Nº 19
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Pablo Colombi
Dedos de níquel(1)
 

... las manos, sobre todo las de mujer,
han de permanecer ociosas para ser bellas
.
A.  Dumas  

Son dos mujeres solas y viven detrás de una puerta de madera donde el picaporte brilla bajo la barata luna de esa hora en el barrio. Con un golpe de hombros la puerta se vendrá al piso, calcula él. Luego las mujeres se paralizan cuando alguien las acorrala. Lo sabe de experto. Y las tiene vigiladas hace ya un largo tirón de días. Van y vuelven poco por la calle. Apenas alguna compra que hacen juntas. Una tiene brazos bonitos, o al menos muy delgados. O sea, las mangas cortas y esos guantes que nunca se quita a pesar del calor le recuerdan, a él, las actrices americanas de los años cincuenta. La otra, pura facha de sirvienta. Y además pagan todo con monedas cuando salen de compras. Jamás usan otra cosa para comprar que puñados de monedas. Eso las ha condenado sin remedio, y él sonríe.

La luna del barrio pega todavía en el picaporte y le señala, a él, dónde meter la ganzúa para abrir. Es rengo y no tiene esa pierna firme donde apoyar el empujón contra la puerta. El aviso del ruido sería malo también. Lo hace mejor callado y prolijo, a la antigua, como muestran las películas. La puerta va cediendo por la cerradura y piensa que son como la ropa, las puertas. Lo último que en definitiva protege las carnes de la gente.

Ingresa silencioso a la casa, con su pierna detrás, siguiéndolo. Hay luz recién en la segunda habitación. Huela a casa que necesita hombres. Busca el arma en el fondo de su ropa. Recuerda que la ha transportado allí durante casi una vida. Incluso aquel día, cuando una bala a traición hizo de su pierna una bandera de carne llena de flecos al viento. Y así, arrastrándose sobre su propia mancha de sangre -sigue recordando ahora- pudo cubrirse detrás de un árbol mientras gatillaba tiros a ciegas contra la muerte.

Dentro de la casa, él se aplana contra una pared. Termina de recoger la pierna más pesada y asoma un ojo hacia la habitación donde tiene enjauladas a la bonita y a la otra, la fea. Un minuto se le vuela en repasar su método. Respira. Espía y vuelve a respirar. Va a necesitar la garganta despejada para gritar como demente. Y no poca energía para atarlas haciendo equilibrio en una pierna sola. Provocar una espiral de sorpresa y mucho miedo al principio, sobre todo porque ignora el tiempo que va a durar aquello en la habitación iluminada. Y se decide. Es ahora.

—¡Quietas! ¡Policía!

La bonita salta de espanto en la silla y derrama por el piso, como en una vendimia, una sonora palada de monedas que rebotan y siguen allí dando vueltas y brillando. La otra, la fea, se apoya sobre la pared en un intento de no desmayarse y caer.

—¡Quietas! –ruge otra vez el policía.

Apunta con su revolver. La sangre se le amontona detrás de los oídos y ve solamente a dos mujeres congeladas. Aunque de a poco va descubriendo detalles en la habitación. Un mueble con espejo en aquel rincón donde se mira duplicado. Cosas así. La bonita, de cerca, no parece delgada sino más bien enferma. A la bonita además le tiembla una mano y la disimula contra su vientre. No lleva guantes dentro de la casa. Está a punto de romper a llorar. La otra, todavía contra la pared, se ha repuesto y pone, en cambio, ojos de no entregarse fácilmente. Él les grita:

—¿Dónde está la máquina? ¡La máquina!

Las dos mujeres se miran y no entienden. La máquina de falsificar monedas quiere ver el policía. La máquina. Quiere conocerla de inmediato porque las monedas son impecables. Casi auténticas. En realidad son auténticas, le ha dicho un entendido. Igual, el policía viene meses rastreando sin colaboración de sus jefes a la pareja de mujeres. Se figura él que han estafado con esas monedas sobre el mapa completo que hace un año colgó en la pared de su oficina para seguirlas. Pero nadie ha tomado en serio su teoría de la falsificación. Exige por eso ver ya la prueba. La maldita máquina. El policía arrastra en su ánimo una cuenta sin fondo de burlas entre sus colegas. Es el pobre rengo de las monedas.

—¿No me oyeron? ¡La máquina... carajo!

