Una noche inconclusa con Blanca Varela
Thursday March 18th 2010, 11:43 pm
Filed under: Debate, Homenaje, Publicaciones

blancavarela copia

Por: Rómulo Torre Toro

Abancay era un infierno el último viernes. Como casi todos los viernes, aunque me pareció que éste muy particularmente. Era un infierno que fue asumido no bajo los mecanismos acostumbrados (una mala vida, un juez inapelable, un castigo eterno), sino por propia voluntad, por el inapreciable derecho a decidir. Entonces corrijo: Abancay era el infierno que yo quise. Y lo quise porque prometía, también contra la costumbre, la aproximación a la vida y a la obra de una poeta muy estimada, muy querida. Preciso: algo similar a lo que sucedía con los cruzados al ingresar a Jerusalén. De este modo tenemos la figura muy clara: llegar al homenaje a Blanca Varela, realizada en la Casa de la Literatura, el último viernes 12 de marzo, fue un sacrificio por la fe. Sacrificios que, por cierto, habitualmente realizamos.

Luego de caminar algunas cuadras para llegar, finalmente, a la vieja Estación de Desamparados, encontré ciertas caras conocidas. Una me llamó la atención. Un rostro femenino que participaba en el homenaje. Era, lógicamente, el de Blanca Varela. Como dije, llegué tarde para la primera mesa, pero alcancé a ver el cortometraje en el que participa la poeta. De todos modos, supe que habían estado Jesús Zavala y Benjamín Sandoval, amigos de San Marcos, junto a otros dos ponentes, disertando sobre algunos tópicos de la poesía de Varela. La cantidad de personas en la proyección de Esta pared no es medianera, me sorprendió: muy raras veces había visto a más de diez en el auditorio de la Casa de la Literatura. Raras veces, lo que realmente quiere decir nunca. Así que el cortometraje fue, digamos, un éxito. Uno bien merecido.

A continuación vino una mesa bastante irregular. Explico: una mesa en la que las diferencias entre los ponentes no pudieron ser más evidentes. Por un lado, estuvo Alberto Valdivia; y por el otro, Óscar Limache. El primero demostró una seriedad y una rigurosidad incuestionables. Su intervención, por lo menos, daba pie a la reflexión entre los asistentes. A grandes rasgos, mencionó que la poesía de Varela representa un ascenso en la conciencia del yo poético dentro de la realidad que se le presenta. Que este yo poético re-construye su realidad, la recompone. La segunda intervención fue, por el contrario, bastante pobre y carente de agudeza. Limache no dijo nada concreto acerca de nada. Hizo referencia a anécdotas conocidas, como el origen del título Ese puerto existe, explicó también qué sugería y qué interpretaciones podíamos darle. Luego leyó un par de poemas y continuó hablando sobre lo que significaban para sus alumnos secundarios. Algunos pueden creer que todo esto también es válido. Sin embargo, si lo que buscaba realizar el ponente Limache era un examen de las repercusiones en la vida cotidiana de una persona cualquiera, o un grupo de personas, que leen un poema de la autora homenajeada, falló. Pareció más una improvisación, un intento, tal vez desesperado, por cumplir con un compromiso.

Retomo en este punto lo que anoté más arriba. La fe nos mueve a sacrificios que de otro modo no realizaríamos. Nos impulsa a actuar de maneras que muchos considerarían inútil, digamos irracional. Pero lo hacemos porque esperamos de estos esfuerzos una recompensa plena, absoluta. Lamentablemente, el absoluto no existe. Y si existe, como la sospecha de Paz respecto al puerto de Varela, debe ser en la imaginación de los creyentes. Quizá por eso me molestó la segunda mesa a la que me acabo de referir. Entonces corrijo: todo puede ser válido, depende de cómo se entienda y cómo se vea.

Recapitulemos. Llegué tarde, alcancé a ver el cortometraje y escuché una mesa. Al terminar, se anunció un breve receso de diez minutos. Para mi buena suerte ya tenía a mi lado a una compañera. La soledad en un lugar lleno de personas puede verse como un síntoma de perturbación. Inmediatamente llegaron dos más. Los rumores aumentaban y la gran mayoría de los asistentes estiraba sus brazos y piernas y se ponía de pie mirando a todas partes. Entonces se anunció la siguiente mesa. En esos momentos algunos ya caminaban de un lado a otro tratando de establecer el contacto deseado con el ponente favorito o el conocido bien relacionado. Espero de todo corazón que lo hayan logrado.

