Reseña a “Racionalidades en conflicto” de Edith Pérez Orozco


Racionalidades en conflicto



Por Edwin Angulo


De entre toda la producción narrativa peruana de las últimas dos décadas, pocas (acaso ninguna) han motivado tanto la atención y el debate entre la crítica literaria especializada y periodística como Rosa Cuchillo, del narrador ancashino Óscar Colchado Lucio. Obra desde ya imprescindible, que ha menos de veinte años de haber sido publicada cuenta con una importante cantidad de artículos, ensayos, reseñas e incluso tesis. Es dentro de esto último que encontramos Racionalidades en conflicto. Cosmovisión andina (y violencia política) en Rosa Cuchillo de Oscar Colchado (Pakarina ediciones, 2011) de Edith Pérez; una densa investigación que le valió el grado de Licenciada en la especialidad de Literatura por la Universidad Nacional Federico Villarreal, en la que hoy se desempeña como catedrática.

Racionalidades en conflicto…, no obstante su origen, no parece obedecer a la publicación directa de su primer formato. Divido, pues, en cuatro capítulos, la mayoría de estos bien podrían tener una naturaleza autónoma, sin que esto, por supuesto, perjudique su correspondencia interdependiente como suma de partes. Así, en el primer capítulo, “Lecturas en torno a Rosa Cuchillo”, aunque bien podemos notar su naturaleza inicial de estado de la cuestión, nos encontramos con una ordenada elaboración que en ningún momento deja de ser crítica; ya sea al momento de evaluar su ubicación dentro de la narrativa peruana actual (¿Regionalismo? ¿Neoindigenismo? ¿Novela histórica o nueva novela histórica? ¿Narrativa andina?) y/o refutar o concordar con las distintas evaluaciones de contenido emitidos por la crítica (violencia política, mito andino, ideologías propuestas y colonialidad, y poscolonialidad).



El segundo capítulo, “Racionalidad mítica y mitos contemporáneos”, nos revela la naturaleza interdisciplinaria del trabajo. Para esto, la autora partirá de los planteamientos de Raymond Williams, entendiendo la producción literaria “como un acto ético y estético” (p. 79)  en función de su naturaleza privilegiada dentro de las manifestaciones culturales humanas; esto en cuanto “la cultura es una mediación de la sociedad; sus prácticas y productos culturales (entre ellos, la literatura) son mediaciones de esta. [Siendo que] Dicha mediación no se produce como un proyecto agregado, sino como medio de la proyección, encubrimiento e interpretación de dicho referente (la sociedad)” (pp. 78 -79).

En cuanto a la racionalidad mítica, definida esta como parte estructural del pensamiento, Pérez nos indica que se encontraría presente no solo en algunas sociedades, sino en todas; aunque en diferentes grados. De esta forma, “en el caso de Occidente, la creencia casi a nivel de fe ciega en las ventajas del progreso ha[bría] marcado el desarrollo de la modernidad” (p. 83), quedando, así, supeditada al “mito del progreso”; de la que el capitalismo y el comunismo participarían por igual, enmarcándolos dentro del mismo contexto o desarrollo cultural (que la autora desarrollará luego a partir de los planteamientos de Yuri Lotman; particularmente, de su categoría de semiosfera).

En cuanto al tercer capítulo, “Archivos conceptuales de la memoria andina quechua”, cabe destacar el inmenso trabajo epistémico/conceptual que, sin lugar a dudas, establece un marco de referencia obligatorio para futuras investigaciones sobre literatura andina. Pérez, pues, no deja cabos sueltos al momento de definir y puntualizar cada uno de los términos en los que sostendrá los principales planteamientos de su investigación; de allí que, por ejemplo, opte por hablar de “conceptos” y no de “categorías” al referirse al marco epistémico andino, pues:

El término “categoría” implica la referencia a un conocimiento epistémico ya organizado y sancionado como científico; definición que se incluye dentro de la comunidad científica occidental, que se plantea como universal (…). Así, preferimos hablar de conceptos, pues dicho término explica mejor la naturaleza de la memoria oral andina quechua, que posee una dinámica basada en la racionalidad mítica (p. 98).

De tal forma, lo enunciado como “archivos conceptuales de la memoria andina quechua” deberá ser entendido como:

Un depósito, (sic) almacén que reserva, registra, conserva información, proveniente tanto de soportes orales como escritos. Esta memoria representa la creencia, la ideología propia de la práctica sociocultural andina quechua y es parte de la racionalidad mítica; reproduce el pasado, refuerza la identidad, codifica una misma discursividad, asegurando la reproducción de dicho grupo sociocultural, proporcionando determinados parámetros y significantes que le permiten seguir interpretando y actuando; estableciéndose históricamente el estado de memorización que va a continuar desarrollándose y recreándose más allá del texto en el que quedó fijo (p. 99).

Establecido esto, luego pasa a definir lo que se entendería por: 1) mito del eterno retorno, 2) milenarismo y mesianismo, 3) utopía, 4) Pachacuti e Inkarrí, 5) mito andino, 6) cosmovisión quechua, y 7) personajes míticos populares andinos. Siendo en los dos últimos donde, además, elaborará un detallado mapeo de los habitantes del universo mágico-religioso andino, en función de su pertenencia al espacio cósmico en el que habitan: Hanan Pacha, Kay Pacha y Ukhu Pacha; así como sus relaciones con el runa u hombre andino.

Finalmente, el cuarto capítulo, “Racionalidad mítica y racionalidad lógico-científica en Rosa Cuchillo”, corresponderá a la aplicación del marco teórico expuesto en los capítulos segundo y tercero. Para Pérez, la novela evidenciaría (tal y como lo señala en la introducción del texto) “un intento por comprender, interpretar y explicar los hechos de violencia (terrorismo, violencia política, acciones militares, lucha por el Estado) desde la cosmovisión andina, empleando para ello la racionalidad mítica de sus personajes” (p. 23). Es decir, la novela no deberá ser entendida desde el conflicto armado en sí mismo –algo que, más bien, se le reprocha a la crítica académica-, sino a través de las actualizaciones y resemantizaciones que la racionalidad de sus personajes ejercen sobre él, siendo, en este caso, los concordantes a los valores de la cultura andina. De allí que el análisis de la novela se realice, básicamente, a través de los dos personajes principales: Liborio y Rosa Cuchillo. Complementándose, no obstante, con los otros dos narradores que intervienen en la diégesis: Mariano Ochante y los Infantes de Marina.



