuelo y que ahora servía para legitimar cualquier apuesta que llegara. No faltaron nunca reñidores ni pendencieros. Quiero decir, lo que uno espera que haya en cualquier ciudad. Hace mucho que los caballeros dejaron de jugar al ajedrez para dedicarse a oficios más rentables, por lo que no fue con ellos, finalmente, con quienes debimos lidiar una vez que salimos a la calle. Hay una vaga jactancia en el ser humano que le hace imposible aceptar la derrota frente a cualquier artefacto. Perder contra un objeto es perder contra uno mismo y esa es, si se piensa, la derrota más difícil de asimilar para las personas. No pasó mucho tiempo para que H.H. se acostumbrara a ganar, ni para que la fama de su inusual mecanismo se regara por todo el condado. Jugaba conmigo, al principio, optimizando su rendimiento; pero al poco tiempo llegó a superar incluso mis propias habilidades, que no eran pocas, y ese mismo día, al caer la tarde, traspasamos por fin los confines de la ciudad, pensando que haríamos dinero y que volveríamos más temprano que tarde para echar raíces en ella. En cierto modo no me equivoqué. El sombrero se fue llenando de victorias luminosas y mi trayecto no tardó en alargarse sobre los siguientes ocho condados, como se alarga la reputación de un hombre que carga a cuestas algo más que la propia sombra que abandonó en su tierra.
Una noche llegó a Esmeralda un tipo que decía llamarse Euwe. Yo le tendí la mano en señal de bienvenida y, por la fricción húmeda de sus dedos, supe de inmediato que tendríamos problemas. Tenía un gran bigote rojo saltándole de la cara y, un trato educado que a los pocos minutos, de tan artificial, acababa por resultar incómodo.
–Me han dicho que su mono mecánico es invencible –afirmó, a manera de desafío.
Tenía un séquito más o menos grande y singular: una mujer raquítica, excesivamente maquillada, que lo tomaba del brazo; y, dos enormes negros, vestidos con trajes verdes, que los escoltaban sin ocultar su rudeza.
–Así es –respondí, ignorando el alarde de su saludo–. Y, en lo que mí respecta, ningún mono orgánico ha podido vencerlo hasta ahora.
Euwe sonrió.
–Por eso estoy aquí, caballero.
Deslizó su abrigo y lo dejó flotando sobre la silla. Salvo por una mujer gorda que barría el suelo de los pasillos, él y la comitiva eran los únicos visitantes que todavía permanecían en el hostal.
–Réteme.
La provocación no podía ser más inoportuna. En poco menos de una hora me esperaba una cita con el Dr. Gustav Grumblat. Había reservado una nueva partida con H.H. desde mucho antes de la llegada del invierno, y esperaba que esta vez su juego demostraría algún desperfecto, alguna imperfección en el embuste que suponía mi máquina. La gracia había costado una buena cantidad de billetes, mucho más que la primera vez, de modo que así se lo comuniqué a Euwe. Era difícil arruinar un acuerdo tan jugoso como el que había conseguido con Grumblat, y sabía que sólo tenía esta oportunidad para convencerlo de que el hombre de hojalata no era una superchería más, de aquellas que iba ingeniándoselas el viejo mundo en traernos a esta parte de la tierra. Dije que volveríamos para las once y que, para entonces, tanto el mono mecánico como yo tendríamos el gusto de complacer su solicitud; pero algo en los ojos de Euwe brilló con la obtusa oscuridad de la bravata, mientras metía la mano al bolsillo.
Creí que sacaría un arma, pero sacó en cambio un grueso fajo de billetes, que hizo sonar como si fuera una baraja.
–Usted no me ha entendido bien –dijo Euwe, poniendo el dinero sobre la mesa–. Hice cuatrocientos kilómetros sólo para probarle a esta dama que el verdadero artificio de un hombre no está en imitar la inteligencia sino en ponerla en práctica.
Me fijé entonces en la mujer, el emplasto tibio que abultaba su rostro, empalideciéndola, y supe que era a ella a quien debía temer y no a su partidario ni a sus esbirros.
Sabiéndome acorralado, acepté.
Miré el reloj que descorrí de la manga y supuse con optimismo que en treinta minutos H.H. habría dado cuenta de los alardes de Euwe. Quizá con algo de suerte el Dr. Grumblat aceptaría una excusa. Quizá con un poco de habilidad podríamos sacarle algún provecho a esta escena que ya resultaba molesta. Terminé aceptando que la ocasión podría acabar por ser una buena excusa para dejar la ciudad, algo que hasta entonces no había estado entre mis planes, y que esa noche pareció delinearse con absoluta lógica.
