Microrrelatos de Félix Terrones


TRES ESCENAS PERUANAS




Por Félix Terrones



El recuerdo recobrado

En aquel entonces sólo era Gómez de Figueroa, hijo de una princesa inca con un notable capitán español. Tras la muerte de éste último, Gómez de Figueroa viajó hasta España, la tierra patria, el reino glorioso del cual con tanto amor le había contado el fallecido capitán. Conoció Extremadura y recorrió Montilla, entusiasmado con haber encontrado a un borroso familiar. En Madrid, aduciendo una desleal falta de su padre, le negaron las mercedes que solicitaba con fervor. Sintió algo más que la afrenta a la memoria de su padre, sintió que se le negaba algo íntimo. Poco a poco, esa tierra con la que desde pequeño había soñado se le reveló como inextricable, arisca. El exilio, voluntario y forzoso, le hizo soñar con regresar a Perú, aquel territorio lejano pero accesible mediante la memoria. Cuando descubrió, atónito aunque resignado, que nunca más vería a los suyos, que tampoco volvería a hablar ese idioma que recordaba desde que tenía memoria, fue que por fin se decidió. No ocurrió de inmediato, claro está, sino que fue un lento proceso, como una decantación del alma. Recordaría a su madre, su familia, su país. Recordaría los olores de las frutas, las caricias de las palabras, el tacto de los animales, la luz del crepúsculo. Recordaría al lejano Perú. Para cuando empezó a hacerlo, a contar la historia de los Incas, su alcurnia y sus obras, fue que por fin sintió que regresaba allí donde en verdad pertenecía.




Crimen en la escuela militar

Se trataba de la primera novela que escribía. La había comenzado en la tasca madrileña esa, la de Menéndez y Pelayo, creyendo que tendría para algunas semanas, pero esas semanas se alargaron, haciéndose meses y después años. Conforme avanzaba en el trabajo, tenía la sensación de ir sitiando el momento culminante, de rodear con sus palabras el evento que, ineluctable, tendría que hacer detonar. Pese a la sensación de urgencia, también a la conciencia de que de todo ello dependía el que se hiciera escritor, no dejaba de pararse a buscar algo, pretextando cualquier excusa que le ayudara a dejar de escribir. El evento era un asesinato durante un ejercicio de tiro en una escuela militar llamada Leoncio Prado, donde él mismo hizo sus estudios cuando adolescente. En el episodio del asesinato, uno de los personajes, el temible e indómito Jaguar, se aprovecharía de la confusión para disparar por detrás a Ricardo Arana, aquel que llamaban el Esclavo. Esa era la única manera que tenía para salvar su honor y castigar al cobarde. Sentado frente a su escritorio, en su buhardilla parisina, Mario Vargas Llosa mira a través de la ventana. Justo en ese mismo momento, cuando debe contar el episodio, son muchos los recuerdos que se acumulan de su periodo en el colegio militar Leoncio Prado. Los castigos. Los golpes. Las vejaciones. El horror. Por eso, siente su respiración enrarecerse. Detrás de su ventana, el delicado paisaje parisino parece indiferente a la obscuridad en la que se hunde el autor y de la cual se libera como quien se arroja a una trinchera. Cierra los ojos, aprieta los puños y dispara.




1922: annus mirabilis

En aquel año, James Joyce publica Ulysses en París, gracias a la ayuda de Sylvia Beach de Shakespeare and Company. En una habitación de la rue Hamelin, a algunos kilómetros de allí, Marcel Proust termina À la recherche du temps perdu y, poco después, muere de cansancio y bronquitis. Entretanto, Picasso da a conocer su Mujeres corriendo por la playa, T.S Eliot publica Waste Land, Rainer Maria Rilke escribe las últimas Duineser Elegien y, por si fuera poco, Stravinski presenta su Mavra nada menos que en el ballet de Diaghilev. El mundo parece tomar un respiro entre las dos grandes guerras, como si se empeñara en olvidar el cataclismo antes de arrojarse al holocausto. Los colores, las palabras, las notas musicales se esfuerzan en seguir viviendo, construir un sentido, en medio del horror más voraz.

A miles de kilómetros, en un país inventado de tan irreal, en la obscura imprenta de un panóptico, un hombre ojeroso publica doscientos ejemplares de su poemario. Los distribuirá entre sus amigos, antes de  viajar a Europa, donde no se encontrará con Joyce, tampoco con Proust o Eliot, menos aún con Rilke. Ni siquiera podrá tomar una cerveza con Pablo Picasso, quien haría un retrato de él, pero a partir de una fotografía. De la dulce y alegre Europa no conocerá una sola línea, ni tan siquiera un color o una nota musical, aunque sí los albores de la segunda guerra que devastaría a todo un continente. Morirá poco antes, en una habitación parisina, cuentan que acompañado de su mujer, en medio de algo parecido a una digna pobreza.

Ahora, el viajero que quiera encontrarlo puede acudir al cementerio parisino de Montparnasse donde están enterrados muchos genios europeos, cientos de víctimas de la guerra y aquel peruano, de nombre César Vallejo, cuyos poemas son leídos por los futuros poetas peruanos, también franceses y alemanes, quienes, sin saberlo, también son sobrevivientes de esa gran catástrofe llamada humanidad.




