Nº 19
revista virtual de literatura
 
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Norka Guevara
Cita con el Dr. E. Simkin
 

Siempre, cuando estoy con él, mi lengua acaricia repetidas veces el único molar que tengo, el derecho.

Por genética o algo de eso, no tengo el molar izquierdo, lo cual hace que mi sonrisa tenga una leve inclinación, que los dientes centrales no estén perfectamente centrados como deberían, y que por ende yo tenga que reír con la boca apretada, aunque muera por destornillarme y abrirla generosamente. Y cuando eso pasa, la mano derecha sabe lo que debe hacer: posarse sobre la boca; y todo mi cuerpo sabe lo que debe hacer: inclinarse un tanto hacia delante; y toda yo sé lo que debo hacer: detener el cauce de la risa antes de que se vuelva carcajada. Porque entonces no podré impedirle a mi boca, ni a mi mano, ni a mi cuerpo que se opongan.

Pero ese día, mientras una vez más repasaba con ternura el contorno del único molar que tengo, porque es perfecto, es amable, suave y fuerte, y porque es mío, Edgar volteó hacia mí y notó que por debajo de mi labio superior se movía mi lengua. Fingió no haberse dado cuenta, continuó charlando de la manera más natural que pudo, acaso porque no supo qué significaba mi lengua moviéndose con la boca cerrada, o quizás porque definitivamente le fue insoportable pensar que estaría yo removiendo algún residuo de la comida que seguíamos comiendo, y que fuese muy probable que minutos después, al besarme, sería él quien hallara con su lengua aquella hilacha de carne incrustada entre dos de mis dientes.

Y yo pensaba y pensaba. Mientras, él continuaba contándome sus aburridas experiencias colegiales, que al igual que a muchos hombres le parecían las más grandes hazañas de su vida. A los catorce años ya llevaba diez fugas sin que alguien lo notara, había despistado ingeniosamente a cada inspector, y que lo hacía por puro izquierdismo, por pura burla y desprecio a la institución, que prefería usar el tiempo consumiendo marihuana en su habitación y ver a medias e invariablemente la misma Odisea al espacio. Por la banda sonora, que es una verdadera genialidad, decía. Y yo continuaba de vez en cuando engriendo a mi único molar. La tarde fue insoportable. Hacía ya varias semanas que había empezado a cansarme de Edgar, y siendo franca, para ese entonces también me había acostumbrado a mis cambios de humor inesperados. Un mes puedo jurarle amor eterno a cualquier desconocido que me cautive con monsergas intelectuales y lo hago con la plena convicción de que así es; sin embargo basta con que aquel ser humano empiece a enamorarse de mí, a aferrarse a mí, es suficiente con que diga que me ama para que yo me desinfle y emprenda la huída. Me gustan los hombres que no me aman. Muero por ellos, los acoso, los persigo si es necesario por años, como sucedió con Santiago, y luego nada, el apetito de la novedad despierta de nuevo y aquello que ya podría considerar mío comienza a irritarme. He quedado atrapada en un círculo. Me persigo a mí misma. Pareciera que me contento al final de cuentas solo con el frenesí, con la violencia de la persecución, de la embestida, temiendo que después de poco tiempo la historia se torne la más aterradora novela de amor correspondido con futuro enteramente planificado. Pero mientras busco a quien sustituya a Edgar, pienso en que algún día quisiera tener hijos gemelos con un hombre bueno e inteligente. Como él, quizás. Ese fue un invento de alguna mujer que conocí en la infancia: me dijo que por faltarme un molar yo tendría gemelos. Desde luego, cuando encuentre al sustituto, esa idea me será ajena, estoy segura de eso. Acostumbro a tener la admirable capacidad de olvidar lo que deseo. Por eso suelo escribir líneas breves en la agenda, para recordar de vez en cuando algo de lo que quiero y no logro encontrar.

Edgar me hablaba mostrándome sin consideración esa, su dentadura completa, una asamblea de blanquísimos y petulantes dientes juiciosamente ubicados en sus lugares. Y mientras me contaba asuntos de la oficina que jamás me han interesado, yo tomaba largos sorbos de vino tinto seguidos, por un pensamiento recurrente: dientes manchados, inclinados y carentes de un compañero. Un zumbido irritante que no dejo de escuchar ni estando en la intimidad de mis sueños, incluso ahí he visto con frecuencia a cada una de mis piezas dentales desprenderse y caer. Cuando lo tengo de frente, como aquel día, me distraigo contemplando su boca, aunque de repente prefiero cerrar los ojos para no pensar. Estábamos tan cerca que podía ver espumosas bombitas de saliva entre los meandros y surcos de sus dientes y labios; no me hubiera sido difícil besarlo sabiendo que dentro de su boca todo está bien, pero tampoco lo hice en esa ocasión. Cerré los ojos la mayor parte de la cita para no pensar, ¡para no pensar en Edgar! Y concentrarme en las sensaciones solamente.

El zumbido no cesaba, era intermitente. A ratos sentía varios de sus dedos dentro de mi boca, ¡qué placer! Sus dedos saben muy bien, sin exceso de sal. ¡Una piel deliciosa!, pensaba también a intervalos, y eso incluso con los ojos cerrados. Mis encías latían, y ahora que recuerdo todo esto mis labios también lo hacen. Edgar tocó mi único molar, lo acarició con su dedo índice al igual que suelo hacer yo con la punta de mi lengua, y luego colocó una mota de algodón al abrigo de mi labio superior, al tiempo en que continuaba con las historias insípidas de su familia, a la que yo conozco muy poco. El zumbido crecía, iba en aumento,

en au-men-to…

Yo estaba rendida de placer, sin besarlo, sin tocarlo siquiera, solo con las sacudidas de dolor y gozo que me provocaban sus dientes perfectos al abrir los ojos. Es mi escena preferida: yo recostada y él sentado   frente a mí por media hora. Nunca sabré si sospecha mis pensamientos, si nota algo en mi mirada que le deje saber que sus historias me aburren en proporción con lo que me divierte mirarlo, solo eso. Jamás podré saberlo, pues aquella vez que tuve un asomo de impulso para confesárselo, el instante en yo me decidía a hacerlo Edgar se puso de pie de inmediato, cortando autoritariamente cualquier envite de mi parte, y sin el mínimo signo de tristeza, con los gestos más espontáneos que he visto, me dijo que habíamos terminado.

Una vez más habíamos terminado.

 
 
 
© Norka Guevara, 2011
 
Norka Guevari (Guayaquil - Ecuador, 1984): Obtuvo el Primer Premio del certamen literario Escritores del mañana con el cuento “Permanencia” (Fundación Sociedad Femenina de Cultura en Guayaquil, 2008). Licenciada en Comunicación Social, se ha especializado en Redacción Creativa y hoy reside en Buenos Aires, donde cursa Psicología Cognitiva y Aprendizaje en la FLACSO. Actualmente colabora para la Revista de Educación y Desarrollo, de la Universidad de Guadalajara (México) y la revista Educación (Ecuador) y trabaja en proyectos de animación a la lectura y escritura dirigidos a niños y niñas que residen en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
 
 
 
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