Crónicas neoyorquinas
Monday May 12th 2014, 10:22 pm
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El Barrio de Malcolm (Parte 2)




Por Pedro Moreno Vásquez



Al mudarme a Nueva York, me sentía desmoralizado. Creía, como Voltaire, que la felicidad era una absurda ilusión y que sólo el sufrimiento es real. Luego de desvelarme tanto para concretar “El sueño norteamericano” descubrí que éste era realmente una pesadilla. Y es que en el sistema corporativo de los Estados Unidos casi todo es igual. Para triunfar debes transformarte en un insecto kafkiano, sufrir una mutación moral, y graduarte con un abrazo de la gerencia. Desde entonces eres un hombre admirable. El éxito consiste en dictar órdenes a seres más dignos que tu, enfocarte en explotar a tus semejantes, mientras tú y tus colegas se reparten los beneficios. Y claro, todos repetíamos el mismo cliché, “el trabajador es importante”, cuando lo realmente importante era el dinero. Cifras, tasas de producción, plusvalías, el éxito, la modernidad, la tecnología, el desarrollo. Buen trabajo, hombre, te felicito.

Por eso, luego de quedar asqueado con el éxito, decidí mudarme a Nueva York. Mi remordimiento era tan intenso que, al instalarme en Harlem, me enfoqué en un objetivo que (pensé) reivindicaría mi moral: convertirme en un fracasado. Me quedé desempleado, con unos escasos ahorros, y prácticamente sin nada. Espero no pecar de cinismo al decir que me enorgullecía ser un fracasado. No exagero; realmente me sentía feliz de serlo. Prefería languidecer en la holgazanería que seguir atado a esa estructura tan “moderna y eficiente” pero que interiormente era pura putrefacción. A mi juicio, era preferible vagabundear por Times Square que amonestar a un empleado exhausto. Era mejor degustar un helado en un bar de Greenwich Village, que irse de vacaciones despilfarrando las ganancias que le pertenecían con justicia al empleado. Pero tales consuelos fueron inútiles. Llevaba el alma por los suelos. Luego de admirar el discurso de “la tecnología y la modernidad” que los liberales profesan, me di de bruces con la realidad. La experiencia me inculcó que las estadísticas, el progreso y las cifras son sólo una manera astuta de distraerte. Tantos textos de macroeconomía, administración y finanzas, que hilvanan no sólo teorías complejas, sino también gráficos sofisticados. Tantas ciencias que exaltan lo superfluo y te enceguecen de lo esencial: cómo las estructuras sociales degeneran la humanidad del individuo. Tan subjetiva como parezca esta visión, eso fue lo que mi experiencia me enseñó. Evelyn Burg, profesora de la Universidad de Nueva York, me dijo una vez: Pedro, las lecciones de mil libros no serán tan valiosas como lo que nos ha enseñado la experiencia personal.

A Dina, mi arrendadora, le extrañó que yo no me preocupara en hallar empleo. En un inicio me recomendó algunos lugares en donde yo podría trabajar. No me interesó en lo absoluto. Quería leer, vagabundear y, sobre todo, conocer a la población neoyorquina. Al poco tiempo Dina entendió que yo prefería vivir al margen del sistema. Sin perder tiempo entonces, me recomendó integrarme al grupo al que ella, desde hace mucho, pertenecía: la Cultura de la pobreza. “Si vos no quieres trabajar, entonces pide ayuda del gobierno. Esta ciudad nos ofrece muchos beneficios. Vamos a exprimir a la gente del gobierno, muchacho”, me dijo. Quedé desconcertado con su proposición. Me limité a sonreirle y me retiré a mi habitación. En búsqueda de algun consuelo, pensé que la felicidad podría encontrarse en Nueva York. Pero tarde entendí que, debido a mi conflicto emocional, no podría encontrar la felicidad ni en la galaxia de Andrómeda. (Ahora entiendo que la felicidad se encuentra hasta en el mismo infierno, siempre y cuando uno se reconcilie consigo mismo.)



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Todo residente de Estados Unidos, cualquiera sea su procedencia o etnia, posee la prerrogativa de practicar su cultura sin restricciones. Pero tales prerrogativas no fueron del todo gratuitas. Estas culturas debieron pagar un precio: asimilar la ética protestante norteamericana, aquella que promueve el trabajo duro, la responsabilidad y la disciplina. Por decirlo de alguna manera, todo grupo cultural ha debido someterse a dicha ética, que es la esencia de la cultura estadounidense. Sin esta necesaria asimilación, dichas culturas no habrían subsistido. Las comunidades foráneas fueron desechando sus valores autóctonos para finalmente “norteamericanizarse.” Este es el proceso que cualquier inmigrante experimenta. Aunque se enorgullezcan de sus raíces y su cultura, su comportamiento e idiosincracia se ha vuelto norteamericana, es decir, materialista, individualista, y con una gran devoción por el dinero.  Sólo de esta forma, esta sociedad multicultural se ha cristalizado. Bajo esta postura, surge una dicotomía: ¿cuál es la cultura imperante en esta nación?, ¿los Estados Unidos es un país multicultural o es un multiculturalismo con sabor a McDonald’s?

El proceso de aculturación referido no fue sólo natural, sino también premeditado. Desde un principio, los impulsores del capitalismo procuraron sojuzgar a las demas culturas, imponiéndoles el hábito del trabajo duro, la disciplina, la responsabilidad. Los que se rehusaron fueron maltratados, y catalogados como alienados, haraganes, mantenidos, radicales, etc. Los intereses corporativos y gubernamentales se aliaron para solidificar dicho consenso: una “libertad” que fluctuaba dentro del limitado rango del capitalismo originado por la ética protestante. La libertad de pensamiento fue tolerada, pero la “excesiva” libertad fue considerada subversiva. En esa época, los Estados Unidos era un país pragmático que no malgastaba energías en contemplaciones de ética gubernamental o derechos civiles. Manos a la obra y brutalidad a la orden. Recordemos que, desde 1919, el gobierno aprisionó a aquellos “terroristas” que fomentaban un trato digno hacia las mujeres, la justicia para los pobres, las libertades civiles, la igualdad entre las razas y la solidaridad para los indígenas, es decir, a los comunistas. Estos terroristas (y su turbia ideología) fueron agentes que perjudicaban a los intereses del “capitalismo democrático.” Por esta razón, fueron apresados sin titubeos. ¿Y para qué mencionar el salvaje McCarthismo de los 50? Por profesar (y practicar) la libertad de pensamiento, un promedio de doce mil empleados fueron despedidos y centenares fueron procesados judicialmente. Por medio de intimidaciones, la libertad ideólogica fue lapidada. Y después de cultivar esmeradamente la democracia en su propio seno, el gobierno norteamericano se dedicó a promoverla por todo el orbe.