Minutos más tarde se anunció el fin del intermedio. Un Camilo Fernández Cózman sonriente, cordial, hizo su aparición. Después de escuchar durante diez minutos su hoja de vida, empezó con la lectura del estudioEstructuras figurativas en la poesía de Blanca Varela“. Era la intervención más ambiciosa de todas. Fernández Cózman ensayó una periodización de la obra poética de Varela en tres períodos, lo que me hizo recordar un poco a la lógica dialéctica de tesis, antítesis y síntesis. Pero eso no viene al caso. Lo que sí importa es lo que dijo el ponente. A continuación, hizo un análisis de las figuras en dos poemas, “Fútbol” y “Canto villano”, y lo puso en relación a lo que llamamos comúnmente visión de mundo. Luego de un tiempo prudente, se quedó en silencio y entonces todos supimos que había terminado. Aplausos.

Entonces, entre los aplausos, yo me sumé al grupo de los que buscaban conversar con los participantes de las mesas. Busqué a Fernández Cózman y conversamos acerca de cosas que tampoco vienen al caso. Preciso: no pasó nada extraordinario, nada que en cualquier otro evento no pasa. Al terminar de hablar con el profesor sanmarquino, entré al auditorio, me senté y me di cuenta, absurdamente, de que no había realizado ciertos deberes impostergables para el día siguiente. Algo que puede ser para unos, urgente; y, para otros, tonto. Entonces ejerciendo el derecho de elección –y sintiéndome un poco como Limache– me encaminé a cumplir con mis otras (y tal vez tontas) responsabilidades.



Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura
Thursday March 18th 2010, 1:07 am
Filed under: Presentaciones, Publicaciones

vargas llosa manos

Por: Francisco Ángeles

La pantalla en medio de la pared blanca concentra todas las miradas, y en respuesta ofrece una imagen multiplicada, manchitas de colores que anuncian que a continuación llegará algo importante, algo que es necesario remarcar. Y luego las manchitas se van precisando y del corazón de las luces difuminadas emerge, grave, serio, elegante, un viejito con el pelo blanco y alisado que avanza hacia el centro de un escenario.

Ya va a empezar, dice alguien.

Todos cogemos una botella de cerveza y la llevamos a los labios. Siempre ha sido igual, siempre desde hace diez o tal vez quince años, desde esa época en que todavía estudiábamos literatura y todavía escribíamos y todavía pensábamos que alguna vez publicaríamos libros y tendríamos éxito y que la fama, el prestigio y el dinero nos alcanzarían como si así hubiese estado estampado en nuestros genes incluso antes de la concepción. Pero lo cierto es que nada de eso había llegado. Y ahora que los viejos proyectos estaban enterrados, olvidados sin resignación ni culpa ni dolor, ahora que el fracaso no solo era una realidad sino que no se sentía como tal, de esa época remota solo nos quedaban esas reuniones en casa de cualquiera de nosotros, una vez al año, el primer o segundo jueves de octubre. Año tras año, a partir de las diez de la noche, los siete u ocho de toda la vida llegábamos con botellas de vodka, quesos y cervezas, el anfitrión de turno encendía la pantalla con mucha ceremonia y, como si fuera un partido de fútbol, nos sentábamos a mirar la transmisión de la ceremonia de entrega del premio Nobel. En los inicios, lejanos como niebla lejanos como el sol, íbamos con un entusiasmo furioso, todos uniformados con una camiseta blanca que, en el centro del pecho, lucía el rostro inacabable el rostro triunfador del patriarca de las letras nacionales, sonriente, ganador, acaso un poco cachaciento. Pero además llevábamos gorritos en la cabeza, pitos en la boca, serpentina en los bolsillos y cuando el viejito de pelo blanco y alisado surgía en la pantalla, los siete u ocho de toda la vida, muy cojudos muy idiotas, nos poníamos a arengar a viva voz al que esa noche podría coronarse. Pero con los años esas reuniones devinieron en encuentros intercambiables en encuentros monótonos, reencuentros a la vez que despedidas transitorias, todas iguales, solo cambiaban nuestras caras más abajo o nuestro peso desparramado hacia los lados, y quizá también un desencanto mayor con las cosas, una molestia casi imperceptible, capaz de ocultarse en los pliegues de una oscuridad que no llegaba a ser amarga. Ya nadie lloraba ya nadie gemía ya nadie quedaba al borde de la desesperación como solía suceder diez años atrás cuando, en medio de una borrachera de rutina, el alcohol lo empujaba a atisbar por primera vez que acaso todo lo que imaginaba para su vida nunca llegaría a cumplirse.