Félix Terrones (Lima, 1980). Autor de los libros A media luz (2003, PUCP), libro que reúne dos novelas cortas; El silencio de la memoria (2008, Mundo Ajeno), novela corta; y El viento en tu cara (2014, Nazarí), microrrelatos. Asimismo, ha publicado el libro de cuentos en formato digital Cenizas y ciudades (2014, Sub-urbano).



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Reseña a “Dramas de familia” de Mariana de Althaus



Abrir un libro es también alzar el telón: Dramas de familia




Por Gabriela Javier



En nuestro medio editorial es poco frecuente la publicación de textos de dramaturgia peruana contemporánea. Felizmente, esta situación -que coloca a la dramaturgia como “el patito feo” de los géneros literarios- viene dejándose de lado, con la publicación, por ejemplo, de las obras ganadoras de los concursos de dramaturgia que auspicia el Centro Cultural Británico y, más recientemente, Sala de Parto; así como por el trabajo editorial que viene realizando la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD). Así pues, la publicación de Dramas de familia por la editorial Alfaguara es un caso particular que nos permite capturar algo de la puesta en escena y revisar con mayor cuidado parte de la obra de Mariana de Althaus. Su trayectoria es conocida: formada en Literatura por la Universidad Católica (PUCP) y específicamente en teatro por diversos maestros (como Rafael Dummet, Alonso Alegría, Roberto Ángeles, etc.), es una de las dramaturgas y directoras más importantes de la escena local, con más de diez obras escritas y dirigidas en su estreno por ella misma. Esto es un aspecto importante, ya que su labor de escritura es indesligable de la dirección, pues confiesa -en varias entrevistas- que sus trabajos solo terminan de completarse con la puesta en escena, en los estrenos que ella misma dirige, en procesos de creación escénica -y ya no solo verbal- que le permiten redondear y resolver ideas, acciones y personajes. Sus obras, como ella misma confiesa en el prólogo testimonial que incluye el libro que hoy nos ocupa, “se terminan de escribir en la última función, nunca antes”.

Dramas de familia incluye tres de la obras de Mariana de Althaus que han sido puestas en escena con gran éxito: El sistema solar, estrenada en 2012 y cuya primera versión fue escrita durante el 2010, en el marco del Seminario Intensivo para Dramaturgos Seminario Sur, en Buenos Aires; El lenguaje de las sirenas, estrenada el mismo año que la primera, con Viaexpresa, colectivo teatral del que forma parte la autora; y Ruido, llevada a escena el 2006, año en que fue seleccionada por el Festival Otras A-puestas del Centro Cultural PUCP. Pese a que se trata de una triada que comparte un gran tema -los conflictos familiares y el retrato íntimo al interior de la célula básica de la sociedad-, como la mayoría de las obras de la autora, distinguimos la posibilidad de diferenciar o categorizar las obras de Dramas de familia en dos grupos: aquellas que se instalan en el círculo personal y están marcadas por la autoreferencialidad; y aquellas que, también instaladas en la esfera de lo privado, lo trascienden para dialogar con un referente histórico y social, común al espectador/lector. Al primer grupo pertenecería El Sistema Solar; al segundo, El lenguaje de las sirenas y Ruido.





El Sistema Solar nos presenta a dos hermanos, Pavel, padre soltero de Puli que tiene ocho años, y Edurne, que tiene 35 años y está embarazada, quienes reciben a su padre, Leonardo y a su novia, Paula, para una cena navideña con la intención de reconciliarse y dejar atrás episodios conflictivos. Sin embargo, esta reunión se convierte en un enfrentamiento que revelará resentimientos y reclamos en ese universo, en el que cada personaje es un microcosmos complejo, con una notable profundidad psicológica. Una trama que se instala en lo cotidiano para sorprender y conmover. Al leer esta obra es imposible no tener en mente la puesta en escena del 2012, llevada a cabo en el salón de una casona de Barranco -un ambiente no teatral-, con los asientos dispuestos para el público colocados alrededor de la sala en la que las acciones transcurrían, muy cerca de los actores, enfatizando así el tono intimista y brindando una experiencia alejada de lo tradicional. Resulta curioso que en las acotaciones del texto no se incluya ninguna referencia a la condición no-tradicional referida, sugiriendo la posibilidad de ser llevada a escena en una sala tradicional. Sin miedo al error -y habiendo espectado la obra previamente a su lectura-, podríamos mencionar que se trata de una de las mejores propuestas escénicas de De Althaus, quien consigue plantear y retratar, con fidelidad y autonomía, aquella problemática al interior del núcleo social.

