Nº 19
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creación
 
Cristhian Andrés Briceño Ángeles
 

Puedes guiar a un caballo hasta el arroyo pero no puedes hacerlo beber

1

Amas a una bota de vino que cuelga bajo el reloj. Son señales que deja el tiempo. Océanos y desiertos bajo el reloj. Como la bota de vino.
Si alguien pule sus palabras hasta otorgarles forma de caricia. En teoría
Podríamos hablar del tiempo y amarnos dentro del tiempo hasta oscilar nuevamente como estrellas que caen. O pretender celebridad como los reyes-mujeres de Megabiro.
Y si leyéramos El teatro y su doble con un dedo auscultado la dirección del viento
La hierba más menuda nos parecería un camino seguro.
Puedes guiar tus palabras hasta un arroyo, pero no puedes hacerlas beber. Ojo y masa son conceptos insolubles en el agua. Sólo lograrás que el cabello te crezca. Y aterrizar muy lejos de todo y de nada.
Y sin salida, entonces, la inmensidad se alumbra.
El ignorante ama. Pero el sabio, tan solo, se confunde.
Y nosotros empezamos a revolver la transparencia y aullamos
Mientras vamos descendiendo.

     

2

Quienquiera que sea que adolezca de consciencia y hable del amor será feliz y habrá acertado. La poesía y el amor se llevan bien porque ambos son mierda. Mierda.
Juiciosamente material y vulnerable al fuego. Un océano de alcohol donde flotan los incendios:
«El Ganges solicitado por cínicos y estoicos.» La inmovilidad combina con el amor. Pero le rehúye. Es cambio. Banal es el arroyo que no renueva sus aguas
Y las abejas que no pican y sucumben defendiendo su
colmena.
La poesía,
el interlunio.
Suenan bien hasta que empiezan a ser realidad y bajo el árbol de la ciencia hay manzanas mordisqueadas. El acto de escribir es bello porque nos aleja de todo esto.
Pero, ¿a qué
nos acerca?

 
 

3

Un fagot salivando melodía
No puede disfrutar su propio canto.
Prometeo no piensa más que en el coito o en una orgía de cebollas: el erial donde sucede su tormento. Y la poesía contempla. Es bueno contar nuestros pasos. Nos alejan, nos acercan
al arte y al murmullo de tu aliento.
Dios y el hombre pueden unir palabras. Un evangelio o la injuria que lanzamos a los perros. La belleza es exclusiva y no hemos sido invitados.
Otros mundos se abren como tus ojos cuando duermes. Y, de cualquier modo,
estoy agradecido con Dios o quien sea
que alarga su sombra hasta tocarnos. La poesía contempla. Y el cristal
se retuerce hasta que somos otra vez una forma indefinida
a través del cristal con que se mire. La fatiga hace más lentos nuestros movimientos. Pero no nos detiene.
Mordiendo el brillo o un estambre, la poesía se arrastra
Como el polvo hasta tocarnos o metérsenos por los ojos
y arde, ya es difícil que salga.
Fritos.

 
 

4

Devoramos el silencio de los dioses como a un libro. Pero lo he olvidado. Yo pensaba a través de ti y tú comenzabas prontamente como el efecto de la cocaína.
Esperas las palabras lúcidas de alguien que sabe el nombre de todas
las constelaciones.
Eres un caracol arrastrándose hacia
el fuego.
Por ti dejaría de beber y de escribir poesía.
Lo primero es mentira. Lo segundo es tan sencillo que me siento como Ernst ante un lienzo vacío.
Si no amara mis vicios
el dulce Cupido apuntaría a mi frente,
pero es solo
imaginación.
La leche se agria y los ferrocarriles
re retrasan. Acostúmbrate.
El mundo no es la poesía.
La poesía no explica nada, solo contempla.
Luego es un punto de vista
de las cosas. Solipsismo. Nada nuevo.
Ella carraspeó,
Mii oo, mii oo.

 
 

5

Tu cuerpo está esperándome como un surco
del tamaño de mi cuerpo. Para aquellos que amaron, el viaje está concluido. Puedes reír todo lo que quieras hasta volverte una hiena
desdentada.
Nunca dejé a la angustia
colgando como ropa humedecida.
Es el Síndrome de Abstinencia. Françoise dijo, “el horror a la nada me aturde”. Yo estoy hablando de agujeros y el tiempo mientras escribo y lees que el mundo gira como un molino ideal y vomitamos sobre las flores más bellas que puedas imaginar.
Ella me sigue el juego. Y salta hasta cruzar la línea que tracé.
Entonces estamos del mismo lado.
Tan juntos que nuestras sombras pueden olerse.
Y la rueda gira como las de una caravana asediada por los indios.
Otro poema que se echa a perder. Caminamos hacia el fuego. Le acariciamos.
El valet, la nodriza, el caballero, dices.
En tierra bajas, dijo otro.
Para aquello estaban en el mundo.

 
 

6

Ella ha abandonado su coño en mis manos. Podría tener más de dos pechos inflados con leche saludable. Como una grulla que tiembla ante el castigo. Esto es poesía. Falsear. Desear. Dejar el cielo
inacabado.
Todos parecen temerle a la muerte. No lo digo yo, lo dice el Dhammapada.
Vuestra fórmula no puede explicarse en la
sobriedad. Y con el cuerpo eres más celoso que un turco. Luego
escribiría sobre nosotros hasta que tus plumas brillen como perlas:
Cero factum. Otra vez una semilla que quedó atrapada a un costado del camino,
apacible, como un ternero flotando sobre verdes colinas solitarias.
Guiñas un ojo desde el abismo. Puedo observarlo. La biblioteca de Alejandría
quemándose. Consigo verla a kilómetros de distancia.
Son los hábitos del espíritu.
Permanecer. Resistir. Obcecar.
Y esta obsesión puede ser
maravillosa.
A dúo.
En el oráculo Tiresias encaja
su vago pie junto a su báculo.
Si permaneces en silencio como
tu espíritu
lentamente,
eludiendo a la poesía.

