La fuerza de la Literatura Brasilera, su principio de formación, su forma presentable, no provienen de la libertad individual o colectiva (ni del escritor ni del lector y mucho menos de la comunidad) de la rabia, de la conciencia, de la búsqueda, de la singularidad, sino del “espíritu de cuerpo”, de la “familia”, de la institución invisible, oligarca, nepótica, que dice quién publica y quién no publica, si publica y de qué manera publica .

 

____________________________________________________________

Oligarquía y Literatura

por Alberto Lins Caldas

 

En la búsqueda de permanencia en la rotatividad, el escritor brasilero estuvo siempre atento a los sentimientos, ideas, deseos e intereses de la "Literatura Brasilera", en cuanto representatividad del Pueblo, de la Tierra, de la Realidad, de la Lengua. Esta fidelidad canina, garantizada por lo igual y camuflándose con la diferencia, lo torna extrañamente visible, comentable, gustable y principalmente respetable. De ahí a que no solamente el realismo, enfermedad juvenil de lo concreto, pero el provincianismo, la literatura de barrio, el regionalismo (¿recuerdan esa frase ridícula: "hablen de su aldea y estarán hablando del mundo"?) y el folclorismo de esa literaura tan apabullante, opresiva, invisible y seductora: es "nuestra cara". Sin decir que fue esta escritura, connivente con las fuerzas y poderes de clase, con el gusto y valores de las "élites", que cambiaron es "cara". "Entre nos", los escritores siempre fueron los "subalternos, los conocidos en su aldea, los protegidos desprotegidos de alguna influencia local y su escritura siempre escondió ese despotismo: su realismo jamás desenmascaró esa orgía escritural, esa posición social, amigable, de la escritura "entre nos".

El escritor brasilero, aquel que consigue aparecer, siempre fue habilísimo en cubrir de retórica sus relaciones, posiciones y capacidad en escritura el mundo alrededor, no solo en la superficie, pero en su medianía y servilismo para el reconocimiento del lector que comprende y desea una Literatura espejo.

Los lectores, cuando aparecen en esta literatura, no traen un movimiento contrario, aunque sí un apoyo siempre creciente a la reproductibilidad. Los lectores y los agentes capaces de generar "entre nos" la Literatura Brasilera siempre estuvieron sintonizados porque ese lector no es el soporte de su Literatura, pero esa Literatura es la que es creadora de ese lector. La "construcción del Brasil" también fue hecha por la "Literatura Brasilera". Ella hace parte de las estrategias ideológicas de construcción, manutención y reproducción de la nación. Así como no hicimos o no revolucionamos la nación, no revolucionamos la "Literatura Brasilera". Ella nos escribe, describe, inscribe y la consumimos, haciéndola legítima y, con eso, legitimando la Lengua del Pueblo, el Estado y, así, a nosotros mismos, nuestra identidad, estupideces, ilusiones y delirios.

Las diferencias reales, peligrosas, inestables, sordas, las palabras de orden, fueron siempre calladas de una manera u otra: con un fusil, con el desempleo, la tortura, el miedo, la pobreza, el mercado, la humillación, la verdad, la realidad, la degradación, el olvido, no importa. La diferencia solo puede aparecer cuando se camufla tan bien, pero tan bien, que es necesaria una batería teórica monstruosa (el caso de Machado de Assís) para que se perciba la diferencia, la negación, la fuerza de conciencia, proyecto, la investigación estructural por bajo del mimetismo cobarde de esa literatura.

Pero hay una actividad que genera un universo, que básicamente es la literatura, que consigue pensar mientras reescenifica: el vivir en cuanto se produzcan ficcionalidades de planos discursivos, de ordenamientos, de poderes, de lenguajes y prácticas. Al reescenificar no trata de vivir como teoría, sino como el mismo plano ficcional de la vida, con la misma sensibilidad, sufrimiento y percepción, con la misma lógica, el mismo pesar, consecuencias y repeticiones. La literatura transparenta en su escenificación lo que se hace sin saber y lo que hace sin querer; lo real es lo imaginario; el cuerpo, el deseo, la vida y sus fantasmas; las infinitas tinturas sobre el caos; los conflictos, las contradicciones, los principios, las costumbres y normas de la comunidad. En su teatro esencial se puede desenmascarar aquello que a las otras formas de reflexión está vedado.

