Nº 19
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Rómulo Torre Toro
Santiago, 1971
 

La historia hará justicia
Fue un héroe y no tengo más que decir, dijo el viejo. Así empezó. No podía ser de otro modo.

Ese día llegué a las diez de la mañana, creía que era mejor hacer esto lo antes posible. No avisé ni llamé, no hice nada, creía que eso también era lo mejor. Solo aparecer y preguntar por Romerito.  Por eso el viejo empezó así, incómodo, derrotado, tal vez un poco violento. Hacía frío esa mañana. Toqué el timbre y nadie apareció, toqué una vez más y nada. Encendí un cigarro y pensé que tal vez el Chino se habría equivocado. Pensé en irme de ahí y seguir averiguando, pero intenté una vez más. Toqué el timbre. El viejo sacó la cara por la ventana y me preguntó qué quería. Hablar de Romerito, eso quería.

Vengo a hablar de Carlos, le dije.

Fue un héroe y no tengo más que decir, dijo.

Insistí. Era necesario. Una historia olvidada, como muchas, pero que no merecía ser olvidada. Así era la historia de Romerito. Sabía que cedería y hablaríamos. Nadie se niega por mucho tiempo a hablar de algo que no olvida. Que no puede olvidar. No importaba que hubieran pasado casi diez años. Abrió la puerta y me hizo entrar en la sala, me dijo que me sentara. Agradecí. Nada fuera de lo común en la casa. Ninguna foto de Romerito. Nada que lo recordara. Luego entendí que no hacía falta tener algo de Romerito por la casa.

El viejo se sentó en un sillón delante de mí. Me preguntó si sabía qué era un caribú. No, dije. Un caribú, dijo, es un animal que viaja en manada por todos lados para buscar alimento. Nunca se aleja de la manada, viajan toda la vida juntos y nunca se separan. Nunca. Atraviesan territorios amigos y enemigos juntos, unidos como un puño. Hasta que llegan a la tierra de los lobos, dijo. Los lobos saben cómo destruir a la manada. Corren y los caribúes se espantan, escapan despavoridos, en desorden. Los lobos prefieren a las crías porque son los primeros en alejarse de la manada. Las siguen hasta cansarlas y se las comen. Se las comen vivas, dijo.

Supe que se refería a Romerito. Y a él, por supuesto. Era un poco extraña la forma en que veía la historia de Romerito. Se lo dije.

Él se fue a Chile cuando sabía que no tenía que irse, dijo el viejo. Él sabía que cualquier cosa podía pasar porque me contó que las cosas estaban jodidas, que la cosa ardía, me dijo, las cosas arden en Chile, papá, pero igual se fue. Se fue como un caribú solitario, dijo, hacia la tierra de los lobos.

El viejo se acomodó el pelo, me miró fijamente. Yo conocía la historia de Romerito, el Chino me la había contado hacía varios meses y había escuchado muchas versiones desde entonces, pero quería saber la del viejo. Su versión de una historia olvidada. O peor aún: una historia que nadie conocía. Hacía frío y pregunté si podía fumar. El viejo dijo que no, que no fumara, que el humo le provocaba náuseas. Estaba solo, eso ya lo sabía. No tenía mujer porque se largó mucho tiempo antes y solo le dejó un hijo. Ahora estaba solo.

Yo sé que nadie lo conocía y que nadie lo recuerda, dijo el viejo. Lo sé perfectamente. Pero la historia hará su trabajo. La historia hará justicia y entonces todos sabrán cómo, cuándo y por qué lo mataron, como matan los lobos a una pobre cría de caribú. Ya verá usted. La historia hará justicia y entonces todos sabrán que él fue un héroe, dijo.

Un hombre en el lugar correcto, en el tiempo correcto
La vaina es muy simple: yo cuento, tú escribes. La historia no tiene pierde porque soy testigo directo. Me fui de ahí un mes antes de lo ocurrido y no sabes cómo me alegro de que haya sido así. Lógicamente, no me alegro por Romerito. Era un buen tipo. Pero quería ser como ese gringo que se fue a Rusia durante la revolución. Quería ser como él, me lo dijo muchas veces. Ser como Jack Reed.