Pero todo eso, como veníamos diciendo, ya había quedado atrás. Y ahí estábamos muy tranquilos, sentados en los sillones rojos de la sala, mirando la pantalla mientras se acercaba el momento que esperábamos, el único que nos interesaba, el momento en que el nombre del nuevo ganador de Literatura fuera pronunciado. Y siempre teníamos la esperanza de que por fin el nombre elegante y sonoro de Mario Vargas Llosa fuera el que surgiera nítido de la garganta escandinava del viejito de pelo blanco y alisado. Y entonces sería el momento de saltar y abrazarnos y de hacer barras tribuneras y después ya veríamos qué hacer. Como sea, eso nunca ocurría y nosotros repetíamos las conversaciones del año anterior, siempre iguales mientras el viejito pronunciaba sin gestos el nombre del ganador (pasaron Coetzee, Le Clezio, Naipaul y tantos otros que nunca habíamos leído o de los que llanamente nunca habíamos escuchado hablar) y, después de maldecir un rato, cada vez con menos ganas, cada vez con menos convicción, volvíamos otra vez a que en Estocolmo flameaba una bandera roja al compás de un viento que parecía tornado que parecía marea, o al puño violento estrellándose contra el cráneo imaginativo de García Márquez, o a la negativa de un treintañero Vargas Llosa a entregar a la revolución la plata que se llevó al bolsillo cuando le dieron el Rómulo Gallegos, anécdotas que todos conocíamos pero que siempre alguien volvía a contar, tal vez porque era lo único que nos quedaba de nuestro pasado en común y porque fuera de ello no teníamos nada más que decirnos.  

Y mientras estábamos en esas, el viejito de pelo blanco y alisado, el esmoquin impecable ajustado a su delgado cuerpo, se esmeraba en las palabras protocolares, y nosotros, detenidos en el tiempo y con el cansancio de la reiteración y de nuestros cuerpos que pasaban los treinta años, tomando cerveza y esperando una vez más la derrota, la derrota renovada y la promesa de volver a encontrarnos un año después, de volver a encontrarnos aunque en el fondo de nuestra alma en el fondo de nuestro corazón ya no nos interesaba si Vargas Llosa ganaba el premio o, más allá, ya no nos interesaba la literatura y tampoco nos interesábamos nosotros mismos, tanto tiempo había pasado. Pero necesitábamos, sí, algo a qué aferrarnos. Más precisamente, necesitábamos pensar que no nos habíamos equivocado al claudicar tanta vida tanta juventud dedicadas a llenar cartillas con alientos de ficción, sentir que de algo había servido, que seguíamos siendo hinchas del mayor escritor, del único, del sobrehumano, de ese tipo insano que escribía en los periódicos a los catorce, presentaba obras de teatro a los dieciséis, que a los treinta y dos, la misma edad que todos rondábamos, tenía no solo dos hijos y tres trabajos, sino tres novelas que en conjunto bordeaban las dos mil páginas, había ganado premios internacionales y tenía una obra muy superior a la de cualquier otro iluso que pretendiera sentarse ante el papel y hacer algo grande. Y que ya lo había hecho todo y clausurado la narrativa peruana por al menos unos doscientos años, y quienes a pesar de todo quisieran seguir intentándolo se verían obligados a imitarlo o a balbucear algo que pretendía vanamente demostrar que se podía hacer otra cosa, que era posible un post Vargas Llosa. Esperábamos, en fin, que el nombre de ese anormal, de ese enfermo, de esa conjunción de factores inusuales sonara como ganador, y entonces todas nuestras horas por ahora desperdiciadas, esas que de jóvenes habíamos pasado imitándolo, pensando inocentemente algún día ser como él, de alguna manera se verían reivindicadas, aunque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de explicar la conexión entre uno y otro evento.