En El lenguaje de las sirenas la situación cambia: ahora el conflicto de los personajes ya no es personal o al interior de su grupo cercano, sino que se ven enfrentados a aquello que no logran -o que no quieren- reconocer. Es quizá en este tipo de dramas, que la pluma firme de la autora se encuentra con obstáculos mayores. En esta obra, una familia de clase acomodada que veranea en un balneario exclusivo decide hacer caso omiso a las alertas de tsunami y baja a la playa, como normalmente lo hace; sin embargo, el día normal de playa se verá trastornado por la aparición de un ser fantástico, no solo distinto al hombre por su condición, ya que es una sirena, sino porque habla quechua y es “chola”. Resulta claro que se trata de representar, a través de la metáfora, a aquella clase alta que discrimina a priori y que ostenta un natural estatus superior, atribuido por sí mismo, casi como por abolengo. Este elemento perturbador y sobrenatural, que irrumpe en un contexto realista, servirá para mostrar las taras sociales y prejuicios, generando desequilibrio. La sirena, chola y quechuahablante es objeto de deseo adquisitivo por Félix y Richard, quienes pretenden formar “un circo” con ella de protagonista para hacer dinero, teñirle el pelo de rubio o “blanquearla”, incluso, para atraer mayor público. Opuesta a esta intención es la actitud de Camille, la hija aparentemente autista, quien rompe su silencio para traducir lo que la sirena dice. Es curioso que la única que comparte el saber y entiende al ser sobrenatural sea ella, apelando a un momento de “iluminación” y de revelación de ese lenguaje que conocía y que, por algún motivo, permanecía oculto. El final de esta obra intenta conciliar aquellos dos saberes diferentes y considerados excluyentes por gran parte de la sociedad limeña, como un débil intento de ofrecer una mirada homogenizadora, en el que Camille -blanca y de clase acomodada- termina casi “emparentada” con la sirena que finalmente devuelven al mar, a ese lugar que no es el natural de la familia protagonista, sino de donde viene lo otro, completamente diferente de ellos. La relación con la actualidad y la discriminación sistemática en nuestra sociedad es innegable.

Ruido, ambientada en 1988, nos muestra a una familia que vive encerrada, de espaldas por completo a la realidad brutal de ese momento: el terrorismo y la crisis durante el primer gobierno de Alan García. Ese contexto peligroso e incómodo, de crisis social, es a lo que llaman ruido, el elemento perturbador en sus vidas y al que se empeñan en obviar.  Incluso cuando la Vecina -que se halla momentáneamente en la casa de Agusta, Agustín y Agustina, pues el toque de queda la encontró cuando les pedía que apagaran la insoportable alarma que la propia Agusta no lograba reconocer como suya, pese al ruido ensordecedor que emitía- los increpa por ignorar lo que pasa fuera de su casa, ellos deciden obviarla a ella también y echarla, como si nunca hubieran tenido contacto con ella, para seguir con sus extrañas costumbres. En esta obra se pretende, a través del humor, criticar aquel ejercicio de ignorar, practicado principalmente por los limeños, la violencia por la que atravesaba nuestro país.





Una visión global de Dramas de familia nos permite aproximarnos al gran tema de la obra de Mariana de Althaus, motivo que se repite para ser explorado desde diversas perspectivas. En primer lugar, estos “dramas familiares” se desarrollan principalmente en un único espacio, lo que puede, sobre todo en la representación, sugerir la idea del estancamiento o, como en Ruido, del encierro. Es en medio de ese espacio en el que un elemento perturbador se asoma para quebrar la tranquilidad, sea una revelación, un ser sobrenatural, o la voz que enuncia la terrible realidad. El título que se ha dado a este conjunto, evidentemente, no resulta extraño ni gratuito. Ese universo íntimo, con protagonistas que mayormente pertenecen a la clase alta, es el que mejor retrata y construye la autora, con acciones direccionadas a sacar adelante los conflictos que cada uno de ellos pueden tener para dinamizar la acción. Si bien el tipo de drama autorreferencial es lo que mejor construye; algunos aspectos de los dramas de tono más político son cuestionables, principalmente en El Lenguaje de las sirenas, en el que los personajes propuestos carecen de mayor profundidad psicológica y se encasillan en el estereotipo, lo que hace previsibles sus decisiones, todo esto agravado por la, por lo menos, cuestionable representación de lo “diferente” mediante la metáfora de lo sobrenatural.

En la obra de Mariana de Althaus, la escenificación nutre y completa el proceso de escritura dramática; y el lector, pese a las pocas acotaciones que encontramos, fácilmente puede recrear o hacer su “puesta en escena” personal, en la mente. Porque abrir este libro es también alzar el telón. Una publicación como Dramas de familia -que incluye además un prólogo a modo de testimonio: “Trucos para mirar en la oscuridad”- resulta importante en tanto registra la contemporaneidad de nuestro teatro, de nuestra dramaturgia, que, felizmente, empieza ya a ser registrada y publicada.



Mariana de Althaus

Dramas de familia

Lima. Alfaguara, 2013.



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Reseña a “Austin, Texas 1979″ de Francisco Ángeles


Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles



Por Ronald Arquíñigo


Pocas novelas de nuestro tiempo como Austin, Texas 1979 (Animal de invierno, 2014), nos cuenta de manera efectiva la sensación de desplome que experimenta un hombre en medio de una crisis existencial, y contada con el riesgo que asumen pocos de nuestros escritores componiendo una novela cuya complejidad reside en la disposición de los textos y en su propuesta verbal, fluida y bien elaborada, pues la novela traza una secuencia de historias atroces con presencias dispuestas al padecimiento contada con párrafos muy bien construidos y articulada por una estructura que no solo es funcional al equilibrio del libro, sino que lo sustenta. La misma que nos permite a los lectores orientar la lectura hacia el eje de la historia.

Francisco Ángeles (Lima, 1977) nos presenta una novela breve dividida en tres partes, cada una de las cuales apunta a una historia que en conjunto revela una representación dramática del universo de los personajes, sobre todo el de Pablo, joven escritor para quien el entusiasmo de un futuro es un asunto pendiente, y más un deseo perentorio que un objetivo cercano:

“Quizá pensaba en esa esquiva idea de futuro que tiene la gente a partir de cierta edad, en el futuro como un espacio aparentemente cerrado, aparentemente impenetrable, al que se mira sin embargo con cierta esperanza, buscándole una grieta, un resquicio por el cual meter la mano, arañar con el dedo, atisbar un poco el interior”.

