Nº 20
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José Rosas Ribeyro
  Mira lo que has hecho de mí *
 

A Blanca Varela, en memoria

Y ya están durmiendo y roncando. Ariel ronca con sonido de tormenta y vientos huracanados. Artemio como que ilustra sus sueños con el suave pitar de sus ronquidos. Y Artemisa, le bella Artemisa de blanco pelaje con jaspeados dorados, duerme a pierna suelta y no sé si ronca o ronronea. Y yo, yo no duermo. Me he sentado al lado de la mesa donde descansan los platos y cubiertos de la cena, los vasos y botellas de la cena,  los restos de la cena que les serví hace horas y que todos se tragaron entre conversaciones y risas. Antes de sentarme a descansar un rato, me fui a verlos. A Ariel, a Artemio, a Artemisa, fui a verlos antes de que se durmieran pero cuando entré a verlos ya estaban durmiendo. No sé qué buscaba al ir a verlos, si es que buscaba algo. Y qué decir sino que de Ariel, desde hace tiempo, ya no espero nada, ni siquiera una palabra de agradecimiento. De Artemio, a ver, bueno, no quiero que me agradezca nada, sólo que me quiera como cuando era chiquito y yo lo llevaba conmigo a todos los países a donde íbamos. Y de Artemisa, la reina de las gatas, mi reina adorada que ya estará viejita con sus quince años, me basta con que me lama las manos cuando la acaricio y que se frote de placer contra mi piel siempre mirándome con sus ojos azules como estrellas. Y pensar que este Ariel que ronca como un huracán es el hombre de mi vida. El único hombre de mi vida. Nos conocimos cuando estábamos aún cursando la secundaria. Quinto año los dos. Yo tenía un programa para jóvenes en una radio chiquita y quería estudiar para ser periodista. Ariel me enamoró diciéndome que él iba a ser filósofo, lo cual me pareció muy chistoso porque allá en mi tierra no hay de eso. Hay abogados, hay médicos, hay ingenieros, hay curas, hay antropólogos y sociólogos, pero no hay filósofos. Y, sin embargo, me gustó que Ariel me enamorara diciéndome que iba a ser filósofo. Debió parecerme original. Y eso de filósofo le aportaba un rasgo diferente, suplementario, a la cara zorruna de Ariel. Le daba seriedad, profundidad, amplitud o algo así. Y sin darme cuenta me enamoré de él. Yo no sé hasta ahora si Ariel estaba de verdad enamorado de mí. En esa época, como quería ser filósofo, hablaba siempre enrevesado. No decía “te quiero” o cosas así. Nunca. Sino que se ponía a perorar sobre el amor en la conciencia humana y me enrollaba en ello sin que yo pudiera percatarme si se me estaba declarando o qué. Teníamos diecisiete años. O sea, más bien, él diecisiete y yo dieciocho, pero yo le mentí para que no me considerara muy vieja y dejara de hablarme rarito y ya ni me mirara. Salíamos por las tardes a pasear o tomar helados y él me llevaba de la mano y yo estaba como orgullosa de andar por la ciudad de la mano de un futuro filósofo. Y él podía pedirme mil veces que no lo llamara filósofo delante de todo el mundo, delante de mis papás y de los suyos, porque aún no había estudiado suficiente filosofía, sólo el manual de Politzer, en lo que respecta al marxismo, y un librito sobre Heráclito y la dialéctica, y un filósofo así, decía, con tan pocas lecturas, como que era ridículo. Y en eso él siempre fue muy modesto, y sólo aceptó que lo presentara como filósofo cuando defendió su tesis en la universidad y se la aprobaron. Años pasaron hasta llegar a ese dichoso día. Años en que hizo, por cierto, otras lecturas. Años que pasamos juntos. Y como él hablaba más bonito que yo y sabía más cosas que yo le propuse un día que se encargara del programa de radio y como el director de la radio aceptaba siempre lo que yo le pedía, pues estaba medio enamorado de mí, Ariel me reemplazó y el programa tomó nueva vida. Se puso a invitar a escritores y a artistas. Algunos eran viejos y los había conocido en reuniones a las que yo no iba, pero la mayoría eran jóvenes, como nosotros, y recién habían publicado una que otra cosa. Y así, él que venía de un pueblecito de la selva y que en la capital no conocía casi a nadie, se fue relacionando, haciendo amistades. Y se fue codeando con los intelectuales que suelen frecuentar a los filósofos...