 
 

Un bosque de árboles rojos

1

Fuera de la inhibición. O del camino a la luna. El amor nos sonríe con los  mismos dientes de la muerte.
Solo
restan los recuerdos que siempre usamos. Y los teólogos pegan sus labios
A las frías esferas. Si Palas
es una divinidad, ¿tú qué serías? Las simientes se nutren del absurdo hasta aparecer. Nada es fácil de verificar, pero versifico. Y en tu alma se ha pegado mi reflejo. Es probable que Verlaine haya callado. Nadie decía nada. Si nos quemásemos,
¿El cielo abrazaría nuestro incendio?
Pero hasta el cielo desaparece
cuando morimos. Y en nuestros cuerpos
nace un bosque de árboles rojos en donde nadie se perderá. Sentimos
un túnel por donde viajamos sedados
de tristeza. Pero las naranjas se encienden. Las comemos. La esperanza
es la única divinidad que habita
entre los hombres.
Más allá, toda certeza es vanidad.

 
 

2

Bajo el cielo nadie está a salvo de la muerte. Oh, vejez, ¿qué risa te está ardiendo?,
¿cuál tu pie quebrado que refresca al desconsuelo?
Un bosque de árboles rojos donde tu voz es siempre renacida. Mi conciencia es impaciencia, mi lucidez alumbra a la angustia.
Tú no eres sino la idea que no tiembla, la llama inmóvil que se extravía bajo el agua.
El oído es mal consejero: no hablarás del amor, esa eternidad inconclusa. Cuando mi mente se afirme en un terreno constante y puedas ver a Dios en cada una de las cosas:
«Ya nadie cree en Dios.» Y yo te digo, cree en Dios. Sin su voluntad los campos sólo producirían cizaña. Y el bosque de árboles rojos sería la otra orilla del devenir, un cúmulo de palabras cruzadas
de espesa espina, la vastedad que engorda al horizonte y hace del sol apenas algo
que va cayendo.

 
 

3

Podría robarle el halo a un ángel. Pero qué hago yo con un halo
si no puedo hacerlo flotar sobre mi cabeza. Yo estoy allí. Sosteniéndome de la negación y todo aquello que se va apagando. Mis tímpanos vibran
con un sonido
que proviene del otro lado del universo. Li Po habría escrito algo bello con tres o
cuatro
palabras.
Este es un buen momento para
rascar mi vientre y desalentarme.
O volver a los cuervos y las mazorcas.
Sé que los días se diluyen cuando despertamos.
El alma, en rigor, me dicta. Recapacito. Entre cortar o no
el hilo de Ariadna y ser
una sombra apoyada en los muros.
Me ineptum.
Piensas en un bosque de árboles rojos.
Los imitadores de Byron
aparecieron.

 
 

4

Como un caballo que rebuzna. Y te reprocha emplear la palabra amor
—contrariamente al heno o los descansos bajo su inmenso
vientre—. El discípulo inclinó la cabeza
porque no tenía idea de quién era Catulo. Y dijo, “el amor son nudos”. Luego retornó a su asiento y caminó en su propia imaginación.
Ella borró la idea falsa,
pero el espíritu no puede olvidar.
Estaba confundida con el significado que
Catulo
les da a los pájaros. Y los caballos no fueron
más veloces que mi mal gusto.
Escuché un toc toc y pensé en la
Retórica.
Algún día moriré,
sin la verdad:
La retórica de la vida consiste en nunca aparecer.
Una tempestad se acostó sobre las flores.
Y el vino brilló bajo la luna
sin que lo viéramos.

 
 

5

Sin su lazo de la verdad la Mujer Maravilla no es gran cosa. Ella no amó ni tuvo hijos ni pensó en colgarse de un árbol rojo. Ni soñó con helicópteros invertidos incendiándose en el cielo.
Yo seguía el canto de las cigarras bajo las piedras.
Luego intenté dejar la bebida. Pero sudaba.
Era invierno.
Vi  a Orfeo destruyendo su lira y patos volando hacia el buen sur.
Son malos tiempos para ir al teatro.
O dedicarse a la crianza de cocodrilos. Ellos rompen el cascarón con el hocico y una hilera de dientes puntiagudos asoman. Es probable
que en otra vida criemos cocodrilos y
vayamos al teatro. Y que ponga en la palma de tu mano mis cinco dedos
sin que el mundo se detenga.
La Mujer Maravilla ya debe estar vieja. Ella rompe el cascarón con el hocico y una hilera de dientes puntiagudos asoman.
Todo ocurrió como en una elegía. Pero sonríes. Paolo Uccello lo lamenta.
¿Que quién es Paolo Uccello?
Un pintor muerto.
Sólo entiende que la luna
hizo brillar el vino y no pudimos verlo.
Que el tiempo
perdone estas palabras que la vanidad me dicta.

 
 
© Cristhian Andrés Briceño Ángeles, 2011
 
Cristhian Andrés Briceño Ángeles (Lima - Perú; 1986): Estudiante de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Acaba de ganar el segundo puesto del concurso Ten en Cuento a la Victoria.  
 
 
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