Lo conocí recién acá, cuando entró al periódico. Algunos ya lo conocían, lo saludaban, se bromeaban, hablaban de muchas cosas. Ellos comentaban que era un tipo increíble. Un rojo, en rigor. Aunque ahora, después de lo ocurrido, no sabría decir si eso era del todo exacto. Lo que sí es cierto es que Romerito ya había trabajado antes en varios sitios y vivía solo. Vivía solo, pero visitaba al viejo muy seguido. Aunque, a decir verdad, creo que la relación era un poco fría entre ambos. Un poco distante. Pero eso no viene al caso. Todos los papás son iguales y todos los hijos tienen sus rollos. Tú debes saberlo mejor que yo.

Es cierto también que cuando llegó ya hablaba de Jack Reed, aunque Jack no era su nombre. Tenía otro. No lo recuerdo ahora. Romerito quería ser como él. Y ya me estoy saltando demasiado. Primero lo primero: cuando Romerito llegó, había estado en varios periódicos antes. Lo habían despedido de todos porque su periodismo era extraño, poco objetivo, muy sociológico. Eso decían todos los que ya lo conocían. Él, Romerito, era un tipo muy inteligente, muy lúcido, pero tenía el problema de no ajustarse a lo que se le pedía que hiciera. Siempre quería hacer algo distinto y no lo dejaban. El director lo tenía a raya. Romerito me contó después que el director le dijo que si entraba al periódico sería bajo sus órdenes  y que nada de ideas ni de análisis rojos. Pero dónde queda la libertad, le respondió Romerito. El director le dijo que en el orto, como todo en el Perú. Y que si lo quería conservar en su sitio, esa era la condición. Romerito aceptó.

Si aceptó fue porque estaba a punto de quedarse sin casa y no quería volver a la casa del viejo. Eso lo sé porque nos mandaron a hacer comisiones juntos. Cubríamos cualquier cosa, menos cuestiones políticas. Así que yo tomaba las fotos y él a preguntar, anotar y redactar. Me contó lo de la casa y me contó algo del viejo. Que habían vivido juntos, que lo estimaba pero que todo tiene un límite y no podía vivir con él toda la vida. No me decía por qué. Yo tampoco pregunté.

Fue por entonces que empezó a hablarme de Jack Reed. Me dijo que él, Romerito, admiraba mucho al gringo que llegó a Rusia en plena revolución y que registró todo en un hermoso libro que era periodístico, pero también histórico y sociológico. Que Reed había sido testigo de la fundación de un nuevo mundo, de una nueva historia. Y me enseñó el libro, Diez días que estremecieron al mundo, de Reed. Ahora lo recuerdo, de John Reed. Pero Romerito lo llamaba cariñosamente Jack. Me dijo también que él, Romerito, quería ser fundador de un nuevo mundo, de una nueva historia. El mundo debe seguir cambiando, Chino, decía. Solo hay que estar en el lugar correcto, en el tiempo correcto. Mientras, solo nos quedaba esperar. Decía que él vivía solo esperando el lugar correcto y el tiempo correcto. Nada más valía la pena. Ahora, después de lo ocurrido, creo que lo entiendo.

Las cosas se mantuvieron más o menos normales, hasta que el azar jugó su papel. Verás, no me di cuenta en su momento, pero luego sí. Los rusos tuvieron su revolución en 1917 y en Sudamérica la tuvimos en Chile. En 1970 sí, cuando ganó Allende, pero en 1971 la cosa empezó a arder. Los números se invirtieron y el destino, luego lo supimos, también. La historia no es como Romerito decía, tan perfectamente determinada. Es todo lo contrario. La historia es azar, fundamentalmente. Romerito estaba emocionado. Decía que ahora era el momento y que tenía que estar allá, que tenía que vivir. Nunca vi más contento a Romerito que en esos días.
A veces entiendo lo que sucedió. Chile era lo que él estaba esperando. A veces, la esperanza de que algo ocurra nos permite saber que estamos vivos. Y cuando ocurre, sabemos que la historia no ha terminado, que todavía podemos actuar. Eso era lo que Romerito esperaba: actuar. Saber que estaba vivo. Pero ya me estoy desviando del punto. Debemos buscar la objetividad. Ese es el trabajo de los periodistas.

La felicidad se le acabó a Romerito, cuando el director envió a otro por un par de días a cubrir lo que sucedía en Chile. Y sin fotógrafo. Tenía razones para estar molesto. Lo estuvo tanto que en una reunión con el director, le gritó. Y, lógicamente, quedó despedido. Entonces yo pensé que todo terminaba ahí. Pero él me dijo que Chile era lo que estaba esperando y que no lo perdería. Me contó que John Reed, o Jack cariñosamente, se había ido solo a Rusia y que él podía hacer lo mismo. Me preguntó si yo quería acompañarlo, si quería fundar un nuevo mundo, si quería escribir un libro, si quería, en todo caso, fotografiar para su libro, su libro que sería periodístico, histórico y sociológico. No soy rojo, no entiendo a los rojos. Pero cuando me dijo todo eso, sentí que yo también estaba en el lugar correcto, en el tiempo correcto. Ahora sé que así fue. También sé que me fui de ahí en el momento correcto. Y me alegro de que hay sido así.

