El búho insomne
Monday March 19th 2012, 10:38 am
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Columnas
Estos tres: Maruja, Cristina y Leoncio
(Tres declaraciones de amor)
Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuando puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con el mundo que agita movedizas palabras.
Constantino Cavafis
Por José Rosas Ribeyro
Primera aproximación a estos tres
No sé si todos los improbables lectores de esta columna, que a veces se parece a una sábana, estarán al tanto de que recientemente publiqué una novela en el Perú: País sin nombre (Mesa Redonda, Lima, 2011). En sus páginas, antes de empezar propiamente la narración, hay una larga dedicación “a mis muertos” y “a mis vivos”. Y una de las personas que figuran en el primer rubro es Maruja Martínez, amiga queridísima, fallecida en agosto del 2000, poco antes de cumplir 53 años. Pero no sólo eso: Maruja es uno de los pocos personajes “reales” (es decir, que existieron en la vida real) que aparecen en mi libro, que es, ya lo dije, una novela y, por lo tanto, más ficción que realidad. Aparece no como Maruja Martínez sino con el apodo cariñoso con el que sus amigos -muchos de ellos de mi generación: la del 68- nos referíamos a ella en la vida real: La Chola, y también con la “chapa” de Tania, que utilizó en la militancia clandestina en la que coincidimos tanto en VR y el POMR como en la Liga Comunista. Después se transformó en Teresa, pero yo ya no estaba en el Perú. Maruja, pues, una de las más bellas personas que he conocido en mi trajinada existencia, y su libro Entre el amor y la furia (Sur, Lima, 1997), que merece mucha más fama que la que tiene, es uno de “estos tres” personajes del título de esta crónica, uno de estos tres amigos entrañables a los que quiero evocar en este espacio.
Entre octubre del año pasado, cuando se presentó País sin nombre en la feria del libro “Ricardo Palma”, y mediados de enero de este año pasé alrededor de noventa días en Sudamérica y la mayor parte de ellos en Lima. Hice un viaje a Caracas, del que ya habló aquí mismo el “búho insomne”, y uno a Buenos Aires. Y es precisamente este segundo viaje y, sobre todo, mi reencuentro en la capital del tango con la escritora Cristina Siscar, lo que constituyen la segunda parte de “Estos tres”, título que -ya se habrán dado cuenta algunos avispados lectores, sobre todo peruanos- juega con el que le puso José Miguel Oviedo a su célebre antología en movimiento de los poetas del 68: Estos trece; el cual, a su vez, si mal no recuerdo, él le tomó prestado a un libro de cuentos de William Faulkner.
A Cristina Siscar la conocí en París en los años ochenta. Había llegado a la capital francesa huyendo de la dictadura que había hecho desaparecer a su marido y asesinado a su hermana, y se integró a un grupo de escritores más o menos jóvenes que intentábamos dar vida real a un proyecto editorial. Nacieron así las Ediciones del Correcaminos, que lograron editar seis o siete libros antes de morir envenenadas por su propia sangre. Uno de los tres libros iniciales que salieron entonces de la imprenta, en edición bilingüe, fue Tatuajes de Cristina Siscar, el primero que ella publicó. Después, ya de regreso a Argentina, ha entregado a los lectores, entre otros libros, los dos que con inmenso placer y admiración he podido leer entre Lima y París, La sombra del jardín (Simurg, Buenos Aires, 1999) y La Siberia (Mondadori, Buenos Aires, 2007).
Completa la tríada de esta evocación un viejo amigo del Perú: Leoncio Bueno. Viejo porque nació él hace mucho tiempo, imagínense, ¡en los años 20 del siglo pasado!, y sigue tan vital, cariñoso, dicharachero, burlón, generoso y buena gente, tal como lo encontré, en enero de este año, al visitarlo en la Tablada de Lurín, en compañía de nuestra común amiga la poeta Patricia del Valle. Leoncio seguro que llegará al centenario y más y más, a inmortal incluso, y terminará por enterrarnos a mí y a otros del 68 que tanto lo queremos desde aquella época, de principios de los setenta, en que lo conocimos en su taller Túngar, donde él arreglaba baterías con las manos mientras conversaba sobre poesía con nosotros. Algunos de los libros de Leoncio Bueno son hitos imprescindibles en la literatura peruana. Menciono tres que son quizás los que yo prefiero: Rebuzno propio (Arte Reda, 1976), La guerra de los Runas (Túngar, 1980) y Los últimos días de la ira (Túngar, 1994), aunque debo confesar que conozco mal lo que ha escrito Leoncio en estos últimos años o, mejor dicho, recién lo estoy descubriendo ahora a través de un grueso volumen, titulado sencillamente Poesía, “una prepublicación hecha artesanalmente por el autor” que tuvo la generosidad de obsequiarme junto con sus memorias, Hijo de golondrino, cuando lo visitamos en la Tablada de Lurín y compartimos con él y su compañera, gaseosa, tamales, pastel de manzana, poesía y muchísimo cariño y calor humano.
Maruja Martínez
Maruja Martínez: entre el amor y la furia
Maruja Martínez era de Jauja y vino a Lima a estudiar Ciencias Sociales en la Universidad Católica. Yo soy de Lima y estudié Letras en San Marcos. A inicios de los años setenta ambos militábamos en una organización de izquierda llamada Vanguardia Revolucionaria (VR). Ambos rompimos con dicho partido formando parte de un grupo de compañeros que nos reclamábamos del trotskismo, pero aún Maruja y yo no nos conocíamos personalmente. En verdad, ella no debía tener ni idea de mí porque yo era un simple militante de célula, pero yo algo sabía de Maruja, la camarada Tania, pues ella tenía tareas de responsabilidad y algo de todo eso llegaba a nuestros ojos, a través de la lectura de documentos partidarios, y a nuestros oídos gracias a radio bemba. Yo vi por primera vez a Maruja cuando los ex de VR fundamos el Partido Obrero Marxista Revolucionario (POMR) en una casona de Chosica. Pero eso no es estrictamente cierto, porque a quien vi fue a Tania, la militante, y no a Maruja, la amiga, por la sencilla razón de que, hasta ese momento, amigos no éramos. Fue en el seno del POMR, en las actividades de agitación y propaganda en fábricas, hospitales y locales clandestinos donde se reunían las células y, con mayor fuerza, en encuentros paralelos a los de la militancia, en cafés, en mi casa, en calles y avenidas, que se fue forjando una bella amistad entre nosotros, aunque siempre fuimos seres completamente diferentes. Ella tenía fe, yo siempre tuve -y tengo- una profunda vena escéptica; ella era seria y un poquitín solemne, yo siempre he sido irónico y he utilizado el humor negro como remedio contra la desesperación; ella practicaba la entrega total a la vida partidaria, yo siempre me reservé espacios propios, íntimos, personales; ella era una asceta, yo siempre me he entregado sin culpas a los placeres terrenales; ella no era muy literaria, yo vivía en un mundo rodeado de literatura.
¿Cómo fue entonces que dos personas tan distintas pudieron ser tan amigas y quererse mucho? Creo que eso se puede explicar sencillamente con tres palabras: respeto, rebeldía y pasión. Respeto mutuo, respeto de nuestras abismales diferencias; rebeldía e indignación ante la injusticia social, la explotación de unos seres humanos por otros seres que deberían ser sus iguales y ante la insoportable miseria que nos rodeaba en el país que nos había visto nacer; pasión por la vida, en defensa de nuestros ideales, en las relaciones humanas, en la amistad, en el amor. Además, yo la hacía reír con mis historias de bohemia y amoríos y ella me amonestaba por esas mismas historias que la divertían. Un día me percaté medianamente asombrado que ella me quería mucho y que yo la quería también mucho a ella. Y así dos seres distintos, que nunca tuvieron nada erótico ni sensual en su relación, pudieron manifestarse su mutuo cariño a través de diversos gestos y confidencias. Ella expresa muy bien esos sentimientos en la dedicatoria que escribió, en junio de 1997, cuando me entregó un ejemplar de su excelente libro Entre el amor y la furia: “ternura, presencia, antes y ahora”.
Ya salí expulsado del Perú en 1975 y, desde entonces, nos vimos poco. No volví a Lima sino seis años más tarde, por solo dos semanas, y no recuerdo si tuvimos la ocasión de vernos. Después sí, cuando regresé en 1994, y siempre que estuve por allá, hasta que su muerte me dejó pasmado y con un dolor que aún me duele. Me duele tanto todavía que escribir esto se me hace difícil, se me chorrean las lágrimas y siento como que me acabaran de dar hoy la trágica noticia de lo ocurrido en el 2000. Para mí retornar a Lima era volver a ver a Maruja, compartir con ella el cariño y la ternura, hacernos confidencias y discutir de política sin contarnos mentiras. Ella era una razón fundamental de mis regresos y los momentos que pasábamos juntos como que me reconciliaban con el Perú, un país que para mí -ya lo dije antes en algún sitio- es hasta hoy una herida abierta. Ella curaba esa herida, le ponía árnica a mis moretones interiores, me daba la mano para conducirme por los caminos menos ásperos y dolorosos de la ciudad del infierno. Y así llamé mi segundo libro de poesía: Ciudad del infierno.
Yo no soy de los que creen, como Rousseau, que existe una bondad esencial en los seres humanos. Esa era tal vez otra diferencia mía con Maruja: ella se daba encontronazos con la realidad y sufría grandes desilusiones porque creía que en la gente había una bondad intrínseca y, sin embargo, todos los días, fuera y dentro de su infatigable trabajo partidario en pos de una improbable revolución, la vida le demostraba lo contrario. No obstante, ella la optimista esencial y yo el pesimista empedernido, nos encontrábamos en la misma dolorosa constatación del mal y nos sanábamos mutuamente las llagas, aunque debo confesar que ella lo hacía mejor que yo.