Hice una venia y subí a mi habitación en busca de H.H.
Lo encontré en la sala mirando fijamente a una abeja que tejía formas pentagonales, mientras intentaba atravesar, sin éxito, el vidrio de una de las ventanas.
–Necesito treinta minutos más –dije, esperándolo junto a la puerta–, treinta minutos más, o lo que necesites, antes de jugar con Grumblat. Luego volveremos a casa. Te lo prometo.
Seguir leyendo
* El miércoles la columna de Martín Mauricio.
Poéticas del espacio en la Casa de la Literatura

Hoy se realizará en la Casa de la Literatura la mesa de conferencias titulada “Poéticas del espacio en la literatura peruana y latinoamericana”, dedicada a las relaciones entre la literatura y el espacio urbano y arquitectónico en el Perú y Latinoamérica. El encuentro, que es organizado por la propia Casa y la revista virtual de literatura El Hablador, será a las 5:30 pm.
La mesa estará compuesta por tres ponencias que analizarán, desde distintos puntos de vista, la manera en que la literatura representa los espacios urbanos y arquitectónicos. Christian Elguera presentará la charla “El espacio profano en la narrativa peruana de vanguardia”, en la que se abordará la manera en que los textos de César Vallejo, Alberto Hidalgo y Martín Adán, entre otros, expresan una disidencia frente a la ideología del poder dominante que rige el modus vivendis citadino. A su vez, Félix Terrones presentará “Los espacios marginales en la narrativa latinoamericana: el burdel como tópico de transición hacia una modernidad problemática”, donde se describirá cómo son representadas las ciudades desde estos espacios en obras como Juntacadáveres (1964) de Juan Carlos Onetti, El lugar sin límites (1965) de José Donoso, La casa verde (1965) de Mario Vargas Llosa. Finalmente, Mario Granda presentará “Mitos adversos y espacios solidarios: Lima la horrible de Sebastián Salazar Bondy”, en la que se estudiarán las metáforas pictóricas y espaciales que se encuentran en el libro de Salazar, y la manera en que estas, por un lado, hacen una crítica aquel discurso pasatista sobre la ciudad, y, por otro, se tratan también de salidas que aspiran a la democratización y el acceso del ciudadano a las instituciones mediadoras.
El ingreso será libre.
Playas

Hoy se presenta el último libro de Carlos Calderón Fajardo, titulado Playas. La cita será a las 7 pm en el bar La Noche de Barranco.
No faltar.
Laurel & Machete

Umberto Toso o la realidad virtual
Por: José Carlos Yrigoyen
Que entre los escritores peruanos existe una constante tendencia, muchas veces descarada, a la autopromoción y a la figuración mediática es algo que, creo, ninguno de los lectores de esta columna podrán discutir a estas alturas. Los ejemplos abundan –sobre todo en esa astracanada en que se ha convertido la blogosfera literaria peruana- y en estos años he sido testigo de cómo numerosos poetas se han trepado a todos los coches posibles que los transporten al ansiado reconocimiento principal de sus obras y del presunto talento que en ellas se encierra. No digo que eso esté del todo mal, hasta cierto punto. Creo que es lícito buscar los caminos para que lo que uno hace se haga conocido, y si los vientos son favorables, hasta apreciado, siempre y cuando esos medios empleados se rijan dentro de los límites del respeto, de lo ético y del buen gusto. Cuando estos límites son traspasados el espectáculo ofrecido por el escritor se vuelve indefectiblemente bochornoso, y la polvareda tan calculadamente levantada suele ser efímera, terminando su autor siendo al poco tiempo “de las masas otro más”, como cantaba Héctor Lavoe.
