Nº 19
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creación
 
Violeta Lemus Martínez
 

Delicatessen

Estoy aquí, postrado como un perro ante tus callados designios,
olisqueando con fruición el frenético perfume de tus nervios.
Lambisqueo mis manos impregnadas de los pliegues de tu dermis
(¿Por dónde empezar?)
Echo un vistazo al platillo suculento que esta noche ha sazonado para mí:
Tú postrada en desnudez y beldad como un ángel caído y vulnerado,
y pensar que mi apócrifa cuchilla no te permitirá regresar a ese cielo de plañideras liras.

Tienes la temperatura idónea, y tú, sólo te resignas a mirarme con esos blancos ojazos; corderillos que trepidan en el caldero, a la vera del sacrificio de Alá.
Busco la comisura de tus senos, panes ázimos después de la sequía secular de mi boca;
y los recorro con mil lenguas de fuego, donde se me abre cual desierto sin oasis, la promesa de tus formas: Fulminantes coronas de espinas que ciñen a mi voluntad doblegada.

He perdido la brújula, sólo me queda confiarme al astro de tu boca; norte que guía mis movimientos, caballos desbocados, seducidos por la promesa de tu árido remanso.
Llego a la vera de tus muslos, que se abren ante mí como murallas derruidas en terreno conquistado. Yo colonizador, quiero libar al Dios inexorable, tus fluidos vitales vertidos en mi copa. Y solamente, dulcemente, me dejo llevar por la fría calidez de tu sexo, que palpita y se contrae como un débil corazón en paroxismo.

Giro y te entrego mi primera estocada, escindo los contornos de tu anatomía en archipiélagos de prístinos deseos.  Mis dedos dejan de ser dedos, son purpúreos tentáculos con los que asgo hasta asfixiar las agrestes cimas de tus cordilleras;
obcecadas garras con las que rasgo y hago jirones, las áureas ataduras de tus más recónditos pudores. Y mis ojos se derraman, anegados en exceso de tu imagen

Paladeo tu lengua, inundado menguante, cuneta de mis estrecheces;
mórbido barquito que mezo al compás de mis anhelos.
Los espejos de mis dientes reflejan a una niña pálida y dormida, que crece cual fruto amado sobre las raíces de mis dedos. Eres todos los frutos, tienes todos los sabores,
mi tacto te repasa como suave sinfonía que enamora a todos los Orfeos;
eres sal, eres trigo, eres nota, y tu cuerpo el pentagrama que repaso con mil dedos de viento.

Ácida, edulcorada, te diluyes cual pastilla, lenta y narcótica en mi boca;
mientras emites un gemido azul profundo, del color y la textura del cristal;
yo ejerzo una violencia innecesaria contra tu sombra castiza,
y la noche me soslaya abrazado a tu médula espinal.

Por fin, la mañana nos sorprende con su pupila matrona;
miro tu lánguida sonrisa que se puede abarcar con la cuneta de los brazos.
Eres exquisita, no me harto de contemplar tu lívido semblante en el estero de mis ojos;
y tú me miras estática, como al muerto al que acaba de abandonar su sombra,
y mientras tanto, yo termino de saborear, masticar y digerir,  ese tu blando corazón que sabe como a pollo.

     
 

Declaración de fe

Eres tan hermosa y yo tan insensato, que no comprendo,
por qué es preciso exterminarte una y otra vez para engendrarte en mi dolor.
Tengo que precisar que voy por la vida adorando ídolos falsos, tan sólo con el afán de tocarte.
Pues tú sólo te limitas a prometer  ese beso que camina sobre las aguas y que expía mis pecados noche tras noche, libre de culpa.

Si tú posaras ¡Oh Deidad! Tu pie sobre mi boca, se me congelaría a tal grado el corazón, hasta adorarte en mil torrentes de gélida escarcha.
Tú sólo te dedicas a tañer tu arpa, como si en ello se te fuera la existencia,
y a bordar plegarias sobre tu fieltro inmaculado de rosas.
Mientras yo (piadosa), daría lo que queda de mi alma por recubrirte de barro, y plantar sobre ti un amoroso bosque de cedros.

Yo sé que si  hoy me amarrara de un palo y me colmara de azotes, al final del día, más de alguno de mis lamentos se convertiría al cristianismo.
Sin embargo no por eso tú dejarás de ser cruel e inquisidora.
Recuerda que mi corazón es por ti una larva, y tengo miedo del impreciso bicho que se está gestando en sus adentros.
No quiero que tengas que morir por la picadura de mi voluntad exacerbada.

Por eso callo, con un silencio que se recubre de pastura con el paso de los años, o hasta que los montes consigan anidar sobre mi piel.
Recuerda piadosa, que no ama el que logra mover montañas con la fe, sino al que ésta al final le explota como una en labor de parto.
Lo saben los ancianos que se recubren los ojos de cataratas con el propósito de algún día poder mirar a Dios.

Pero si tú sigues en tu negativa, yo me revelaré.
Recuerda que cada 40 años los esclavos tomarán la vida y beberán sangre de sus amos.
No te extrañe que yo llegue algún día  a besar tu pelo, a rasgar tu manto, profanar tu fe.
Pues sé que hoy en tus manos tienes la hendidura del cielo
Qué quieres de mí, siendo tú una deidad y yo tan sólo un triste humano.