¡Ay, me duelen los pies de tanto trajinar! Me puse a cocinar desde temprano para que todo estuviera ya listo cuando llegaran los invitados. Y cuando los recibí Ariel no estaba. Había ido a comprar algo, no recuerdo qué, y yo tuve que recibirlos. Recibí a Felipe, que llegó con Milena Santa María. A Felipe lo conozco de hace mucho tiempo porque es uno de esos escritores jóvenes que Ariel invitó cuando yo le dejé el programa de radio. Era entonces un flaquito pelucón y medio tímido que se las daba de malo. Y ahora es un gordito que se ríe mucho no porque sea feliz sino porque anda siempre nervioso. Por lo menos es lo que me parece. Aunque si Ariel supiera que estoy haciendo ese tipo de suposiciones me diría que me calle, que siempre deduzco tonterías. A la señora Santa María no la conozco. Es decir, no la conocía de antes y hasta cuando se fue con Felipe, a las dos de la mañana, no la había llegado a conocer ni un poquito. Después de ellos llegaron dos parejas, que yo tampoco conocía, y cuando ya estaban todos les pedí que pasaran a la mesa. Yo había preparado siete lugares en la mesa. Y cuando Felipe se dio cuenta de que no había silla para mí quiso cederme la suya. Y haciéndose el gracioso se puso detrás de la silla donde estaba la señora Santa María y dijo que él era un ángel guardián y que tenía alitas y dibujó sus alitas en el aire con las manos encima de sus hombros. Y como era un ángel guardián tenía que estar detrás de Milena, de pie, para protegerla. Y así, además, quedaba libre un sitio y yo podía sentarme a la mesa. No, no, le dije, yo no me siento con ustedes, yo voy a atenderlos, no te preocupes. Y lo mismo dijo Ariel, que no se preocupara, que a mí no me gustaba sentarme con los invitados, que así era y estaba bien. Y entonces Felipe volvió a su lugar y se sentó. Y empezó la cena. Y ya eran como las diez de la noche...

Lo que son las cosas. Ya llevaba yo saliendo como un año o poco menos con Ariel cuando me dijo un día, así de repente, que quería acostarse conmigo. Me lo dijo fríamente, como supongo que dicen las cosas los filósofos. Estábamos tomando un té, afuera lloviznaba y hacía frío. Hablábamos o, mejor dicho, hablaba él, porque lo que es yo prefería callarme y escucharlo. Y de repente, sin besos ni caricias apasionadas, sin preámbulo ni nada me dijo que quería acostarse conmigo. Recuerdo como si fuera ayer que utilizó el verbo acostarse y no hacer el amor o algo por el estilo. Quería acostarse conmigo y yo acepté. Y él, como si ya supiera de antemano que yo aceptaría, pagó el té, me tomó de la mano, como siempre por la calle, y me condujo a una habitación allí en el centro. Él vivía con sus padres en un barrio periférico, en un departamentito al lado del comercio que tenían, una tiendita en la que se vendía de todo un poco. Y por eso yo sabía desde que llegamos que ese lugar no era su casa. Y le pregunté que quién vivía allí y él muy lacónico me respondió que un amigo. Hacía frío. Y recuerdo que me daba mucho frío desnudarme. Y también vergüenza porque él nunca me había visto desnuda ni yo a él tampoco. Frío y vergüenza y unas ganas tremendas de salir corriendo de allí y volver a mi casa. Sin embargo, él ya estaba enfrente mío desnudo como un perro incaico. Lo vi flaco, mucho más flaco de lo que hubiera podido imaginarlo. Y con la cosa ésa colgándole al medio, entre los muslos flacos. No me quedó nada más remedio que desnudarme. Qué más podía hacer. Yo había aceptado acostarme con él. Y para eso estábamos allí. Y entonces corrí al baño. Y hacía más frío aún en el baño que en el dormitorio, pero igual me saqué la ropa. Y muerta de miedo, de frío y de vergüenza corrí hacia la cama donde él ya estaba metido. Y me zambullí entre las sábanas. Un ratito después se me montó encima y me dijo que abriera las piernas. Y yo le obedecí. Y abrí las piernas. Y él metió su cosa que se había puesto dura de repente. Y yo sentí un dolorcito, casi nada. Un ardorcito. Y al rato él se tumbó hacia un lado y me dijo que teníamos que vestirnos rápido porque el amigo que vivía allí ya debería estar por llegar. Corrí al baño a vestirme y cuando salí él estaba exactamente igual a como estaba cuando habíamos llegado. Un traje gris, desteñido, una camisa blanca, percudida, unos zapatos negros, muy gastados, y un diente de oro que se asoma debajo de su bigote ralo. Llevándome de la mano, como siempre, me acompañó a mi casa. Si bien en mis sueños mi primera noche de amor no se parecía en nada a lo que acababa de vivir, por lo menos no había sufrido dolor ni me había desangrado. Y eso ya es algo, porque algunas amigas me habían dicho que dolía mucho perder la virginidad y que la sangre que salía convertía la sábana en una arrugada bandera japonesa. Y aquí ni bandera ni ternura ni sueño ni nada. Un filósofo es diferente a los demás incluso cuando hace el amor, me dije. Y por eso lo quiero…