Así, la estrategia de Pérez consistirá en evidenciar los conflictos que establecen los intentos –frustrados todos- de comunicación entre la semiosfera cultural runa y la occidental (capitalista y comunista). En el caso de Liborio, estos emergerán como consecuencia de las dudas y confrontaciones que experimentará al interior de las huestes de Sendero Luminoso, en el que, finalmente, descubrirá otro proyecto de opresión de los mistis. Mientras que en el caso de Rosa Cuchillo, emergerán producto de la incomunicación y el desconocimiento de las dimensiones mágico religiosas cristianas occidentales –y lo que representan- y de la dinámica “memoria, olvido y reconocimiento”.

Como anotación final, cabría reflexionar sobre lo importante y significativo que es el notar que la investigación en nuestro país –a pesar del escaso apoyo institucional- no cesa, que el trabajo intelectual, consciente y crítico sabe hacerse camino. Racionalidades en conflicto… trata sobre diversos aspectos que aún nos duelen y no son difíciles de asimilar y, más allá de lo que pueda tener de culminante, trasciende por abrir un debate teórico e interpretativo alrededor del adecuado entendimiento de nuestra historia; un tema eternamente pendiente en nosotros que, felizmente, parece estar cada vez más presente.


Edith Pérez Orozco

Racionalidades en conflicto.

Cosmovisión andina (y violencia política)

en Rosa Cuchillo de Óscar Colchado Lucio

Lima: Pakarina Ediciones, 2011. 270 pp.



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Presentación de “Austin, Texas 1979″ de Francisco Ángeles



Presentación de Austin, Texas 1979,

la nueva novela de FRANCISCO ÁNGELES


DÍA: Jueves 22 de mayo

HORA: 7:45 pm.

LUGAR: Restaurante Patagonía

DIRECCIÓN: Calle Bolívar N° 164 – Miraflores


COMENTARISTAS:

Carlos Calderón Fajardo

José Güich Rodríguez

Leonardo Aguirre




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Reseña a “La muerte es una sombra” de Stuart Flores


Las sombras de una voz



Por Carlos Zambrano Pérez


El periodista y escritor Stuart Flores (Huancayo, 1986) ha publicado La muerte es una sombra (Matalamanga, 2013), una pieza compuesta por trece relatos, un libro que si bien deja una muy aceptable impresión en el lector, contiene algunos elementos a observar.

Un primer aspecto que llama la atención parte no tanto del contenido del libro, aunque termina, sí, por llevarnos a él. Se trata de la propuesta que se lee en la contratapa, en donde se advierte de personajes que, a través de su particularidad, alcanzan un carácter universal. En efecto, al revisar en líneas generales el conjunto, el lector puede verificar una tendencia a una sencilla construcción de los títulos, en su mayoría reducidos a un artículo sumado a un sustantivo o a lo más a un adjetivo. Encontramos, así, relatos como “La cacería”, “Refugio”, “La palabra” o “Autógrafo”, y de igual manera títulos como “La bella dama”, “El tiempo ajeno” o “La noche turca”, en donde se entrevé la tendencia a recuperar una tradición minimalista ya desde la presentación del relato, y cuyo centro es lo cotidiano, una poética de los pequeños espacios, afín a la propuesta por el escritor ruso Anton Chéjov. La simpleza de sus títulos, en este sentido, es locuaz en cuanto al modo en que Flores aprehende la realidad para verterla en un relato. El cuento apunta hacia lo universal porque lo universal está en lo cotidiano, pareciera decirnos. Existe, pues, una coherencia entre este desdeño por títulos ampulosos, efectistas, y la finalidad que el conjunto propone.





Así, pues, el libro de Flores alcanza sus topes de calidad, precisamente, en los relatos que abordan los espacios más anodinos, en donde el narrador logra profundizar en situaciones en apariencia triviales y de más corto alcance. Claro ejemplo de ello son los cuentos “La guerra según Octavio”, que narra en seis páginas la partida y retorno de un muchacho que, harto de una guerra que no le deja ver televisión, parte para solucionarla, o “Duérmete, niño”, relato centrado en el incierto sueño de un recién nacido y las curiosas circunstancias a su alrededor. “El tiempo ajeno” desarrolla la historia de una mujer que pide una receta misteriosa, a base de una planta, a fin de poner punto final a una angustiante rutina conyugal. “Nueva vida de pareja” aborda la historia de un hombre que, buscando ser escritor, acepta hacerse cargo de todas las tareas domésticas en el hogar de su nueva mujer, cayendo poco a poco en una sumisa degradación a la que terminará por resignarse. De esta manera, Flores es capaz, sin grandes hazañas imaginativas ni giros inesperados, de concentrar nuestra atención gracias a una mirada aguda, en donde la escritura se vuelve, en vez de un ejercicio de expansión y acumulación, uno de profundidad.