La bonita se quiebra y, de una buena vez, llora allí sentada. Saca del vientre la mano escondida y la suelta entre las piernas, colgando como un apéndice muerto. El policía examina eso de lejos y no puede encontrarle nombre. Traga de asco, suda por la impresión. Es toda oscura la mano de la mujer bonita, una cosa metalizada hasta la muñeca, lo mismo que recién sacada de una fragua. Un accidente, piensa rápido el policía. Un accidente con la máquina. Pero en mitad de la mano abierta adivina una llaga. Es cierto, hay una llaga. Carne separada en dos labios duros, manchados de níquel, palpitando como una cicatriz enconada camino de agusanarse. El policía baja su revolver y ve espantado que, desde el tajo en la mano, nace una moneda, que la moneda se desliza penosamente por la palma de la mujer y cae al suelo, limpia, suena estridente y se reúne con el resto. Y después otra moneda. Y tres más saliendo de la herida. Y por fin una larga diarrea de dinero en metálico acompañado de arrugas de suplicio en la cara bonita de la enferma, que le pide compasión, a él.

Pero se apaga la luz y el policía queda cegado. Asaltado por la noche. No separa si es verdad o delirio lo que viene de presenciar. Suda y vuelve a tragar cuando, por detrás, a la altura de su pierna débil recibe un garrotazo que lo quiebra y lo echa contra el suelo. Se revuelve entre las monedas como quien se ahoga en agua. Alcanza a retener su revolver pese al tormento de la vieja herida. Sin luz toda la casa. Por eso aprovecha el policía y desvergonzadamente chilla de dolor. La luna del barrio entra por una ventana y rebota en dos lados. Un brillo aquí y otro más allá. Los ve, patentes. Eso mismo, dos brillos en la oscuridad. El policía revisa a través de sus lágrimas y sabe que debe decidirse en un segundo apenas. Disparar contra el reflejo exacto. Dos brillos nada más. Uno, la mano monstruosa de la mujer bonita, sus dedos de níquel brillando bajo la delatora luna del barrio. El otro resplandor, en cambio, ni idea de lo que pueda ser. ¿Pero cuál brillo abatir? ¿Cuál de los dos? Ha perdido la orientación después de la caída. ¿Cuál? Entonces decide rápido y gatilla, insultando contra la falsificadora. Y continúa disparando hasta que el revolver agota su estampido. La puerta de calle se abre y escapa la fea. La que apagó la luz para derrumbarlo con un golpe. No tener, mierda, otra bala para esa puta. Pero también la bonita sale corriendo detrás de la fea. A esconderse por ahí, juntas. A cambiar de domicilio. Lo de costumbre para ellas.

Dentro de la casa, todo quieto y mudo. En su rincón resiste de pie el espejo acribillado a tiros. El policía suelta el arma y se busca la pierna golpeada. Se palpa. Se moja la mano en sangre caliente. Toca, pero no siente su propia mano donde toca. Entre la carne cortada asoman los metales de la prótesis, aluminio quebrado y expuesto a la cómplice luna del barrio. Eso que brilló sobre el espejo y lo ha engañado. Y brilla todavía cuando reúne coraje y se mira la pierna. Lo turba la visión de la herida abierta y duda si seguir despierto. Se marea. Cae de espaldas y gime pidiendo la máquina. La máquina. No oye que algunos perros siguen ladrando en el barrio mucho después de los disparos contra él mismo. Otra vez el estúpido rengo de las monedas.

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  1Este cuento obtuvo el cuarto puesto en el certamen “Hucha de Oro” de las Cajas de Ahorro, organizado en Madrid, en el año 2007.    
 
 
 
© Pablo Colombi, 2011
 
Pablo Colombi (Mendoza, Argentina, 1962): Recibió de manos de Adolfo Bioy Casares el premio de narrativa breve Cacheuta de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), filial Mendoza, en 1994. En tres ocasiones ganó el certamen de cuentos Dr. Ruiz Díaz, organizado por la Universidad Nacional de Cuyo, y el concurso de narrativa De la Viña Nueva (1995), convocado por la Subsecretaría de Cultura de Mendoza. Su libro de cuentos Los labios de mi africana (1997) fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes. Ha publicado también los libros de relatos Todas las moscas del mundo (2005), ganador del Certamen Provincial Vendimia, y Cuatro escenas de la Providencia (2007), colección premiada en el certamen de cuento corto Ciudad de Mendoza. En Buenos Aires obtuvo un segundo premio de la Fundación Victoria Ocampo con Feo, católico y sentimental, volumen inédito de cuentos. Y en Madrid, durante 2007, ganó un cuarto premio en el concurso internacional de narrativa breve Hucha de Oro, entre más de tres mil participantes. Como cuentista ha colaborado con los periódicos Los Andes y El Sol (Mendoza), El Litoral (Santa Fe, Argentina) y Síntesis (Puebla, México). Fue becario del Centro Nacional de Estudios Leopardianos, en Recanati, Italia. Trabaja en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo.
 
 
 
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