Me tinca que este año sí la hacemos, dice alguien.
Ojalá, compadre. Aunque todos los años dices lo mismo.
Y además sería un poco injusto, ¿no? Después de publicar esas últimas novelas, ya no sé si lo merece.
Ya discutimos eso el año pasado.
Ya discutimos todo el año pasado.
Y los anteriores.
Sí, está bien, pero no hay que perder de vista que Vargas Llosa sigue siendo igual de moderno. O sea, ni siquiera fuma el huevón. Diferencia con Ribeyro, que se quedó atrás en su literatura y en su imagen: en todas las fotos sale fumando. Parece anacrónico, antiguo, ya no va con los tiempos.
Puede ser, pero más moderno que los dos juntos es Fujimori. Aunque esté preso, ese es el más moderno…
No hables huevadas…
No son huevadas. El Chino tuvo impacto en la literatura de nuestra generación, aunque no haya escrito y seguramente tampoco leído un solo libro de literatura. ¿Dónde crees que quedó toda esa retórica antipolítica que usó en su campaña del 90, todo ese verso contra los partidos tradicionales? Todo eso caló, dejó huella…
Yo estoy contigo, dice otro. Salud…
Hablo en serio. El Chino llegó en el momento preciso para decir ya no hay ideología y, pendejo, lo transformó en esa huevada de los partidos tradicionales. Nadie quiso saber nunca más de política. Ni siquiera para escribir…
Chévere. Ahí se acabó el realismo y todos empezamos a escribir como Bellatin…
No, Bellatin todavía no escribía. En todo caso Bellatin empezó a escribir como Bellatin…
Esperen. A lo que yo iba es que cuando el Chino le gana las elecciones a Vargas Llosa se produce un cambio en todos los niveles, incluido el literario…
Puta madre, ahora vas a decir que fue una victoria metafórica, una victoria que en el fondo es literaria. ¿No estamos ya demasiado viejos para seguir buscando metáforas o símbolos por todos lados?
No sé si metafórica, pero lo cierto es que desde ahí ya nadie escribe realismo. Nadie que escriba en serio, al menos. Chau política, chau realismo. Ahí está la mano del Chino…
Yo lo veo como una cosa mundial, la caída del muro de Berlín un año antes. Y también eso de la Generación X, el descreimiento…
No, pues. ¿Quién sabía algo de la Generación X en el Perú en 1990? En cambio el Chino sí estaba, lo veíamos todo el tiempo. Debatió con Vargas Llosa y le quitó el Llosa y solo le decía candidato Mario Vargas para que suene a hijo de vecino. Conocía de estilística el huevón…
Y otra cosa es que el Chino implantó eso de que cualquiera puede ser presidente. Un chinito con su tractor, un NN, un nadie le puede ganar a Vargas Llosa, puede ser más importante que Vargas Llosa. Y de ahí todo se abrió, cualquiera puede ser ministro, congresista, alcalde. Susy Díaz, por ejemplo. Se supone que se democratizaba la huevada, igual que ahora con las editoriales independientes y los blogs. Cualquiera es crítico, cualquiera es escritor. Un visionario el Chino…
Ya, ya, mejor cállense… esto está por empezar…
No creo. Mejor me voy a comprar unos cigarros. ¿Quién me acompaña?

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La escritura de Blanca Varela
Wednesday March 10th 2010, 1:44 pm
Filed under: Presentaciones, Publicaciones

blanca varela 

Cuando la escritura es capaz de convertirse en una explosión de revelaciones, en el prisma más sincero, se asume como subversiva y profana. En ese sentido, la escritura de Blanca Varela nos enfrenta a un magma de angustia, ajeno y tan nuestro, capaz de colocarnos ante un abismo. Desacralización es como nosotros consideramos este proceso que permite develar, desmitificar y conocernos profundamente.

Varela había sentenciado que “la poesía es imperfecta”, en lo cual se reconocía que dicha imperfección partía de la condición humana. Así, la poeta nos dice: “sí señores / este es otro día inevitable / en que me aliento de lo inexacto”. Y en esa contradicción Varela hallaba el sino de la vida como una especie de reconocimiento catártico, proteico y mundano.