He estado sirviendo a los señores durante más de tres horas. Y ellos hablaban, a veces todos juntos o a veces por grupos de a dos o de a tres. Ariel planificaba con la señora Santa María su participación en un coloquio internacional que tendrá lugar dentro de seis meses en la ciudad de donde soy yo y donde conocí a mi marido. El se irá para allá, una vez más, por algunas semanas, y yo me quedaré en casa con Artemio y Artemisa, que felizmente que los tengo porque si no fuera así qué sola que estaría. Mi hijo es un encanto y la gata también. Artemio dice que cuando su padre y yo seamos viejitos (él dice así: viejitos), a Ariel lo va a poner en un asilo de ancianos para que se muera ahí y a mí me cuidará en la casa siempre, hasta que me vaya al cielo. Así dice. Ya en ese momento Artemisa estará muerta porque ella ya ahora está viejita y tiene los achaques de la edad que yo tendré más tarde o más temprano. Mi hijo es un encanto, mi único hijo hombre, el que siempre ha estado conmigo, en todas partes. Pero Artemio no estaba hace un rato, durante la cena, porque había salido al cine con unos amigos y se llevó los patines puestos pese a que a mí me angustia que ande por las calles en patines cuando es de noche. Él no estaba, pues, cuando en medio de la conversación Felipe se puso a citar a una poeta. No sé en qué contexto ni por qué lo hizo. Y no sé tampoco qué decía exactamente el poema que citó ni cómo se llama la autora. Sólo he retenido más o menos una frase, un verso o un fragmento de verso. Unas palabras, siete palabras, que se me metieron dentro de la carne como si juntas no constituyeran una frase o un verso sino una flecha ardiente. Y la flecha me hirió profundamente, en las entrañas, y la herida me duele todavía, aquí en el pecho, aquí sentada en esta silla, con las piernas desplegadas y los pies triturados por el cansancio. Mira lo que has hecho de mí, dijo Felipe citando a la poeta, mira-lo-que-has-hecho-de-mí. Y lo sentí hondo, hondo, como si me hubiera atravesado la piel, la carne, la grasa e incluso el alma. Lo siento todavía. Y siento un dolor vivo, un dolor que hierve y que me arde. Y tengo ganas de repetirle el verso a Ariel mientras duerme y ronca y sueña vaya Dios a saber con quién. Mira lo que has hecho de mí, repetírselo mil veces, ¡mira lo que has hecho de mí! Y removerlo con fuerza en la cama y hasta darle golpes con los puños. Mira lo que has hecho de mí…

Te acompaño a casa, quiero hablar con tus padres, me dijo una noche Ariel después de ver una película. Y yo me quedé sorprendida porque sus palabras y el tono con que las dijo daban la impresión de solemnidad. Es verdad que él siempre es un poco solemne, y debe de ser porque los filósofos son solemnes y dicen siempre cosas importantes, pero igual sus amigos se burlan de él y le dicen que hable normal de vez en cuando y que se deje de solemnidades y huevadas. Así dicen, huevadas, porque Ariel tiene amigos que dicen groserías y hablan fuerte y cuentan chistes colorados. Y son amigos que nunca están con traje ni se ponen corbata, nomás bluyín y zapatillas y camisas de colores o camisetas con inscripciones raras. Pero esa vez Ariel estuvo más solemne que nunca y me acompañó, llevándome, como siempre, de la mano, aunque en silencio, sin decir ni una palabra más y como concentrado en lo que le diría un rato después a mis padres. Y tanta solemnidad se justificaba de sobra porque lo que Ariel le dijo a mis padres era que quería casarse conmigo, o sea, les pidió mi mano, y ellos me preguntaron a mí que qué pensaba, y yo les respondí que si a ellos les parecía bien y Ariel quería realmente casarse conmigo, entonces yo estaba de acuerdo. Y después, justo por la mañana del día en que nos casamos, un análisis de orina me informó que estaba embarazada. Y yo no se lo dije de inmediato a Ariel porque pensé que con la ceremonia y todo eso ya estaría bastante preocupado. Y me guardé el secreto aún varias semanas y sólo se lo revelé cuando me di cuenta de que la barriga empezaba a hinchárseme. La noticia de mi embarazo la recibió con calma, sin dar signos de emoción ni de nada. Y cuando supo, porque la vio, que el bebé era una niña, igual se quedó imperturbable. Con las justas la tomó unos segundos en brazos y luego me la devolvió. Padre de una niña, Ariel proseguía sus estudios en la universidad y sólo trabajaba unas pocas horas a la semana corrigiendo un semanario político que sacaba uno de sus amigos, al que se le había metido en la cabeza que un día sería presidente de la república. Yo, en cambio, dejé la facultad de pedagogía para poder trabajar a tiempo completo y ocuparme de la niña que teníamos, Rosaura. Y luego de la que vino después, Rosalía. Y así fueron pasando los años, él se graduó, obtuvo una beca, y cuando la mayor de las niñas tenía seis años, viajamos por primera vez al extranjero. Fuimos hacia el norte, a un país que me gusta mucho porque se parece al mío pero en más canalla. Y estando allí se vinculó con un filósofo local, ya muy viejo, el cual medio que lo adoptó porque se había quedado solo al perder a su mujer y a su hijo en un accidente. Y al adoptarlo lo vinculó con gentes influyentes y estas gentes influyentes le dieron la posibilidad de entrar a trabajar en un organismo internacional y así hasta hoy…