 
 

Laudes

Es la hora en que las bacantes sobreactúan y las vírgenes lloran con un nudo entre las piernas. Esa hora en que transcurre la rebeldía de la carne… Yo acecho… Convenientemente, imagino tu cuerpo a la distancia en que se deshojan las margaritas,  me repliego… Quizás tomarte entre mis labios y penetrar tu piel de mariposa, tan sólo con el filo de una plegaria, semilla por semilla, raíz por raíz… Y dudo… Suena una campana a lo lejos y pienso en los minutos derramados, que quizás tu piel desnuda en otro tiempo, estuvo acechada por el acertijo de un dragón…Odio… Que me haya sido tan fácil resolver el fértil laberinto de tu cuerpo… Y aún vislumbro en tu regazo, la tinta fresca de algún antiguo exvoto, del sendero agradecido que deja las huellas del milagro… Imagino que una tarde rojo añil, clavaron su colmillo en tu corazón de manzana fresca y lo recubrieron con aquellos casi imperceptibles torrentes de sarcoma… Y ahora... Por culpa de tu carne pulposa, padezco este arranque de celos milenarios. Celos de tu espalda de amazona, de tu sexo de pedernal que ofrendas cada noche, renovado, en resignados sacrificios de virgen… Otra mañana te imaginé ídolo falso, toda fundida en oro, y por mi mente, repentinamente, cruzó volátil el recuerdo de tus ademanes de Esfinge… Preciso era, calmar mi teoría dipsómana en tu oasis fragmentario… No me atreví…. Luego arrugué la imagen de tu piel de papiro y la bañé con la cálida resignación del Nilo… No logro conciliar el sueño… Eres recalcitrante suplicio bajo el sol de Babilonia, un picar de piedra, fundir de granito, y de noche receptáculo de sacrificios infieles; Salomé ensangrentada en besos de filigrana,  alucinante cadencia de velos, agua que provoca locura… Tu cuerpo y mi cuerpo, fundidos en abrazo de obelisco…

Repaso un libro… Otra vez en ese balcón nos daba la una; la luna de agosto asomaba su bostezo frío bajo tu sombrero de pieles, que combinaba a la perfección con tus labios de témpano… Te quise detener, pero otra vez te perdiste, dejando en el sonido de tus pasos una calidez inquietante de samovar… Eres prohibida… Ahora, no sé porqué tu piel recobra una tonalidad que evoca las luces de la Alhambra, hay algo de indigno en el cascabeleo de tu melena; un soñar entre almohadones, con el filo caótico de tus pechos de sultana… Ne flagelo, no quiero morir…De pronto, ese patíbulo que me condena a una muerte ignominiosa; otra vez me sorprendió lejos de ti el oprobio de la turba, y yo solamente atino, al suplicio de tu corsé desbordante y perfumado… ahora, estoy entre el frío del cadalso y la indiferencia de tu peine de marfil, con el que cada noche despojabas tu linda cabeza de pensamientos virginales…Amanece…Un gallo de pico trasnochado, deambula por la cercanía de mis murallas de Abate… Me desperezo… Tú te vas con el humo del incienso… Avizoro los últimos vestigios de tu silueta en fumarolas… Como siempre, me toruro, me reprimo… Otro rosario… El retórico sol, y con éste, un sentido salmo a tu ausencia, en otra lánguida y suplicante mañana de laudes…
 
 

Latidos

Hicimos un pacto de latidos: Tú tomaste lo mejor de los míos y los machacaste contra los tuyos, como se machaca el día contra la noche, como se machacan los frijoles para la cena; Y ambos latimos al unísono, con una misma entonación.

Y ahora, tengo tus latidos por todas partes: Latidos de tu cama, latidos de tus muebles, y a veces siento que la ciudad lleva algo de tus latidos bajo la piel.

Cuando llega la melancolía, sólo basta tomar un puñado de tus latidos y amasarlos como roscas, hornearlos a la temperatura de tus bienaventuranzas, y cuando están al punto cenarlos calientitos, sopeados en una lágrima de leche y miel.

Otras veces, tus latidos se me salen de las manos y siento que la soledad es un neumático que estalla; luego me compadezco de mí, de ti y de los dos y ruego a mis santitos que velen por tus pisadas, mientras me construyo tu imagen en mi cabeza con guirnaldas.

En los días lluviosos, salgo a caminar y descubro tus latidos escurriendo sobre las baldosas, otra vez la lluvia los dejó impregnados bajo mis botas; luego, jugueteo con mi tristeza sobre los charcos y trato de adivinar si viene o si va, y sigo tus huellas por el estero con pasitos de plomo.

Cuando tomo el colectivo, procuro evitar las aglomeraciones para que tu imagen no se me tuerza o se vuelva chiquita; evito también a esos niños que la quieren alimentar con galletitas, y sobre todo, que al pasar los gatos no se la lleven por los tejados.