Se trata pues de una poesía del sumergimiento en “aguas negras”, como diría Grecia Cáceres, de las cuales, no sin dosis de dolor, emerge el poema y el placer de la lectura. Los mejores ejemplos de este poder se expresan en la colección “Ojos de ver” (Canto villano) y en el Libro de barro, donde la brevedad de los poemas es vehículo de un súbito remecimiento: incógnita, aforística, que encierra en su silencio una verdad que se sabe relativa, contradictoria y demasiado humana.

Por ello, nuestra revista viene organizando un encuentro que rescata la obra de Blanca Varela, que se efectuará el viernes 12 de marzo en la Estación Desamparados, sede de la Casa de la Literatura (centro de Lima), desde las 4:00 p.m. Participarán en esta conversación: Lourdes Rojas, Jesús Zavala, Nils Quispe, Alberto Valdivia, Christian Elguera, Óscar Limache, Camilo Fernández, Luis Fernando Chueca, Rocío Silva Santisteban y Mariella Dreyfus. A partir de sus lecturas y testimonios se buscará exponer la riqueza de otredades y sombras de esta obra poética, considerada no sólo una de las mejores de la Generación del 50, sino también de la literatura hispanoamericana y universal.

El ingreso es libre. 



JALLA 2010
Tuesday March 02nd 2010, 10:35 am
Filed under: Hablablog, Publicaciones

jalla 2010

Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana (JALLA 2010)

2 al 6 de agosto del 2010

Instituto de Letras de la Universidad Federal Fluminense, Niterói, Brasil 

La Asociación Internacional de Peruanistas

y la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana

CONVOCAN AL SIMPOSIO

“Representaciones culturales y literarias de la Amazonía”

Uno de los grandes temas que se discutirá en JALLA 2010 es “América Latina, integración e interlocución”. Con el fin de abrir un diálogo sobre el estado de la Amazonía, la Asociación Internacional de Peruanistas y la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana están organizando un simposio que se ocupará de analizar las representaciones culturales y literarias de la selva amazónica. La Amazonía es una vasta región compartida por ocho países (Brasil, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Surinam, Guyana y Colombia) con una población multiétnica, multilingüe y multicultural. En el caso de la Amazonía peruana, cuenta, por ejemplo, con los pueblos Asháninka, Machiguenga, Shipibo y Awajun entre muchos otros, constituyendo por lo menos diecisiete familias lingüísticas y más de cuarenta lenguas. La variedad no es menor en Brasil y los demás países colindantes. Por siglos, este inmenso territorio y sus habitantes han sido vistos como objeto de exploración y, ajenos al estado, desprovistos de toda protección. Al mismo tiempo, muchos consideran a la Amazonía un lugar enigmático y paradisiaco y a la vez peligroso y seductor, como un mundo virgen con una rica fuente natural para explotar. Como tal, ha sido objeto de múltiples guerras, exploraciones y expoliaciones hasta nuestros días. Asimismo, un gran número de  cronistas, viajeros, narradores, poetas y artistas se han inspirado en su historia y realidad para representarla. El propósito de este simposio es, pues, analizar las diversas manifestaciones culturales que se han producido a través de los siglos desde y sobre la Amazonía. En este sentido, invitamos a la comunidad académica a que envíen ensayos sobre los siguientes temas:

1)    El espacio amazónico en la literatura y cultura: textos coloniales, relatos de viajes, novelas, ensayos, cuentos, poesía, teatro, cine, performance.

2)    Dinámicas de las miradas de la selva:

        a) La selva vista desde afuera (la selva vista desde una perspectiva ajena -exterior-  a la misma, y sus plasmaciones de la otredad).

        b) La selva vista desde adentro (la selva configurada por una mirada “interior” a la misma, miradas centradas o descentradas).

        c) Las miradas de género (la feminización/masculinización del espacio).

3)    Mitos, canciones, ikaros y relatos orales amazónicos.

4)    Discursos políticos.

5)    Proyectos, utopías y distopías, programas expresados sobre la Amazonía.

6)   Autores, corrientes, continuidades y discontinuidades sobre la Amazonía en tanto objeto de estudio y representación.