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Aunque la ideología capitalista ha logrado entronizarse, hay una cultura que es un hueso duro de roer: la Cultura de la pobreza.

A poco de instalarme, comprendí que Harlem es el epicentro de dicha cultura. Al principio fue difícil entenderla, especialmente al observar a tantos jóvenes desperdiciar su potencial en tratos ilícitos y trifulcas pandilleras. Aunque Dina me corroboró que Harlem “había progresado”, en los últimos años habían acaecido diecisiete pugnas callejeras, con un penoso saldo de cuarenta seis heridos y seis muertos. La mayoría de las víctimas eran adolescentes. Esta es la faceta oscura de la Cultura de la pobreza.

Para una mayoría que subsiste inmersa en sus empleos, del hogar al trabajo y viceversa, los residentes de Harlem conforman una rara singularidad. La mayoría de ellos vive de la asistencia social y no desempeña oficio alguno. Por lo tanto, poseen un raro privilegio: tiempo para el ocio. En mis caminatas por el barrio, observé a varios vecinos apostados en los umbrales de sus edificios. Se pasan las horas sentados, dedicados a observar a la gente alrededor. Sobre todo, les sobra el tiempo para meditar. Son amigables y dispuestos a entablar una charla. Generalmente despliegan tolerancia y simpatía en sus pláticas. Pero algo que me impresionó fue la dureza con que criticaban al gobierno de este país. Confieso que no debí sorprenderme tanto. Toda cultura oprimida asume una postura crítica con respecto a la cultura dominante. Como toda masa disidente, la cultura de la pobreza posee una visión privilegiada para analizar y criticar su sociedad. Es una verdad meridiana que mientras más oprimido sea un grupo social, más acceso a “la verdad” posee, ya que, posicionado en el borde, dicho grupo goza de una perspectiva ideal para desmenuzar cada estrato de la pirámide social: los pobres, los oprimidos, los que padecen, los orates, los “ignorantes”, y también los niños, perciben la verdad fácilmente, pues viven marginados del plano social ocupado por la mayoría. Reconocen, además, las evidentes falencias de su entorno, y emiten críticas que los demás se rehúsan a reconocer.

Aquí en Harlem abunda una conciencia crítica de los Estados Unidos. Los residentes de Harlem no le perdonan nada a su país. La mayoría se refiere a éste con adjetivos peyorativos. Pareciera que todos optaron en abandonar voluntariamente la esfera social. Como me dijo George, un vecino de Harlem, ellos guardan la convicción que “integrarse al sistema sería traicionar a sus antepasados, y también a ellos mismos”, pues éste es “el mismo régimen” que los ha “mantenido marginados desde un principio”. Cualquiera advertiría que esas son excusas urdidas para no trabajar. Pero en sus diatribas también asoman las llagas psicólogicas provocadas por el racismo al que fueron expuestos. Aún así, resulta interesante atender sus críticas: ¿Cómo es posible que este país gaste billones de dolares al año en armamento? ¿Y esto sucede cuando hay tantos millones de pobres? ¿Y qué hay de nuestros veinte millones de niños pobres? (*en realidad son diecisiete) Joseph, otro vecino que bordea los cuarenta años, me dijo: “Alguna gente me observa con malos ojos; otros se ríen de mí. Pero yo también me río de ellos. Los veo salir de casa para irse a trabajar. Andan distraídos, atrapados en su rutina, y no disfrutan el día. No se detienen a admirar nada. Sólo piensan en trabajar. Parecen hipnotizados, unos zombis”.

Su discurso de protesta está empecinado en concretar la justicia social. En los varios murales de sus calles encontré las mismas demandas: una mejor educación escolar y servicios médicos. Como es evidente, tanto la educación como la atención médica que ellos reciben son deplorables.  Pero lo más interesante fue advertir una aptitud abierta hacia la crítica, una pasión por el debate, un análisis honesto de los problemas sociales, y un inconformismo con la situación actual, todos factores primordiales para desarrollar la sociedad y, mejor aún, ejercer la democracia. La crítica provee la atmósfera en donde puede subsistir una democracia; la sumisión y el conformismo sólo tienden a asfixiarla. Fue decepcionante comprobar que el barrio de Harlem es la única zona de Manhattan donde esto sucede. En los demás vecindarios, la gente vive demasiada atareada en sus ocupaciones. Lo que Joseph dijo se quedó resonando en mi mente: la mayoría parecen zombis, resignados al orden de las cosas.



Ya mencioné que la condescendencia hacia los residentes de Harlem es intensa. Cuando conversaba con Joseph, detecté las miradas cizañosas de los peatones alrededor. En este supuesto “país de la tolerancia”, rehusarse a trabajar es algo que los estadounidenses raramente toleran. Entonces me cuestioné: ¿Por qué existe tanta hostilidad hacia la comunidad de Harlem? ¿No se debe a que ésta comunidad rechaza vehementemente los mitos venerados por esta sociedad? Ciertos patrones históricos son perpetuos: la tribu siempre optará por aniquilar a los portadores de “la verdad” antes que afrontar la realidad. Este agravio silencioso no amilana la moral de Harlem. Su comunidad mantiene su lucidez, su efervescencia, y una percepción para distinguir las invisibles cadenas que los demás acarrean y son incapaces de reconocer.