Otra ocasión, mirando el mar, la brisa comenzó friíta a colorear tu imagen, con demasiada nitidez, que yo pensé que deberían bautizar con tu nombre a alguna tonalidad; Inconscientemente, comencé a dibujar tus latidos sobre la arena, mientras la resaca me daba mordiditas en los pies.

Tus latidos volvieron a producirme cosquillas entre las capas mas finas de los músculos, yo me rasqué hasta enrojecerlos, y pensé que de cierta manera, hay algo de ti en las chapitas de la anciana; y luego te evoco con el fervor con el que se invoca a la Virgen en un sucio sartén con cochambre.

Por andar cargando con tus latidos para todos lados se me ha dislocado el corazón, y sentí que con ello se había dislocado algo entre nosotros; luego, un pececito de extraño esqueleto me sugirió que ya era tiempo de guardarte en una caja y enterrarte en una isla donde no existen los mapas.

Cierto día en medio del sueño vi como tus latidos hacían maletas y partían con el expreso de la mañana; yo simplemente, vi perderse mi destino disuelto en el agua del retrete, y recordé aquella noche de pupila somnolienta, de aquel día en el que tú y yo hicimos un pacto…

 
 

Morenita

Una indita vendimiando sus manualidades al otro lado de la vía.
Sentadita en un petate, su pose tiene el matiz de una figurilla precolombina de barro;
florecilla de cempasúchil, está en la edad de los tiernos amores.
La juventud se asoma en sus chapitas rojo añil, sutil remedo de los tejados de las casas;
sus manos pretenden ser arañitas diligentes que tejen canastitas y muñecas como si se tratase del mismo provenir.
Las amplias naguas parecen estar hechas con todos y cada uno de los colores del paisaje: Desde la aguamarina, hasta el turquesa, pasando por el azul zarco.
Ella ofrece su mercancía a los transeúntes, con una sonrisa que más bien parece una mueca;
y deja ver dos filas de mazorcas tiernas, que tienen el color y quizá la dulzura de la leche bronca.
Pero sus ojos tristes y cansados están enmarcados por ojeras, hamacas donde se mecen siglos de inequidad y discriminación.
Los listones de sus negras trenzas, rugosas de ixtle, ondean en el aire, dibujando en su tocado banderas a media asta. Porta zapatitos negros de charol, tan enlodados y pisoteados como su misma raza.
La muchachita pregona sus mercancías, simulando con su aguda jeringonza un agudo canto de cenzontle.
Su rostro pequeñito y traposo se contrae en simétricos surcos, parecidos a los de un campo raso después de la noble faena del labrador.
Y sus labios dos frescos tomates, poco a poco se van desgajando en rebanadas de sudor.
La morenita fatigada toca su vientre, en el cual se percibe un mórbido bultito, como una incipiente bolita de Nixtamal.
Y por su torteada mejilla escurre una lagrimilla casi imperceptible, del color del chapopote.

 
 

Es tersa la nada

Es tersa la nada, engañosos los siglos ¿A dónde va el rabino sin amigo y sin amor?
La fiel señorita peina su trenza nido,  tristeza rubia reflejada en un sueño,  sueño espejo perpendicular.
Mira allá la llanura, en  los márgenes del Helesponto; El tigre que llamabas a jugar a la orilla del sol.
El corcel esperanza se detuvo a pastar en  la tierra ignota. No hay verdura más hermosa,
Que  la que tiñe sangre del campeador.
La mística flor de reticente perfume anuncia caer la noche en el Himalaya; oriente, tus promesas se las lleva el viento con el brillo del topacio.
En el bosque hay una vieja choza, la fanega quemando; una mariposa canta su pena multicolor. Ven a remar conmigo en el confín del río infinito, donde un día me dijiste niños, que no existía el amor.
Ahora, la mañana no ríe, la montaña no canta; hermanito ¿Cómo es esa tierra, en la que te enseñaron a olvidar? Cuéntame dos veces cómo pasó el siroco y se llevó tus alegrías a las viñas del señor.
Jovencita de ojos serenos, melancolía capullo en flor, no sabe que el trigo se mide por edades y crecen las cerezas, sin raíces ni dolor.
Ya se fue la infancia, se fueron los viejos amores, ya no hay héroes en los paredones, ni en mis versos hay temor.
Confinada en este muro, blanco cristal de nervios, la voz estalla; y allá del otro lado del estío, un mundo nos persigue con pasos de gigante.

 
 
© Violeta Lemus Martínez, 2011
 
Violeta Lemus Martínez (Guadalajara - México, 1982): Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y trabajó como profesora de francés y literatura en la Universidad Autónoma de Baja California Sur y La Universidad Mundial, en la ciudad de la Paz Baja California Sur. Amante del teatro, participó en algunas obras de su autoría, entre ellas En algún lugar de la Tierra: las desdichas del poder. Colaboró en la realización del Compendio de Cortometrajes en la posmodernidad, editado por la Universidad Autónoma de B. C. S, y en la revista Alternativa. Actualmente realiza el doctorado en Literatura General y Comparada en la Universidad de la Sorbona en Francia, en la cual llevó a cabo su maestría.
 
 
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