En junio de 1997 estuve en Lima. Su libro Entre el amor y la furia acababa de aparecer y así, como pan caliente recién salido del horno, lo puso entre mis manos después de añadirle de puño y letra la frase antes mencionada. En los periodos en que no nos veíamos debido a la distancia, ella en Lima, yo en París, intercambiábamos de vez en cuando largas cartas. Cartas en las que las cosas del corazón y los sentimientos íntimos se mezclaban con álgidas discusiones políticas. Cual no sería mi sorpresa cuando en ese magnífico libro suyo, en que narra muchas cosas que me han concernido directamente también a mí, encontré entre las páginas 154 y 159 un capítulo titulado “Aureliano, poeta”. Cabe precisar que en la vida militante yo le había tomado prestado el nombre a Aureliano Buendía para utilizarlo como pseudónimo. Pero yo ya casi no recordaba al abrir el libro que una vez, como de pasada, me había pedido autorización para reproducir algo de lo que le expresaba en una carta y que, por cierto, le había dicho que utilizara lo que quisiera. Fue tremenda la impresión cuando leí ese capítulo allá en Lima. Tremendo por las bellas palabras que ella me dedicaba a mí y tremendo por encontrar mis propias palabras, cargadas de desesperanza ante la izquierda y quizás algo de amargura, en las páginas de un libro de ella. De ella, Maruja, que nunca perdió la esperanza y murió combatiendo. He vuelto a leer dicho capítulo ayer, ll de marzo, en París, y se me han revuelto dentro los recuerdos y los sentimientos. Sólo quiero citar aquí algunos aspectos de nuestra relación que ella destaca. Empecemos por el comienzo, el primer párrafo: “1972. ‘Mañana es tu cumpleaños, Chola. Te emborrachamos. Ya hemos quedado que será en mi casa. Vamos a ver si es cierto que ninguna cantidad de licor te tumba.’ He reído con la ocurrencia de Aureliano y me alegra. Cargo muchas depresiones dentro de mí como para decir que no. Tal vez resulte divertido. Sólo dirá a los amigos más íntimos: su compañera Amaranta, Turcios por supuesto, los gordos Moreyra, Betsy, Martín y Paco. Arcadio, el hermano de Aureliano, también camarada y también poeta, no fue invitado porque no es mi amigo, y es seguro que será nuevo motivo de resentimiento. Pero Aureliano es implacable en su afán de darme gusto.”
Más adelante Maruja señala algunos aspectos de nuestros encuentros amistosos al margen de la vida partidaria: “Es raro se mantenga en la militancia. Si es esencialmente un poeta (…) Pero jamás habla de poesía conmigo. Hacemos citas urgentes, como si tuviéramos que hablar de cosas importantes, del Partido, de la revolución, del porvenir del Perú. Pero no hablamos de poesía, ni de política. Tal vez sólo de sueños y tristezas. Tal vez yo hablo más que él (…), hablar con él es siempre un oasis, una experiencia refrescante.”
En este capítulo, Maruja reproduce en extenso una carta mía fechada en París, el 27 de octubre de 1986. Expreso en ella mi ruptura con una práctica pretendidamente revolucionaria, con una fe que justifica dictaduras y con una ceguera que nos llevó a la demencia política. Y reafirmo que mi ideal de transformación social está íntimamente ligado a los principios del socialismo libertario. Pero no es eso lo más importante. Lo verdaderamente importante es lo que escribe ella: “Lima, 14 de setiembre de 1986. Ha pasado un mes desde que me llegó tu carta. Qué bueno fue para mí el saber que me recuerdas, y que me recuerdas bien. En todos estos años oscuros y grises, creí que ya no podía recuperar mis amigos, mis verdaderos amigos, aquellos que pusieron un alguito de fraternidad y de ternura en mí. Te confesaré que no te imagino haciendo una tesis ni como un formal profesor en París. Es difícil. Creo que me gusta más el poeta medio irresponsable y tierno que me ayudó en mis días de depresión (no tan) juvenil.” Luego, con fecha del 9 de abril de 1987, Maruja dice: “No sabes cuánto daría por tomar un café contigo en el Tívoli de hace diez o quince años, y contarte mis cosas, ya no mis viejos dolores y angustias sino ahora mis esperanzas y mi libertad. No cambies, por favor, aunque yo siga siendo trotskista y tú seas libertario…”
En el capítulo siguiente, titulado “Miradas tristes”, Maruja evoca de nuevo con extrema sensibilidad, nuestra amistad durante los años de militancia: “1973. Me gusta caminar por el centro de Lima, sobre todo cuando estoy un poco deprimida como hoy. Aureliano y yo hemos quedado en encontrarnos a las 5. El hecho de conversar con un poeta me produce un cierto sosiego. No me molesta su largo pelo ensortijado ni sus ralos bigotes, ni su vestimenta estrambótica, raras en un militante como él. Porque además de poeta, Aureliano es como un niño bueno: transparente y tierno, recibe mis cuitas sin preguntar y sin juzgar.” En estas frases veo a Maruja tal como era: generosa y querendona, y con tendencia a mejorar a las personas de su entorno. No, yo no soy tan “bueno” como ella me veía. Es más, muchos creen totalmente lo contrario porque soy agresivo al hablar, ya que mi emotividad y mi timidez suelen añadirle violencia a mis palabras. Sin embargo, me gusta la visión que tenía de mí y que se llevó con ella cuando la atrapó la muerte. La más injusta e imbécil de las muertes. Que Maruja haya muerto es algo que no puedo concebirlo y por lo general trato de creer que no es cierto. Sólo cuando voy al Perú se me convierte en una evidencia, en otra herida más imposible de sanar. Lima sin Maruja (y sin otro amigo, Pocho Ríos, que ella no apreciaba mucho) ya no es mi Lima, ya no lo será nunca. En la ciudad en que nací y en relación a Maruja, a la Chola, vivo una especie de viudez fraterna que me acompañará hasta que me llegue a mí la hora de la partida eterna.
Me ha sido difícil evocar a Maruja Martínez por escrito. Difícil porque el recuerdo ha reavivado el dolor. Yo sabía que sería así y por eso, durante los doce años transcurridos desde su muerte hasta ahora, no lo hice, no escribí nada sobre ella aparte, creo, de unas cinco o seis líneas para un homenaje que le hicieron. A mí, ahora, no me queda sino recomendar la lectura de Entre el amor y la furia, pero no como homenaje a ella o en reconocimiento de la gran persona que fue y menos aún porque en una parte de su libro aparezco yo, sino porque se trata de un testimonio fundamental para comprender el Perú de los años 70-80. Lamentablemente, cuando estuve en Lima el año pasado no lo vi ya en librerías. Quiero creer, no obstante, que es posible encontrarlo en algún lugar.
Cristina Siscar
Cristina Siscar: el sueño y la memoria
No sé por dónde empezar, si por el viaje que me llevó recientemente a Buenos Aires y al reencuentro con Cristina Siscar, o si debo más bien respetar la cronología de los hechos y situarme de entrada en París, a mediados de los ochenta, cuando conocí a Cristina. En verdad, no sé por dónde empezar y quisiera que alguien me ayudara a decidirme, pero no hay nadie a mi alrededor, estoy solo. Y solo y medio a ciegas debo avanzar ahora. Y vamos avanzando ella y yo, sí, hace tres meses, por las calles de San Telmo, el barrio bonaerense donde vive Cristina. Es verano y hace un asfixiante calor de 40 grados. Vamos a bares y cafés, entramos en antiguos conventillos convertidos en comercios de artesanías, respiramos bajo los árboles del parque Lezama. He vuelto a ver a Cristina tras veintisiete años de desconexión total de nuestras vidas y eso ha sido posible gracias a la magia de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Una amiga virtual me consiguió su dirección electrónica, le escribí y quedamos en vernos cuando estuviera yo en Buenos Aires. Tras todo ese inmenso tiempo transcurrido sin tener noticias el uno del otro, temía yo que nos encontráramos formalmente, ya sin amistad ni cariño, completamente extraños y extranjeros, habiendo olvidado las emociones que compartimos en París. Debo confesar que yo iba preparado para eso, pero no fue así lo que ocurrió. Pasamos doce horas conversando, desenrollando el hilo de nuestras vidas, confrontando nuestras trayectorias literarias, recorriendo juntos las calles de su existencia cotidiana desde que volvió a Buenos Aires, y descubriendo yo que esa ciudad, en la que nunca había estado antes, no me era totalmente desconocida, y que esa mujer de larga cabellera negra y mirada penetrante que me acompañaba en la visita, no era tampoco un ser extraño sino alguien con quien se habían mantenido vivos secretos lazos de afecto y complicidad.
Ahora que he avanzado en el tiempo y me he situado a dos meses de hoy, un jueves primaveral en el que escribo, puedo darme el gusto de retroceder a 1985, cuando apareció en París -aquí mismo- el primer libro de Cristina Siscar: Tatuajes, en versión bilingüe. Publicaron el libro las Ediciones del Correcaminos, pequeña estructura editorial, una especie de cooperativa, que habíamos fundado poco tiempo antes varios escritores latinoamericanos medianamente jóvenes. Tatuajes fue el tercer libro que salió de la imprenta con el sello Correcaminos, antes habíamos publicado Elqui Burgos (Sublimando al impostor) y yo (Curriculum mortis). Cristina Siscar escribía en aquel entonces poesía, una poesía intimista, hecha de observación subjetiva o recreación óptica tanto del mundo exterior como del interior, tanto del sueño como de la vigilia, característica que -lo compruebo ahora al leer La sombra del jardín y La Siberia- ha mantenido luego en su prosa. “El escritor más intenso es el que sabe leer bien sus propios sueños. En el caso de Cristina Siscar la literatura es eso”. Es como si la escritura de Siscar “se desplazara por la banda negra de los sueños para ir sacando de allí las anécdotas más traslúcidas y claras del mundo. Las que están durmiendo en nosotros”, escribe el narrador Héctor Libertella en la contratapa de Lugar de todos los nombres, un libro de cuentos. Sin embargo, creo que lo que dice corresponde perfectamente a todo lo que he leído de Cristina desde su inicial Tatuajes.