Se convoca a investigadores de la literatura y cultura latinoamericanas a participar en el Simposio “Representaciones  culturales y literarias de la Amazonía” en todas las disciplinas humanas y sociales que estudien la región. Los interesados en participar deben enviar (en español o portugués) el título y una sumilla (extensión máxima 200 palabras) de la ponencia (máximo 20 minutos) a presentar.

La fecha límite de envío es el 22 de marzo del 2010. El Comité Científico revisará las propuestas y seleccionará aquellas que sirvan para organizar paneles multidisciplinarios. Se comunicarán las decisiones a más tardar el 29 de marzo del 2010.

Los envíos deberán hacerse por vía electrónica a la siguiente dirección: aip.congresos@gmail.com

Las ponencias seleccionadas deberán entregarse luego del simposio en formato de artículo para su publicación en un número especial de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, editada en la Universidad de Tufts, Estados Unidos.

Esperamos contar con su interés y apoyo en este importante evento dedicado al estudio de la Amazonía.

Atentamente,

Comité Científico

Dr. Rocío Ferreira, Universidad de DePaul.

Dr. Giancarla DiLaura,  Universidad de Prairie View A & M.

Dr. Isabel Quintana, Conicet (Consejo Nacional de Investigación Científica, Educativa y Tecnológica), Universidad de Buenos Aires.

Dr. Paul Firbas, Universidad de Stony Brook (SUNY).

Por la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Dr. José Antonio Mazzotti (Universidad de Tufts)



Creación Literaria
Monday March 01st 2010, 1:49 am
Filed under: Publicaciones

Hace un par de semanas se empezó a postear algunos artículos del último número de El Hablador. En principio, esa era la idea: publicar en el blog una parte de dichos textos para que el público pudiera comentarlos. Sin embargo, tras algunas sugerencias, a partir de hoy se hará lo mismo con la sección de creación literaria. Así, en los siguientes días se postearán dos cuentos, además de la columna y la reseña correspondientes a esta semana.

hojalata

Oz 

Por: Carlos Yushimito del Valle

“Ese último nervio tuyo tan fino / que se hace alma”
El otro Asterión, José Watanabe

Para Micaela Chirif

 

El hombre de hojalata ha hecho crujir sus viejas articulaciones para que yo pueda oírlas. Es un sonido semejante a romper nueces con una tenaza o con dientes igualmente enérgicos. Antes lo hacía con frecuencia: me refiero a que cascaba frutos secos, no sólo nueces, y me daba la mejor parte de la pulpa recién partida para que yo pudiera comerla. Pero llegó un tiempo en que no lo hizo más. Dejó de hacerlo, y yo me resigné a que las nueces y los frutos secos ya no formaran parte de mi dieta. Ahora sólo imita el ruido de aquellos tiempos cada vez que su duro cuerpo de latón es incapaz de exagerar; y a mitad de cualquier noche o día, el crujido de sus coyunturas se le quiebra como una bisagra de cosa vieja y gastada que no termina por cerrarse nunca.

–¿Qué pasa? –le pregunto.

A un lado del comedor lo encuentro atareado, flexionando su brazo de arriba abajo, como si, de un momento a otro, esperara sacar agua de algún pozo invisible. Hace treinta minutos que lo oigo trajinar. Y lo único que ha logrado hasta ahora es que yo abandone, impaciente, la lectura del diario, y que su voz acabe por derramarse como una resonancia hueca que, en otra ocasión, incluso, yo mismo hubiera calificado de triste.

–Me parece que algo anda mal conmigo –dice H.H.

Verlo manipular así su burda osamenta artificial me resulta penoso; pero no se lo digo.

–Es normal que pase –lo tranquilizo–. Tarde o temprano también tenía que sucederte.

–¿Qué cosa, Harumi?

–Envejecer.

El hombre de hojalata mueve la cabeza, negando, enfáticamente.

–Creo que me estoy oxidando.

Y para evidenciar lo dicho, mueve otra vez los pernos de sus antebrazos y los oye rechinar agudamente, una, dos, tres veces, antes de detenerse. Ahora no cabe duda. Hace lo mismo con el resto de su cuerpo, y al rato concluimos que las cosas no parecen lucir mejor que antes.

–¿Será así la muerte?

–No lo sé –le digo.