Todo esto viene al caso por un encuentro que tuve hace unos días con un amigo de los años de la universidad. Me preguntó si conocía a un poeta llamado Umberto Toso Gálvez, quien, según mi ex compañero de aulas, había ganado un puñado de premios en España y publicaba constantemente en la Madre Patria. Al igual que usted, querido lector, yo no tenía idea de la existencia de este poeta Toso, y apenas llegué a mi casa me puse a investigar sobre tan misterioso vate. Mis pesquisas dieron con un espécimen cuyas delirantes características lo sitúan, por derecho propio, entre lo más selecto de nuestro folclor lírico. En quince años leyendo e investigando sobre poesía peruana contemporánea me he topado con varios casos involuntariamente cómicos por su ego desmesurado y la constante publicidad de sus logros más imaginarios que reales; pero Umberto Toso ha batido sin duda todos los récords conocidos. Lo que viene a continuación es real, verificable y no tiene ningún ánimo personal en contra del señor Toso, ante quien me quito el sombrero por su inédita capacidad de trasladar el mundo donde vive hacia este pedestre y ordinario donde habitamos todos los demás mortales. Eso sólo lo logran las plumas de los elegidos.
Si escribimos el nombre de Umberto Toso en Google la primera página que encontraremos es la que él mismo se ha creado en Wikipedia. Destaca una foto del poeta y narrador, en la cual se lee la siguiente leyenda: “Umberto Toso durante conferencia de prensa en Osorno, Chile”, aunque lo único que se advierte en la imagen es el señero rostro del poeta tras una ventana, sin periodistas, micrófonos o flashes que avalen su encuentro con la prensa chilena. Comenzaban mis sospechas. En su autobiografía se consigna que Toso es comunicador social y que ha publicado seis poemarios de los que nunca había escuchado hablar, y dos libros de cuentos ídem, los cuales han ganado premios tan universales como el “Charles Baudelaire” o el Premio Centenario “Abraham Valdelomar”. La página de Wikipedia contiene varios links hacia muchas otras páginas que se refieren a Toso y a su obra. En la primera encontramos esta joyita: “Umberto Toso nació en Lima en 1970. Es uno de los escritores peruanos más importantes de todos los tiempos. (…) Su obra poética es considerada como la más importante de la década de los noventa. Sus relatos son casi imperfectibles. ‘La Piba Rusa’, uno de sus cuentos, marcó un hito en la narrativa contemporánea.”. ¿No se convencen todavía del potencial de Mr. Toso? Entonces lean, aparte, este espontáneo resumen de vida: “Reconocido como uno de los poetas más importantes de fines del siglo XX y uno de los mayores cuentistas contemporáneos, Umberto Toso nació en (bla, bla, bla…). En la actualidad, la obra literaria de Umberto Toso es lectura recomendada en varias universidades.” Hasta aquí, Toso ha llegado mínimo a las semifinales de nuestro torneo. Pero todavía falta lo bueno.
Si nuestro autor ya nos ha dado cátedra de cómo hacerse el autobombo más sonoro y desproporcionado sin sonrojarse siquiera, admiremos sus otras artimañas. ¿Qué pasa si este Rimbaud redivivo padece de una intolerable sequía de fanáticos? Pues se los inventa sobre la marcha y con un estilo muy similar al de sus autobiografías. En este inverosímil foro de fans de Umberto Toso aparece una aficionada llamada Marlene Conesa (inexistente en la red con la excepción del referido foro) que en el éxtasis de su admiración inscribe cosas como “Amigos y amigas: difundir la obra de Umberto Toso es una de mis mayores pasiones, que comparto con mi pololo aunque él prefiere sus cuentos que son algo eróticos. No creo que haya poeta más extraordinario que Umberto Toso y dudo que en el futuro lo haya, por eso, fascinada por sus versos y elevada por su pluma, he creado un blog para que todos los que amamos literariamente al poeta peruano coloquemos un poema o una foto (…) que tenga relación con sus versos”. Más adelante Marlene, seguramente muda por la emoción, nos comparte lo siguiente: “Aprovecho esta oportunidad para informar a los miembros de este foro que la Universidad Alas Peruanas publicará en marzo las obras completas de Umberto Toso. El libro, según mis informantes se venderá sólo en Lima, pero contactándose con la universidad podrá ser enviado al resto del planeta”. Luego se nos comunica que el libro ya está agotado, pero Marlene –sacándonos pica- nos dice que tiene ya su ejemplar, “gracias a Dios”.
