Transmisión
Tuesday March 18th 2014, 12:37 am
Filed under: Artículo,Columnas,Debate

“A Timey-Wimey Thing” (1)

De cómo una guerra ficcional del tiempo puede ofrecerse

como alegoría del conflicto armado interno peruano (I)


Gallifrey, la Última Gran Guerra del Tiempo


Por Giancarlo Stagnaro


La mayoría de las ficciones literarias que luego pasan a ser cinematográficas toman el asunto de la violencia política como inspiración alegórica, casi siempre en otro espacio y en otro tiempo diferentes o paralelos al real, aunque el éxito de la transmisión alegórica radique precisamente en ese apego o esa verosimilitud con los sucesos ocurridos en la realidad. Por ejemplo, la saga de Harry Potter es en realidad una historia de violencia intergeneracional en la que los villanos de una generación (Voldemort y los mortífagos) son heredados por la subsiguiente (Potter y el Ejército de Dumbledore). O como en la serie Los juegos del hambre (Hunger Games), en donde la gerontocracia de Panem hostiliza a los jóvenes de cada una de las doce naciones en las que se ha dividido Norteamérica para que participen como “tributos”, originando un perverso enfrentamiento televisado entre estos últimos. En ambos casos, la violencia del presente sería una secuela de la anterior, más abierta y menos secreta, y es tarea del héroe de ficción descubrir las tensiones y fuegos del pasado con tal de interpretar con mejores herramientas el presente.

La serie británica Doctor Who, producida por la BBC, se presta también a una interpretación alegórica de la violencia, a partir de su particular visión acerca de la guerra. Esta serie, que en 2013 acaba de cumplir 50 años de emisión (no sin interrupciones), trata acerca de las peripecias del Doctor, un alienígena con aspecto humano y con la capacidad de regenerarse, miembro de la raza de los Señores del Tiempo (Time Lords), y que viaja a través del espacio y el tiempo en la TARDIS (abreviatura de Tiempo y Dimensión Relativa en el Espacio) o “caja azul”, semejante a las cabinas donde se podía contactar con la policía londinense en los años 60. El Doctor se enfrenta así a una serie de enemigos, los más peligrosos conocidos como los Daleks, aunque tiene por costumbre no tomar la vida de nadie. La serie Doctor Who se emitió desde 1963 hasta 1989 (la era clásica, que comprende las apariciones del Doctor 1 al 7), se hizo una película para la televisión en 1996 (Doctor 8) y volvió a la regularidad en 2005, hasta el día de hoy. Las nuevas temporadas, siete hasta el momento, abarcan la introducción desde el 9 hasta el 12.

En la era clásica de la transmisión de Doctor Who, se sabe de la intervención ­­–leve pero intervención, al fin y al cabo– de los Señores del Tiempo, originarios del planeta Gallifrey, en la historia de la humanidad. El Doctor sería así una suerte de intermediario entre los humanos y los Señores del Tiempo. Sin embargo, y a manera de llenar el vacío por la ausencia de la emisión del programa, los guionistas de la serie inventaron una guerra entre los Daleks y los Señores del Tiempo: la Última Gran Guerra del Tiempo (Last Great Time War). Se puede establecer que esta guerra del tiempo es la bisagra entre la serie clásica y la nueva serie. Precisamente, los acontecimientos de las últimas temporadas (2005-presente) tratarían los hechos de la guerra de una manera post-traumática, en la que sólo el Doctor es el único sobreviviente entre los Señores del Tiempo y, por lo visto en la última temporada, el encargado de escribir una memoria de los hechos de la guerra: una suerte de Informe Final de la CVR sin destinatario alguno, un libro que sólo existe en los recovecos de la memoria del Doctor.

Libro The Time War

Casi nunca la serie nos ha mostrado directamente los hechos de guerra, sino que estos son recontados o rememorados desde la perspectiva del Doctor. A excepción de los hechos mostrados en “The Day of the Doctor”, episodio especial por el aniversario 50 de la serie, y en los que se aprecia la caída de Arcadia, la segunda ciudad de Gallifrey. Asimismo, “The Day of the Doctor” posee otros elementos interesantes. En él se narra el encuentro de tres Doctores, reunidos en un único punto de su historia personal: el Doctor Guerrero (una regeneración entre el 8 y el 9), el 10 y el 11; y a punto de acabar con la guerra que estaba asolando Gallifrey. Los tres doctores deberán asumir la grave responsabilidad que les está generando la guerra. La única forma de acabar con esta es activando un arma mortífera, el Momento, que acabará con su propio mundo. A fin de sobrevivir al conflicto entre los Daleks y los Señores del Tiempo, el Doctor Guerrero tendrá que olvidar y asumir que finalmente destruyó Gallifrey, a la vez que regenera en el Doctor 9.

Lo interesante es que el Momento, una entidad autoconsciente, llega a calificar a 10 y a 11 como el “hombre que se arrepiente” y el “hombre que olvida”, respectivamente. Las dinámicas de arrepentimiento y olvido estarían asociadas al desorden de estrés post-traumático (PTSD, en inglés), en la medida en que la persona bajo este estrés persistentemente evita todo pensamiento o emoción respecto al tema, aunque este evento es corrientemente revivido como sueño, pesadilla o flashback.