Desde el inicio, reconocemos la voz del narrador proponiéndonos entre líneas ser sus cómplices para contarnos su drama conyugal y el sufrimiento que esto le ocasiona, desplome que lo lleva a tratarse con un psiquiatra para resolver sus desequilibrios anímicos:

“El invierno de 2007, unos meses después de separarme de Emilia, empecé a ir al psiquiatra. No sería preciso decir que la separación fue el origen de mis problemas, en todo caso no la separación por sí misma, sino que no conseguía acostumbrarme a la ausencia de una persona que compartiera conmigo el fracaso que, a partir de cierto momento, dominaba mi vida”.



Aquí el autor nos demuestra el dominio de sus propios recursos expresivos al maniobrar con acierto los elementos estilísticos de una novela, sin dejarse vencer por la trama, pues aún cuando ésta contenga referencias ligeramente políticas (como en la segunda parte del libro), o aquellas que tienen graves referencias a la depresión del personaje, el hilo de la narración nunca se ajusta a ningún tipo de denuncia ni siquiera para recibir una “palmada de hombro” del lector, ese estilo autocompasivo usado por muchos autores, y que no se advierte en el lenguaje de los personajes, ni en la voz del narrador en primera persona o la del padre en la segunda, menos en la evocación doliente del primero por rememorar un pasado que recorre casi todo el libro como un aliento áspero y asfixiante sin que éste se agote o decaiga en ningún momento. Así, el personaje Pablo nos confía su historia sin manipularla a su favor; no intenta sustraer de su discurso la sinceridad con el propósito de conmoverse de sí mismo para forzar nuestro ánimo. Ángeles posee una voz veraz que presta a su personaje para que éste destaje de manera sencilla y suelta los nudos de una vida aquejada por el abandono amoroso y la inexistencia de alguna propuesta que le depare algún éxito de superación en el futuro antes que la consagración de la locura en su cabeza; una locura aún dormida debido a la asistencia de un psiquiatra que poco hará para que ésta se mantenga sin efecto.

Advertimos además en la lectura del libro una muy cuidada dosificación del lenguaje y un compromiso del autor por contar con una prosa sencilla su historia sin incurrir al exceso de una poética angustiante para dar a conocer el aumento del desastre en la vida (aún joven) de un hombre con treinta guerras perdidas. Entre guiños, es posible encontrar cierto relajo de nuestro personaje para afrontar su discurso menos patético que lo esperado:

“Disfruto entonces, levemente borracho, el estómago jubiloso, el sexo relajado, cierro los ojos y empiezo a soñar despierto. Divago en un estado de extrema relajación mientras los codos de Adriana siguen frotando mis muslos y removiendo sus imperfecciones. Pienso que no necesito más que esa plenitud desconocida cuando escucho su voz suave pidiéndome que me ponga boca arriba. Obedezco sin decir nada”.

Austin, Texas, 1979 es, sin embargo, un testimonio sincero donde cada historia que se cuenta avasalla cualquier esperanza en sus actores. Aquí la presencia del fracaso es significativa. Un fracaso que se manifiesta en el deterioro de las relaciones que Pablo ensaya con las demás personas que pasan por su vida sin dejar en él más que pequeñas luces sin resplandor:

“Toda amistad de ese tipo tiene una grieta, dijo Adriana, una grieta que por muy pequeña que parezca resulta sin embargo suficiente para introducir un cincel que, bien manipulado, puede terminar destruyéndolo todo”.

Es difícil para quien ensaya en una novela breve optar la óptica de la crisis sin incurrir a un tratamiento fatalista de los clichés usados en exceso por alguno de nuestros escribas, aquellos que derrochan cierto humor negro en relatos donde la frustración es el magma, o que delatan autocompasión en los renglones para buscar conmover al lector sin conseguirlo; y más bien llegan a agotarnos hasta odiarlos con justa razón. Francisco Ángeles no apela a eso; al contrario, su narración es un eco sincero y hasta a veces cálido de su relación con el mundo que lo acoge, y donde lo que se nos cuenta nos parece una historia en cuyas líneas se recrea una desesperanza coherente, sin ese pecado que es la plétora de la autoculpa. El personaje Pablo evidencia las marcas dejadas de ciertos vicios en su existencia después del hundimiento de un matrimonio y la sobrevivencia poco heroica de esta ruptura, y sus intentos por boquear en el naufragio para seguir viviendo a fuerza de manotazos, y esa historia personal que detenta en una solemne actitud de no silenciar su dolor ni tampoco gritarlo, no sin haber rozado el límite del fracaso.



Porque desde el inicio esta novela es el relato de un fracaso que sondea el ánimo del personaje, para quien los dolores más persistentes se materializan en los recuerdos que colman las páginas de su vida; un sujeto que no tiene consistencia en los pasos que da y más bien arrastra la sombra de sus taras que ni un congreso de psiquiatras podría desbaratar; un dolor que no se repite como un eco, sino que se volatiliza a través de su referencia paterna, o la pequeña victoria que significa para él la muerte de la mascota de la pareja; un dolor que no se esfuma ni siquiera con el sexo oral que recibe ni los litros de cerveza que se pega en un trago; un ánimo de ansiedades que parece no acabarse nunca y que más bien se acrecientan con el primer descanso y los fármacos que receta este psicoanalista cuyo pasado, en la medida que el tiempo es un viento que arrastra lo peor que despoja de un cuerpo que se corrompe, apesta. Esta es la narración de un narrador para quien la letra entra con dolor y hasta con sacrificio:

“La sangre y la escritura
el temple suficiente para hacer un buen tajo
hay que desgarra la piel de raíz/ sin cerrar los ojos
después todo fluye”.