Reseña a “Literaturas regionales” de Jorge Terán
Tuesday May 06th 2014, 10:07 pm
Filed under: Estudios,Reseñas

Nueva narrativa huaracina



Por Luis Henry Vara Marín


Una de las grandes tareas pendientes que tiene la historia literaria peruana es ampliar su visión centralista y capitalina sobre la producción literaria. La ausencia de revisiones, interpretaciones y análisis de  las diversas manifestaciones literarias del interior del país son escasas. Los grandes intentos de sistematización de intelectuales como Riva Agüero, Luis Alberto Sánchez o Tamayo Vargas datan ya de hace muchos años y, aunque valiosos, son insuficientes. El carácter heterogéneo de nuestra literatura demanda una labor multidisciplinaria para los críticos e historiadores de la literatura. Se necesita repensar el modo en cómo estamos construyendo nuestro canon literario: centralista y excluyente. El desarrollo de una historia literaria que abarque las múltiples dimensiones de nuestra literatura heterogénea y contradictoria demanda sus propios códigos, categorías o herramientas metodológicas que sean capaces de asimilar y entender la tensión de las variadas visiones e ideologías que la literatura o las literaturas son capaces de representar. Bajo esta consigna, el profesor y crítico literario Jorge Terán nos presenta su más reciente publicación Literaturas regionales. Narrativa huaracina reciente que, entre tantas virtudes, nos brinda un panorama de la literatura huaracina de los últimos diez años enfatizando los aspectos ideológicos y temáticos que marcan una nueva generación de escritores.



Literaturas regionales. Narrativa huaracina reciente, como su título lo señala, busca ser una propuesta para entender la literatura andina, teniendo como eje central a la narrativa huaracina, específicamente la producida en los últimos diez años (2003-2013). El primer acercamiento que se tiene hacia este libro es desarrollado en el prólogo del mismo, a cargo del profesor sanmarquino Javier Morales Mena quien señala “que la literatura huaracina, y en general, la literatura ancashina, forma parte de cruciales capítulos del proceso de nuestra literatura peruana y latinoamericana” (p.11) destacando a autores como Marcos Yauri Montero, Carlos Eduardo Zavaleta, Óscar Colchado, Julio Ortega y Juan Ojeda. Este recuento sirve para argumentar acerca de la existencia de una tradición literaria ancashina que, en su aspecto fundamental, es heterogénea y dinámica. En la actualidad, la literatura ancashina está representada por escritores jóvenes, como Edgar Norabuena (Huaraz, 1978), Eber Zorrilla (Huari, 1980), Ludovico Cáceres (Chacas, Ancash, 1963), Daniel Gonzáles (Huaraz, 1970) y Rodolfo Sánchez (Lima, 1977) quienes estarían conformando una nueva generación que, en ciertos aspectos, es más cercana a las modernas formas literarias que a la anterior tradición literaria ancashina. La obra de estos escritores como objeto de estudio del presente libro, según Morales Mena, está en concordancia con los intereses por esas otras literaturas que el crítico Jorge Terán se ha planteado desde su primer libro ¿Desde dónde hablamos? Dinámicas oralidad-escritura-2008 (p.13-14). A partir de esto, la pregunta matriz que la investigación busca responder es cómo se representa lo andino en la narrativa de los autores antes mencionados. En este sentido, el crítico y autor del libro ahonda en las interrelaciones heterogéneas de lo quechua y mestizo en relación a la influencia del mundo occidental y su impacto en el mundo andino, planteados como fenómenos complejos que resitúan la identidad andina en nuevos códigos y temas específicos como la violencia, la tradición, la modernidad, la migración y la religión entre los más importantes. Una interrogante que queda latente para el lector es en qué medida esta literatura huaracina de los últimos años dialoga con las novelas y cuentos de los escritores paradigmáticos, es decir, de la anterior tradición literaria ancashina. Otra pregunta importante es en qué medida estas tradiciones podrían diferenciarse una de la otra, y si verdaderamente hay un derrotero en  relación a las formas en que ambas han representado lo andino en los textos literarios.

La primera parte del libro plantea un marco referencial valioso en la medida que señala las coordenadas con las que entenderemos la literatura andina desde su perspectiva. Estas son a) las referencias a procesos sociales significativos como la migración o la violencia interna, b) la adaptación literaria de la expresión indígena, c) la utilización de modernas técnicas narrativas y, finalmente, d) la dicotomía conflictiva y/o sintética tradición/modernidad, lo andino y lo occidental.  Estas coordenadas o características son previamente establecidas por el autor para ensayar un marco de análisis de las obras de los jóvenes autores antes mencionados, pero, a la vez, son coordenadas que se pueden ampliar a toda la narrativa andina. Esto último es un importante aporte para la síntesis y asimilación de esta narrativa y los modos en que estas representan lo andino. La segunda parte del libro, llamada “Narrativa huaracina reciente”, establece los criterios usados para la selección del objeto de estudio. Estos se refieren al activismo cultural y literario de los escritores, circulación de libros publicados, conferencias literarias, etc. Asimismo, la publicación de algún libro orgánico (cuentos o novelas) y, también, que el inicio de la actividad editorial no exceda los últimos diez años. En este punto, creo que bien podrían haberse ampliado los criterios y señalar qué tipo de carácter tiene el lector de estos libros, qué características tiene el mercado editorial huaracino y en qué medida esta legitimidad de los escritores puede ser discutible. Podría haber sido un buen punto presentar a toda la gama de escritores de los últimos diez años en una lista detallada para tener una noción completa de los escritores huaracinos o ancashinos actuales. Para Terán, los escritores representan su referente actuando de mediadores y presentando dos grandes perspectivas o visiones del mundo andino: I) narrativa de apego al mundo andino tradicional donde ubica a Edgar Norabuena y Eber Zorrilla; II) narrativa de apego al mundo andino moderno representados por Gonzáles Rosales, Ludovico Cáceres y Rodolfo Sánchez. Este capítulo también se aboca al análisis del objeto de estudio, lo que evidencia el carácter de los mundos representados y concentra en el carácter ideológico de los textos. Además, señala las temáticas convergentes de los escritores, ya sea cuento o novela. Incluso, afianza la noción de una literatura que apunta a temáticas reiterativas. La tercera y última parte ofrece una recapitulación y algunas reflexiones pertinentes en torno a lo ya mencionado.