Primera carta

Santiago, octubre de 1982

Sr. Ugarte

Nos hemos enterado, por diferentes personas y medios, que Ud. ha iniciado una investigación sobre un periodista peruano desaparecido en Chile durante el proceso de normalización de la sociedad chilena del año 73. Asimismo, nos hemos enterado que está realizando entrevistas a diferentes personas, dentro y fuera del territorio chileno. Esto, indudablemente, nos inquieta. Le sugerimos que, en el menor plazo posible, nos mande una carta de respuesta a la presente, informándonos de la naturaleza, método y fines de su investigación. Reiteramos: en el menor plazo posible. Caso contrario, tomaremos la actividad que Ud. realiza como una provocación a la sociedad chilena y una amenaza para su normal desarrollo. Tenido así en cuenta, condenaremos e impediremos, por todos los medios, que se conozcan los resultados de dicha investigación.

Atte.

Él moriría recordándolo

Me gusta pensar eso, dijo el viejo finalmente.

Se acomodó en el sillón y después de verme por un rato me pidió que le invitara un cigarro. Le alcancé uno, aunque no entendía qué le había hecho cambiar de opinión. Tomó el cigarro, pero no lo prendió. Usted tiene un padre, dijo el viejo. Debe tener uno. Yo tuve un padre y las cosas fueron como debían ser.  

Pensé en mi padre, pero olvidé ese detalle incómodo. Recordé al Chino Delgado diciéndome que todos los hijos tenemos un rollo con los padres. Que yo debería saberlo. Y lo sabía perfectamente. Pero lo olvidé porque ese asunto no tenía que ver con Romerito. Yo vine a hablar con el viejo sobre él, sobre Romerito. En ese momento, quise fumar, pero no lo haría hasta que el viejo lo haga primero.

El viejo me miraba. Parecía haber comprendido lo que estaba pensando. En una familia siempre hay alguien que queda al margen, dijo el viejo. Seguramente usted se ha dado cuenta. Siempre hay alguien que no aparece en las fotos o que aparece a un rinconcito, alguien que no está presente en los sueños de nadie, alguien a quien no se extraña cuando está ausente. Siempre hay alguien al margen en una familia. Puede ser un hijo porque, créame, siempre hay un hijo favorito y otro que es lo contrario. O puede ser un padre. Eso es normal. Lo triste, lo realmente triste es que todos estén al margen, fuera de la vida de todos.

En ese momento supe que el viejo no necesitaba tener algo en la casa que le recordara a Romerito. Siempre lo recordaba, su cabeza iba a estallar por eso algún día. Moriría recordándolo. Y supe también, cuánta distancia había entre ese viejo y el mío.

Créame, lo triste es cuando todos están al margen, dijo. Yo viví toda una vida solo a pesar de que vivía con Carlos. En verdad, traté que él viviera fuera de la mía. Creí que eso era lo mejor, que eso lo haría un hombre. Hacerle entender que la vida es estar solo y que solo debía enfrentar todo lo que viniera. Que nadie estaría para siempre, aun cuando le juraran lo contrario. Eso fue lo que quise enseñarle, lo mejor que creí que podía enseñarle. Así debían ser las cosas. Lo extraño es que siempre esperé que se quedara conmigo, dijo el viejo. Esperaba que fuéramos uno solo, como un puño, como una manada de caribúes. Y mire usted que él se fue un buen día y dijo que me visitaría seguido. En ese momento me di cuenta que, durante todo este tiempo, el que había vivido al margen era yo. Al margen de Carlos, quizá a pesar de Carlos.

El viejo volvió a verme a los ojos. Me pidió fuego para el cigarro. Le di el encendedor, lo prendió y me dijo que había jurado dejar de fumar desde que Romerito se fue. Todas las promesas se rompen, dijo. Le pregunté si Romerito había roto alguna. Respondió que él, Romerito, nunca había hecho ninguna. Le pregunté por el viaje a Chile, si sabía cómo habían sucedido las cosas. Dijo que no sabía mucho, lo mínimo. Uno siempre debe saber solo lo mínimo. Con eso es suficiente, dijo. Recordé la carta que me llegó, una carta que, en líneas generales, me decía lo mismo. Quise contárselo al viejo, quise decirle de la carta y que Romerito, efectivamente, era un héroe.