Los Tres Doctores: 11, 10 y el Doctor Guerrero

Finalmente, y a la pregunta que está implícita desde el título de este artículo, ¿es la serie Doctor Who relevante para entender algunas cuestionas sobre el conflicto armado interno peruano? Si la respuesta es positiva, creo que alcanza para pensar algunas cuestiones de nuestra historia reciente. En general, la sociedad peruana padece de estrés post-traumático, quiérase o no; estamos en la fase que “olvida”, la cual es trazada por la cultura oficial a través de promociones internacionales, de ventas de la “marca-país”, en donde la economía parece estar en piloto automático, como señalan muchos analistas de un tiempo a esta parte. Pero surgen, desde el lado “inconsciente” de la nación (en su doble sentido: inconsciente como incognoscible y como lo reprimido que no queremos ver, lo que no conocemos y lo que reprimimos), voces que no olvidan o que no quieren que se olvide: esas voces están presentes en cada conflicto social, en cada víctima de la indolencia de nuestro país, en la pesadilla. ¿Y cómo reaccionamos? Por lo general, acallando, muchas veces violentamente, nuestro lado inconsciente para hundirlo y privilegiando el lado consciente para celebrarlo. Si pudiéramos vernos como sociedad en un espejo, ¿qué veríamos: una imagen transparente o quizás una invertida o deforme? Y lo más relevante: ¿alguna vez nos libraremos del estrés post-traumático?, ¿de qué manera?

Ante ese escenario, la ciencia ficción, y dentro de ella la del Doctor Who, nos envía un mensaje potente de análisis y reflexión con el cual se puede hacer frente a las guerras del tiempo y de la memoria, que tanto abundan en nuestros días.

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(1): “Timey-Wimey Thing”. No hay una traducción precisa para esta expresión, aunque podría referirse a las tribulaciones del tiempo mismo, como, por ejemplo, los encuentros del Doctor consigo mismo en una regeneración anterior o posterior.



Doble click 10
Monday March 10th 2014, 8:48 pm
Filed under: Columnas,Debate

Reynoso, la lucha de clases y

la producción literaria peruana


Por Francisco Ángeles



1


En una excelente entrevista1 de Jaime Cabrera Junco publicada en la última edición de Buensalvaje, Oswaldo Reynoso reivindica la ideología como un componente plenamente vigente en la producción literaria contemporánea. El autor de Los inocentes señala que, a pesar de que muchos escritores asumen que la posición desde la cual escriben está limpia de toda contaminación ideológica, en realidad su “concepción literaria obedece, se quiera o no, a la concepción ideológica… Hay un filósofo alemán que dice que aún no ha nacido el hombre que pueda saltar sobre su propia sombra. Yo diría que aún no ha nacido el escritor que pueda saltar sobre su propia ideología”.

La idea que expone Reynoso no es ciertamente novedosa. Y aunque podría decirse que es incluso un lugar común, no me molesta en absoluto que el reconocido narrador haga explícita la obviedad porque al parecer dicha obviedad no es exactamente tal. Como él mismo señala, existen escritores que piensan que la ideología ha sido eliminada de su discurso, como si fuera un residuo felizmente extirpado de épocas dejadas atrás. Por esa razón, en principio veo con agrado que Reynoso reafirme lo que debiera ser evidente. Sin embargo, es necesario también detenerse a pensar a qué se refiere exactamente cuando habla de “concepción ideológica”. Declara Reynoso: “Yo soy marxista, creo en las clases sociales… cada clase social tiene una concepción del mundo”. Si para el marxismo ortodoxo las clases sociales son dos (burguesía y proletariado), ¿podemos concluir que Reynoso está implícitamente defendiendo la existencia de dos literaturas, una “burguesa” y otra “proletaria”? ¿Tiene sentido pensar que esta división binaria puede hacerle justicia hoy, en la segunda década del siglo 21, a la producción literaria de un país (Perú o cualquier otro)?

El primer problema es que la reducción burguesía/proletariado implícita en las declaraciones de Reynoso asume la existencia de un proletariado tal como se le concebía varias décadas atrás; es decir, una clase trabajadora congregada en torno al trabajo en fábrica, con potencial de articularse para capturar el poder estatal y establecer una dictadura del proletariado. Esta lectura de la realidad, sin embargo, hace mucho tiempo que no resulta satisfactoria: desde que el neoliberalismo difundió el llamado trabajo post-fordista, y se extendieron por ejemplo la tercerización del empleo, el trabajo independiente y el fomento a la pequeña empresa, la realidad se ha vuelto lo bastante compleja como para que la fórmula binaria burguesía/proletariado resulte suficiente como paradigma de análisis. Por tanto, desde que los individuos se mueven fluidamente entre ambas categorías, o mejor aún desdibujan sus fronteras al punto que los conceptos mismos de burguesía y proletariado dejaron de ser operativos, resulta imposible pensar en la política como la pugna entre dos bloques monolíticos. Y de esa manera, la idea misma de “lucha de clases”, tal como era concebida en el pasado, se vuelve claramente obsoleta.

