Nº 19
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Marilia Flores Franco
Un segundo de cultivo
 

Me pregunto si el día en que la encuentre pueda ir a contarle que la he conseguido. Mi felicidad. Esa que me mostró usted por un segundo, un segundo solitario, cuando estableció líneas imaginarias que nos separaban del resto. Recuerdo que era Abril, y aunque el sol seguía dominando la nueva década, comenzaba a imponerse el frío por las mañanas. Yo seguía desabrigada, vulnerable a cualquiera de estos fríos que la vida pudiera darme. Y aunque no confiaba en mí ni entendía por qué seguía levantándome todas las mañanas para venir a esta universidad elegida arbitrariamente, usted terminó dándome un pedazo de respuesta que constituye uno de mis pensamientos más valiosos. 

Ya la mayoría de alumnos había dejado la clase. Yo los seguí, poniendo un pie delante de otro, intentando no confundirme. Me despedí de usted, pues antes de levantarme, aún en mi asiento, sentí que usted  tenía algo guardado que aún no había dicho. Y que estas palabras futuras me correspondían. Las palabras vueltas esencia en un futuro en mi memoria. Levanté la mano tímidamente y al agitarla me sentí extraña. No suelo despedirme de nadie. ¿Por qué decirle adiós a quienes vencerán al cambio y permanecerán a tu lado y por qué decir un hasta luego a lo pasajero?

No sabía qué era usted de mí en ese momento. En todo caso hice el esfuerzo con cierto cariño y las palabras escaparon solas de mi cuerpo. “Hasta luego, profesor”. Usted no reparó en mí. Ciertamente, tenía los ojos clavados en la computadora, con recuerdos que datan de antes de que yo naciera. ¿Podría mi nacimiento traerle algún tesoro? 

Pensando esto, la puerta se hacía cada vez más mía, más cercana, y entonces su voz interrumpió todo el proceso.

—Espera.

Silencio.

—Acércate.

—¿Por qué? —me pregunté, a esa hora exacta, ese día preciso.

—Ven, que quiero decirte algo.

—Ven, Camila.

Su voz parecía decirme que no tuviera miedo: ven, pequeña.  

En ese momento fui tan cándida de creer que sería algo de lo que me acordaría siempre. Ya había pensado en este momento antes, en el que alguien me hiciera entender que no soy más ni tampoco soy nada. Pero al voltear y recorrer el mismo camino, la inconsciencia se apoderó de mí y no pude pensar nada más. Sin historia me acerqué a ti mientras mis pies tropezaban con la grada inútilmente. Y porque no tenía historia nos hicimos iguales en ese preciso instante.
Estabas sentado en el pupitre con las piernas abiertas, tan largas y relajadas que me incitaban a algo, no sé qué. Era algo fuerte. A estos dos elementos se sumó tu sonrisa. Un “cuidado” parecía salir de tus labios pero yo no iba a caer. No. Entonces un metro nos mantuvo separados.

Y tu silencio le hizo compañía a ese metro. Pensé que habías olvidado lo que querías decir o entre tantas cosas que siempre quisiste conversar, esta no era importante. Me quedé esperando, aunque no soltaras palabra, porque la sola idea de estar a tu lado sin tener que oír una clase tuya me era suficiente. Ya habías perturbado mi atención, esa tan difícil de perturbar. Parecía que las cosas sencillas hacían de ti lo que nadie más era. Y que esa paz que estaba presente hasta en tus pies, en tus manos delgadas, no se te escapaba. Amargamente, quizá deba confesar que el verte un día a la semana era lo que hacía que no te odiara.
En este momento me hablaste.

—¿Qué estás estudiando, Camila?

Ahora te he puesto al lado de los demás, en ese mismo hueco. No sé qué responderte, pues nunca he pensado nada, solo las ideas han vagado por mi cabeza pero dudo si a veces son mías.

—Comunicaciones.

Para salir del paso.

Tú pensativo, con ojos flexibles. Mmm, ya.

Ya, una palabra corta para todo lo que suspicazmente consideraste en ese momento.

—¿En qué piensas especializarte?

Comencé a soltar inconsistencias. Creo que descubriste que no sabía nada.

—Periodismo, aunque… aún no lo sé.

Parecía un interrogatorio.

—Te entiendo.

Me sentí sumamente incómoda. Y tu experiencia y tu tenacidad me minimizaron un poco.
Habrán pasado dos minutos. Unas chicas estaban juntas delante de la pared. Conversando asuntos que ignoro. Una de ellas vestía un sweater lila. La reconocí, la he visto antes.

—¿Por?

Dos minutos más.

No me escuchaste.

—¿Por?

Me sentí un poco cínica. Irrespetuosa. No sonó bien. Te estaba exigiendo algo. Yo. 
Al fin.

—Es que…—me lo dijiste con una inmensa alegría—Tienes una gran capacidad para…
La frase la terminaste, y me mostraste lo que sentí en ese momento fue un gran respeto, pero lo que dijiste no es importante.

Tampoco lo es cuando me consumiste los ojos con los tuyos inamovibles, dictándole a tu boca que me llamaran “muy inteligente”. Y luego pronunciaste mi nombre. Creías en eso que llaman potencial, y creías que estaba guardado en mí. E intentabas hacérmelo saber con tanta intensidad.

Yo no te creía nada, no cuando ya he escuchado antes esas palabras y mi vida sigue siendo la misma. Y es culpa mía que no haya cambiado. Las puertas siguen estando en el mismo lugar.
Lo importante fue que te quise. Te quise porque me miraste como si yo fuese más de lo que soy, como si echaras a la calle los sucesos pasados y las cuatro horas de sueño que se me permitieron esa madrugada. Como si no necesitara más que esa separación que me acabas de hacer sentir, esas chicas con la boca abierta recostadas en la pared mirándome eran parte del mundo del que me habías arrancado y tu inmensa serenidad y, de cierto modo, amor, me dijeron que no era mala.