No lo hice. No tenía sentido hacerlo.

A veces imagino cómo lo mataron. En verdad no sé exactamente cómo fue, pero lo imagino, dijo el viejo. Sé que el cuerpo ha desaparecido y punto. Pero me gusta imaginar que lo agarraron cumpliendo con su misión, viviendo por fin, porque yo sé que él había estado esperando todo este tiempo para vivir. Lo imagino escribiendo sobre el golpe, lo imagino como una molestia, una amenaza para los militares. Como un ídolo para los derrotados. El viejo dio una pitada al cigarro. Me gusta imaginarlo siendo conducido a un calabozo por un grupo de soldados que quieren sacarle información. Como sea, a patadas, a culatazos. Y él firme, manteniendo la boca cerrada, sin darles nada. Eso era lo mejor que podía hacer. Él decidió su vida y sabía que algo así sucedería. Lo imagino tranquilo, viendo como le ponían una pistola en la cabeza para rematarlo. Sabía que había cumplido, que había hecho lo suficiente para vivir. Dentro de todo eso, me gusta imaginar que pensó en los caribúes corriendo en manada atravesando el territorio de los lobos. Imagino todo eso. Imagino que un instante antes de morir, pensó en mí.

Un verdadero héroe
Lo único cierto es que Romerito desapareció. Dos días después del bombardeo a La Moneda.
Aunque no me creas, yo supe desde que llegamos que algo así ocurriría.

Exactamente, todo empezó cuando mataron Arturo Araya. El tipo era el edecán de Allende y esa fue la primera señal de que el golpe estaba cerca. Se lo comenté a Romerito, pero no hizo caso. La segunda señal fue la renuncia del general Prats. Debiste verlo. Ese fue un triunfo de las mujeres. Se plantaron en la puerta de su casa y no dejaron de joderlo hasta que renunció. Romerito dijo entonces que ya había empezado.

Empezó, chino, ahora se juega el destino de Chile. Y de alguna manera, también nuestra suerte, dijo Romerito.

Yo sabía que nuestra suerte estaba jugada desde el inicio del viaje. Pero reconozco que, por un momento también lo quise, quise estar ahí, en el lugar correcto, en el momento correcto, porque Chile era el centro de Latinoamérica, como Rusia era el centro de Europa en la revolución. Y porque Romerito tuvo razón: estaba vivo, y estar ahí era la prueba de eso. Pero todo tiene su final y, en este caso, el final era ese. Cuando matan al edecán del presidente, puedes estar seguro que van a matar a cualquiera. Al primero, al presidente. Allende debió saberlo. Tenía que saberlo. Igual que Romerito lo sabía. Aún así, él decidió quedarse. Y, como te dije, ahora entiendo por qué. Nunca, como en esos años que estuvimos en Chile, vi a Romerito tan entregado a la vida, tan decidido a actuar. Nunca lo vi tan dispuesto a morir. Porque cuando uno vive tan decididamente es porque sabe que la muerte puede llegar en cualquier momento. Y desea dejar su contribución en el mundo, la marca de que pasó por aquí. Cumplir su vida. Todos queremos cumplir con la vida, la vaina es cómo queremos hacerlo. Romerito estaba convencido que después de cumplir, tenía que morirse.

Y sospecho que así fue.

Si quieres saber las razones de por qué estoy seguro de que lo mataron, son muy puntuales. Apenas llegamos a Santiago, nos vinculamos directamente con obreros, empleados menores, y por ellos nos contactamos con las comunas  que bordean la ciudad. La actividad política era feroz, y Romerito estaba decidido a cumplir con el papel que había cumplido John Reed en la Rusia revolucionaria. Él no fue un observador imparcial, él no fue simplemente un periodista, decía Romerito. También fue historiador, fue sociólogo y fue un actor de su época. Escribir era el producto de decidir, dijo Romerito.

Aquí está la historia, chino, decía. Y si tenemos que morir persiguiéndola, créeme que valdrá la pena.

Y así acabó. Lo último que hicimos juntos fue entrevistar a Pinochet. Quién diría que sería él, justamente él, quien liderara a los golpistas. Pinochet reemplazó a Prats como hombre de confianza de Allende. Y cuando le preguntamos por los rumores de una conspiración, de un golpe de Estado encabezado por los militares, Pinochet dijo que no tenía información al respecto, pero que su fidelidad al orden constitucional era firme. Romerito no se quedó tranquilo. Ahí intuyó algo.