Austin, Texas 1979 es un libro que plantea diversas lecturas sobre la vida de un hombre de edad aún joven pero con una oscuridad en la identidad que lo avejenta. Una novela arriesgada donde se exige a los personajes a mantenerse en pie. Un engranaje que articula por un lado la historia del matrimonio descompuesto, y por otro la historia de un padre sin decisión en la mira ni en la nuca, además de la historia de amor del protagonista basada en adicciones no resueltas y el pasado errático del psicoanalista con una juventud apaleada por problemas similares a los suyos. Entre ellos, aunque no como un paréntesis, sino como una presencia bisagra, el conejo, un personaje cuyo fin que cerrará el marco de esta estupenda novela de manera extraordinaria.

Luego de leer su primera y magnífica novela, Francisco Ángeles nos confirma con esta su segunda entrega que el tiempo es el mejor estilo y el más preparado de los maestros para un escritor. No corrige su primera entrega, sino que la consolida y nos anima a pensar que en él tenemos a uno de nuestros mejores escritores jóvenes.


Francisco Ángeles

Austin, Texas 1979

Lima, Animal de Invierno, 2014.


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Reseña a “Alicia, esto es el capitalismo” de Carlos Villacorta Gonzales

Esto es el capitalismo



Por Jose Carlos Banda


Alicia, esto es el capitalismo es la primera exploración narrativa de Carlos Villacorta Gonzales, un autor que se había hecho conocido en el medio local, sobre todo, por su poesía. Si bien esta obra nos presenta a un novelista que todavía debe consolidar su voz dentro de este género, también nos revela a un autor al que debemos seguir, ya que la novela, más allá de sus altibajos, presenta logros interesantes.

Antes que nada, debemos tener presente que esta es una novela de experimentación que se asemeja a un rompecabezas, pero sin un molde. Aquí las piezas están sueltas y es el lector quien debe definir los límites para empezar a construir significados.

En Alicia, esto es el capitalismo se narra la historia de dos jóvenes, Tigrillo y Alicia, quienes deben enfrentar la pobreza, el abandono y la desintegración de sus familias. En medio de la crisis económica, política y social que atraviesa el país, ellos deben buscar un empleo que les permita saciar su hambre y, de esa manera, sobrevivir a la adversidad. Nuestros personajes deben enfrentar los efectos del capitalismo salvaje que se instauró en el Perú en la década de los 90.

Alicia, esto es el capitalismo, también, es una historia de amor. Tigrillo y Alicia son dos jóvenes que se conocieron y se gustaron. Sin embargo, su historia de amor nunca se pudo concretar. En la Lima de los años 1996 y 1997, en el apogeo del neoliberalismo, las historias de amor y de éxito solo eran posibles en las revistas de sociales. Para los demás ciudadanos, no había tiempo para el amor.

Al principio, es el Tigrillo, desde una primera persona, quien narra los hechos. Es así como podemos conocer desde dentro y con bastante minuciosidad cómo es el trabajo en un restaurante de comida rápida. Los escenarios son descritos al detalle y, tal vez, este grado de realismo, heredado, tal como lo han reconocido algunos críticos, del realismo urbano de los años 50, sea uno de los mayores logros de la novela. En la segunda parte es Alicia la encargada de contar la historia. De esa manera, podemos conocer a la otra protagonista, al mismo tiempo, nos empapamos con una sensibilidad femenina bien construida y, además, podemos conocer con lujo de detalles cómo es el trabajo de una maquilladora de cadáveres.

La minuciosa descripción de escenarios, definitivamente, presenta una intención deliberada. El sonido de una radio o la descripción gráfica de una pared pintada con una propaganda política buscan retratar un espacio específico. Este escenario es una Lima en donde la crisis ha desbordado lo político y económico, y se ha instaurado en todos los ámbitos de la sociedad. La pobreza, aquí, no solo es material y, además, se encuentra generalizada.

Otro de los aspectos novedosos de Alicia, esto es el capitalismo es el periodo en el que se llevan a cabo los hechos. La historia transcurre en unos años en los que Sendero ya está bastante debilitado y en los que el neoliberalismo se había impuesto en la sociedad. Si bien estos factores sentaron las bases del crecimiento económico, se encargaron de banalizar el concepto de derechos humanos y de masificar la desigualdad y la exclusión. Además, la dictadura se encargó de instaurar la corrupción como política de Estado, lo que trajo consigo una fuerte crisis de valores. Por lo tanto, durante esos años, Lima se convirtió en la ciudad del “no futuro”.

La reflexión política está presente en la novela, pero el autor busca abordarla tal como la vieron los jóvenes como Tigrillo o Alicia, con desencanto, resignación y sin ningún compromiso. Sin embargo, en ocasiones, la novela nos presenta una crítica tan lucida y racionalizada que resulta poco convincente, ya que no se muestra acorde con los personajes.