Pero si ninguno de estos trucos resulta efectivo para el poeta insaciable de reconocimiento y fama, ensáyese el plan máximo de Toso: confeccionar declaraciones y artículos de grandes escritores donde la alabanza hacia su obra es tan desmedida como en los casos anteriores. Veamos lo que dice Mario Benedetti de La Piba Rusa, el primer libro de cuentos de Toso: “La obra de Umberto Toso encuentra un antes y un después de la publicación de La Piba Rusa (1988). Ese cuento significó el paso de ‘un buen escritor peruano’ a uno de los ‘escritores fundamentales del siglo XX’”. Sí, como lo lee. En el mismo lugar donde encontré esta cita consagratoria podemos leer el cuento que según lo expuesto por el buen Mario, es digno de colocarse junto a El Aleph. Y si ya le recreamos unas declaraciones al autor de La Tregua, ¿Por qué no hacerlo con el de La ciudad y los perros? Total, es cosa de muñeca, nada más. En esta página encontramos un artículo de Mario Vargas Llosa, titulado “La revelación poética: Umberto Toso, el arco y la lira”. Es un texto que parece escrito por un Vargas Llosa afectado por la metanfetamina, en el que nuestro escritor más universal pergeña frases como esta: “(Umberto Toso es) el poeta que durante más de dos décadas, desde sus primeros poemas ultraístas hasta los más recientes, escribió y publicó una obra rica y variada, que es referencia indispensable en todas las antologías y estudios de la poesía hispánica de este siglo”. El delirio no termina ahí, pues este sacha Vargas Llosa no tiembla al sentenciar que: “En cuanto a su condición de prosista, desde que publicó en 1990 La Piba Rusa, su primer cuento, hasta sus últimos relatos eróticos, decenas de páginas deliciosas confirman ese reconocimiento que hiciera en su día el propio Toso otorgándole a la prosa la misma importancia que al verso. De ahí, tal vez, que podamos resumir el trabajo literario de Umberto Toso afirmando que para él ‘la poesía es conocimiento, salvación, poder y abandono’, como dice Octavio Paz en la primera línea de su libro El arco y la lira.” Amén.
El caso de Umberto Toso no tiene conclusiones ni moralejas; posee más interés antropológico que literario; es el expediente de un hombre que ha hecho de la mitomanía una herramienta para agenciarse un espacio en la literatura peruana a como dé lugar. Recuerda un poco a Pedro Cordero y Velarde, aquel enloquecido célebre de los años cincuenta que se paseaba en frac por las calles de Lima con una banda presidencial, unas medallas hechas con monedas de a sol y se presentaba a los transeúntes como jefe de estado. Umberto Toso es lo que quizá hubiera sido Cordero y Velarde si este hubiera conocido el mundo del 2.0, que, como ya hemos comprobado, realmente aguanta todo.
Un maricón con huevos enormes

Por: Nicolás Rodríguez Galvis
Lo interesante es que para encontrar a Lemebel hay que saber leer bien.
Un mes en Buenos Aires y descubro en un periódico, digo descubrir porque la nota estaba escondida en las últimas páginas (y escrita con letra de contrato), que Pedro Lemebel daba una conferencia en la ciudad. El bus en el que estaba montado me llevaba a la universidad, donde tenía que cumplir los deberes de todo estudiante de intercambio que se respete. Pero la conferencia era a la misma hora que mi clase de relaciones internacionales. No fue muy dificil tomar la decisión adecuada: boté la clase que tenía por la ventana tras haberla aturdido con un par de certeras patadas en la entrepierna y acudí presto al Centro Cultural San Martín, donde un afiche fosforescente, como el aura de una virgen, anunciaba en negrilla y mayúsculas el título de Narradores de lo urbano, dos puntos, Crónicas de lo ajeno. Uno de los tres narradores era Pedro. Pero claro, la historia, como ha de ser, no comienza acá.
Fue una profesora argentina, exilada en Francia desde que Videla se encaramó en el poder, la primera persona que me habló de Lemebel y de sus crónicas. La presentación fue irresistible. “Es un hombre que resiste”, me dijo, “maquillado con buen gusto y con tacones puntiagudos”. Enseguida me prestó dos de sus libros que desde la lectura de sus títulos, La esquina es mi corazón y De perlas y cicatrices, marcarían mi imaginario y mi realidad. Porque cuando hablamos de Lemebel hablamos de violencia y de pasión, de esquinas donde se sortean cuchillos pero donde también nace el amor, de perlas como sueños de grandeza y de cicatrices que no se borran. Con su lucidez habitual, Nicanor Parra ya había prefigurado todo esto mientras dormía en una silla. Porque queda de manifiesto que las mariposas son flores en movimiento perpetuo, queda de manifiesto que fornicar es un acto literario y, sobre todo, queda de manifiesto que las arrugas no son cicatrices. Las arrugas no son cicatrices. Habría que repetir esta frase todos los días tres veces antes de dormir. Lemebel lo sabe bien, él que afirma que tiene cicatrices de risas en la espalda.