Me he levantado para ir a ver cómo duerme Ariel. Y tengo ganas de despertarlo y decirle mira lo que has hecho de mí. Y a la vez me tienta la idea de aprovechar su sueño para ahorcarlo o mejor para apuñalarlo o asfixiarlo con una almohada, como hacía un señor con su esposa en una película que vi hace poco. Cuando pienso o cuando me pongo a recordar no logro nunca precisar cómo fue que empezó mi caída. Y tampoco cuándo. Me acerco a su cuerpo que duerme boca arriba. En medio de la oscuridad brilla su diente de oro con un reflejo que viene de la calle, de un farol encendido. Pongo mis manos sobre el cuello de Ariel. Podría apretar fuerte pero no lo hago. El se da vuelta perturbado seguro por mis manos y me deja ahora la nuca a disposición. Podría salir, coger el martillo, regresar, y destrozarle el cráneo con un buen golpe, pero no lo hago. Ya no ronca. Cuando duerme sobre el vientre Ariel nunca ronca. Un médico le dijo eso, justamente, que durmiera bocabajo así dejaría de roncar y evitaría las pesadillas. Y ahora que le veo sólo la nuca y una parte de los hombros casi que me hace falta el sonido de tormenta y los vientos huracanados de sus ronquidos de hace un rato. Podría dejar caer mi cuerpo sobre el suyo, me digo, apretarme a él y murmurarle quedito al oído, para no despertarlo, mira lo que has hecho de mí, mira-bien-lo-que-tú-has-hecho-de-mí. Y llorar un buen rato, hasta que amanezca…