Finalmente, consideramos a este libro un importante aporte en dos aspectos. Para los lectores poco informados sobre escritores ancashinos, este libro se transforma en una guía valiosa de lo que se debe leer de esta última literatura ancashina. Y para los lectores con intereses más especializados, el libro toma importancia y se convierte en un aporte en relación a los criterios, coordenadas, bibliografía, características de estudios y categorías que ha usado el autor para su investigación, ya que pueden aplicarse a corpus similares en otras regiones donde la tarea de la crítica aún no ha empezado.


Jorge Terán Morveli

Literaturas regionales. Narrativa huaracina reciente

Lima: Grupo Pakarina, 2013. 74 pp.




Reseña a “Grito bajo el agua” de Abelardo Sánchez León
Friday May 02nd 2014, 11:14 am
Filed under: Reseñas


Celebración de la supervivencia



Por Mateo Díaz


Autor de numerosos poemarios y novelas, Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) es uno de los más reconocibles exponentes de la poesía conversacional y de tono narrativo de nuestra tradición. Recientemente, ha publicado Grito bajo el agua (Paracaídas editores, 2013, uno de los poemarios mejor recibidos por la crítica durante el año pasado. Si bien su poesía mantiene muchos de los rasgos distintivos de sus libros iniciales, en esta publicación se evidencia un repliegue hacia un estilo más conciso y menos ambicioso. Es evidente que su lenguaje se ha pulido, volviéndose más limpio y preciso, aunque también ello pueda traducirse en un cierto laconismo, desprovisto del entusiasmo que alimentaba sus primeros libros.



Un aspecto llamativo de su última publicación es el hecho de que se muestra a un autor ya maduro, plenamente consciente de su arte poética. A lo largo de sus versos, a menudo como comentarios referidos a aspectos exteriores a la creación literaria, aflora en su escritura la condensación de su concepción estética. Así, en el poema que lleva el título del conjunto, señala lo siguiente (refiriéndose a sí mismo en tercera persona): «…considera que debe dejar de lado el artificio. / Dar la cara, el nombre, las señas: / mostrar la panza, las pecas, las vísceras, esa es su estética». Del mismo modo, en el poema «Un alto», al referirse a la enseñanza sajona —aquello que también podría extrapolarse sin dificultad a su escritura—, afirma que «mientras más simple, más claro; / mientras menos ideas, tanto mejor». O, como dice con gran belleza: «Mirar el cielo y decirlo con un puñado de palabras». Antes que oponer tales declaraciones de principios estéticos, fundadas en un lenguaje claro y directo, a corrientes poéticas diversas a la suya (el neobarroco u otros modos de experimentalismo formal), aquellas parecen testimoniar una conversión personal. En efecto, si Sánchez León no ha abandonado del todo el poema extenso y el versículo, estos fluyen con mayor facilidad, al sostenerse en una expresión más contenida.

La estética mencionada se condice con el tema del poemario: la práctica de la natación como una manera de sobrellevar con entereza los embates de la vejez. El autodominio y el rigor exigidos en dicha disciplina reflejan un proceso de maduración interior y traducen la continuidad del plano estético y el ético. Entonces, pierden interés las reflexiones en torno al artista o a la escritura (poemas como «a la sombra de calígula» de Rastro de caracol serían impensables en este contexto), pues de lo que se trata es de la sabiduría de vivir. El plano intelectual es desplazado por lo más cercano e inmediato, ya que, como afirma en «El malestar», «descubre que lo que anda más cerca de él es su cuerpo» y, por ello, «casi no posee otro bien tan urgente y demandante». Dicha autoconsciencia se revela, a su vez, en un abordaje desapasionado y objetivo de la realidad, como se evidencia cuando emplea la tercera persona para referirse a sí mismo. Existe entonces una concordancia entre el observador que «Ha recurrido a las ciencias exactas, / al don de los razonamientos lineales» («Recodo»), el nadador que se entrega al rigor del ejercicio, el hombre de pocas palabras y el poeta de versos concisos.



Por otro lado, ciertos poemas se alejan del tópico referido, lo que refresca la monotonía del conjunto. Particularmente efectivo es «La pensión Schelesen», en que la referencia a Kafka y su relación con la natación universaliza los temas del poemario. En «La sangre fluye», Sánchez León realiza un velado homenaje a José Watanabe que, a pesar de su emotividad, no deja de parecer un poco descolocado en el conjunto. Asimismo, «Mesas» retoma un tema recurrente en la obra del autor y común en algunos autores de nuestra tradición (Vallejo, Cisneros, Hinostroza, Watanabe, entre otros): la exploración de la propia familia. Por su parte, «The boxer» se vincula con el tema deportivo, aunque su ejecución sea de diversa factura a la de los textos relacionados con la natación. Así, la heterogeneidad de los poemas mencionados refleja la dificultad que supone establecer un conjunto tan extenso alrededor de un tema tan puntual.

Grito bajo el agua es un poemario correcto, producto de un escritor consciente de sus límites y su oficio. No obstante, si bien el libro discurre con facilidad, resulta por momentos redundante y tedioso, y deja la sensación de que pudo prescindir de varios poemas (lo que constituye una contradicción con la poética que se deduce de los mismos). Más aún, su uniformidad formal es un escollo que no termina de sortearse, pues más de uno podría leerse como la reescritura del anterior, sin que se añadiera algún «detalle» significativo. Ciertamente, ello no descalifica la más reciente entrega de Sánchez León, pero presenta reparos a los juicios de cierta crítica, que parece guiarse por los criterios del hábito y la costumbre.


Abelardo Sánchez León

Grito bajo el agua

Lima, Paracaídas editores, 2013, 88 pp.