El ambiente en el centro cultural, ni más faltaba, era el propicio. Mientras yo fumaba un cigarrillo, el lugar comenzó a plagarse de exuberantes travestis que, como yo, también fumaban, pero estos, o estas (suele ser complicado escoger el genero adecuado) lo hacían con un estilo mucho más elegante que el mío, lo cual asumí con nobleza y poca perplejidad.
La conferencia comienza, transcurre y Lemebel habla en tercero, es decir en último, como lo hacen los grandes rockeros ya confirmados. Coca-cola light enfrente, abre la boca y el corro de seguidoras/dores, estalla en aplausos y besos sonoros y él, diremos él, Pedro, claro, saluda poniéndose de pie, mostrándonos el vestido sobrio que le llega a las rodillas, la pañoleta negra que le cubre la cabeza, sus manos grandes de uñas largas, sus tacones-aguja-de-seis-centímetros-que-suenan-siempre-tan-lejanos, mandando a su vez besos a diestra y siniestra como toda reina de la noche que se respete. Pedro abrió la boca, su tan recorrida boca –¿en qué recoveco sexual y político no se abrá metido esa boca de labios finos?– y de ahí en adelante todo fue memorable.
Leyó dos crónicas, crónicas de lo absurdo se me antoja decir, pero que son tan irremediablemente reales. Lo primero que dijo, todo el munbdo expectante, fue: “Ay, ¿podemos empezar en un momento? Es que estoy que me meo”. (Risas y más besos). Mucha Coca-cola light, presumo mientras el silencio empieza a aparecer. Pedro va a hablar del gay town de Santiago, sí, de Santiago, una ciudad que se cree Manhattan (San-hattan, intenta) pero donde no se habla del aborto así el presidente de Chile sea una presidenta. “Yo vivía en un barrio pobre”, comienza, “pero esta es la historia de cuando el maricón del tercer piso le dió una estrella al pueblo y volviéndose famoso pudo mudarse al Gaaaaay Taaaauuuuuuun”. Sobra decir que su acento es fantástico. Chileno arrastrado con el ritmo del travesti de Todo sobre mi madre. Su intervención es de otro planeta, un planeta donde se mezclan ironía, humor, dolor y alegría. Un planeta que desagrada de sobremanera a más de una esbelta setentona porteña recubierta de piel de bebé de foca que se para indignada de la sala y se va intentando olvidar las verdades que Lemebel transmite.
El viaje ha sido largo y duro para Lemebel. Es muy jodido ser pobre y maricón en Chile, en Latinoamérica, donde los machitos de cada esquina son reyes, matones de barrio y dictadores. Es muy jodido ser pobre y maricón y de izquierda bajo la dictadura, pero la dictadura pasa, así los milicos (con socialismo y todo) sigan, pero el ser pobre y maricón no. Pero Lemebel no calla y no olvida. Durante los años de la dictadura, momento en que lo escrito está más que controlado (perdonen el eufemismo), Lemebel crea el grupo de performance artístico Las Yeguas del Apocalipsis y le da una oralidad a su escritura contestataria. Roberto Bolaño, que más que ser su amigo fue su admirador, escribió sobre las Yeguas: “Las Yeguas eran, antes que nada, dos homosexuales pobres, lo que en un país homofóbico y jerarquizado (en donde ser pobre es una vergüenza, y pobre y artista un delito) constituía casi una invitación a ser pasado por las armas en todos los sentidos. Una buena parte del honor de la República Real y de la República de las Letras fue salvado por las Yeguas”. Después de las Yeguas, Lemebel vuelve a escribir. No escribe poesía pero su precisión, su sentido agudo del ritmo y su capacidad de mirar de frente al abismo nos indican que sí escribe poesía y profundidad. Lemebel, ese maricón con huevos enormes.