Llegado este punto, hay que hacer una observación ligada a dos voces o estilos que, al parecer todavía en disputa, conforman la voz del narrador. Por un lado, notamos que algunos relatos contienen términos sobre-elaborados, privilegiando en más de una oportunidad el sonido o corrección de una palabra a su aporte en el relato. Son los casos de expresiones como “comprendió las intenciones de su vástago (p.14)”, “Desechando cualquier otro intento, decidió pernoctar” (p. 15) o “Tan al borde de la cama dormita el infante” (p. 27). Se trata de términos que, si bien evitan redundancias, terminan por restar naturalidad –y poder de persuasión– a los relatos. Por otra parte, encontramos cuentos cuya propuesta es más bien contemplativa. Flores desarrolla complejos planos visuales a través de varias líneas, un recurso que, aunque en determinados momentos llega a funcionar, en otros termina por despistar al lector de la acción central o, peor aún, por llamar la atención sobre sí mismo. Así tenemos fragmentos como “Es hermosa, a pesar de que en su rostro el remordimiento y la desilusión hayan hecho un trabajo de descomposición que empieza en el alma antes de irrumpir en el exterior” (p. 29), “A estas alturas, la casa ya no tiene un tiempo definido. Tal vez se podría hablar de un presente detenido o estancado, o de un pasado emergente…” (p. 28) o “Las sombras transitan veloces y, detrás de aquel silencio expandido, intermitentes gotas de agua provenientes de un caño se estrellan contra el lavabo” (ibíd.). Al final, la impresión que queda es la de no encontrar todavía una voz que unifique el conjunto, elemento imprescindible en una voz que ha alcanzado la madurez. Hay ocasiones en las que ambas líneas de estilo parecen fundirse en un punto intermedio, como en los relatos “El tiempo ajeno”, “La guerra según Octavio” o “Nueva vida de pareja”, y entonces la narración, sin ser superflua, brilla por su transparencia y fluidez. Son, sin duda, los mejores momentos del libro.

Un aspecto final que llama la atención en La muerte es una sombra es el criterio utilizado para reunir los relatos. Mientras algunos llaman la atención por lo cotidianos, densos en la exploración de espacios íntimos, otros más bien parecen proponer historias de carácter épico, como el cuento que da título al conjunto, en donde se nos habla de una cárcel, sectas, civilizaciones antiguas y conflictos en tiempos remotos, o el caso del relato “La bella dama”, que narra la historia de un viejo que, llevando en su carreta un cadáver, confronta a un militar en un palacio. El problema de esta segunda línea es que el autor termina por dejar de lado el principal atractivo en sus mejores relatos –el buen manejo del lenguaje– para pasar a narrar una historia novedosa, creativa si se quiere, enumerando hecho tras hecho, contándonos algo en el peor sentido de la expresión. El lector, habituado ya al contrato inicial del libro, termina por desconcertarse (cuando no por decepcionarse) ante esta irregularidad que, sin embargo, es perfectamente comprensible; al pasar de una poética de lo cotidiano, en donde lo importante es agudizar en lo pequeño, lo ya conocido, a una poética de lo épico, de lo extenso, se hace más difícil otorgar intensidad a la narración. ¿Qué hace que dos líneas tan disímiles convivan en un mismo conjunto? Es la pregunta que surge y queda en el aire al terminar el libro.





Con todo, podríamos hablar de La muerte es una sombra como un aceptable primer conjunto de relatos, en el que hay una clara conciencia de lenguaje y, lo más importante, en donde se percibe la búsqueda por unificar un estilo. El talento de Flores se trasluce en la fluidez que en ocasiones alcanza su prosa, en la efectividad con que inician sus relatos, en donde bastan uno o dos fragmentos para involucrarnos en la acción o disponer de una imagen lo suficientemente consistente para dispararnos hacia toda una página. No obstante, se percibe todavía como un libro de juventud, aún carente de un sello personal y dirección tanto en lo narrado como en el modo de narrar.

Hechas las sumas y las restas, vale la pena aproximarse a este volumen y seguirle el rastro a Flores, un escritor que termina por sentar expectativas, más aún en una época en que, al parecer debido a un imperio de la novela en el mercado local, resulta atípico encontrar un libro de relatos discretamente elogiable.



Stuart Flores

La muerte es una sombra

Lima: Matalamanga, 2013. 103 pp.



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Crónicas neoyorquinas

El Barrio de Malcolm (Parte 2)




Por Pedro Moreno Vásquez



Al mudarme a Nueva York, me sentía desmoralizado. Creía, como Voltaire, que la felicidad era una absurda ilusión y que sólo el sufrimiento es real. Luego de desvelarme tanto para concretar “El sueño norteamericano” descubrí que éste era realmente una pesadilla. Y es que en el sistema corporativo de los Estados Unidos casi todo es igual. Para triunfar debes transformarte en un insecto kafkiano, sufrir una mutación moral, y graduarte con un abrazo de la gerencia. Desde entonces eres un hombre admirable. El éxito consiste en dictar órdenes a seres más dignos que tu, enfocarte en explotar a tus semejantes, mientras tú y tus colegas se reparten los beneficios. Y claro, todos repetíamos el mismo cliché, “el trabajador es importante”, cuando lo realmente importante era el dinero. Cifras, tasas de producción, plusvalías, el éxito, la modernidad, la tecnología, el desarrollo. Buen trabajo, hombre, te felicito.

Por eso, luego de quedar asqueado con el éxito, decidí mudarme a Nueva York. Mi remordimiento era tan intenso que, al instalarme en Harlem, me enfoqué en un objetivo que (pensé) reivindicaría mi moral: convertirme en un fracasado. Me quedé desempleado, con unos escasos ahorros, y prácticamente sin nada. Espero no pecar de cinismo al decir que me enorgullecía ser un fracasado. No exagero; realmente me sentía feliz de serlo. Prefería languidecer en la holgazanería que seguir atado a esa estructura tan “moderna y eficiente” pero que interiormente era pura putrefacción. A mi juicio, era preferible vagabundear por Times Square que amonestar a un empleado exhausto. Era mejor degustar un helado en un bar de Greenwich Village, que irse de vacaciones despilfarrando las ganancias que le pertenecían con justicia al empleado. Pero tales consuelos fueron inútiles. Llevaba el alma por los suelos. Luego de admirar el discurso de “la tecnología y la modernidad” que los liberales profesan, me di de bruces con la realidad. La experiencia me inculcó que las estadísticas, el progreso y las cifras son sólo una manera astuta de distraerte. Tantos textos de macroeconomía, administración y finanzas, que hilvanan no sólo teorías complejas, sino también gráficos sofisticados. Tantas ciencias que exaltan lo superfluo y te enceguecen de lo esencial: cómo las estructuras sociales degeneran la humanidad del individuo. Tan subjetiva como parezca esta visión, eso fue lo que mi experiencia me enseñó. Evelyn Burg, profesora de la Universidad de Nueva York, me dijo una vez: Pedro, las lecciones de mil libros no serán tan valiosas como lo que nos ha enseñado la experiencia personal.

