“SÓLO PARA ASESINOS(AS)”: ANOTACIONES Y REGLAS PARA MATAR
Friday December 23rd 2011, 10:44 am
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Por Regina Martínez García

Mixha Zizek estudió Literatura en la UNMSM, colaboró con la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y se ha desempeñado como profesora en diversos colegios de Lima y en los Estados Unidos. Su desempeño artístico no solo se centra en la poesía, también en la narrativa: como cronista y columnista digital. Su última publicación, el poemario Balada del asesino (Tranvías editores, 2011), es una muestra clara de la manifestación sicopatológica social que aqueja a nuestra humanidad.

El tema que aborda es el asesinato como un ente que se aleja de lo académico y de los círculos filosóficos, pues el espacio y el tiempo se han visto copados y envueltos por sucesos “artísticamente” dolorosos. En la literatura el tema ha sido abordado múltiples veces. Un ejemplo es el trabajo de Albert Camus que en una de sus obras puso en discusión la constante infertilidad de la lucha por la vida, manifestándolo con la aprobación de una de las frases de Píndaro: No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible. Mixha Zizek afirma, en sus poemas, que sus personajes poéticos, considerando sus “yo” poéticos, son unos excelentes protagonistas para representar una parte de la humanidad. 

Abordar una de las “formas” de asesinar tendrá que ser, desde el primer estamento del ciclo de vida, aquella partícula de los humanos, es decir, un “Embrión”, nombre del poema que refleja una voz indefensa que describe su final siendo la muerte su destino. Esto implica quedarse bajo la mirada del lector como un objeto inerte que yace en una vasija fría:

 

Embrión

¿quién invocaría mis cantos fuera de aquí

si oyera mis latidos?

 

vi la luz al caer la noche

sentí el quebrar de mis órganos

el ruido de mi ablación

sentí el quejido de mis partes

crujir dentro de una vasija de plástico

 

perezca el día de mi origen

concebido como niño roto antes de nacer 

 

La ruleta del ciclo continúa. Así, la víctima resulta ser un joven. Por otro lado, en el poema “Sueño telearañas”, se toma como metáfora a los hilos de las arañas para fomentar miedo y silencio, ya que cubrir un cuerpo resulta ser la invisibilidad de éste. La pregunta sería “¿por qué?”, pues al parecer es el goce de tener en frente tal resultado porque en los versos se refracta la crueldad con la piedad: 

 

Sueño telearañas

completamente cubierto

amortajado

subiendo la cuesta

enredado en silencios

siente la pulsión

que rompe el aire al tejer las sombras

 

lo veo acelerado

mirándome de frente

mis dedos tejidos

atrapados

 

no hay necesidad de girar el cuerpo

no hay prueba de existencia

solo el vestigio imborrable.

 

Los espacios no quedan fuera; el lugar perfecto para un asesinato son los laberintos, es por esa razón que el poema “Laberinto 2” toma preso a un ser indefenso, pues el laberinto se adueña de todos los lugares tranquilos. Su predilección son los sueños, la finalidad es dar a conocer la muerte de un embrión.

 

Laberinto 2

incrustado ante lo inagotable

una puerta puede llevarte a circular

nubes que se tornan sierras

vientos invertidos en tajamar

abriéndose como peldaños

uno tras otro porque tú lo tocas

 

repicantes aldabas vibran

puedes sentir el aliento

cerca de tu oído

y el crepitar de tu piel

 

un embrión se ha quebrado en tu cuerpo

cual pústula infecta

no deja de estallar

hasta llenar el último espacio

de tu cuarto.

 

Estos poemas son una muestra de la primera parte denominada Origen. La visión del tiempo y otros personajes serán propios de la segunda parte llamada Perturbaciones. El poemario se prepara para definir a los asesinos pues el epígrafe ya es un primer acercamiento: El verdadero terror del hombre no es la muerte. Es el hombre (Valentine Penrose).

Se perfilan los espacios y acciones más vertiginosas; al parecer, el adjetivo conveniente sería el horror, pues cada cuerpo sufrirá cambios tenebrosos. Es por esa razón que el poema “Coma” se perfila bajo la descripción y el uso de la memoria, sin embargo, su intención es salir de aquella escena, para ello busca la anhelada cúspide:

 

Coma

arrastro cuerpos en mi memoria

grito muda                              bocas sin lenguas

manos cual espigas              estiran mis huesos

serpientes lagartija                hipocampos

aprietan mis sueños

¿dónde están los otros?

nadie oye

recojo mis labios

traspaso la esfera

busco la salida en la cúspide

 

Los poemas tienden a definir otras formas de asesinar, al parecer son un reflejo de casos famosos de los medios policiales y círculos sociales. Vemos, por ejemplo, títulos como “De los ojos volteados”, “Little Brunella´s nigthmare”,Canción de la pequeña Molly”, “Vigilia de Jane”, etc.

En muchos de ellos encontraremos versos perturbadores, como “los muertos no lloran” (poema “Ras”), o referencias a las medicinas y los males que más caracterizan, en este mundo estereotipado, a los posibles asesinos. La probabilidad de manejar, entre estos versos, una imagen de aquellos seres asesinos nos muestra que los espacios son familiares, que los asesinos son, en mayor proporción, mujeres y que las formas pueden variar de acuerdo a la imaginación turbulenta de los que deciden acabar con una vida.

Como una canción, el poemario atraviesa los versos para llegar al coro, pues en el poema Balada del asesino se reflejan los temores del ser que es atacado y, nuevamente, la memoria resulta ser la mejor arma para enfermar a dicho ser, pues con ella se logra definir su final:

 

…ata tu memoria

trasforma el sello

acuchilla todo lo que quieras

pero ya sabes que tienes que morir. (“Balada del asesino”)

 

Es recomendable leer el poemario, entre otras razones, porque en estos tiempos las sociedades no pueden escapar de la realidad anómala; así, la poesía se ha permitido explorar las posibles estancias perturbadas. Por otro lado, la edición está muy bien  cuidada y logra el objetivo de dejar huella en el lector, pues evidencia una descarnada atención, para compartir por un momento la mente de un(a) asesino(a), sin embargo, retornando a la frase de Penrose, lo que causa terror no es la muerte sino el hombre o la mujer que genera el horror y el miedo ante tanta (des)humanidad.