La "Historia de Brasil"como elaboración escritural colectiva, íntimamente ligada a las escenificaciones de clase, estamento y poder, aliada a la repetición de gestos, hábitos, ideas, voluntades e imágenes, aparece como "realidad"o el "Brasil". En realidad, efecto secundario de esa construcción de lo nacional, del ambiente virtual de la vida, actualización y reserva de signos, símbolos, poderes, creencias, modelos, esquemas y rituales, poniendo e imponiendo la reproducción de todas las reproducciones, es lo que aparece escenificado en la "Literatura Brasilera", sin que ella efectúe la inmersión estética (¿epistemológica?) del enfrentamiento del sistema entero. Al escenificar solamente lo real (ilusión necesaria de lo concreto, ficción elemental de la virtualidad, lo reconocible, lo vivenciado) esa Literatura refuerza el efecto secundario, contribuyendo para su proceso estabilidad y seguridad. Y cuando la apunta con crudeza no pierde el efecto ilusorio, pero lo reintegra, lo normaliza, lo naturaliza en lo que ya sabemos, vivimos o imaginamos (será siempre Brasil). El entorno del texto (de la Literatura, de la Historia), el contexto, es también, de una forma o de otra, texto, ficción, hipertexto. Los lugares del texto y otros lugares son de la misma materia, de la misma forma de existencia del texto.

Lo que habla y se llama "Literatura Brasilera" no es solamente "relaciones de poder simbólico donde se actualizan las relaciones de fuerza entre los locutores o sus respectivos grupos" (Bordieu, 1998: 24), pero la escritura de una manera de ser imponiéndose de una manera. Sin los "principios democráticos" o las circularidades dialogadas como pretende presentarse esa misma manera de ser. Esa manera es la mentalidad de las "oligarquías", transformada, invertida, vuelta discurso, costumbre, cotidianeidad, manera de verse, de permitirse, de mostrarse, de no percibir. Lo que habla no "somos nos", pero es lo que se pretende, se siente, se comprende como Brasil, construcción colonial, "imperial", de élite, de fuerza, de mutismo, de ocio, de inercia, de continuismo camuflado en constante cambio, en palabras de revolución; lleno de obligaciones, servilismos, respetos a la fe (la "Literatura Brasilera"es en efecto cristiana).

La "Literatura Brasilera" es la "lengua oficial", la lengua construida para significar, consolidar y reproducir lo mismo, la Nación, el Pueblo, la Raza, la Ciudad, nuestra realidad (de ahí a ser una literatura periodística, historiográfica, antropológica); sin enfrentarse ese “nuestra”, sin verlo como un particular, una propiedad privada, una universalidad castrada; lengua que todavía no ha podido realmente convertirse en nuestra; sin denunciar esos fantasmas imperceptibles dentro de la carne, de la voz, de la escritura, de la mirada, pero el otro que a través de mis más enraizadas creencias habla, escribe, samba, vive y muere.

La “Literatura Brasilera” no es “ilusión colectiva”, inventada por grupejos o académicos en delirio; no es una ideología simple, discurso deformado y coherente que substituye una realidad por las mallas invertidas de lo todavía incomprensible, pero ahora domesticado por las creencias. El concepto schellinguiano del “mito fundador” se aplicaría muy bien. La “verdad fundante” de esa Literatura fue construida por las “élites” en un medio oligárquico, clientelista y nepotista, pero al mismo tiempo en que se construía el Brasil (siglo XVIII y principalmente el XIX): su misión no es comprender ese proceso, pero sí constituirlo. La “Literatura Brasilera” es un sub-mito dentro de esa fundación. El desarrollo de esa “verdad” se confunde con la “verdad nacional”. Su distensión se volvió no solamente la “Literatura Brasilera”, pero también Crítica, Teoría e Historia Literaria,
Sociología y Política, posibilitando una realidad propia desde donde se agota su fuerza, continuidad, estilo y representación. Como se funda y se desenrolla sobre y con la historia (creación de la Historia) será siempre verdadera, devenida y real: la construcción de la historia por la Historia sigue el mismo trazado de la construcción de la “Literatura Brasilera” y de la Nación. Una soporta y respalda a la otra.