Antonio Cisneros y el San Marcos de los ochenta
Tuesday April 29th 2014, 10:30 pm
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Antonio Cisneros

y el San Marcos de los ochenta



Por Juan Zevallos Aguilar


Leí poemas sueltos de Antonio Cisneros por primera vez en la escuela secundaria en el Cusco en la antología de la poesía peruana de Alberto Escobar publicada por PEISA. El estilo conversacional y la ironía de sus poemas cautivó mi sensibilidad adolescente.  A principios de los ochenta cursé estudios en la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde Antonio Cisneros era docente. Él tenía la fama de faltar mucho a clases. Por esa razón, algunos estudiantes se matriculaban en sus cursos porque los aprobaban con mucha facilidad y poquísimo esfuerzo. Los pocos responsables evitaban tomar sus cursos. Comentaban qué iban a aprender en cuatro o cinco clases que daba en todo el semestre. Eran los años en que una generación de estudiantes tenía mucho interés en las metodologías y teorías literarias recientes y querían ser críticos literarios científicos. En esa época, Patria Roja tenía el poder estudiantil. Trataron de tacharlo pero no lo lograron.  Cisneros tenía mucho poder intelectual y político. Abundaban sus admiradores y amigos entre sus colegas y estudiantes sanmarquinos. Recordaban que era ganador del premio de poesía Casa de las Américas (1968) y dirigía el estupendo suplemento cultural El Caballo Rojo (1980-1984) de El Diario de Marka, el único periódico exitoso de la izquierda peruana. Luego la junta directiva del Centro de Estudiantes de Literatura con conexiones con Patria Roja ordenó a las bases estudiantiles no matricularse en sus cursos. Su plan era hostilizarlo para que él mismo decidiera retirarse de la cátedra.



Me matriculé en su curso de Literatura Española “A”, en el primer semestre de 1982, por motivos diferentes a los de mis compañeros de estudios. Además, no era cercano a la gente de Patria Roja y obviamente no acaté sus órdenes. Lo que me importaba era recibir clases  del autor de los poemas que me habían impresionado tanto en mi adolescencia. Su curso, que estaba programado de tres a cinco de la tarde, encajaba perfectamente en mi atiborrado horario de materias que llevaba en dos universidades.

Fui a la clase inaugural antes de las tres de la tarde y encontré a un ansioso Antonio Cisneros que fumaba como un descosido en esta hora de siesta. Nos presentamos.  Me miro profundamente a los ojos. Teníamos la misma estatura. Me preguntó de dónde era, al darse cuenta de mi acento cuzqueño y empezamos a charlar sobre política peruana mientras esperábamos a otros estudiantes. A las 3:30 llegaron un par más y empezamos la clase. El tema del curso era “la generación del 27”. Antonio Cisneros dictó una clase magistral sobre García Lorca. Se acordaba  poemas de memoria de Romancero gitano y Poeta en Nueva York. Tenía gran capacidad de palabra. Su humor negro era increíble. Su charla estaba sazonada con anécdotas y chistes. A las cuatro llegaron más estudiantes, pero el profesor la terminó a las 4:30.

Continuaron las reuniones semanales con la misma rutina en el semestre. Hasta las tres y media o más tarde teníamos conversaciones personales mientras esperábamos a otros compañeros de clase. Cuando estos llegaban, teníamos clases sobre la poesía y la vida de Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda, Miguel Hernández y otros poetas de esta brillante generación.

Me di cuenta que le gustaba hablar sobre sí mismo en nuestra pláticas. Yo le preguntaba sobre sus estadías en el extranjero y sus poemas. Para él las memorias más entrañables pertenecían a los años que pasó en Londres. Recuerdo la anécdota sobre la escritura de Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968) en una  pequeña habitación con problemas de calefacción en un invierno londinense. Tan fuerte era el frío que vestido con ropa de invierno y cubierto con una frazada escribía por segundos uno o dos versos y se volvía a cubrir las manos congeladas con las frazadas. También me acuerdo vivamente la historia sobre la compra de una mesa de segunda mano de un comerciante sefardí en un mercado de pulgas de Londres. Con el viejo vendedor, se comunicaban en ladino y desarrollaron una amistad durante su estadía en la capital británica. Cuando conversábamos sobre su poesía, hablaba abiertamente sobre las lecturas que conllevaron a escribir ciertos poemas. Era uno de los pocos poetas que hacía conocer los ingredientes de su cocina literaria. Al respecto me contó de la lectura del poeta Robert Lowell para escribir poemas que reconocí de Comentarios reales (1964). También le gustaba hablar de la vida cotidiana de San Marcos. Yo, que socializaba poco en esta universidad por tener exceso de responsabilidades académicas, me enteré de varias anécdotas sobre profesores sanmarquinos, cómo habían entrado por la ventana para enseñar en la cuatricentenaria, las fiestas cursis de sus colegas vecinos en su barrio de Miraflores y los amoríos furtivos entre docentes y alumnos. A veces las conversaciones se prolongaban por una hora si no venían compañeros de clase. Su regla era cancelarlas si no llegaban más alumnos hasta las tres y media de la tarde. Sus excusas eran que no iba a dar clase a un solo alumno porque iba a poner en desventaja a los estudiantes que faltaban. También en varias oportunidades nos recordaba que tenía que volver a las oficinas de El Diario de Marka para cerrar la edición de El Caballo Rojo.

Ese espíritu burlón que lo caracterizaba hizo que por lo menos en una oportunidad jugara con fuego. Nuestras conversaciones tenían lugar en una pequeña oficina en el medio del Repertorio Bibliográfico y otro salón de clase de la Escuela de Literatura. En el salón de clase vecino se daban clases de inglés de un recién creado centro de idiomas de la universidad. En los diálogos o repetición de frases en voz alta que practicaban, la profesora y sus alumnos, mostraban claramente defectos de pronunciación. Antonio Cisneros hacía mofa de ellos y luego los corregía gesticulando la pronunciación correcta. Después hacía comentarios negativos en contra de la administración de la  universidad, que permitía estas improvisaciones con maestros que no dominaban la lengua que enseñaban y utilizaban métodos obsoletos. Después de terminado el semestre me enteré por los medios de comunicación que el susodicho centro de idiomas era un centro de reclutamiento y adoctrinamiento de Sendero Luminoso. Las noticias decían que luego de una larga investigación fueron capturados, en un operativo policial simultáneo, presuntos maestros, directivos y alumnos. De haberse enterado que en la oficina adyacente un docente de la izquierda democrática se burlaba de ellos, podían haber atentado contra su vida.



Fue un privilegio tener estas conversaciones y clases sobre literatura española. No entendía cómo a una persona con todas las habilidades para ser profesor no le gustaba enseñar. Es cierto que Antonio Cisneros faltó a varias clases y hacía todo lo posible para no darlas. Sin embargo, comprobé que era una exageración mal intencionada decir que daba sólo cuatro o cinco durante el semestre. Los líos que tenía con el grupo de Patria Roja eran ajustes de cuentas que tenían los partidos de izquierda en los ochenta. Estas luchas por “quítame estas pajas” finalmente llevaron a su colapso luego de que Izquierda Unida ganara las elecciones municipales con “Frejolito”, Alfonso Barrantes Lingán, en 1983. Meses más tarde, amigos comunes, entre ellos el poeta Róger Santiváñez, me informaron que padecía pánico escénico. Por esa razón le era tan difícil dar clases. Después de haber llevado este curso me encontré pocas veces con Antonio Cisneros en bares de Miraflores, su pequeña patria, o en las oficinas de la revista . Iba a dejarle las ediciones de las revistas La Casona y Etiqueta negra, de las que yo era editor, para que ordene a sus periodistas escribir gacetillas. En dos ocasiones diferentes lo encontré en la Plaza de Armas del Cusco. Antonio Cisneros, gracias a su conocimiento de varias lenguas europeas, era guía de turistas en una época de crisis donde los docentes se las agenciaban para  aumentar sus ingresos que desaparecían por la inflación galopante.

La última vez que lo vi en persona fue en la calle Berlín a mediados de los noventa. En uno de mis retornos al Perú, yo caminaba con prisa junto a mi esposa hacia un local miraflorino donde nos esperaban amigos. De pronto escuché, desde la acera opuesta, “Juan Zevallos Aguilar” en voz alta. Reconocí inmediatamente la voz cavernosa de fumador empedernido de mi ex profesor Antonio Cisneros. Estaba con un acompañante más alto que él, creo que era el actor Gianfranco Brero. Le contesté: “¡Hola Toño!”, como le gustaba que lo llamaran. “¡Te voy a llamar!”. No me acerqué sino solamente agité la mano con alegría. Desde la distancia se  notaba que Antonio Cisneros tenía varios tragos encima. El tráfico intenso de la calle Berlín más mi apuro no permitió que nos diéramos un cálido abrazo como siempre lo hacíamos cada vez que nos reencontrábamos. De no haber tenido ese compromiso social me hubiese unido a ellos para beber, disfrutar su amena conversación y ponerme al día sobre la vida artística e intelectual limeña de la que no participaba durante el año mientras residía en Ann Arbor.




Reseña a “Cia Perú, 1985 una novela de espías” de Alejandro Neyra
Thursday April 24th 2014, 10:30 am
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“Quizás, quizás, quizás…”



Por José Carlos Banda


La apuesta por el humor de Alejandro Neyra ya se había hecho evidente en sus libros de cuentos Peruanos ilustres, Peruvians do it better y Peruanas ilustres. CIA Perú, 1985. Una novela de espías, su primera novela, es un nuevo intento del autor por consolidar una voz importante dentro de este género. El resultado, en términos generales, es positivo. Recordemos que Neyra obtuvo por esta novela el Premio de Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro de Lima.

Cia Perú, 1985 una novela de espías busca ser una parodia de Caza al hombre en el Perú de Gerard de Villiers. Sin embargo, si bien hay un evidente diálogo entre ambas obras, por momentos parece que el objetivo de Neyra es aún mayor. Estas aspiraciones resultan bastante positivas, pero se ven contrarrestadas por el mismo autor cuando recurre a la risa fácil y a los referentes demasiado explícitos.



En CiaPerú, 1985 una novela de espías se cuenta la historia de Malko Linge, un espía de la CIA que llega al Perú en 1985 para cumplir tres misiones: impedir la victoria de Izquierda Unida en las elecciones, proteger al Papa durante su estadía en este país y aproximarse a Abimael Guzmán Reynoso. El encargado de narrar esta historia es un joven diplomático, quien ostenta el cargo de Tercer Secretario en Torre Tagle.

La relación entre el astuto y seductor agente de la CIA, y el ingenuo joven peruano se cruza cuando envían a este último a recibir a un supuesto antropólogo que busca visitar Ayacucho para analizar las condiciones en las que se había forjado Sendero Luminoso. Evidentemente, este académico es el hábil agente de la CIA. A partir de ese momento, se crea una historia de complicidad entre ambos personajes.

La novela casi no se detiene en los dos primeros objetivos de Linge. Basta con ver a Alan García bailando salsa en la casa del embajador estadounidense para darse cuenta de que la derrota de Izquierda Unida era casi un hecho. La visita del Papa es algo que pasa tan veloz como desapercibido en la trama. El tercer objetivo de Linge, cercar al líder terrorista, es el que le da sentido a toda la narración.

En una primera lectura de la obra, resaltan una serie de frases y palabras cómicas que, en la actualidad, ya perdieron mucha de su fuerza. Esto ocurre cuando el autor se pregunta “¿Y ahora quién podrá defendernos? Su nombre es Linge, Malko Linge” o cuando las especulaciones del joven diplomático finalizan en un “Quizás, quizás, quizás…”. Aquí podríamos incluir también el “seco y volteado de cerveza helada” o el “ir a trabajar de volantín”. A esto se le añade que el diálogo con la novela de De Villiers es tan explícito que hace que la parodia pierda sorpresa y, de esa manera, pierda su fuerza en la narración. Sin embargo, como ya he mencionado, el autor logra trascender estas debilidades cuando amplía sus objetivos y es precisamente ahí donde acierta.