No sé qué piensa hoy Cristina de su primer libro. Yo acabo de releerlo para escribir esta crónica y me han vuelto a seducir versos como estos: “De tantas muertecitas somos/ De tantos parchecitos negros”. O estos otros: “Como gaviotas desnucadas/ Como una puerta clausurada/ Se apaga un puerto”. Y estos también: “Con tatuajes de adioses en los ojos/ me veo pasar pasar.” O todo un poema, como éste, que forma parte de la sección “Eros iones” y cito completo:
Sube el humo
en los ojos se enturbia
la quemazón del pastizal
pieles eriza
desliza manos
y carne toda labios besa
vientres ruedan
entreverados
hombros entre escombros
por una grieta del pecho
sube el humo
Si bien Tatuajes fue el primer libro que publicó Cristina, en 1985, el año anterior había dado a conocer un cuento titulado “Mundo mundo” en una pequeña revista de Barcelona llamada Trafalgar Square, el cual incluyó después en el libro Reescrito en la bruma. Ese dato yo lo había olvidado por completo y fue ella misma quien me lo recordó, añadiendo que eso fue posible porque yo hice las gestiones necesarias con el poeta que dirigía dicha publicación. Debo confesar que hoy me siento orgulloso de haber descubierto, en un ayer lejano, su talento narrativo.
Cristina Siscar vivió seis años en Francia y a finales de 1986 regresó a Argentina. A pesar de que habíamos tenido en París una relación hecha de complicidad intelectual y afectiva y verdadero cariño mutuo, nos perdimos por completo de vista y durante años no tuve ninguna noticia suya. Eso cambió un poco cuando apareció Internet porque entonces pude descubrir entrevistas que le habían hecho, referencias y comentarios a los libros que había publicado a lo largo de dos décadas, desde 1987, y de las antologías que había compilado y prologado, e incluso alguna información sobre trabajos académicos que analizan una de sus novelas: Les romans de la perte en Argentine, tesis doctoral de la francesa Orianne Guy, y “Diáspora, errancia, querencia en La sombra del jardín de Cristina Siscar”, de Néstor Ponce.
Al leer los dos libros más recientes de Cristina quedé impresionado. Me subyugó su escritura elegante, casi simbólica, que algo tiene -creo- de influencia francesa. Ya sé que a ella no le gusta que diga “escritura elegante” al hablar de sus narraciones, pero yo no soy crítico literario ni pretendo serlo, tampoco me arrogo el derecho de hacer análisis académicos y lo que digo lo expreso desde mi subjetividad, desde mi apreciación personal por demás arbitraria y subjetiva. Una crítica argentina, María Rosa Lojo, por su parte, ha descrito muy bien, creo, lo que es La sombra del jardín: una novela que “dibuja la parábola de una aventura femenina por el paisaje del exilio: un itinerario a la vez onírico y dolorosamente real, donde lo poético confluye con lo político. El sexo y la nostalgia del amor y de la permanencia, el cuerpo que duerme en hogares transitorios, la memoria del fuego y el alimento crean un tejido -a la vez sensual y evanescente- de evocaciones y deseos. Profundamente simbólica, plena de resonancias exquisitas y antiguas, La sombra del jardín inscribe en los laberintos de la extranjería y el anhelo de una perdurable comunidad, otra cara posible de la épica, donde no hay héroe guerrero sino la peregrina de un camino interior en busca de un jardín perdido.”
En La sombra en el jardín hay un párrafo que describe de alguna manera también la presencia de la memoria en la narrativa de Cristina: “Con ser tan vívida, esta imagen vuelve hoy a mi memoria envuelta en dudas. Nunca sabré hasta qué punto la fui dibujando o transformando con el correr del tiempo, o allí mismo, bajo el influjo del día, del lugar. A veces creo que más inasible que el pasado es el momento en que inventamos lo que pasó.” Esta problemática de la memoria que termina siendo siempre ficción, invención, como los sueños, comunica directamente mi propio trabajo narrativo con el de Cristina, aunque la concretización literaria de eso en ella y en mí sea muy diferente. Yo, en País sin nombre, como que la he resumido recurriendo a una frase de Cabrera Infante, uno de los narradores de lengua castellana que más admiro: “Le soy fiel a mi memoria aunque mi memoria me sea infiel.” Y también con una frase del novelista francés Serge Doubrovsky: “Si j’essaie de me remémorer, je m’invente.”
La Siberia, el último libro publicado, hasta ahora, por Cristina Siscar, incluye para empezar un cuento largo o, más bien, una novela corta o nouvelle, y cinco cuentos. Si bien el conjunto es excelente, la narración que da título al libro es, sin exagerar, una pequeña obra maestra. El relato de un viaje en autobús por la Patagonia, tierra de desolación, frío y exilio, tierra en que el paisaje desértico se introduce en el interior de los personajes y los transforma, es un trabajo de artesanía fina, precisa, minuciosa que, como digo, termina dando lugar a una joya. Los cuentos que acompañan a la nouvelle en este libro comunican con ella de maneras diversas y poseen, todos, una excelente factura literaria. Quiero concluir citando un pasaje del cuento titulado “La encomienda”: no sé bien porqué, pero en la Luisa que menciona, veo aparecer en carne y hueso, a la propia Cristina. Fantasmas míos de seguro: “Yo admiraba a Luisa. Esa vecina atractiva pero soltera, que vivía sola y que iba siempre muy elegante a dar sus clases de geografía, encarnaba el modelo de mujer independiente que a mí me hubiera gustado ser.” Y que Cristina es, creo yo.
Leoncio Bueno
Leoncio Bueno: del Túngar a Lurín y un mismo cariño
Cuando estaba en Buenos Aires recibí un mensaje electrónico de la poeta Patricia del Valle: “De regreso a Lima reserva un fin de semana para nuestra visita a Leoncio.” En eso habíamos quedado: iríamos juntos a la casa del querido Leoncio Bueno en la Tablada de Lurín, en las afueras de Lima, el lugar donde él vive con su compañera desde que dejó Comas, pero que yo desconozco por completo. Y un domingo de enero, finalmente, Patricia y yo, metidos en un taxi y guiados a control remoto por la voz siempre entusiasta del poeta, llegamos al refugio del autor de Rebuzno propio, quien nos recibió con la simpatía, la calidez, el cariño y la gracia que lo caracterizan. Su compañera, frágil de salud, hacía la siesta y recién más tarde se reunió con nosotros. Fueron horas de conversación y risas, recuerdos e indignaciones. Horas de solidaridad y fraternidad, dos cosas que cada día faltan más en mi alrededor, pero que en la humilde casa de Leoncio Bueno se cultivan en el jardín que la rodean y son como bellos árboles que dan frutos suculentos.
Cuando conocí a Leoncio yo era un muchacho melenudo que escribía poesía y había dado que hablar, al lado de otros, a través de una revistita universitaria llamada Estación reunida. Antes, de una manera que ignoro, ese poeta tan talentoso como apasionado, cariñoso y muy amigo de sus amigos que es Jorge Pimentel, había contactado a quien había escrito Invasión poderosa, ya liberado de la camisa de fuerza de la “poesía proletaria”. A través de Pimentel ingresé por primera vez a un lugar que será uno de los núcleos de confluencia de la generación del 68: el taller Túngar, en Breña, de Leoncio Bueno. Aquella vez, en la primera parte de los años 70, Leoncio me recibió con el mismo entusiasmo cariñoso que el que nos expresó a Patricia y a mí al abrazarnos en la Tablada de Lurín un domingo de enero de este año 2012. El tiempo ha pasado, siempre feroz e ineluctable: él es ahora un hombre de más de noventa años y yo ya no soy un joven poeta veinteañero y melenudo, pero la amistad, el amor, la auténtica fraternidad subsiste como si el tiempo no hubiera transcurrido.
Poco antes de que yo saliera del Perú, a través de Leoncio Bueno, se me había dado la responsabilidad de la sección Cultura de una revista que, a propuesta de él, se llamó Marka. Y, lo que es más importante, Leoncio me había concedido el privilegio de ser uno de los primeros lectores de su libro Rebuzno propio, el cual sería editado en 1976, cuando yo ya no estaba en Lima. Tras la lectura le expresé con toda sinceridad mi entusiasmo. Leoncio había roto definitivamente con los lastres y la solemnidad de la mal llamada “poesía social”, para construir poemas cargados de ingenio, humor, irreverencia y atrevidas mezclas de lenguaje popular y culto. Había conformado con ese libro lo que sería una poética muy propia, que ocupará desde entonces un merecido lugar en el corpus general de la poesía peruana contemporánea. Es “una de las voces más singulares y de mayor significación socio-cultural de la Generación del 50”, ha escrito el crítico Ricardo González Vigil, sin darse cuenta de que si bien Leoncio, por fecha de nacimiento, formaría parte de dicha “generación”, por su poesía y su manera de haber vivido y pensado el mundo, por sus luchas y maneras de asumir su compromiso y las relaciones humanas, pertenece de lleno a la del 68, mi generación, la que se forjó en parte en su taller Túngar, con él y Pablo Guevara, y de la que queda un testimonio elocuente en una famosa foto del Chino Domínguez.

Leoncio en el Tungar (Foto: “Chino” Domínguez)
Ya no sé si fue en México o en París que recibí Rebuzno propio, pero lo que no olvido es el gran orgullo que sentí cuando constaté que Leoncio me había dedicado uno de esos poemas que yo había leído antes en hojas mecanografiadas. Se titula “La marraqueta de acero” y cuenta la historia de una venganza porque un trapiche “se engulló el brazo derecho” de un amigo del poeta llamado Colbert: “un muchacho fuerte y bonachón que me enseñaba boxeo”. “Una marraqueta de hierro te voy a dar a tragar”, dice el poeta, y procede a meterle diez kilos “del más templado acero” al trapiche criminal, sin remordimiento alguno por el sabotaje que eso significa. Y más tarde, cuando la policía busca al culpable y para ello trata de averiguar qué hace cada uno de los obreros después del trabajo, este diálogo delicioso: “¿Y tú, zambito?/ ¿Yo?, nada, a veces leo un poco.” Pues he ahí el culpable. ¿Quién más sino un obrero que lee puede ser culpable de un sabotaje?