De ese país del norte volamos hacia aquí. Nos quedamos varios años, estuve de nuevo encinta y le di un hermano pequeño a Rosaura y Rosalía. Y de aquí tuvimos que irnos otra vez porque a Ariel lo enviaban al trópico por una temporada que probablemente sería larga. Dejamos a las chicas en esta ciudad y ellas, entre el internado de monjas y la ayuda de algunos amigos abnegados, superaron la infancia y la adolescencia sin mayores problemas. Puede ser que alguna vez se hayan sentido solas, puede ser que les haya faltado amor de madre, puede ser que para ellas la idea de padre no tenga una materialización muy concreta, pero pese a todo han sido chicas normales. Hicieron estudios, consiguieron trabajo, se casaron con hombres respetuosos, se fueron a vivir a las afueras para tener más espacio y un jardín para los chicos porque, con el transcurrir de los años, me han hecho abuela cinco veces. Y, bueno, dejamos aquí a las chicas y Ariel y yo nos fuimos al trópico llevándonos a Artemio de pocos meses. Mi hijo ha sido mi compañía y mi consuelo durante todos estos últimos años. ¡Sin él qué sola que hubiera estado! Durante el tiempo que vivimos aquí y las niñas crecían, aprendí a rebelarme, a no quedarme callada. Ariel es un filósofo que quiere estar siempre bien con todo el mundo, lo cual me parece raro en un filósofo. Y desde que estamos fuera ha apoyado a todos los gobiernos de nuestro país natal, civiles o militares, de izquierda o de derecha, él dice que porque todos tienen algo de bueno y algo de malo, pero yo creo que lo hace por puro oportunismo. Cosas como ésas aprendí a decírselas en público, delante de sus colegas y sus amigos. Aprendí a atreverme a criticarlo. Y una vez que estuve bien segura en mi mirada crítica de él, comencé a verle sólo defectos. Me acostumbré a tratarlo delante de todo el mundo de mentiroso, de mediocre, de plagiario, de mal padre y peor marido, de hipócrita, de traidor, de servil, de cortesano… Y él, casi siempre silencioso ante mis acusaciones, me miraba entre condescendiente y burlón, y sonreía como para lucir su horrible diente de oro. Su mirada y su sonrisa querían decirles a los demás, sin palabras, que yo estaba loca, y que como loca que estaba no debían dar crédito a los horrores que salían de mi boca. Nunca se inmutó, incluso cuando empecé a tratarlo de maricón, de imbécil, de impotente, de sucio, de vicioso… Y él siempre silencioso, mirándome de lado y sonriendo y como queriendo que mi locura se reflejara en su diente de oro. Algunas amigas se solidarizaron conmigo: si es así porqué no lo dejas, ese hombre no te merece, deberías poner punto final a la relación con él y reconstruirte, me decían. Y no obstante, las veía después conversando con él como si nada y riéndose de sus chistes malísimos. Reconstruirse era la palabra de moda en aquel momento. Las mujeres habíamos sufrido las de Caín (¿por qué no las de Abel? ¿No fue acaso a él a quien mataron?) en la sociedad patriarcal, pero había llegado el momento de nuestra revancha. Y como el fin siempre ha justificado los medios, todo valía para vengarse. Algunas denunciaron a los maridos de terribles maltratos o de abusar de los niños sólo para que fueran a dar con sus huesos a la cárcel y al salir fueran mansos corderos o verdaderos criminales. Y en ambos casos la revancha era satisfactoria y se había dado un paso más en la lucha frontal contra el patriarcado. Pero yo no podía hacer eso con mi marido filósofo, por mal marido que fuera y mediocre filósofo. Yo sólo podía insultarlo, ponerlo en ridículo, mostrar a la luz pública sus debilidades, aunque eso finalmente fuera como un bumerang que gira en el aire y se estrella en la cabeza de quien lo ha lanzado. Y creo que ante los amigos y los conocidos yo pasé a ser la loca que deliraba, la mujer incontrolable que daba pena, la hembra frustrada que no aceptaba envejecer, la candidata a la menopausia y la osteoporosis, males inminentes cuyos estragos empezaban a manifestarse en mi desordenada actividad cerebral. Y Ariel, en cambio, era visto como el marido paciente y amoroso que comprende la tragedia hormonal y psicológica de su mujer y no hace mayor caso a su verborrea delirante. Él, el serio y el aguerrido, yo, la loca y la frustrada; él, el bueno de la película, el altruista, yo, la pérfida, la egoísta. Y porque las cosas iban así, cuando salí encinta de Artemio fue como un milagro. Al trópico me fui con él chiquito, y con él pude consolarme de mis frustraciones, y así la indiferencia de Ariel me dolía mucho menos…

Salgo de la habitación donde Ariel duerme como un recién nacido. Me dirijo a la cocina para meter la vajilla en la máquina lavaplatos. Artemisa se ha despertado al sentirme pasar y me ha seguido. Viene a mi lado. Frota su suave pelo contra mis piernas. Me agacho para acariciarla y veo con espanto mis venas varicosas. Me pesan las piernas como si fueran de piedra o de plomo o como si por mis venas circulara no sangre sino mercurio. Jalo una silla y me siento. La gata salta sobre mi regazo para buscar más caricias mías. Y yo la sobo, la palpo, la recorro, la espulgo. Artemisa, mi gata viejita, mi fiel compañera. ¿Sabes que me dan celos cuando te pones contenta con las caricias de Ariel? A mí el muy maldito nunca me ha demostrado ni la más mínima ternura. Y cada uno de mis hijos, los tres, son el resultado de una montadita sobre mí, rápida y eficaz, y una eyaculación consiguiente de la que sólo me he dado cuenta recién cuando Ariel gime como si lo estuvieran estrangulando y se deja caer hacia un lado liberando mi cuerpo de su peso. Las únicas caricias que conozco son las de Artemio. Él sí que me quiere. ¿Tú me quieres gata mañosa? A veces creo que eres una piruja que con cualquiera te satisfaces. Y entonces, a pesar de que te quiero, me das rabia, pinche gata. Bueno, bueno, ya basta de caricias, me esperan estos platos, los cubiertos y todo lo demás que está aún sobre la mesa. Y ya es tarde. Y de madrugada tendré que salir corriendo hacia la estación para tomar el tren de cercanías. Y media hora después llegar sin aliento a donde Rosaura para ocuparme de las niñas, mis nietecitas, que tanto me necesitan cuando en este país tan raro todo se va al carajo, y los maestros no trabajan y las asistentas de las guarderías tampoco y una tiene que correr como una loca con el riesgo de romperme el tobillo o las rodillas si doy un mal paso en el empedrado de mierda de la calle que va de la estación a la casa de Rosaura. Ya basta de calentura gata lujuriosa, tengo cosas que hacer. Yo no soy como tú que te la pasas sobajeándote con todo el mundo en busca de placeres…

Cuando nos fuimos al trópico Artemio era un bebito que me mamaba los pechos con  un hambre que había heredado de sus antepasados. Quiero decir, por el lado del padre, porque en su familia siempre fueron unos muertos de hambre, unos selváticos que sólo tragaban mandioca y las frutas que se caían de los árboles. Mi familia no, en mi casa siempre fuimos de clase media, como mi abuela y mi abuelito. Y bueno, ahí andaba yo sudando la gota gorda con el bebé colgado de mis tetas en la isla tropical donde mi filósofo de marido cumplía funciones importantes. Por lo general, él se iba por la mañana y no volvía hasta la noche, a veces oliendo a ron o a perfumes repugnantes. Y yo o me quedaba en casa mirando interminables telenovelas que ya ni siquiera me hacían llorar, o me iba a pasear por el malecón o por las calles estrechas del casco viejo. Me iba con Artemio en brazos y cuando lloraba o se incomodaba le metía un pezón en la boca y él se tranquilizaba y yo me contentaba con el placer ligero que me provocaba su succión hambrienta de mi seno. Algunas veces lo dejaba con una vecina, una negra gorda que acababa de parir y tenía las tetas como ubres de vaca y producía leche suficiente para sus dos críos pequeños y también para el mío. A cambio de estos cuidados, yo le procuraba, en las tiendas exclusivas para residentes extranjeros y turistas, algunos productos inexistentes en las libretas de racionamiento: carnes en conserva, galletas rellenas y una bebida marrón que vuelve locos a los isleños… Y cuando salía a vagabundear sin el nene veía lo que no debería ver. Había cientos de mujeres semidesnudas, de todas las edades y contexturas pero la mayoría jóvenes y bastante bonitas, que merodeaban alrededor de los hoteles para cazar turistas y ganar dólares con los atractivos de sus cuerpos. Y también muchachos, sobre todo chicos, sí, pero alguna mujer había, cientos de muchachos, y también algunos no tan jóvenes, que en algunos lugares más o menos escondidos, pero siempre cerca del mar, construían embarcaciones extravagantes. Vi con mis ojos el arca de Noé como me la imaginaba de niña, un antiguo Cadillac transformado en vehículo acuático, la balsa Kon Tiki reconstruida pieza por pieza, y diferentes objetos flotantes fabricados con mayor o menor ingenio utilizando maderas viejas, botellas y bidones de plástico de formas y tamaños variados y muchas, muchísimas, cámaras de neumáticos, algunas enormes. Todo eso, ensamblado, debía permitir flotar y avanzar por el mar como navíos, hasta que la isla tropical se convirtiese en una borrosa imagen del pasado.  Yo lo vi con mis propios ojos. Yo vi que toda esa gente quería huir del paraíso isleño. Y un domingo por la tarde, mientras Ariel tenía a Artemio en brazos (una vez no es costumbre) le comenté lo que había visto, le conté mis vagabundeos por el malecón y el casco antiguo. Le describí a las mujeres semidesnudas y a las gentes que se las ingeniaban para transformar los desechos en embarcaciones. Y le dije que no era así el paraíso que me habían descrito, que no era así el mundo maravilloso en que íbamos a pasar varios años. Durante un rato me escuchó silencioso. Su cara de zorro se humanizaba un poco con su sonrisa condescendiente y el brillo del diente de oro bajo el sol del trópico. Y de repente, sin que yo me lo esperara, estalló. ¡Cállate!, gritó. ¡No vuelvas a decir esas cosas! ¡Estás loca, son alucinaciones! ¡Si vuelves a abrir la boca te dejo y me quedo con Artemio! ¡Ya lo sabes! Y entonces me callé, ya no dije más nada. Seguía paseando por el malecón y las calles del casco antiguo pero ya no veía nada. Sólo escuchaba el quejido del mar, el silbido del viento, la risa de la lluvia, el laberinto sonoro de las calles, y la mezcla polifónica de las radios. Y veía sombras de cuerpos, coches de otros tiempos, extraños objetos con velas o motores, bicicletas que parecían pesar una tonelada, cosas todas cuya utilidad me tenía sin cuidado. Yo vagaba como una zombi por la ciudad, respiraba el aire marino, y mientras tanto, Yuridia, mi vecina negra con pechos abundantes, aplacaba el hambre voraz de mi pequeño Artemio. Estuvimos cuatro años en el trópico. Cuatro años de silencio para mí. Cuatro años en los que el único hombre de mi vida fue mi hijo. Cuatro años en los que mi única amiga fue Yuridia. Una amiga a la que yo escuchaba parlotear como cotorra y a la que yo respondía con una dosis mínima de palabras. Y así fue hasta que volvimos aquí y nos quedamos para envejecer sin remedio. Las chicas habían crecido, ya eran señoritas y tenían arregladas sus vidas sin nosotros. Y pronto se irían a vivir a otro sitio, se casarían, tendrían hijos y todo eso. Por eso acepté la gata cuando me la propusieron. Era ultra pigricia, un pedacito de pelos palpitantes y unos bigotes casi tan largos como su cuerpo. La acogí en casa, le puse Artemisa sin pensar que ese nombre se parecía un poco al de mi hijo. Artemisa como la hija de Zeus y Leto, hermana melliza de Apolo, una diosa luna que me alumbraría el alma en las noches de tristeza y melancolía…      