En la misma novela, se nos indica cuál es la fórmula de las novelas de espías: 1/5 es un país corrupto del tercer mundo, 1/5 son las escenas de sexo puro y duro con mujeres exóticas y 3/5 abarcan las torturas, asesinatos, atentados, bombas, etc. En la obra, las escenas de acción, que representan 3/5, según nuestra fórmula, se reducen a un único disparo por parte de Linge, debido a que el único senderista que tuvo que enfrentar resultó ser bastante temeroso e ingenuo. La camarada Norah, la mujer que cautiva y enamora a los protagonistas, dista mucho de ser esa mujer exótica y dispuesta a experimentar el sexo más desenfrenado, ya que es descrita de la siguiente manera: “…me pareció bonita pero un poco insignificante, con un vestido celeste viejo y descolorido, sandalias planas y una chompita blanca abotonada casi hasta el cuello”. Además, nunca sabremos si, finalmente, Nora fue seducida por Linge. Para dinamitar aún más la fórmula de la novela de espías, nuestro narrador, quien asume el rol del ayudante ingenuo y bonachón del agente secreto, va perdiendo su inocencia a lo largo de la novela. Es así como la parodia sí cumple un rol subversivo y transgresor, dinamitando los propios cánones que se proclaman en el texto. He ahí el punto más alto de la novela.



Uno de los temas fundamentales de la obra, aunque nunca se aborda de manera tan directa, es la representación de la mujer. Los personajes femeninos presentan en esta novela una presencia omnipotente, aunque al mismo tiempo siempre son erotizados, lo que los convierte en objetos de deseo y fuentes de desconfianza.

Aquí nunca conoceremos a Abimael, pero podemos conocer todo de él gracias a la presencia de Norah, la mujer que para la CIA podría ser capaz de reemplazar al máximo líder de Sendero (aunque ese sería el principio del fin para la organización criminal). La enigmática presencia de esta mujer, sencilla y atractiva, apasionada e inteligente, pero ingenua al mismo tiempo, se mete con facilidad en el inconsciente del diplomático y también del agente secreto. Por ello, esta presencia resulta peligrosa. Linge desconfía de Norah (y de todas las mujeres), por lo que piensa en un plan B. Ya no será necesario conocer a Abimael, pero sí es importante mantener el contacto por si en algún momento resulta necesario conocerlo. Es así como ambos aprenden a lidiar con lo femenino y a evitarse todo tipo de angustias y sobresaltos.

Finalmente, es importante hacer notar que la novela también denuncia algunos aspectos. Por un lado, es evidente que la corrupción, la pobreza y todos los problemas de un país del “tercer mundo” son lo único que se mantiene firme entre los elementos de la fórmula de la novela de espías. Por otro lado, la novela cuestiona, a través de un lenguaje ligero y cargado de ironía, pero sin ser eso una característica que le quite fuerza a la crítica, la pasividad con la que Lima enfrentó a Sendero Luminoso. Durante 1985, Sendero no era aún una realidad para los limeños (incluyendo al propio Presidente). En la capital, no se conocía con certeza qué buscaba ni cuál era la verdadera dimensión de ese grupo armado que ya había asesinado a muchos compatriotas. Tal vez, por ello, se optó por incluir el rostro de Abimael Guzman en la portada de una manera tan perturbadora. Del mismo modo, en la sección del epígrafe, encontramos a Sofocleto junto a un discurso de Salomón Lerner Febres, en el que el expresidente de la CVR realiza una autocrítica a nombre de todos los peruanos sobre los años de violencia.

Alejandro Neyra nos recuerda que a veces un discurso cargado de humor y de parodia puede ser aún más transgresor que cualquier investigación dentro de algún campo de las ciencias (sociales). Sin embargo, el autor aún debe seguir puliendo su estilo para poder forjar una voz consolidada en la narrativa peruana.


Alejandro Neyra

CIA Perú, 1985. Una novela de espías

Lima, Estruendomudo, 2012. 113 pp.




Reseña a “El sendero de los rayos” de Karina Pacheco
Monday April 21st 2014, 4:52 pm
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La intensidad de los detalles



Por Rómulo Torre Toro



Karina Pacheco (Cusco, 1969) es, entre muchas otras cosas, una cultora de la sutileza. Una de esas sutilezas que proyecta imágenes de vidas desgraciadas con suavidad, casi con dulzura. Eso no significa atenuar el dolor o pasarlo por agua tibia. Todo lo contrario. Si hay una virtud innegable en los cuentos que conforman El sendero de los rayos (2013), esa es la potencia que encierran, la delicada intensidad que se desprende de la sensación de vacío y soledad que padecen sus personajes. Para decirlo de otro modo, el libro de la escritora cusqueña nos brinda la oportunidad de contemplar la ausencia: de cómplices, de integridad, de amor. Por supuesto, este es solo un aspecto del libro. Resulta destacable porque, a pesar de las falencias –algunas más discutibles que otras–, es bastante sólido en su apuesta.

Pero nos estamos adelantando un poco. Los cuentos de Pacheco tienen dos lógicas que se pueden diferenciar con claridad. Por un lado, están aquellos que, a partir de la adopción de elementos, historias y personajes provenientes de la tradición oral andina o amazónica, se desplazan hacia el terreno de lo fantástico. Pero es más que un desplazamiento, es un modo de entender y leer lo popular. El factor andino, por ejemplo, se reduce a sus componentes sobrenaturales, al misterio, incluso a lo onírico; en suma, para decirlo de una vez y hasta el final: a lo incomprensible. Lo amazónico, por su parte, se centra en la relación del hombre con la naturaleza: armónica y mágica cuando se trata de nativos, destructora cuando se trata de forasteros.



Siempre hay excepciones. “Piel de oso” es la reescritura de la historia de Juan el Oso, la criatura que mata a su padre animal para vengar las humillaciones y vejaciones que ha sufrido su madre humana. La comunidad materna los acoge en un primer momento, festeja la muerte del Oso y el fin de las penalidades a las que estaba sometida. Luego, como es habitual, la paz da lugar al conflicto. Los pobladores ven en Juan el Oso una amenaza que deben eliminar. En este punto, empieza la otra historia. El relato humaniza a los personajes. En lugar de utilizarlos como fichas de un juego cuyas reglas son inalterables, los muestra como seres capaces de actuar: aman, piensan y se sacrifican. Así, sabemos que el Oso nunca raptó a ninguna doncella y que su muerte fue un ejercicio absoluto de la entrega, porque, viendo a su familia amenazada de muerte por hombres armados, “ese oso con ojos de varón y corazón de hembra” decide entregarse y morir. Azuzado por la cabeza decapitada de su padre y por la violación de su madre, Juan el Oso mata a los asesinos. Para salvarle la vida, la madre inventa la historia de la bestia que todos conocemos e invierte la idea del héroe. La memoria de la bestia ya no será honrada, su único triunfo es uno pequeño, íntimo, casi imperceptible: la vida de su hijo.