 



Una antología personal
Tuesday December 20th 2011, 10:47 pm
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Por Lisandro Gómez

Carlos Meneses (Lima, 1930) nos entrega una colección de cuentos, El fracaso llega puntual, que brindan un panorama de su no breve trayectoria narrativa. El conjunto reúne cuentos de distintas épocas, escritos entre 1967 (“Historia de Kid, el campeón”) y el 2007 (“La belleza de la traición” y “Fiesta canina”, por ejemplo). Existe un silencio de dos décadas, aquellas que van entre los ochenta y noventa, en la recopilación de textos. No sabemos si se trata de un abandono temporal de la narrativa o son el producto de una muy severa autocrítica. El volumen posee una breve presentación, “Motivos para escribir”, que no da luces sobre este vacío, aunque bosqueja un criterio de selección bastante subjetivo: “En las siguientes páginas encontrarán una docena de cuentos pertenecientes a diferentes épocas, lugares y tipos de personas. Aparentemente no hay uniformidad […] No obstante, hay un elemento asociativo en todo este material […] Todos representan un alivio para la memoria” (pp. 7-8, cursivas nuestras). Además, ofrece una concisa poética que justifica en parte la escritura de los relatos (elaborada en base a una afirmación de Gabriel García Márquez: la escritura como denuncia).

Un primer reproche a esta antología personal de relatos es el poco cuidado que se ha tenido en la organización del libro. El título alude principalmente a la primera sección, “Mundo criollo”, no a la segunda (o por lo menos en mucha menor medida), “Otros mundos”. Existe una evidente transformación en los motivos y en la perspectiva narrativa, también en los recursos. Pasamos de un narrador cuasicriollista y, a veces, excesivamente dramático a un narrador de temple irónico y con una destreza técnica importante (Cfr. “Nadie lo debe saber”, donde la narración parece asumir, por instantes, una voz colectiva, sin entorpecer el trabajo del narrador en primera persona). Esta transformación del imaginario y la apropiación de un arsenal técnico propicio para el trabajo narrativo es crucial, pero lamentablemente no queda constancia de él en la elección del título. En este sentido, podemos decir que la lectura que se impone es que estamos frente a dos recopilaciones distintas. El conjunto se presenta fracturado por este motivo. No obstante, si bien es cierto que la falta de unidad del libro es un detalle que desmerece la edición, también es necesario recalcar que existen algunas marcas de estilo, ciertos modos en la narración, que permiten afirmar que los textos no son tan ajenos, como parece en una primera impresión. El gusto por la descripción dilatada en algunos momentos de acción narrativa —como si el narrador creara un intersticio para detenerse a contemplar lo que sucede—, y el dominio, la mayoría de veces, acertado del ritmo de la narración (los clímax son elaborados limpiamente y con bastante precisión) son recursos que se mantienen constantes a lo largo del libro.  

En la primera sección, “Mundo criollo”, es explícita la organicidad del texto; los cinco relatos agrupados poseen una atmosfera semejante y un bagaje de estereotipos narrativos que permiten organizar narraciones coherentes. Un claro ejemplo de lo que afirmamos se observa en el relato que abre el conjunto, “El desahucio”, en donde Ambrosio —un provinciano pobre que está a punto de ser desalojado del cuarto que alquila y que no posee sino la quinta parte de lo que adeuda— se ve envuelto por las artes del Zambo Carrizales en una borrachera y en una gresca, para finalmente perder el poco dinero que aún poseía. “El desahucio” es un relato que se inserta en una tradición de denuncia. Con fuertes rasgos costumbristas, este relato anhela ofrecer una imagen “realista” (lo cual es llevado al plano del lenguaje con mediano acierto) y crítica de los sujetos sociales que conviven en la nueva Lima de los años sesenta, una ciudad que no puede seguir negando la presencia de los migrantes.

La imagen del Zambo Carrizales así como la de Ambrosio pertenecen al imaginario social de la época, los personajes han sido creados a partir de los estereotipos que circularon en su contexto: el zambo hablador, embustero y ruin, que solo busca aprovechar el momento y beber a costa de otro, sin importarle realmente lo que suceda con aquel, por un lado, y el provinciano de voluntad endeble que se deja arrastrar por las mentiras de los habitantes de la ciudad, por otro. El relato concluye con la imagen esperpéntica de Ambrosio abandonado por los amigos de juerga, endeudado y en peligro de ser encarcelado: “Ya no quedaba ninguno de los amigos en la cantina. La mirada lánguida de Ambrosio buscó lentamente, con torpeza, al Zambo Carrizales, al Chino Jacinto, al gasfitero, al negrito ex boxeador. Solo escuchaba la voz cada vez más urgente, del mozo: ‘Son doscientos diez soles’. Y la mano del muchacho del delantal blanco apretaba como una garra el brazo de Ambrosio” (p. 20).