2

Paso ahora a preguntarme qué efectos tiene en el campo literario mantener la dicotomía burguesía/proletariado como eje del análisis. La respuesta puede ser múltiple, pero en esta breve columna solo quiero proponer los primeros pasos hacia una hipótesis sobre la que habría que volver más adelante. La idea es la siguiente: una concepción binaria de la sociedad, como la que parece defender Reynoso, tiene como una de sus consecuencias que las novelas sobre Sendero Luminoso hayan terminado ocupando una buena porción de lo que a grandes rasgos podemos considerar “literatura política” o al menos “literatura sobre la violencia”. De esa manera, al menos en lo que respecta a obras literarias contemporáneas, el tratamiento de la “violencia política” ha terminado en buena parte reducido a la guerra entre el Estado peruano y Sendero Luminoso2 (como si la violencia fuera solo asunto de un pasado que no debemos olvidar, y no de un presente en que se ejerce de múltiples maneras, muchas veces dentro de la legalidad).

De acuerdo con lo anterior, habría que pensar por qué cuando Cabrera Junco le pregunta a Reynoso por “las mejores novelas de la violencia”, todos los libros que menciona el entrevistado están vinculados a la mencionada guerra interna. La respuesta no parece especialmente esquiva: si Reynoso sigue pensando en la vigencia de una lucha de clases que coloca frente a frente a dos bloques con identidades fuertes, cerradas e inmóviles (la burguesía y el proletariado), es natural que su idea de “violencia política” se concentre en el episodio en que se enfrentaron dos instancias que, al menos en cierto sentido, representan a las anteriores (el Estado y una masa popular revolucionaria, respectivamente)3. Y en consecuencia, la literatura sobre Sendero Luminoso, o por lo menos cierta visión de la misma, termina atrapada en una aparente contradicción: por un lado, puede defenderse su pertinencia e incluso su necesidad; por el otro, este enfoque encarna muy bien una visión binaria del mundo que ha dejado de funcionar.

¿Cómo superar este aparente impasse? Dos opciones saltan rápidamente a la vista. Una, preguntarnos si continúan siendo útiles viejas oposiciones bajo las cuales hemos pensado históricamente nuestra condición nacional: andino/occidental, rural/urbano, indigenismo/criollismo (en el terreno literario, Arguedas/Vargas Llosa). Habría que cuestionar esas dicotomías no tanto porque la realidad demuestre la inexistencia de esas instancias, sino porque en esta época resulta mucho más complicado pensar en ellas como unidades cerradas e inmóviles. La segunda opción, que no tiene que estar desvinculada de la anterior, sería recordar que la violencia tiene múltiples facetas y que de ninguna manera está reducida a nuestro pasado reciente, sino que alcanza el momento mismo en que estoy escribiendo esta columna. Y por tanto, una vez reconocido que los binarios ya no funcionan, acaso resulte conveniente pensar en una literatura que ponga en evidencia que las fuerzas en enfrentamiento no pueden ser reducidas a una oposición entre dos elementos.

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1 Link a la entrevista: http://buensalvaje.com/2014/01/23/en-la-creacion-ejerzo-mi-absoluta-libertad-y-goce-estetico-y-sexual/

2 Por supuesto que no pretendo descartar la posibilidad de que existan obras que contradigan la aparente generalización de esta idea (por ejemplo, solo para mencionar un caso reciente, El rumor de las aguas mansas, de Christian Reynoso). Apunto más bien al grueso de la producción, que es también el más difundido y el que más interés ha despertado en la crítica.

3 Aunque la explicación de este fenómeno excede largamente los propósitos de esta columna, quiero brevemente apuntar que este esquema dual es por supuesto otra reducción. Como en cualquier guerra interna, los poderes en pugna nunca son dos, ni la población se encuentra entre “dos fuegos”, sino que participa activamente de una manera oscilante, que cuestiona seriamente la supuesta unidad de los poderes en pugna (al respecto, remito al libro de Stanley Kalyvas The Logic of Violence in Civil War).



“Ojos de pez abisal” de Ulises Gutiérrez Llantoy
Thursday March 06th 2014, 12:45 pm
Filed under: Artículo,Estudios,Reseñas

Ojos de pez abisal: una novela de memoria y perdón


Por Félix Terrones


Tras el final del denominado conflicto interno, durante el cual nuestro país se vio confrontado a una forma desconocida de violencia, por sus intensidad y locura, lentamente empezaron a aparecer, aislados o colectivos, esfuerzos por constituir un fondo de memoria dedicado a las dos décadas que precipitaron al Perú en el abismo. El principio no podía ser más elogiable; es decir, analizar en detalle el conflicto armado, sus actores y sus detonantes, para proponer a la ciudadanía un esfuerzo que fuese a la vez de reflexión y de advertencia. De reflexión en la medida en la que el pasado, despojado de pasiones, era por fin abordado y discutido de manera colectiva y madura. De advertencia, porque esto se hacía con la certeza de que no debemos volver a atravesar un periodo similar de fractura y crisis. Entonces, pasado y futuro se habrían trenzado en un presente inquisitivo y juicioso. No obstante, muy pronto esas iniciativas se vieron enfrentadas a obstáculos difíciles, si no imposibles, de salvar. ¿Quiénes eran las víctimas y quiénes los culpables de aquellos años de terror?, ¿a quién se le podía entregar la insignia del héroe y a quién la del de villano?, fueron preguntas que no encontraron (y siguen sin encontrar) una respuesta satisfactoria para todos.