Maldad. ¿Por qué a veces creo que soy eso?

—Sigue cultivando eso, Camila. Porque de eso…

Yo ya me iba. No concibo estar en un mismo lugar, siento que ya empiezo a encariñarme.
Y al ser herida me quedo sin un lugar más en este mundo por recorrer, o tan solo pisar. Mi libertad se está acortando tanto al paso de mi vida.

Tus brazos extendidos me pidieron un segundo más. Esos brazos de una vida más larga que la mía, de unos logros que marcan una distancia entre nosotros.

—De eso se vive.

Y tus cejas se levantaron.

—Y se vive muy bien.

Yo me fui. Todo lo que me dijiste ese día, todo lo que he contado y todo lo que guardo celosamente porque darlo a conocer sería desconocer su grandeza, pues los sentimientos no se pueden decir más que sentir, todo eso me hace tan feliz ahora.

Solamente te veo los martes. Y espero cada seis días y dos noches para verte de nuevo. Tus clases me son algo tediosas. Sin desayuno, tres horas son casi imperdonables. Y la unanimidad del sin ánimo del resto de alumnos tuyos es negra. Me divierto un poco. Es la única clase que me gusta. El solitario momento en el que siento que no tengo que darle cuentas a nadie. Solo debo asistir a clase. Y sentarme y disfrutar de descansar de lo que mi madre dice que es nada.
Pronuncias mi nombre cada veinte minutos entre un párrafo hablado y otro, y aunque me es fascinante, me asusta un poco, porque me indica que es imposible dormir un rato. Tú me despertarías. La razón por la cual te acuerdas de mí luego de recordar a los creadores Flaubert o Allan Poe me deja seca, sin pista alguna. Desconcertada.

Quizá te has dado cuenta de que solo yo muestro cierto interés en lo que dictas, por crudo que suene. Y por hermoso, porque entonces solo yo le extraigo todo a tus pensamientos. Puede ser que sientas que me importa la clase. Aunque a veces confunda las lecturas que hay que leer para el próximo tiempo y espacio compartido y termine enterándome de historias que nos estabas guardando por un tiempo más. Aunque mi poca habilidad para caminar te cause risa, y aunque mi mundo sea tan cerrado que a veces me quede callada.

Quizá te quiero ciertamente porque me despertarías. Lo harías. Si me vieras en sueño, querrías volverme a la vida para preguntarme algo o para verme escucharte, o simplemente para pedirme que lea en voz alta lo que está en la pizarra, aunque sepas que no veo nada y te divierta hacerlo. 

Sé que no me dejarías confinada en lo más hermoso que tengo, la realidad que me visita cada cierto tiempo tan espaciado, la realidad de mis sueños. Aunque deseo que no me despierten, ya que mi memoria es generosa cuando duermo. Recuerdo a todos aquellos que se han ido y que encontraré de aquí a unos años, cuando nuestras vidas hayan finalizado y entonces tengan algo de tiempo para juntar nuestros tiempos, aunque deseo esto, te agradezco que me hayas despertado con esas palabras, con esa visión que dista mucho de ser cierta. Aunque en mí haya una semilla adentro que tú has imaginado, sé que estos días se acumulan uno tras otro llenos de ásperas palabras, lleno de falta de todo porque no tengo nada.

Tú no sabes esto, ¿qué sabrías tú, que tienes un sosiego que has comprado solo para ti?, y que es tan grande y lleno de tanta magnificencia, que me miras y como adivinando que no tengo nada me das un poco. ¿Qué sabrías tú que solo me ves un día a la semana y crees que por las acertadas palabras que salen de mi boca de clase en clase y la seguridad con que las suelo pronunciar y la sonrisa que las acompaña he conseguido algo?

No pretendo que te enteres de todo esto, pues entonces tus ojos serían los de otra persona. La pena los abordaría y tus clases ya no me harían feliz. Estás bien donde estás, con quince años más que yo, quince años que a veces quisiera esfumar para que conversáramos sin represiones un rato, te preguntaría tantas cosas, pero, al fin y al cabo, quince años que evitan que me hagas preguntas sobre mi vida.

Ya estoy saliendo del salón, con la certeza de que nos volveremos a ver, con las ganas de verte de nuevo, pero con esperanza, deseo profundo de que el tiempo pase lo más lento posible porque una clase más será entonces una menos.
He descifrado al fin lo que disfruto, he descifrado que eres tú que no conoces nada de mí y que sonríes sin conocerme, y entonces produces ese equilibrio en la vida. Quienes me conocen no me muestran sonrisa y tú me vuelves a dejar las cosas a la par tan inocentemente. Me haces entender que no soy mucho y que tampoco soy nada. También he descifrado que son tus piernas, evocadoras y constantes que en los próximas seis semanas estarán cerca de las mías.

¿Quién dijo que la felicidad conferida, compartida, prestada incluso un segundo, no puede durar toda una vida? ¿Y quién dicta que el día en que produzca la mía propia no pueda encontrarte, seguirte y devolverte un poco? Ya cuando esto suceda no es seguro si seguiremos aquí en la tierra, mas si es así, entonces con certeza nuestras almas habrán dejado edad y dolor. Y entonces conversaremos sin ética el resto de la vida, que no es un resto sino un todo, y podrás preguntarme lo que sea porque ya no tendré temor a contestar.
 
 
 
© Marilia Flores Franco, 2011
 
Marilia Flores Franco (Lima - Perú, 1989):Cursa estudios de Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Ignacio de Loyola. Escribe desde muy pequeña y próximamente aparecerá su primer libro "7 días sin dormir".
 
 
 
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