Tengo tanto que hacer todavía, hay tanta vajilla sucia y el piso está asqueroso. Y cuando termine todas las tareas que me faltan no me quedará tiempo ni para dormir dos horas. Rosaura me estará esperando preocupada, mirando la hora a cada rato en el reloj pulsera, preguntándose si yo llegaré a tiempo para ocuparme de las niñas y poder ella salir a la carrera hacia su trabajo. Si alguien me viera ahora me diría seguro que deje la vajilla y la limpieza para más tarde. Que me tumbe ya ya en la cama y trate de dormir unas cuatro horas. Y es verdad, eso es lo que debería hacer. Y lo que hubiera hecho tal vez en otra época. En aquel tiempo en que yo hablaba y le decía a Ariel sus cuatro verdades. Pero ya no es así. Desde que  volvimos de la isla yo me callo. Y ahora es incluso peor que antes, porque si Ariel despierta y ve que la casa es un chiquero, me coge de los pelos y me pone en la calle. Ya me lo dijo: tú aquí te ocupas bien de las cosas o sino te vas. Sola o con tu hijo pero te vas. ¿Entiendes? Rosaura o Rosalía quizás puedan aguantarte sin hacer nada, pero aquí no. Aquí estás para servir. Sólo para así eres útil. ¿Entiendes? Y yo sé que no habla por hablar. Porque a mí no me necesita ya para sus cochinadas. Tiene otra mujer, más joven, y con ella seguro que se acuesta y gime como un ahorcado. A mí, para eso, hace tiempo que me ignora. Y mejor así. La última vez que me metió su cosa ésa fue cuando me puso encinta de Artemio. Y ya, se acabó la vida sexual, si se puede llamar vida sexual a lo que hubo entre nosotros durante todos estos años, lustros, décadas. Si quieres seguir conmigo haces el servicio, me dijo muy clarito en cuanto desembarcamos aquí para quedarnos. Yo trabajo y tú me sirves o sino te vas a la calle y te las buscas. Y yo acepté. Por mis hijas, para que no vieran otro matrimonio deshecho, como tantos que conocieron cuando iban a la escuela. Por mi hijo, por mi Artemio, para que pudiera proseguir sus estudios sin problemas económicos, aunque al padre no le guste lo que hace. Mi hijo estudia decoración de interiores, es muy delicado y medio artista, y a mí me gusta mucho que sea así, suave y delicado, amoroso con su madre a más no poder, sensible y tierno y dulce con sus hermanas y sus sobrinos. Ariel dice que Artemio ha escogido una profesión de maricones, pero a mí no me importa, porque está aprendiendo a hacer cosas bonitas y no a hablar enredado y difícil y con tono solemne como los filósofos. Bueno, gata, ya sal de aquí, que el trabajo no se hace solo. Se acabaron las caricias pinche gata piruja. Que te las vaya a hacer Ariel, anda, despiértalo con un maullido. Zafa de aquí, te digo, Artemisa, gata puta, vete. Vete con Ariel, vete, vete. ¿Que no quieres irte? Bueno, quédate, suéltate toda, deja que te acaricie de nuevo. ¿Te gusta? ¿Ronroneas a tus anchas? Bien, bien. Ya vas a ver. El que ronronea último ronronea mejor. ¿A ver ese cuellito lindo de mi gatita querida? Lo acaricio un poco, mucho, y luego aprieto, aprieto, con fuerza, aprieto. ¿Ya no ronroneas pinche gata? Ya no irás como una puta a mendigar las caricias de Ariel…