En “Otros mundos”, segunda sección del libro que comentamos, tanto la atmósfera, el ambiente y los personajes cambian. Estamos ahora en un nuevo horizonte donde la ironía se impondrá con mayor recurrencia. La denuncia explícita queda relegada a un segundo plano. A partir de este momento las preocupaciones son distintas: se busca profundizar en el universo psicológico de los personajes, las tramas se complejizan y la alegoría y la metáfora enriquecen la narración. Dos de los ejemplos más notables de esto que venimos mencionando son los cuentos “Nadie debe saber” y “Fiesta canina”.  En el primero de ellos se relata la relación amorosa entre el narrador protagonista y Emma, la cual se complica por la intromisión de otras personas. Uno de los mayores aciertos de este cuento radica en la pluralidad de miradas que intervienen en él; Emma se convierte en una creación colectiva de las otras voces que se incorporan al relato. Los amigos del narrador contribuyen en la fabricación de una imagen global de Emma: “Para Violeta la vida de Emma era extremadamente licenciosa, pero lo decía llevándose la mano a la boca y ahuecando la voz. ¿Qué hacía una mujer, digamos que más o menos atractiva como ella, en la oficina de  un notario, de noche y cuando todo el personal de la notaría ya se ha ido? O sea que le recitaba versitos a un viejo libidinoso, se reía Lucho” (p. 114). Entre todas van descubriendo la identidad real, la misteriosa vida de Emma, con lo cual la relación que mantiene con el protagonista entra en crisis. Si por un lado, se incorporan diferentes voces al relato, por el otro, el narrador se preocupa en describir los vaivenes de la relación que mantiene con Emma.

El fracaso llega puntual de Carlos Meneses es un libro de lectura amena y, cuando se desprende de los lugares comunes, es capaz de ofrecer una mirada profunda sobre la realidad humana. Aunque el libro en su conjunto es irregular, posee algunos cuentos que merecen estar en cualquier antología de la narrativa peruana (Cf. “Fiesta Canina” o “Historia de Kid, el campeón”).

 

Carlos Meneses

El fracaso llega puntual

Lima, Editorial San Marcos, 2011. 206 pp.

 



El discreto encanto de la clase media
Wednesday December 07th 2011, 9:54 pm
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Por Rómulo Torre Toro

 

Emaús (Anagrama, 2011) es una novela sobre la clase media y sobre la soledad de la clase media. La última novela de Alessandro Baricco (Turín, 1958) nos cuenta la historia de cuatro adolescentes que están, como sus familias, agradecidos de vivir en la niebla. De hecho, Emaús dibuja la mentalidad de familias clasemedieras que aspiran, en primer lugar, a una vida normalizada, una vida que sea como la sociedad exige que sea: sin excesos, mesurada, con los límites bien delineados. Así: una vida en la niebla. Pero no solo es esto. La novela de Baricco nos traza, también, un proceso: el descubrimiento que hacen estos cuatro adolescentes de una vida distinta, alejada de los criterios de sus familias. Es decir, descubren su propia locura. La novela, desde la mirada angustiada del joven narrador, nos da un panorama muy particular de la dinámica social italiana.

Tenemos a cuatro adolescentes: Bobby, el Santo, Luca y el narrador. Como sus hábitos lo exigen son católicos y no hay otra alternativa: la fe es algo incuestionable, sin ella nada tendría sentido. Forman el grupo musical en las misas, animan la liturgia, la gente los trata con respeto y su decencia está fuera de discusión. Su piedad religiosa los lleva a extender sus servicios: asisten a los ancianos hospitalizados en la unidad de urología, les cambian las bolsas de orina, les conversan, tratan de hacerles la vida más llevadera. Por lo menos lo que les queda de ella. La fe es, entonces, uno de los elementos centrales en su educación, porque alrededor de ella constituyen su modo de entender la vida. Los actos piadosos son un factor importante, pues suponen “dominar no poco asco, debido a la suciedad, los olores y los detalles” (p. 25). También su vida sexual: sus relaciones se limitan a las caricias por debajo de las sábanas. Nada más. El placer es ajeno a sus intereses porque lo que prima es el deber: no importa lo desagradable que resulte lo que se está haciendo, los muchachos hacen lo que deben hacer. Este deber-hacer está dictado por sus costumbres familiares y las de su clase. Costumbres que los adolescentes, en un primer momento, no quieren romper, no les interesa siquiera “porque todos somos chicos que llegan puntuales para la cena –nuestras familias creen en las costumbres y en los horarios” (p. 28).

De esta manera, el narrador caracteriza en pocos trazos a los sectores de clase media. Sus costumbres, su educación, los lugares en los que se desplazan, los detalles de su vida, tienden a ocultar lo extraño, a aceptar el dolor, las desgracias y entenderlas como algo natural, como parte de la vida, y que es imposible evitarlas. Más aún: resulta imposible no vivirlas. Pretender escapar es una señal de locura, porque intentos de ese tipo significarían quedar al margen, fuera de la normalidad. De ahí que, como dije al principio, prefieran vivir en la niebla. El sentido del título del libro encuentra su explicación en esa misma línea: en la historia bíblica, dos discípulos que van a Emaús se encuentran en el camino con un viajero con el que conversan y comparten los alimentos sin reconocer en él a Jesucristo. Viven sin saber qué pasaba a su alrededor:

¿Cómo hemos podido no saber, durante tanto tiempo, nada de lo que era y, a pesar de todo, sentarnos a la mesa de todas las cosas y personas que íbamos encontrando a lo largo del camino? […] y al final del proceso caminamos igual que discípulos hacia Emaús, ciegos, al lado de amigos y amores que no reconocemos –fiándonos de un Dios que ya no sabe nada sobre sí mismo. Por eso conocemos la marcha de las cosas y luego recibimos el final de las mismas, pero siempre ausentes de su corazón. Somos aurora y, no obstante, epílogo –perenne descubrimiento tardío (p. 65 – 66).

La vida es una constante repetición y una constante convivencia con la ignorancia. Ahí radica la felicidad y el equilibrio: con la familia y, por extensión, con la sociedad.

Sin embargo, estos adolescentes llevan cierto germen, algo de esa locura mencionada líneas arriba. Por ejemplo, quieren formar una banda que vaya más allá de la música de misa. Pero lo que enciende su íntima capacidad para desbordarse proviene de un mundo alejado y extraño al suyo: de los ricos. Es sumamente interesante ver cómo el narrador nos da la imagen de ellos:

“Más lejos, más allá de nuestras costumbres […] están esos otros […]. Lo que salta a la vista es que no creen –aparentemente no creen en nada. Pero también cierta desidia ante el dinero […]. Lo más probable es que, simplemente, sean ricos […]. No son morales, no son prudentes, no sienten vergüenza, y son así desde hace un montón de tiempo” (p. 17).