La inserción de Tigrillo y Alicia en el mercado laboral es el espacio perfecto para retratar las consecuencias del neoliberalismo que instauró Fujimori. Por un lado, tenemos a un restaurante donde la comida no alimenta; sacia el hambre, pero no aporta a la nutrición y causa problemas digestivos. Llenarse el estómago con pizza de manera frecuente es casi tan perjudicial como la inanición. Por otro lado, tenemos a un automóvil que se desplaza de velorio a velorio para maquillar a cadáveres. De esa manera, los difuntos, y sus familiares, pueden aparentar que la muerte los alcanzó en un buen momento.



El Tigrillo y Alicia buscan los medios necesarios para poder sobrevivir, no pierden la esperanza de encontrar a sus padres ni renuncian por completo a la búsqueda del amor. Sin embargo, todas estas búsquedas siempre quedan truncas. Ellos o no encuentran lo que andan buscando o cuando lo encuentran no hacen más que hallar dudas o cuestionamientos. De lo anterior se desprenden otros temas importantes de la novela: el abandono y la ausencia del padre. Ambos protagonistas tienen que enfrentar esos problemas y, si bien las causas son distintas, las consecuencias los acercan el uno al otro.

La ausencia del padre es un problema que también se evidencia en la sociedad. El Perú es un país que ha abandonado a sus ciudadanos, los ha dejado en el desamparo. Por este motivo, la sociedad, huérfana, busca a su padre autoritario. Sin embargo, el pueblo, unos años más tarde, descubriría que, finalmente, ese dictador también abandonó a sus hijos desde Japón y por fax.

La destrucción del valor del empleo y de los beneficios laborales fue otra de las consecuencias que trajo consigo el capitalismo salvaje. El régimen corrupto de Fujimori, por un lado, se encargó de dejar claro que el dinero no se obtiene por el esfuerzo. Por otro lado, se encargó de destruir todos los derechos laborales hasta legalizar las peores condiciones a cambio de salarios que no cubren ni siquiera las necesidades básicas. De esa manera, el trabajador pierde su condición humana y se equipara con los pollos que ve Alicia en la carretera. Si hay demasiados, es más rentable acabar con ellos simulando un accidente de tránsito, ya que luego el seguro cubrirá todos los gastos.

Los personajes de Alicia, esto es el capitalismo, por más que se esfuercen, no podrán ser escuchados. Ellos no forman parte de la Lima exitosa, por lo que no tendrán los medios para expresarse ni tampoco serán representados en la historia oficial. Esto se aprecia ahora, en el discurso oficial del Estado, que asegura que la marca Perú es una marca de éxito, no una de todos los peruanos.

A primera impresión, uno puede notar que la historia no avanza. En medio de escenarios descritos muy detalladamente, los hechos no se concretan. Es más, uno puede hablar de hechos, pero cuando va al texto no puede encontrarlos con facilidad. Es por ello que esta es una novela de amor sin ninguna historia de amor, una novela política donde no se aborda un hecho político decisivo, una novela de crítica social en la que se acepta que no hay futuro ni solución, una novela sin un hilo conductor definido. Entonces, uno puede terminar de leer la obra y notar que nada ha pasado. La historia que se narra en Alicia, esto es el capitalismo no es cómoda para los medios de representación. Esta es una historia a la cual no se puede acceder con facilidad. Durante la primera mitad de la novela, la presencia de Alicia se vuelve perturbadora. Siempre está presente, aunque no sepamos nada sobre ella. Al finalizar la novela, nos damos cuenta de que lo perturbador ya no se personifica en Alicia, ahora se extiende sobre todos los ámbitos.

En este escenario, no debemos esperar que la novela presente explicaciones o respuestas para los distintos sucesos. Aquí no conocemos casi nada sobre la historia de amor entre los protagonistas, no conocemos qué ocurre con sus vidas ni cómo concluyen los dilemas que tienen con sus familias. Para algunos, esto puede ser una de las falencias de la novela; para otros, esto puede resultar un acierto.

Entonces, Alicia y el Tigrillo son jóvenes que ven la paz, el desarrollo, el neoliberalismo y, en teoría, la mejora del Perú frente a sus ojos. La ven pasar, pero no pueden experimentarla. No pueden ser parte de ella. Para estos personajes, la vida sigue siendo pobreza y una guerra. Ellos se mantienen al margen de todo y, sin tomar plena conciencia de su situación, se convierten en víctimas de un sistema político y económico. Estas víctimas ya no cuestionan la violencia de Sendero ni la de las fuerzas armadas, ahora ellos cuestionan que los centros comerciales, los restaurantes y todos los cambios que se vienen produciendo en el país son superficiales. Por debajo de ellos, todo sigue igual.

Aquí los personajes no se ven motivados por un pasado nostálgico ni por un futuro alentador. Ellos simplemente son piezas de un sistema que los obliga a seguir adelante. Saciar el hambre (algo que no es precisamente un sinónimo de alimentarse) es el motor de los personajes. Sin embargo, no queda claro si es que la comida que ellos ingieren prolonga la vida o aplaza la muerte. Por todo esto, Alicia, esto es el capitalismo es una novela que no se adecúa a la Marca Perú ni al molde de El Perú Avanza. Esta es una novela que no encaja en el discurso oficial.


Carlos Villacorta Gonzales

Alicia, esto es el capitalismo

Lima, Intermezzotropical, 2014.