No es este el lugar para discutir los alcances de dichos esfuerzos. Lo que me interesa, en todo caso, es comentar una novela que se inscribe dentro de un movimiento que se ha venido a denominar, a mi parecer más con resignación que lucidez, con rótulos como “novela de la memoria”, “literatura de conflicto” y otros que insisten sobre aspectos diferentes pero que de una forma u otra aluden a una serie de ficciones, cuentos y novelas que buscarían representar determinados aspectos de la violencia vivida por todos los peruanos durante los años ochenta y noventa[1]. Pese a las pocas décadas que nos separan de aquel entonces, es sintomático que la lista de textos dedicados a este período sea tan morosa al igual que trasladar a la ficción los años de coches bomba, toques de queda y fosas comunes como si se tratase de una urgencia (¿urgencia social, artística, editorial?). Algunas de estas novelas han adquirido cierta relevancia internacional con premios otorgados por editoriales españolas, Alfaguara y Anagrama básicamente, lo cual asegura una difusión panhispánica y, por lo tanto, una recepción y una discusión que trascenderían el ámbito estrictamente peruano.

La novela a la que me refería en el párrafo precedente es Ojos de pez abisal de Ulises Gutiérrez Llantoy. Se trata de un escritor atípico por varias razones. La primera es el hecho de que se trate de un personaje relativamente desconocido en el circuito literario nacional. En lugar de ser un periodista, un estudiante, un crítico o un profesor de literatura, acaso un traductor, o cualquiera de los nombres con que los plumíferos justificamos los garabatos, Ulises es un ingeniero sanitario que trabaja sin descanso para Sedapal. El hecho de ser un técnico no quiere decir, sin embargo, que sea un novato en esto de la escritura. A nivel de publicación, sus libros han aparecido bajo el sello de editoriales huancaínas: el conjunto de relatos The Cure en Huancayo fue publicado en su segunda edición por Bisagra Editores, la misma editorial que le publicó Ojos de pez abisal. Pese a la relativa discreción de las editoriales en las que publica, las ficciones de Ulises Gutiérrez Llantoy se las arreglan para alcanzar un gran número de lectores. Entre ellos, gente como Iván Thays quien consagró a Ojos de pez abisal, la historia de un joven que fue testigo del asesinato de su hermano a manos de un mando senderista, como la mejor novela peruana del 2011. El título puede sonar exagerado de primera impresión, pero no peca de demasiado entusiasta pues la lectura de la novela lo justifica plenamente.

¿Qué tiene Ojos de pez abisal que lo hace un libro particular? Si se trata de hablar de las cualidades formales del libro hay que subrayar antes que nada el hecho de combinar diversos registros narrativos, que van de las cartas hasta los correos electrónicos, pasando por los diálogos y los pasajes introspectivos. Esto le entrega a su texto una agilidad particular que dinamiza la lectura y, al mismo tiempo, aborda la historia desde diversos momentos en la experiencia del narrador. La agilidad a la que me refiero es reforzado por la extraordinaria capacidad de Gutiérrez Llantoy para llevar a la ficción distintas maneras de hablar (capitalinas, provincianas, castellanas, quechuas, entre otras). Es necesario subrayar el logro verbal que representa en la ficción el hecho de congregar de manera tan verosímil, cuando no fidedigna, a tantos registros del idioma. Así, Ulises Gutiérrez ha sabido arreglárselas para escribir una novela que no peque de “novelesca”, es decir, una ficción que, a fuerza de querer subrayar lo “literario”, resulta mal acabada, postiza y malamente retórica, sino que nos presenta un libro de lenguaje casi siempre pulcro y justo en el que a lo largo de cada capítulo asistimos a los esfuerzos del narrador por hacerse de un lugar en el mundo pese a que todo lo que más quería fue violentamente destruido.

Si bien, como algunas otras novelas de la misma temática, en la novela se utiliza la primera persona, por un deseo de autenticidad de lo vivido, lo hace también para subrayar el drama particular que vive el protagonista. El narrador, a quien llaman “Zancudo”, ha pasado toda su vida intentando huir del Perú, o más bien de los malos recuerdos que lo acosan sin cesar bajo forma de pesadillas, rencores y anhelos de venganza. Pese a todo esto, hay en él -en su pasión por todo tipo de música, en su sentido de la amistad, en su amor por las mujeres- un claro esfuerzo por vivir tal y como alguna vez su padre le pidió que lo hiciera: “A ver, ¿cómo les vas a explicar a tus amigos que te han derrotado? Yo no quiero que te rindas al primer problema, yo quiero estar orgulloso de ti, que triunfes”. Así, buscando honrar el deseo de su padre, “Zancudo” logra sobreponerse al acoso del pasado para convertirse en ingeniero, viajar a Japón e insertarse con éxito en el difícil mundo académico nipón. Pese al recuerdo que lo acosa sin cesar, “Zancudo” anhela elevarse por sobre toda la miseria para ser alguien. Nada, sin embargo, le permite adivinar que de un momento a otro se verá confrontado a una situación destructiva.