La normalidad que viven estos muchachos empieza en sus familias y en la jerarquía que reina en ellas. La clase alta, por el contrario, tiene cualidades distintas, tiene derechos más amplios. Ellos, los ricos, tienen derecho, por ejemplo, a destinos trágicos. Los clasemedieros no pueden permitirse lo trágico, “tal vez ni siquiera un destino” (p. 30). Los ricos no tienen límites o parámetros por respetar. De ese mundo proviene Andre.

Andre vive deprisa: tiene una sexualidad demasiado libre, va por el mundo con una comodidad absoluta, nada puede sorprenderla. Parece conocer el sentido de las cosas y las trata con familiaridad. De ella se desprende originalidad. Esta cualidad es lo que define su diferencia y la forma en que la miran el resto de muchachos de clase media: Andre no finge, como ellos, sino que simplemente hace lo que quiere y no le interesa escandalizar a alguien. Es vista con envidia por las chicas y con una mezcla de recelo y deseo por los chicos. Es inalcanzable.

Es el factor que propicia la ruptura. Como dije, en los cuatro adolescentes ya existe cierto germen de locura, de alejarse de los caminos ya conocidos. De manera más o menos directa, en diferentes niveles, Andre afectará a estos muchachos. Sus historias, a partir de ella, se irán uniendo y, a la vez, se irán desligando paulatinamente, pero de forma cada vez más irreversible. Los cuatro amigos quedarán de pronto como completos extraños, aislados en un mundo que se presenta hostil. Bobby se convertirá en un consumidor indiscriminado de heroína, imagen que recuerda mucho, en el modo cómo el narrador la describe, a las escenas del film Trainspotting. El narrador y Luca descubrirán el sexo con ella. De hecho, Luca es, junto al Santo, uno de los personajes que más siente trastocada su vida. Lo primero que Luca entiende es que su padre es un sujeto anormal, un tipo enfermo al que todos consideran una pesada carga para el resto de su familia. La magnitud de esta ruptura la expresa el narrador: “Tenemos una fe ciega en nuestros padres, lo que vemos en casa es la justa y equilibrada marcha de las cosas, el protocolo de lo que consideramos una salud mental” (p. 35). En efecto, Luca entiende la debilidad de su padre y, ante la perspectiva de haber dejado embarazada a Andre, decide que no le puede hacer eso y se tira desde el balcón de su casa. Se tira de espaldas, como uno de los personajes infantiles de la novela Océano mar (1993), sin saber que él no tiene ninguna culpa y, como dice el Santo después, se ha llevado “toda la muerte y todo el miedo”.

El Santo lo afirma porque es el padre del niño que espera Andre. Tomando en cuenta que además asesina a Sylvie, una prostituta homosexual, por lo que es encarcelado, y que su religiosidad es la más fuerte de entre los cuatro muchachos, la transformación que sufre el Santo es inmensa. Su postura, más ligada al discurso de la fe, hace que al final de la novela su posición sea la más dramática. El Santo es quien afirma que la fe que ellos profesan es un credo vacío, porque son “los únicos que adoramos a un dios muerto” (p. 145) y quien llega a la conclusión de que sus vidas estaban marcadas, desde antes, por la locura: “dice que nunca ha existido un antes de Andre, porque éramos así desde siempre” (p. 145). Vidas perdidas para una sociedad que crea las condiciones para la reproducción de la mentalidad de sus ciudadanos. Vidas perdidas porque han optado por destruirse en la búsqueda de originalidad.

 

Alessandro Baricco

Emaús

Buenos Aires, Anagrama, 2011. 150 pp.

 



El día que mi hermano nazca, yo voy a morir
Wednesday November 16th 2011, 10:44 am
Filed under: Cine,Reseñas

Por Jorge Ruesta

Las Malas Intenciones (2011) de Rosario García-Montero es un ejercicio rico e interesante en forma y contenido, así como en el cuidado del detalle técnico. Es una película realizada con gran oficio, obsesión y acaso por eso también con altibajos que no la desmerecen de ser la mejor película peruana en lo que va del año.

Cayetana, una niña asmática de instintos tanáticos, es el personaje que nos guía por una historia ambientada en la Lima de 1983, cuando el terrorismo comenzaba a ganar terreno y los apagones provocados por los coches bomba sembraban el miedo en la ciudad capital, ésa que prefería voltear la mirada y creerse siempre ajena al problema. Cayetana teme convertirse en un ente ignorado más. Cree que morirá el día que nazca su hermanito menor, producto de la relación de su madre con otro hombre; se identifica con los mártires de la independencia, aquellos que a pesar del sacrificio están destinados a perder en la batalla. Pelea contra la invisibilidad, contra el olvido al que está condenada por la cercanía del hermano menor. Cayetana actúa perseguida por sentimientos que se mecen entre la inocencia y la perversidad.  Y esto, a la vez, resulta ser la manera como la directora García Montero pone también el tema de fondo frente a nosotros: la clase alta limeña y su temor al “menor”, que está acercándose, cuyo arribo es inminente  y ante el que opta por el desplazamiento,  el encapsulamiento.

Cayetana es un personaje en constante conflicto interno, ello se ve cuando pretende compartir sus afectos, pues su círculo social es ajeno a ella. Su padre solo aparece algunos domingos. No consigue una verdadera empatía con las empleadas o con los trabajadores que construyen la nueva piscina de la casa. Su única amiga es su tía Jimena, etérea y tan o más frágil que ella. Porque todo el amor que tiene para dar está destinado a hacer daño a los que quiere o a los que considera vulnerables. Su manera de actuar resulta ser la contraparte de la clase que la rodea y la protege. La clase alta limeña de los 80, que como peces de agua turbia que con el tiempo se vuelven ciegos, elegía cerrar los ojos y las ventanas de sus autos, a los “otros”, a los “diferentes”, al migrante que comenzaba a inundar sus vidas, como los niños subiendo al bote en las playas de Ancón, o los terroristas que transgreden la casa de Chaclacayo. Cayetana parece ser la única que quiere ver realmente más allá de eso y termina siendo consumida por la invisibilidad. Su tia-amiga la desconoce luego de una enfermedad que la deja postrada y sin memoria y solo le queda la reconciliación con la madre.

“Cayetana, Cayetana, Cayetana”, le repite al oído para que no la olvide. Esta invisibilidad y la muerte del chofer, que compartía con ella sus aspiraciones, terminan quebrándola dentro del auto oscuro de lunas polarizadas, “más seguro” le dicen. El último viaje, en el que ahora un agente de seguridad reemplaza al viejo Isaac, pone punto final a un rito de paso de la niñez, rodeado de pintas senderistas, perros colgados en las calles y héroes masacrados que dejan la impresión de haber muerto en vano. Rito de paso marcado además por la inesperada lluvia en Lima y los inminentes cambios sociales que devendrían luego en nuestro país.

 

 

Pero Las Malas Intenciones también es un film realizado con un cuidado técnico especial, producto de los apoyos conseguidos a través de todo el proceso de creación del proyecto. La fotografía fúnebre y fría de los espacios cerrados, de las casas neo-coloniales y la pulcra dirección artística dan cuenta de ello. La recreación de los años 80, mediante la atención al vestuario y al maquillaje, es digna de una producción tan ambiciosa como su guión.

Y es por el lado del guión, sin embargo, donde Las Malas… encuentra irregularidad. Puesto que el film entero es un compilado de narraciones que ayudan a construir la personalidad de Cayetana, que en ocasiones aportan, en otras redundan y otras saturan. No se gana demasiado con las escenas de los héroes en el cerro de Ancón, un exceso alegórico de la batalla cuesta arriba contra el olvido, donde la cima entraña la despedida de Jimena, o en el hospital y las apariciones melodramáticas de héroes resignados a la derrota. Tampoco se gana demasiado con las ideas sueltas salidas tal vez de algún cuaderno de notas. La obsesión de Rosario García-Montero con Cayetana termina traicionándola en ocasiones. Lo que deja la sensación de ser una película demasiado calculada y rígida, con poco espacio al riesgo.

Como se indicó al inicio, estos traspiés no desmerecen el talento de la directora. Si bien no es posible hablar todavía de una nueva ola de cine peruano ni mucho menos de industria a partir de una lista de logros personales y aislados, complemento de un debate mucho más complejo aún, Las Malas Intenciones es un film de visión obligada, uno de los mejores estrenos de este año y una obra artística que merece un mejor trato en las salas de su país, y de sus exhibidores. Pero ese… es otro tema.

 

Las malas intenciones (2011)

Dirección: Rosario Garcia-Montero

Reparto: Fátima Buntinx, Katerina D’Onofrio, Paul Vega

País: Perú 

 



Historias desconocidas y lugares innombrables
Wednesday November 09th 2011, 10:52 pm
Filed under: Reseñas

Por Lenin Pantoja Torres

El escritor José Rosas Ribeyro (Lima, 1949) ha publicado su primera novela: País sin nombre (Mesa Redonda, 2011). Por su naturaleza, esta novela no debe restringirse a ser comprendida solo dentro de la novelística peruana, debemos ubicarla en un grupo más grande, junto a las novelas latinoamericanas, pues toca temas clásicos y se organiza en una estructura acorde con las manifestaciones narrativas contemporáneas de esta zona geográfica. El título de la novela alude a la no referencia directa de espacios y personajes, de esta manera, el libro puede desenvolverse en cualquiera de los espacios aludidos en su portada. Asimismo, “País sin nombre” son tres palabras que protagonizan el poema “País de la ausencia” de Gabriela Mistral, poema cuyos versos finales de las dos primeras estrofas son: “Con edad de siempre / sin edad feliz”, “Y en país sin nombre / me voy a morir”, respectivamente; un poema que habla de lugares imprecisos y de vidas al límite, idea que organiza buena parte de la novela de Rosas Ribeyro. Por otro lado, Roberto Bolaño, en el programa La Belleza del Pensar en 1999, leyó este poema y comentó algo similar a lo que acabamos de aludir. El escritor chileno tiene no pocas cosas en común con José Rosas Ribeyro y, también, Los detectives salvajes está presente, de muchas formas, en País sin nombre.

La novela se inicia cuando el protagonista, Javier Rosales Riquelme, va a ser deportado al Norte. Él es víctima, no poco culpable, de una lúdica y azaroso forma de seleccionar a los deportados en el país sin nombre. A punto iniciar su viaje se produce un enorme flashback que provoca la narración de las vidas y las historias que protagoniza Javier, desde que ingresa a San Marcos a estudiar Literatura hasta el día en que lo deportan, unas vicisitudes involucradas en la militancia revolucionaria, el amor a la poesía y la entrega total a la bohemia. La novela mantiene en vilo al lector ya que las historias son narradas en forma de pequeños retazos que contienen alta dosis de intriga, además de estar contadas a través de un lenguaje que atrapa, una prosa de poeta que no llega a ser alambicada ni mucho menos retórica. Por otro lado, la estructura de la novela combina elementos clásicos y modernos pues se desarrolla de forma lineal aunque, como ya mencionamos, las historias son narradas en forma de diversas escenas individuales pero, a la vez, conectadas con la historia general del libro. El fragmentarismo no aísla ni esquiva el proyecto general de la novela, hay un equilibrio entre ambos aspectos.     

La novela se puede leer desde diversas perspectivas. Por centrarse en la vida de Javier Rosales Riquelme podemos hablar de una novela de formación pues, si bien no estamos ante la vida de un personaje desde la niñez hasta la adultez, somos testigos de los cambios no solo físicos sino también psicológicos y sociales que padece al involucrarse con la álgida vida política y social del país sin nombre. En segundo lugar, la reconstrucción de la historia de fines de los sesenta e inicios de los setenta genera una novela histórica narrada desde el testimonio personal de sus protagonistas. No estamos ante una clásica novela histórica donde nos centramos en los protagonistas de la Historia (Guerra y paz, por ejemplo), sino en la de aquellas vidas que se desenvuelven al margen de la oficialidad, las vidas de los ciudadanos de a pie de ese país sin nombre (Conversación en La Catedral ilustra bien esta idea). Una historia desde la cultura popular diría el teórico ruso Bajtín. Y, finalmente, tenemos una novela metaficcional pues, como agregaría este mismo teórico ruso, esta novela refracta todo, agota todas las posibilidades del género. En ella se insertan poemas, manifiestos políticos y poéticos, artículos periodísticos, etc. De esta forma, la novela de Rosas Ribeyro no agota lecturas, las genera.

Esta tercera forma de leer la novela nos lleva a pensar en el tipo de escritor que es José Rosas Ribeyro. El escritor argentino Alan Pauls, cuando le preguntaron a cerca de su idea de escritor, dijo que él estaba interesado en la escritura misma, en el trance de la escritura, y no solo por lo estrictamente ficcional. En su interés hay espacio para los textos críticos así como para los ficcionales. País sin nombre es una novela que sigue ese parámetro pues en el espacio ficcional encontramos textos no ficcionales. Se produce, de esta forma, la ficción crítica, tan practicada por escritores como Ricardo Piglia, por ejemplo. Y, precisamente, a partir de esta naturaleza, otro escritor argentino, Rodrigo Fresán, puede ayudar a adjetivar a José Rosas Ribeyro. El autor de Historia argentina dice que existen escritores que leen y lectores que escriben. Rosas Ribeyro calza cómodamente dentro de los últimos ya que su novela no solo está escrita bajo ese pulso vital que se siente en sus páginas sino también por las lecturas y los múltiples intereses en otros discursos, como el cine y el periodismo, que posee.

 

 

Por la sucesión continua e ininterrumpida de historias y espacios innombrados, la novela permite la aparición, desaparición y reaparición de muchos personajes. Siempre que un libro se propone retratar a tantos personajes el peligro latente está en provocar actores poco trabajados, nada complejos, incluso estereotipados. Precisamente, la segunda parte de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño cae, ligeramente, en ese pecado. Muchos de sus personajes se suelen confundir por la forma como están trabajados. Todo esto no resta virtudes a la gran novela de Bolaño que, dicho sea de paso, significa un momento bisagra para la novelística latinoamericana. La novela de Rosas Ribeyro, en esta línea, no cae en esa trampa, sus personajes están bien delineados, cada uno sintetiza manías, defectos y virtudes individuales. Y dentro de tantos personajes, son las mujeres las que generan una atracción particular. Ellas son tan fuertes y osadas como los hombres, pero mantienen un sentimentalismo que las hace mujeres. Es inevitable no quedar prendados de ellas y de seguir sus acciones con una especial atención. Por allí aparecen Magda, Carolina, La Chola y Mara, para citar algunas.

La gran cantidad de temas, que acompañan el desarrollo de las acciones, se organizan en tres puntos: la política, la poesía y la bohemia; cada uno de ellos vividos al límite. Precisamente, el personaje central, Javier Rosales Riquelme, parece sintetizar la idea general del libro, la que organiza todo: la insatisfacción, la búsqueda constante de un estado impreciso, aquello asociado con la libertad de hacer y decir lo que uno siente y piensa. País sin nombre es una novela escrita con fuerza, con pasión, con mucho amor; pero también con reflexión, con mucho sentido crítico. Y es Javier quien sintetiza todo esto, quien posee y pone en práctica cada uno estos elementos. Recordemos lo que sucede cuando el Candidato, otro célebre personaje, le dice a Javier que la sección cultural de Milpa debe estar al “servicio” del gobierno revolucionario. El protagonista piensa algo que trasciende y desborda las fronteras de la novela, una idea de arte que parece estar olvidada hoy en día: “Tengo ganas de decir que las cosas son más complejas, que el arte empieza donde termina la tranquilidad, que lo único que se le puede exigir es que sea exaltante, insumiso, enemigo de todo poder, irreverente, personal” (p. 499).

José Rosas Ribeyro

País sin nombre

Lima, Mesa Redonda, 2011. 522 pp.

 



Una voz para versos de vida en la metáfora de la guerra
Wednesday October 12th 2011, 9:21 pm
Filed under: Reseñas

Por Regina Martínez García

Domingo de Ramos (Ica, 1960), cofundador del movimiento Kloaka, publicó títulos como Pastor de perros (1993),  Luna cerrada (1995), Arquitectura del espanto (1998),  La ceniza de Altamira (1999) y Erotika de la clase (2004). Ahora Cartas desde la azotea (Mesa Redonda, 2011) es su última publicación, que bien podría manejarse como un epistolario, sin embargo, el lenguaje, con referencia al conflicto armado, tiende a usar las múltiples metáforas poéticas enmarcándolas en un poemario moderno. Éste mismo, formaría un círculo de escritura unidireccional –emisor sin receptor contestatario-, donde los versos explicitan la voz de un hombre dentro de un contexto bélico –una referencia directa a la guerra de Afganistán- y que busca, de manera nebulosa, crítica y desesperada a un receptor –al parecer, es un sujeto femenino- que sin asegurar su existencia, lea, comprenda y sienta aquellas líneas de pensamientos, vivencias y contradicciones que son parte del sometimiento instantáneo en una trinchera única: la Azotea.

La metáfora es la principal figura para envolvernos en el contexto, es la forma posible de imaginar una terrible realidad y, a la vez, sirve como una posible explicación descriptiva de las “epístolas”. El yo poético enciende imágenes como “Vuelan pájaros con casquetes de metal” (p. 9) o “La patria es el último refugio del bandido” (p. 43).

Otra de las características de este poemario epistolar es la constante alusión a la entidad divina, es decir, Dios, donde la postura varía desde el yo poético al referente:

“Creo en ti Dios no en lo que veo y si lo veo es un alma errante” (p. 9)

“He escuchado viejo soldado rebotar el silencio

De una tregua en tu pecho

Lo he sentido como un joven que expulsa una boconada

Decir: “padre he pecado

He matado

Me excluyo de tu paraíso

He arrasado todos mis sueños

He buscado petróleo en la sangre de otra religión” (p. 31)

Como observamos, se muestra la historia de dos mundos diferentes donde Dios –Jehová, en algunos poemas- es cómplice y juez de las angustias del yo poético, sin embargo, la fe propuesta por la voz poética tiende a ser divergente cuando su reflexión lo lleva a concluir que será excluido del bien cristiano (el paraíso). Estos versos empujan a creer en la ironía y la crítica de esa voz poética frente al mundo occidental. Asimismo, encontraremos una marca de diversos estereotipos de la sociedad occidental en el mundo militar y cultural:

“el hombre es inconsolable arrojando pesticidas sobre otros que nunca los hicieron nada así como la televisión y los diarios que arrojan sus eticidas porque ya no tienen ética y nos matan todos los días” (p. 13)

“Matías lo sabe a él le pregunto cuántas veces lo hemos hecho Cuántas veces él sólo me ha jalado de un lugar a otro para decirme al oído que no voltee porque si lo hago habrá una decepción enorme” (p. 17)

Ambas citas confabulan para restregarnos una cruda realidad, la idea desde una metáfora asesina nos muestra cómo los medios masivos también cumplen los patrones bélicos; por supuesto, la segunda cita nos advierte de aquella imagen pegada en la frente de los soldados, aquellos que se encuentran alejados de la familia, donde los cobijos del compañero brindan una “estabilidad” emocional, vamos a decirlo así: un equilibrio emocional (espíritu y cuerpo) sin importar el género.

El yo poético atraviesa diversas estaciones; el punto crítico del soldado anónimo se produce cuando sus palabras son parte de sus alucinaciones que lo llevan a la confusión en la lucha: “Mis alteradas manos que han sido inflamados por el sol que nunca se apaga que ha ocasionado / que mis dedos en el gatillo dispare a todo bulto que se mueva” (p. 14)

La cita anterior nos refleja una respuesta involuntaria por el contexto de vida donde todo ser –así esté vivo- será atacado por esa necesidad: disparar. Todas estas acciones nos permiten llegar a un punto de duda y curiosidad: ¿de dónde se produce aquella voz y por qué?, la respuesta cae en aquella trinchera salvaguardada que es la azotea, que al parecer cumple una doble función y en este caso, cabe decir, el de ser un lugar de omnipotencia (todo lo ve), un soldado que toma este lugar como su espacio de experimentación y vivienda, siendo su personaje él mismo.

Como vemos, este poemario es una conjunción de sucesos en tiempo sincrónico que permite proponer un discurso de denuncia, valiéndose de la voz de un soldado sometido a una lucha sin razón, que se permite criticar a esa misma guerra tecnológica dada en el mundo occidental. Dios, Jehová o como quieran denominarlo, será una mera excusa para reflejar aquel dolor humano que se pone en dos bandos. No sería posible dejar de lado los sueños del soldado anónimo: “¿y  si un día esa niebla se disipa y desaparece? ¿Desaparecería también esa ciudad putrefacta y arenosa que erigía el caballero sin cabeza?” (p. 37). Es una crítica pura a la otra guerra que nos enfrentamos: a la marcada idea de estereotipos sociales, a la difusa fe que propagamos, a la contrariedad de vidas. El poemario sugiere buscar una trinchera parecida a la azotea y que la excusa sea un receptor que tan solo sienta lo que nuestros ojos perciben. 

Domingo de Ramos

Cartas desde la azotea

Lima, Editorial Mesa Redonda, 2011. 49 pp.

 



La parodia climática
Tuesday October 04th 2011, 10:11 pm
Filed under: Reseñas

Por Carlos Zambrano Pérez

Aunque Ian McEwan (Aldershot, 1948) no podría ser catalogado como un escritor contemporáneo, su última novela, Solar, sugiere la disyuntiva de si un autor se inscribe dentro de un grupo a partir de su “generación” o de los libros que escribe; y es que en Solar, McEwan ha logrado configurar un personaje acorde con los conflictos del siglo XXI, un personaje que, desde las primeras páginas, logra sellar un pacto de complicidad con el lector y, a la vez, va condensando en torno de sí una atmósfera en la que no cabe sino sumegirse:

Pertenecía a esa clase de hombres vagamente anodinos, a menudo calvos, bajos, gordos, inteligentes, que inexplicablemente atraían a determinadas mujeres hermosas. O él pensaba que las atraía, y al pensarlo parecía que era así. Y le convenía que algunas mujeres creyeran que era un genio al que había que salvar. Pero el Michael Beard de esta época era un hombre de mentalidad estrecha, anhedónico, monotemático, afligido (p. 13)

La novela narra tres periodos, cada uno correspondiente a un capítulo: “2000”, “2005” y “2009”, en la vida de Michael Beard, físico que hace ya varios años ganó el Premio Nobel y que atraviesa un conflicto matrimonial: Patrice, su quinta esposa -las cuatro anteriores lo han abandonado a tiempo, luego de descubrir las pobres posibilidades que él ofrecía como padre-, lo engaña con el constructor de la casa, Rodney Tarpin (Tarpin, aquel puñado de músculos y cuya lectura más compleja ha sido el último periódico deportivo). Desde un principio, el narrador coloca sus cartas sobre la mesa, nos presenta a su irresistiblemente patético personaje, aquel contraste entre el sujeto realizado en el ámbito público y el sinónimo del fracaso en un plano tan íntimo como el conyugal.