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Fragmentos (a modo de adelanto) de “Bajo la sombra”, la novela de Jack Martínez Arias





Dentro de poco saldrá publicada Bajo la sombra, novela de Jack Martínez Arias. En una breve conversación con el autor, este nos dice que se trata de una historia “de muerte, obsesión, locura y amor”.

En el adelanto que aquí presentamos, Martínez Arias ambienta los sucesos en una realidad contemporánea y explora las relaciones entre el arte y la violencia urbana periférica. “Porque el terror que produce la violencia no es parte del pasado Latinoamericano, como nos quieren hacer creer. También es parte del presente, y eso no hay que olvidarlo”, señala el autor.

Sin embargo, Bajo la sombra, en su totalidad, también indagará en temas relacionados a la imposibilidad de romper totalmente con las historias personales; las consecuencias que acarrea un comportamiento obsesivo y enfermizo; la ingenuidad y vulnerabilidad psicológica en la niñez; las lógicas que encubren la delincuencia organizada; el lenguaje de los cuerpos; la ficción como escape versus la ficción como lugar de encuentro…

A continuación, presentamos (a manera de muestra y adelanto) algunos fragmentos que pertenecen al segundo capítulo de Bajo la sombra.





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Reseña a “Trampa para jóvenes escritores” de Daniel Aparco

La típica novela de un iniciado



Por Edwin Angulo



Ambientada en una atmósfera cosmopolita, pero ajena, y desarrollada por una serie de personajes construidos y perfilados de manera disímil, aunque familiarizados por la extrañeza y el desencanto, Trampa para jóvenes escritores (2012) de Daniel Aparco es una buena muestra de lo que encontramos habitualmente en nuestra narrativa: una reunión de elementos que en sí mismos resultan atractivos, pero que, también como suele ocurrir, no deriva en una buena novela.

Trampa para jóvenes escritores de Daniel Aparco es la típica novela centrada en la figura del aprendiz de escritor. Típica porque su personaje cumple los requisitos del arquetipo latinoamericano: exiliado en Europa, con una vida anclada en un malditismo anacrónico, desesperado por empaparse del ambiente letrado y culto de Occidente. El objetivo que lo guía es igualmente arquetípica: escribir una obra mayor. Esa es, en líneas generales, la historia de Gabriel, un joven peruano cuyo tránsito por el primer mundo representa su mejor aprendizaje. Conocerá, por ejemplo, una serie de personajes marcados, igual que él, por la obstinación en el desencanto y en la búsqueda de lo imposible. Pero no es lo único que los une. Encontramos también esa ligazón tan cliché (tan cortazariana) que es el arte. Personajes artistas caracterizados por una insistente inclinación a la soledad, la confusión, la inadaptabilidad y algunos rasgos más que no hacen más que alimentar el lugar común.




Un segundo aspecto deficiente es la construcción del texto. La novela de Aparco adopta la forma del diario íntimo y, por consiguiente, la voz que conduce el relato es la del protagonista, Gabriel. Una estructura que tratará de jugar con cierta complejidad alterando la linealidad del tiempo en el paso de un capítulo a otro, sospechamos que con el afán de darle una mayor densidad a la historia. La novela parece prometer algo más que las peripecias del protagonista, porque por momentos se sumerge en reflexiones del tipo «humano»: pequeñas verdades sobre el ámbito doméstico y cotidiano. Sin embargo, nada de esto se continúa. El texto desde el inicio fija su punto de atención: la formación literaria del exiliado y en ese camino, se desgasta con rapidez. Varios pasajes de la novela requieren de un acto de sacrificio, más que de placer, para ser leídos. El exceso de puntos comunes, consecuencia en gran medida del tópico elegido como central en la construcción de la historia, es un problema que el autor debe superar para explotar aquello que constituye su mayor mérito al momento de narrar: el extraviarse en lo anecdótico y en la reflexión.

Por otro lado, es evidente la inclinación del narrador por construir una prosa que algunos han tenido a bien llamar «poética». Sin embargo, es más una intención que un logro y puede asumirse como un lugar común más, porque cae en los excesos habituales en los que cae cualquier primerizo, como por ejemplo, el abuso de eufemismos que empalagan y agotan la lectura. No deja de ser curioso que lo mejor de la novela sean aquellos pasajes en los que la historia parece dejar de lado la vida insustancial de su personaje y se pierda en detalles, reflexiones, recuerdos borrosos, momentos en los que incluso el estilo se vuelve eficaz porque se ajusta a lo que se narra y deja de ser un fin en sí mismo.

Un último aspecto a tener en cuenta en el examen de Trampa para jóvenes escritores es la dimensión metatextual. El final de la novela trata de situarse en esta esfera, aunque tampoco esto constituye un logro, es decir, algo bien trabajado. La razón es sencilla: un texto de esta naturaleza generalmente exige cierta maestría en la construcción de la diégesis, cualidad que el autor aún no posee o que, en todo caso, aún no demuestra.



Para no lindar con la mezquindad, debemos conceder que el libro de Aparco contiene algunos elementos que conducidos adecuadamente, podrían concluir en la consolidación de una prosa interesante en alguna próxima entrega. De hecho, el mayor mérito de la novela –y posible punto fuerte de una hipotética próxima entrega– radica en perderse en lo contingente, en la exploración de las emociones conducidas por lo accidental e intrascendente. Por supuesto, cabe preguntarse hasta qué punto este es un acto conciente del autor. El mismo personaje propone entre sus tantas reflexiones, la necesidad de entender un relato como la exploración de lo emocional antes que una suma de acciones o una experimentación de la forma. A pesar de la lucidez del personaje, el autor parece no hacer mayor caso y su ejercicio es una negación de esta propuesta.