Como dije, sin embargo, esta es una excepción y no la regla. Relatos como “Ecos”, “La doncella de arena” y “Corazón de oro” no se sienten tan cómodos. La tensión dramática que debieran tener y las situaciones límite que enfrentan los personajes se diluyen en tramas sin complejidad o, también podemos decirlo así, cuya complejidad se basa en la inclusión misma de elementos de la mitología andina. Por momentos, parece fundamental poseer conocimientos básicos de antropología para descifrar ciertos pasajes que, a primera vista, se presentan confusos. No queda claro si los relatos se vuelven demasiado enigmáticos, porque la mística andina lo pide así o porque se quiere proyectar esa imagen de lo andino. Lo que sí resulta claro es que representarlo como parte del género fantástico equivale a encasillarlo. Optar por este camino misterioso, diría esotérico, nos priva de la ocasión de mirar ese mundo como un espacio cotidiano, próximo a nosotros (y, a la vez, distinto), donde se planteen problemas menos exóticos y más humanos.

Los demás son relatos distintos, relatos donde se hace hincapié en esos momentos de la vida donde algo se fractura, algo a veces pequeño, a veces enorme, pero siempre trascendente. Estos son los relatos de la tragedia. Todos tienen una línea de desarrollo que podemos esquematizar así:

1.- Pasado de complicidad o, si se prefiere, la relación de los inseparables. El inicio de cada relato insiste sobre este punto: los dos personajes mantuvieron, en el pasado –que puede ser la niñez o la juventud–, un estrecho vínculo que parecía indestructible y les hacía felices o plenos.

2.- La irrupción de la tragedia. Funciona como un corte en la vida de los personajes, ya que todo se trastoca, tanto sus destinos, que se separan irremediablemente, como el ambiente en el que se desenvuelven.

3.- El presente vacío debido a la ausencia del otro. Después de la irrupción de la tragedia, la vida continúa por los caminos habituales, pero la soledad, la nostalgia, la culpa por seguir vivos, nunca abandona a los personajes. De hecho, los personajes no encuentran el sentido de sus vidas y, en la búsqueda por encontrarlo, asistimos a la génesis de sus problemas.



Otro de los rasgos más resaltantes de estos relatos, como se dijo al inicio de esta reseña, es que funcionan bajo la lógica de la sutileza. Los pequeños detalles o los gestos mínimos desencadenan la tensión, anuncian la presencia de algo escondido y que está pronto a descubrirse. En ese sentido, la intensidad que desarrollan se apoya en lo que puede suceder: conocemos el pasado de los personajes, conocemos la tragedia que afectó sus vidas, pero no sabemos qué pueden hacer, hasta dónde pueden llegar. Esa incertidumbre es lo que mueve las historias, porque la fractura, en el ámbito íntimo de los personajes, exige una solución, una cura. No nos equivoquemos, no se trata de una intensidad efectista. El dolor, el sinsentido y la soledad no se diluyen en la superficialidad. En estos cuentos, Pacheco logra acercarse a la verdad de nuestras relaciones familiares y afectivas desde la cotidianeidad, lo que es igual a decir desde toda su brutalidad.

Tomemos un ejemplo. “Pájaro de fuego” desarrolla la historia de una bailarina de ballet que va perdiendo a su familia a medida que va mejorando en su carrera. El relato empieza narrando un remoto día de campo en el que el hijo de la protagonista, un niño de seis años, descubre un ave que parece de fuego. Es un recuerdo nostálgico que empieza a delinear la imagen de la mujer dentro del relato. El presente es distinto. En el presente, la bailarina está divorciada y su hijo ha preferido vivir con su padre. Además, se ha roto los meniscos y, a pesar de someterse a una operación, ha quedado inhabilitada para practicar el ballet. Es una mujer triste. El drama que se plantea va más allá de la harto conocida dicotomía profesión/familia. No se trata de elegir entre una u otra, se trata del desgarro que produce no tener más posibilidad que elegir. La protagonista está perdida en el mundo, como si no tuviera un lugar al cual llegar y se viera obligada a errar sin rumbo fijo, al ritmo de sus presentaciones de ballet. Por eso, cuando se lesiona, el vacío de su vida parece hacerse más grande y también más insoportable. El vínculo con su hijo es una proyección, pues el muchacho no conoce los problemas que enfrenta y la imagina brillando en un escenario, plena en lo que hace, sin tormentas en el corazón. No hay resentimientos, no hay reclamos, solo una afectuosa distancia. El tiempo que han perdido lo recuperan en el campo, donde él la lleva para que vuelva a bailar. En ese baile, vemos mucho más que una terapia: la reconciliación entre ambos, pero sobre todo la reconciliación de la protagonista con ella misma.

Este último punto, el de la reconciliación, tiene una particularidad. Si bien la tragedia representa un quiebre en la vida de los personajes, en relatos como “El sendero de los rayos”, “El final del camino” o el ya mencionado “Pájaro de fuego”, hay una suerte de reconciliación que los personajes logran. No se trata de una solución al drama ni mucho menos de un regreso al pasado añorado. Se trata de algo más complejo, más personal: una especie de regreso a la armonía con sus propias conciencias.


Karina Pacheco

El sendero de los rayos

Cusco, Ceques editores, 2013. 164 pp.





Gabriel García Márquez (1927-2014)
Thursday April 17th 2014, 5:59 pm
Filed under: Noticias,Publicaciones

“Danzaré sobre vuestros inmundos

cadáveres”

Hace unos días, se había propalado la noticia de los problemas respiratorios de Gabriel García Márquez. Lamentablemente, esta vez se confirma lo que sus lectores temían desde hace algún tiempo. Gabo ha fallecido, pero no nos deja en la orfandad, por el contrario, nos deja un legado literario extraordinario, potente y audaz, que, estamos bastante seguros, se impondrá a los avatares del tiempo y la soledad.

Algunos diarios comenzaron a rendirle merecidos homenajes a este extraordinario escritor:

El País

Informador

Página/12




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