A Dina, mi arrendadora, le extrañó que yo no me preocupara en hallar empleo. En un inicio me recomendó algunos lugares en donde yo podría trabajar. No me interesó en lo absoluto. Quería leer, vagabundear y, sobre todo, conocer a la población neoyorquina. Al poco tiempo Dina entendió que yo prefería vivir al margen del sistema. Sin perder tiempo entonces, me recomendó integrarme al grupo al que ella, desde hace mucho, pertenecía: la Cultura de la pobreza. “Si vos no quieres trabajar, entonces pide ayuda del gobierno. Esta ciudad nos ofrece muchos beneficios. Vamos a exprimir a la gente del gobierno, muchacho”, me dijo. Quedé desconcertado con su proposición. Me limité a sonreirle y me retiré a mi habitación. En búsqueda de algun consuelo, pensé que la felicidad podría encontrarse en Nueva York. Pero tarde entendí que, debido a mi conflicto emocional, no podría encontrar la felicidad ni en la galaxia de Andrómeda. (Ahora entiendo que la felicidad se encuentra hasta en el mismo infierno, siempre y cuando uno se reconcilie consigo mismo.)



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Todo residente de Estados Unidos, cualquiera sea su procedencia o etnia, posee la prerrogativa de practicar su cultura sin restricciones. Pero tales prerrogativas no fueron del todo gratuitas. Estas culturas debieron pagar un precio: asimilar la ética protestante norteamericana, aquella que promueve el trabajo duro, la responsabilidad y la disciplina. Por decirlo de alguna manera, todo grupo cultural ha debido someterse a dicha ética, que es la esencia de la cultura estadounidense. Sin esta necesaria asimilación, dichas culturas no habrían subsistido. Las comunidades foráneas fueron desechando sus valores autóctonos para finalmente “norteamericanizarse.” Este es el proceso que cualquier inmigrante experimenta. Aunque se enorgullezcan de sus raíces y su cultura, su comportamiento e idiosincracia se ha vuelto norteamericana, es decir, materialista, individualista, y con una gran devoción por el dinero.  Sólo de esta forma, esta sociedad multicultural se ha cristalizado. Bajo esta postura, surge una dicotomía: ¿cuál es la cultura imperante en esta nación?, ¿los Estados Unidos es un país multicultural o es un multiculturalismo con sabor a McDonald’s?

El proceso de aculturación referido no fue sólo natural, sino también premeditado. Desde un principio, los impulsores del capitalismo procuraron sojuzgar a las demas culturas, imponiéndoles el hábito del trabajo duro, la disciplina, la responsabilidad. Los que se rehusaron fueron maltratados, y catalogados como alienados, haraganes, mantenidos, radicales, etc. Los intereses corporativos y gubernamentales se aliaron para solidificar dicho consenso: una “libertad” que fluctuaba dentro del limitado rango del capitalismo originado por la ética protestante. La libertad de pensamiento fue tolerada, pero la “excesiva” libertad fue considerada subversiva. En esa época, los Estados Unidos era un país pragmático que no malgastaba energías en contemplaciones de ética gubernamental o derechos civiles. Manos a la obra y brutalidad a la orden. Recordemos que, desde 1919, el gobierno aprisionó a aquellos “terroristas” que fomentaban un trato digno hacia las mujeres, la justicia para los pobres, las libertades civiles, la igualdad entre las razas y la solidaridad para los indígenas, es decir, a los comunistas. Estos terroristas (y su turbia ideología) fueron agentes que perjudicaban a los intereses del “capitalismo democrático.” Por esta razón, fueron apresados sin titubeos. ¿Y para qué mencionar el salvaje McCarthismo de los 50? Por profesar (y practicar) la libertad de pensamiento, un promedio de doce mil empleados fueron despedidos y centenares fueron procesados judicialmente. Por medio de intimidaciones, la libertad ideólogica fue lapidada. Y después de cultivar esmeradamente la democracia en su propio seno, el gobierno norteamericano se dedicó a promoverla por todo el orbe.



*****


Aunque la ideología capitalista ha logrado entronizarse, hay una cultura que es un hueso duro de roer: la Cultura de la pobreza.

A poco de instalarme, comprendí que Harlem es el epicentro de dicha cultura. Al principio fue difícil entenderla, especialmente al observar a tantos jóvenes desperdiciar su potencial en tratos ilícitos y trifulcas pandilleras. Aunque Dina me corroboró que Harlem “había progresado”, en los últimos años habían acaecido diecisiete pugnas callejeras, con un penoso saldo de cuarenta seis heridos y seis muertos. La mayoría de las víctimas eran adolescentes. Esta es la faceta oscura de la Cultura de la pobreza.

Para una mayoría que subsiste inmersa en sus empleos, del hogar al trabajo y viceversa, los residentes de Harlem conforman una rara singularidad. La mayoría de ellos vive de la asistencia social y no desempeña oficio alguno. Por lo tanto, poseen un raro privilegio: tiempo para el ocio. En mis caminatas por el barrio, observé a varios vecinos apostados en los umbrales de sus edificios. Se pasan las horas sentados, dedicados a observar a la gente alrededor. Sobre todo, les sobra el tiempo para meditar. Son amigables y dispuestos a entablar una charla. Generalmente despliegan tolerancia y simpatía en sus pláticas. Pero algo que me impresionó fue la dureza con que criticaban al gobierno de este país. Confieso que no debí sorprenderme tanto. Toda cultura oprimida asume una postura crítica con respecto a la cultura dominante. Como toda masa disidente, la cultura de la pobreza posee una visión privilegiada para analizar y criticar su sociedad. Es una verdad meridiana que mientras más oprimido sea un grupo social, más acceso a “la verdad” posee, ya que, posicionado en el borde, dicho grupo goza de una perspectiva ideal para desmenuzar cada estrato de la pirámide social: los pobres, los oprimidos, los que padecen, los orates, los “ignorantes”, y también los niños, perciben la verdad fácilmente, pues viven marginados del plano social ocupado por la mayoría. Reconocen, además, las evidentes falencias de su entorno, y emiten críticas que los demás se rehúsan a reconocer.

Aquí en Harlem abunda una conciencia crítica de los Estados Unidos. Los residentes de Harlem no le perdonan nada a su país. La mayoría se refiere a éste con adjetivos peyorativos. Pareciera que todos optaron en abandonar voluntariamente la esfera social. Como me dijo George, un vecino de Harlem, ellos guardan la convicción que “integrarse al sistema sería traicionar a sus antepasados, y también a ellos mismos”, pues éste es “el mismo régimen” que los ha “mantenido marginados desde un principio”. Cualquiera advertiría que esas son excusas urdidas para no trabajar. Pero en sus diatribas también asoman las llagas psicólogicas provocadas por el racismo al que fueron expuestos. Aún así, resulta interesante atender sus críticas: ¿Cómo es posible que este país gaste billones de dolares al año en armamento? ¿Y esto sucede cuando hay tantos millones de pobres? ¿Y qué hay de nuestros veinte millones de niños pobres? (*en realidad son diecisiete) Joseph, otro vecino que bordea los cuarenta años, me dijo: “Alguna gente me observa con malos ojos; otros se ríen de mí. Pero yo también me río de ellos. Los veo salir de casa para irse a trabajar. Andan distraídos, atrapados en su rutina, y no disfrutan el día. No se detienen a admirar nada. Sólo piensan en trabajar. Parecen hipnotizados, unos zombis”.

Su discurso de protesta está empecinado en concretar la justicia social. En los varios murales de sus calles encontré las mismas demandas: una mejor educación escolar y servicios médicos. Como es evidente, tanto la educación como la atención médica que ellos reciben son deplorables.  Pero lo más interesante fue advertir una aptitud abierta hacia la crítica, una pasión por el debate, un análisis honesto de los problemas sociales, y un inconformismo con la situación actual, todos factores primordiales para desarrollar la sociedad y, mejor aún, ejercer la democracia. La crítica provee la atmósfera en donde puede subsistir una democracia; la sumisión y el conformismo sólo tienden a asfixiarla. Fue decepcionante comprobar que el barrio de Harlem es la única zona de Manhattan donde esto sucede. En los demás vecindarios, la gente vive demasiada atareada en sus ocupaciones. Lo que Joseph dijo se quedó resonando en mi mente: la mayoría parecen zombis, resignados al orden de las cosas.



Ya mencioné que la condescendencia hacia los residentes de Harlem es intensa. Cuando conversaba con Joseph, detecté las miradas cizañosas de los peatones alrededor. En este supuesto “país de la tolerancia”, rehusarse a trabajar es algo que los estadounidenses raramente toleran. Entonces me cuestioné: ¿Por qué existe tanta hostilidad hacia la comunidad de Harlem? ¿No se debe a que ésta comunidad rechaza vehementemente los mitos venerados por esta sociedad? Ciertos patrones históricos son perpetuos: la tribu siempre optará por aniquilar a los portadores de “la verdad” antes que afrontar la realidad. Este agravio silencioso no amilana la moral de Harlem. Su comunidad mantiene su lucidez, su efervescencia, y una percepción para distinguir las invisibles cadenas que los demás acarrean y son incapaces de reconocer.


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Reseña a “Literaturas regionales” de Jorge Terán

Nueva narrativa huaracina



Por Luis Henry Vara Marín


Una de las grandes tareas pendientes que tiene la historia literaria peruana es ampliar su visión centralista y capitalina sobre la producción literaria. La ausencia de revisiones, interpretaciones y análisis de  las diversas manifestaciones literarias del interior del país son escasas. Los grandes intentos de sistematización de intelectuales como Riva Agüero, Luis Alberto Sánchez o Tamayo Vargas datan ya de hace muchos años y, aunque valiosos, son insuficientes. El carácter heterogéneo de nuestra literatura demanda una labor multidisciplinaria para los críticos e historiadores de la literatura. Se necesita repensar el modo en cómo estamos construyendo nuestro canon literario: centralista y excluyente. El desarrollo de una historia literaria que abarque las múltiples dimensiones de nuestra literatura heterogénea y contradictoria demanda sus propios códigos, categorías o herramientas metodológicas que sean capaces de asimilar y entender la tensión de las variadas visiones e ideologías que la literatura o las literaturas son capaces de representar. Bajo esta consigna, el profesor y crítico literario Jorge Terán nos presenta su más reciente publicación Literaturas regionales. Narrativa huaracina reciente que, entre tantas virtudes, nos brinda un panorama de la literatura huaracina de los últimos diez años enfatizando los aspectos ideológicos y temáticos que marcan una nueva generación de escritores.



Literaturas regionales. Narrativa huaracina reciente, como su título lo señala, busca ser una propuesta para entender la literatura andina, teniendo como eje central a la narrativa huaracina, específicamente la producida en los últimos diez años (2003-2013). El primer acercamiento que se tiene hacia este libro es desarrollado en el prólogo del mismo, a cargo del profesor sanmarquino Javier Morales Mena quien señala “que la literatura huaracina, y en general, la literatura ancashina, forma parte de cruciales capítulos del proceso de nuestra literatura peruana y latinoamericana” (p.11) destacando a autores como Marcos Yauri Montero, Carlos Eduardo Zavaleta, Óscar Colchado, Julio Ortega y Juan Ojeda. Este recuento sirve para argumentar acerca de la existencia de una tradición literaria ancashina que, en su aspecto fundamental, es heterogénea y dinámica. En la actualidad, la literatura ancashina está representada por escritores jóvenes, como Edgar Norabuena (Huaraz, 1978), Eber Zorrilla (Huari, 1980), Ludovico Cáceres (Chacas, Ancash, 1963), Daniel Gonzáles (Huaraz, 1970) y Rodolfo Sánchez (Lima, 1977) quienes estarían conformando una nueva generación que, en ciertos aspectos, es más cercana a las modernas formas literarias que a la anterior tradición literaria ancashina. La obra de estos escritores como objeto de estudio del presente libro, según Morales Mena, está en concordancia con los intereses por esas otras literaturas que el crítico Jorge Terán se ha planteado desde su primer libro ¿Desde dónde hablamos? Dinámicas oralidad-escritura-2008 (p.13-14). A partir de esto, la pregunta matriz que la investigación busca responder es cómo se representa lo andino en la narrativa de los autores antes mencionados. En este sentido, el crítico y autor del libro ahonda en las interrelaciones heterogéneas de lo quechua y mestizo en relación a la influencia del mundo occidental y su impacto en el mundo andino, planteados como fenómenos complejos que resitúan la identidad andina en nuevos códigos y temas específicos como la violencia, la tradición, la modernidad, la migración y la religión entre los más importantes. Una interrogante que queda latente para el lector es en qué medida esta literatura huaracina de los últimos años dialoga con las novelas y cuentos de los escritores paradigmáticos, es decir, de la anterior tradición literaria ancashina. Otra pregunta importante es en qué medida estas tradiciones podrían diferenciarse una de la otra, y si verdaderamente hay un derrotero en  relación a las formas en que ambas han representado lo andino en los textos literarios.