Es justo cuando conoce a Masami, la japonesa con la cual terminará asentándose, que por azar reconoce, entre los cansados músicos folklóricos de la Estación Central de Kyoto, al mando terrorista que asesinó a su hermano varios años atrás. Aquel pasado del que buscaba huir sin conseguirlo totalmente reaparece con tanta brutalidad que “Zancudo” se verá obligado a actuar en consecuencia, es decir, a atacar al exterrorista “Renán” y buscar justicia con sus propias manos, asesinar a quien asesinó a su hermano, y con él a su infancia. Si el Gobierno peruano le entregó a ese miserable terrorista la amnistía, para de esa manera obtener su testimonio incriminatorio, “Zancudo” no olvidará lo ocurrido, porque hacerlo sería traicionar la memoria de su hermano, casi como volverlo a matar. Dicho de otra manera, dejar impune al exterrorista “Renán” sería no aprovechar la ocasión que el azar o la contingencia le entrega para corregir el crimen de unos fanáticos y la injusticia de un estado complaciente.

Sin embargo, el deseo de venganza de “Zancudo” se revelará difícil y engorroso. El hecho de haber agredido con intenciones asesinas a un individuo en plena calle revierte la situación. Amparado en la justicia nipona, “Renán” puede acusar a “Zancudo” y obtener su encarcelamiento y su expulsión del archipiélago. Lo que en principio parece un ajuste de cuentas termina revelándose como una grotesca inversión: el culpable resulta siendo el inocente y el victimario no es nada más que la víctima. “Zancudo” no solo a eso se expone sino también a la pérdida de su futuro pues, al ser encarcelado, se vería alejado para siempre de Masami (sin contar con la pérdida de su trabajo). Como ocurre en algunos relatos de Heinrich von Kleist, pienso antes que nada en el genial Michael Koolhas, el deseo de resarcir una injusticia termina convirtiéndose en una infinita cadena de violencia que termina revirtiéndose irremediablemente contra la víctima inicial.

Ulises Gutiérrez Llantoy

De esa manera, el protagonista se verá obligado a abrirse, a salir de su férrea decisión de vengar la muerte de Ariel: primero para poder librarse de la justicia nipona, pero, poco a poco, para sentarse a reflexionar y escuchar. Y es que “Renán” le ha propuesto una entrevista. Entrevista que al inicio se niega a aceptar pero que al final acepta, más por darle gusto a Masami que por sincera convicción. Es entonces que, casi al final de la novela, el relato adquiere un aliento inesperado en la medida en la cual el narrador le da espacio en su relato (y el autor en su novela) al testimonio del terrorista. Esta aparición, larga y minuciosa, del testimonio tiene un objetivo específico tal y como lo anuncia el mismo “Renán”: “…quería decirle que estoy aquí para pedirle perdón y poder mirarle a los ojos”. A partir de ese instante y hasta el final de su confesión, “Zancudo” -y con él el lector- conocerá una perspectiva insospechada que le acerca, tal vez demasiado, en términos humanos, a aquel individuo que nunca antes había dudado en imaginar bajo otra cualidad que la de la abyección. Al contrario, en su confesión, “Renán” descubre cuánto de humanidad existe en él. De ahí la perplejidad final de “Zancudo”: “Lo miré. Avejentado, herido, traumado. Sentí pena. Mi pecho, mi alma, mis pensamientos aún estaban poseídos por el odio, pero ahora era un odio indulgente. ¿Acaso perdonar era sentir pena? ¿Acaso el perdón era dejar de sentir verdadero odio?”. No es casual que el narrador utilice las preguntas retóricas con esa insistencia pues en su cuestionamiento sucesivo ellas manifiestan el cambio que se ha operado en él después de la conversación con “Renán”. Las palabras, que hasta ese momento habían servido para recordar el dolor y con él la muerte, ahora acercan de forma ineluctable a los enemigos, entregándoles puntos en común.

Y es que en Ojos de pez abisal no se trata tanto de amnistía como de perdón. Hay una dimensión moral que trasciende la justicia de los hombres, cualquiera sea su origen y nacionalidad, para alcanzar una cualidad de orden casi religioso (como se desprende en los paralelos con la cultura japonesa). El perdón, si bien no puede remediar lo irreparable, es decir, resucitar a los muertos, bien puede aliviar las heridas, permitir a los hombres mirar de otra manera hacia el futuro. Si, antes de encontrar a “Renán”, “Zancudo” había buscado, mal que bien, olvidar a su país, después no puede más que regresar a este, a su pueblo, como lo hace al final del libro de la mano de Masami. Gracias al enfrentamiento con el asesino de su hermano, “Zancudo” encontró una paz que hasta ese momento le había sido esquiva, imposible, la paz de quien ha mirado cara a cara al horror para madurar y para elevarse a unas alturas donde el odio no puede más alcanzarle. Con el enfrentamiento, “Zancudo” ha descubierto lo que muchos peruanos se niegan a reconocer: todos somos culpables, todos somos víctimas. Aquel terrorista que asesinó a sangre fría a Ariel es también, a su manera, una víctima: víctima de los terroristas que asesinaron a su familia, víctima del Ejército que lo hostigó, víctima de la sociedad que hipócritamente lo perdona dándole una nueva identidad para que parta lejos sin posibilidad de regresar. En un período en el que se puede tener la impresión de una constitución maniquea de la memoria, el libro de Gutierrez Llantoy disemina la culpa sin expiar del todo a las víctimas y los culpables. Por ejemplo, pese a que “Renán” termina siendo escuchado por “Zancudo” nada se soluciona para él pues nunca más podrá regresar a Perú sino que se resigna a seguir siendo un ignorado y anónimo músico folklórico.

Así, lo mismo que los peces abisales, que junto con el título merecen algunos pasajes en la novela, ahí está el narrador para, por medio de las palabras, poder iluminarse en lo más siniestro y encontrar su camino en el medio de las tinieblas. Un camino que no lo abandona en las profundidades, sino que lo eleva hasta las alturas, esas mismas alturas en las que, a comienzos de la novela encuentra el recuerdo de su hermano: “Al llegar, elevé la mirada al techo y como si de pronto me invadiera una sucesión de fotografías, me llegó a la memoria las punas de Ticlio, la noche frente a la laguna Huacacrocha y el rostro de mi hermano Ariel”. Gracias a la palabra, tanto la suya pero también la de los otros, “Zancudo” termina reconciliado con su pasado y su país. Cuando acude a su casa de infancia ya no lo hace como el huérfano que lo perdió todo sino como el hombre que se volvió a hacer en la lucha, el perdón y el amor de Masami.

Ojos de pez abisal es una novela que merece leerse y discutirse, pues renueva la posibilidad única que le entrega la literatura a la memoria: no ser una ilusión intangible (como un obelisco conmemorativo o una escultura que rinde homenaje antes que al pasado a la “cagada” de los pájaros), sino más bien eventos que en su tensión imposible de resolver se mantienen siempre presentes y vivos en el lenguaje. Un lenguaje que a diferencia de otros no busca darle una respuesta al conflicto social mediante las acusaciones, las intrigas, las malas lecturas, sino más bien diseminar, como las raíces de un árbol, la responsabilidad que nos corresponde a todos nosotros de cara al mañana.

Ulises Gutiérrez Llantoy

Ojos de pez abisal

Huancayo: Bisagra editores, 2011. 209 p.


[1] Un buen acercamiento a este tipo de literatura es la antología de Gustavo Faverón sintomáticamente titulada Toda la sangre que propone un conjunto de textos bastante homogéneo en términos estéticos pero diversos en cuanto a períodos en que fueron escritos y posturas ideológicas de sus autores. FAVERÓN, Gustavo, Toda la sangre Antología de cuentos peruanos sobre la violencia política. Lima: Matalamanga, 2006. 455 p.



Nota de prensa
Thursday February 27th 2014, 10:51 pm
Filed under: Noticias,Presentaciones,Publicaciones

Ya salió El Hablador Nº 21

www.elhablador.com

Revista de Literatura viene de cumplir diez años

en la red y lanza un esperado número

Luego de un periodo sabático, que incluyó la celebración de nuestros primeros diez años en el ciberespacio, la revista de literatura El Hablador se complace en presentar su esperado número 21, donde sobresalen distintos artículos que buscan replantear el análisis sobre ideas ya discutidas y estimular el constante debate entre los lectores. En ese sentido, sobresale el texto de Giancarlo Stagnaro en torno al quehacer poético-detectivesco de Roberto Bolaño, en Estrella distante; la bipolaridad entre realidad y deseo, en La piedra alada, de José Watanabe; la herencia y el dinero en “Nombre falso”, de Ricardo Piglia; el realismo y la burocracia en Los gallinazos sin plumas, de Julio Ramón Ribeyro; el racismo y la exclusión social en La noche y sus aullidos, de Sócrates Zuzunaga, y Ese camino existe, de Luis Fernando Cueto. Asimismo, Gladys Vásquez nos muestra la divergencia entre historia y discurso en los quipus; Violeta Lemus ilustra el erotismo y la sexualidad como fuente de poder en el cine mexicano de ficheras; Rafael Ojeda escribe una crónica sobre el barrio de Montparnasse, en París; y Louis-Ferdinand Bats analiza la naturaleza iconoclasta en la poesía de Yves Bonnefoy.

En entrevistas, tenemos la participación de Sergio R. Franco, quien conversa con Roger Santivañez en torno a su último libro, In(ter)venciones del yo. Escritura y sujeto autobiográfico en la literatura hispanoamericana (1974-2002). Asimismo, el escritor greco-francés Vassilis Alexakis hace lo propio con Laëtitia Soula sobre el quehacer literario y sus expectativas frente a la página en blanco. Además, Iván Teruel dialoga con Félix Terrones acerca de su ensayo El Perú escindido: Antagonismo estético e ideológico entre Arguedas y Vargas Llosa. En creación, despunta el adelanto de la próxima novela de Francisco Ángeles, Austin, Texas 1979; como también los cuentos de Pedro Moreno, Mariano Vargas y Jim Anchante. En poesía, contamos con textos de Carlos Henderson, Raúl Mendizábal, Mario Wong, Laëtitia Soula, Henri Meschonnic y Ana Ávila.

Por su parte, en cuanto a las reseñas, destacan un conjunto de lecturas que no se detienen en aproximaciones pasivas; por el contrario, reflexionan críticamente sobre los aspectos más resaltantes de El camino de Ida de Ricardo Piglia, El héroe discreto de Mario Vargas Llosa, Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán, Ella de Jennifer Thorndike, Mi libro enterrado de Mauro Libertella, La emancipación engañosa. Una crónica trasatlántica del boom (1963-1972) de Pablo Sánchez, Historias del más acá. Imaginario apocalíptico en la literatura peruana de Lucero de Vivanco Roca Rey, y Del testimonio a la autobiografía. Ángela Zago y su proyecto de escritura de Adlin de Jesús Prieto.

Finalmente, invitamos los lectores a visitar la Bitácora de El Hablador, pues su último relanzamiento continúa sosteniendo la disputa de argumentos en sus columnas, artículos y entrevistas. Además, anunciamos la publicación de la edición número 22 de El Hablador, programada para agosto-setiembre de este año. La convocatoria para la recepción de textos ya se inició.

Con el favor de su difusión,

Comité Editorial Revista El Hablador

www.elhablador.com



Bajo las sombras
Tuesday February 11th 2014, 10:51 pm
Filed under: Columnas

Del buen empleo del lenguaje

y otras burbujas

Por Jack Martínez Arias

(jackmartinezar@gmail.com)


Si en una reseña lees que se resalta excesivamente el “buen empleo del lenguaje”, comienza a sospechar. Te quieren hacer creer que el gran “mérito” del libro reseñado es el de estar bien escrito. Cuidado, porque un buen empleo del lenguaje ni siquiera es un “mérito” cuando de literatura se trata. Es, al contrario, el primer requisito. ¿O te imaginas a un crítico de arte diciendo que el pintor X tiene un buen manejo del pincel? El lenguaje es la herramienta del escritor. No lo digo yo, lo dice el sentido común. Y es justamente por eso que la situación debe preocupar. Porque el buen uso del lenguaje por parte del escritor es algo que debe pasar desapercibido y, sin embargo, ha pasado a celebrarse con bombos y platillos en la crítica nacional.

Cuídate también de las otras reseñas burbuja. Esas que inflan el libro sin encontrar un sólo argumento. Aquellas reseñas se construyen sobre la base de endebles malabares retóricos. Los reseñistas escriben “difícil” y piensan que el texto que producen parece serio, que parece inteligente, que parece sustancioso. Tranquilo, no son difíciles de detectar. Puedes descubrirlos rápidamente cuando te encuentres con párrafos enteros que van más o menos así: “En este libro el autor demuestra que lo percibido a través de su pluma puede constituir el todo y la nada, la verdad y la mentira del mundo representado”, “En esta flamante publicación, la forma de narrar se transforma para construirse y de-construirse en la voz de cada uno de los personajes que, como en la vida, son y no son siempre los mismos, están en constante cambio y sin embargo no pierden su esencia” o “El lector no podrá escapar al efecto que los diálogos que esta narrativa produce a través de una poética singular y—al mismo tiempo—vinculada al surrealismo (unas veces) y a lo absurdo (otras veces)”.



Si te topas con una de estas reseñas burbuja, tranquilo. No desesperes. No la leas tres o cuatro veces para entenderla. Nunca la entenderás. Nadie la entenderá. Permanece calmado: no eres tú, es el reseñista. Es él quien ha plasmado su experiencia de lectura. Es él quien ha leído el libro que le tocaba reseñar y tampoco ha entendido de qué carajo se hablaba allí. Pero claro, él no dudó de la calidad del libro ni de la de su autor. Creyó que era incapaz de percibir la genialidad del texto. No vio el traje del rey pero no podía escribir eso en su reseña. Por supuesto que no. Entonces hizo la finta de haber visto el traje del rey y no le quedó más que reproducir el inútil artificio, creyendo que los lectores caerían en la misma trampa. Creyendo que algunos incautos, al no entender tampoco su reseña, se quedarían callados y no se arriesgarían a decir el vergonzoso “no entiendo esto”.