En otro tiempo había podido mejorar su imagen ante el espejo estirando hacia atrás los hombros, manteniéndose erguido, tensando los abdominales. Ahora la grasa humana recubría sus refuerzos. ¿Cómo era posible que retuviese a una joven tan hermosa como ella (Patrice)? ¿Sinceramente había pensado que la posición social bastaba, que su Premio Nobel la conservaría en su cama? (p. 16).

Los problemas empezarán a raíz de unos emails encontrados por Patrice. Todo parece claro: Beard le ha sido infiel. Su reacción, no obstante, romperá todos los esquemas conocidos por él a partir de sus relaciones anteriores, y, además, agudizará su deseo por esa mujer que, a partir de entonces, le resultará inalcanzable. ¿Por qué, si cuando al descubrir una infidelidad, sus esposas anteriores se enfurecían o montaban dramas, lo sermoneaban acerca de la gravedad de la confianza traicionada, la reacción de Patrice era tan distinta?: “Pero cuando Patrice topó por casualidad con unos emails de Suzanne Reuben, una matemática de la Universidad de Humboldt de Berlín, se puso anormalmente eufórica. Esa misma tarde trasladó su ropa al dormitorio de invitados” (p. 15).

Los conflictos sentimentales de Beard se desarrollarán dentro de una problemática indiscutiblemente actual: las consecuencias del cambio climático y la búsqueda de nuevas formas de energía limpia; y es que Beard, el físico Michael Beard, de ya no poder sentarse a reflexionar una hipótesis mínimamente atractiva a raíz de ese pedestal inamovible de los laureados por el Nobel, de ya solo prestar su nombre a las universidades, brindar su opinión en la concesión de becas y evaluación de proyectos, de volar en asientos de primera clase pagados por otros, pasará, en un giro inesperado en la historia, a tomar parte en un proyecto  cuyo fin es trabajar en nuevas formas combustibles a base de energía solar, todo ello para salvar al planeta de ese Apocalipsis que le ha pisado los talones a lo largo de la Historia, ese “muy pronto y muy cerca” constante que ha sugestionado generaciones enteras, pero que esta vez ya no se sustenta como una plaga mística o un castigo divino, sino en una fuerte base científica: la Tierra se está calentado y, de no hacer algo ahora, no habrá marcha atrás.  

Es notable, llegado este punto en la trama, el trabajo de documentación llevado por el autor. El narrador se introduce en los pensamientos de su personaje, familiarizándolo con una serie de términos que, si bien parecen inaccesibles para el lector en más de una ocasión, fortalecen el efecto de verosimilitud. Durante sus conferencias, Michael Beard enumera los beneficios de esta nueva forma de energía, afirmando que serán innumerables no sólo en el campo de la preservación ambiental, sino también en el ámbito económico: “O bien frenamos la marcha hasta llegar a la parálisis o afrontamos una catástrofe económica y humana a gran escala durante el tiempo de vida de nuestros nietos” (p.189)

Nuevas formas de energía, infidelidades, el contraste entre el letargo del éxito público y la crisis sentimental -acaso lo único realmente interesante en su vida, piensa Beard en algún momento-. La historia, sin duda, es sencilla; son sin duda  el orden, los juegos con el tiempo y la dosificación de la información lo que llama al lector a adentrarse en el juego de McEwan, a trasladarse del último matrimonio de Beard a la relación de sus padres, de los meses con una novia universitaria a una llamada de su pequeña hija, pidiéndole verlo. Un aspecto relevante en este sentido es que el libro no mantenga una continuidad adyacente y acumulativa en los sucesos (personajes que van adhiriéndose a la trama para mantenerse hasta el final); sino que cada capítulo parta de un momento parcialmente independiente de la conclusión del que lo precede. Tenemos así que “2000” el primer capítulo, concluye con una reflexión y un juicio para, al empezar “2005”, trasladarnos de inmediato cinco años después a bordo de un avión y culminar con una tentativa de aborto. “2009” iniciará en un bar rememorando los primeros años de Beard, y con el futuro del proyecto solar en juego. ¿Cómo llegó el personaje aquí? ¿Qué busca? ¿Cómo se solucionó el conflicto anterior? Son preguntas que se hará el lector y que se irán solucionando de forma paulatina. 

La novela, aunque narrada en tercera persona, logra adentrarse con soltura en los deseos, digresiones y conflictos internos del protagonista. Las reflexiones y retornos a un pasado frente al cual el Nobel ya ha adquirido perspectiva, añadidos a diálogos inteligentes, dinámicos, aportan fluidez y profundidad a la historia. Veamos una conversación de Beard con su sexta pareja, Melissa, al enterarse de que ella está embarazada:

 -¿De cuánto estás?

 -De siete semanas.

 -¿Cuándo lo supiste?

 -Anteayer.

-Melissa, dime. ¿Ha sido un accidente?

Ella se le acercó y le apretó la mejilla con la mano. Él sintió de nuevo el radiante calor de su cuerpo. Pensó estúpidamente que Melissa era un horno en el que había un panecillo. Un panecillo de los dos. Ella susurró finalmente:

-No

-¿Dejaste de tomar la píldora?

-Las tres últimas veces que hicimos el amor no tomé la pildora.

-Deberías habérmelo dicho.

-Te habrías opuesto (p.221)

McEwan logra, en tiempos en que la fluidez parece ser sinónimo de superficialidad, engarzar entretenimiento y calidad, brindar una historia bien armada, manteniendo algunos tópicos que parecen ser cada vez más necesarios en el mercado editorial: dosis de humor, conflictos sentimentales y una historia que, aunque por momentos gira en torno a dilemas reflexivos, en ningún momento pierde ritmo e intensidad, y ello es un punto más a su favor. Más aún, retoma tópicos tan trillados como el amor o ese Fin del mundo siempre próximo, matizándolos en pleno siglo XXI desde una perspectiva novedosa: Ciencia, el problema de la capa de ozono y la solución en esa bola de fuego gigante que ha estado siempre ahí, sobre nosotros.

 

Ian McEwan

Solar 

Barcelona, Anagrama, 2011.  353 pp.

 




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