La primera parte del libro plantea un marco referencial valioso en la medida que señala las coordenadas con las que entenderemos la literatura andina desde su perspectiva. Estas son a) las referencias a procesos sociales significativos como la migración o la violencia interna, b) la adaptación literaria de la expresión indígena, c) la utilización de modernas técnicas narrativas y, finalmente, d) la dicotomía conflictiva y/o sintética tradición/modernidad, lo andino y lo occidental.  Estas coordenadas o características son previamente establecidas por el autor para ensayar un marco de análisis de las obras de los jóvenes autores antes mencionados, pero, a la vez, son coordenadas que se pueden ampliar a toda la narrativa andina. Esto último es un importante aporte para la síntesis y asimilación de esta narrativa y los modos en que estas representan lo andino. La segunda parte del libro, llamada “Narrativa huaracina reciente”, establece los criterios usados para la selección del objeto de estudio. Estos se refieren al activismo cultural y literario de los escritores, circulación de libros publicados, conferencias literarias, etc. Asimismo, la publicación de algún libro orgánico (cuentos o novelas) y, también, que el inicio de la actividad editorial no exceda los últimos diez años. En este punto, creo que bien podrían haberse ampliado los criterios y señalar qué tipo de carácter tiene el lector de estos libros, qué características tiene el mercado editorial huaracino y en qué medida esta legitimidad de los escritores puede ser discutible. Podría haber sido un buen punto presentar a toda la gama de escritores de los últimos diez años en una lista detallada para tener una noción completa de los escritores huaracinos o ancashinos actuales. Para Terán, los escritores representan su referente actuando de mediadores y presentando dos grandes perspectivas o visiones del mundo andino: I) narrativa de apego al mundo andino tradicional donde ubica a Edgar Norabuena y Eber Zorrilla; II) narrativa de apego al mundo andino moderno representados por Gonzáles Rosales, Ludovico Cáceres y Rodolfo Sánchez. Este capítulo también se aboca al análisis del objeto de estudio, lo que evidencia el carácter de los mundos representados y concentra en el carácter ideológico de los textos. Además, señala las temáticas convergentes de los escritores, ya sea cuento o novela. Incluso, afianza la noción de una literatura que apunta a temáticas reiterativas. La tercera y última parte ofrece una recapitulación y algunas reflexiones pertinentes en torno a lo ya mencionado.



Finalmente, consideramos a este libro un importante aporte en dos aspectos. Para los lectores poco informados sobre escritores ancashinos, este libro se transforma en una guía valiosa de lo que se debe leer de esta última literatura ancashina. Y para los lectores con intereses más especializados, el libro toma importancia y se convierte en un aporte en relación a los criterios, coordenadas, bibliografía, características de estudios y categorías que ha usado el autor para su investigación, ya que pueden aplicarse a corpus similares en otras regiones donde la tarea de la crítica aún no ha empezado.


Jorge Terán Morveli

Literaturas regionales. Narrativa huaracina reciente

Lima: Grupo Pakarina, 2013. 74 pp.


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Reseña a “Grito bajo el agua” de Abelardo Sánchez León


Celebración de la supervivencia



Por Mateo Díaz


Autor de numerosos poemarios y novelas, Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) es uno de los más reconocibles exponentes de la poesía conversacional y de tono narrativo de nuestra tradición. Recientemente, ha publicado Grito bajo el agua (Paracaídas editores, 2013, uno de los poemarios mejor recibidos por la crítica durante el año pasado. Si bien su poesía mantiene muchos de los rasgos distintivos de sus libros iniciales, en esta publicación se evidencia un repliegue hacia un estilo más conciso y menos ambicioso. Es evidente que su lenguaje se ha pulido, volviéndose más limpio y preciso, aunque también ello pueda traducirse en un cierto laconismo, desprovisto del entusiasmo que alimentaba sus primeros libros.



Un aspecto llamativo de su última publicación es el hecho de que se muestra a un autor ya maduro, plenamente consciente de su arte poética. A lo largo de sus versos, a menudo como comentarios referidos a aspectos exteriores a la creación literaria, aflora en su escritura la condensación de su concepción estética. Así, en el poema que lleva el título del conjunto, señala lo siguiente (refiriéndose a sí mismo en tercera persona): «…considera que debe dejar de lado el artificio. / Dar la cara, el nombre, las señas: / mostrar la panza, las pecas, las vísceras, esa es su estética». Del mismo modo, en el poema «Un alto», al referirse a la enseñanza sajona —aquello que también podría extrapolarse sin dificultad a su escritura—, afirma que «mientras más simple, más claro; / mientras menos ideas, tanto mejor». O, como dice con gran belleza: «Mirar el cielo y decirlo con un puñado de palabras». Antes que oponer tales declaraciones de principios estéticos, fundadas en un lenguaje claro y directo, a corrientes poéticas diversas a la suya (el neobarroco u otros modos de experimentalismo formal), aquellas parecen testimoniar una conversión personal. En efecto, si Sánchez León no ha abandonado del todo el poema extenso y el versículo, estos fluyen con mayor facilidad, al sostenerse en una expresión más contenida.