En la “Literatura Brasilera” las cuestiones centro/periferia, colonial/poscolonial no se aplican, a no ser en la superficie. Los procesos internos que posibilitan la visión de esas cuestiones son oligarcas, de ahí que nos aparezcan camufladas o como distantes o cercanas, yo y otro, cuando en su funcionamiento son criterios de amistad, afinidad, de proximidad, de influencias de los intereses personales o grupales o generador de las realidades, el potencializador, aquello que hace el texto existir. El colonialismo intelectual (la “fatalidad de nuestro colonialismo intelectual”), la atracción de la corte, de las capitales delante de las influencias es no solamente mucho menor como condicionadas por ellas; su visibilidad ostensiva esconde no apenas la existencia de mecenas, anfitriones, patrones, amigos, instituciones, permisos y cargos, pero una Literatura de carácter patriarcal y señorial, formada todavía por esas fuerzas internas de producción, escogiendo sabidamente al extranjero, al lejano, al otro, al extraño, haciendo aparecer al otro mientras se esconde e invierte la cuestión. “Nuestro problema” no es la “imitación o sobrevivencia cultural” (esto se cura con el caníbal indiferente), sino la posibilidad delante de aquello que produce y comanda el proceso de producción cultural.

La fuerza de esta Literatura, su principio de formación, su forma presentable, no provienen de la libertad individual o colectiva (ni del escritor ni del lector y mucho menos de la comunidad) de la rabia, de la conciencia, de la búsqueda, de la singularidad, sino del “espíritu de cuerpo”, de la “familia”, de la institución invisible, oligarca, nepótica, que dice quién publica y quién no publica, si publica y de qué manera publica (indicación, paga o contrato ventajoso), quién es comentado y quién no, qué es comprensible y qué no es aceptable, qué es Literatura y qué no lo es, quién es escritor y quién no debe serlo, quién es legible y quién no.

La literatura, en esa Literatura, se hace por abajo (nuevamente el caso de Machado de Assís, que silenció, dentro de lo mucho que silenció, en su “Espíritu de Nacionalidad”, precisamente el carácter oligárquico de la Literatura Brasilera), escondida, camuflada, de una manera u otra, aceptable, reconocible, medio piedra y medio ladrillo, híbrida, hermafrotidita, travesti (de otra manera no se hace, es destruida, poco estimulada, reencaminada). La política, la economía y las “relaciones familiares” de la Literatura afectan profundamente no solo aquello que no aparecerá y aquello que podrá aparecer, circular y sobrevivir, pero afecta los protocolos, las convenciones, la estructura misma de la escritura, volviéndola oficial, pero el gusto presumido, para el canon, para lo institucional, para lo pro-gramático, para la tradición, para la representación, para lo periodístico, lo biográfico, lo sociológico. “Entre nos” no hay literatura y canon, la literatura a pesar del canon, pero la literatura es el canon.

La separación entre las esferas del libro (“mercancía, producto manufacturado para ser comercializado con miras al lucro… faceta material del texto, objeto fabricado en escala industrial para ser consumido por el público lector”) y del texto (“el universo ideal de la obra, resultado congelado e inmutable de la creatividad única del autor”), en la “Literatura Brasilera” no se diferencian porque son partes de un mismo conjunto. El que permite el texto es el que publica el libro, el que comenta el libro es el mismo que permite el texto, el que lee el libro es el mismo que escribe el texto (“como un enigma, el problema necesita ser descifrado por el escritor”; como no lo es, todo recae contra el escritor/texto, destruyéndolo, callándolo o imposibilitando su existencia como texto/escritor).

Esclavismo, colonia, imperio, capitalismo, burguesía, libro leído o libro consumido, la “Literatura Brasilera” se estructuró sobre una configuración que solamente reveló las posibilidades políticas y económicas coloniales/imperiales, la manera de producir y consumir el producto libro, las relaciones necesarias para que todo el proceso pasase a existir, pero no conoce otra forma de hacer y ser.

En el siglo XIX el escritor no vivía de su Literatura, pero esa literatura estaba absolutamente integrada a los procesos que la permitían existir. En el siglo donde se puede vivir de la Literatura, en una profesionalización desesperada, compuesta principalmente de profesores, periodistas y profesionales liberales, no libró al escritor de ser un transcriptor, de ser un escribano y continuar con los mismo medios previos de existencia. De Manuel Antonio de Almeida, necesitando de la imprenta donde trabajaba para publicar su Sargento y pidiendo a José de Alencar la publicación, cuando le faltó el poder del empleo, de una traducción suya, hasta los “escritores de momento”, sus “padrinos y árbitros protectores” cambia todo, para que todo permanezca igual (la historia y la mudanza social esconden la permanencia, el camuflaje, la inversión, la farsa que Marx vio en Dieciocho Brumario ).