En enero, en la Tablada de Lurín, encontré a un Leoncio Bueno ágil y saltarín a pesar de su edad y el bastón que utiliza cuando sale a caminar. Mientras estuve con él sentí que estaba ante un ser inmortal, porque alguien que ha sido, como dice en el poema “Señas de identidad”:
Impugnante disidente marginal fuera del juego
no alineado franco tirador asaltante
no popular disolvente antipublicitario
blasfemo vitriólico profano
irreverente no positivo no literario
sacrílego fichado invasor terrorista expresidiario
agitador huelguista inconformista
revolvedor metete buscapica
instigador proscripto apátrida de la gran siete
descamisado pata cala fracasado
trotkista siete vidas maldito
inexistente para la gracia de Dios Padre
un hombre así, que imagino asaltando un banco con una pistola de verdad o de juguete en la mano, huyendo por las azoteas de la policía que quiere atraparlo o doblado en dos en una celda húmeda de la cárcel de la isla del Frontón, escribiendo un poema a su hijo a la luz mortecina de una vela; un hombre así, digo y repito, debe ser inmortal. Lo es, definitivamente. Y cuánto hubiera dado yo a los dioses del Olimpo o los demonios del Averno, en una versión muy personal de Fausto, para que ese hombre, Leoncio Bueno, fuera mi padre en lugar del que tuve. Fuera mi padre y a la vez lo que hasta hoy sigue siendo: un amigo muy querido.
Poco antes de que Patricia y yo decidiéramos partir y emprender el regreso a Lima, ya no en taxi sino embutidos en una combi asesina, Leoncio me obsequió dos tomos de su obra, impresos de manera precaria, artesanal, por él mismo. Uno de ellos es Hijo de golondrino, sus memorias, que, de alguna manera responden al libro tan malo como oportunista que hizo Roland Forgues aprovechando la vida agitada de Leoncio y de cuyo título no quiero ni acordarme. Con este libro Leoncio Bueno se inscribe como precursor de un género muy poco practicado en el Perú. Una edición de estas memorias y su distribución en librerías y bibliotecas es una necesidad absoluta. Ojalá que alguien me escuche, me lea, y proceda a realizarla. El otro libro, titulado simplemente Poesía, reúne su obra poética completa, desde Al pie del yunque (publicado en 1966) a los textos inéditos de Antes de mis ojos, que datan de 2003.
Quiero terminar esta evocación de Leoncio Bueno citando en extenso uno de los poemas amorosos de su vigorosa senectud. Figura en un cuadernillo editado por Jorge Luis Roncal con el título de Carta de invierno:
Mi compañera compra para mí una rosa nueva todas las mañanas,
anda en puntas de pie por las estancias cuando yo descanso,
hace una señal de silencio a los pajaritos cuando pienso…
No duerme cuando yo duermo,
se pasa horas enteras mirándome con sus ojos tristes,
es humilde, callada y de carácter melancólico,
pero tiene los labios rojos y sumamente sensuales.
Mi compañera a veces no me entiende
cuando hablo y hablo como un descosido,
sólo atina a echarme los brazos al cuello
y sellarme la boca con sus besos.
Mi compañera siempre está a mi lado acariciándome el cabello,
nunca se cansa de tomarme las manos y calentarlas en su sol profundo.
Ciertamente es en extremo dulce mi compañera,
de melancolía profunda y suave,
pero ardorosa cuando me abraza en el amor.
Mi compañera es de poco hablar pero de mucho hacer,
silenciosamente adivina,
silenciosamente hacedora.
Mi compañera no lee muchos libros ni escribe muchas cartas,
pero lee perfectamente en mis ojos y en mis largos silencios:
su obra vale tanto o más que todos los versos que yo escribo.
Mi compañera es pequeña y de salud precaria
pero lucharía como un gladiador si algo me amenazara.
Mi compañera es un oasis de ternura;
cien años sería poco tiempo para vivir haciendo el amor con mi compañera.
Ella no tiene a nadie en el mundo, sólo me tiene a mí;
y yo confieso: no tengo a nadie más que a mi compañera.
Cuando me llegue el frío y quiera decirle algo, un adiós,
una palabra de gratitud,
sé bien, me pondrá su índice en mis labios
para decirme: “solo cumplí mi deber”:
y una vez ya todo concluido, será dulce mi muerte. Amén.
Sí, pues, amén.
Revisando nuestros escombros
Wednesday March 14th 2012, 10:59 pm
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Reseñas
Por Regina Martínez García
Alejandro Susti ha publicado los poemarios Corte de amarras (2001), Casa de citas (2004) y Cadáveres (2009) (finalista del Premio Copé de Poesía 2007). Como compositor y músico ha editado los Cds Sueño en la ruta (2003), Kaoscopio (2005), Tren al Edén (2006), Islas (2008) y Underwood (2010). Ahora aparece el poemario Escombros de los días (Hipocampo Editores, 2011), que pertenece a la Colección Premio Libro de Poesía Breve 2010.
La temática parece encaminarse por el dolor y la muerte, sin embargo, el eje central es el tiempo. En el poemario notaremos imágenes dinámicas, pues se movilizarán en tres tiempos: pasado –ligado al recuerdo-, presente y futuro. Asimismo, el poemario está dedicado a la memoria de su padre. Susti asegura que en los últimos momentos compartidos con su padre, antes que éste parta, pudo acercarse a muchas vivencias y, a la vez, aliarse con algunos poemas que estudiaba por trabajo, que fueron exactos para el momento que vivía[i].
La primera parte se denomina tu cuerpo lentamente. Se puede tener una previa percepción de lo que vendrá en los versos siguientes, pues el lector tendrá la necesidad, al igual que el yo poético, de reflexionar, sentir y conocer en el tiempo un cuerpo que yace en una cama de hospital. Esta imagen es la puerta de ingreso al dolor:
“En cada cama de hospital
arañas tejedoras desalojan nervios uñas dientes y
conducen telégrafos de ruina
allí te encuentro blandiendo tu espada
exhausto y perdido
y pregunto por los meses en que aún oscuro creciste en el
vientre de mi abuela” (“Cama de hospital”: p. 13)
Las arañas son testigos permanentes de la partida de los sinnúmeros de cuerpos dolientes, son como pequeñas profetisas que aseguran la pronta llegada de otro cuerpo que también partirá. Sin embargo, este mecanismo será inmediatamente cambiado, pues el yo poético nos invita a pensar en el pasado de ese cuerpo enfermo, cuando su génesis era el vientre de su madre. Ambas son imágenes extremas de la vida física.
Habrá un verso recurrente: “el del pequeño padre”. Este servirá para analizar el tiempo trascurrido entre el hombre de hoy, que necesita protección y cuidados, y el hombre que brindó cuidados y erigió una imagen heroica ante la mirada nostálgica del yo poético:
“En cuclillas -cámara en mano-
un domingo cualquiera lo veo -de saco y corbata-
filmando a sus hijos sobre el césped azulino de un campo
de golf” (“8mm.”: p. 17)
Una imagen familiar será preámbulo a las diversas estancias infantiles, no sólo al del yo poético, sino a la del protagonista del tiempo: su padre. Muchos de estos recuerdos serán el arma hasta ese momento (llamado presente), lo cual será suficiente para hacerle frente a la muerte:
“no caminé erguido ni miré de frente a los ojos
no desplegué banderas retorcí los clavos o mastiqué
las balas
solo un girar y girar y girar de pedales en el aire
un aprender a balancearse bajo el frío
a torcer la cara de derecha a izquierda de derecha a
izquierda
cuando la pena nos acecha en la curva de la muerte” (“Bicicletas”: p. 18)
Si bien el poema nace con un conjunto de reglas y descripciones de la acción de manejar bicicleta, será una mera forma educativa para recordarnos que tenemos que enfrentar al miedo; ser valientes, sin olvidar lo frágil que somos como humanos. Por ese motivo los versos son fríos, pues parten de la enseñanza que -en el presente o en el momento crítico- sirven como aliento para la pérdida que se manifiesta:
“Tu cuerpo varado entre los brazos de la muerte
llegado a este día desierto y descalzo:
el rayo que nos parte ha sonado esta mañana
el rayo que separa tu latido del silencio” (“Cuerpo de mi padre(1)”: p. 19)
El dolor se ha manifestado de manera nefasta; el rayo es una luz que contiene fuerza, es el culpable de partir dos caminos: un antes y un después; razón suficiente para salir del dolor. El siguiente verso servirá como escudo ante ello: “y sólo sé que tendré que olvidarte para yo seguir viviendo” (Ibídem). Una idea imposible, al parecer, es la respuesta de valentía. Recordemos el poema “Bicicleta”, pues el mensaje consistía en tener en cuenta la fragilidad de la vida y la constante llamada de la “muerte”.
La segunda parte se denomina fósiles de plata, en ella se manifiesta el dolor físico y el dolor simbólico, que se hace metáfora en el cuerpo. Tomará elementos vallejianos como el de los Heraldos:
“Los he visto llegar desde la noche
trayendo sus bultos miserias
conciertos de hueso
instalarse en el jardín de mi casa
indiferentes a la ausencia de los padres
a la seca llaga del silencio” (“Heraldos”: p. 28)
Los elementos son sumamente cercanos; el hogar es el foco de aquellos recuerdos tomados por los centinelas de la muerte. Ellos eligen indiferentemente el camino, y es por eso que el yo poético decide asumir la vida en la muerte:
“Prefiero la vida del muerto:
la dura persistencia de sus huesos
la capa helada de sus días y fósiles de plata
todo ellos al fin idiota de nuestros pasos
al hiato abrupto de los sueños” (“Vida de la muerte”: p. 29)
La persistencia de sus huesos es ejemplo de aferrarse a la memoria. El yo poético es incapaz de olvidar, por eso, el tiempo es una clara herramienta para movilizarnos en el dolor que tuvo que asumir, por los objetos, espacios y vidas que tuvo. El color plata es y será una magnifica forma de negar el color de la muerte.
La tercera parte se denomina fuego que nunca se olvida. En esta parte, las imágenes son dinámicas y se utiliza lo erótico para simbolizar, de otra forma, el dolor. Ésta se manifiesta en el goce que, también, es un dolor con placer:
“Tu carne con el tiempo retrocede hacia la luz
Tu carne es el destiempo perfumado del alba” (“Despertar”: p. 33)
El cuerpo simboliza la transición de la vida que se acorta por un momento, éste será interrumpido por la madurez que se despierta y explora:
“En alguna habitación
una mujer farfulla
resopla
y luego el curioso vecino imagina:
ella se somete al ardor
y simplemente goza” (“Vecindades”: p. 36)
El instinto de goce o placer que siente el observador, nos lleva nuevamente a las riendas del dolor. Al describir lo que observa nos recuerda los versos iniciales, solo que se manifiesta en otra esfera. En los versos siguientes asegura que “a veces te conviertes en un animal / en un fuego que nunca se olvida” (“Una voz”: p. 37). Renace la idea de la huella en la memoria, debido a la transmutación del cuerpo a la animalidad, ya que también asume un tiempo que permitirá perennizarse.
La última parte se denomina rieles del tiempo y son pequeñas imágenes que se encadenan para “narrarnos” poéticamente un después:
“Aunque quieran convencerte
que me vieron en las calles o en el limbo de los sueños
estuve siempre en este cuerpo que apuntala el viento
contra el mar
contra la resaca de sus rabias cristalinas” (“Orilla”: p. 44)
La imagen es un punto equilibrado que necesita asumir. Encontrarse en medio de dos fuerzas naturales le sirve, al yo poético, desmentir las posibles ideas del sufrimiento. Ha sido fuerte y decide enfrentar esas rabias cristalinas para seguir viviendo. Los poemas de esta instancia no sólo le sirven para hablar del futuro, también son un apartado de reflexión:
“Te imagino entonces regresando en el pájaro y la rama
tallado en la corteza o en el garabato de penumbras
que se ensaña con los cuartos:
a qué remoto tiempo has partido
en qué remoto sueño me sueñas” (“Cenizas”: p. 50)
El último riel del tiempo será poder equilibrar el dolor con la soledad, la mejor forma es crear múltiples posibilidades de permanencia en la memoria. El yo poético decide imaginar aquellas “posibilidades” para no caer en el caos y proseguir. El poemario logra su objetivo de propagar un sentimiento de dolor. Será inevitable perderse en el tiempo, pues las imágenes son una excusa vivencial para reprocharnos lo inconscientes que somos ante la delgada línea que nos separa de la muerte. El protagonista es el efímero tiempo, evidente testigo de un poeta que asumió los sentimientos antes que los versos.
Alejandro Susti
Escombros de los días
Lima, Hipocampo Editores, 2011, 53 pp.
[i] En la entrevista realizada el 29 de agosto de 2010 por la Agencia Peruana de Noticias, declarará estas palabras, cito: “Frente a esa cama del hospital Rebagliati, empecé a compenetrarme con él, a ver el deterioro de su cuerpo y de su mente”.
http://www.andina.com.pe/Espanol/Noticia.aspx?id=Gu2qLraCSL0%3D
Desde los Buenos Aires
Sunday March 11th 2012, 11:48 pm
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Columnas
Música, músicos y lágrima
Por Carlos Germán Amézaga
Pasando por la Avenida de Mayo, descubro que extrañamente no hay cola para entrar al Tortoni, como son cerca de las 7 de la tarde aprovecho para entrar a tomar algo. La vieja confitería huele a café con leche, medias lunas y milonga. Está adornada por incontables fotos y recortes de aquellos personajes que pasaron por allí en sus años de gloria. Desde sus respectivas esquinas, Borges y Gardel parecen celebrar la cantidad de parroquianos que los visitan. Al fondo a la izquierda, el pequeño teatro espera a los turistas de la noche, ávidos de espectáculo de orquesta típica y tango.
Tomo asiento y hojeo el diario vespertino. Me encuentro con la noticia de la muerte del flaco Luis Spinetta, el poeta del rock argentino, esa especie de Bob Dylan criollo que lideró una gran generación de músicos como Charly García, Fito Paez, Pedro Aznar, León Gieco, Nito Mestre. Se me acerca el mozo. No sé qué pedir. Al final, pido una lágrima y un vaso de agua.[i]

Me acuerdo entonces que cuando iba a venir a vivir a esta ciudad, hace un poco más de tres años, me estuve preparando para ver y escuchar a esos músicos argentinos que se hicieron universales gracias a su talento, aquellos que había venido disfrutando desde siempre, desde muchacho, incluso antes.
Por ejemplo, en 1971, en un viaje a Arequipa, fui a ver una película llamada La Vida Continúa, cuyo artista principal era un joven cantante llamado Sandro. Alto, atlético, de tipo gitano, con voz profunda y seductora, cantaba, recuerdo, “Rosa, Rosa, tan maravillosa, como blanca diosa, como flor hermosa…”. Roberto Sánchez, más conocido como Sandro, murió el 4 de enero de 2010, luego de una operación de trasplante de corazón y pulmones. Su entierro, seguido por miles de personas, en especial mujeres, fue televisado en directo a toda la Argentina.
El mozo me deja la lágrima. Tomo el primer sorbo, me sabe un poco amargo.
Mi adolescencia en los 70s estuvo marcada por la “canción de protesta”. La reina de todas las cantantes de ese estilo fue, sin duda, Mercedes Sosa, conocida aquí como “la Negra”. No se pueden olvidar su Canción con Todos o Gracias a la Vida. Su influencia sobre músicos de todas las tendencias fue muy notable. No la pude volver a ver, no me alcanzó el tiempo. El 4 de octubre de 2010 falleció en Buenos Aires, se le veló en el Congreso de la Nación y se decretó día de duelo nacional.
Otro sorbo y aún queda algo de mi lágrima.
Una tarde, me invitaron a una ceremonia de homenaje al cantautor Facundo Cabral. Ya se le veía un poco mayor, pero aun tomaba la guitarra y (en)cantaba. Nos contó anécdotas de su infancia y juventud, de cómo llegó a Buenos Aires y conoció a Perón y a Evita. Tenía la palabra fácil, el verbo fluido y el humor a flor de piel. Sus canciones reflejaban filosofía de vida y nostalgia. El 9 de julio de 2011 fue absurdamente asesinado a balazos, por error de unos sicarios, en Guatemala.

Mi taza ya está casi vacía.
Al poco tiempo de llegar a esta ciudad una canción de tonada pegajosa empezó a sonar con fuerza en las radios: “Dèjá Vu”. La voz del intérprete se me hacía muy conocida. Era nada menos que Gustavo Cerati, el líder histórico de una de las mayores, sino la más importante, banda de rock argentino, Soda Stereo. Ganador de múltiples discos de oro y de platino, así como de varios Grammys Latinos, como solista o en grupo, Cerati sufrió un accidente cerebro vascular, el 15 de mayo de 2010 durante un concierto en Caracas. Desde entonces se encuentra en estado de coma, perdido ya para la música.
Menos mal quedan todavía muchos músicos de los buenos en Argentina, pero pocos como aquellos que nos han ido dejando en tan poco tiempo.
Termino de hojear el diario y doy el último sorbo a una lágrima que se me hace más espesa al final.
[i] Entre los diferentes tipos de café en Buenos Aires, una Lágrima se sirve en una taza pequeña, con leche y unas cuantas gotas de café.
En la boca del miedo
Wednesday March 07th 2012, 11:11 pm
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Cine,
Columnas
El Oscar otra vez
Por Martín Mauricio A.
Después de haber visto el Oscar por no sé cuántas veces, desde las épocas en que lo presentaba Pepe Ludmir, días, semanas después, cuando era la época gloriosa de Eddy Murphy y Chevy Chase, cuando Spielberg y Scorsese perdían constantemente, cuando todavía el público esperaba que apareciera Woody Allen, cuando Paseando a Miss Daisy le ganaba a Nacido el 4 de Julio. Es decir, Los Oscar® -hay que poner hasta marca registrada por si acaso- no sorprenden, pocas veces lo han hecho y, cuando lo hacen, lo hacen para mal. Igual, es costumbre, siempre se vuelve al primer amor y, para muchos, era el único premio que existía en el cine, ahora es el último premio, no por desdeñar la estatuilla, sino porque en realidad es el último premio que se entrega en una temporada que empieza en diciembre.
De las películas nominadas, gracias al empeño de algunas distribuidoras y a nuestra inagotable cantera de películas provenientes del final de Paseo de la República, hemos visto todas.
Nuestra favorita fue Hugo.

A primera vista podríamos pensar que es una película diferente dentro de la filmografía de Scorsese. Sabemos que Taxi Driver, GoodFellas, Pandillas de New York e Infiltrados tienen más en común y es sencillo sacar el punto de referencia de sus protagonistas: la transformación que sufren y la inmersión en un mundo violento. Sin embargo, hay algo más, sus personajes son apasionados y están en la búsqueda de resolver el sentido de su propia existencia: Travis, Henry, Amsterdam, Billy. Es en esto donde Scorsese repite sus temas. Hugo es una película que maravilla desde sus inicios. Este niño huérfano, que mantiene los relojes en la estación de París, se encuentra ahí para resolver su dilema existencial. Pero lejos de la violencia acostumbrada, lo que aporta el director de Toro Salvaje es la combinación de fantasía y realidad que hacen de Hugo una película encantadora. Y aquí hay que entender un poco más el tema de la cinefilia de Scorsese, que no es solo la acumulación de conocimientos académicos de un tema específico, ya que para él la cinefilia no recae en recitar a directores y películas una detrás de otra, lo que le apasiona es la capacidad del cine de generar y fabricar sueños, por eso el contrapunto de Isabelle -la pequeña Chloë Grace Moretz–, desconocedora del cine, pero aficionada a la literatura. Ella ha vivido a través de Dickens grandes aventuras, pero quiere una real, para esto Hugo –el niño protagonista- la lleva al cine. Hugo no es solo un homenaje a los comienzos del cine, como se queda El Artista, no es simplemente visualizar las películas de Meliés, es un lugar de respuesta a lo que buscamos ser, y en la que muchos de nosotros, a través de estos años, nos hemos visto reflejados.
Ya que hablamos de la cinta francesa El Artista, a diferencia de Hugo, se queda en el homenaje. Bueno, convengamos de una vez en que no es una mala película, pero sí es más marketing que cine. Desde su aparición en Cannes y su compra por Harvey Weinstein, la película ha recibido únicamente elogios gracias a una impecable estrategia del ya ganador anterior del Oscar con El Discurso del Rey, y le ganó nada menos que a Red Social.
Y al igual que la anterior, esta ya ganadora del Oscar es una película sencilla, pequeña, pero habilidosa y correcta en su narración. El Artista no exige, como Hugo, sino celebra, cae bien, sus personajes son ficciones de los galanes del Hollywood de los años 20, su retrato del cine mudo es efectivo. El Artista es genuina, pero carece de imaginación o el nombre de su protagonista –George Valentin– no nos remite a la famosa estrella del cine mudo.

Sin embargo, hay algo que es rescatable, y es la actuación de Jean Dujardin dentro de un reparto flojo y carente de emoción. La elegancia, sus gestos de caballero, la templanza del héroe de acción -hasta le queda bien el pequeño bigote de Douglas Fairbanks-, pero todo eso no alcanza a ser la gran película que nos han querido vender.
Otras de mis dos favoritas nominadas después de Hugo eran Caballo de Guerra y El Juego de la Fortuna, en este orden.
En primer lugar, leyendo las redes sociales y escuchando algunos comentarios “de conocedores”, me parece increíble que a estas alturas todavía haya gente –aficionada o no al cine– que duden sobre la capacidad de Spielberg; bueno, no sobre su capacidad de hacer películas, sino sobre el resultado final de las mismas.
Aquí no vamos a hacer un ensayo sobre por qué nos gusta Spielberg, pero al ver Caballo de Guerra no podemos pasar por alto ni dejar de asombrarnos por la sensibilidad de un director para narrar historias tan convencionales y en algunos casos simples, pero llenas de emoción, de planos gigantes llenos de aventuras, de historias familiares que nos vuelcan a la niñez. La vida paralela de Joey –el caballo– y Albert, es el pretexto, una vez más, para traernos al mejor Spielberg, aquel que se dejaba llevar por su instinto, por el tema adolescente, por la familia, sin caer en la banalidad de la sensibilización, sino rescatando el clásico western Fordiano y el mágico cine de aventuras.
El Juego de la Fortuna sí es una película diferente. A simple vista también puede parecer una historia convencional, precedida por esas frases que pueden lapidar, como “basada en una historia real”, sin embargo, hay en la película de Bennett Miller un profundo desasosiego y cierta complejidad que pasa de ser una simple película de deportes a una historia personal: la de Billy Beane. Es ahí donde entra Brad Pitt en la hasta ahora mejor actuación de su carrera. Una estrella o ex estrella, la verdad nadie la sabe, que, sabemos, era una gran promesa del Beisbol y ahí se quedó, no sabemos por qué no lo logró realmente, o lo intuimos, en realidad no era lo que todos esperaban de él. Y este Billy Beane tiene una idea diferente del juego, tiene una segunda oportunidad para una victoria y su apuesta y entrega es total, así quiere Miller que veamos a su personaje, un joven perseverante, que le cuesta hacer las cosas, que tiene problemas familiares, que pocos le creen, y pocos actores tienen la capacidad de brillar dentro de un “personaje normal”, es ahí donde Pitt –y secundado muy bien por Jonah Hill– logra que esta película se disfrute como la victoria del equipo pequeño sobre el grande millonario.
Al parecer, Alexander Payne es mejor guionista que director, sus historias cautivan más que su capacidad narrativa frente a la cámara, ya sea en Las Confesiones del Sr. Schmidt, Entre Copas o, ahora último, en Los Descendientes. Bueno, eso nos dice la Academia nominando y premiándolo constantemente. Sin embargo, creo que merece otra oportunidad, sí, al igual que sus personajes, porque Payne es un director que cree en las segundas oportunidades, que el final es el comienzo. Jack Nicholson comienza a rencontrarse con su familia después de la muerte de su esposa, Paul Giamatti conoce a Maya –Virgina Madsen- al final de un divorcio, y George Clooney empieza a conocer a sus hijas después del accidente fatal de su mujer. Aunque me guste más todavía Entre Copas, en Los Descendientes hay una historia más madura, hay más relaciones entre los protagonistas –hijas, familia, amantes- y la película se juega más por el drama objetivo, inevitable. La tragedia para Payne siempre trae algo de risa, pero acá lo observamos más maduro, pero también más reaccionario.

La última película de Malick es de una exquisita belleza cinematográfica, pero nada más. Nunca he sido un fan de Malick salvo por Badlands. Tanto en La Delgada Línea Roja como El Nuevo Mundo, me disgustaba un poco su solemnidad, su prejuicio y la inquietante voz en off. El Árbol de la Vida tiene todo esto, y apuesta por más. Desde la creación de la vida hasta el Paraíso mismo, la película tiene evolución, muerte, resurrección, erupciones volcánicas y hasta dinosaurios; y en cada una de estas escenas, Malick grita su perfección de encuadres, su admiración por la naturaleza, sus planificadas elipsis. Esperemos reencontrarnos con el gran Malick ahora que viene con varios proyectos en la mano.
Por último nos encontramos con dos películas que presentan alguna relación entre sí. La idea melodramática da vueltas en las dos, pero está claro que en Historias Cruzadas hay más respeto por el público que en Tan Lejos, Tan Cerca.
En la primera, la cinta se concentra en un momento crucial de la historia americana: la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos y, en particular, de las historias de las nanas negras que criaban y educaban a los hijos de los blancos sureños. La película tiene todos los ingredientes para el exceso, inclusive sus personajes rondan el cliché de una manera muy atrevida, pero existe cierta humildad en el desarrollo de la historia –por más complaciente que también sea esta– que no pretende ser más que una historia pueril y muy bien interpretada. Ese exceso tan dañino está controlado, bueno, mucho más que en Tan Lejos, Tan Cerca, que manipula desvergonzadamente al público con otra parte importante de la historia de los EE.UU.: el 11 de septiembre. Aquí un niño pierde a su padre y empieza una aventura desbocada: niños, madres, ancianos, todo lo necesario para enfatizar calculadamente en la desgracia. Mal por Stephen Daldry que tal vez se dejó llevar por sus deseos oscarizados de ganar de una vez la estatuilla que le fue esquiva con El Lector y Las Horas.
Todo esto, y más, ocasiona el Oscar.
Segregación N° 1
Sunday March 04th 2012, 6:22 pm
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Columnas
Metadona en el Centro Cultural España
Por Francisco Izquierdo Quea
Marco Tulio recordaba cuándo: Fue el día en que los soldados salieron de la universidad.
Recibí su llamada luego de despertar. Él se mostró agitado y tras algunas frases de saludo comenzó con los circunloquios. ¿Otra pesadilla más, Marco Tulio? Yo acabo de despertar de un sueño extraño, así que estamos casi igual. No es eso, dijo él, y alternó algunos temas para entrecruzarlos una y otra vez.
Yo aguardé alguna pausa para intentar aclararme más o menos el panorama. No pude hacerlo de golpe. Estaba cansado y la luz de la habitación no me servía de mucho como para poder vislumbrar algo. Hasta que poco a poco fui comprendiendo los hechos.
***
Cuando Monique Pardo me preguntó cuánto calzaba yo ya había visto por dónde iba la cosa, entonces le dije: Cuarentaisiete, para servirte, Monique.
Eso sucedió momentos después de que Franklin se cortara la mano y regara de sangre el apartamento. Mientras Matthieu salía corriendo a buscar alcohol y vendas, ayudé a Franklin a hacerse un torniquete. Franklin, eres un tarado, ¿cómo te hiciste eso? Estaba cortando un poco de pan y tac, mierda, me cagué la palma. Mira. Aparté la vista. Hace años casi perdí un brazo por un accidente absurdo. Desde entonces no quiero ver ni saber nada sobre cortes ni mutilaciones.
Salimos rumbo a la clínica. Lo que sucedió ahí es largo y confuso (papeleos, enfermeras gordas, médicos incapaces), así que no hay gran cosa por contar. En resumen, a Franklin lo cosieron por dentro y por fuera y le recetaron pastillas y reposo. Cuando volvimos, cada uno fue para su habitación. Luego de una o dos horas salí en busca de un poco de té. Toqué la puerta de Franklin. Lo encontré viendo videos en la computadora. Hablamos un rato. Le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien. Así parecía. El vendaje de su mano izquierda se mostraba más que decorativo.
Volví a la habitación y me acomodé sobre la cama a leer. El libro es una novela de Fonseca. El narrador es un escritor mujeriego llamado Gustavo Flavio, que es sospechoso de un crimen y que se debate entre ciertas cabronadas y en convertirse en un buen tipo.
Entonces me quedé dormido.
Dormí y soñé. Casi nunca recuerdo lo que sueño, de modo que esta es una excepción. Las excepciones son las que siempre nos marcan (ver Kafka). Las que siempre alteran todo.
Soy un camarógrafo de televisión y estoy dentro de un estudio de RBC. Tengo una cámara grande y vieja frente a mí. Soy consciente de que todo es un sueño. Por un momento me pregunto y ahora qué. Por un momento me digo qué hago acá. Por un momento digo me largo. Pero algo me inmoviliza. Algo me mantiene detrás de la cámara. Entonces aparece el pelao. Entonces aparece la primera certeza: que soy el camarógrafo del programa del pelao de RBC.
El pelao me saluda diciendo hola, y luego se coloca bajo los reflectores y comienza a revisar algunos papeles. De pronto una voz en off dice tres, dos, uno, en el aireeee. Buenas noches, amigos y amigas. El programa de hoy trata sobre el tema: ¿Usted cree que con Markarián clasificaremos a Brasil 2014? Esperamos sus llamadas y su opinión, dice el pelao mirando a la cámara. Entonces el resto de la historia es harto conocida: la gente llama por teléfono y comienza a cochinear al pelao, lo insultan, le dicen cabeza de pinga, le dicen rosquete, cobarde, vendido, maricón, etcétera. Y yo estoy ahí. Soy el único camarógrafo. Soy la única persona en ese estudio pobrísimo de RBC que está viendo cómo el Perú entero humilla al pelao. Pero eso no me importa. Yo no soy condescendiente. Me río detrás de la cámara. Me vacilo bien detrás de la cámara y el pelao no puede verme pero quizá sí oír mi risa. Pero eso no me importa. Yo no soy condescendiente. Me río.
Hasta que sucede lo impensado: hay un prende y apaga en el estudio y de repente ya no tengo frente a mí al pelao de RBC sino a Iván Thays.
––¿Cuándo vas a terminar de escribir tu novela? ––dice Iván Thays.
Iván Thays está ahí. Es un tipo algo alto, de mirada y aire jovial. Aun así, mantiene cierta seriedad en su rostro.
––¿Iván Thays? ––digo yo.
––Así es ––dice Iván Thays.
––Oiga, ¿y usted cómo sabe de mi novela? Oiga, ¿y el pelao?
––El pelao está en reunión con los gerentes. Pero yo he venido acá a hablar contigo.
––¿Ah, sí? Sobre qué.
––Sobre cosas.
––Qué cosas.
––Yo soy quien hará las preguntas.
––Está bien.
––¿Ya leíste mi último libro?
––¿Su último libro? ¿Cuál?
––Carajo.
Entonces heme ahí en el estudio de RBC hablando con Iván Thays sobre temas anodinos e interesantes a la vez. El escritor peruano ha tomado cierta apariencia bravucona pero eso no altera para nada el sentido de nuestra charla. El sentido de nuestra charla, vale decirlo, es circundante.
––¿Ya tiene título tu novela?
––Sí.
––¿Cómo se llamará?
––Se llamará Danza con lobos sin Kevin Costner.
––¿Ah, sí? Yo tengo un cuento que se llama «Taxi Driver sin Robert de Niro».
––¿De verdad?
––Carajo. ¿Te estás burlando de mí?
––No.
Iván Thays asume otra postura, se muestra un poco impaciente y desganado y dice de pronto que se va. Me lo dice de manera cortante. Dice: Me voy. Yo afirmo con la cabeza y le digo que está bien. Pero él parece no oírme porque de inmediato agrega: Un momento, muchacho. ¿Ves a esa chica que está de espaldas? Pues me voy con ella. ¿Cuántos puntos le das? Miro a un lado y veo a una mujer de trasero obeso vestida de short celeste y blusa guinda. Le digo: Esa chica me parece conocida. ¿Cómo se llama? Iván Thays: Monique. Yo: Ah. Iván Thays: Atención, muchacho, te la voy a presentar. Monique, ven. Y en efecto, Iván Thays hace un par de siseos cálidos y Monique Pardo viene hacia nosotros. Cuando llega saluda a Iván Thays con un beso corto y de momento. Luego se queda mirándome.
––Hola.
––Hola.
––Monique, te presento a una joven promesa de la narrativa nacional. ¿Cómo te llamas, muchacho?
––Giancarlo Stagnaro.
––Monique, él es Giancarlo. Giancarlo, ella es Monique.
Afortunadamente en persona Monique Pardo es idéntica a como sale en televisión. Quiero decir, en su forma de ser (aunque también en lo físico). Por ello no me fue difícil llevarle la conversación. Así pues, estuvimos charlando un buen rato, es verdad. Monique que hablaba y hablaba y yo que asentía y asentía e Iván Thays que sonreía y sonreía.
Entonces suena un teléfono.
Alguien llama al celular de Iván Thays e Iván Thays se va a hablar a un lado. Monique sigue en lo suyo mientras yo a dos cachetes escucho también algunas frases sueltas del escritor peruano, escucho algo como no, ninguna entrevista, no, no voy a decir nada, no, no me gusta la comida peruana, sí, muy mala para la salud, sí, prefiero las pastas, entre otras muchas que no alcanzo a oír porque la voz de Monique altera todos mis sentidos, porque está contándome de su vida en la farándula, de sus problemas con el Mero Loco y Susy Díaz, y es de un momento a otro en que así, de la nada, se pone como medio rara, como medio zarandeada, y me sale con el tema del caramelo, de que no quiere que la agarren contra su voluntad sino contra la pared, y de cuánto calzo y todo lo que ya dije hace un rato.
Iván Thays vuelve y pasa el brazo por la cintura de Monique (Monique Pardo sí que es pequeña, razón por la cual el escritor peruano tiene que inclinarse un poco al momento de abrazarla o besarla) y al rato dice que la hora de partir ha llegado. Nos despedimos con cortesía (un apretón de manos y un beso, respectivamente) y quedamos en vernos pronto.
La pareja se va alejando y yo me quedo ahí, de pie, junto a la cámara y a Franklin. Qué haces acá, le digo. Franklin no responde. Observa con atención las figuras de Iván Thays y Monique Pardo. Luego me dice: ¿Quién es esa mamacita de short?
––Esa mamacita se llama Monique.
––Manya. Competitiva la chata, ah. ¿Adónde se va con ese compadre?
––No tengo idea.
––Mmmm.
––¿Cómo está tu mano?
––Qué mano.
––La que te cortaste.
––Yo no me he cortado nada.
Despierto de un momento a otro. La luz amarilla de la habitación está encendida y el ambiente se mantiene en silencio. Coloco a un lado el libro de Fonseca y busco el reloj. Luego me pongo de pie y bebo agua. Me acomodo en la silla, fumo, y pienso en algunas cosas. Por ejemplo, pienso en una casa con piscina y en un día de sol. Luego mi mente se queda en blanco y negro. Suena el teléfono.
***
Eso sucedió tiempo atrás, dijo Marco Tulio. Mucho antes.
Que saliera la Comisión Reorganizadora. Que saliera Paredes Manrique. Que salieran los estudiantes infiltrados, los profesores infiltrados, los chivatos, los administrativos, todos los que la dictadura colocó en San Marcos. Sucedió el día que los militares se largaron. Que dejaron su cuartel sobre el comedor universitario. ¿Recuerdas? Los camiones portatropas estaban a un lado del Muro de la Vergüenza. A un lado de Ingeniería Industrial. A un lado de Química. Los estudiantes, dispersos, observando cómo los soldados abandonaban las trincheras y cargaban los pertrechos. Marco Tulio a mi lado fumando y diciendo entre dientes nunca me voy a olvidar de esto, nunca me voy a olvidar de esto, ya se van estos mierdas, ya se van estos concha de su madre. Cerca de nosotros un tipo de cincuenta años habla con una veintena de periodistas. Dice que es profesor de la universidad. Flashes, cámaras, micros, preguntas. Todo teatralizado. Todo ensayado a la perfección. El tipo dice que los militares trajeron la paz: el mejor de los bienes para la universidad, señorita. Que los soldados se portaron ejemplarmente. Que la relación con los alumnos siempre fue óptima, que jugaban pichanguitas todos los fines de semana, nunca ningún problema, señorita. Que nunca tocaron a estudiante alguna. Que siempre respetaron a todos. Un minuto. Dos. Luego la gente desapareció. El profesor por un lado, los periodistas por otro. Los camiones enfilaron hacia la puerta de Química, y los soldados hacia la Plaza Cívica, marchando y entonando cantos de guerra. Marco Tulio y yo enrumbamos hacia un lado. Caminamos en silencio hasta entrar en la facultad. Tomamos el pasadizo del 8A. Ocupamos el baño y ahí, en la pared del fondo, vimos el grafiti emblemático de ese entonces:
BANDA SOPLÓN, HIJO DE GENERALES ASESINOS
¿Dónde estaría Banda? En clases. Tomando notas en su laptop. Hablando de libros. Conversando con los profesores. Conversando con otros alumnos. No sería difícil encontrarlo por ahí hablando un poco de su teoría budista. Esa de «una obra de arte perfecta tiene un punto, la peor tiene siete puntos. Por ejemplo, todo Vallejo tiene un punto. La última novela de Vargas Llosa tiene cuatro, o tres puntos. Yo estoy en dos puntos, y eso que soy joven». Hablando. En el Patio de Letras. En el Bosque de Letras. En el Parque de los Teletubbies. En cualquier lugar. Negando todo.
––Algún día, cuando me lo cruce, ese rosquete va a aprender a mirarme a los ojos. Algún día.
––Hay que deslindar las cosas, Marco Tulio.
––Ándate a la mierda, huevón.
Por la noche hicimos la fila en la puerta del Centro Cultural España. Noche de garúa, sin viento ni frío. Fumamos un poco entre risas. Bebimos una botella de Doce Monos. Entramos. El auditorio colmado de punta a punta. ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk acá? La banda sobre el escenario y todos alentando de pie. Un sujeto flaco de bigotes se acomodó frente al público y pidió silencio. Dijo después que era algo del comité organizador y exigió con timidez que hubiera mesura, que estaba prohibido pararse y menos gritar o saltar. El público lo abuchea entre silbidos y termina mandándolo lejísimos. La vocalista toma posición y lo aparta con firmeza, coge el micrófono y dice algo así como muy bien, pastrulos, ahora vamos a destruir este basurero.
Sandra, pelo suelto, pequeña, maciza, hizo a un lado al tipo, dijo lo que dijo y justo después comenzó con «Una noche sin ti». ¿A quién se le ocurrió hacer un concierto punk en el Centro Cultural España? La gente de pie. Todos adelante bajo el estrado. Las primeras filas de asientos sirvieron como base para amortiguar el eslám. El pogo, cada vez mayor, iba de un lado para otro.
***
Con el transcurrir de las semanas, Marco Tulio asumió algunas cosas. Asumió por ejemplo que la filosofía está en todos los lugares y que no solo forma parte de un discurso estético. Lo decía con aplomo, con un aire determinante, sin violencia pero sí con muchas pausas largas, moviendo las cejas de un lado para otro. Un día le dije: Marco Tulio, me he pasado diez años intentando entender el arte y ahora que lo entiendo no me interesa en lo más mínimo.
Marco Tulio rió y luego dijo ay ay ay. Estábamos en la cafetería del tercer piso de la facultad. Los dueños del local eran otros. Ya no estaba el Enano Erótico, quien hacía un muy buen café, sino Peluquita Saavedra, un tipo especialista en preparar salchipapas, que servía un café horrendo. El café más horrendo que he probado en mi vida.
Entonces Marco Tulio rió y yo me hice a un lado. Luego me incliné sobre los codos y observé mi rostro dentro de la taza de café.
He supuesto (he asumido) que existe un tipo de determinación que se establece a través de ciertas circunstancias, de actos sucesivos.
Todo como en una cadena. Todo enlazado. Todo continuo. Todo infinito.
Todo de un lado para otro.
Porque los hechos y las personas retornan a su origen.
Porque a veces es mejor desaparecer.
Las frustraciones de un tiempo inevitable (entrevista a Rodrigo Núñez Carvallo)

Por Juan Francisco Ugarte
Cero
En toda historia hay siempre un encuentro. A veces son dos tipos y una conversación en medio de la nada. A veces es algo que empieza a suceder hasta el infinito, lentamente, en la cabeza de uno de ellos como un recuerdo, como una forma de testimonio de lo que es y no dejará de ser nunca.
En esta hay alguien que se llama Rafael Delucchi. Un gordo aventurero, un actor extra, un guionista, un tipo bonachón que soñó siempre con dirigir películas, un criador de otorongos, un papá cool. Y está también el hombre que lo imagina, el que lo coloca al centro de un mundo anárquico, delirante, lleno de terror, aquel que una noche, después de muchos años, lo encuentra por cosas del azar en un bar y decide escribir una novela. Su nombre es Rodrigo Núñez Carvallo y es también muchas imágenes: alguien unido a un cigarro al interior de una habitación llena de cuadros, alguien sentado en un mueble frente a una pantalla de laptop, alguien que recibe a los amigos y se pone a pintar, despreocupado, absorto, nunca solo. Pero es sobre todo la imagen de un hombre que aguarda gran parte de su vida para escribir.
Uno. El lugar
La cita la habíamos pactado para un jueves a las 5:30 de la tarde. En su casa de Barranco. Su respuesta había sido “Normal”, “Los espero”, y la dirección del lugar. Era simplemente yo, pero no quise hacer la aclaración en ese momento. Algo tarde, aquel día, llegué a un pequeño edificio y pregunté por él en la puerta. Llevaba conmigo una grabadora, algunos cigarros y una mochila cuyo contenido se reducía únicamente a Sueños bárbaros, la novela que acababa de leer y por la cual decidí entrevistarlo. Conocía sus otros libros, La comedia del desierto y El sembrador de huarangos, publicados ambos en la década pasada, pero desde el principio intuí el carácter ambicioso de Sueños bárbaros, algo que iba más allá de un simple relato, una novela que podía ser muchas más novelas a la vez, un documento testimonial sobre una época traumática del Perú, un libro que se leía, en el fondo, como una película. La lectura no de un guion, sino de las propias escenas de la cinta, de muchas imágenes superpuestas, mezcladas entre sí, de los colores moviéndose continuamente, de la viva representación de un mundo que olvidamos ha sido construido por palabras. Es la novela más película que he leído. Y a mí me interesaba saber sobre los hechos reales, los personajes reales, las historias ocultas detrás de ese libro.
El tipo de la puerta me dice que puedo entrar. No toques, sólo abre, me indica, y eso hago. Lo primero que observo es una sala y un hombre sentado en un mueble rojo frente a su laptop. Nos saludamos. ¿Vienes solo?, pregunta. Sí. Conversamos un rato. Tienes cara de ser de la Católica, dice. Se ríe un poco, y yo también. Le respondo que no, que soy de San Marcos. Mejor, bromea. No, mentira. Siéntate. Me invita algo de tomar. Para los cigarros, me dice, eso de fumar sin líquido jode la garganta. Afirmo con la cabeza.
Bien, ¿de qué quieres hablar?
Esto no será exclusivamente sobre el libro, le digo, pienso algo más biográfico, general. Ya sabes, cosas tuyas, familia, cómo empezó todo.
Ok.
Él cierra la laptop. Yo me acomodo en la silla y enciendo la grabadora.
Dos. Umbral
Pero no comenzamos desde el inicio. Núñez Carvallo me cuenta acerca de una revista que sacó hace varios años, llamada Umbral, junto a su amigo Alberto Benavides.
“Era una publicación de ideas, literatura, crónicas. Estuve metido poco más de ocho años, desde 1999 hasta 2008. Fue una gran experiencia, viajé por todo el Perú.”
“Sí, es que se nos ocurrió que cada número fuera una región, un departamento, y aprovechar esto para conocer y divulgar aportes nacionales que no llegaban a Lima (y que siguen sin llegar).”
“Paralelamente, comencé a pintar. O sea de forma oficial, porque antes sólo dibujaba cuando estaba borracho. Y nada más. Entonces Alberto me dijo: oye, deberíamos ilustrar la revista con tus dibujos. Lo pensé y me di cuenta que podía hacerlo. Pero siempre con algo. En realidad, me bastaba solamente una copa de vino para dibujar.”
“No solo el alcohol, también los tronchos.”
“Lo que sucede es que para mí la pintura se encuentra vinculada con lo fortuito. En cambio, desde niño siempre dije que quería ser escritor. Yo sentía que me dictaban, como si una voz detrás me ordenara las palabras.”
“Claro, eso de la inspiración me pasaba a mí. Es que escribir es una de las cosas más jodidas que existen en este planeta. Siempre vas a perder plata, nadie lo duda, porque hacerte de un mercado resulta verdaderamente difícil. Las posibilidades de éxito, digamos, son tres entre mil escritores. Me refiero a aquellos que pueden vivir de sus libros. Es un riesgo que sencillamente uno corre, y que mucho tiene que ver con el mercado que tenemos en este país, donde todos quieren su buen pedazo de la torta.”
“Además la gente lee poco, eso también es cierto. Se publica demasiado, y la mayoría son malos libros. No hay control de calidad. Alguien tiene que hacer algo. Lo peor es que se ha llegado a una situación extrema en la que el autor debe pagar por su edición. Entonces cualquiera puede escribir cuatro líneas y piensa que eso es poesía. No lo sé. Para mí la poesía tiene que entroncarse con alguna tradición. Yo diría que en la actualidad se asemeja mucho a la filosofía. Idea concentrada bellamente o también de manera arisca, violenta, crítica. Se trata de nuevas formas de ver el mundo, de percibirlo.”
“Por eso, encontrar lo nuevo. Llevar a cabo descubrimientos. La poesía no puede ser una repetición de viejos estereotipos.”
“He leído bastante poesía de gente joven, porque en Umbral me llegaba una cantidad enorme de textos. Como no podíamos publicarlos a todos, debíamos seleccionar con rigor. Pero, para serte honesto, a veces nos era difícil encontrar buenos poemas, o un simple verso siquiera. Se trataba en muchos casos de la búsqueda de una línea, ¿me entiendes? Creo que eso es lo que hace falta en las editoriales: mayor seriedad al escoger a sus autores.”
“Sí, al final la revista se acabó, como todo. Las cosas deben terminar en algún punto para que cada uno pueda continuar con su camino. No me quedé en el aire, sin embargo. Esta vez, me puse a pintar de verdad.”
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Los anteojos de azufre
Monday February 27th 2012, 12:35 pm
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Columnas
El pensamiento unitario
Por Mario Granda
Desde que empezó el “affaire Thays” sobre la comida peruana, traté de escuchar todas las opiniones posibles sobre los dimes y diretes que se cruzaban en medio de las ollas de nuestro país. Entre pedidos de ninguneo para el escritor hasta columnas que lo defendían del ataque chauvinista de los gastrónomos nacionales, los comentarios trataban de ensamblar un debate con ingredientes de todo tipo. Pero la percepción general fue que Thays había sido derrotado y que el apanado estaba justificado, pues aparte de que no se podía hablar así de nuestro país, tampoco era posible, casi impensable, que las declaraciones hayan sido hechas fuera de nuestro país. Los trapitos se lavan en el propio patio, le dijeron sus críticos, y no hubo respuesta del escritor. Este silencio –al menos absoluto en el ámbito público— ha aumentado la sensación de triunfo en el bando mayor.
La idea de que las críticas a nuestra propia familia se tienen que hacer en la propia casa se basa en el valor positivo de que discutir un tema entre los individuos implicados ayudará a mejorar las condiciones de convivencia en una comunidad. Esto es lo que reclaman con justicia quienes, de pronto, descubren que un tema privado sale a la luz sin consentimiento de los otros, pero también cuando en ese espacio ideal de debate existen las condiciones adecuadas para opinar y disentir sin el riesgo de ser desacreditado o silenciado.
Lo que ha pasado con Thays es lo que pasa en todo entorno en el que hay poca tolerancia a las opiniones que se oponen a un modo de pensar general –o que, según esta lógica, debe ser el modo de pensar general—. En el Perú existe un partido de pensamiento unitario que impide que una persona pueda seguir su propio interés, y es por ello, creemos, que las opiniones del escritor terminan por encontrar una barrera infranqueable que no le dejan terminar con sus argumentos o de representar una opinión*. No existe la idea, pues, de llegar al bien común por medio del propio interés sino de imponer una sola forma de pensar, una sola imagen de nosotros mismos. ¿Será extraño que el pensamiento “diferente” se manifieste con más frecuencia fuera de nuestro país que dentro de él?
Los ejemplos, sin embargo, parecen apoyar esta constante. Hace veinte años, cuando Mario Vargas Llosa le pidió a los países extranjeros que rechacen el autogolpe de Fujimori y realicen un bloqueo económico al Perú para frenar el apoyo a su gobierno, se habló de declararlo antiperuano y quitarle la nacionalidad. El escritor se encontraba en España y se sintió obligado a pedir la ciudadanía de este país para evitar ser un paria. Cuando Sebastián Salazar Bondy, inspirado en César Moro, publicó Lima la horrible para señalar las inveteradas desigualdades sociales provenientes de la Colonia que se mantenían en la capital, recibió otra gran cantidad de críticas (entre otras razones, el libro fue publicado primero en México por miedo a que le impidan publicarlo en el Perú). Al parecer, todos los que se atreven a decir algo del país están casi amenazados de convertirse en apátridas o, en el caso de no salir, de vivir un exilio interior que los aparta de la vida pública, como le ocurriera al propio César Moro.
Lima horrible, comida peruana indigesta, son términos llamativos por la disonancia que producen en los oídos de la mayoría unitaria. Tal vez hubiera sido preferible, es cierto, que las palabras sean más suaves. Pero a veces para llamar la atención y abrir el debate se tiene que hablar en un idioma que, como saben los escritores, tiene que sacudir las bases del lugar común. Un idioma que, de alguna forma, es otra manifestación de la “tradición de la amargura” de la que habla Luis Loayza en sus ensayos y que se refleja en los ensayos de Manuel González Prada, las diatribas de Federico More y Conversación en La Catedral de Vargas Llosa.
* Esta idea se presenta en un diálogo entre Mirko Lauer, Hugo Neira y Matilde Caplansky en la revista Ideele N°135, de Febrero del 2001, pp. 14-16.