La estética mencionada se condice con el tema del poemario: la práctica de la natación como una manera de sobrellevar con entereza los embates de la vejez. El autodominio y el rigor exigidos en dicha disciplina reflejan un proceso de maduración interior y traducen la continuidad del plano estético y el ético. Entonces, pierden interés las reflexiones en torno al artista o a la escritura (poemas como «a la sombra de calígula» de Rastro de caracol serían impensables en este contexto), pues de lo que se trata es de la sabiduría de vivir. El plano intelectual es desplazado por lo más cercano e inmediato, ya que, como afirma en «El malestar», «descubre que lo que anda más cerca de él es su cuerpo» y, por ello, «casi no posee otro bien tan urgente y demandante». Dicha autoconsciencia se revela, a su vez, en un abordaje desapasionado y objetivo de la realidad, como se evidencia cuando emplea la tercera persona para referirse a sí mismo. Existe entonces una concordancia entre el observador que «Ha recurrido a las ciencias exactas, / al don de los razonamientos lineales» («Recodo»), el nadador que se entrega al rigor del ejercicio, el hombre de pocas palabras y el poeta de versos concisos.



Por otro lado, ciertos poemas se alejan del tópico referido, lo que refresca la monotonía del conjunto. Particularmente efectivo es «La pensión Schelesen», en que la referencia a Kafka y su relación con la natación universaliza los temas del poemario. En «La sangre fluye», Sánchez León realiza un velado homenaje a José Watanabe que, a pesar de su emotividad, no deja de parecer un poco descolocado en el conjunto. Asimismo, «Mesas» retoma un tema recurrente en la obra del autor y común en algunos autores de nuestra tradición (Vallejo, Cisneros, Hinostroza, Watanabe, entre otros): la exploración de la propia familia. Por su parte, «The boxer» se vincula con el tema deportivo, aunque su ejecución sea de diversa factura a la de los textos relacionados con la natación. Así, la heterogeneidad de los poemas mencionados refleja la dificultad que supone establecer un conjunto tan extenso alrededor de un tema tan puntual.

Grito bajo el agua es un poemario correcto, producto de un escritor consciente de sus límites y su oficio. No obstante, si bien el libro discurre con facilidad, resulta por momentos redundante y tedioso, y deja la sensación de que pudo prescindir de varios poemas (lo que constituye una contradicción con la poética que se deduce de los mismos). Más aún, su uniformidad formal es un escollo que no termina de sortearse, pues más de uno podría leerse como la reescritura del anterior, sin que se añadiera algún «detalle» significativo. Ciertamente, ello no descalifica la más reciente entrega de Sánchez León, pero presenta reparos a los juicios de cierta crítica, que parece guiarse por los criterios del hábito y la costumbre.


Abelardo Sánchez León

Grito bajo el agua

Lima, Paracaídas editores, 2013, 88 pp.



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Antonio Cisneros y el San Marcos de los ochenta

Antonio Cisneros

y el San Marcos de los ochenta



Por Juan Zevallos Aguilar


Leí poemas sueltos de Antonio Cisneros por primera vez en la escuela secundaria en el Cusco en la antología de la poesía peruana de Alberto Escobar publicada por PEISA. El estilo conversacional y la ironía de sus poemas cautivó mi sensibilidad adolescente.  A principios de los ochenta cursé estudios en la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde Antonio Cisneros era docente. Él tenía la fama de faltar mucho a clases. Por esa razón, algunos estudiantes se matriculaban en sus cursos porque los aprobaban con mucha facilidad y poquísimo esfuerzo. Los pocos responsables evitaban tomar sus cursos. Comentaban qué iban a aprender en cuatro o cinco clases que daba en todo el semestre. Eran los años en que una generación de estudiantes tenía mucho interés en las metodologías y teorías literarias recientes y querían ser críticos literarios científicos. En esa época, Patria Roja tenía el poder estudiantil. Trataron de tacharlo pero no lo lograron.  Cisneros tenía mucho poder intelectual y político. Abundaban sus admiradores y amigos entre sus colegas y estudiantes sanmarquinos. Recordaban que era ganador del premio de poesía Casa de las Américas (1968) y dirigía el estupendo suplemento cultural El Caballo Rojo (1980-1984) de El Diario de Marka, el único periódico exitoso de la izquierda peruana. Luego la junta directiva del Centro de Estudiantes de Literatura con conexiones con Patria Roja ordenó a las bases estudiantiles no matricularse en sus cursos. Su plan era hostilizarlo para que él mismo decidiera retirarse de la cátedra.



Me matriculé en su curso de Literatura Española “A”, en el primer semestre de 1982, por motivos diferentes a los de mis compañeros de estudios. Además, no era cercano a la gente de Patria Roja y obviamente no acaté sus órdenes. Lo que me importaba era recibir clases  del autor de los poemas que me habían impresionado tanto en mi adolescencia. Su curso, que estaba programado de tres a cinco de la tarde, encajaba perfectamente en mi atiborrado horario de materias que llevaba en dos universidades.

Fui a la clase inaugural antes de las tres de la tarde y encontré a un ansioso Antonio Cisneros que fumaba como un descosido en esta hora de siesta. Nos presentamos.  Me miro profundamente a los ojos. Teníamos la misma estatura. Me preguntó de dónde era, al darse cuenta de mi acento cuzqueño y empezamos a charlar sobre política peruana mientras esperábamos a otros estudiantes. A las 3:30 llegaron un par más y empezamos la clase. El tema del curso era “la generación del 27”. Antonio Cisneros dictó una clase magistral sobre García Lorca. Se acordaba  poemas de memoria de Romancero gitano y Poeta en Nueva York. Tenía gran capacidad de palabra. Su humor negro era increíble. Su charla estaba sazonada con anécdotas y chistes. A las cuatro llegaron más estudiantes, pero el profesor la terminó a las 4:30.