Su segunda crónica, “Eres mio, niña”, es aún más percutante que la primera. Se oye en los altavoces del anfiteatro el beat de un rap y salta Pedro a contar una historia eroticómica de cómo se hizo amante de un rapero de diecinueve años con un miembro de veintitantos centímetros. Los fluidos vienen y van a ritmo de beatbox mientras el deseo y lo urbano se toman la sala y la narración se hace hipnótica entre desparpajos de risa, sexo (penetración, saliva, amor), calles, noches y fantástica literatura. No es sólo meterlo y sacarlo y sacarlo y meterlo, aunque se saca y se mete y se mete se saca, se habla de ternura, compañeros, del cariño que rompe hasta las corazas más duras. Un mar de aplausos irrumpe en el auditorio cuando Pedro acaba y mandando una vez más sus besos de reina de la noche vuelta a coronar sale corriendo a mear.
Al final del encuentro, todavía aturdido de emoción, me quedé esperando a que sus fans, sus groupies (porque lo son, en lo más freak del término) y los entrevistadores fantasma le dieran un segundo de libertad. Mientra esperaba, pensé en los momentos que su lectura había grabado con hierro en mi memoria. Una imagen: Un perro agoniza de frio en la noche invernal. Un hombre vestido de mujer lo masturba lentamente mientras le soba el cuello. El hombre vestido de mujer lo cubre con su abrigo y se va. Una imagen: Tras años de espera Lemebel va a hablar con Silvio Rodríguez, ídolo de su resistencia, hombre de letras de canciones que agregan valor a la falta de esperanza, y Silvio Rodríguez lo desprecia por maricón. El retrato de un símbolo que cae de forma vertiginosa para romperse en mil pedazos que se transforman en la imagen de un sidario cubano, tal vez el mismo que casi destruye a Reinaldo Arenas. Una imagen: Altas horas de la noche. Santiago iluminado por postes de luz gastados. Lemebel espero un taxi en el andén. Un hombre se le acerca, plata, no, sale el cuchillo. Lemebel no corre, el miedo se le ha pasado con los años, sus tacones muy altos, espera, observa. Intenta negociar. El atracador reconoce su voz. Eres el weón de las crónicas de la radio, le dice. Te oíamos todos los días en la cárcel. Guarda su puñal y abraza a Lemebel con fuerza. Yo leo lo sucedido en una crónica que Lemebel escribe para la radio y dedica a ese hombre de la noche.
Le hablo entonces a Lemebel. Me hace preguntas, me pregunta de dónde vengo y me habla de Bogotá. Pedro se sienta de repente, mientras charlamos, en un sofá de tercipelo rojo que sale de la nada, como si su presencia lo hubiera atraido de repente. Yo hablaba en cuclillas y él me cogió una mano con su mano izquierda y me carició el antebrazo con su mano derecha. Me miraba intensamente con sus ojos delineados, con sus pestañas revloneadas, y le hablé sintiendo que me acariciaba una amiga, una mujer a la que le gusto, la abuela que nunca conocí, y seguí hablando (Pedro preguntaba y escuchaba con una delicadeza implacable) sintiendo sus yemas tan suaves que sin darme cuenta me erizaban los pelos y él me habló de viajes y de la importancia de la oscuridad y de los ojos abiertos y de mi pelo tan negro y rizado y de la necesidad de, siempre, fatigar a los andenes. Hablamos de libros y de Chile y entonces de Parra, de Lihn y de Bolaño y recordé de repente que en mi mochila estaban Los detectives salvajes que yo anadaba releyendo por esos días. Se lo dije y él me pidió el libro, me lo arrebató de las manos con cariño (y yo, absurda y logicamente seguí sintiendo sus caricias) y sacó un esfero de su escote (recatadísimo, por cierto) y me dedicó, dos puntos, “Robert me dijo, Pedro, tú eres el Condorito gay, Para Nicolás de este corazón desvencijado”.
Me entregó el libro y sonreí. Hubiera querido poder hacer algo más para demostrar mi felicidad, pero mi cuerpo en estos casos es limitado e intenté estupidamente estrecharle la mano. El me miró no creyéndolo, o incluso sin darse cuenta, y me abrazó y me besó en las dos mejillas. Pensé que era una lástima ser heterosexual.
El poeta Enrique Lihn escribió: “porque escribí porque escribí estoy vivo”. Esta frase, hermosa, puede que en el caso de Lemebel no sea totalmente cierta, su vida estando tan llena de lágrimas de rabia, alegría y tristeza. Lo que sí es cierto es que porque Lemebel escribió, y escribe, nosotros vivimos más, miramos las nubes con otros ojos. Su lectura nos hace más reales.
Leer también en la revista El Hablador