–¿Cómo que no lo sabes? –dice él, regañándome–. Se supone que todo lo sabes.

Hace mucho que sostuvimos esta conversación; creo recordarla. Pero ahora estoy exhausto y viejo y comprendo que nunca acabará de creer lo que yo le diga, no importa cuántas veces se lo repita. Pronto tampoco lo creeré yo mismo: habré olvidado, acaso, todo lo que le dije alguna vez. Esa es la verdad de esta historia.

–No lo sé –repito, avergonzado, y vuelvo al diario.

–Pues deberías –concluye.

Y, como si no me hubiera oído, sigue haciendo sonar sus viejas vértebras de lata, sólo para hacerme rabiar.

* * *

Hubo un tiempo en que H.H. y yo fuimos objeto de atención. Teníamos un pasatiempo rentable que nos permitía viajar por Ciudad Esmeralda, haciendo alarde de cierta fama de imbatibles. El hombre de hojalata jugaba al ajedrez y yo retaba a los que pudieran hacerlo, desplegaba una silla y me sentaba en mitad de una plaza, acomodaba las piezas sobre una mesita ajedrezada y esperaba a que alguien, no importaba quien, rellenara el gran sombrero de copa que había pertenecido a mi bisabuelo y que ahora servía para legitimar cualquier apuesta que llegara. No faltaron nunca reñidores ni pendencieros. Quiero decir, lo que uno espera que haya en cualquier ciudad. Hace mucho que los caballeros dejaron de jugar al ajedrez para dedicarse a oficios más rentables, por lo que no fue con ellos, finalmente, con quienes debimos lidiar una vez que salimos a la calle. Hay una vaga jactancia en el ser humano que le hace imposible aceptar la derrota frente a cualquier artefacto. Perder contra un objeto es perder contra uno mismo y esa es, si se piensa, la derrota más difícil de asimilar para las personas. No pasó mucho tiempo para que H.H. se acostumbrara a ganar, ni para que la fama de su inusual mecanismo se regara por todo el condado. Jugaba conmigo, al principio, optimizando su rendimiento; pero al poco tiempo llegó a superar incluso mis propias habilidades, que no eran pocas, y ese mismo día, al caer la tarde, traspasamos por fin los confines de la ciudad, pensando que haríamos dinero y que volveríamos más temprano que tarde para echar raíces en ella. En cierto modo no me equivoqué. El sombrero se fue llenando de victorias luminosas y mi trayecto no tardó en alargarse sobre los siguientes ocho condados, como se alarga la reputación de un hombre que carga a cuestas algo más que la propia sombra que abandonó en su tierra.

Una noche llegó a Esmeralda un tipo que decía llamarse Euwe. Yo le tendí la mano en señal de bienvenida y, por la fricción húmeda de sus dedos, supe de inmediato que tendríamos problemas. Tenía un gran bigote rojo saltándole de la cara y, un trato educado que a los pocos minutos, de tan artificial, acababa por resultar incómodo.

–Me han dicho que su mono mecánico es invencible –afirmó, a manera de desafío.

Tenía un séquito más o menos grande y singular: una mujer raquítica, excesivamente maquillada, que lo tomaba del brazo; y, dos enormes negros, vestidos con trajes verdes, que los escoltaban sin ocultar su rudeza.

–Así es –respondí, ignorando el alarde de su saludo–. Y, en lo que mí respecta, ningún mono orgánico ha podido vencerlo hasta ahora.

Euwe sonrió.

–Por eso estoy aquí, caballero.

Deslizó su abrigo y lo dejó flotando sobre la silla. Salvo por una mujer gorda que barría el suelo de los pasillos, él y la comitiva eran los únicos visitantes que todavía permanecían en el hostal.

–Réteme.

La provocación no podía ser más inoportuna. En poco menos de una hora me esperaba una cita con el Dr. Gustav Grumblat. Había reservado una nueva partida con H.H. desde mucho antes de la llegada del invierno, y esperaba que esta vez su juego demostraría algún desperfecto, alguna imperfección en el embuste que suponía mi máquina. La gracia había costado una buena cantidad de billetes, mucho más que la primera vez, de modo que así se lo comuniqué a Euwe. Era difícil arruinar un acuerdo tan jugoso como el que había conseguido con Grumblat, y sabía que sólo tenía esta oportunidad para convencerlo de que el hombre de hojalata no era una superchería más, de aquellas que iba ingeniándoselas el viejo mundo en traernos a esta parte de la tierra. Dije que volveríamos para las once y que, para entonces, tanto el mono mecánico como yo tendríamos el gusto de complacer su solicitud; pero algo en los ojos de Euwe brilló con la obtusa oscuridad de la bravata, mientras metía la mano al bolsillo.