En líneas generales, Trampa para jóvenes escritores es, para decirlo de algún modo, una historia como muchas que, justamente por eso, corre el riesgo de perderse en la multitud de historias que últimamente proliferan. Sin embargo, antes de considerar su condición de prescindible, resulta interesante su lectura porque, más allá de sus aciertos (accidentales o no) y errores, da testimonio de una búsqueda que tal vez encuentre un mejor fin en el futuro.


Daniel Aparco

Trampa para jóvenes escritores

Paracaídas editores, Lima, 2012, 306 pp.



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Reseña a “Gallinas de madera” de Mario Bellatin

Una instantánea multiplicidad



Por Gabriela Javier


Mario Bellatin (México, 1960) ha publicado recientemente Gallinas de madera (Sexto Piso, 2013), libro que reúne dos inquietantes textos en los que toma como ‘excusa’ para la escritura a dos importantes escritores del siglo XX: el checo Bohumil Hrabal (Moravia, 1914 – Praga, 1997), autor de Una soledad demasiado ruidosa (1977); y Alain Robbe-Grillet (Brest, 1920 – Caen, 2008), francés autor de El mirón (1955) y principal impulsor del nouveau roman. Para quienes conocemos su propuesta, esta publicación no hace más que confirmar lo importante de su voz en la literatura latinoamericana. Poseedor de un lenguaje propio, al que ha logrado controlar, Bellatin nos desafía constantemente. Y Gallinas de madera no es la excepción.



El texto que abre el libro es «En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta» y en él, a través de breves párrafos o simples oraciones, el narrador guía al lector a través de un delirante fluir causado por el uso de ácido lisérgico en la ciudad de Berlín. Lo que parece en un inicio ser un relato acerca de los últimos momentos del escritor checo –cuya muerte, al caer del quinto piso de la institución de reposo en donde vivía, aún trasunta entre el accidente y el suicidio–, se convierte progresivamente, desde la posición del narrador, sentado en una banca de la Alexanderplatz, en una visión deformada de la realidad en la que aparecen moscas gigantescas, aves de rapiña y es traído a su memoria –una y otra vez– Hrabal, de quien conversaba con su terapeuta, una “Especialista en Literaturas de Aves Románticas”, dato que cobra sentido cuando su reflexión se centra en Gallinas de madera –texto que presuntamente habría dejado inconcluso el escritor checo–, en el que unas aves de rapiña son dueñas de un esclavo. Este hecho, nuevamente, sirve como excusa para incidir, subrepticiamente, en la relación amo/esclavo que nos remite también a la relación entre escritor/escritura. Un texto de experimentación, como el narrador de este relato se describe: «Alguien (…) para quien la experiencia de probar ácido lisérgico no tiene otro sentido que el de describir luego la experiencia» (2013: 53).

Como es usual en los escritos de Mario Bellatin, no estamos frente a una narración estructurada de modo tradicional, no se nos cuenta “una historia”. Mediante repeticiones que obligan al lector a ir en círculos y una composición fragmentaria -consecuente con la percepción condicionada por la ingesta de la sustancia alucinógena- esta primera parte se convierte en una reflexión sobre la escritura misma en la voz de un narrador que se desdobla y es uno mismo a la vez.

El lector no habituado a las “reglas de juego” del autor, sin duda quedará desconcertado ante la experiencia de lectura que la obra de Bellatin nos impone, obligándonos a adecuar la mirada a esa aparente ilegibilidad. Una lectura que puede volverse tediosa para quien no esté dispuesto a cerrar el pacto con el autor.

Además de lo que se puede leer, Gallinas de madera oculta significantes al más ávido lector. En el segundo texto, «En el ropero del señor Bernard falta el traje que más detesta», Robbe-Grillet -con quien Bellatin tuvo un encuentro antes que el francés muriera- es el señor Bernard, miembro del Movimiento Literario Sumamente Innovador, en una clara alusión al nouveau roman. En el relato, Bellatin-personaje aborda su contacto con el autor y toca con ironía cuestiones sobre lo literario, la pretendida veracidad de las biografías y la escritura. En contraste con la primera parte, en esta la estructuración se torna acumulativa, mediante una escritura “corrida” -no encontramos un solo punto y aparte- y envolvente, dejando lo fragmentario, pero aun así, sin llegar a ser identificable como un relato tradicional. La lectura de esta segunda parte representa un desafío mayor que «En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta», por su complejidad y por su carácter metaliterario, que abunda en referencias difíciles de identificar hasta para los lectores más experimentados. Sin embargo ambas, en forma y fondo, determinan el balance justo de Gallinas de madera.



El texto que nos ocupó esta vez fuerza al lector a estar siempre al inicio o al final de la narración, siempre al límite, siempre incómodo. Elíptico, es difícil de desentrañar por completo el vínculo que une las “caras” del libro. Una escritura que no busca representar sino presentar, siempre abrumadora, una realidad imaginaria. La escritura de Mario Bellatin es una y contiene una multiplicidad de universos a la vez. Y es en ese instante que nos detenemos en su lectura que la multiplicidad se unifica para diluirse, fragmentarse, una y otra vez.


Mario Bellatin

Gallinas de madera

México D.F., Sexto Piso, 2013.



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