Continuaron las reuniones semanales con la misma rutina en el semestre. Hasta las tres y media o más tarde teníamos conversaciones personales mientras esperábamos a otros compañeros de clase. Cuando estos llegaban, teníamos clases sobre la poesía y la vida de Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda, Miguel Hernández y otros poetas de esta brillante generación.

Me di cuenta que le gustaba hablar sobre sí mismo en nuestra pláticas. Yo le preguntaba sobre sus estadías en el extranjero y sus poemas. Para él las memorias más entrañables pertenecían a los años que pasó en Londres. Recuerdo la anécdota sobre la escritura de Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968) en una  pequeña habitación con problemas de calefacción en un invierno londinense. Tan fuerte era el frío que vestido con ropa de invierno y cubierto con una frazada escribía por segundos uno o dos versos y se volvía a cubrir las manos congeladas con las frazadas. También me acuerdo vivamente la historia sobre la compra de una mesa de segunda mano de un comerciante sefardí en un mercado de pulgas de Londres. Con el viejo vendedor, se comunicaban en ladino y desarrollaron una amistad durante su estadía en la capital británica. Cuando conversábamos sobre su poesía, hablaba abiertamente sobre las lecturas que conllevaron a escribir ciertos poemas. Era uno de los pocos poetas que hacía conocer los ingredientes de su cocina literaria. Al respecto me contó de la lectura del poeta Robert Lowell para escribir poemas que reconocí de Comentarios reales (1964). También le gustaba hablar de la vida cotidiana de San Marcos. Yo, que socializaba poco en esta universidad por tener exceso de responsabilidades académicas, me enteré de varias anécdotas sobre profesores sanmarquinos, cómo habían entrado por la ventana para enseñar en la cuatricentenaria, las fiestas cursis de sus colegas vecinos en su barrio de Miraflores y los amoríos furtivos entre docentes y alumnos. A veces las conversaciones se prolongaban por una hora si no venían compañeros de clase. Su regla era cancelarlas si no llegaban más alumnos hasta las tres y media de la tarde. Sus excusas eran que no iba a dar clase a un solo alumno porque iba a poner en desventaja a los estudiantes que faltaban. También en varias oportunidades nos recordaba que tenía que volver a las oficinas de El Diario de Marka para cerrar la edición de El Caballo Rojo.

Ese espíritu burlón que lo caracterizaba hizo que por lo menos en una oportunidad jugara con fuego. Nuestras conversaciones tenían lugar en una pequeña oficina en el medio del Repertorio Bibliográfico y otro salón de clase de la Escuela de Literatura. En el salón de clase vecino se daban clases de inglés de un recién creado centro de idiomas de la universidad. En los diálogos o repetición de frases en voz alta que practicaban, la profesora y sus alumnos, mostraban claramente defectos de pronunciación. Antonio Cisneros hacía mofa de ellos y luego los corregía gesticulando la pronunciación correcta. Después hacía comentarios negativos en contra de la administración de la  universidad, que permitía estas improvisaciones con maestros que no dominaban la lengua que enseñaban y utilizaban métodos obsoletos. Después de terminado el semestre me enteré por los medios de comunicación que el susodicho centro de idiomas era un centro de reclutamiento y adoctrinamiento de Sendero Luminoso. Las noticias decían que luego de una larga investigación fueron capturados, en un operativo policial simultáneo, presuntos maestros, directivos y alumnos. De haberse enterado que en la oficina adyacente un docente de la izquierda democrática se burlaba de ellos, podían haber atentado contra su vida.



Fue un privilegio tener estas conversaciones y clases sobre literatura española. No entendía cómo a una persona con todas las habilidades para ser profesor no le gustaba enseñar. Es cierto que Antonio Cisneros faltó a varias clases y hacía todo lo posible para no darlas. Sin embargo, comprobé que era una exageración mal intencionada decir que daba sólo cuatro o cinco durante el semestre. Los líos que tenía con el grupo de Patria Roja eran ajustes de cuentas que tenían los partidos de izquierda en los ochenta. Estas luchas por “quítame estas pajas” finalmente llevaron a su colapso luego de que Izquierda Unida ganara las elecciones municipales con “Frejolito”, Alfonso Barrantes Lingán, en 1983. Meses más tarde, amigos comunes, entre ellos el poeta Róger Santiváñez, me informaron que padecía pánico escénico. Por esa razón le era tan difícil dar clases. Después de haber llevado este curso me encontré pocas veces con Antonio Cisneros en bares de Miraflores, su pequeña patria, o en las oficinas de la revista . Iba a dejarle las ediciones de las revistas La Casona y Etiqueta negra, de las que yo era editor, para que ordene a sus periodistas escribir gacetillas. En dos ocasiones diferentes lo encontré en la Plaza de Armas del Cusco. Antonio Cisneros, gracias a su conocimiento de varias lenguas europeas, era guía de turistas en una época de crisis donde los docentes se las agenciaban para  aumentar sus ingresos que desaparecían por la inflación galopante.

La última vez que lo vi en persona fue en la calle Berlín a mediados de los noventa. En uno de mis retornos al Perú, yo caminaba con prisa junto a mi esposa hacia un local miraflorino donde nos esperaban amigos. De pronto escuché, desde la acera opuesta, “Juan Zevallos Aguilar” en voz alta. Reconocí inmediatamente la voz cavernosa de fumador empedernido de mi ex profesor Antonio Cisneros. Estaba con un acompañante más alto que él, creo que era el actor Gianfranco Brero. Le contesté: “¡Hola Toño!”, como le gustaba que lo llamaran. “¡Te voy a llamar!”. No me acerqué sino solamente agité la mano con alegría. Desde la distancia se  notaba que Antonio Cisneros tenía varios tragos encima. El tráfico intenso de la calle Berlín más mi apuro no permitió que nos diéramos un cálido abrazo como siempre lo hacíamos cada vez que nos reencontrábamos. De no haber tenido ese compromiso social me hubiese unido a ellos para beber, disfrutar su amena conversación y ponerme al día sobre la vida artística e intelectual limeña de la que no participaba durante el año mientras residía en Ann Arbor.


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