Creí que sacaría un arma, pero sacó en cambio un grueso fajo de billetes, que hizo sonar como si fuera una baraja.

–Usted no me ha entendido bien –dijo Euwe, poniendo el dinero sobre la mesa–. Hice cuatrocientos kilómetros sólo para probarle a esta dama que el verdadero artificio de un hombre no está en imitar la inteligencia sino en ponerla en práctica.

Me fijé entonces en la mujer, el emplasto tibio que abultaba su rostro, empalideciéndola, y supe que era a ella a quien debía temer y no a su partidario ni a sus esbirros.

Sabiéndome acorralado, acepté.

Miré el reloj que descorrí de la manga y supuse con optimismo que en treinta minutos H.H. habría dado cuenta de los alardes de Euwe. Quizá con algo de suerte el Dr. Grumblat aceptaría una excusa. Quizá con un poco de habilidad podríamos sacarle algún provecho a esta escena que ya resultaba molesta. Terminé aceptando que la ocasión podría acabar por ser una buena excusa para dejar la ciudad, algo que hasta entonces no había estado entre mis planes, y que esa noche pareció delinearse con absoluta lógica.

Hice una venia y subí a mi habitación en busca de H.H.

Lo encontré en la sala mirando fijamente a una abeja que tejía formas pentagonales, mientras intentaba atravesar, sin éxito, el vidrio de una de las ventanas.

–Necesito treinta minutos más –dije, esperándolo junto a la puerta–, treinta minutos más, o lo que necesites, antes de jugar con Grumblat. Luego volveremos a casa. Te lo prometo.

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* El miércoles la columna de Martín Mauricio.



Poéticas del espacio en la Casa de la Literatura
Tuesday February 23rd 2010, 11:21 am
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I Jirón de la Unión - 1930

Hoy se realizará en la Casa de la Literatura la mesa de conferencias titulada “Poéticas del espacio en la literatura peruana y latinoamericana”, dedicada a las relaciones entre la literatura y el espacio urbano y arquitectónico en el Perú y Latinoamérica. El encuentro, que es organizado por la propia Casa y la revista virtual de literatura El Hablador, será a las 5:30 pm.

La mesa estará compuesta por tres ponencias que analizarán, desde distintos puntos de vista, la manera en que la literatura representa los espacios urbanos y arquitectónicos. Christian Elguera presentará la charla “El espacio profano en la narrativa peruana de vanguardia”, en la que se abordará la manera en que los textos de César Vallejo, Alberto Hidalgo y Martín Adán, entre otros, expresan una disidencia frente a la ideología del poder dominante que rige el modus vivendis citadino. A su vez, Félix Terrones presentará “Los espacios marginales en la narrativa latinoamericana: el burdel como tópico de transición hacia una modernidad problemática”, donde se describirá cómo son representadas las ciudades desde estos espacios en obras como Juntacadáveres (1964) de Juan Carlos Onetti, El lugar sin límites (1965) de José Donoso, La casa verde (1965) de Mario Vargas Llosa. Finalmente, Mario Granda presentará “Mitos adversos y espacios solidarios: Lima la horrible de Sebastián Salazar Bondy”, en la que se estudiarán las metáforas pictóricas y espaciales que se encuentran en el libro de Salazar, y la manera en que estas, por un lado, hacen una crítica aquel discurso pasatista sobre la ciudad, y, por otro, se tratan también de salidas que aspiran a la democratización y el acceso del ciudadano a las instituciones mediadoras.

El ingreso será libre.



Playas
Tuesday February 23rd 2010, 11:11 am
Filed under: Presentaciones, Publicaciones

Playas1

Hoy se presenta el último libro de Carlos Calderón Fajardo, titulado Playas. La cita será a las 7 pm en el bar La Noche de Barranco.

No faltar.




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