Sólo confía, entonces, en las reseñas claras y directas. Si tras leerlas puedes distinguir fácilmente el argumento del libro reseñado y la opinión del reseñista, se trata de un texto que ha cumplido su papel a cabalidad. Si, al contrario, se trata de un texto nebuloso e impermeable, o se detiene en detalles anecdóticos, circunstanciales, personales y extraliterarios, aléjate. Que no te engañen los juegos artificiales del lenguaje.




el árbol de Reinhard Huamán Mori
Tuesday January 28th 2014, 5:36 pm
Filed under: Noticias,Reseñas

Un mundo de troncos que se pudren y florecen

(un comentario sobre el Árbol

de Reinhard Huamán Mori)

Por Luis Javier Hidalgo

Cuando leí el Árbol por primera vez me sentí excluido y expulsado. Aquel paraíso hermético ofrecía un mundo primitivo y autosuficiente consumiéndose en un éxtasis entrópico de fuerzas impuras. Fascina su vastedad sugerida, su combustión silente, pre-lógica, el humo que se disuelve lentamente en un silencio telúrico. Pero sus cenizas pueden cubrir nuestros ojos y no dejarnos penetrar fácilmente en su mundo. En sucesivas aproximaciones rondamos sus orillas y respiramos su tóxica belleza, su oxígeno incandescente, sus sombras desgreñadas, su temblor de presagio. Desde lejos, vislumbro un mundo de misterio cerrado con puertas de raíces y capilares venenosos. Como si el ámbito de este libro hubiera logrado un equilibrio químico perfecto que sólo dejara entrever desde fuera su alquimia y que no permitiera introducir reacciones indeseadas en el frágil compuesto. Pero sí seremos testigos  sobrecogidos de un mundo precámbrico, con sus lentas lenguas magmáticas, sus hilos de agua fría y sus semillas esculpidas.

Todo es puro e impuro al tiempo en el Árbol de Reinhard Huamán Mori, todo tierno y deletéreo, joven y eterno, gentil y sagrado a la vez. Los brazos del Dios abrazan un cosmos que oscila entre la génesis y la destrucción, el poeta lo ciñe y perfila con una mirada que se posa en las sombras fecundas a punto de morir, a punto de nacer. Como en el Canto General de Neruda, los hombres aparecen en el limbo de un mundo voraz, emergente y creador. El lenguaje surge desnudo, con su poder ordenador, e incorpora al paisaje su boca de fuego que calienta el caos y lo anima y despierta, como a un saurio gigante de piel escurridiza.

Una nueva aproximación a los versos de Huamán Mori y encontramos las grietas por donde penetrar en ese mundo en el que empezamos a reconocernos, nosotros humanos, dolientes y amantes, desnudos de la casulla reptiliana, como criaturas sangrantes entre la penumbra teñida de esmeralda.

¿Cómo es posible que antes en el ejercicio de la poesía no hubiera sido concebido un título tan sencillo, tan hermoso y con tan radiante latencia? La savia viva del libro cerrado, con su llave flexible de fina madera, esconde un mundo orgánico e intemporal que despierta a la consciencia, a la cronología dolorosa del polvo y la descomposición. Un mundo de troncos que se pudren y florecen, de ríos que se pueblan de márgenes sinuosos donde se oculta la fecundidad del fango tibio. Un ámbito donde brota al fin el amor tembloroso y sucio, como un don recién nacido que agita con fuerza todo el árbol, sus ramas, sus raíces, sus vetas, llenando de resonancias y vibración el aire donde soñaban inconscientes las criaturas sin nombre. Así, esa vibración sacude todos los versos del libro, y este, como un árbol, rinde su fruto en las últimas líneas.

El libro es un resumen de la historia de la humanidad, un compendio universal del miedo a la muerte y al amor. el Árbol es un ejercicio de síntesis de nuestra naturaleza encarnada en las fuerzas más poderosas de la naturaleza; es un espejo invertido del Apocalipsis, una fábula que sigue germinando una vez cerrado el libro y comprendidas sus líneas, el mapa de un territorio amenazador donde encontrar el refugio de las emociones más reconocibles y fecundas, aquellas que salvan una y otra vez a la humanidad de su autodestrucción.

Y con un lenguaje esencial, elemental (“…acaso un puñado de tierra/ que se estira/ entre la piedra/ el fuego/ la marea”), hecho de verbo fuerte y flexible, restallando seco al borde de los encabalgamientos, el libro nos lleva a una coda de fecundidad y renacimiento, como si su autor hubiera soplado sobre las cenizas volcánicas que ocultaban la belleza del suelo y de la vida.

De el Árbol de Reinhard Huamán Mori, fue hecha una tirada de 501 ejemplares. Yo tengo el que lleva el número 0123, que coincide con el de mi tarjeta de crédito. Desde este árbol y con este número secreto puedo disponer sin restricción de un bello caudal de riqueza mineral, salina, vegetal y humana. Todo ello se agita y se desintegra en el libro para rearmarse en sus últimos versos en un confín luminoso.



El último poema de Juan Gelman
Wednesday January 15th 2014, 5:35 pm
Filed under: Creación,Noticias

“Verdad es”

Cada día

me acerco más a mi esqueleto.

Se está asomando con razón.

Lo metí en buenas y en feas sin preguntarle nada,

él siempre preguntándome, sin ver

cómo era la dicha o la desdicha,

sin quejarse, sin

distancias efímeras de mí.

Ahora que otea casi

el aire alrededor,

qué pensará la clavícula rota,

joya espléndida, rodillas

que arrastré sobre piedras

entre perdones falsos, etcétera.

Esqueleto saqueado, pronto

no estorbará tu vista ninguna veleidad.

Aguantarás el universo desnudo.


La Condesa DF

28 de octubre de 2013


Más información sobre Juan Gelman.




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