Qué cosa entenderá un milico por orden constitucional, dijo.

Le quiso preguntar por el otro general, por Merino, pero Pinochet nos miró fijo a los ojos y nos preguntó para qué medio trabajábamos. Para ninguno, dijo Romerito, somos reporteros peruanos. Pinochet dijo que ya lo sabía por el dejo. Y agregó que las cosas se podían poner feas en Chile, que no era una amenaza ni un contrasentido con su primera declaración, que nadie podía dudar de su fe en la Constitución, pero que las cosas se podían poner feas. Y que nos fuéramos. Y ya sabes que yo creo en el azar y a la tercera va la vencida. Romerito me pidió quedarme. Me lo pidió hasta que el mismo día que me fui. Ya habíamos arriesgado mucho, le dije.

Primero con el gobierno, somos muy cercanos, todos nos conocen. Si el golpe lo dan los militares estamos jodidos, todos nos han visto, saben que investigamos, saben que somos rojos, aunque yo no lo sea, pero eso no creo que les importe mucho. Segundo, las comunas. Poco nos falta para ser agitadores políticos. No, Romerito, aquí nadie garantiza nada. Menos tú. Y lo sabes.

Entonces me fui. Estuve en el lugar correcto, sí, pero también supe irme en el momento correcto. Me fui en agosto. En quincena. Casi un mes después, los militares tomaron La Moneda, Allende murió y, con él, todos aquellos que habían sido visibles en los tres años de su gobierno. Romerito desapareció dos días después. Lo sospecho porque fue dos días después la última vez que pude hablar con él. Era un buen tipo. Un verdadero héroe, creo. Ni John Reed, o Jack como lo llamaba cariñosamente, hizo tanto como él. Vivió en esos tres años más que cualquier hijo de vecino de treinta y murió, imagino, como nadie quiere morir a los treinta años.

En fin, amigo mío, esta historia no tiene pierde. A partir de ahora, lo dejo en tus manos. Puedes hablar con el viejo de Romerito, luego te diré cómo encontrarlo. No sé por qué creo que tú podrás hacer algo. Por lo menos serás uno más que lo recuerde. No dejarás que la historia lo olvide.

Segunda carta

Santiago, noviembre de 1982

Sr. Ugarte

No hemos recibido comunicación alguna donde nos informe sobre la naturaleza de su investigación. Esta situación nos ha obligado a hacer nuestras averiguaciones y confiamos en su buen juicio. Sabemos que su investigación gira en torno a la desaparición del periodista Carlos Romero y da por sentado que el ejército chileno es el responsable. Pero debemos informarle, sr. Ugarte, que el periodista a quien investiga no murió. No está muerto. Está desaparecido. Desapareció antes de iniciarse el proceso de la normalización de la vida democrática chilena, según la información que hemos podido recolectar. Está usted investigando a un fantasma. Además, el ejército chileno no tiene ningún interés en sancionar a un periodista peruano. Somos muy respetuosos de la vida, que quede claro.

Sin embargo, sr. Ugarte, quisiéramos de todos modos, hacer una acotación. No faltan en estos tiempos personas que, como usted, buscan cuestionar las acciones heroicas del ejército chileno a partir del descubrimiento de tristes personajes que no existen para el mundo. Personajes anónimos. Pareciera que quieren escribir la historia de nuevo. Pero olvidan que la historia la escribe el vencedor. Olvidan que contra eso nada pueden hacer. Muchas veces la juventud intelectual se empeña absurdamente en cambiar el mundo y en criticar la historia. Pero muchas veces ha ocurrido que, ya adultos, se arrepienten de lo que intentaron hacer. No vaya a suceder lo mismo con usted. 

Por eso, sr. Ugarte, porque confiamos en su buen juicio, le sugerimos que desista de su investigación.

Atte.

 
 
 
© Rómulo Torre Toro, 2011
 
Rómulo Torre Toro(Lima - Perú, 1987):Estudia Literatura en la UNMSM. Ha participado en Textura: Mercado ambulante de cuentos. Acaba de obtener una mención honrosa en el concurso de cuentos  de los Juegos Florales de la Universidad Ricardo Palma. Actualmente colabora con el blog Germinal (Política-Actualidad-Cultura) y es reseñista en la Bitácora de El Hablador.
 
 
 
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