Yo me dedicaba a mi casa, que esté siempre muy limpia y ordenada, impecable, y a mi hijo, para que creciera bien y sin problemas, y a mis hijas y a mis nietos para que estuvieran todos bien y felices, y me quisiesen todos un poco y me necesitaran. Ariel al volver aquí definitivamente fue para ocupar un puesto más importante, de mayor responsabilidad. Ser jefe de algo era el sueño de su vida y el sueño se le ha hecho realidad aquí y hasta que se jubile. Siempre me pareció raro que un filósofo aspirase a ser jefe. Para mí los filósofos eran seres esencialmente críticos, rebeldes, solitarios. Los filósofos, creía yo, nadaban contra la corriente, subvertían el orden establecido, molestaban con sus palabras a menudo incomprensibles. Un filósofo defendía la libertad en toda circunstancia, su libertad de pensar y de escribir, y era un enemigo acérrimo de todo tipo de opresión. Pero no, yo me equivocaba. Me equivoqué, como tantas veces en mi vida, que no es sino una sucesión de errores. A mi filósofo de marido lo hicieron jefe de algo en el organismo internacional en el que trabaja hace mucho tiempo y se quedó contento y satisfecho. Y yo me convertí en su criada. Tener la casa limpia, sus camisas bien planchadas, las corbatas impecables, los trajes como nuevos, los zapatos brillantes. Y también ocuparme de los invitados cuando vienen a cenar, como esta noche, cocinarles y servirles, estar atenta a lo que quieran o necesiten, y no sentarme nunca, no compartir la cena con ellos y esconderme en la cocina cuando necesitara darme un respiro, sonarme la nariz o secarme una lágrima rebelde. Ya van años que me las paso así, sirviéndolo, haciéndome perdonar no sé qué falta. ¿Lo que vi y le comenté en la isla? Muerta de miedo de que un día se ponga furioso  por algo y me expulse de aquí, lo único que tengo. Y así ha sido mi vida hasta esta noche, cuando Felipe dijo, citando a una poeta, mira lo que has hecho de mí, y yo me di cuenta de que Ariel ha hecho de mí un estropajo, un felpudo, y que ya no existo como persona. Ya estoy vieja, no le gusto a nadie. Y nadie, nunca, creo, me ha deseado. Mis hijos están grandes. Tienes que reconstruirte, me decían hace años mis amigas. ¿Será hoy el día de mi reconstrucción?...

La vajilla ya está limpia. La mesa está lista para el desayuno de Ariel. El departamento lo he ordenado. Nadie diría que hace unas horas siete personas comieron y bebieron aquí. El cuerpo de Artemisa reposa sobre una silla. A ella siempre le gustó dormir sobre la alfombra o sobre el canapé, pero ahora su cuerpo está sobre una silla, y la cola y una pata cuelgan por un lado. Mira lo que has hecho de mí, repite en silencio mi cerebro, como los discos esos, negros y grandotes, de antes, cuando estaban rayados. Mira lo que has hecho de mí. Tomo a Artemisa entre mis brazos. Su cuerpo se ha enfriado, los bigotes han perdido su vigor, el pelo que la cubre ya no es suave, parece paja seca. Con la gata en brazos me acerco a la habitación donde duerme Ariel. De nuevo está  roncando con sonidos de tormenta y vientos huracanados. Mira lo que has hecho de mí. Empujo la puerta con un pie. Ya no duerme sobre el vientre. La ropa de cama se ha caído. Se le ve el pecho lampiño porque los primeros botones del pijama se han soltado. Mira lo que has hecho de mí. Tiene la boca abierta. Su diente de oro parece más horrible que nunca. Está amaneciendo y el sol de la madrugada se refleja sobre el oro de su diente haciéndolo brillar como una chispa. Mira lo que has hecho de mí. Los truenos de su respiración se calman por momentos y cuando vuelven a manifestarse lo hacen con mayor potencia. ¡Mira lo que has hecho de mí!, grito a todo pulmón. Y mientras grito le lanzo a la cara el cuerpo muerto de la gata. ¡Mira lo que has hecho de mí!
       
 
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* En 2010, fue finalista del concurso Juan Rulfo que organizan en París, el Instituto Cervantes, el Instituto de México y Radio Francia Internacional. “Mira lo que has hecho de mí” forma parte de un conjunto de relatos titulado No recomendado para señoritas, de próxima publicación.
 
 
© José Rosas Ribeyro, 2012
 
José Rosas Ribeyro (Lima - Perú, 1949). Reside en Francia desde 1977. Antes de París, vivió dos años en México y participó junto a Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño en el proyecto infrarrealista. En Lima, fundó las revistas culturales Estación reunida y Uso de la palabra. Es autor de los libros de poesía: Currículum mortis y Ciudad del infierno, asimismo de la novela País sin nombre. Tiene inéditos el poemario Contemplaciones y el libro de narraciones No recomendado para señoritas. Es responsable de la columna "El búho insomne" en la bitácora de El Hablador.
 
 
 
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