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La responsabilidad es una virtud ausente del debate público contemporáneo en el Perú. Lo vemos y padecemos cotidianamente. Los accidentes de tránsito y lo ocurrido en el trágico terremoto reciente revelan, una vez más, que vivimos en un país acosado por la informalidad y la carencia de respeto hacia el otro. Es decir, prima el interés narcisista antes que el beneficio común, y eso se refleja desde la práctica rutinaria hasta el nivel de las decisiones políticas de carácter público.
El campo cultural no escapa de ello. Los plagios denunciados y sin explicaciones coherentes, así como las campañas publicitarias políticamente correctas, exhiben un total carácter amoral, que no inscribe al otro en un diálogo horizontal y enriquecedor. Ahora, dicho diálogo no necesariamente implica claudicación. Por el contrario, en el disentimiento se halla el posterior encuentro.
Nuestra sociedad y sus actores debemos aprender a discrepar sin apelar a la tradición autoritaria. Si bien la literatura es el encuentro con esa voz interior y discrepante, no busca verdades definitivas. Al contrario, inscribe e imbuye juicios y formas fundamentales, situándonos de cara al conformismo, la desidia y el cinismo.
Esta ausencia de responsabilidad demuestra una valoración mayor del gesto decorativo en vez del contenido, justamente en una época que paradójicamente demanda no sólo conocimiento, sino también entretenimiento. La masificación que penetra en todos los ámbitos de la realidad no nos exime de nuestra responsabilidad hacia los otros. Es el imperativo de nuestros días.
Agosto,
2007
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