La “Oligarquía de las Letras” es conocida por todos, pero nadie la ve, nadie la comenta (solamente en los márgenes del texto académico o en las conversaciones sin compromiso), nadie la puede combatir; no hay escapatoria: o se paga la impresión (sin dinero para la crítica, el comentario, la divulgación, la circulación), o se coloca ventajosamente en el sistema (el texto es la mercancía esperada y necesaria), o se está señalando directamente por los “parentescos”, similitudes, proximidades, grupos, padrinos y amistades, en un proceso risueño, muy distante de la elección estética, filosófica, literariamente valorativa, que debería condicionar el proceso entero.

Las reglas de la “Oligarquía de las Letras” (proximidad, favores, regalos, obligaciones, pedidos, intereses, amistades, parentescos, compañerismos, connivencia; reconocimiento de la literariedad, compadrazgo de la crítica; continuismos temáticos, del espíritu, del estilo, de la generación, de la década: realismo, periodismo, sentido común; clase media, lucro; gramática, ortográfica, lógica) fundan, reproducen, hacen circular y posibilitan al “escritor nacional” y la “Literatura Brasilera”. Ese proceso al mismo tiempo avala y usufructa, limita el “poder emancipatorio de la literatura”, volviéndola para el Estado, lo oficial, lo canónico, lo escolar, lo mercantil, lo representacional, lo grupal.

Aquello que formó el “espíritu dominante de los brasileros” es ideológicamente ambivalente, introvertido, perverso e interesado. Fue fomentado de manera descontinuada entre la metrópoli y la colonia, entre el sistema esclavócrata y la norma liberal, entre el servilismo del esclavo y las connivencias del señor, entre la sumisión de los pobres por la sobrevivencia y la arrogancia vacía de los “ricos”, entre los modos de producción destrozada y la burguesía, entre una religión apabullante y una masa impotente y pecadora, entre el desabastecimiento humilde del trabajador y las leyes, entre los poderes crudos y el poder del Estado ignorante. Los intereses de los señores, los cínicos intereses de las burguesías, los servilismos tanto de esclavos como de trabajadores, se fueron invirtiendo, dejando de ser de élite, de estamentos específicos de oficios, de oportunismos de sobrevivencia para pertenecer al partido de los “nuevos gobiernos”, las “nuevas generaciones”, las “nuevas ideas”. Las manifestaciones de poder “entre nos” son oligárquicas (“nuestra literatura” no fue escrita por quien es pobre, negro y vive lejos, pero, si lo fuese, se hubiera metamorfoseado para existir). El disfraz toma las formas de la moda, de comportamiento, de manera de ser. Presentamos lo que somos apenas por inocencia, por descuido. Simulamos la disimulación porque así escondemos la idea de que nuestras creencias y costumbres son esencialmente un paternalismo, un padrinazgo, un nepotismo, un coronelismo escondido, y en el cinismo de ese juego la amplia y extraña “oligarquía” en la que nos volvemos mantiene las posiciones de dominio de las clases y los estamentos que respetamos, admiramos e imitamos. Protegemos al solitario, a ese que queremos ser siempre, a esa señora ideal de “nuestra historia”. Lo que las élites siempre hicieron, hacen y harán, justificando todo para el “bien de la Nación”, el “pueblo” lo hace también, pero de manera invertida, y así se protege, se afianza, continúa, mantiene su minúsculo lugar mientras la lluvia no lo disuelva, humilla y derrota. “Nuestra Falta de Carácter” nos protege, nos asegura un día más: nació de la perversidad inocente de dentro del esclavismo y de la repetición de las nuevas clases republicanas. Entre nos hay una extraña permanencia y una mutabilidad indecisa que indican el rabo de la rata escondida en su escondite. Somos iguales a nuestros señores, somos nuestros señores: la “Literatura Brasilera” es la voz que no se encuentra dentro de ese escondite, la voz oligárquica permitida y la vibración del rabo de la rata en su alegría contagiante, carnavalesca y ambista, en haber aprendido a escribir y contar historias sobre “nuestra realidad”.

© Alberto Lins Caldas, 2005
Traducción: Mario Granda Rangel

_________________________________________________
Para citar este documento: http://www.elhablador.com/caldas.htm
1 - 2
home / página 2 de 2
______________________________________________________________________________________________________________________________________________________
contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2005 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting